martes, 23 de agosto de 2016

El día en que mi padre conoció a Borges

Antes de morir, mi padre me confesó que había conocido a Borges. He de reconocer que su revelación me sorprendió pues él nunca mostró interés por la literatura. Si alguna vez lo vi leer fue diarios deportivos. En ellos, lo primero que buscaba era la crónica —siempre breve— del equipo de fútbol de su ciudad. Una vez leída, ojeaba los titulares de otras páginas hasta llegar a los crucigramas en los que se reveló un maestro. Cuando se jubiló dejó de comprar el diario cada lunes y si caía alguno en sus manos era cuando se acercaba, de tarde en tarde, a un bar de un conocido suyo, donde solía tomar un café.

Según el relato que me hizo en el hospital donde lo trataron de su enfermedad, el día en que conoció a Borges no tuvo nada de especial. Mi padre había salido de trabajar a primera hora de la tarde. Después comió en un restaurante italiano barato de la calle Uruguay y, antes de regresar a casa en un ómnibus, se dirigió a una estafeta postal de Corrientes. Cada primero de mes acudía a esta oficina para enviar una carta a su familia. Siempre tuvo una memoria prodigiosa, por lo que no le fue difícil recordar que aquel día Buenos Aires había estrenado el mes de octubre de 1954.

Al poco de salir de Correos, un hombre elegantemente vestido, que aparentaba unos cincuenta años, le paró en la calle. Su voz sonaba ceremoniosa; las palabras resbalaban de su boca con un tempo lento.

—Disculpe, joven, ¿sería tan amable de indicarme el título de ese libro? —preguntó Borges señalando con su mano derecha un ejemplar expuesto tras el escaparate de una librería que todavía hoy, muchos años después de aquel encuentro, sigue abierta bajo el nombre de Garibaldi.

Mi padre fijó la vista en un libro menudo, de tapas amarillas, que competía con otros ejemplares voluminosos.

—El título es Lagar, señor —contestó mi padre. Entonces se dio cuenta de que el caballero que había solicitado su ayuda tenía problemas de vista.

—Muchas gracias, ¿sería mucho pedirle que me leyese el resto de la portada del libro? —insistió Borges.

—Por supuesto que sí —respondió mi padre—. La autora es Gabriel Mistral. Debajo de su nombre dice Editorial del Pacífico, Santiago y un año, 1954.

Borges se quedó pensativo con una expresión de la que podía desprenderse que él, pese a sus problemas de vista, había adivinado de qué libro se trataba. Despejada la duda, volvió a dirigirse a mi padre.

—Usted no debe de ser argentino, a juzgar por su acento; ¿gallego tal vez?

—Sí; soy español —dijo mi padre—. Llegué a este país hace dos años.

—¿Español de dónde? —insistió Borges.

—Nací en Albacete, aunque supongo que nunca habrá oído hablar de ella.

—Por supuesto que sé a qué ciudad se refiere ­—dijo Borges—. De joven viajé por su país, y sé que Albacete pertenece a la Mancha, la tierra de Alonso Quijano.

Tras escuchar las palabras del escritor, mi padre no supo qué contestar. Alguna vez había oído hablar del tal Alonso Quijano, pero no quiso comprometerse con una respuesta equivocada y se limitó a sonreír.

—Le quedo agradecido por su ayuda. Ya se habrá dado cuenta de que ando mal de la vista. Me llamo Jorge Luis Borges —y  le tendió la mano.

—Ha sido un placer, señor —se despidió mi padre.

Borges se marchó andando a paso lento hacia una parada de taxi.

En sus dos años afincado en Buenos Aires, mi padre nunca había oído hablar de Borges. El escritor era ya un personaje conocido en la Argentina. Su obra destacaba entre las mejores del continente, fuesen sus ensayos; la poesía, con sus coqueteos iniciales con el ultraísmo, o su extraordinaria capacidad de fabulación, revelada en libros imprescindibles como Ficciones

Quiso el destino que, al cabo de un mes, mi padre conociese la identidad del hombre que había conocido en la calle Corrientes. Un sábado por la noche se había quedado solo en casa. Desde que su llegada a Buenos Aires vivía en el número 1850 de calle Moreno, en el piso de una prima argentina, casada con un comerciante de ultramarinos que tenía, como principal rasgo de su carácter, el desprecio hacia los “gallegos de mierda”. Mi padre, agotado tras una semana de trabajo en el Ministerio de Industria, había preferido quedarse en casa pese a que sus amigos porteños le habían propuesto ir a cenar a un restaurante que habían abierto en la calle Pasteur.

Después de cenar encendió la televisión para ver las noticias. Entonces, el presentador informó de que Borges —el hombre que había requerido su ayuda en Corrientes— había obtenido el Premio José Hernández por su libro La incierta vida del barón Lavigne, una colección de relatos que en España pasó desapercibida por razones que no alcanzo a comprender, pues está a la misma altura, en mi modesta opinión, que El Aleph o Historia universal de la infamia. Sólo se conoce una edición en castellano a finales de los años cincuenta; luego el libro fue descatalogado y era imposible de encontrar. 

Yo tuve la suerte de dar con la versión inglesa, en una excelente edición de Penguin con ilustraciones de pintor inglés Marcus Stiller. La compré en una librería de lance, en la plaza Mayor de Trujillo. Aún recuerdo lo que me costó —700 pesetas— y que me lo vendió un viejo tuerto del ojo derecho que había combatido en la División Azul. Me mostró una carta de recomendación del general Muñoz Grandes y cuando quiso enseñarme las heridas que la metralla del enemigo le hacía causado en su pierna derecha, me marché alegando que tenía obligaciones imponderables que cumplir, lo cual era cierto porque entonces era un hombre enamorado al que le esperaba una mujer para cenar, la que sería mi futura esposa.   

sábado, 16 de julio de 2016

Alivio de domingo

Está amaneciendo. Acabo de llegar a casa y todo está como lo dejé. Me siento extraño cada vez que regreso; es como si nada de lo que hay aquí —la tristeza de los muebles, la ternura de mis libros, la televisión virgen, a la espera de ser penetrada— me perteneciera. Vivir en dos lugares es no vivir en ninguno, como esos emigrantes que huyen de sus países, golpeados por la pobreza y la miseria, y cuando llegan a sus destinos nunca son tratados como iguales, por mucho que lo intenten.

He dejado las maletas en el dormitorio, las abriré después, no hay prisa porque ahora quiero descansar en el sofá del salón. Es un sofá viejo pero confortable que me regalaron cuando compré esta casa. Apenas he dormido esta noche. Este calor y esta maldita zozobra me impiden conciliar el sueño. Cierro los ojos y encuentro el maravilloso silencio que buscaba. Cada vez llevo peor el ruido y a los ruidosos. Existe una conspiración incesante contra el silencio. Sin el silencio no hay reflexión ni conocimiento. Ellos lo saben; por eso, al combatirlo, nos impiden pensar. Los conspiradores lo tienen claro: “Hagámosles creer que son felices con sus cachivaches modernos”. Esos artilugios diabólicos son como la flor de loto que acabó con los compañeros de Ulises.

Y así se va perdiendo la guerra de la civilización.

Me he quedado dormido. Las persianas están bajadas. Apenas entra un hilo de luz. Todo está a oscuras. Miro el reloj y son las nueve de la mañana. Mi sueño ha sido más largo de lo previsto. Es temprano para ser domingo. Salvo el jubilado que acaba de abrir la puerta de su vivienda para pasear a su caniche, ningún otro vecino da señales de vida. Ni siquiera los niños del piso de arriba, siempre tan irritantes, se han levantado aún. En breve comenzarán a gritar y a corretear por el pasillo sin que sus padres les reprendan. A no muy tardar, Europa deberá hacer frente a una nueva generación de tiranuelos.

Creo que saldré a tomar el aire por este pueblo, donde vivo por temporadas. Quién me iba a decir que lo echaría de menos, con el escaso encanto que tenía al principio para mí. Pero los lugares son como las personas, que es cuestión de ir conociéndolas sin prisas hasta que un día, no sabes muy bien por qué, les tomas aprecio.

En el pueblo aún se respeta el descanso dominical. Todas las tiendas están cerradas. Voy paseando hacia el centro y sólo me encuentro a hombres y mujeres solitarios que pasean a sus perros. En la plaza donde se levanta la iglesia de Sant Jordi queda un quiosco en ruinas que se traspasa. Cualquier día me lo cierran. El propietario, embalsamado, me pregunta cómo me va. Hace tiempo que no me ve. No me extiendo en las explicaciones. Me llevo el diario y lo hojeo. Cada vez viene más fino y con noticias más inconsistentes. Me preguntó por qué sigo haciéndolo, por qué sigo comprando el periódico. Por romanticismo, quizá, el romanticismo de alguien que nunca ha sido romántico, o porque son ya casi treinta años haciéndolo y a mí, que me reconozco conservador, me cuesta saltarme las tradiciones.

Entro en la iglesia, donde han comenzado a celebrar la misa. Rezaré unos minutos por mis seres queridos y pediré, sin demasiada convicción, por el perdón de mis pecados. En la homilía, el cura recuerda la infinita misericordia de Nuestro Señor Jesucristo. Algunos feligreses dormitan. No me quedo a que todo acabe. Sant Jordi me lo sabrá disculpar. Siempre he sido un católico heterodoxo, muy a la mía, como también he sido un ciudadano poco ejemplar. Pero no me importa demasiado ni lo uno ni lo otro, esa es la verdad.

Para alcanzar un estado lo más cercano a la felicidad en un domingo como hoy, sólo hay que entrar en un café acogedor en el que el camarero te dé los buenos días y, con una sonrisa no excesivamente forzada, te pregunte:

—¿Qué desea el caballero?

El caballero desea un café con leche cargado de café y, de ser posible, un cruasán de elaboración artesana. Con este sencillo manjar ya puedo comenzar a leer el diario esquivando las calamidades del mundo, idénticas a las del siglo pasado, y buscar un resquicio de consuelo en las secciones de cultura y deportes. Emplearé algo más de una hora en esta gozosa empresa.

A las diez y media salgo a la plaza, que se ha ido llenando de paisanos. Parece que habrá boda. Aprieta el calor en este julio. Creo que me daré una vuelta por la parte vieja. Me han dicho que han reformado el mercado municipal. En esta zona de casas bajas no te ves molestado por los coches ni las motos. El caminante, sea forastero o vecino del pueblo, será recibido con un saludo por el dueño de un bar. Sin faena aparente, mata la mañana fumando cigarrillo tras cigarrillo en la puerta del establecimiento, con la vista puesta en el cielo por si se da la circunstancia de que llueva por la tarde, pero no parece que así será.

En estas horas de la mañana he dejado de sentirme un extraño en esta tierra. Vuelvo a reconocerme en ella. Mientras tanto, mis pasos recuperan el ritmo lento y familiar que nunca debió extraviarse en la gran ciudad, la calma añorada y el alivio de una tregua.

sábado, 9 de abril de 2016

Me enganché a la telebasura y, creedme, me encanta

¿Por qué no admitir que has estado equivocado toda una vida? Rectificar es de sabios, ¿no dicen eso? Pues yo he rectificado, aunque no haya sido fácil. En la vida uno se agarra a un puñado de certezas engañosas y así va haciendo camino hacia no se sabe dónde. Mientras caminas no piensas. Lo terrible es pararse —que alguna circunstancia te obligue a detenerte— y que eso te haga replantearte las cosas. Hay que correr, correr y no preguntarse por el sentido del trayecto. Un día, no sabes muy bien por qué, todo se viene abajo. Te percatas de que aquellas verdades de tres al cuarto eran en realidad mentirijillas para ir tirando, todo con tal de no mirarte en un espejo y verte la cara de gilipollas que se te va quedando a medida que envejeces.

Yo nací para ser una promesa intelectual, lo confieso. Por eso ya desde niño rehuía jugar con mis amigos a la hora de la merienda, y dedicaba esas horas a estudiar. Tenía clara cuál era mi misión. Estudiante con muy buenas calificaciones, alumno aplicado que recibía los frecuentes elogios de sus profesores, era el orgullo de mis padres y del vecindario que me veía siempre con la cartera a cuestas, con cara de niño formal. En el instituto me reafirmé en mi condición futura de intelectual con pretensiones de hombre renacentista, y en la universidad resulté ser un lumbreras a la vista del bajo nivel de mis compañeros y profesores.

Me harté de visitar museos y bibliotecas; frecuenté toda clase de librerías, antiguas y modernas; me gasté el escaso presupuesto familiar en adquirir libros y discos que hoy no sé dónde meter en casa. Llevé una intensa vida cultural y bohemia. Estudié a los clásicos  y a los románticos, a los escritores de primera fila y a las medianías; lo devoraba todo, lector compulsivo como soy, porque no quería defraudar a quienes habían confiado en mí. El Séneca del siglo XX, llegaron a llamarme, y yo, que me encontraba más parecido con don José Ortega y Gasset, me creía tales bagatelas. Nadie está preparado para defenderse de la vanidad.

Pero ese sueño desapareció, como quedó dicho, cuando mi mundo cambió con el nuevo siglo. Me resistí a creerlo, me empeñé en seguir representando mi papel, pero de nada me valió. No hay forma de escapar de la realidad.

Dejé de caminar, me asaltaron las dudas y me cuestioné la vida llevada hasta entonces. Y me pregunté: ¿de qué te han servido tantas lecturas y horas de estudio? ¿A quién crees que le importa tu pasión por la literatura y el cine? ¿Por qué pierdes tu tiempo en enseñar los conocimientos de un mundo muerto? Déjalo y mírate, pobre diablo, carne de incertidumbre, fantoche sin un porvenir cierto, mírate y mira a quienes, sin leer un solo libro, prosperan y te saludan con cierta sorna desde el bar de la esquina cuando te ven pasar con tu cartera negra y el rostro taciturno.

Todo esto me lo decía un día de este invierno mentiroso, un día de esos tontos que uno tiene y que te llevan a replantearte todo. Por la noche, en lugar de lo acostumbrado —leer un ensayo sobre la nueva narrativa polaca—, me puse a jugar con el mando de la televisión. Antes tuve que limpiarlo, del polvo que había acumulado. Conecté con Gran Hermano VIP. Sabia decisión porque desde aquel día he encontrado una razón para mi existencia, y no exagero, un razón prosaica, es cierto, pero más consistente que mis mentiras engañosas del pasado. Ahora, cuando bajo a los bares o hago la compra en el mercado del barrio, me siento como uno más de la camada, hasta cierto punto querido y protegido, sin la zozobra que acompaña a cualquier lobo solitario.

Todas las noches de los martes, jueves y domingos me engancho a la cadena amiga para conocer las novedades de la casa de Guadalix de la Sierra. ¡Qué curiosidad la mía la de saber si Rappel y Carlos Lozano habían vuelto a insultarse! O si la pijita de Laura Matamoros ha vuelto a cantar el Cara al sol. Ahora debo confesar que extraño a Rappel, echo de menos sus pijamas infantiles y sus túnicas de mago Merlín. Cada una de esas noches espero escuchar las picardías de ese joven de mirada turbia y angelical, apodado el pequeño Nicolás, y aguardo impaciente a que Raquel Bollo y Rosa Benito, que acumulan la sabiduría de sus muchos años, exciten mi inteligencia con sus reflexiones entre estoicas y surrealistas.

Me han bastado dos meses viendo GH VIP para ser un hombre nuevo. Insensible a la más mínima manifestación cultural, sí, algo embrutecido también, pero feliz como no lo había sido nunca. (Como Saulo, yo también tuve que caerme del caballo para ver la luz).

Quiero terminar esta enmienda a la totalidad de mi anterior vida dejando patente mi admiración macho por Carlos Lozano, uno de los dos finalistas del concurso. Con él he salido del armario, y entiéndaseme bien cuando digo lo de salir del armario. Quiero decir que siempre quise ser como Carlos, es decir, un chulo, un faltón, un manipulador, un tipo con labia, seductor, mujeriego, lo que se dice un hombre, hombre. ¡Y con una novia peruana de veinte años! ¿Acaso se le puede pedir más a un maduro que está ya de retirada?

Carlos, colega, amor, jabato mío, si llaman a mi teléfono no dudes de que votaré por ti. Sólo te pido algo, y es que te acuerdes de mí cuando estés en el paraíso. 

sábado, 26 de marzo de 2016

Los amigos de la infancia

Cuando el mundo arde un Martes Santo es delicioso reencontrar a un amigo de la infancia. Después de muchos años de silencio, me escribió unas palabras cariñosas en respuesta a uno de los relatos de este blog. Mi memoria —en realidad un caballo cansado de tanto galopar— se ha despertado tras leer su mensaje. Así llegan los primeros recuerdos de manera precipitada, amontonándose unos tras otros, con ese caos que trae la vida y que resulta inútil acotar con la partitura de la razón.

Vuelven a mí los felices años de la infancia y la preadolescencia, cuando era un alumno de un azul tímido, un chico silencioso y aplicado en las tareas del colegio. Vuelven a mí las clases de don Severiano Landete, el primer maestro que tuve en la EGB; las sesiones de gimnasia con el Luises, el acento valenciano de don Francisco el director, la perilla moderna y los vaqueros ceñidos del Rosendo —al que descubrí en Madrid muchos años después—, las gafas de concha del Topo y otros profesores que me enseñaron a ser una personita siguiendo el ejemplo de San Juan Bosco.

¡Cómo olvidar aquellos partidos caóticos de fútbol, verdaderas batallas campales, en las que rara vez marcaba un gol, de lo malo y chupón que era! Aquel frío de las mañanas manchegas, el autobús que me recogía en la calle de la Feria, los refrescos de don Absalón, los primeros paseos en una vespino, aquella caída en el suelo que me dejó inconsciente durante unos minutos… Todo eso pasó hace ya más de treinta años y, sin embargo, es más real que las imágenes de sangre y fuego que veo en la televisión.

Quiero ser otra vez un niño y regresar a la única patria que existe, la patria de una infancia en la que no había preguntas ni ambigüedades, en la que no se conjugaba el verbo morir y todo estaba por construir con el cemento de la ilusión. Todo era posible, sencillo y transparente. Quiero volver a mi niñez para ser de nuevo el escolar de flequillo rubio y pantalones cortos —aun en los días de enero— que no había conocido los límites de la vida ni el significado del remordimiento.

Me gustaría estar al lado de mis amigos José Javier Castillo, Luis León, Antonio Monsalve, Javier Henarejos, Miguel Ángel Cantó y de tantos otros a los que llevo en este corazón cansado. Jugaríamos otro partido de futbito en alguna de las canchas del colegio salesiano. Como entonces, nos haríamos zancadillas, rodaríamos por el suelo, gritaríamos, nos abrazaríamos para celebrar un gol y, cuando sonase la sirena, regresaríamos sudorosos al patio para formar fila. Pero ese colegio ya no existe; fue demolido por la decisión infame de un ayuntamiento chusma. Hoy, en el lugar donde se elevaba el edificio que nos acogió durante ochos años, hay un bancal donde sólo crece la mala hierba.

En ese colegio descubrimos el rock and roll. ¿Recordáis cuando versionábamos a los Stones y a Deep Purple en un sótano del teatro del colegio? Alguno conservaréis fotos de aquellos ensayos en las que yo me contorneaba como el bueno de Mick e interpretaba, moviendo mis morritos cerca del micrófono, temas como Honky Tonk Women, Jumpin´Jack Flash y Smoke on the water. Nunca llegamos a estrenarnos en un concierto pero ser el cantante de aquella banda de rock inédita —Psicosis Infernal se llamaba, qué cosas— es de las pocas serias que me han pasado en la vida. Luego me dio por el pop y el tecno, flojeé, me convertí en un nuevo romántico a lo Simon Le Bon, pacté con la realidad y me hice adulto. Así comenzó mi declive hasta llegar a lo que soy, es decir, un hombre que sólo se eleva por encima de sus días de plomo cada vez que tararea I can´t get no satisfaction.  

viernes, 11 de marzo de 2016

¿Jugamos a la pelota, chicas y chicos?

Antes de entrar en el aula, ya oye las risotadas, los gritos y los insultos que se gastan sus alumnos de bachillerato. El profesor se dirige a su mesa y se sienta sin que nadie parezca reparar en él. En la clase hay cuatro corrillos de jóvenes, cada uno dedicado a una forma de distracción. Al fondo, a la izquierda, los que están apostados junto a la ventana escuchan música con sus cascos. A la derecha, en la otra esquina, los más ruidosos han organizado una timba con bebidas. Cerca del profesor, los adolescentes de los grupos tres y cuatro permanecen absortos mirando las pantallas de sus móviles. Se mandan mensajes entre ellos. Sólo un alumno, sentado en primera fila, se mantiene al margen de lo que sucede.

—Buenos días, chicas y chicos, ¿qué tal fue el fin de de semana?

Nadie responde a su saludo, pero no se sorprende. El alumno silencioso va a abrir la boca pero se lo piensa mejor y se calla.

—¿Qué queréis hacer hoy? —insiste el profesor elevando el tono de su voz.

Dos alumnos del grupo de la timba levantan por fin la mirada de las cartas y balbucean palabras que el profesor no acaba de entender ni en la forma ni en el fondo.

—Profe, ¿no nos tendremos que sentar en nuestros sitios como en Filosofía?, pregunta un alumno que luce un grueso collar en el pecho y se cubre la cabeza con una gorra cruzada de la liga estadounidense de baloncesto.

—Por supuesto que no, chicas y chicos —el profesor intenta tranquilizarles—. En mi clase ya sabéis que todas las decisiones se deben votar.

—¡Eso, eso, democracia, democracia!, grita una chica con el rostro parcialmente tatuado.

El profesor sabe cómo ganárselos.

—Como es lunes y debéis de estar cansados, ¿qué os parece si salimos a patio y jugamos a la pelota?

—¿Y si nos queremos quedar aquí jugando a las cartas?, pregunta, desafiante, el alumno de la gorra.

—Bien, os podéis quedar en clase, no pasa nada, pero recordar lo bueno que es hacer ejercicio físico —dice el profesor.

—Vale, votamos ­—se oye una voz del fondo.

Votan. El resultado arroja diecinueve votos afirmativos, cinco abstenciones, dos nulos y uno en contra.

El alumno callado de la primera fila, que viste jersey granate de pico y pantalones grises de franela, se ajusta sus gafas de concha antes de armarse de valor para decir:

—Pero, profesor, hoy tocaba explicar el sintagma nominal. No es por nada, pero tenemos examen dentro de dos semanas y no hemos avanzado casi nada.

El alumno se encoge en su asiento, temeroso de la respuesta del profesor.

—No te preocupes, Cristian, ya avanzaremos en el temario. Además, lo importante es que seáis creativos, y qué mejor que jugar a la pelota para serlo. ¡Así que todos al patio! ¡A jugaaaaaaar!

El profesor, que participa de los avances de la pedagogía moderna, observa cómo dos alumnos se suben a la canasta de baloncesto para llevarse la red. En otro lado de la pista tres adolescentes la emprenden a golpes con un compañero.

—¡Eh, chicos, dejad en paz a Julio César! No seáis tan impulsivos.

Julio César sigue recibiendo patadas de sus compañeros que, sordos a la petición del profesor, le golpean con más saña.

Acabada la clase, el profesor dispone de una hora libre que quiere pasar en el departamento de lengua. A esa hora de la mañana no hay nadie y puede disfrutar de unos momentos de tranquilidad. Por el camino se cruza con la directora Milagros, que le mira con rostro serio. Él se inquieta porque la conoce.

—Alberto, ¿tienes un minuto?

—Sí, Milagros, ¿ocurre algo?

—Es sobre la queja de un alumno. Pasa al despacho, por favor.

Alberto se sienta delante de una enorme mesa donde se apilan montones de carpetas con expedientes de alumnos. En una de las paredes hay colgado un retrato del joven rey que espera, con la misma curiosidad que Tomás, a que Milagros tome la palabra.

—Quería hablar contigo ­—empieza a decirle con cierta incomodidad—; nos ha llegado la queja de unos padres de un alumno de tu tutoría. Teodoro se llama.

—Sí; es un buen chico. Se incorporó ya empezado el curso, venía de Guinea Ecuatorial, creo recordar.

—Ese mismo —le contesta la directora—. El caso es que el chico le dijo a sus padres que habías utilizado un lenguaje racista en la clase de lengua.

—¿Racista? Tú sabes que nunca se me ocurría hacer tal cosa. Soy muy respetuoso con todas las nacionalidades de mis alumnas y alumnos.

­—Lo sé, y por eso no le doy más importancia ­—aclara la directora, que se protege el cuello con un fular estampado muy coqueto—. Pero ellos dicen que empleaste la palabra ‘negrito’ en una clase sobre el Lazarillo.

Alberto vacila, no sabe qué decir, puede que lo dijese pero no está ahora seguro. Sigue pensando. La directora espera su respuesta.

—Ahora que lo dices, parece lógico que lo dijese. El Lazarillo tenía un hermano más negro que un tizón…

Las palabras de Alberto preceden a un largo silencio. Los dos se miran sin saber qué decir, a la espera de que el otro hable. Entretanto, el joven rey se divierte con la escena. Le guiña un ojo al profesor de lengua.

—Te agradecería que esto no se repitiera. No quiero tener problemas con el inspector. Ya sabes cómo son los de arriba, la importancia que le dan al lenguaje de los docentes. Y, además, como sabes, este instituto tiene suscrito un acuerdo en favor de la multiculturalidad. El último año nos premiaron por ello.

—Lo sé, Milagros, lo último que haría es dañar la imagen de este centro —afirma Alberto.

—Antes de que te marches, veo que en tus grupos hay aún un 5% de suspensos. Sabes que siempre respeto la autonomía de cada profesor, pero ¿no crees que es un porcentaje un poco elevado?

El profesor —que en este caso sí tiene preparada la respuesta— contesta sin dilación.

­—A todos ya les he hecho dos recuperaciones; la mayoría ha aprobado, puedes estar tranquila, que al final de curso no quedará nadie suspenso.

Ya fuera del despacho, el profesor ha perdido las ganas de ir al departamento de lengua. Parece otro hombre, está como transformado, descompuesto. Necesita tomar un café. Le disgusta la cantina cochambrosa del centro, pero no dispone de tiempo para salir a la calle. El café, como siempre, es malo, amargo, pero acaba bebiéndolo. A sus espaldas oye una voz estridente y familiar: es la de Jonathan, un alumno de su tutoría.

—¡Profe, profe, que Íker se ha roto una pierna al saltar la valla del centro!

­—¿Y por qué quería saltar la valla, Jonathan?

—Pues no lo sé, para marcharse a casa. ¡Esto es tan aburrido!

El profesor le muestra una sonrisa homicida a Jonathan.

—¿Por qué Íker y tú no os váis a la mierda y me dejáis de tocar las pelotas un solo día?

El adolescente, sorprendido por la respuesta, se echa a llorar y musita que se quejará al jefe de estudios. Parece traumatizado pero lo superará.

Manolo, el dueño del bar, le devuelve el cambio a Alberto, que cuenta las vueltas y no le cuadran.

—¿Has subido el precio?

—Desde el día 1. Ya sabes, con la crisis todo está por las nubes.­

Alberto se promete no volver a ese tugurio en lo que queda de curso. Al salir nota que tiene pegado un chicle en la suela de un zapato, que es lo que más odia en el mundo. 

martes, 23 de febrero de 2016

Quiero ser como tú, Michael Caine

En Madrid el invierno ha llegado tarde y de improviso, cuando ya nadie lo esperaba; apenas una semana de frio y lluvia en febrero para cubrir el expediente, para creernos aún la ficción de las estaciones, el invierno más corto y cálido que recuerdo en mi vida. 

No sé cómo te habrá ido a ti, Michael. Allí en Inglaterra, tu país, la climatología suele castigaros más que aquí, en el sur de Europa, donde el avance del paisaje desértico y el calor extremo nos acercan cada vez más a África. La verdad es que me pregunto por qué te hablo del clima cuando a ti te interesará bien poco lo que suceda en Madrid, pero esto de entablar una conversación refiriéndose al tiempo es un recurso socorrido cuando no hay confianza entre la gente, como es el caso.

En realidad lo que quería decirte es que hace una semana vi tu última película, La juventud. Escogí la noche de un lunes para ir al cine. Bajaba ilusionado por una Gran Vía desértica, tapado hasta las narices, con ese placer que proporciona el frío que corta la cara y te hace recordar los años de tu infancia en una ciudad del interior. Lunes por la noche, en un país llamado España. Imagínate los que éramos en la sala: apenas una docena de personas. Para mí era la sesión ideal, sin ningún pelmazo que te pudiese importunar hablando con su pareja o consultando fotos en su teléfono móvil. Era el rey de la fila 10, sentado en una esquina, como acostumbro.

La película era subtitulada. Me defiendo malamente con tu idioma, Michael. El inglés siempre fue una pesadilla para mí y para los de mi generación, pero aun así prefiero ver las películas en versión original. Compartirás mi opinión de que a los actores hay que escucharlos en sus lenguas maternas. En la película te sales, Michael. Eres capaz de conmover al espectador sin mover un músculo de la cara. ¡Qué aplomo tenéis los actores ingleses forjados en el teatro! No mascáis ni escupís las palabras como algunos actores de mi país, sino que sabéis vocalizar logrando una dicción perfecta que encandila a quien os escucha.

Ahora que ya vamos tomando confianza, Michael, ya te puedo decir que siempre he querido ser como tú. Desde que te vi en Alfie quise ser como tú. No eres guapo, la verdad, pero eres más que eso: eres único vistiendo un traje tweed mientras apuras un whisky y tus ojos revelan la indiferencia que sientes por este mundo. De joven quise ser como Montgomery Clift, imitar la oscuridad de su mirada azul y ser deseado por mujeres y hombres, pero ahora, cuando los años y las canas han atado en corto mi soberbia, prefiero parecerme a ti, tener tu elegancia, esa que se tiene o no se tiene desde que naces. Y tú naciste con ella, con el carisma que la naturaleza reparte a entre elegidos.

He conocido tus problemas con el alcohol; tu mujer te ayudó a superarlos. Eso te ha hecho humano. Desconfía, Michael, de la gente que sólo tiene virtudes y carece de vicios. Aléjate de ellos. Tal vez por tu adicción, porque has vivido la gloria de la cima y te has hundido en la fango de la sima, eres capaz de interpretar a personas como Fred Bullinger, el protagonista de La juventud, un compositor retirado que pasa unas vacaciones en compañía de su amigo Mick Boyte (Harvey Keytel) en un balneario de los Alpes suizos. Me recordabais a La montaña mágica. Dos octogenarios esperan su hora para abandonar el escenario, rodeados de jóvenes tentaciones que, en lugar de encenderles el deseo, algo ya muy improbable, les hacen ver lo viejos que son.

Me gustaría llevar la ancianidad como tú, Michael, con esa dignidad patricia que exhibes sin esforzarte. ¡Qué triste y sucio es despedirse de la vitalidad! Vas cargándote de años y sólo observas ruinas, cascotes de vidas, a tu alrededor. Llevas mal la decrepitud de tus seres queridos. Los ves consumirse entre pastillas y visitas semanales al médico, apagándose como cirios en una noche para la que no habrá amanecer.

La película pudo ser mejor de lo que fue. Díselo de mi parte a Paolo. Me quedo con La gran belleza o Il divo. Pero, aun así, mereció la pena vencer la pereza en una noche de un día de febrero ­—en el que cumplía 48 años— por ir a verte a ti, a Harvey y a Rachel. A la vuelta cogí frío y me constipé. Sigo de baja. Te escribo aún en la cama, tembloroso y sepultado por cien kilos de mantas. Dentro de poco me tomaré la pastilla. Yo también me estoy haciendo mayor. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Let's dance

Los mejores momentos de mi vida los pasé bailando. Fueron pocos. Debería haber bailado más; así hubiera sido más feliz o un poco menos desgraciado. Pero ya es tarde, se está haciendo tarde. Aquellas discotecas que frecuenté están cerradas en su mayoría, y aquellos compañeros de baile, algunos que fueron amigos, se perdieron o están muertos.

Como Txelu, el chico que llegó de Gallarta para conquistar la luna de Valencia, mi Virgilio cuando aterricé en un diario de la capital, más parecido a un nido de cobras que a una Redacción donde aprender el oficio, que a la fuerza fui aprendiendo. Txelu, metro noventa de humanidad, corazón generoso, leal como solo pueden ser algunos vascos, me acogió como a un hermano. Sabías que a él podías recurrir siempre porque nunca fallaba.

Txelu me enseñó lo poco que conozco de la noche valenciana. También a ligar. En eso era un maestro. En cualquier garito acababa ganándose a la chica sin beber un gramo de alcohol. Lo viví en el Carmen, en el Ensanche, en la Malvarrosa. Le daba igual el lugar, se adaptaba a todos los ambientes. Llevaba el duende en la sangre. Con él pasé noches inolvidables en la sala Quatre, en los bajos del teatro Rialto, a la que se accedía bajando unas escaleras muy estrechas. De haber habido un incendio hoy estaría recordando una tragedia. Aquella discoteca cerró. Después solíamos ir a Un Sur, cerca de Reino de Valencia, donde coincidíamos con gente como nosotros, deseosa de apurar las últimas horas de la noche escuchando funk made in USA.

Quatre, Un Sur y Fox Congo. A este último local acudía con mi amigo Agustín. Hoy creo que sigue abierto para recibir a las manadas de turistas que llegan a la ciudad y que lo tienen como paso obligado en el Carmen. Entonces no era así. Habías de tener cuidado con la cartera. Bailabas como podías, peleando por tu metro cuadrado de pista, sonreías, bebías, fumabas —hablo del siglo pasado—, reías, intentabas sacudirte la rutina antes de entrar. Hoy Agustín estará en otras batallas, me imagino que ya no pisará el Fox Congo, y yo, todo lo más, me conformo con ir de cuando en cuando a la terraza del Congo que, pese a parecerse en el nombre, no guarda ninguna semejanza con el primero, como sabrá cualquiera que los haya visitado.

Ahora que voy deshojando la margarita de mi memoria, pienso que debería haber dedicado más horas al baile y menos a la lectura. Más entusiasmo y menos cabeza, en suma. Pero ya es tarde. Mi problema, además, era que siempre bailaba para mí; era egoísta en la pista (y fuera de ella). Siendo adolescente, llegaba una chica y me pedía bailar y yo, estúpido de mí, solía decirle que no. Entonces era tímido. Sólo recuerdo haber aceptado dos proposiciones de baile: una en una discoteca de verano de La Manga del Mar Menor, y otra, ya de adulto, en un disco-pub de la plaza del Mercado de Logroño.

Me quedo con lo que ocurrió en La Manga. Era verano de 1983 ó 1984. Había acudido con unos amigos a bailar, como cada noche. La discoteca, al aire libre, estaba llena, así que debía de ser sábado por la noche. Chicos buscando chicas y chicas buscando chicos. Lo típico. Nada más entrar me dirigí a la pista central abriéndome paso entre la gente. Cambiaron la canción. Y entonces una chica que recordaba a Ana Torroja por su flequillo con mechas rubias se colocó frente a mí y me sonrió. Yo le pagué con mi media sonrisa. Aún la recuerdo con su camiseta blanca con la imagen de Penélope y una minifalda tejana. Calzaba unas sandalias romanas. Ella tomó la iniciativa y se acercó a mí para preguntarme al oído mi nombre, pero no supe qué me decía porque la música estaba muy fuerte. Volvió a preguntármelo.

— Javier, me llamo Javier.
— Yo, Elisa, ¿eres de Cartagena?
— No, no soy de la zona, ¿tú sí?
—Soy de La Unión, he venido con unas amigas a pasar la noche a La Manga. Lo hacemos todos los sábados.

Dejamos de hablar y seguimos bailando. Mantenía su sonrisa y movía la cabeza de un lado a otro sin perderme de vista. Se había convertido en mi pareja de baile y yo, que me movía de una manera torpe y desgarbada, no sabía qué hacer ni qué decirle. Cambiaron la canción y sonó la que esperaba. Fue como un guiño inesperado del disc-jockey. Me transformé. El chico mustio que había entrado en la pista era ahora un bailarín espasmódico que agitaba los brazos y movía las caderas. (Los adolescentes tienen esos cambios de humor, tan difíciles de interpretar.) A ella le gustó y se contagió de mi ritmo alocado.

— Veo que te gusta la canción —me dijo—. ¿De quién es?
— De David Bowie, ¿lo  conoces? —le pregunté.
—No, pero suena bien, es marchosa. A mí me gusta mucho Pedro Marín.

Había escuchado alguna canción de Pedro Marín. Cuando mejor me encontraba con ella, una amiga entró para arrancarla de la pista. El disc-jockey puso La dolce vita. Eso no evitó que me sintiese muy solo entre el sudor y las carcajadas de la gente. No sabía bien por qué pero echaba de menos a Elisa como compañera de baile. Antes de marcharme de la discoteca, la vi a ella y a sus amigas riéndose con un grupo de chicos. Le hice una señal pero no me vio, o no quiso verme.

En casa tuve bronca por llegar tarde.