domingo, 25 de diciembre de 2016

El mostacho

Jerónimo Cienfuegos acostumbraba a llegar a la clínica diez minutos antes de la consulta con su psiquiatra. Nunca le habían gustado las prisas ni llegar con el tiempo justo a los sitios. Las prisas eran siempre malas consejeras, según le había aconsejado su abuelo materno. Tampoco le gustaba la lluvia, y hoy llovía, y mucho. Como no veía ni escuchaba los noticiarios, había salido a la calle sin paraguas. En la parada de autobús le habían caído las primeras gotas. En el trayecto había comenzado a diluviar. Al llegar a la clínica estaba empapado. Nada más abrir la puerta, la enfermera le miró con el rabillo del ojo antes de saludarle. Era una mujer distinta a la que había conocido en la cita anterior, cuando había acudido de urgencia debido a una de sus frecuentes crisis nerviosas.

Desde que un amigo le había recomendado a su psiquiatra el doctor Pisano, oriundo de Montevideo había tenido la oportunidad de conocer a seis recepcionistas, todas ellas elegidas de acuerdo con el mismo patrón: eran jóvenes, ninguna alcanzaba los treinta años; delgadas, ciertamente atractivas y con una simpatía reñida con la naturalidad.

Jerónimo dio las buenas tardes a la única persona que permanecía en la sala de espera. Era un hombre con apariencia de jubilado que no le devolvió el saludo. En una mesita de cristal se amontonaban revistas médicas que probablemente nadie había leído en meses, quizá en años.

El doctor Pisano siempre había sido puntual al llamar a sus pacientes. Por eso, a Jerónimo Cienfuegos le sorprendió el retraso en hacerle pasar a la consulta. Tuvo que esperar veinte minutos antes de que la recepcionista le informara de que el doctor estaba preparado para recibirle.

La consulta no había sufrido ningún cambio desde la primera vez que visitó la clínica. La decoración tenía un estilo minimalista. El mobiliario era escaso, moderno y frío, con un predominio de los blancos y los grises. En la mesa del doctor no había papeles, sólo un ordenador y la foto de una adolescente que podría ser su hija. Una reproducción del cuadro El gran masturbador, de Salvador Dalí, colgado a las espaldas del doctor Pisano, rompía la monotonía de la sala. No era extraño que en sus primeras visitas los pacientes, en lugar de atender las explicaciones del médico, fijaran la vista en la obra del pintor ampurdanés.

El psiquiatra era un hombre correcto, de maneras corteses y frías, a quien le gustaba mantener una prudente distancia para que nunca se confundiese lo profesional con lo personal.

—Veo que tenía cita para dentro de dos meses  —dijo después de consultar la ficha del paciente.
—Sí, doctor, pero no podía esperar tanto tiempo. Necesitaba verle ya porque estoy atravesando una de mis peores crisis.

El doctor volvió a mirar la pantalla del ordenador y, sin desviar la vista, le preguntó:

—¿No le ha hecho efecto el último tratamiento que le receté?

Jerónimo negó con la cabeza.

—¿Ni siquiera ha habido un mínimo progreso? —insistió el psiquiatra.
—Lamento decirle, doctor, que la idea de combinar las pastillas con la ingesta diaria de  rabo de toro no ha dado resultados.

El doctor Pisano se quedó pensativo tratando de buscar el comentario más pertinente para no herir la sensibilidad de un paciente para el que creía no tener ya solución.

—Desde que vino por primera vez a mi consulta lo hemos intentado todo: en un primer lugar, el tratamiento farmacológico, basado en inyecciones, pastillas y polvos; viendo que no daba el resultado esperado, recurrimos a las terapias alternativas, a pesar de que no eran de su agrado —dijo el médico.
—Comprenda que tratar de recuperar la virilidad con una muñeca hinchable de rasgos caribeños no era la mejor manera de ganarme a mi mujer —contestó Jerónimo.
—Me hago cargo de lo que pretende decirme —continuó el doctor—, pero recuerde que hemos ensayado todas las opciones posibles que existen en el campo de la medicina para corregir, o al menos mitigar, su pertinaz dolencia.

El adjetivo pertinaz le hizo recordar a Jerónimo tiempos en blanco y negro, con señores de rictus severo que acumulaban riquezas entre el miedo y la indiferencia de la gente.

—¿Y algo más que se pueda hacer, doctor? ¿O debemos resignarnos mi mujer y yo a no ser una pareja como las demás?
—Su caso es complejo —respondió el médico—. A un profundo complejo de Edipo se une masculinidad frágil y diríamos titubeante que ha derivado en una crisis de potencia sexual como nunca había observado en mi ya dilatada carrera profesional.

Mientras lo escuchaba, Jerónimo se fue encogiendo en el asiento.

—En estos supuestos tan extremos, en los que todos los tratamientos han fallado, sólo nos queda un as en la manga, y muy pocas veces funciona, para qué engañarle —añadió el psiquiatra.
—Dígame cuál.

Se hizo un silencio que a Jerónimo le pareció eterno.

—Déjese bigote —dijo finalmente el doctor Pisano.
—¿Dejarme bigote? No le entiendo. ¡Me ha tomado por un imbécil! —dijo Jerónimo perdiendo su habitual calma.
—Serénese, señor Ciencifuegos —trató de tranquilizarle el médico, incómodo con la situación—. Recientes estudios de la universidad de Birmingham han desvelado que varones con problemas de disfunción eréctil habían recuperado hasta un 70% de su potencial sexual al dejarse bigote.

Jerónimo no sabía cómo responder a lo que el psiquiatra le había dicho. No podía estar tomándole el pelo. Siempre había dado muestras de ser un profesional serio. Aunque la idea le parecía descabellada, no tenía muchas más opciones para elegir. O se dejaba bigote y veía si le funcionaba, o se resignaba a incumplir con el débito conyugal con su mujer en lo que quedaba de vida, y su mujer ya había dado suficientes pruebas de ser una santa.

—¿Y valdría cualquier bigote? —preguntó Jerónimo venciendo por fin su reparo inicial.
­—Ahí entra en juego la personalidad del paciente y su voluntad por superar su impotencia total o parcial. Hay enfermos que se han curado dejándose un bigote muy fino, a lo Errol Flynn, y otros que han necesitado imitar el más voluminoso de Emiliano Zapata.

El paciente parecía haber recuperado la ilusión.

—¿Cuándo comienzan a verse los primeros resultados?

El psiquiatra, que dio muestras de su impaciencia al mirar dos veces su reloj, continuó:

—Los primeros progresos los advertirá, de ir todo bien, al cabo de tres meses. En primer lugar recuperará la autoestima como hombre, lo que permitirá ir elevando, poco a poco, la potencia de su miembro viril.
—Deduzco que para que el tratamiento funcione no deberá afeitarme el bigote en muchos años —dijo Jerónimo.
—Mi consejo, según lo que he podido leer, es que el bigote y usted deben ser compañeros inseparables durante mucho tiempo. La alternativa ya sabe cuál es, y no creo que le guste. Vuelva dentro de seis meses y hablaremos de sus progresos. Ahora, si me disculpa, debo atender a otro paciente.

Su mujer no podía creer lo que le decía su marido.

—¿Eso es lo que te ha aconsejado el psiquiatra? ¿Qué te dejes bigote para resolver tu problema? ¡Donde se habrá visto! ¡Ese médico no tiene vergüenza!

Cuando la veía de tan mal humor —comprensible por las renuncias que se había visto obligada a aceptar en la convivencia con él—, Jerónimo optaba por no contradecirla y se achicaba. No era un hombre de carácter, ni mucho menos. Había vivido acomplejado por su nulo atractivo con las mujeres, justificado en parte por un físico que desagradaba a primera vista. Esa falta de encanto le impidió frecuentar al sexo femenino hasta bien entrada la madurez.

A Amalia, su mujer, la conoció en un viaje a Tierra Santa organizado por la parroquia del barrio. No es que le gustara mucho, pero entendió que necesitaba tener a su lado a una mujer hacendosa, con las ideas claras, autoritaria y que tomase las decisiones en  casa. Buscaba a alguien que fuese lo contrario a él. Además, si dejaba pasar ese tren, quizá ya no llegase otro, después de varios intentos fallidos con otras mujeres. Con ella había celebrado sus bodas de plata.

Jerónimo esperó a que llegase el fin de semana para dejarse crecer los primeros pelos encima de su labio superior. Imaginaba la reacción que tendrían sus compañeros al verlo con su bigote incipiente, ellos que siempre habían aprovechado cualquier pretexto para hacer mofa de él. Los bigotes ya no se llevaban; eran un vestigio de un pasado color sepia. Ahora, para ser moderno, había que dejarse una barba bien poblada y acudir a la barbería cada semana para recortársela. 

Antes de dejarse el bigote, Jerónimo se había ilustrado sobre la materia. Había recopilado información sobre la historia del bigote (moustache en francés) deteniéndose, uno por uno, en todos los personajes históricos que lo habían llevado. Lo que pretendía, con tanta documentación, era decantarse por el tipo de bigote que mejor le convendría a su cara con forma de luna. Y así probó con el bigote a lo Clark Gable pero lo descartó; como también rechazó los de José Luis López Vázquez, Cantinflas, Jorge Negrete y Alfredo Mayo. Todos estos bigotes habían lanzado a la fama a actores y músicos. Lo intentó también con escritores imitando el estilo del bigote afeminado de Proust o el viril de Joyce y Faulkner; probó también con los pintores, con Diego Rivera pero sobre todo con los de Salvador Dalí, con sus puntas afiladas como cuernos, desafiando al cielo. Hasta se fijó en mujeres como la anarquista Federica Montseny, pero ni ella ni el resto de los hombres le convencieron.

Le quedaba probar con los bigotes de los políticos y los militares. La historia había conocido el ascenso al poder de dictadores que habían hecho del bigote una seña de identidad. Tenía donde elegir: Franco, Stalin, Hitler, por citar los más conocidos. No sabía por cuál decantarse, después de pensárselo mucho. Puede que una mezcla de estilos —en suma una síntesis ideológica— fuese la decisión más acertada. Y así salió del cuarto de baño, con un bigote entre autoritario y totalitario, de carcelero del Gulag y Auschwitz, un bigote para causar pavor e imponer respeto. La primera persona que retrocedió alarmada al verle fue su mujer.

—Estás irreconocible, Jerónimo —le espetó—. No sé que van a pensar de ti en la empresa.

En la empresa, lógicamente, se habló mucho del bigote de Jerónimo. Sus compañeros se rieron en presencia suya y a sus espaldas.

—Vaya, vaya, que el señorito Jerónimo se nos ha dejado un mostacho —dijo, entre risotadas, Borja, el compañero más odioso y temido por todos, cuyo ascenso profesional se debía al parecer a su amistad íntima con el consejero delegado.

Lejos de achicarse por las bromas crueles de sus compañeros, Jerónimo se vino arriba. En el primer mes de tratamiento recuperó su autoestima como varón, tal como le había pronosticado el doctor Pisano, y poco después, ya era capaz de mantener una erección durante dos largos minutos, lo que no le ocurría desde sus tiempos de veinteañero. Claro está que él no pensaba en Amalia para demostrarse que había recuperado el vigor sexual sino en la empleada de la panadería que le había guiñado el ojo un domingo, después de salir de misa de doce, cuando fue a comprar una bandeja de pasteles.

Con la confianza recuperada en su pene, Jerónimo se aprestó a recuperar el tiempo perdido, y vaya sí lo hizo, saliendo de farra con los amigotes los fines de semana en los que siempre acababan en algún club de alterne de carretera. Reacio al principio, por convicciones religiosas, a frecuentar prostíbulos y otros lugares de mala fama, le cogió el gusto al sexo mercenario y, hasta donde se conoce, ninguna de las meretrices tuve quejas de él en la cama, si bien las meretrices suelen omitir las críticas a los clientes, sobre todo si pagan las tarifas más caras, como era el caso.

De su segunda juventud se aprovechó, aunque no demasiado, es justo precisarlo, su mujer, con la que había vuelto a hacer el amor al cabo de muchos años de abstinencia. Hubo un sábado noche en que fueron cuatro las veces. A Amalia, al estar desacostumbrada, le temblaban las piernas cuando, tras el último coito, fue enjugarse la boca. No daba crédito al cambio experimentado por su marido. Esa transformación trascendió los límites de la fisiología y se hizo ideológica. De ser un hombre moderado y de ideas reformistas, Jerónimo pasó a ser un extremista de derechas o de izquierdas, según los días. Soñaba con invadir Polonia o anexionarse Crimea. Deliraba por las noches, hasta el punto de que su mujer tenía que bajarle el brazo en alto, afectado también de una extraña y persistente erección.

Pero lo que había sido una alegría momentánea de Jerónimo y su mujer se transformó en una pesadilla a medida que pasaban las semanas. Él se había convertido en un obseso del sexo. Dilapidaba el salario en frecuentar a mujeres de mala vida; consumía porno en la empresa (lo que, entre otros motivos, le llevaría a ser despedido); y se masturbaba en los aseos públicos como un chimpancé adolescente de zoológico. Lo peor es que lo hacía con la puerta abierta.

Las cosas iban de mal en peor. Llegó a tirarle los tejos a un policía local (ya no reparaba en sexos), lo que le hubiese metido en un gran lío de no haber recurrido a un pariente conservador que tenía influencia en el ayuntamiento.

No pudiendo soportar más el oprobio al que su marido le sometía engañándole con cualquier pelandusca, Amalia se dijo a sí misma “hasta aquí hemos llegado” y se fue a vivir con su madre a Albacete. Aconsejada por un abogado de la familia, presentó la demanda de divorcio. Eso fue un duro golpe para él.

Jerónimo había destruido su vida en sólo un año. En este tiempo toda la ciudad era conocedora de sus correrías y excesos. Sin mujer y sin trabajo, debía enfrentarse ahora  a perder su casa por el impago de la hipoteca. Le prestaron dinero para pagar una consulta con el doctor Pisano, quien había hecho todo lo posible por evitarle, ya que a él también le habían llegado las habladurías del comportamiento de su paciente.

La enfermera había cambiado, como en ocasiones anteriores. Era delgada, joven, ciertamente atractiva y con una simpatía reñida con la naturalidad.

—Doctor, he destrozado mi vida al dejarme bigote. Me han echado del trabajo, mi mujer me ha abandonado, puedo perder mi casa. Necesito que me ayude.

El psiquiatra tenía delante de él a un hombre derrotado, al que sólo su cobardía le salvaba de suicidarse.

—Si el bigote ha sido la causa de su perdición, aféiteselo —le dijo el doctor, lacónico.

Al escuchar estas breves palabras, Jerónimo se pasó el dedo índice por su bigote canoso y reparó en que seguía ahí, después de un largo año. Podía habérselo rasurado pero no lo había hecho. Se había acostumbrado a él pese a todos los problemas que le había traído. Pero había llegado la hora de quitárselo.

Ya en la calle, se dirigió a la parada de autobús. Era un día de principios de verano. Apretaba el calor. Debajo de la marquesina dos jubilados comentaban la noticia del día: el presidente ruso había ordenado invadir Polonia. “Ese hombre sí que tiene pelotas”, le decía uno a otro entre risas. Al percatarse de lo que estaban hablando, sintió envidia del dictador que, a diferencia de él, no había necesitado dejarse bigote para demostrar su hombría. Los dictadores del siglo XXI llevaban el rostro rasurado, pensó. En el autobús, de regreso a casa, reparó en que no le quedaban cuchillas de afeitar. Entonces fue cuando notó una flacidez en la entrepierna.   

sábado, 12 de noviembre de 2016

Una mujer distinguida

Marta era una mujer distinguida. No podía afirmarse que fuera guapa pero sí atractiva, con esa gracia pícara que enamora tontamente a algunos hombres. Sus hijos, un niño de nueve años y una delicada señorita de once, iban al psicólogo desde muy pequeños. Las familias pudientes tienen la suerte de poder enviar a sus hijos al terapeuta a la menor contrariedad. Era mucho el dinero que Marta y su marido Jacobo habían gastado en la consulta de un pariente lejano sin resultados aparentes, pero esto no parecía importarles.

Marta era diseñadora de interiores y se codeaba con la gente bien de la ciudad. Gente honrada pero también criminal. El origen de toda gran fortuna, lo creamos o no, es siempre un crimen, según escribió Balzac, el novelista francés. En los ratos libres que le dejaba su trabajo, Marta engañaba a su marido, que era de esa clase de personas que viven en los aeropuertos. Lo del engañar al marido o a la mujer sucede en las mejores familias. No culpemos a Marta por esta debilidad. La vida es aburrida. A ella le gustaba romper la rutina, de cuando en cuando, y vivir “emociones fuertes”, según le confesaba a su amiga Tania cada mes, cuando les tocaba hacer repaso de sus acomodadas existencias. Era, no obstante, una emoción controlada, protegida por una extensa red.  

Marta, que ya había cumplido los cuarenta, contactaba con hombres de su edad en Internet, aunque nunca hizo ascos a hacerlo con algún pipiolo, dada la debilidad que algunos jóvenes manifiestan por las mujeres maduras. El siguiente paso era hablar unas semanas, no demasiadas, por una red social. Después, si el hombre no se había atrevido a hacerlo, ella tomaba la iniciativa proponiéndole tomar café en un lugar discreto de la ciudad. Todos los hombres aceptaban después de haberla visto en foto. Se veían una tarde de un día laborable. Nada más tomar asiento y recibir el beso de él, Marta sabía si el candidato había superado el examen inicial, si volverían o no a encontrarse en un clima de más intimidad. Ella controlaba la situación gracias a la experiencia que iba acumulando. Por ese café de las afueras habían desfilado hombres de todas clases. Los había feos y guapos, gordos y delgados, inteligentes y obtusos, humildes y soberbios. A ella eso le complacía; halagaba su vanidad de mujer y le hacía sentirse más poderosa de lo que en realidad era, y lo era mucho. Procedía de una familia de militares que había recalado en una ciudad con mar —donde sucede esta historia—, después de vivir en medio país.

Marta hacía el amor con los hombres que había escogido, a quienes exigía el don de la conversación. Quería amantes pero también buenos interlocutores. Con ellos compartía su gusto por el cine (pero no le gustaban las películas tristes ni violentas), la opera y la gastronomía. Era muy aficionada a la repostería; podía pasarse tardes enteras preparando tartas para sus amistades y conocidos que nunca probaba porque no quería comprometer su delgadez. Los postres, junto con las mentiras y el diseño de cocinas, eran sus puntos fuertes. Luego ocurría lo inevitable. Se cansaba de esos amantes e inventaba cualquier pretexto para dejar de verlos. Y seguía buscando un nuevo pretendiente.

Yo fui uno de ellos. Enseguida nos entendimos porque los dos éramos unos farsantes. Ella sabía que yo le mentía y yo sabía que ella me engañaba. Era un juego de espejos delicioso y muy instructivo. Se inventaba sentimientos verosímiles sobre mí, que llegaron a hacerme dudar, lo admito, y yo le correspondía. En cierta medida estábamos hechos el uno para el otro, pero aquello no podía durar demasiado. Hoy, las relaciones duran poco, muy poco. La invité varias veces a mi piso de hombre soltero. Llegaba oliendo a perfume caro y creía engatusarme con su sonrisa estudiada. Las veces que estuvimos juntos lo pasamos bien. Ella solía gritar y me pedía que la insultase, cosa que nunca hice. Después se calmaba y me hablaba de sus hijos, que iban a un colegio religioso, de los que estaba enamorada, decía, y del viaje que su marido y ella planeaban a México para el verano. Nunca había pensado en divorciarse de él porque en el fondo lo seguía queriendo, me repetía. Yo la oía pero no la escuchaba. Aquellos encuentros estaban dominados por el encanto de la fisiología; de ahí que no les diera nunca demasiada importancia.

Una mañana me mandó un mensaje diciéndome que su padre había enfermado del corazón. Tal vez fuera cierto. Le respondí deseándole una pronta recuperación. No supe más de ella hasta ayer, viernes, al mediodía, cuando coincidimos en un restaurante del extrarradio. El azar quiso que el maître nos sentase en mesas contiguas. Marta había envejecido en los dos últimos años. Se había cortado el pelo pero su perfume caro era el mismo. Para algunas cosas era una muy conservadora, sin duda por herencia familiar. Estaba acompañada por un hombre que no era su marido y que sonreía más de la cuenta con la intención de agradarle, pero no lo lograba, lamentablemente. Pensé que era otro pretendiente, otro novio fugaz de los suyos. Cruzamos las miradas y no nos dijimos nada. Seguí leyendo el diario, que traía noticias previsibles y grotescas, a la espera de que la camarera, una joven de anchas caderas y  ademanes educados, me sirviera el postre. Al café me invitaron.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Queremos suicidios en directo

Un lindo muchacho aparece en el escenario contoneándose como un pavo real. Sonríe y se lleva los dedos a los labios en señal de agradecimiento a la audiencia que lo está viendo desde casa. Alto, guapo y muy delgado, este figurín de porcelana destaca por sus delicadas maneras. Viste unos vaqueros rotos y una camisa estampada y muy ceñida, lo suficientemente abierta para contemplar su pecho depilado. El joven presentador saluda a su público que, siguiendo las instrucciones del regidor, le aplaude con oficio. Algunos asistentes son veteranos en el programa. Casi todos son hombres y mujeres maduros, sin oficio conocido, que han venido a hacer de figurantes por diez euros, un bocadillo y un refresco. Lo peor son las esperas que han de soportar.

Pero por fin ha llegado la hora. El presentador se dirige a la cámara central y se estrena diciendo:

—Bienvenidos a una edición más de Queremos suicidios en directo, el programa más visto de la televisión española.

El público, convenientemente aleccionado, sigue aplaudiendo. De repente se apagan las luces. Un foco ilumina el rostro turbiamente maquillado de Jacobo, el nombre de la estrella televisiva.

—Si creéis que lo habéis visto todo, amigos y amigas, estáis equivocados. Esta noche os prometo algo nuevo, distinto —afirma Jacobo forzando el tono y de paso sonriendo para que todos vean su dentadura inmaculada.

—Esta noche nos proponemos batir nuestro récord de audiencia con una historia conmovedora, la historia de Jerónimo, un joven soltero y sin apenas estudios, y la de su familia —continúa el atildado presentador—. Después de localizarlos en Burgo de Osma, nos pusimos en contacto con ellos para traerlos al programa. Y he de deciros que no fue fácil, que al principio rechazaron nuestro ofrecimiento pero después, cuando conocieron el premio que podían ganar, accedieron a venir.

El público, que comienza a sudar por el calor de los focos, prorrumpe de nuevo en aplausos. De fondo se oye una voz bronca e imprevista diciendo “que salgan ya, queremos verlos”.

—No os impacientéis, amigos y amigas —grita el figurín de porcelana—. Todo a su debido tiempo. Veamos ahora un breve reportaje que nuestros compañeros han preparado sobre la vida de Jerónimo y su familia en Burgo de Osma.

El video resume la triste vida, sin salida aparente, de Jerónimo, un joven de 22 años que no logró pasar de los estudios primarios. Su única experiencia laboral ha sido barrer las calles de su pueblo durante seis meses. No se le conoce novia; lo que puede achacarse a que es poco agraciado, con una nariz que se asemeja a una gran patata y una boca caballuna que es herencia de su abuelo paterno.

Jerónimo tiene un hermano cinco años menor, un adolescente llamado Ismael, que se quedó tontuelo por un aire que le dio siendo niño. Es dependiente de sus padres, Casimira, una ama de casa que se ha desvivido por su hijo pequeño, y Prudencio, guardia civil retirado, un hombre autoritario de escasas luces y cortas palabras. Casimira y Prudencio se casaron tarde, sorprendiendo a sus familias, y tuvieron a sus dos hijos cuando ya habían perdido toda esperanza. Acaso fue un regalo de Dios.

Con el rímel de sus ojos a punto de correrse por el calor del estudio, Jacobo aprovecha para desabrocharse otro botón de la camisa. Sabe que ha llegado uno de los momentos estelares del programa.

—Después de haber visto este video, que nos ha mostrado la vida difícil de Jerónimo y su familia, todos, y yo el primero, queremos conocerlos en persona —afirma.

La banda sonora del programa suena de fondo, de manera atronadora. El público vuelve a batir las palmas. Las puertas del escenario se abren y aparece Jerónimo, cogido de la mano por sus padres. El hermano pequeño no ha podido viajar por una indisposición y ha quedado al cuidado de un tío.

El lindo presentador se acerca a Jerónimo y le estrecha la mano como si fueron viejos conocidos. Hace lo mismo con el padre y besa, más bien roza levemente la mejilla de la madre, como sólo saben hacer las personas finas y distinguidas, ese besar sin besar. 

Jacobo comienza a sobreactuar diciendo:

—¡Bienvenidos a Queremos suicidios en directo! Estamos muy contentos de teneros aquí. Sé que el viaje en autobús ha sido largo hasta Madrid.

Jerónimo, vestido con un traje negro que le queda pequeño, se encuentra incómodo ante la mirada de tanto extraño. Tras escuchar las palabras de la estrella, asiente pero no se atreve a hablar. El presentador mira a la cámara central.

—Jerónimo, como concursante que eres de nuestro programa, debo recordarte, en primer lugar, lo que tienes que hacer y cuál es el premio que tu familia se llevará si cumples la promesa que nos has hecho. ¿Sabes por qué estás aquí?

—Sí —responde tímidamente el concursante.

Jacobo fija la mirada en los padres, que permanecen agarrados de la mano.

—Queridos padres de Jerónimo, habéis venido para presenciar cómo vuestro hijo se suicida ante millones de telespectadores. Otros concursantes ya lo han hecho —añade el presentador para volver su mirada a Jerónimo—. Tú diste el paso. Sabemos que te costó tomar la decisión pero has prometido que la cumplirás, ¿verdad?

Jerónimo, nervioso, sin atreverse a mirar a los ojos de la estrella, responde:

—Lo haré por mis padres, para dejarles un dinero con el que puedan ir tirando uno o dos años.

El presentador, que presiente cercano el clímax del programa, insiste sonriendo:

—Así es, Jerónimo, pocos hijos hay tan generosos como tú, que has pensado en los problemas económicos de tus padres. Ellos recibirán 6.000 euros fijos después de tu muerte y otros 6.000 variables si esta cadena supera su récord de audiencia con tu suicidio.

Vuelve a oírse la letanía de nuevos aplausos, esta vez más tibios y breves.

—¿Has elegido cómo quieres acabar con tu vida, Jerónimo? —le pregunta el pimpollo. Sabes que el programa te da absoluta libertad para escoger el medio que quieras.

—Papá me ha ofrecido la pistola que conservaba de sus años de servicio —responde el concursante—. Creo que será más rápido que utilizar un cuchillo o tomar una pastilla.

El presentador se acerca a abrazarlo con tanta intensidad que se adivina lo forzado de la situación.

—Pues no esperemos más. Toda España te está viendo. Aquí tienes tus minutos de gloria.
Jerónimo saca una pistola negra, una pistola desafiante a la que el padre probablemente ha sacado brillo esta misma mañana; la extrae de una bolsa del mercadona.

—Estoy preparado, Jacobo —dice el concursante con entereza.

El presentador da saltitos por el plató levantando los brazos para animar al público que que comienza a gritar con alborozo.

Jerónimo abraza a su padre y luego a su madre, que oculta sus ojos, avergonzada, porque ha comenzado a llorar.

El concursante cierra los ojos, se mete el cañón de la pistola en la boca y aprieta el gatillo. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

La mano redentora de Madrid

Había un hombre a punto de ser abatido por las circunstancias. Este hombre lo había intentado todo para salir del atolladero: había llamado insistentemente a puertas que no se habían abierto; se había dejado entrevistar por unas migajas de pan negro; había prometido, a todo aquel que quería escucharle, que sería dócil, entregado, que sería un trabajador que no daría nunca problemas a cambio de fichar cada mañana junto a compañeros indeseables. Sólo quería eso: un escritorio y una modesta paga. Poca cosa, esa es la verdad.

Pero, por mucho que lo intentó, no lo consiguió.

El hombre, como antes quedó dicho, estaba a dos pasos de la desesperación. Él lo sabía pero lo disimulaba con talento ante sus conocidos, se engañaba, vaya si se engañaba, y seguía buscando en sus bolsillos, cada vez con menos convicción, alguna razón para la esperanza.

Cuando llegó ese momento en que ya nada empieza a importar, la hora en que comenzamos a estar muertos en vida, ese hombre vio una mano a su alcance y, como en el relato de García Márquez, se agarró a ella con obstinación. No era la mano de un hombre ni la de una mujer; no era la mano de un anciano, la de un niño o la de un guardia de tráfico con ganas de jubilarse. No era la mano de un ser humano; era, por el contrario, la mano redentora (perdón por el adjetivo pretencioso) de una ciudad, la mano de Madrid, que había acudido a rescatarlo. Ciudad y hombre se habían conocido hacía muchos años, durante juventud de él, y se debían favores por aquel hermoso tiempo compartido.

Mientras el hombre desayuna en un bar de un pueblo de Cuenca, un bar de cazadores y de labriegos, en el último domingo de agosto, camino de regreso a Valencia, el hombre recuerda esa mano que le salvó de cometer un desatino. Como esos viejos y raros amigos que responden a tu llamada al cabo de muchos años sin verlos, Madrid no le falló a este hombre. A él le gustaría comprarse una calle o una avenida —por ejemplo, la de general Ricardos, que tan bien conoce— para llevársela a su casa y por la noche, cuando todos duermen, caminar por ella y creerse que aún vive en la capital. Y, dejándose llevar por esa fantasía, recordaría las prisas de los titiriteros del metro, los huesos tristes de los inmigrantes, las muchachas en flor de Serrano, la pobreza homicida de los barrios obreros, los menús baratos y aceitosos de Aluche, servidos por camareros andinos; recordaría a dos adolescentes vírgenes lanzándose besitos en Chueca, el tedio de las tardes amarillas de domingo y, sobre todo, las palabras generosas de sus amigos Luis Eduardo, Pedro, Javier, José Julio e Imanol, a quienes ya echa de menos porque —se nos había olvidado consignar— el hombre del que hablamos es un sentimental incorregible, sin que se conozca hasta la fecha un doctor que haya encontrado la cura para su terrible enfermedad.

Ese hombre promete volver a Madrid, tantas veces como sea necesario, para volver a estrechar su mano redentora, para besarla en señal de agradecimiento. Pero tardará en hacerlo porque ahora le espera la tarea más difícil y arriesgada de las que ha emprendido: poner orden, de una vez por todas, en su desaseada vida.

martes, 23 de agosto de 2016

El día en que mi padre conoció a Borges

Antes de morir, mi padre me confesó que había conocido a Borges. He de reconocer que su revelación me sorprendió pues él nunca mostró interés por la literatura. Si alguna vez lo vi leer fue diarios deportivos. En ellos, lo primero que buscaba era la crónica —siempre breve— del equipo de fútbol de su ciudad. Una vez leída, ojeaba los titulares de otras páginas hasta llegar a los crucigramas en los que se reveló un maestro. Cuando se jubiló dejó de comprar el diario cada lunes y si caía alguno en sus manos era cuando se acercaba, de tarde en tarde, a un bar de un conocido suyo, donde solía tomar un café.

Según el relato que me hizo en el hospital donde lo trataron de su enfermedad, el día en que conoció a Borges no tuvo nada de especial. Mi padre había salido de trabajar a primera hora de la tarde. Después comió en un restaurante italiano barato de la calle Uruguay y, antes de regresar a casa en un ómnibus, se dirigió a una estafeta postal de Corrientes. Cada primero de mes acudía a esta oficina para enviar una carta a su familia. Siempre tuvo una memoria prodigiosa, por lo que no le fue difícil recordar que aquel día Buenos Aires había estrenado el mes de octubre de 1954.

Al poco de salir de Correos, un hombre elegantemente vestido, que aparentaba unos cincuenta años, le paró en la calle. Su voz sonaba ceremoniosa; las palabras resbalaban de su boca con un tempo lento.

—Disculpe, joven, ¿sería tan amable de indicarme el título de ese libro? —preguntó Borges señalando con su mano derecha un ejemplar expuesto tras el escaparate de una librería que todavía hoy, muchos años después de aquel encuentro, sigue abierta bajo el nombre de Garibaldi.

Mi padre fijó la vista en un libro menudo, de tapas amarillas, que competía con otros ejemplares voluminosos.

—El título es Lagar, señor —contestó mi padre. Entonces se dio cuenta de que el caballero que había solicitado su ayuda tenía problemas de vista.

—Muchas gracias, ¿sería mucho pedirle que me leyese el resto de la portada del libro? —insistió Borges.

—Por supuesto que sí —respondió mi padre—. La autora es Gabriel Mistral. Debajo de su nombre dice Editorial del Pacífico, Santiago y un año, 1954.

Borges se quedó pensativo con una expresión de la que podía desprenderse que él, pese a sus problemas de vista, había adivinado de qué libro se trataba. Despejada la duda, volvió a dirigirse a mi padre.

—Usted no debe de ser argentino, a juzgar por su acento; ¿gallego tal vez?

—Sí; soy español —dijo mi padre—. Llegué a este país hace dos años.

—¿Español de dónde? —insistió Borges.

—Nací en Albacete, aunque supongo que nunca habrá oído hablar de ella.

—Por supuesto que sé a qué ciudad se refiere ­—dijo Borges—. De joven viajé por su país, y sé que Albacete pertenece a la Mancha, la tierra de Alonso Quijano.

Tras escuchar las palabras del escritor, mi padre no supo qué contestar. Alguna vez había oído hablar del tal Alonso Quijano, pero no quiso comprometerse con una respuesta equivocada y se limitó a sonreír.

—Le quedo agradecido por su ayuda. Ya se habrá dado cuenta de que ando mal de la vista. Me llamo Jorge Luis Borges —y  le tendió la mano.

—Ha sido un placer, señor —se despidió mi padre.

Borges se marchó andando a paso lento hacia una parada de taxi.

En sus dos años afincado en Buenos Aires, mi padre nunca había oído hablar de Borges. El escritor era ya un personaje conocido en la Argentina. Su obra destacaba entre las mejores del continente, fuesen sus ensayos; la poesía, con sus coqueteos iniciales con el ultraísmo, o su extraordinaria capacidad de fabulación, revelada en libros imprescindibles como Ficciones

Quiso el destino que, al cabo de un mes, mi padre conociese la identidad del hombre que había conocido en la calle Corrientes. Un sábado por la noche se había quedado solo en casa. Desde que su llegada a Buenos Aires vivía en el número 1850 de calle Moreno, en el piso de una prima argentina, casada con un comerciante de ultramarinos que tenía, como principal rasgo de su carácter, el desprecio hacia los “gallegos de mierda”. Mi padre, agotado tras una semana de trabajo en el Ministerio de Industria, había preferido quedarse en casa pese a que sus amigos porteños le habían propuesto ir a cenar a un restaurante que habían abierto en la calle Pasteur.

Después de cenar encendió la televisión para ver las noticias. Entonces, el presentador informó de que Borges —el hombre que había requerido su ayuda en Corrientes— había obtenido el Premio José Hernández por su libro La incierta vida del barón Lavigne, una colección de relatos que en España pasó desapercibida por razones que no alcanzo a comprender, pues está a la misma altura, en mi modesta opinión, que El Aleph o Historia universal de la infamia. Sólo se conoce una edición en castellano a finales de los años cincuenta; luego el libro fue descatalogado y era imposible de encontrar. 

Yo tuve la suerte de dar con la versión inglesa, en una excelente edición de Penguin con ilustraciones de pintor inglés Marcus Stiller. La compré en una librería de lance, en la plaza Mayor de Trujillo. Aún recuerdo lo que me costó —700 pesetas— y que me lo vendió un viejo tuerto del ojo derecho que había combatido en la División Azul. Me mostró una carta de recomendación del general Muñoz Grandes y cuando quiso enseñarme las heridas que la metralla del enemigo le hacía causado en su pierna derecha, me marché alegando que tenía obligaciones imponderables que cumplir, lo cual era cierto porque entonces era un hombre enamorado al que le esperaba una mujer para cenar, la que sería mi futura esposa.   

sábado, 16 de julio de 2016

Alivio de domingo

Está amaneciendo. Acabo de llegar a casa y todo está como lo dejé. Me siento extraño cada vez que regreso; es como si nada de lo que hay aquí —la tristeza de los muebles, la ternura de mis libros, la televisión virgen, a la espera de ser penetrada— me perteneciera. Vivir en dos lugares es no vivir en ninguno, como esos emigrantes que huyen de sus países, golpeados por la pobreza y la miseria, y cuando llegan a sus destinos nunca son tratados como iguales, por mucho que lo intenten.

He dejado las maletas en el dormitorio, las abriré después, no hay prisa porque ahora quiero descansar en el sofá del salón. Es un sofá viejo pero confortable que me regalaron cuando compré esta casa. Apenas he dormido esta noche. Este calor y esta maldita zozobra me impiden conciliar el sueño. Cierro los ojos y encuentro el maravilloso silencio que buscaba. Cada vez llevo peor el ruido y a los ruidosos. Existe una conspiración incesante contra el silencio. Sin el silencio no hay reflexión ni conocimiento. Ellos lo saben; por eso, al combatirlo, nos impiden pensar. Los conspiradores lo tienen claro: “Hagámosles creer que son felices con sus cachivaches modernos”. Esos artilugios diabólicos son como la flor de loto que acabó con los compañeros de Ulises.

Y así se va perdiendo la guerra de la civilización.

Me he quedado dormido. Las persianas están bajadas. Apenas entra un hilo de luz. Todo está a oscuras. Miro el reloj y son las nueve de la mañana. Mi sueño ha sido más largo de lo previsto. Es temprano para ser domingo. Salvo el jubilado que acaba de abrir la puerta de su vivienda para pasear a su caniche, ningún otro vecino da señales de vida. Ni siquiera los niños del piso de arriba, siempre tan irritantes, se han levantado aún. En breve comenzarán a gritar y a corretear por el pasillo sin que sus padres les reprendan. A no muy tardar, Europa deberá hacer frente a una nueva generación de tiranuelos.

Creo que saldré a tomar el aire por este pueblo, donde vivo por temporadas. Quién me iba a decir que lo echaría de menos, con el escaso encanto que tenía al principio para mí. Pero los lugares son como las personas, que es cuestión de ir conociéndolas sin prisas hasta que un día, no sabes muy bien por qué, les tomas aprecio.

En el pueblo aún se respeta el descanso dominical. Todas las tiendas están cerradas. Voy paseando hacia el centro y sólo me encuentro a hombres y mujeres solitarios que pasean a sus perros. En la plaza donde se levanta la iglesia de Sant Jordi queda un quiosco en ruinas que se traspasa. Cualquier día me lo cierran. El propietario, embalsamado, me pregunta cómo me va. Hace tiempo que no me ve. No me extiendo en las explicaciones. Me llevo el diario y lo hojeo. Cada vez viene más fino y con noticias más inconsistentes. Me preguntó por qué sigo haciéndolo, por qué sigo comprando el periódico. Por romanticismo, quizá, el romanticismo de alguien que nunca ha sido romántico, o porque son ya casi treinta años haciéndolo y a mí, que me reconozco conservador, me cuesta saltarme las tradiciones.

Entro en la iglesia, donde han comenzado a celebrar la misa. Rezaré unos minutos por mis seres queridos y pediré, sin demasiada convicción, por el perdón de mis pecados. En la homilía, el cura recuerda la infinita misericordia de Nuestro Señor Jesucristo. Algunos feligreses dormitan. No me quedo a que todo acabe. Sant Jordi me lo sabrá disculpar. Siempre he sido un católico heterodoxo, muy a la mía, como también he sido un ciudadano poco ejemplar. Pero no me importa demasiado ni lo uno ni lo otro, esa es la verdad.

Para alcanzar un estado lo más cercano a la felicidad en un domingo como hoy, sólo hay que entrar en un café acogedor en el que el camarero te dé los buenos días y, con una sonrisa no excesivamente forzada, te pregunte:

—¿Qué desea el caballero?

El caballero desea un café con leche cargado de café y, de ser posible, un cruasán de elaboración artesana. Con este sencillo manjar ya puedo comenzar a leer el diario esquivando las calamidades del mundo, idénticas a las del siglo pasado, y buscar un resquicio de consuelo en las secciones de cultura y deportes. Emplearé algo más de una hora en esta gozosa empresa.

A las diez y media salgo a la plaza, que se ha ido llenando de paisanos. Parece que habrá boda. Aprieta el calor en este julio. Creo que me daré una vuelta por la parte vieja. Me han dicho que han reformado el mercado municipal. En esta zona de casas bajas no te ves molestado por los coches ni las motos. El caminante, sea forastero o vecino del pueblo, será recibido con un saludo por el dueño de un bar. Sin faena aparente, mata la mañana fumando cigarrillo tras cigarrillo en la puerta del establecimiento, con la vista puesta en el cielo por si se da la circunstancia de que llueva por la tarde, pero no parece que así será.

En estas horas de la mañana he dejado de sentirme un extraño en esta tierra. Vuelvo a reconocerme en ella. Mientras tanto, mis pasos recuperan el ritmo lento y familiar que nunca debió extraviarse en la gran ciudad, la calma añorada y el alivio de una tregua.

sábado, 9 de abril de 2016

Me enganché a la telebasura y, creedme, me encanta

¿Por qué no admitir que has estado equivocado toda una vida? Rectificar es de sabios, ¿no dicen eso? Pues yo he rectificado, aunque no haya sido fácil. En la vida uno se agarra a un puñado de certezas engañosas y así va haciendo camino hacia no se sabe dónde. Mientras caminas no piensas. Lo terrible es pararse —que alguna circunstancia te obligue a detenerte— y que eso te haga replantearte las cosas. Hay que correr, correr y no preguntarse por el sentido del trayecto. Un día, no sabes muy bien por qué, todo se viene abajo. Te percatas de que aquellas verdades de tres al cuarto eran en realidad mentirijillas para ir tirando, todo con tal de no mirarte en un espejo y verte la cara de gilipollas que se te va quedando a medida que envejeces.

Yo nací para ser una promesa intelectual, lo confieso. Por eso ya desde niño rehuía jugar con mis amigos a la hora de la merienda, y dedicaba esas horas a estudiar. Tenía clara cuál era mi misión. Estudiante con muy buenas calificaciones, alumno aplicado que recibía los frecuentes elogios de sus profesores, era el orgullo de mis padres y del vecindario que me veía siempre con la cartera a cuestas, con cara de niño formal. En el instituto me reafirmé en mi condición futura de intelectual con pretensiones de hombre renacentista, y en la universidad resulté ser un lumbreras a la vista del bajo nivel de mis compañeros y profesores.

Me harté de visitar museos y bibliotecas; frecuenté toda clase de librerías, antiguas y modernas; me gasté el escaso presupuesto familiar en adquirir libros y discos que hoy no sé dónde meter en casa. Llevé una intensa vida cultural y bohemia. Estudié a los clásicos  y a los románticos, a los escritores de primera fila y a las medianías; lo devoraba todo, lector compulsivo como soy, porque no quería defraudar a quienes habían confiado en mí. El Séneca del siglo XX, llegaron a llamarme, y yo, que me encontraba más parecido con don José Ortega y Gasset, me creía tales bagatelas. Nadie está preparado para defenderse de la vanidad.

Pero ese sueño desapareció, como quedó dicho, cuando mi mundo cambió con el nuevo siglo. Me resistí a creerlo, me empeñé en seguir representando mi papel, pero de nada me valió. No hay forma de escapar de la realidad.

Dejé de caminar, me asaltaron las dudas y me cuestioné la vida llevada hasta entonces. Y me pregunté: ¿de qué te han servido tantas lecturas y horas de estudio? ¿A quién crees que le importa tu pasión por la literatura y el cine? ¿Por qué pierdes tu tiempo en enseñar los conocimientos de un mundo muerto? Déjalo y mírate, pobre diablo, carne de incertidumbre, fantoche sin un porvenir cierto, mírate y mira a quienes, sin leer un solo libro, prosperan y te saludan con cierta sorna desde el bar de la esquina cuando te ven pasar con tu cartera negra y el rostro taciturno.

Todo esto me lo decía un día de este invierno mentiroso, un día de esos tontos que uno tiene y que te llevan a replantearte todo. Por la noche, en lugar de lo acostumbrado —leer un ensayo sobre la nueva narrativa polaca—, me puse a jugar con el mando de la televisión. Antes tuve que limpiarlo, del polvo que había acumulado. Conecté con Gran Hermano VIP. Sabia decisión porque desde aquel día he encontrado una razón para mi existencia, y no exagero, un razón prosaica, es cierto, pero más consistente que mis mentiras engañosas del pasado. Ahora, cuando bajo a los bares o hago la compra en el mercado del barrio, me siento como uno más de la camada, hasta cierto punto querido y protegido, sin la zozobra que acompaña a cualquier lobo solitario.

Todas las noches de los martes, jueves y domingos me engancho a la cadena amiga para conocer las novedades de la casa de Guadalix de la Sierra. ¡Qué curiosidad la mía la de saber si Rappel y Carlos Lozano habían vuelto a insultarse! O si la pijita de Laura Matamoros ha vuelto a cantar el Cara al sol. Ahora debo confesar que extraño a Rappel, echo de menos sus pijamas infantiles y sus túnicas de mago Merlín. Cada una de esas noches espero escuchar las picardías de ese joven de mirada turbia y angelical, apodado el pequeño Nicolás, y aguardo impaciente a que Raquel Bollo y Rosa Benito, que acumulan la sabiduría de sus muchos años, exciten mi inteligencia con sus reflexiones entre estoicas y surrealistas.

Me han bastado dos meses viendo GH VIP para ser un hombre nuevo. Insensible a la más mínima manifestación cultural, sí, algo embrutecido también, pero feliz como no lo había sido nunca. (Como Saulo, yo también tuve que caerme del caballo para ver la luz).

Quiero terminar esta enmienda a la totalidad de mi anterior vida dejando patente mi admiración macho por Carlos Lozano, uno de los dos finalistas del concurso. Con él he salido del armario, y entiéndaseme bien cuando digo lo de salir del armario. Quiero decir que siempre quise ser como Carlos, es decir, un chulo, un faltón, un manipulador, un tipo con labia, seductor, mujeriego, lo que se dice un hombre, hombre. ¡Y con una novia peruana de veinte años! ¿Acaso se le puede pedir más a un maduro que está ya de retirada?

Carlos, colega, amor, jabato mío, si llaman a mi teléfono no dudes de que votaré por ti. Sólo te pido algo, y es que te acuerdes de mí cuando estés en el paraíso.