martes, 6 de junio de 2017

Soria hermosa y olvidada

La plaza Mayor de Medinaceli está desierta al mediodía. El ayuntamiento permanece cerrado al igual que el museo arqueológico. El Palacio Ducal, de estilo renacentista, que ocupa una manzana y alberga un centro de arte contemporáneo, sí está abierto. Su fachada, como las de otros palacios que hemos visto durante el viaje, necesita una reforma urgente para la que no debe de haber dinero. Estamos en la terraza del único bar. De su interior nos llega una canción pegadiza. Es una extraña sensación la de tener una plaza medieval para ti solo. Al cabo de unos minutos aparece una pareja de turistas despistados. Son jubilados. Hacen las consabidas fotos y deciden entrar en el palacio que presenta riesgo de derrumbe. Allá ellos.

Volvemos a estar solos. Nadie diría que esta villa —a la que  se cita en el Poema de Mio Cid porque doña Jimena y sus dos hijas pasaron por ella camino de Valencia— tiene más de 700 habitantes. Sólo vemos algo de movimiento en los hoteles de la entrada al pueblo, a escasos metros de donde se levanta un arco romano del siglo I después de Cristo, en mejor estado de conservación que el Palacio Ducal de la plaza Mayor.

Medinaceli, tierra de frontera, ha sido la última parada por las hermosas y abandonadas tierras de Soria. Hace ya una semana que regresamos de recorrer sus carreteras y caminos, que degustamos la comida y bebimos el vino de sus pueblos en los que siempre fuimos tratados con hospitalidad. Ahora que la memoria se conserva fresca para recordar lo sentido y lo vivido, uno concluye que esta vez acertó al proponer viajar a esta provincia oriental de Castilla la Vieja. El viaje fue breve, de apenas tres días, pero fecundo. Soria te seduce por sus bellos paisajes y su patrimonio histórico y cultural: puede presumir de la grandeza de un pasado como pocas zonas del país. Soria guarda también algunas de las mejores páginas de nuestra literatura. Antonio Machado, a quien los sorianos le deben tanto, está presente a cada paso que el caminante da; junto al poeta sevillano emerge la obra de un Gerardo Diego, de un Dionisio Ridruejo, de un Bécquer, todos ellos vinculados a Soria. Pero ese pasado digno de tanta admiración y encomio contrasta con la estrechez del presente y la aridez de un futuro lóbrego. Esos pueblos desiertos, abandonados, sin rastro de niños ni de jóvenes, ayunos de trabajo y carentes de porvenir…

A la capital llegamos una tarde de de martes, procedentes de Calatayud. En esta ciudad aragonesa —la cuarta de la región por población— recorremos su casco histórico del que sobresale, por su majestuosidad, la portada-retablo de Santa María la Mayor, de corte renacentista, realzada con una torre mudéjar. En esta ciudad aún se conservan vestigios de un arte mudéjar que está repartido por todo Aragón, singularmente en la provincia de Teruel. Este casco histórico presenta ciertas señales de abandono y dejadez, como pueden verse en tantos pueblos del país. En la plaza Mayor de Calatayud nos fijamos en el antiguo ayuntamiento cuya última reforma fue inaugurada por los reyes eméritos, Don Juan Carlos y Doña Sofía. Gracián la menciona en El Criticón, plaza que se hizo popular gracias a una copla: “Si vas a Catalayud pregunta por la Dolores…”.

Comimos regular en el restaurante de un hotel de la Alameda.

Calatayud está a 97 kilómetros de Soria capital. La carretera que las conecta es la N-234. A Soria entramos por un puente romano. Por suerte no nos costó aparcar. El hotel que habíamos reservado está en la plaza Mayor. Fue una pena que un lugar tan hermoso estuviera ocupado parcialmente por las carpas de un banco. El hotel es modesto y coqueto. Es ese tipo de establecimiento que cuenta con un solo empleado por cada turno que desempeña toda clase de funciones: de recepcionista, limpiadora, camarera de piso, etc. A esto se la he llamado movilidad funcional, lo cual debe de ser una auténtica ganga para el dueño del hotel.

Después de dejar el equipaje nos lanzamos a la calle del Collado, la arteria principal del centro de la ciudad donde se encuentra gran parte de la vida comercial. Comienza en la plaza Mayor y te lleva hasta la Alameda de Cervantes. No serán más de quinientos metros. Al mediodía y por la tarde bulle de gente que se saluda a cada pocos pasos. Aquí da la impresión de que todo el mundo se conoce (Soria no llega a los 40.000 habitantes). Pasamos a la altura del Círculo Amistad Numancia, lo más parecido al casino de una capital de provincias, y saludamos a Gerardo Diego, que permanece sentado leyendo un libro. Más adelante, en la plaza Ramón Benito Aceña, donde cenaremos dos noches, hay una placa de mármol que recuerda el solar donde se levantó el edificio en el que vivieron los hermanos Bécquer, Gustavo y Valeriano. Esta plaza es una zona de tapas y de cañas. En Soria, como en toda Castilla, se come bien y a buen precio.  

Giramos en una de las esquinas del Collado y nos perdemos por la calle Aduana Vieja en la que destacan el palacio renacentista de los Castejones y la casa de los San Clemente. Este último resulta ser propiedad de la familia Marichalar, donde durmió el crápula de Alfonso XIII. Unas cadenas que cuelgan debajo del balcón lo testimonian. Enfrente está el instituto Antonio Machado, donde puede visitarse el aula en la que daba clase a comienzos del siglo XX. Hay expuestas, dentro de una vitrina de cristal, algunas actas de las calificaciones firmadas por el poeta. Una de ellas la componen siete u ocho alumnos, todos ellos aprobados, algunos con nota. La tarima, la mesa donde impartía sus lecciones de francés, los pupitres llamativamente pequeños, no más de una docena, se conservan tal como entonces. Hay retratos de Antonio Machado con su mujer Leonor. Se casó con ella cuando esta tenía sólo quince años. La muerte le llegó a los dieciocho. El poeta no se repuso nunca de la pérdida. La imagen de los dos recién casados te la encuentras en cada rincón de la ciudad. Ella sentada y él de pie, como se estilaba en la época. 

Al lado del instituto se levanta una joya románica, la iglesia de Santo Tomás. En la nave central descansan Amalio de Marichalar y Bruguera y Concepción Sáenz de Tejada y Fernández de Bobadilla, los consuegros de los reyes eméritos. En el crucero, separado por unas verjas de hierro, un grupo de clarisas cantan a espaldas de los feligreses. Algunas son jóvenes. Cuando nos vamos a marchar un hombre pequeño y simpático se nos acerca para preguntarnos si somos forasteros. Le contestamos afirmativamente. El hombre tiene ganas de hablar. Vuelve a preguntar: “¡¿Sois un poquito creyentes?”. También a esto le decimos que sí. Despejada la duda, nos entrega una estampa de la madre Clara de la Concepción. “Para que se la entregáis a vuestras madres”, nos dice. Esa monja, ya fallecida, es la responsable de una congregación de 57 clarisas que viven y oran en Soria. El hombre nos habla de un pariente suyo, Enrique Tierno Galván, agnóstico hasta que le llegó la hora de la muerte. Entonces decidió volver al seno de la Iglesia católica, según la versión piadosa del pariente. Habría que preguntarle al viejo profesor si el familiar está en lo cierto o ha forzado las costuras de la realidad. 

Va cayendo la tarde y la aprovechamos para ver un palacio renacentista, el palacio de Condes de Gómara, hoy reconvertido en Diputación. Siguiendo el consejo del pariente de Tierno Galván, nos acercamos a la iglesia de San Juan de Rabanera, también de estilo románico. Entro en la librería Santos Ochoa, que conozco de mi estancia en Logroño, donde también tiene un punto de venta, y compro la novela Juego y distracción de James Salter. Sabia elección, como comprobaré después. Me llevaría casi todos los libros pero no tengo espacio ni dinero.

Por la noche cenamos en el bar del hostal Apolonia. En la tele echan otro partido en el que gana el equipo de siempre, con un jugador portugués como bandera. 

A la mañana siguiente decidimos visitar Burgo de Osma. A mitad de trayecto nos detenemos en Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor, según reza la leyenda. Se cuenta que el caudillo árabe, el terror de los cristianos del siglo X, sufrió aquí su derrota definitiva y murió. Catalañazor es hoy una villa antiquísima, hecha con casas de adobe y madera, un lugar para recibir y vivir del turismo de fin de semana y vacaciones. Es obligado entrar en este pueblo por la belleza que atesora y la serenidad que transmite. Los únicos negocios que se ven son restaurantes y hoteles y casas rurales. El ayuntamiento está cerrado. Vemos una furgoneta de Correos circulando por sus calles estrechas.

Burgo de Osma es una localidad de apenas 5.000 habitantes. Es la tierra de personajes tan dispares como Dionisio Ridruejo y Jesús Gil y Gil. La arteria principal, donde se concentra la vida comercial, es la calle Mayor. Hacemos un alto en ella. El estilo arquitectónico barroco del ayuntamiento, del siglo XVII, emula, con sus dos torres, al hospital de San Agustín, situado enfrente. La calle Mayor desemboca en una plaza donde nos está reservado el monumento más sobresaliente del pueblo: la catedral, construido en distintos siglos, que combina el gótico clásico de la portada principal con el barroco de su torre.

En las afueras del pueblo hay un parque que sigue el curso del río Ucero. Caminamos por un sendero y nos encontramos a familias con niños, jubilados tomando el sol y a los inevitables ciclistas. El clima es ideal, benigno, de una primavera que reconforta. En sitios tan apacibles como este tiene sentido hablar de calidad de vida. Se respira el sosiego que nos está vedado en las ciudades desquiciadas de las que venimos y de las que huimos cuando podemos a la menor oportunidad.

De Burgo de Osma, otro pueblo que vive del turismo a juzgar por el número llamativo de hoteles, regresamos a tiempo a Soria para comer. Escogemos la taberna Capote. El menú nos convence: calidad a buen precio. Cuando llegamos a los postres no sabemos si volver al hotel o acercarnos a ver las ruinas de Numancia, a sólo siete kilómetros de la capital. ¡Qué excelente elección hicimos al tomar la carretera para dirigirnos a Numancia! Situada al lado del pueblo Garray, donde deben de veranear las familias pudientes de la capital, Numancia es un inmenso páramo que conserva las ruinas del pueblo celtibérico que le dio nombre y que pasó a la historia, como es sabido, por su larga resistencia a los ocupantes romanos. Cuando Numancia se había convertido en un problema aparentemente irresoluble para la soberbia y poderosa Roma, un problema de Estado, un cónsul, Publio Cornelio Escipión, hubo de tomar el mando para doblegar la férrea voluntad de los numantinos. Le precedía la fama de militar eficaz (y algo sanguinario), ganada a pulso en la III Guerra Púnica contra los cartagineses. Pero Numancia nunca se rindió; sus habitantes, antes que caer en manos extrañas, prefirieron quemar el poblado y suicidarse en masa.

La visita a las ruinas dura hora y media. El guía es un arqueólogo experto; nos gana con su elocuencia y simpatía. Entramos en dos reproducciones de casas de antes y después de la conquista de la ciudad, casas que, salvando pequeñas diferencias, podrían encontrarse en los pueblos del interior de la Península hace no más de sesenta años.

Con el recuerdo imperecedero de Numancia, de cuyo combate con los romanos podemos extraer lecciones para nuestro mundo actual, entre ellas las del coraje y la lealtad a una forma de vida, llegamos a Soria a media tarde. Todavía nos dará tiempo a visitar el claustro románico de San Juan del Duero. Para llegar debemos atravesar el puente romano que sirve de entrada a la ciudad. Hablar de Soria, hablar de la vieja Castilla, es hablar del Duero que desciende caudaloso en dirección a Burgos.

Oscurece en Soria y la temperatura cae con crueldad insospechada. El bullicio de las horas centrales de la tarde deja paso a la soledad y el silencio de la joven noche. La gente se recoge pronto en esta ciudad. Descubro una placa, al inicio del Collado, en memoria de Julián Marías, que pasó aquí muchos veranos con su familia. Acabamos cenando en la tasca de la noche anterior. En la televisión vuelven a echar otro partido de fútbol. Juega un equipo del nordeste peninsular. Doble alegría la que nos llevamos cuando sus jugadores son incapaces de meterle un gol a los italianos. Con esa moderada satisfacción regresamos al hotel. Por la noche combinamos la ternura de las sábanas con el placer de la lectura, pongamos por caso una de las primeras novelas de Miguel Sánchez-Ostiz, Tánger bar

Vivir es ir despidiéndose de todo y de todos. La mañana fría de un jueves decimos adiós a Soria la bella, la pequeña y coqueta Soria, la Soria del románico y de Machado. El día ha amanecido soleado pero frío. El sol está en plan rácano. La calle del Collado es atravesada por niños que, acompañados por sus madres, arrastran las mochilas para llegar al colegio. La mayoría de los comercios aún no han abierto. Cruzamos la plaza Mayor para acercarnos a la calle donde hemos aparcado el coche. Antes nos despedimos de la estatua de Leonor que tiene un aire a la última duquesa de Alba. Le mandamos recuerdos para su marido Antonio. En sus ojos vemos que nos desea un buen viaje.

Dejamos Soria en silencio, bajo un cielo sin la amenaza de nubes. Paramos a comer en Monreal del Campo, ya en la provincia de Teruel, en una pastelería donde habíamos desayunado en el viaje de ida. Un hombre de sonrisa franca, piernas arqueadas y ademanes toscos nos sirve el plato del día, un estofado de cordero que acompañamos con una ensalada de tomate con queso de cabra. Manjar exquisito y sencillo. Así nos vamos curando de la extrañeza de alejarnos de Soria.

Al entrar en la provincia de Castellón el clima se enrarece. El cielo se cubre de nubes que son como ovejas grises. La carretera registra un tráfico intenso a estas horas de la tarde. La gente vuelve del trabajo. Los dos estamos cansados y queremos llegar a casa cuanto antes.

En mi dormitorio, mientras emborrono este cuaderno, me cuesta sacudirme la nostalgia. Tengo aún la sensación de que estoy oyendo el discurrir de las aguas del Duero y que paseo, en amorosa compañía, por un paseo rodeado de sauces. Esa cercanía de esos sauces llorones me hacen sentir triste, esa tristeza tan machadiana, marcada por la certeza de que a todo le llega su final. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Mi padre es un 'loser'


¿Por qué todos los profesores de inglés son maricas? No hay ninguno que se salve. Miguel, Raúl, Jorge el de la academia y ahora Joan, todos lo que me han dado clase son maricas. A este último se le nota mucho la pluma. María, mi amiga de 4º de ESO, dice que lo vio agarrado de la cintura con un tío más joven. A mí, cuando me lo dijo, no me extrañó nada. Además no lo esconde. ¡Si lo viera la abuela Herminia! Ella, tan religiosa como es, siempre de misa los domingos, odia a los gays. Dice que son tan enfermos como el que tiene un cáncer, y que habría que mandarlos a un médico para curarlos. De hecho conoce el caso de un chico (me parece que sé quién es), hijo de unos amigos suyos, que se curó yendo a un psiquiatra. Ahora tiene novia y se va a casar, al parecer. En fin, son las historias de mi abuela, te las puedes creer o no, a veces te ríes con ellas y otras te aburres. A mí me parece que se le está yendo la cabeza desde que murió el abuelo.

Que Joan sea gay me da un poco igual. Que cada cual haga lo que quiera con su vida pero sin molestar a los demás. Eso lo he aprendido de mi padre. Mateo, el novio que tengo ahora, no piensa como yo. Mateo, con sólo quince años, opina como mi abuela. Si por él fuera, enviaría a todos los maricas a una isla. “Así no volverían a molestar”, me dice riéndose. Mateo es un poco sádico. Yo creo que le pesa mucho la educación que ha recibido de sus padres, que han sido demasiado estrictos con él y con sus siete hermanos. ¡Ni móvil le dejaban llevar hasta hace sólo un año!

Mateo va a mi clase. A él se le da mejor el inglés que a mí. De Joan se ríe por su acento:  “Se le nota que aprendió inglés sin salir de España”. Lo dice él, que todos los años lo envían sus padres a Inglaterra. A mí, como mucho, me pagan una academia cuando suspendo la asignatura. Nunca me ha gustado el inglés, esa es la verdad, se me resiste, no tengo la facilidad de Mateo para hablarlo.

Ayer Joan estaba explicando el significado de algunos adjetivos. Intentaba hacerse oír levantando la voz porque la mitad de la clase estaba hablando. En realidad nadie le atiende desde el día en que se echó a llorar delante de todos porque Alex, el más golfo de mis compañeros, le gritó: “¡Chúpame el nabo!”. Desde entonces aprovechamos cualquier ocasión para reírnos de él. Pues ayer, como decía, estaba explicando algunos adjetivos. Entonces nos aclaró la diferencia entre ser ganador (winner) y ser perdedor (loser).

—¿Nunca habéis escuchado eso que se dice en los Oscar de “And the winner is…”.
—¿Y qué son los Oscar? —pregunta Sergio, el más tonto del grupo.

Solo uno de los treinta compañeros sabía qué eran los Oscar. No era yo, claro. De camino a casa estuve dándole vueltas al significado de esas dos palabras, ganador y perdedor, y me acordé de Javier, el profesor de castellano. No sé por qué lo hice; tal vez porque siempre no está insistiendo en que debemos sacarnos la ESO si no queremos ser “carne de cañón”. “¿Qué es carne de cañón, profe?”, le preguntamos. “Carne de cañón es aquel al que todo el mundo pisa y del que todo el mundo se ríe. Yo no quiero que vosotros lo seáis”. Su respuesta nos dejó pensativos a Mateo y a mí. No estoy segura de que lo entendiéramos, pero si tuviera que pensar en alguien que es carne de cañón no tengo dudas de quién sería: mi tío Ramiro, que no levanta cabeza, el pobre, desde que lo echaron de la fábrica. Ahora vive de lo que le presta la abuela. Lo sé porque mi madre le regañó por teléfono por gastarse ese dinero en cervezas y máquinas tragaperras. 

Mi tío Ramiro debe de ser un loser. A mi casa viene a comer algún domingo. Mi padre habla poco en la comida, se siente incómodo con su presencia. Cuando cruzamos la mirada adivino la razón de esa incomodidad porque mi padre, como mi tío, también es un loser. Sé de lo que hablo y voy a explicarlo.

Hace un mes Mateo y yo nos saltamos las clases de la mañana. Nos fuimos a un parque donde a esas horas sólo hay viejos paseando a sus nietos. Buscamos un banco recogido para que no nos viera nadie. Somos novios desde Navidad, pero él es muy tímido y no ha pasado de darme besos en los labios. Otro ya me hubiera metido mano, otro como Álex. Quiso salir conmigo pero le contesté que no. “Que te vayan dando”, me dijo el muy gilipollas. Prefiero a Mateo aunque sea tímido. Es guapo y me trata bien. Aquel día le llevé su mano derecha a mis pechos. Cerré los ojos y, al abrirlos, mi mirada tropezó con alguien familiar. Era mi padre. En un primer momento temí que me hubiera visto allí con Mateo metiéndome mano, pero no podía haberme reconocido porque estaba cabizbajo, mirando el suelo, sentado en un banco a lo lejos, con su maletín de cuero entre las piernas, las manos cruzadas. Mi padre no se movía; parecía una estatua de piedra. Era como si no estuviera en este mundo. Llevaba puestas las gafas de sol, lo que me sorprendió porque el día había amanecido muy nublado. Todo era extraño, difícil de explicar. A esas horas debía de estar trabajando en su empresa, que está en la otra punta de la ciudad.

Le puse una excusa tonta a Mateo para que nos marchásemos. “¿Qué te pasa?”. “Nada, que no me gusta este sitio”, le dije. Tenía miedo de que mi padre levantara la cabeza y nos viese. Al cabo de dos semanas volví a convencer a mi novio para que nos saltásemos las clases y fuésemos al parque. “Pero ¿no me dijiste que este sitio no te gustaba?”. Quería ver si mi padre volvía a estar en el mismo banco de la otra vez. Allí estaba con su traje gris, su camisa blanca, su corbata granate para ir al trabajo y sus zapatos lustrados. Parecía que no se había movido de allí desde el día en que lo vi: la misma posición, la mirada clavada en el suelo, el maletín entre las piernas, apoyando ahora los codos sobre sus rodillas. Esta vez tampoco me reconoció. Ya no tuve dudas de que mi padre era un loser.

—Hija, ¿has acabado los deberes? Tu padre no tardará en llegar. La cena estará en cinco minutos.

Mi madre es una pesada. Se pasa la vida en la cocina, viendo la televisión (esos programas de cotilleos sobre famosillos) y tomando café con sus amigas divorciadas. Dejó de trabajar cuando me tuvo a mí y a mi hermano. Últimamente se le ha agriado el carácter. Será la menopausia… No sé cómo la aguanta mi padre.

—Ya voy, mamá, estoy acabando un trabajo del instituto.

Mentira. No estoy haciendo los deberes; estoy escribiendo el diario que mi profesor de castellano me pidió que hiciera al comprobar que redacto mejor que mis compañeros. Me ha dicho que me subirá la nota al final de curso. Aquí voy apuntando todo lo que me pasa, todo lo que pienso y siento, alguna que otra chorrada también. Al principio me costaba por la falta de costumbre, pero ahora escribo todos los días.

Ha sonado el timbre: debe de ser mi padre.

—Hija, ve a abrir, que estoy todavía con la cena.

Abro la puerta.

—Hola, papá, ¿qué tal el trabajo?
—Bien pero muy cansado, Lucía. Estamos a fin de mes. Los jefes aprietan, mucho papeleo, reuniones y más reuniones, y eso se nota.
—Bueno, pero pronto tendrás vacaciones para descansar con nosotros.
—¡Claro que sí! Estoy deseando tomarlas y que tu hermano y tú terminéis los exámenes con buenas notas. ¿Te gustaría volver a Benidorm como hace dos veranos?
—Me encantaría; hay mucho ambiente allí. ¿Recuerdas que hice dos buenas amigas que todavía conservo?
—Sí, ¿te refieres a esa chica de Valencia que su padre murió en un accidente de tráfico en Navidad?
—Sí, a Luisa, la pobre lo está pasando muy mal y su madre peor. Ha tenido que ir a un psicólogo. 
— Es normal que las dos estén afectadas. Perder a un padre debe de ser terrible a esas edades. He pensado que debíamos buscar un hotel más sencillo en Benidorm aunque esté lejos de la playa, sin tanta gente, para estar más tranquilos. Este año estaremos menos días porque tu abuela está delicada de salud.
—Yo veo bien a la abuela, papá, pero si tú lo dices será verdad.      

domingo, 26 de marzo de 2017

La niña muerta

La niña ha muerto. Nadie lo sabe aún, pero la niña ha muerto. La muerte entró, sin avisar, en la sala de cuidados intensivos. La muerte le ha respetado los ojos, abiertos, como dos piedras preciosas de color verde. Los padres, agotados de tantas noches en vela, duermen en dos butacas incómodas, de cuero viejo, que el hospital pone a disposición de los acompañantes de los enfermos. Los padres ignoran que su criatura partió de este mundo y descansa ya en el valle de los niños muertos. Cuando despierten serán un hombre y una mujer sin consuelo posible. Pero aún no han despertado. El silencio de la habitación se rompe por los pasos acelerados de una enfermera que cruza el pasillo.

Es una noche cerrada de un día de otoño de un año cualquiera. La niña llevaba ingresada una semana. Existía la frágil esperanza de que volvería a superar otra crisis. En el colegio, antes de despedirse, la niña decía que le habían descubierto otro bultito en la cabeza, y añadía, riéndose, que pronto volvería para jugar con sus compañeros en el patio. La señorita, disimulando la emoción, daba la razón a Victoria y le aseguraba que estaría para el festival de Navidad, y así todos le darían gracias al Niño Jesús.

El padre ronca, y sus ronquidos tienen algo de cómico en una noche trágica. La enfermera entra para controlar la evolución de la pequeña paciente. Le toma el pulso. La niña no responde. La enfermera, nerviosa, comprende en ese momento que todo ha terminado. Nunca te acostumbras a la pérdida de un niño, se dice. Toda muerte es dolorosa pero no hay ninguna comparada con la de un niño. Nos deja sin respuesta. ¿Por qué? El rostro de la pequeña ha adquirido el blanco frío de una muñeca de cera. La enfermera llama al médico de guardia. Los dos le comunicarán la noticia a los padres. Desconcertados, en una especie de duermevela, Ángel y Susana no creen lo que están escuchando. No puede ser verdad. El doctor, midiendo inútilmente la crueldad involuntaria de sus palabras, les dice que Victoria ha muerto. El padre se retira a llorar a una esquina de la habitación y comienza golpear su cabeza contra un pilar. La madre grita horrorizada mientras la enfermera la coge de la cintura; grita como han gritado todas las mujeres de la historia cuando han perdido a un hijo. Un grito de desolación, irreparable, que llega hasta los tuétanos del alma.

Susana besa a su hija, mi amor, mi niña, cuándo vas a despertar, mi niña, por qué Dios mío, por qué te llevas a mi hija, qué te ha hecho ella, por qué no te llevas a mi marido o a mí, maldito seas, Dios, descansa, cielo, que luego despertarás y volverás a estar con mamá y con papá y con tu hermanito, no tengas miedo, que mamá está contigo, te quiero, mi vida, te quiero mucho.

El médico y la enfermera se marchan de la habitación. Dejan a los padres solos, con su dolor. Se abrazan sin palabras. Él la atrae con fuerza; a ella le fallan las piernas, cree desmayarse y él la tiene que sujetar para que no se caiga al suelo. Así están unos minutos, en silencio. Después el padre besa la frente fría de la niña y repite un millón de veces el hombre de la hija, Victoria, Victoria, mi niña, no nos dejes solos. Le coge las manitas y se las aprieta, y el padre llora y se siente ridículo y siente miedo de lo que está por venir, de ese futuro en el que no volverá a escuchar la risa de Victoria cuando veía los dibujos animados las mañanas de los sábados. El silencio de una habitación cerrada, una cama que no volverá a hacerse, las preguntas del hermano que la echará pronto de menos, a todo eso tiene miedo.

La madre se seca las lágrimas. El padre, que ha levantado a la niña de la cama, se la entrega a la mujer, que la coge en brazos y la mece como hacía cada noche para que la niña se durmiese. La madre la balancea y se sorprende cantándole la nana que su madre le cantaba cuando tenía la misma edad que Victoria. Susana acaricia el pelo rubio y ensortijado de su hija y se fija en el hombre que tiene enfrente, sentado en una butaca, prematuramente envejecido, con la cabeza agachada entre las piernas, y siente que no lo reconoce. En diez años de matrimonio nunca había pasado por esa situación de extrañeza. ¿Quién es el hombre que repite el hombre de mi hija?

—Dentro de una semana hubiera cumplido cinco años —dice él y ella la deja caer en su regazo y nota el frío de su cara y de su frente, y se ve rota por dentro, para esta vida y para las siguientes, destrozada sin redención posible, consciente de que deberá vivir entre escombros y recuerdos imposibles. Se ha convertido en una huérfana de su hija.

¿Dónde estaba Dios cuando murió la niña? ¿Dónde se hallaba el ángel de la guarda encargado de protegerla de la muerte? Los padres de Victoria creían en Dios pero ya no creen; creían en la Virgen y ya no creen en ella; creían en la misericordia de Cristo y dejaron de creer en Cristo. Los padres no comprenden nada. ¿Por qué os habéis llevado a mi hija?, se pregunta la madre. La pregunta se quedará sin respuesta para siempre. Mientras, el padre, ajeno a letanía amarga de la mujer, coge con suavidad la mano derecha de la niña, la acaricia y juega con los rizos rubios de María, y por un momento piensa que todo fue una pesadilla y que pronto la pequeña abrirá los ojos de un sueño pesado.

Llaman a la puerta y es el capellán del hospital. El cura es un hombre joven, bajo y regordete. Debido a su falta de experiencia, aún no sabe cómo actuar en estas circunstancias. Los consejos valen de bien poco cuando has de enfrentarte a una pareja que ha perdido a un hijo. Ignoras cómo reaccionarán.

Estos padres lo miran sin decirle nada. El sacerdote se ve en la obligación de decirles algo. El silencio le incomoda.

—Lamento mucho la muerte de vuestra hija, tan pequeña. Sabéis que podéis contar conmigo para lo que necesitéis.

El joven cura hace intención de acercarse a la niña para darle su bendición.

—¿A qué ha venido? ¿Acaso le hemos llamado? Aquí no tiene nada que hacer. ¡Márchese con su Dios y déjenos en paz! —dice la madre clavándole la mirada en la cruz que cuelga de su pecho.

El cura desanda sus pasos, balbucea unas palabras de despedida y cierra la puerta. Desaparece.

La mujer sigue sin reconocer al hombre que tiene sentada a su hija en las rodillas, pellizcándole los mofletes como hizo el día en que la ingresaron en el hospital. Aquella mañana la niña estaba animada y respondía con una carcajada a los pellizcos de su padre. Por la noche pidió una tortilla francesa para cenar y durmió como un ángel.   

domingo, 25 de diciembre de 2016

El mostacho

Jerónimo Cienfuegos acostumbraba a llegar a la clínica diez minutos antes de la consulta con su psiquiatra. Nunca le habían gustado las prisas ni llegar con el tiempo justo a los sitios. Las prisas eran siempre malas consejeras, según le había aconsejado su abuelo materno. Tampoco le gustaba la lluvia, y hoy llovía, y mucho. Como no veía ni escuchaba los noticiarios, había salido a la calle sin paraguas. En la parada de autobús le habían caído las primeras gotas. En el trayecto había comenzado a diluviar. Al llegar a la clínica estaba empapado. Nada más abrir la puerta, la enfermera le miró con el rabillo del ojo antes de saludarle. Era una mujer distinta a la que había conocido en la cita anterior, cuando había acudido de urgencia debido a una de sus frecuentes crisis nerviosas.

Desde que un amigo le había recomendado a su psiquiatra el doctor Pisano, oriundo de Montevideo había tenido la oportunidad de conocer a seis recepcionistas, todas ellas elegidas de acuerdo con el mismo patrón: eran jóvenes, ninguna alcanzaba los treinta años; delgadas, ciertamente atractivas y con una simpatía reñida con la naturalidad.

Jerónimo dio las buenas tardes a la única persona que permanecía en la sala de espera. Era un hombre con apariencia de jubilado que no le devolvió el saludo. En una mesita de cristal se amontonaban revistas médicas que probablemente nadie había leído en meses, quizá en años.

El doctor Pisano siempre había sido puntual al llamar a sus pacientes. Por eso, a Jerónimo Cienfuegos le sorprendió el retraso en hacerle pasar a la consulta. Tuvo que esperar veinte minutos antes de que la recepcionista le informara de que el doctor estaba preparado para recibirle.

La consulta no había sufrido ningún cambio desde la primera vez que visitó la clínica. La decoración tenía un estilo minimalista. El mobiliario era escaso, moderno y frío, con un predominio de los blancos y los grises. En la mesa del doctor no había papeles, sólo un ordenador y la foto de una adolescente que podría ser su hija. Una reproducción del cuadro El gran masturbador, de Salvador Dalí, colgado a las espaldas del doctor Pisano, rompía la monotonía de la sala. No era extraño que en sus primeras visitas los pacientes, en lugar de atender las explicaciones del médico, fijaran la vista en la obra del pintor ampurdanés.

El psiquiatra era un hombre correcto, de maneras corteses y frías, a quien le gustaba mantener una prudente distancia para que nunca se confundiese lo profesional con lo personal.

—Veo que tenía cita para dentro de dos meses  —dijo después de consultar la ficha del paciente.
—Sí, doctor, pero no podía esperar tanto tiempo. Necesitaba verle ya porque estoy atravesando una de mis peores crisis.

El doctor volvió a mirar la pantalla del ordenador y, sin desviar la vista, le preguntó:

—¿No le ha hecho efecto el último tratamiento que le receté?

Jerónimo negó con la cabeza.

—¿Ni siquiera ha habido un mínimo progreso? —insistió el psiquiatra.
—Lamento decirle, doctor, que la idea de combinar las pastillas con la ingesta diaria de  rabo de toro no ha dado resultados.

El doctor Pisano se quedó pensativo tratando de buscar el comentario más pertinente para no herir la sensibilidad de un paciente para el que creía no tener ya solución.

—Desde que vino por primera vez a mi consulta lo hemos intentado todo: en un primer lugar, el tratamiento farmacológico, basado en inyecciones, pastillas y polvos; viendo que no daba el resultado esperado, recurrimos a las terapias alternativas, a pesar de que no eran de su agrado —dijo el médico.
—Comprenda que tratar de recuperar la virilidad con una muñeca hinchable de rasgos caribeños no era la mejor manera de ganarme a mi mujer —contestó Jerónimo.
—Me hago cargo de lo que pretende decirme —continuó el doctor—, pero recuerde que hemos ensayado todas las opciones posibles que existen en el campo de la medicina para corregir, o al menos mitigar, su pertinaz dolencia.

El adjetivo pertinaz le hizo recordar a Jerónimo tiempos en blanco y negro, con señores de rictus severo que acumulaban riquezas entre el miedo y la indiferencia de la gente.

—¿Y algo más que se pueda hacer, doctor? ¿O debemos resignarnos mi mujer y yo a no ser una pareja como las demás?
—Su caso es complejo —respondió el médico—. A un profundo complejo de Edipo se une masculinidad frágil y diríamos titubeante que ha derivado en una crisis de potencia sexual como nunca había observado en mi ya dilatada carrera profesional.

Mientras lo escuchaba, Jerónimo se fue encogiendo en el asiento.

—En estos supuestos tan extremos, en los que todos los tratamientos han fallado, sólo nos queda un as en la manga, y muy pocas veces funciona, para qué engañarle —añadió el psiquiatra.
—Dígame cuál.

Se hizo un silencio que a Jerónimo le pareció eterno.

—Déjese bigote —dijo finalmente el doctor Pisano.
—¿Dejarme bigote? No le entiendo. ¡Me ha tomado por un imbécil! —dijo Jerónimo perdiendo su habitual calma.
—Serénese, señor Ciencifuegos —trató de tranquilizarle el médico, incómodo con la situación—. Recientes estudios de la universidad de Birmingham han desvelado que varones con problemas de disfunción eréctil habían recuperado hasta un 70% de su potencial sexual al dejarse bigote.

Jerónimo no sabía cómo responder a lo que el psiquiatra le había dicho. No podía estar tomándole el pelo. Siempre había dado muestras de ser un profesional serio. Aunque la idea le parecía descabellada, no tenía muchas más opciones para elegir. O se dejaba bigote y veía si le funcionaba, o se resignaba a incumplir con el débito conyugal con su mujer en lo que quedaba de vida, y su mujer ya había dado suficientes pruebas de ser una santa.

—¿Y valdría cualquier bigote? —preguntó Jerónimo venciendo por fin su reparo inicial.
­—Ahí entra en juego la personalidad del paciente y su voluntad por superar su impotencia total o parcial. Hay enfermos que se han curado dejándose un bigote muy fino, a lo Errol Flynn, y otros que han necesitado imitar el más voluminoso de Emiliano Zapata.

El paciente parecía haber recuperado la ilusión.

—¿Cuándo comienzan a verse los primeros resultados?

El psiquiatra, que dio muestras de su impaciencia al mirar dos veces su reloj, continuó:

—Los primeros progresos los advertirá, de ir todo bien, al cabo de tres meses. En primer lugar recuperará la autoestima como hombre, lo que permitirá ir elevando, poco a poco, la potencia de su miembro viril.
—Deduzco que para que el tratamiento funcione no deberá afeitarme el bigote en muchos años —dijo Jerónimo.
—Mi consejo, según lo que he podido leer, es que el bigote y usted deben ser compañeros inseparables durante mucho tiempo. La alternativa ya sabe cuál es, y no creo que le guste. Vuelva dentro de seis meses y hablaremos de sus progresos. Ahora, si me disculpa, debo atender a otro paciente.

Su mujer no podía creer lo que le decía su marido.

—¿Eso es lo que te ha aconsejado el psiquiatra? ¿Qué te dejes bigote para resolver tu problema? ¡Donde se habrá visto! ¡Ese médico no tiene vergüenza!

Cuando la veía de tan mal humor —comprensible por las renuncias que se había visto obligada a aceptar en la convivencia con él—, Jerónimo optaba por no contradecirla y se achicaba. No era un hombre de carácter, ni mucho menos. Había vivido acomplejado por su nulo atractivo con las mujeres, justificado en parte por un físico que desagradaba a primera vista. Esa falta de encanto le impidió frecuentar al sexo femenino hasta bien entrada la madurez.

A Amalia, su mujer, la conoció en un viaje a Tierra Santa organizado por la parroquia del barrio. No es que le gustara mucho, pero entendió que necesitaba tener a su lado a una mujer hacendosa, con las ideas claras, autoritaria y que tomase las decisiones en  casa. Buscaba a alguien que fuese lo contrario a él. Además, si dejaba pasar ese tren, quizá ya no llegase otro, después de varios intentos fallidos con otras mujeres. Con ella había celebrado sus bodas de plata.

Jerónimo esperó a que llegase el fin de semana para dejarse crecer los primeros pelos encima de su labio superior. Imaginaba la reacción que tendrían sus compañeros al verlo con su bigote incipiente, ellos que siempre habían aprovechado cualquier pretexto para hacer mofa de él. Los bigotes ya no se llevaban; eran un vestigio de un pasado color sepia. Ahora, para ser moderno, había que dejarse una barba bien poblada y acudir a la barbería cada semana para recortársela. 

Antes de dejarse el bigote, Jerónimo se había ilustrado sobre la materia. Había recopilado información sobre la historia del bigote (moustache en francés) deteniéndose, uno por uno, en todos los personajes históricos que lo habían llevado. Lo que pretendía, con tanta documentación, era decantarse por el tipo de bigote que mejor le convendría a su cara con forma de luna. Y así probó con el bigote a lo Clark Gable pero lo descartó; como también rechazó los de José Luis López Vázquez, Cantinflas, Jorge Negrete y Alfredo Mayo. Todos estos bigotes habían lanzado a la fama a actores y músicos. Lo intentó también con escritores imitando el estilo del bigote afeminado de Proust o el viril de Joyce y Faulkner; probó también con los pintores, con Diego Rivera pero sobre todo con los de Salvador Dalí, con sus puntas afiladas como cuernos, desafiando al cielo. Hasta se fijó en mujeres como la anarquista Federica Montseny, pero ni ella ni el resto de los hombres le convencieron.

Le quedaba probar con los bigotes de los políticos y los militares. La historia había conocido el ascenso al poder de dictadores que habían hecho del bigote una seña de identidad. Tenía donde elegir: Franco, Stalin, Hitler, por citar los más conocidos. No sabía por cuál decantarse, después de pensárselo mucho. Puede que una mezcla de estilos —en suma una síntesis ideológica— fuese la decisión más acertada. Y así salió del cuarto de baño, con un bigote entre autoritario y totalitario, de carcelero del Gulag y Auschwitz, un bigote para causar pavor e imponer respeto. La primera persona que retrocedió alarmada al verle fue su mujer.

—Estás irreconocible, Jerónimo —le espetó—. No sé que van a pensar de ti en la empresa.

En la empresa, lógicamente, se habló mucho del bigote de Jerónimo. Sus compañeros se rieron en presencia suya y a sus espaldas.

—Vaya, vaya, que el señorito Jerónimo se nos ha dejado un mostacho —dijo, entre risotadas, Borja, el compañero más odioso y temido por todos, cuyo ascenso profesional se debía al parecer a su amistad íntima con el consejero delegado.

Lejos de achicarse por las bromas crueles de sus compañeros, Jerónimo se vino arriba. En el primer mes de tratamiento recuperó su autoestima como varón, tal como le había pronosticado el doctor Pisano, y poco después, ya era capaz de mantener una erección durante dos largos minutos, lo que no le ocurría desde sus tiempos de veinteañero. Claro está que él no pensaba en Amalia para demostrarse que había recuperado el vigor sexual sino en la empleada de la panadería que le había guiñado el ojo un domingo, después de salir de misa de doce, cuando fue a comprar una bandeja de pasteles.

Con la confianza recuperada en su pene, Jerónimo se aprestó a recuperar el tiempo perdido, y vaya sí lo hizo, saliendo de farra con los amigotes los fines de semana en los que siempre acababan en algún club de alterne de carretera. Reacio al principio, por convicciones religiosas, a frecuentar prostíbulos y otros lugares de mala fama, le cogió el gusto al sexo mercenario y, hasta donde se conoce, ninguna de las meretrices tuve quejas de él en la cama, si bien las meretrices suelen omitir las críticas a los clientes, sobre todo si pagan las tarifas más caras, como era el caso.

De su segunda juventud se aprovechó, aunque no demasiado, es justo precisarlo, su mujer, con la que había vuelto a hacer el amor al cabo de muchos años de abstinencia. Hubo un sábado noche en que fueron cuatro las veces. A Amalia, al estar desacostumbrada, le temblaban las piernas cuando, tras el último coito, fue enjugarse la boca. No daba crédito al cambio experimentado por su marido. Esa transformación trascendió los límites de la fisiología y se hizo ideológica. De ser un hombre moderado y de ideas reformistas, Jerónimo pasó a ser un extremista de derechas o de izquierdas, según los días. Soñaba con invadir Polonia o anexionarse Crimea. Deliraba por las noches, hasta el punto de que su mujer tenía que bajarle el brazo en alto, afectado también de una extraña y persistente erección.

Pero lo que había sido una alegría momentánea de Jerónimo y su mujer se transformó en una pesadilla a medida que pasaban las semanas. Él se había convertido en un obseso del sexo. Dilapidaba el salario en frecuentar a mujeres de mala vida; consumía porno en la empresa (lo que, entre otros motivos, le llevaría a ser despedido); y se masturbaba en los aseos públicos como un chimpancé adolescente de zoológico. Lo peor es que lo hacía con la puerta abierta.

Las cosas iban de mal en peor. Llegó a tirarle los tejos a un policía local (ya no reparaba en sexos), lo que le hubiese metido en un gran lío de no haber recurrido a un pariente conservador que tenía influencia en el ayuntamiento.

No pudiendo soportar más el oprobio al que su marido le sometía engañándole con cualquier pelandusca, Amalia se dijo a sí misma “hasta aquí hemos llegado” y se fue a vivir con su madre a Albacete. Aconsejada por un abogado de la familia, presentó la demanda de divorcio. Eso fue un duro golpe para él.

Jerónimo había destruido su vida en sólo un año. En este tiempo toda la ciudad era conocedora de sus correrías y excesos. Sin mujer y sin trabajo, debía enfrentarse ahora  a perder su casa por el impago de la hipoteca. Le prestaron dinero para pagar una consulta con el doctor Pisano, quien había hecho todo lo posible por evitarle, ya que a él también le habían llegado las habladurías del comportamiento de su paciente.

La enfermera había cambiado, como en ocasiones anteriores. Era delgada, joven, ciertamente atractiva y con una simpatía reñida con la naturalidad.

—Doctor, he destrozado mi vida al dejarme bigote. Me han echado del trabajo, mi mujer me ha abandonado, puedo perder mi casa. Necesito que me ayude.

El psiquiatra tenía delante de él a un hombre derrotado, al que sólo su cobardía le salvaba de suicidarse.

—Si el bigote ha sido la causa de su perdición, aféiteselo —le dijo el doctor, lacónico.

Al escuchar estas breves palabras, Jerónimo se pasó el dedo índice por su bigote canoso y reparó en que seguía ahí, después de un largo año. Podía habérselo rasurado pero no lo había hecho. Se había acostumbrado a él pese a todos los problemas que le había traído. Pero había llegado la hora de quitárselo.

Ya en la calle, se dirigió a la parada de autobús. Era un día de principios de verano. Apretaba el calor. Debajo de la marquesina dos jubilados comentaban la noticia del día: el presidente ruso había ordenado invadir Polonia. “Ese hombre sí que tiene pelotas”, le decía uno a otro entre risas. Al percatarse de lo que estaban hablando, sintió envidia del dictador que, a diferencia de él, no había necesitado dejarse bigote para demostrar su hombría. Los dictadores del siglo XXI llevaban el rostro rasurado, pensó. En el autobús, de regreso a casa, reparó en que no le quedaban cuchillas de afeitar. Entonces fue cuando notó una flacidez en la entrepierna.   

sábado, 12 de noviembre de 2016

Una mujer distinguida

Marta era una mujer distinguida. No podía afirmarse que fuera guapa pero sí atractiva, con esa gracia pícara que enamora tontamente a algunos hombres. Sus hijos, un niño de nueve años y una delicada señorita de once, iban al psicólogo desde muy pequeños. Las familias pudientes tienen la suerte de poder enviar a sus hijos al terapeuta a la menor contrariedad. Era mucho el dinero que Marta y su marido Jacobo habían gastado en la consulta de un pariente lejano sin resultados aparentes, pero esto no parecía importarles.

Marta era diseñadora de interiores y se codeaba con la gente bien de la ciudad. Gente honrada pero también criminal. El origen de toda gran fortuna, lo creamos o no, es siempre un crimen, según escribió Balzac, el novelista francés. En los ratos libres que le dejaba su trabajo, Marta engañaba a su marido, que era de esa clase de personas que viven en los aeropuertos. Lo del engañar al marido o a la mujer sucede en las mejores familias. No culpemos a Marta por esta debilidad. La vida es aburrida. A ella le gustaba romper la rutina, de cuando en cuando, y vivir “emociones fuertes”, según le confesaba a su amiga Tania cada mes, cuando les tocaba hacer repaso de sus acomodadas existencias. Era, no obstante, una emoción controlada, protegida por una extensa red.  

Marta, que ya había cumplido los cuarenta, contactaba con hombres de su edad en Internet, aunque nunca hizo ascos a hacerlo con algún pipiolo, dada la debilidad que algunos jóvenes manifiestan por las mujeres maduras. El siguiente paso era hablar unas semanas, no demasiadas, por una red social. Después, si el hombre no se había atrevido a hacerlo, ella tomaba la iniciativa proponiéndole tomar café en un lugar discreto de la ciudad. Todos los hombres aceptaban después de haberla visto en foto. Se veían una tarde de un día laborable. Nada más tomar asiento y recibir el beso de él, Marta sabía si el candidato había superado el examen inicial, si volverían o no a encontrarse en un clima de más intimidad. Ella controlaba la situación gracias a la experiencia que iba acumulando. Por ese café de las afueras habían desfilado hombres de todas clases. Los había feos y guapos, gordos y delgados, inteligentes y obtusos, humildes y soberbios. A ella eso le complacía; halagaba su vanidad de mujer y le hacía sentirse más poderosa de lo que en realidad era, y lo era mucho. Procedía de una familia de militares que había recalado en una ciudad con mar —donde sucede esta historia—, después de vivir en medio país.

Marta hacía el amor con los hombres que había escogido, a quienes exigía el don de la conversación. Quería amantes pero también buenos interlocutores. Con ellos compartía su gusto por el cine (pero no le gustaban las películas tristes ni violentas), la opera y la gastronomía. Era muy aficionada a la repostería; podía pasarse tardes enteras preparando tartas para sus amistades y conocidos que nunca probaba porque no quería comprometer su delgadez. Los postres, junto con las mentiras y el diseño de cocinas, eran sus puntos fuertes. Luego ocurría lo inevitable. Se cansaba de esos amantes e inventaba cualquier pretexto para dejar de verlos. Y seguía buscando un nuevo pretendiente.

Yo fui uno de ellos. Enseguida nos entendimos porque los dos éramos unos farsantes. Ella sabía que yo le mentía y yo sabía que ella me engañaba. Era un juego de espejos delicioso y muy instructivo. Se inventaba sentimientos verosímiles sobre mí, que llegaron a hacerme dudar, lo admito, y yo le correspondía. En cierta medida estábamos hechos el uno para el otro, pero aquello no podía durar demasiado. Hoy, las relaciones duran poco, muy poco. La invité varias veces a mi piso de hombre soltero. Llegaba oliendo a perfume caro y creía engatusarme con su sonrisa estudiada. Las veces que estuvimos juntos lo pasamos bien. Ella solía gritar y me pedía que la insultase, cosa que nunca hice. Después se calmaba y me hablaba de sus hijos, que iban a un colegio religioso, de los que estaba enamorada, decía, y del viaje que su marido y ella planeaban a México para el verano. Nunca había pensado en divorciarse de él porque en el fondo lo seguía queriendo, me repetía. Yo la oía pero no la escuchaba. Aquellos encuentros estaban dominados por el encanto de la fisiología; de ahí que no les diera nunca demasiada importancia.

Una mañana me mandó un mensaje diciéndome que su padre había enfermado del corazón. Tal vez fuera cierto. Le respondí deseándole una pronta recuperación. No supe más de ella hasta ayer, viernes, al mediodía, cuando coincidimos en un restaurante del extrarradio. El azar quiso que el maître nos sentase en mesas contiguas. Marta había envejecido en los dos últimos años. Se había cortado el pelo pero su perfume caro era el mismo. Para algunas cosas era una muy conservadora, sin duda por herencia familiar. Estaba acompañada por un hombre que no era su marido y que sonreía más de la cuenta con la intención de agradarle, pero no lo lograba, lamentablemente. Pensé que era otro pretendiente, otro novio fugaz de los suyos. Cruzamos las miradas y no nos dijimos nada. Seguí leyendo el diario, que traía noticias previsibles y grotescas, a la espera de que la camarera, una joven de anchas caderas y  ademanes educados, me sirviera el postre. Al café me invitaron.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Queremos suicidios en directo

Un lindo muchacho aparece en el escenario contoneándose como un pavo real. Sonríe y se lleva los dedos a los labios en señal de agradecimiento a la audiencia que lo está viendo desde casa. Alto, guapo y muy delgado, este figurín de porcelana destaca por sus delicadas maneras. Viste unos vaqueros rotos y una camisa estampada y muy ceñida, lo suficientemente abierta para contemplar su pecho depilado. El joven presentador saluda a su público que, siguiendo las instrucciones del regidor, le aplaude con oficio. Algunos asistentes son veteranos en el programa. Casi todos son hombres y mujeres maduros, sin oficio conocido, que han venido a hacer de figurantes por diez euros, un bocadillo y un refresco. Lo peor son las esperas que han de soportar.

Pero por fin ha llegado la hora. El presentador se dirige a la cámara central y se estrena diciendo:

—Bienvenidos a una edición más de Queremos suicidios en directo, el programa más visto de la televisión española.

El público, convenientemente aleccionado, sigue aplaudiendo. De repente se apagan las luces. Un foco ilumina el rostro turbiamente maquillado de Jacobo, el nombre de la estrella televisiva.

—Si creéis que lo habéis visto todo, amigos y amigas, estáis equivocados. Esta noche os prometo algo nuevo, distinto —afirma Jacobo forzando el tono y de paso sonriendo para que todos vean su dentadura inmaculada.

—Esta noche nos proponemos batir nuestro récord de audiencia con una historia conmovedora, la historia de Jerónimo, un joven soltero y sin apenas estudios, y la de su familia —continúa el atildado presentador—. Después de localizarlos en Burgo de Osma, nos pusimos en contacto con ellos para traerlos al programa. Y he de deciros que no fue fácil, que al principio rechazaron nuestro ofrecimiento pero después, cuando conocieron el premio que podían ganar, accedieron a venir.

El público, que comienza a sudar por el calor de los focos, prorrumpe de nuevo en aplausos. De fondo se oye una voz bronca e imprevista diciendo “que salgan ya, queremos verlos”.

—No os impacientéis, amigos y amigas —grita el figurín de porcelana—. Todo a su debido tiempo. Veamos ahora un breve reportaje que nuestros compañeros han preparado sobre la vida de Jerónimo y su familia en Burgo de Osma.

El video resume la triste vida, sin salida aparente, de Jerónimo, un joven de 22 años que no logró pasar de los estudios primarios. Su única experiencia laboral ha sido barrer las calles de su pueblo durante seis meses. No se le conoce novia; lo que puede achacarse a que es poco agraciado, con una nariz que se asemeja a una gran patata y una boca caballuna que es herencia de su abuelo paterno.

Jerónimo tiene un hermano cinco años menor, un adolescente llamado Ismael, que se quedó tontuelo por un aire que le dio siendo niño. Es dependiente de sus padres, Casimira, una ama de casa que se ha desvivido por su hijo pequeño, y Prudencio, guardia civil retirado, un hombre autoritario de escasas luces y cortas palabras. Casimira y Prudencio se casaron tarde, sorprendiendo a sus familias, y tuvieron a sus dos hijos cuando ya habían perdido toda esperanza. Acaso fue un regalo de Dios.

Con el rímel de sus ojos a punto de correrse por el calor del estudio, Jacobo aprovecha para desabrocharse otro botón de la camisa. Sabe que ha llegado uno de los momentos estelares del programa.

—Después de haber visto este video, que nos ha mostrado la vida difícil de Jerónimo y su familia, todos, y yo el primero, queremos conocerlos en persona —afirma.

La banda sonora del programa suena de fondo, de manera atronadora. El público vuelve a batir las palmas. Las puertas del escenario se abren y aparece Jerónimo, cogido de la mano por sus padres. El hermano pequeño no ha podido viajar por una indisposición y ha quedado al cuidado de un tío.

El lindo presentador se acerca a Jerónimo y le estrecha la mano como si fueron viejos conocidos. Hace lo mismo con el padre y besa, más bien roza levemente la mejilla de la madre, como sólo saben hacer las personas finas y distinguidas, ese besar sin besar. 

Jacobo comienza a sobreactuar diciendo:

—¡Bienvenidos a Queremos suicidios en directo! Estamos muy contentos de teneros aquí. Sé que el viaje en autobús ha sido largo hasta Madrid.

Jerónimo, vestido con un traje negro que le queda pequeño, se encuentra incómodo ante la mirada de tanto extraño. Tras escuchar las palabras de la estrella, asiente pero no se atreve a hablar. El presentador mira a la cámara central.

—Jerónimo, como concursante que eres de nuestro programa, debo recordarte, en primer lugar, lo que tienes que hacer y cuál es el premio que tu familia se llevará si cumples la promesa que nos has hecho. ¿Sabes por qué estás aquí?

—Sí —responde tímidamente el concursante.

Jacobo fija la mirada en los padres, que permanecen agarrados de la mano.

—Queridos padres de Jerónimo, habéis venido para presenciar cómo vuestro hijo se suicida ante millones de telespectadores. Otros concursantes ya lo han hecho —añade el presentador para volver su mirada a Jerónimo—. Tú diste el paso. Sabemos que te costó tomar la decisión pero has prometido que la cumplirás, ¿verdad?

Jerónimo, nervioso, sin atreverse a mirar a los ojos de la estrella, responde:

—Lo haré por mis padres, para dejarles un dinero con el que puedan ir tirando uno o dos años.

El presentador, que presiente cercano el clímax del programa, insiste sonriendo:

—Así es, Jerónimo, pocos hijos hay tan generosos como tú, que has pensado en los problemas económicos de tus padres. Ellos recibirán 6.000 euros fijos después de tu muerte y otros 6.000 variables si esta cadena supera su récord de audiencia con tu suicidio.

Vuelve a oírse la letanía de nuevos aplausos, esta vez más tibios y breves.

—¿Has elegido cómo quieres acabar con tu vida, Jerónimo? —le pregunta el pimpollo. Sabes que el programa te da absoluta libertad para escoger el medio que quieras.

—Papá me ha ofrecido la pistola que conservaba de sus años de servicio —responde el concursante—. Creo que será más rápido que utilizar un cuchillo o tomar una pastilla.

El presentador se acerca a abrazarlo con tanta intensidad que se adivina lo forzado de la situación.

—Pues no esperemos más. Toda España te está viendo. Aquí tienes tus minutos de gloria.
Jerónimo saca una pistola negra, una pistola desafiante a la que el padre probablemente ha sacado brillo esta misma mañana; la extrae de una bolsa del mercadona.

—Estoy preparado, Jacobo —dice el concursante con entereza.

El presentador da saltitos por el plató levantando los brazos para animar al público que que comienza a gritar con alborozo.

Jerónimo abraza a su padre y luego a su madre, que oculta sus ojos, avergonzada, porque ha comenzado a llorar.

El concursante cierra los ojos, se mete el cañón de la pistola en la boca y aprieta el gatillo. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

La mano redentora de Madrid

Había un hombre a punto de ser abatido por las circunstancias. Este hombre lo había intentado todo para salir del atolladero: había llamado insistentemente a puertas que no se habían abierto; se había dejado entrevistar por unas migajas de pan negro; había prometido, a todo aquel que quería escucharle, que sería dócil, entregado, que sería un trabajador que no daría nunca problemas a cambio de fichar cada mañana junto a compañeros indeseables. Sólo quería eso: un escritorio y una modesta paga. Poca cosa, esa es la verdad.

Pero, por mucho que lo intentó, no lo consiguió.

El hombre, como antes quedó dicho, estaba a dos pasos de la desesperación. Él lo sabía pero lo disimulaba con talento ante sus conocidos, se engañaba, vaya si se engañaba, y seguía buscando en sus bolsillos, cada vez con menos convicción, alguna razón para la esperanza.

Cuando llegó ese momento en que ya nada empieza a importar, la hora en que comenzamos a estar muertos en vida, ese hombre vio una mano a su alcance y, como en el relato de García Márquez, se agarró a ella con obstinación. No era la mano de un hombre ni la de una mujer; no era la mano de un anciano, la de un niño o la de un guardia de tráfico con ganas de jubilarse. No era la mano de un ser humano; era, por el contrario, la mano redentora (perdón por el adjetivo pretencioso) de una ciudad, la mano de Madrid, que había acudido a rescatarlo. Ciudad y hombre se habían conocido hacía muchos años, durante juventud de él, y se debían favores por aquel hermoso tiempo compartido.

Mientras el hombre desayuna en un bar de un pueblo de Cuenca, un bar de cazadores y de labriegos, en el último domingo de agosto, camino de regreso a Valencia, el hombre recuerda esa mano que le salvó de cometer un desatino. Como esos viejos y raros amigos que responden a tu llamada al cabo de muchos años sin verlos, Madrid no le falló a este hombre. A él le gustaría comprarse una calle o una avenida —por ejemplo, la de general Ricardos, que tan bien conoce— para llevársela a su casa y por la noche, cuando todos duermen, caminar por ella y creerse que aún vive en la capital. Y, dejándose llevar por esa fantasía, recordaría las prisas de los titiriteros del metro, los huesos tristes de los inmigrantes, las muchachas en flor de Serrano, la pobreza homicida de los barrios obreros, los menús baratos y aceitosos de Aluche, servidos por camareros andinos; recordaría a dos adolescentes vírgenes lanzándose besitos en Chueca, el tedio de las tardes amarillas de domingo y, sobre todo, las palabras generosas de sus amigos Luis Eduardo, Pedro, Javier, José Julio e Imanol, a quienes ya echa de menos porque —se nos había olvidado consignar— el hombre del que hablamos es un sentimental incorregible, sin que se conozca hasta la fecha un doctor que haya encontrado la cura para su terrible enfermedad.

Ese hombre promete volver a Madrid, tantas veces como sea necesario, para volver a estrechar su mano redentora, para besarla en señal de agradecimiento. Pero tardará en hacerlo porque ahora le espera la tarea más difícil y arriesgada de las que ha emprendido: poner orden, de una vez por todas, en su desaseada vida.