sábado, 7 de abril de 2018

El mejor amigo del hombre

Acércate, Lolo, que te vea mejor. ¿Qué te ha pasado en el ojo izquierdo? Lo tienes hinchado. Anoche no lo tenías así. Ha debido de ser esta mañana cuando Elisa te ha sacado a pasear. Seguro que te has rozado con alguna rama. Te han salido legañas. Si pudiera te las limpiaría, pero ya ves que no me puedo mover, que estoy tumbado en el sofá; me cuesta hasta respirar. Acércate un poco más, que quiero tocarte. Eres un perro cariñoso; yo también lo he sido contigo. A mí, Lolo, los perros nunca me gustaron demasiado, pero tú eres distinto. Desde que entré en esta casa y me oliste, y al olerme te diste cuenta de que era de fiar, desde entonces hemos sido buenos amigos. ¡Qué de grandes momentos hemos pasado juntos! Acuérdate de cuando tuve aquella neumonía y me hiciste compañía durmiendo a mi lado cuando ella se marchaba al trabajo. Me lamías la cara y las palmas de las manos, me animabas con tus ladridos, me mimabas como sólo mi madre me mimó cuando era niño, ofreciéndome tu cariño de animal desinteresado. Ojalá muchos hombres y mujeres fueran como tú, Lolo, como vosotros, los animales, que os dais sin pedir nada a cambio. El don de la gratuidad. En estos últimos meses me he sentido muy solo, como un mueble viejo al que arrinconan en una casa recién estrenada, y en ti he encontrado a un compañero leal para llenar mis vacíos de corazón y llorar mis penas, que han sido muchas.

Súbete a mi regazo y caliéntame. Me estoy enfriando. ¿Te has fijado en mi cara? Está pálida. Ahora me daría miedo mirarme en un espejo. Debo de parecer un espectro. Tengo frío y miedo. A ti te será difícil comprender esto. Te basta con ladrarme y pasarme la lengua por la cara. ¿Qué haces, tonto? ¡Me estás llenando de babas! Te gusta juguetear conmigo, ¿verdad? Siempre has sido un perro travieso. ¡Con lo pequeño que eres y la guerra que nos has dado! Parece como si no tuvieras diez años y te negarás a admitir que para ti también pasa el tiempo. Yo cumpliré pronto los cuarenta y cinco. Soy más joven que tú. Dicen que a esta edad se hace un repaso de la vida. Créeme que lo he intentado varias veces pero cuando retrocedo en busca de  claves para comprender mi pasado, no las encuentro porque lo vivido me resulta ajeno, como envuelto en un bosque de brumas. Incluso los rostros de la gente, de todas aquellas personas que amé o detesté, me cuesta recordarlos porque se han ido diluyendo como castillos en el aire. Ahora no son nada para mí.

Comienzo a decir cosas sin sentido. Me tienes que perdonar porque estoy desbarrando. Las pastillas han comenzado a surtir efecto. Me informé de que con medio frasco bastaba. Me sabría mal haberme equivocado con la dosis y que cuando tu ama vuelva me encontrase agonizando. Con suerte eso no sucederá. Tú serás el último en verme con vida. Lo prefiero así. Deja que te acaricie la cabeza, que tanto te gusta. Ese ojo me preocupa, ya te lo he dicho. Sufro al no poder ayudarte. Con unas gotas de colirio te aliviaría las molestias. Siempre has sido un perro delicado, enfermizo, como la mayoría de los perros de raza, que no aguantáis el menor contratiempo. Si hubieras nacido perro callejero, la calle te hubiera hecho fuerte. Pero naciste entre algodones, mimado desde el primer día, sin conocer las asperezas del mundo de las que tanto saben los perros sin dueño. Me reconozco, sin embargo, en ti porque yo también fui un niño y un joven debilucho. Mi madre acostumbraba a llevarme al pediatra con frecuencia. Unas veces eran las anginas, otras una gastroenteritis, a menudo un catarro… Me llamaban el Pupas en el colegio. Cuando crecí continué con problemas de salud. Lo pasé mal cuando me descubrieron que tenía asma. Al principio, cuando sufrí los primeros ataques, creí morirme. Me faltaba la respiración, me ahogaba, el corazón se me aceleraba. Luego aprendí a controlarme, a esperar que la tormenta pasase. Mis enfermedades me distanciaron de los demás y me convirtieron en una persona solitaria, huraña para mis pocos pero bien escogidos amigos, alguien que se ha llevado mal con el ruido y ha huido siempre de las multitudes.

En una de mis visitas al neumólogo conocí a Elisa, nuestra dueña común. No sé cómo me atreví a esperarla fuera del hospital. Su cara me recordó a la de mi madre: los mismos ojos verdes y un lunar en la barbilla. Delgada y de estatura media, era el prototipo de mujer que a mí siempre me había gustado. Aquella mañana llovía a mares y tuve que aguardar dos horas a que acabara su turno de enfermera. Le hizo gracia que la estuviera esperando. Creo que esa primera vez no me tomó en serio pero al menos no se molestó ni se incomodó, que era lo que yo temía. Insistí en verla de nuevo y ella, que llevaba prisa, me dijo que cada mañana, a primera hora, desayunaba en un bar situado enfrente del hospital. “Si quieres pasarte algún día por allí hablamos un rato”, dijo. Le tomé la palabra pero no quise precipitarme para que no pensase que estaba desesperado por verla. Dejé que pasara una semana y me presenté en un bar lleno de batas blancas. Se había cortado la melena negra y estaba más guapa. Hablamos de nimiedades. Al despedirnos nos intercambiamos el teléfono. La llamé, y un sábado de primavera fuimos al cine a ver una película que he olvidado. Luego se sucedieron encuentros más o menos convencionales y previsibles (ella se había divorciado hacía un año), hasta que nos dimos cuenta de que llevábamos varios meses saliendo. No recuerdo a quién de los dos se le ocurrió la idea de convivir. Me propuso irme a su casa porque era más grande que la mía, un pequeño apartamento situado en una primera planta, encima de un restaurante chino. Fue entonces cuando te vi por primera vez, Lolo; me ladraste, luego me olisqueaste y te acaricié tu cabecita blanca con manchas marrones mientras ponías las orejas en punta y movías la cola porque estabas feliz de haberme conocido.

Los primeros días, cuando regresaba de pasear contigo, noté que sentía celos de nosotros. Te veía como un competidor. Nuestra dueña siempre ha sido una mujer insegura; necesita recibir la aprobación a todo lo que hace y dice, y aun así no queda convencida. De esto me percaté cuando comenzamos a vivir juntos. Hasta entonces los dos habíamos ocultado nuestros defectos como cualquier pareja que no quiere renunciar a la fascinación de los primeros meses. Pero esa fascinación se desgasta con la convivencia. Nosotros no íbamos a ser una excepción. La fuerza de la costumbre acabó por imponerse. No faltaron episodios de deseo, ni muestras de cariño, ni momentos inolvidables que me duele rememorar, como aquel fin de semana que pasamos en Granada, ciudad en la que se enamoran hasta los que no quieren. Allí, paseando por los alrededores de la catedral, cogidos de la mano (algo impropio en nosotros pues siempre lo habíamos considerado una cursilería), nos ilusionamos creyendo que lo nuestro podía durar. Queríamos convencernos del acierto de nuestra decisión. Vivimos instantes de felicidad pero nunca fuimos una pareja feliz. Pronto observé sus manías, que cada vez llevaba peor; sus celos contigo o con cualquier mujer con la que yo hablaba, lo que acababa en discusiones absurdas; sus silencios inexplicables, por no hablar de sus jaquecas que la llevaban a encerrarse varios días en el dormitorio (entonces yo tenía que dormir en el sofá del comedor) porque no podía soportar la presencia de nadie ni oír el más ligero ruido.

Nos fuimos distanciando poco a poco pero no me atreví a romper la relación. Debería haberlo hecho aquel verano en que durante unas vacaciones conocimos a un camarero inglés en Ibiza. Fue una noche y habíamos bebido demasiado. No sé cómo accedí a lo que ella me pidió. Sentí miedo y turbación. Entonces algo cambió entre nosotros. He pensado muchas veces en aquella noche de agosto. Esa noche fue el principio del fin. Tuve que haberla dejado, pero no lo hice porque siempre me ha costado tomar decisiones; la vida, al final, las ha tomado por mí. Soy un cobarde, Lolo, siempre lo he sido, desde niño cuando veía cómo matones pegaban a mi mejor amigo en el patio del colegio y salía corriendo en lugar de defenderlo. En la infancia viví con miedo, con temor a mi padre, que me pegaba si sacaba malas notas, pero no sólo a mi padre sino a cualquiera que fuese más grande y más fuerte que yo. Cuando crecí y me convertí en adulto, ese miedo se transformó en un sentimiento asociado a la falta de autoestima. Temía la reacción de los demás, el verme rechazado, que me tomasen por el pusilánime e inseguro que siempre he sido, que se rieran a mi espalda. Aún me pregunto cómo tuve arrestos para declararme a Elisa y tampoco me explicó cómo una mujer atractiva y sin problemas para atraer a los hombres continúa conmigo, aunque, a decir verdad, le sería muy difícil encontrar alguno más dócil que yo.

Pero lo que te estoy contando carecerá de importancia en unos minutos, cuando  todo haya terminado. Me duele el pecho, y siento como si la cabeza me fuera a estallar. Tengo la boca pegajosa y, si hubiera un espejo en el que mirarme, comprobaría que mis pupilas están dilatadas. Mi corazón late a ritmo lento, se agota. Me voy muriendo, Lolo, y estás tú para verlo como único espectador de esta obra mal representada y que será olvidada por todos. Es nuestro secreto. Morirme es lo único sensato que puedo hacer. Si no es ahora, será dentro un año o dos, a lo sumo. 

Ves que estoy agonizando y no tienes nada mejor que hacer que estirarme de la manga de la camisa como siempre haces cuando tienes hambre. ¿No ves que ya no puedo levantarme? Ella está al caer. Cuando llegue pídele las galletas que yo soy incapaz de acercarte. No me mires así, con tus ojos tristes que son un reflejo de los míos, de la soledad que compartimos. Me duele verte así; a ti, que has sido como el hijo que no pude tener. Parece como si presintieras que está cerca nuestra despedida. En mayo se cumplirán cuatro años desde que vivo en esta casa. A pesar de todo, no me arrepiento de haber convivido con nuestra dueña. Además, ¿qué sentido tiene echar cuentas cuando la vida se acaba y no hay marcha atrás? Pero ¿crees que he hecho bien? ¿Habría merecido la pena apurar una existencia llena de visitas a hospitales, de pruebas dolorosas e inútiles, de ver el miedo y la compasión en las miradas de la gente? Creo que no, pero ahora que me estoy apagando como una vela, me asaltan las dudas. ¿Y si el médico se hubiera equivocado en el diagnóstico? Ante casos como el mío, lo prudente es pedir una segunda opinión. Pero, dejémoslo, pues esto no tiene remedio. He decidido poner fin a mi vida pensando en nuestra dueña, en mi madre y en todos aquellos que hubieran sufrido con mi agonía. Que Dios me perdone el dolor que mi suicidio provocará en mi madre que como católica piensa que sólo Dios es dueño de la vida. Conociendo a mi familia, intentarán echar tierra sobre el asunto para que nadie, o muy pocos, conozcan la verdadera causa de mi muerte.

No dejo ninguna carta de despedida, Lolo. En el escritorio de mi despacho está el informe del médico. Quienes lo lean pensarán que me suicidé por haber sido desahuciado. No es toda la verdad. Elisa, la mujer que conocí visitando a mi neumólogo, la enfermera a la que seduje sin esperarlo, la persona celosa e insegura con la que he convivido casi cuatro años, sabe que hay muertes de apariencia engañosa. La mía es una de ellas. Mi muerte no se debe a una sola causa. La traición es la peor de las enfermedades incurables. Tú, inocente animal, no sabes de estas maldades de los hombres, pero pocas cosas hay más dolorosas que sentirte engañado por la persona a la que amabas. Me miras como si no entendieras lo que te estoy diciendo. Quizá te esté aburriendo. La vista comienza también a fallarme. Te veo borroso. ¿Dónde estás? No te veo. ¿Por qué ladras, Lolo? Tengo mucho frío, no me dejes solo y vuelve conmigo a darme calor antes de que sea demasiado tarde.  





viernes, 23 de febrero de 2018

En el desierto de Oclajoma


Luis no se ha levantado de la litera desde que él se marchó. De eso hace un mes. Nunca ha sido muy hablador ni agradable en el trato pero sus silencios ahora me inquietan. Luis, tan pulcro y tan exquisito, siempre hecho un pincel con su traje de Príncipe de Gales de un corte excelente, con el bigotito a lo Errol Flynn que se recortaba con esmero cada mañana, se ha descuidado últimamente. Sigue sin quitarse el pijama desde la aciaga tarde del domingo, cuando el muchacho, con lágrimas en los ojos, se despidió de cada uno de nosotros besándonos en los labios. Luis es el que peor lleva su ausencia. Se había encariñado de él. Ha dejado de escribir sus poemitas. Federico y Óscar, sin embargo, se entretienen jugando a los naipes, mientras que Walt recoge los hierbajos que nos comeremos a mediodía, y Marcelo se dedica a aplastar escorpiones para luego quemarlos en presencia nuestra con una mirada cruel que provoca miedo.

Así pasan los días en este lugar espantoso en el que no hay sitio para la felicidad ni la compasión, un lugar donde nunca anochece y sólo recibimos la visita de un pastor metodista que se interesa cada semana por nuestros progresos espirituales. Luis se ha negado a verlo la última vez que vino siguiendo los consejos de Walt, que nunca ha ocultado su ateísmo. En cambio, yo, que siempre rehúyo el conflicto, que soy de naturaleza conformista y algo pusilánime, me obligo a escucharle y simulo que me interesan sus admoniciones, asintiendo con la cabeza. Antes de despedirnos rezamos unos salmos del Antiguo Testamento y me da la bendición y le beso la mano, y así hasta la siguiente semana.

Todos estamos aquí por el mismo pecado, por el pecado de la sodomía. Compartimos también el hecho de habernos dedicado a las letras cuando estábamos vivos. Bien es cierto que ellos han pasado a la historia de la literatura y yo me debo conformar con notas a pie de página, pero todos, con nuestras peculiaridades estilísticas, somos colegas. En vida fui presentador de televisión, una estrella que presentaba concursos y reality shows en horas de máxima audiencia. Luego me dio por escribir (en aquella época era muy frecuente que todos los presentadores, fuesen hombres o mujeres, lo hicieran). Gracias a mi fama, firmé un contrato con una importante editorial. Un novio de entonces, estudiante de Filología hispánica, me corregía los originales pues debo confesar, y no sin rubor, que siempre he tenido problemas con la gramática. Con demasiada frecuencia me suspendían en Lengua, pero esto, obviamente, no fue un problema en mi carrera de escritor. Me convertí en un autor superventas con mis tres novelas, una de ellas claramente autobiográfica y las otras dos históricas que sucedían en paisajes exóticos. La que me lanzó a la popularidad fue La vida oculta de Ricardo Corazón de León, que alcanzó los primeros puestos de ventas entre el público gay. En ella contaba cómo el hijo de Leonor de Aquitania conoció, en la tercera cruzada, a un joven sarraceno durante su paso por Jerusalén. Tal fue el enamoramiento del rey que, a su vuelta a Inglaterra, lo nombró conde de Leicester en contra del parecer de las familias nobles y poderosas de la época, que consideraron la decisión un tremendo ultraje. Los críticos literarios, que fueron recompensados por su diligente trabajo, elogiaron mi novela, que hoy se puede comprar, a precio de saldo, en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Albacete.

Pero mi tiempo de presentador y escritor de éxito pasó y mis últimos años los acabé viviendo como jubilado sin hacienda ni inteligencia en un apartamento alquilado de la horrenda ciudad de Torrevieja. Morí de un infarto a la edad de setenta y seis años. Siguiendo mis indicaciones, mi único sobrino mandó que me incineraran y esparció mis cenizas en la plaza del Callao de Madrid. Allí, junto a la Gran Vía, conocí al amor de mi vida, un joven rubio de nombre Ismael que malgastó sus años trabajando de docente en institutos públicos. Falleció en un accidente de tráfico.

No he dejado de pensar ni un solo día en Ismael desde me trajeron a este paraje siniestro. Fue morirme y ver cómo una pareja de hombres serios y vestidos de negro me acompañaban hasta la puerta del desierto de Oclajoma. Me recibió Malaquías el carcelero, un hombre especialmente desagradable no sólo por su aspecto físico —todo en su cuerpo me provoca rechazo— sino por sus modales destemplados y toscos, muy poco apropiados para el tipo de gente cultivada y selecta con la que tiene que tratar a diario.

—¿Nombre?
—Francis Calabria.
—¿Origen?
—Valencia.
—¿Profesión?
—Novelista histórico.
—¿Estado civil?
—Desconocido.

Así de lacónico se mostraba siempre cuando un penitente llegaba al registro de entrada. Me dio una bolsa con mi ropa porque yo venía con lo puesto, y me advirtió:

—Cuando se entra en el desierto de Oclajoma —me miró con su único ojo sano pues era tuerto— se abandona toda esperanza.

No pude aguantarle la mirada, y eso lo envalentonó. Me castigó con una de sus medias sonrisas falsas. Además de tuerto, era mellado pues sólo conservaba los dos incisivos superiores y uno de ellos se le movía. Sólo me volvió a hablar para indicarme el camino  para llegar al barrancón que compartiría con mis colegas escritores. Después cerró la puerta con varios candados, haciendo un ruido ensordecedor. Entonces me percaté de que no había marcha atrás y de que sus palabras de advertencia, avisándome de que en este lugar no había lugar para la esperanza, eran trágicamente ciertas.

Fui el último escritor homosexual en llegar como penitente al desierto de Oclajoma. Después de mí no han mandado a nadie. Sus razones tendrán. Antes de llegar yo, Luis era el pecador menos veterano. Lo trajeron el 6 de noviembre de 1962, pocas horas después de morir de un infarto en Ciudad de México.

Ser el novato me traería más inconvenientes que ventajas. No recuerdo en mi vida pasada haber tenido una acogida tan fría como la que me dispensaron mis compañeros de letras cuando me presenté en el barrancón el día de mi llegada. Dije: “Buenos días, me llamo Francis Calabria y estaré una temporada con vosotros”. Nadie me contestó, como si les hubiera sido invisible. Cada uno iba a lo suyo. Federico escribía una de sus tragedias de mujeres enlutadas y muchachos agitanados que a mí siempre me habían aburrido por el tono pueblerino; Luis se retocaba su bigotito y se hacía y deshacía el nudo de la corbata delante del único espejo que había en el barracón; Walt escribía poemas en homenaje a todos los bichos del paraje y Óscar se perfumaba su melena. Se me olvidaba mencionar a Marcelo, que hacía gorgoritos con la garganta.

—¿Y tú quién eres? —me preguntó Marcelo—. No parece que estés muy contento de estar aquí.
—Soy Francis Calabria —contesté en tono cortés—. Hubo un tiempo en que fui un presentador de televisión muy popular que además escribía novelas históricas.
—¿Novelas históricas? Toda novela es histórica, ¿no lo crees, Walt? —intervino Óscar dejándose de limar las uñas de los dedos de sus manos.

Walt balbuceó unas palabras en un inglés de pueblo de interior de Estados Unidos que ninguno de nosotros se molestó en comprender.

Después de este recibimiento gélido dejé mis pocas pertenencias en la litera que me habían reservado. Era, como me temía, la peor de todas. Iba a dormir sobre un jergón sucio y agujereado. La litera, para empeorarlo aún más, daba a una ventana por la que entraba la luz. Ya dije que en el desierto de Oclajoma no se pone el sol. Es un castigo para los penitentes que venimos de un mundo en el que los días se dividían en mañanas, tardes y noches. Ese ciclo vital permitía diferenciar las horas de trabajo de las del descanso. Estas últimas solían coincidir con la noche. Por eso no es extraño que en el desierto de Oclajoma todos seamos insomnes, salvo Federico, que duerme como un angelote y ronca con más fuerza que un toro de lidia, lo que deja en mal lugar su imagen de poeta delicado y universal.

Dentro del barracón, donde pasamos la mayor parte de las horas, no hay relojes ni calendarios. No existe un principio ni un fin para cada jornada. No hay lugar para las semanas ni los meses. Walt, el más veterano de todos los que allí estábamos, lleva más de un siglo y ha sido el primero en perder la cuenta. Nuestro único referente para medir el tiempo es Malaquías. El carcelero asoma la cabeza por la puerta a la hora de la comida, y después, cuando se supone que es la media tarde, nos permite ir a la cantina a beber un refresco de cola y a jugar a las damas, siempre que nos hayamos portado bien. Óscar, rebelde y cáustico como en la otra vida, suele estar castigado y casi nunca nos acompaña.

Malaquías nos obliga a ponernos en fila recta dejando la distancia de un brazo extendido entre cada uno de nosotros, como si estuviéramos en el colegio. Así, a paso marcial, nos fuerza a desfilar los doscientos metros que hay entre el barracón y la cantina. El que peor lo pasa es Federico, que siempre lleva el paso cambiado, y a menudo se gana un coscorrón de Malaquías, quien, después de dárselo, estalla en una carcajada que nos espanta. La risa boba de este hombre triste es cruel, uno de los peores castigos a los que nos someten en este desierto en el que, además de la esperanza, hemos perdido la dignidad.

Briseida evitar saludarnos cuando llegamos. Apoya sus codos en la barra y masca chicle. Nació en Wisconsin, según nos explicó Malaquías. Rara vez nos dirige la palabra, salvo cuando nos dice que nos marchemos porque va a cerrar. Briseida tiene el pelo corto y negro como Liza Minnelli en Cabaret. No hay constancia cierta de sus pechos. Su figura, tirando a masculina, no nos atrae en absoluto, por difícil que sea de creer. Otra de las penalidades de este desierto es la desaparición del deseo. Desde que llegué a este sitio no he experimentado el yugo del deleite. Lascivia, concupiscencia, promiscuidad, todo este lenguaje al que éramos tan dados en vida carece de encaje en el desierto de Oclajoma. Sospechamos que los gestores del complejo han dado órdenes para que nos echen bromuro en el refresco de cola y así evitar cualquier arrebato sexual entre nosotros. Carecemos de pruebas para afirmarlo pero tenemos dudas, y es justo consignarlas.

La cantina está presidida por un retrato en blanco y negro del padre fundador George Washington. Hay además una bandera estadounidense ondeando encima del dintel de la puerta. Además de los refrescos de cola, a Briseida le han autorizado a servirnos hamburguesas transgénicas de ternera.  Luis las ha rechazado porque está obsesionado con la dieta, a diferencia de Oscar y Marcelo, a quienes les trae sin cuidado engordar. Por las tardes, en la cantina matamos el tiempo jugando a las damas. Federico se nos pone melancólico cuando recuerda sus años de niño cazando libélulas en la huerta granadina o sus correrías por la Residencia de Estudiantes. Yo, que soy el que menos derecho tiene de hablar porque llegué el último y mis méritos literarios son discretos, escucho a Federico y al resto de mis compañeros y aprendo de ellos. Walt ha vuelto a escribir poesía atraído por la idea panteística de que Dios tiene la misma importancia que una mariposa. Walt es un poco hippy y nos hace gracia con sus ocurrencias. 

—¡Has hecho trampas! —me espeta, irritado, Luis que, siguiendo mis consejos, ha aceptado levantarse de la cama para entretenerse un poco.
—Te juro que no —respondo.
—Eso me ha parecido. Has movido las fichas de lugar en un descuido mío. ¿Crees que soy idiota, Francis?
—Luis, no te lo tomes así —intento calmarlo—. Somos amigos y no vamos a echar a perder una amistad por una tontería así.

Luis parece relajarse después del disgusto. Es un hombre difícil, con un pronto de mil demonios, pero hay que entender que tiene motivos para estar molesto. Extraña a Antínoo, que así se llamaba el doncel que se marchó con lágrimas en los ojos hace un mes.

Briseida está a punto de cerrar. George Washington, con su peluca blanca almidonada y sus ojos de halcón, observa, aburrido, la escena. A veces pienso que hubiera sido mejor haber ido directamente al infierno, como todos los primeros ministros del continente europeo, en lugar de traernos aquí a purgar las penas con el señuelo de que si nos portamos bien nos mandarán al Paraíso.

Sólo teníamos a Antínoo como consuelo, y nos lo quitaron cuando lo despidieron. Como Briseida, él se ocupaba de llevar la cantina; abría y cerraba el local, atendía a los proveedores, limpiaba y recogía las mesas y servía a los consumidores con una gracia, con un desparpajo, con una educación tan exquisita que no tardaría en encantarnos a todos, incluso a Óscar, el más reticente en tratar con jovencitos tras las malas pasadas que le jugó alguno.

Antínoo tenía 25 años. Moreno y de rostro aceitunado, se había graduado en Historia Antigua en la Universidad de Salamanca, pero no había logrado trabajar de lo suyo, como le sucedía a tantos jóvenes. Pensó en irse a Londres a ganarse de la vida de camarero pero vio una oferta de trabajo en el periódico de su pueblo (Linares) que le llamó la atención. No decía en qué consistía el empleo; tan sólo se requerían conocimientos mínimos en literatura, se ofrecía alta en la Seguridad Social (algo inusual en estos tiempos) y salario según convenio. Una tarde, compartiendo un refresco de cola mientras sonaba una canción de Julio Iglesias, me confesó que le asaltaron las dudas cuando fue elegido entre cien aspirantes. Ignoraba dónde estaba el desierto de Oclajoma y no se veía preparado para tratar a insignes escritores que a sus méritos literarios unían su condición de homosexuales relevantes. Él, lamentablemente heterosexual, tenía una novia de Úbeda con la que pensaba casarse. Por mucho que intentamos quitarle esa estúpida idea de la cabeza, se empecinaba en contraer matrimonio con ella. Lo cierto es que todos, en mayor o menor medida, estuvimos casta y perdidamente enamorados de Antínoo el año que estuvo con nosotros. Tal era nuestra devoción por él que nos peleábamos por ser los primeros en entrar en la cantina y darle las buenas tardes, a lo que siempre respondía con una generosa sonrisa. Walt, el más viejo, renegaba de su mala suerte porque siempre era el último en tocar la barra del bar y pedir su consumición. 

Lo que todos sentíamos por Antínoo era un amor espiritual, sin mancha de sensualidad. Coqueteábamos con él pero ninguno llegó a insinuarse porque respetábamos el estúpido compromiso que había adquirido con una muchacha de su pueblo. Ni siquiera Óscar, el más lanzado, le hizo ninguna proposición que fuese más allá de pasear cogidos de la mano después de que él cerrara la cantina.

Pese a ser tan joven, Antínoo tenía una voz grave, poderosa y profunda. En ocasiones nos deleitaba cantando algunos pasajes de Madame Butterfly. Ver a Federico y Luis llorando y cogidos de la mano mientras nuestro héroe se metía en el papel de Pinkerton era digno de recuerdo.

Antínoo nos traía noticias del mundo  —que iba de mal en peor, como siempre así ha sucedido—y, sabiendo que no nos habíamos adaptado a la vida monótona en el desierto, aprovechaba cualquier ocasión para animarnos.

—El año que viene a algunos de vosotros no os veré porque estaréis en el Paraíso — nos decía.

Pero nosotros seguimos aquí, no nos hemos marchado, y él desapareció de nuestras vidas al cabo de un año. Nadie nos lo comunicó, como es habitual en este sitio en el que nunca se cuidan las formas. Nos enteramos una tarde cuando, después de la siesta, acudimos como siempre a tomarnos nuestra ración de refresco de cola. Cuál fue nuestra sorpresa, más bien diría nuestro estupor, cuando no vimos a Antínoo en el bar y en su lugar nos encontramos a la fría y distante Briseida.

—¿Dónde está el chico que más queremos en el mundo? ¿Le ha pasado algo? —preguntó Luis.
—¿Me hablas de Antínoo? —contestó ella.
—¿De quién si no? —añadió Luis, contrariado.
—Yo no sé nada —dijo ella—. A mí me han enviado aquí, y como no tenía trabajo he aceptado, pero lo que acabo de ver no me gusta, así que no creo que tarde en levantar el vuelo.

Luis intentó continuar la conversación pero Briseida le dio la espalda y se puso a secar los platos. Esa tarde nadie más abrió la boca. Tal era el estado de abatimiento que reinaba entre nosotros. Luego, al cabo de unos días, Malaquías, en uno de sus escasos raptos de sinceridad, nos reveló que a Antínoo lo habían despedido porque los jefes no lo veían con buenos ojos. Estaban molestos con la confianza que Antínoo se había tomado con los penitentes y, para evitar males mayores, lo habían echado pagándole una indemnización conforme al convenio colectivo. Escribimos una carta de protesta a la gerencia y aún estamos esperando la respuesta. Es intolerable la descortesía con que nos tratan, pasando por alto que no somos pecadores del montón sino, en algunos casos, personajes egregios de las letras universales. No lo digo por mí, no soy tan inmodesto e ingenuo para creérmelo, sino por Federico, Óscar y Marcelo, que figuran entre los clásicos de la literatura del siglo XX.

La vida sin Antínoo no es vida. Nuestras caras de tristeza son todo un poema. Hemos dejado de ir a la cantina en señal de protesta. Sólo salimos del barracón para hacer nuestras necesidades en unos agujeros cavados expresamente en la tierra. Federico y Marcelo siguen jugando a las damas. Es su manera de matar el tiempo. Yo leo el Ricardo III de mi admirado Guillermo Shakespeare. A Walt le ha dado ahora por adoptar hormigas, llevado por la ternura que le despierta la fragilidad de esos bichos. Óscar está escribiendo una comedia satírica que piensa representar en el desierto con Malaquías como protagonista malvado. Luis ha vuelto a encerrarse en su litera repitiendo el nombre de nuestro chico entre sollozos. Cuando escucho llorar al autor de La realidad y el deseo, roto por la ausencia de Antínoo, caigo en la cuenta de nuestra soledad. Nadie se acuerda de nosotros, ni siquiera se conoce nuestro paradero. No hay esperanza ni consuelo para quien viene a parar a este desierto en el que los días se confunden, y la ilusión por abandonarlo fue lo primero en perderse.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Sólo he venido a bailar contigo

Jorge Andrade había fumado bastante esa mañana. Desde que su hermano mayor le había comunicado la enfermedad de su madre, llevaba varias noches sin conciliar el sueño. Fumaba porque estaba nervioso. El lunes conocerían los resultados de las pruebas. Eran sólo dos días pero a Jorge le parecían una eternidad. Y lo peor es que no se había atrevido aún a pedirle permiso a su jefe para acompañarla al hospital. Su hermano, de viaje por razones de trabajo, no podría estar con ella. O lo hacía él o su madre tendría que ir sola a la consulta. Mientras pensaba en el momento oportuno de abordar a su jefe para pedirle ese favor, Jorge apuraba otro pitillo en la despensa de la cocina, un pequeño cubículo en el que apenas podía removerse. Apoyado en una estantería en la que se guardaban algunos alimentos, el camarero observaba lo que sucedía en el jardín. Había abierto una pequeña ventana para que la habitación se ventilase. En realidad estaba ya prohibido fumar en todos los lugares públicos, pero Jorge, al igual que otros compañeros, ignoraba la prohibición en sus descansos. Casi todos ellos fumaban para desahogarse; era su manera de aliviar las tensiones del trabajo.

Enfrente de él había un jardín con una fuente de mármol rodeada de pinos. En uno de ellos permanecía recostada una mujer vestida de blanco y con su pelo negro recogido por un tocado. La novia también fumaba y le sonreía a un hombre. Jorge consideraba —como cualquiera que hubiera estado en su lugar en ese momento— que aquella mujer era muy hermosa, esa clase de mujer que está solo al alcance de unos pocos privilegiados que acostumbran a dilapidar lo que tienen entre manos. Ella seguía sonriéndole al hombre joven, bien parecido, vestido con un frac, que le daba la espalda a Jorge. La novia y el joven estaban a una distancia cercana, lo que permitía oír sus palabras. El camarero sentía curiosidad por lo que hablaban.

—Me dijiste que ibas a dejar de fumar —dijo el hombre, que había girado la cara lo suficiente para que Jorge viese unos ojos azules y una nariz aguileña.
—Hago tantas promesas, Manuel, que por una más que no cumpla… —contestó ella con una mueca irónica que revelaba el cinismo de un temperamento sin remedio.

Él había reclinado la cabeza para mirar el movimiento de su pie derecho, que aplastaba la colilla tirada al suelo. Ella seguía observándolo como quien está seguro de ganarle la partida a un contrincante que se sabe vencido de antemano.

—Me alegro de que hayas venido a la boda. No esperaba que lo hicieras después de lo que nos pasó.
—Los compañeros de la empresa me convencieron —replicó él—. No tuve que esforzarme mucho porque quería ser testigo de tu gran día.
—¿Mi gran día? —objetó la novia—. ¿Estás bromeando, Manuel?
—No todos los días una mujer se casa —agregó el hombre mientras encendía otro cigarrillo—. Te creía enamorada de tu marido.

Ella desvió la mirada.

—¿No ha venido Amelia?
—Hace un par de semanas que no hablo con ella. Lleva mal lo de su despido.
—Pero ¿seguís juntos? —se interesó la novia.
—No hemos roto pero hemos dejado de hablar. Es algo raro, difícil de explicar; es como si nuestra relación ya no diera más de sí pero ninguno quisiéramos dar el paso para romperla.
—No entiendo que alguien continúe con una relación que no le convence. ¿Tú quieres seguir con ella?
—No lo sé.

Jorge oía de fondo el ruido de los platos que salían para ser servidos, los gritos del jefe de la cocina, las prisas de los camareros. Su tiempo de descanso había acabado pero él, ganado por la curiosidad, demoraba la vuelta al trabajo. La conversación entre la novia y el joven había adquirido un tono de confidencia. Seguían solos en el jardín. Dentro, en el salón principal, los invitados disfrutaban de la fiesta.

Los novios habían elegido una alquería del siglo XIX para celebrar la boda. Situada cerca de la ciudad, a la que había que acceder a través de un camino de tierra rodeado de acequias, había sido comprada, en los años de la crisis, por un grupo de empresarios de la comarca. Dos años largos, no sin inesperadas interrupciones, llevaron los trabajos de rehabilitación del edificio, que había permanecido abandonado durante varias décadas. La inversión había sido rentable. Las buenas familias del contorno rivalizaban entre ellas por alquilar la alquería para celebrar lo que ellos denominaban “eventos”. En primavera y en verano era muy difícil arrendar el caserón por el elevado número de peticiones. El padre de la novia, un conocido industrial de la zona, tuvo que recurrir a sus influencias para que su hija pudiera casarse en este lugar. La boda civil, sin embargo, se había celebrado en el salón de plenos de un ayuntamiento. El novio era divorciado (su primer matrimonio apenas duró un año), lo que había impedido un enlace religioso, como así hubiesen deseado los padres de ella. Todos los invitados alababan la belleza del edificio y su entorno, varias hectáreas de naranjos, y destacaban el acierto de haber elegido esa alquería para la boda de Natalia, la hija única de Emigdio Ventura. Sin duda, decían, estaba a la altura de la categoría de la familia de la novia.   

Cuando el convite llegó a los postres, los padres de los novios se felicitaban por el acierto del menú y el buen servicio de los camareros. Los novios, en su estudiado papel de protagonistas de la ceremonia, se cogían de la mano e intercambiaban confidencias. Ella se reía ante lo que su futuro marido le susurraba al oído. Nadie reparaba en ellos pues los invitados, alcanzado este momento de la fiesta, se dejaban llevar por el tono desinhibido que se presume en toda velada en la que el alcohol corre  sin disimulo. Todos, desde los mayores hasta los más pequeños, participaban de esa alegría pasajera y convencional en homenaje a los recién casados. Los niños revoloteaban de mesa en mesa aprovechando que sus padres, muy afectados por la ingesta de toda suerte de licores, habían bajado la guardia.

Dos hombres observaban la escena sin participar en esa alegría impostada. Uno era Jorge, quien pasaba de mesa en mesa sirviendo los cafés. No veía la hora de que aquello acabase para volver a casa. Le dolían los pies y no dejaba de pensar en la consulta de su madre. Al llegar a la mesa principal, la novia lo recibió con una sonrisa. Extendió la mano para coger la taza del café, le dio un sorbo y se la pasó a su marido. Los dos se rieron de la ocurrencia delante del camarero que, sorprendido, optó por seguir sirviendo las tazas al resto de los comensales de la mesa. Jorge miraba a los novios, que aparentaban ser las personas más felices del mundo, y recordaba la conversación que había escuchado una hora antes en el jardín.

En la mesa más alejada a la de los novios, donde habían sido colocados los compañeros de trabajo de Natalia, Manuel Leal jugaba con un cigarrillo entre sus dedos mientras miraba a Natalia flirtear con su marido. No podía reprimir una sonrisa. Ningún compañero conocía la relación que Natalia y él habían mantenido a escondidas durante un año, con encuentros breves en hoteles ubicados en polígonos. Aquello no había sido amor sino más bien un divertimento entre dos adultos aburridos con nada más excitante que hacer, aunque había habido tardes, es justo admitirlo, en que Natalia y él se habían engañado con palabras hermosas y vagamente sentimentales que no habían superado el tamiz de la memoria ni el de la voluntad.

Manuel había dudado hasta el último momento en acudir a la boda, no porque temiese que se sospechara sobre su relación pasada con la novia sino porque ya había dejado de tener interés por ella. El deseo se había diluyendo a medida que la conquista se había hecho efectiva. Que ella, en la conversación mantenida en el jardín, le hubiera dicho que estaba dispuesta a dejar a su marido para irse con él, demostraba la frivolidad del carácter voluble de Natalia, a fin de cuentas una niña consentida a la que papá le había aceptado todos sus caprichos.

—¿Lo dices en serio?
—¿Acaso lo dudas? ¿Crees que estoy hablando en broma? —contestó ella—. Lo dejaría esta misma noche con solo escuchar un sí de tus labios.

Él hizo ademán de besarla, pero se detuvo ante el temor de que alguien lo estuviera viendo desde la casa.

—Sabes que lo nuestro no funcionaría; somos muy diferentes —se excusó Manuel—. Acabaríamos pronto cansados el uno del otro.
— Y entonces, ¿para qué has venido? —preguntó ella irritada, como si no entendiera nada, perdiendo por primera vez el control de la conversación.
—Sólo he venido a bailar contigo —añadió él—. Quiero hacerlo en el centro de la sala, delante de todos los invitados, delante de tu futuro marido. Será lo último que hagamos juntos. Bailar. Recuerda cuando lo hacíamos, desnudos y abrazados, en aquella habitación del hostal Bonavista.
—Sí; nos llegaron a llamar la atención por tener la música demasiado alta—sonrió por fin Natalia, que no estaba a acostumbrada a que la contradijeran. Siempre obtenía lo que se proponía.

En toda boda era el momento más esperado por los invitados: había llegado la hora de que sonase la marcha nupcial. Cuando sonó la música, los novios fueron los primeros en levantarse. Con todos en pie, Natalia y Alejandro levantaron sus copas y, antes de hacerlas chocar para hacer chinchín, uno de los compañeros de trabajo de Natalia, el más desenfadado y el que sin duda más había bebido, gritó el consabido “¡Viva los novios!”. “¡Viva!” contestaron, al unísono, los invitados. Y brindaron.

Siguiendo las instrucciones del maitre, cuya cara reflejaba la satisfacción porque todo había salido bien, Jorge y otro camarero retiraron la tarta situada frente a la mesa presidencial. Había que despejar el centro de la sala para que los novios bailasen. A diferencia de otras parejas que ensayaban unos pasos días antes de la ceremonia, Natalia y Alejandro iban a vivir su primera experiencia como pareja de baile. Él temía hacer el ridículo porque sabía que Natalia era una bailarina experta. Se dejaría llevar por ella, pensó, cuando sonasen los primeros compases de El lago de los cisnes. La seguridad de su mujer le tranquilizaba. Comenzó a mover los pies siguiendo los movimientos de Natalia. Era ella quien lo llevaba a él y no a la inversa. La gente aplaudía, gritaba, se reía. “¡Qué salero tienes, hija, la madre que te parió!”, vociferó un tío paterno de la novia. Ella se sentía la protagonista de aquella comedia (porque una comedia era lo que estaba representando), dichosa con los aplausos y los elogios que oía mientras que su compañero de baile, acomplejado, deseando que aquel trámite desagradable acabase cuanto antes, se arrastraba a cada paso que daba para no perder el compás.

La pareja se besó cuando acabó la música. Entonces varios matrimonios entrados en años salieron a bailar un pasodoble. La sala se había quedado medio vacía. Algunos comensales la habían abandonado para fumar en el jardín. Era noche avanzada; el tiempo era agradable en el comienzo de la primavera. Mientras tanto, algunos invitados, los de mayor edad, comenzaron a despedirse de la pareja de recién casados. Los jóvenes, en cambio, se resistían a abandonar la alquería. Seguían acudiendo a la barra para que los camareros, que no ocultaban su fastidio ni agotamiento, les sirvieran más bebida.

Manuel pensaba que había llegado el momento de cumplir su propósito. Si había aceptado asistir al convite era porque quería bailar con la novia delante de todos. Ella lo sabía, y desde que él le había revelado el motivo de su presencia, había esperado a que diese el paso. Lo vio venir, caminando con paso lento, desde su mesa. Él sonreía; ella lo veía aproximarse con seguridad y eso le complacía. Entretanto, su flamante marido estaba entretenido hablando con la suegra, con la que parecía llevarse bien pese al respeto que le inspiraba por la diferencia de clase.

—Señorita, ¿me concede este baile? —dijo él inclinando la cabeza y ofreciéndole la mano en tono muy burlón.
—Caballero, recuerde que ya no soy una señorita; desde hace unas horas soy una respetable señora —fue la respuesta, también burlona de ella, encantada de seguirle el juego.
—¿Te importa que salga a bailar, cariño? —le preguntó a Alejandro.
—Sabes que no, cielo, diviértete. Es tu gran noche —le respondió él, que reanudó la conversación con su suegra.

En ese momento cambió la música. En cuanto sonaron los primeros acordes de una guitarra, Natalia y Manuel se percataron de que se trataba de la banda sonora de la película Pulp Fiction. Era You never can tell, un viejo clásico de Chuck Berry. En la escena más recordada, Uma Thurman y John Travolta protagonizaban un memorable baile al ritmo de las guitarras y el piano. Mientras sus cuerpos se contorneaban, los protagonistas se tapaban la cara: ella con la palma de la mano y él con los dedos índice y corazón. Era la primera vez que Natalia y Francisco bailaban esa canción. En las tardes pasadas en hoteles de poca monta habían bailado toda clase de música, desde boleros mexicanos hasta salsa, pero nunca la banda sonora de una película. Cuando Pulp Fiction se entrenó, ella tenía sólo 18 años y él 23. La habían vuelto a ver en la televisión. Por eso no les costaba recordar los movimientos del baile. Quienes presenciaban la escena los miraban asombrados, con extrañeza por lo que estaban presenciando. Ignoraban que el baile de la novia y de ese hombre desconocido no era una originalidad de ambos sino una imitación de la escena más conocida de una película estadounidense de los años noventa. Pese a haber sido una improvisación, los dos creían que lo habían hecho bien. Casi podían pasar por profesionales. Al acabar la canción se abrazaron, se besaron en las mejillas y después se inclinaron para recibir los aplausos de los que quedaban en la sala. El marido se sorprendió de la destreza de los bailarines.  

—Parece como si hubierais bailado toda una vida —le dijo a Natalia cuando regresó a su lado.
—Yo también estoy sorprendida porque era la primera vez que lo hacíamos —añadió.
—¿Quién es ese invitado? —preguntó Alejandro—. No lo conozco. ¿Algún compañero del trabajo?
—Sí; es Manuel. Llegó de la central de Madrid hace unos tres años y trabaja en el departamento de contabilidad.
—Parece que os lleváis bien, ¿no?
—Tenemos una relación normal, de compañeros que se saludan y se preguntan por el fin de semana. He oído que ha pedido el traslado a la delegación de Palma—explicó Natalia.
—¿Quieres más champán, cariño? —dijo él cambiando el tema de conversación.
—Sí, pero sólo un poquito porque estoy ya piripi —rio—. Mañana tenemos que coger el avión para empezar nuestra luna de miel. ¿Te he dicho que estás muy guapo, Álex?
—Ardía en deseos de escucharlo de tus labios —bromeó él.
—Eres el hombre de mi vida, ¿lo sabías? —le siguió ella el juego.
—Y tú la mujer con la que quiero pasar el resto de mis días.
—¡Qué bonito ha sonado eso, amor! Soy muy feliz a tu lado. ¿Te he dicho que te quiero?
—Es la quinta vez esta noche —repuso él.
—¡Qué bien me llevas la cuenta, cariño ¡Mi chico listo! —y ella le besó en la frente. 

sábado, 30 de septiembre de 2017

Marcelo y el viejo profesor

¿Qué nos hace rebelarnos contra la ley severa el olvido y recordar a las personas que amamos y lloraremos después de muertas? ¿Por qué ellos se convierten en la excepción a la regla? ¿No sería más conveniente una memoria vacía de seres queridos y por tanto de dolor y sufrimiento? Mientras me hago estas preguntas la puerta metálica del antiguo seminario se abre lentamente, y detrás de ella aparecen ante mí las siluetas de dos ancianos que observan con curiosidad al hombre que ha llamado al timbre. No esperan a nadie a estas horas de la mañana. La ciudad está semivacía en un domingo de agosto. Los hay que duermen todavía y quienes se han marchado a la playa. Yo, que tengo algo de andarín incorregible, he madrugado para apropiarme de estas calles solitarias. Los ojos de los dos hombres siguen escrutándome desde lo alto de una escalera de piedra, mientras recorro los escasos metros que distan entre la puerta corredera y la entrada del edificio. Al acercarme me percato de que comparten las facciones; son hermanos. Su edad es parecida pues no deben llevarse más de dos o tres años. La vestimenta clásica, de tonos oscuros y grises, refuerza el parecido físico. Como otros curas jubilados, ellos viven en este lugar que fue reconvertido en residencia de ancianos al quedarse sin seminaristas hace muchos años.

—Buenos días ­—les saludo—. Venía a ver a don Jesús José.

Al principio no me contestan, hasta que el mayor de los dos rompe el silencio.

—Buenos días. ¿Se refiere a don Jesús José Rodríguez?
—Sí, al mismo. Soy un amigo suyo. Acostumbro a visitarlo cuando estoy de vacaciones.

El otro cura me saca de dudas.

—Ya no vive aquí. Hace un tiempo que su familia se lo llevó a una residencia.

El sacerdote evita darme más explicaciones pero su mirada me hace ver que Jesús José, cura como ellos, tuvo que ser trasladado a un geriátrico por razones de salud. Detrás aparece un joven negro de movimientos lentos, rígido con su alzacuellos, que permanece en silencio.

—¿Sabrían decirme dónde puedo encontrarlo?
—Se lo llevaron a la residencia Los Robles, a las afueras de la ciudad. De eso hace unos meses. Es la carretera que lleva a las Peñas; pero tenga cuidado porque está en obras —contesta el anciano de mayor edad.

Me despido y se dan la vuelta para entrar en el largo pasillo de un edificio que se asemeja a un laberinto siempre en silencio, un silencio que sólo queda roto a mediodía por el ruido que llega de la cocina. El joven negro me acompaña a la puerta y me desea un buen día. En la calle me cruzo con un par de jubilados que vienen de comprar el pan.

Dejo pasar parte de la mañana antes de acercarme a la residencia. Conozco el lugar porque hace cinco años lo visité acuciado por la enfermedad mental de un familiar. Fui a informarme de las condiciones para su ingreso pero al final no me hizo falta llevarlo porque murió. Sé qué carretera he de tomar pero tengo dudas sobre la ubicación de la residencia. Desde aquella vez no he vuelto a circular por ella. Tal como me había advertido uno de los curas, la carretera está en obras, lo que complica el trayecto y acrecienta mis dudas sobre cuál es la salida para llegar al geriátrico. Cuando llevo varios kilómetros circulando caigo en la cuenta de que mi sentido de la orientación me ha fallado. La residencia no estaba tan lejos de la ciudad. He debido de pasármela, así que doy media vuelta y regreso a la ciudad. Me cruzo con pocos coches. Conduzco con los ojos bien abiertos para no volver a perderme; voy mirando a mi izquierda y a mi derecha hasta que de lejos diviso un gran cartel que anuncia la residencia Los Robles. Ahora sí reconozco el edificio. Por fuera parece un hotelito para pacientes ricos que necesitan una cura de estrés. El aparcamiento está casi vacío. Miro el reloj, que marca las doce y media. Debería haber llamado para preguntar el horario de comidas. En estos sitios se come y se cena muy pronto.

En la puerta hay un hombre cabizbajo que habla solo, en un tono muy bajo, como si recitara una letanía incomprensible. Al notar mi presencia me mira con miedo, da un salto y se aparta a un lado. En la recepción me recibe un joven con una sonrisa estudiada y por tanto falsa. Me confirma que mi amigo, el viejo profesor, reside aquí. Quiere saber mi nombre y el motivo de la visita. Le digo, simplemente, que soy un amigo.

—Siga usted este pasillo y lo encontrará después de pasar el comedor —me explica.

En el pasillo hay futuros cadáveres vegetando en sillas de ruedas. La mayoría están solos. No sé si atribuirlo a que estamos en agosto, pero veo pocos familiares acompañando a estos ancianos. Me cruzo con dos jóvenes auxiliares que tienen palabras de cariño para uno de ellos. Encuentro sin dificultad la sala donde está el viejo profesor. Es una habitación rectangular. Hay catorce cuerpos repartidos en dos filas de siete. Salvo una mujer, que se ayuda con un andador, todos dormitan en sillas de ruedas. Las cabezas reposando sobre los pechos, las manos cruzadas sobre las piernas, las caras inexpresivas, la ausencia de conversación entre ellos, todo esto es lo que recorre mi vista antes de dar con la persona deseada. Mi amigo está al final de la fila de la derecha. Sentado sobre una silla de ruedas, es el único que lleva una sonda en la nariz para respirar. Lo vi por última vez hace dos años, cuando su cabeza ya emitía señales de deterioro y no quedaba apenas nada de su lucidez proverbial. Su cuerpo ha envejecido y de qué manera. Me apena verlo así. Si no fuese por sus gafas, que siguen siendo las mismas, su nariz aguileña y su camisa siempre con el cuello abrochado, sería difícil de reconocer. Está más delgado. Casi nada en este hombre recuerda a aquel porte vigoroso que entraba en clase con paso firme y decidido. Dejaba su cartera sobre la mesa y abría las ventanas aunque estuviéramos en enero. Se quitaba la txapela pues era vasco de Álava; después se frotaba las manos, sonreía y nos daba los buenos días. Y se ponía manos a la obra sin darnos un respiro. Nos intentaba enseñar todo lo que sabía de la lengua y la cultura griegas, que era mucho, deteniéndose en las historias de dioses y héroes que a mí me encantaban. Era diligente en su profesión, un hombre que amaba y creía en la enseñanza pública, a veces con un excesivo candor. Esa ingenuidad era un rasgo de identidad de un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra, de los pocos que vas encontrando por el mundo. Con frecuencia — he de admitirlo ahora, después de tantos años— copié en sus exámenes aprovechando que el profesor nunca sería capaz de cogerme en el renuncio porque veía ya muy poco (luego, cuando se jubiló, se operaría de cataratas).

Aún me acuerdo de nuestro primer día de clase con él cuando entró en el aula y sin mediar palabra escribió en la pizarra dos versos de Bertolt Brecht dirigidos a un obrero: “Lo que no sabes por ti / no lo sabes”. Te extrañaba que este catedrático de griego recurriese a un escritor marxista como tarjeta de presentación. Luego descubrimos que aquel Papa polaco, hoy inexplicablemente santo, no despertaba su simpatía aunque siempre lo respetó en sus comentarios, acaso obligado por la disciplina eclesiástica. Había días en que la actualidad se colaba en sus clases; era cuando se le humedecían los ojos después de conocer el desastre de Chernóbil. Otras veces nos leía a Jenofonte y se entusiasmaba contando la Expedición de los Diez Mil. En el cénit de esta retirada militar, cuando el ejército griego vio el mar Negro, lo que les acercaba a  su patria después de sortear toda clase de peligros, el viejo profesor levantaba la voz y extendía los brazos, en señal de euforia, como si él fuese uno más de la expedición. "¡Thalassa! ¡Thalassa! (¡El mar! ¡El mar!)", decía elevando su voz grave. 

Mi amigo creía en lo que decía; era uno de esos escasos ejemplos de coherencia porque las palabras se corresponden siempre con los hechos. Ese hombre ya no existía. En su lugar había delante de mí un anciano de 91 años (luego me recordó que había nacido el 12 de febrero de 1926), aquejado de un deterioro mental.

—Soy Marcelo, tu amigo y antiguo alumno, ¿no me reconoces?

Él contestaba moviendo la cabeza afirmativamente, pero yo no acababa de estar convencido de que supiese quién era yo. Nuestra relación de profesor y alumno dio paso, cuando acabé el bachillerato, a una amistad que fue fortaleciéndose con el paso del tiempo. Al llegar la Navidad o la Semana Santa nos veíamos en su piso de la calle Albarderos, habitado por el silencio de sus muchos libros. A las cinco de la tarde me recibía haciéndome pasar a un salón donde había una televisión adquirida en la Prehistoria que nunca encendió por la sencilla razón de que estaba estropeada y no había considerado oportuno mandar a repararla. En esto, como en otras tantas cosas, demostraba ser un hombre sabio. Su manera de comunicarse con el mundo éramos nosotros, sus alumnos, una emisora de radio progresista y el periódico local en el que escribía un artículo cada semana. Me sentaba un sillón de de escay verde mientras mi amigo calentaba el café. En la mesita central había dejado una mesa con pastas y un licor que compraba en la única tienda delicatessen de la ciudad. Después merendábamos. Yo cruzaba mi mirada con la suya y con la de su familia que nos observaba desde un retrato colgado en la pared. Durante veinte años se repitió este maravilloso ceremonial que precedía a una larga conversación en la que yo, en primer lugar, le hablaba de los tumbos que iba dando en mi vida y él siempre me animaba sin atreverse a darme un consejo porque sabía, creo que sabía, que cada uno ha de llevar su camino. Se nos hacía la noche hablando. Hubo tardes en que conversábamos casi en tinieblas porque ninguno de los dos necesitaba la luz eléctrica para mirarnos. Nos bastaba con escuchar nuestras voces. Pero todo esto acabó cuando, en unas vacaciones de Navidad, llamé a su casa y nadie me respondió. Lo volví a intentar pero con idéntico resultado. Me temí lo peor pero alguien (no recuerdo quién ahora) me dijo que podría haber terminado en una residencia para sacerdotes jubilados.

—¿Cuál es tu familia? —pregunta mientras observo cómo un auxiliar va sacando, de dos en dos, a los residentes para llevarlos al comedor.

Le recuerdo que mis padres aún viven, que tengo un hermano más joven y que soy tío de un niño de cuatro años.

—¿Cuál es tu familia? —vuelve a preguntarme al cabo de cinco minutos, y le respondo de la misma manera.

Por suerte, el viejo profesor no ha perdido la sonrisa generosa de cuando fue mi profesor, aunque no la muestre como antaño. Lo veo fatigado, con las fuerzas escasas para hablar, con dificultad para seguir la conversación. Sus ojos hundidos, los pómulos salientes, las manos sarmentosas y llenas de manchas, los pies pegados, sin vida, son partes de un cuerpo que se agota y se despide.

La sala se va vaciando. Sólo queda la mujer del andador arrastrando un cuerpo deforme y grueso. Intenta darse la vuelta y no puede. Trata, también sin éxito, de agacharse para recoger un papel en el suelo. Hago intención de levantarme para ayudarla pero el auxiliar, que tiene prisa por terminar su trabajo, lo hace por mí.

En un momento de lucidez, como suele sucederles a las personas que padecen esta enfermedad, el viejo profesor, mi amigo, se acuerda de mi nueva profesión. Y pregunta:

—¿Cómo está la enseñanza?
—Mucho peor de lo que tú la dejaste.
—¿De qué das clase?
—De Geografía e Historia —respondo. Le trato de explicar que el tipo de alumnos a los que él enseñó nada tienen que ver con los adolescentes de hoy, pero sospecho que ya no me escucha y que vuelve a su estado de ensimismamiento.

Es cerca de la una y media de la tarde, y pronto empezarán a servir la comida. Nos hemos quedado solos en la sala. Estamos en silencio. Le pido al auxiliar que nos haga una foto. Nos hace dos; una de ellas sale velada, así que conservaré la otra de recuerdo. Cuando estudiaba el bachillerato los adolescentes nos hacíamos fotos en ocasiones especiales, en un cumpleaños o en un viaje de estudios, no como ahora, en que se ha convertido en una costumbre aburrida y estúpida. Al auxiliar le hago señas de que yo me encargaré de llevar al profesor al comedor. Al entrar me sorprende lo grande y luminosa que es. Hay un centenar de sillas dispuestas en torno a mesas preparadas para cuatro comensales. Lo dejo junto a una de ellas que no resulta ser la suya. Tal vez por eso el hombre que está sentado a su lado lo mira con desagrado pero no dice nada. Aquí casi nadie habla. Una de las auxiliares me indica dónde debo colocarlo. Enseguida me percato de que allí estoy de más, así que me despido del viejo profesor, de mi amigo, con emoción contenida pues rara vez expreso mis sentimientos. Le aprieto su mano derecha con fuerza, y me sonríe mientras la misma auxiliar le coloca la servilleta sobre el pecho. Sus compañeros se alegran de verlo de nuevo. Son más jóvenes que él.

Saludo al recepcionista que me devuelve la sonrisa de pago. En la puerta tropiezo con el hombre que me había rehuido con cara de miedo. Esta vez no repara en mí. Me extraña verlo allí porque tendría que estar en comedor. Sigue balbuceando palabras inconexas y chasquea la lengua provocando un sonido desagradable.


En la calle hace un calor sofocante. El volante abrasa. De regreso a casa pienso en qué haré por la tarde. Tal vez vaya al cine a última hora, o salga a pasear por el centro. Lo decidiré después de la siesta, aunque me temo que hoy no podré porque el reencuentro con el viejo profesor, el verlo postrado en una silla de ruedas, con el entendimiento dañado de manera irreversible, me ha empujado a la tristeza, ese sentimiento unido a la idea cierta de que todos, por mal que nos pese, acabaremos siendo polvo suspendido en el aire. 

sábado, 26 de agosto de 2017

La caza del fascista

El golpe militar había fracasado en esta zona del país. Al poco de estallar la rebelión, un grupo de sediciosos, integrado por guardias civiles y jóvenes idealistas y violentos, había tomado el control de la capital y de los principales pueblos de la provincia. Esta situación sólo duró una semana, el tiempo que necesitaron las tropas leales al Gobierno, procedentes de provincias limítrofes, para sofocar la insurrección. Los facciosos fueron ajusticiados. Las familias enterraron a sus muertos en un clima de odio y miedo. Era el inicio de la guerra.

En una mañana de agosto de 1936, una familia desayuna en el comedor de una casa de campo. Son las nueve y es domingo. Como cada día, el padre, un pequeño propietario agrícola, ha madrugado para trabajar la tierra y dar de comer a los animales. Él preside la mesa. Todos desayunan en silencio: el matrimonio, sus dos hijas, de cuatro y ocho años, y la madre de la mujer. En la mesa hay una jarra de leche, una hogaza de pan tierno y aceite para untarlo. La niña pequeña se niega a tomar la leche porque dice que no le gusta. La madre, con cara cansada, como de no haber dormido en toda la noche, trata de que se beba el vaso de leche y le promete que jugarán juntas con Meli, la muñeca de trapo de la que la niña se encariñó en una barraca de feria por San Juan.

El cacareo de las gallinas rompe el silencio en el comedor. La abuela se levanta de la mesa y recoge los platos. Su hija le ayuda. El hombre saca un pitillo, lo enciende y fija su mirada en la alacena.

—Hoy tampoco lloverá —dice resignado—. No sé cuánto tiempo podremos aguantar así, sin agua, con los pozos secos.    

La abuela, con el recuerdo de otras cosechas fallidas, se lamenta también por el estado  de las tierras.

—Esto sólo lo puede arreglar Dios. Hay que rezarle al santo para que proteja nuestros campos y nos proteja también a nosotros.

El hombre permanece en silencio, ensimismado, como si no hubiera oído las palabras de su suegra. Apura el cigarrillo y lo apaga. La forma violenta en cómo aplasta la colilla en el cenicero, sorprende a la hija mayor.

—¿Le pasa algo, padre?
—No es nada, hija. Es este calor, que no lo soporto. Dile a tu madre que me traiga un vaso de agua fresca.

Gotas de sudor caen por la cara del padre. Su rostro seco y castigado por el sol, con arrugas que atraviesan su frente ancha y morena, como los surcos que recorren sus campos, es el de un hombre avejentado. Nadie diría que tiene treinta años. Se bebe el vaso de agua de un trago. Chasquea la lengua. Se seca el sudor con el brazo. De fuera llega la sinfonía hermosa de las chicharras, excitadas por el calor. Él enciende otro cigarrillo. Sus manos son grandes y masculinas, como las que desearía tener toda mujer cada noche.

Mientras sigue fumando, su mujer recoge la cocina. “No hace falta que me ayude, lo haré yo”, le dice a la madre. La abuela, vestida de negro y con el pelo blanco recogido con un moño, se acomoda en una mecedora. Teje una rebeca para el próximo invierno. Cuando llegue octubre, el calor dará paso al frío, con mañanas heladas y tardes tristes y sin luz. La rebeca, a la que se dedica con esmero y cariño, es para su nieta mayor, que anda delicada de los bronquios. La niña lee un cuento de piratas que le regaló su maestra. Le pregunta al padre el significado de palabras como “escotilla” y “galeón”. Él los ignora: “Pregúntale a tu madre, que de libros sabe más que yo”.

La hermana pequeña juega con Meli. Le ha prometido que serán siempre amiguitas; incluso cuando se casen, nunca se separarán. La niña acaricia el pelo rojizo de la muñeca y con sus dedos le da golpecitos en la nariz. La aprieta con dulzura contra su pecho. Meli sonríe dejando ver un diente roto, lo que le da un aire de niña traviesa.

El reloj marca las once de la mañana. De repente suenan unos golpes fuertes en la puerta principal. La mujer, soliviantada, sale de la cocina y cruza una mirada de nerviosismo con el marido.

—¿Quién será a estas horas de un domingo?

La niña mayor ha dejado de leer y la pequeña de jugar con Meli. La abuela ha dejado descansar la rebeca sobre sus piernas. Vuelven a golpear la puerta, esta vez con más fuerza.

—Voy a abrir, a ver quién es —dice el padre.

Al abrir la puerta ve los rostros fatigados de dos milicianos jóvenes. A uno de ellos, el más bajo, lo conoce de vista, de los años que vivió en la ciudad. Este miliciano arroja al suelo el cigarrillo que tenía entre los labios.

—¿Se puede? —pregunta con voz firme dando a entender que manda sobre la voluntad de su compañero.
—Pasad.

Los tres hombres cruzan el zaguán hasta llegar al comedor. Las mujeres los esperan en silencio. Las niñas se sobresaltan al ver los fusiles de los milicianos colgados a sus espaldas.

—Hacía tiempo que no nos veíamos, Dolores —le dice el miliciano, sonriendo, a la mujer—. ¿Ya no bajas a la ciudad?
—No; los caminos ya no son seguros. Cuando hay que comprar algo, baja mi marido. ¿A qué vienes, Manuel?
—¿Aún no lo has adivinado? —replica él—. No hace falta decirte por qué estamos aquí. Siempre fuiste inteligente. ¿Dónde está tu hermano Narciso?
—¿A qué viene todo esto? —pregunta ella, contrariada.
—Buscamos a tu hermano por apoyar a los rebeldes. Cuando el golpe fracasó, tu hermano huyó; fue de los pocos que escaparon. Ahora lo estamos buscando, por enemigo de la República.

La mujer busca la complicidad del esposo pero este, bajando la mirada, prefiere no intervenir, como si se tratara de un asunto de conocidos que no le concierne.

—¿Quieres un vaso de agua, Manuel? —pregunta ella.
—No tengo sed.
—¿Lo quiere usted? —se dirige al otro miliciano, que había guardado silencio desde que entró en la casa.
—Gracias, un vaso de agua fresca me vendrá bien. Tengo la boca reseca. Llevamos despiertos desde el alba. 

La mujer se serena y toma fuerzas en la cocina. Regresa con el vaso del agua para el miliciano. Y dice:

—Hace más de un mes que no sabemos nada de mi hermano.
—Unos camaradas nos dijeron que lo habían visto merodear por esta aldea la semana pasada —replica el miliciano interesado en descubrir su paradero.
—Debieron de confundirlo con otro hombre —añade Dolores.
—Tenemos orden de registrar todas las casas en las que puedan esconderse fascistas, para llevarlos a los tribunales populares.

El marido, abochornado por su cobardía, intenta hablar pero la madre de la mujer se adelanta.

—¿No se dan cuenta de que hay dos niñas delante? ¡Qué espectáculo están dando!
—¿A qué viene eso, abuela? Las niñas tendrán que saber que estamos en guerra contra los fascistas ­—le contesta el miliciano, que se queda mirándola—. ¿Para quién es esa rebeca?
—Para mi nieta mayor.

El miliciano toma la prenda, la palpa y la huele durante unos segundos. El tejido es grueso y de buena calidad.

—Su nieta no pasará frío con esta rebeca —sonríe mientras se la devuelve—. Sólo de imaginármela con ella puesta me entran calenturas.

El miliciano estalla en una carcajada violenta. Todos le miran con perplejidad, empezando por su compañero. El ambiente se ha distendido con sus risotadas.

—Vamos a registrar la casa.

El padre se levanta del asiento para oponerse.

—Aquí no vas a registrar nada —se atreve a decirle sin firmeza.

Con rabia el miliciano aprieta la culata del fusil con su mano derecha, avanza unos pasos y acerca su cara a la del hombre para retarlo. El agricultor, que siente una mezcla de miedo y asco, desvía la mirada para no verle su dentadura caballuna.

—¡No hay cojones para impedirme registrar tu casa! —­le espeta al dueño—. ¿Lo has entendido? O nos dejas registrar la casa, o te detenemos por cómplice con los rebeldes. Tú decides….

El otro miliciano intenta apaciguar los ánimos entre los dos hombres. Coge del hombro al padre y le aconseja en un aparte.

—Venimos a cumplir una orden. No pretendemos molestar, pero hazle caso al camarada. Deja que registre la casa. Será mejor para todos.

El padre cae derrotado sobre la silla como un muñeco de trapo. No se atreve a mirar a la mujer. Se siente vencido, humillado. La abuela sujeta a las niñas de la mano; las dos observan atemorizadas la escena. Les acaricia el pelo y las intenta tranquilizar y les dice que no pasará nada. Las besa con ternura en la frente.

—Quédate aquí con ellos mientras intento encontrar a ese cabrón ­—le dice el miliciano malhumorado a su compañero antes de desaparecer del comedor dando grandes zancadas.

La abuela sigue consolando a sus nietas, que han dejado de llorar. El padre, sin poder dominar los nervios, enciende otro cigarrillo y le ofrece uno al miliciano.

—Gracias pero no fumo —se excusa.
—¿De dónde es usted? De aquí no, ¿verdad? —pregunta la abuela.
—¿Por qué está tan segura?
—Por su acento; no es como el nuestro.
—Llevo tres semanas aquí —agrega el joven—. Vine de Valencia con otros camaradas a aplastar la rebelión, y aquí me quedaré un tiempo hasta que esto se tranquilice.
—¿Tiene usted familia? —inquiere la anciana.
—Sí; una mujer y un niño, de la edad de su nieta pequeña. Espero volver a verlos pronto, pero lo primero es la revolución.

La abuela se mece sin dejar de mirar el rostro cetrino de este joven de ojos aceitunados y cabello rizado, moreno, atractivo y, a su juicio, con una elegancia impropia para ser miliciano.

La niña pequeña, olvidada ya la tensión que le había hecho llorar, se deshace del brazo de la abuela y corretea por la habitación hasta que fija su atención en la alacena del comedor y comienza a golpearla con las palmas de las manos.

—¿Qué haces, hija? ¿Quieres estarte quieta? —le recrimina la madre en un arranque de nerviosismo.

La niña hace oídos sordos a las palabras de la madre e intenta abrir uno de los cajones de la alacena.

Con un movimiento brusco, el padre se levanta de la silla y coge a la niña del brazo y la aleja del mueble.

—¿Quieres hacerle caso a tu madre?
—Me haces daño, papá —se queja la niña antes de ponerse a llorar otra vez.
—Anda, vete con la abuela, que es la única que te entiende.

La niña busca los brazos de la anciana, que la acoge en su regazo. La pequeña comienza a gimotear.

El marido y la mujer se miran de nuevo.

—Son cosas de niños; no hay que darle importancia —dice el miliciano, sorprendido por la reacción brusca de los padres ante lo que considera una mera chiquillada.

Del piso de arriba llega la voz agria del otro miliciano, que maldice su mala suerte. La casa tiene dos plantas. En la de abajo están el zaguán, el comedor, la cocina con su despensa y un pequeño despacho donde el agricultor se encierra cada tarde para llevar las cuentas. La planta de arriba acoge los dormitorios del matrimonio y las niñas y la habitación que ocupa ahora la abuela.

En su obsesión por encontrar al fascista, el miliciano ha revisado todas las dependencias de la casa. Ha abierto y vaciado armarios, ha mirado debajo de las camas, ha movido muebles por si ocultaban algún agujero en la que el ocultarse, ha removido montones de paja, ha buscado trampillas en el suelo, pero todo ha sido inútil pues no ha dado con una pista que le lleve al hombre que busca. A medida que se desvanece la posibilidad de atraparlo, su irritación va en aumento. Grita cada vez con más fuerza. Abajo la familia le oye pero no quiere darse por enterada. Entretanto, la anciana ha despertado la simpatía del miliciano que se ha quedado vigilándolos. De todos los presentes es la única que habla y obra con naturalidad, sin miedo. Acostumbrado al temor que despiertan los milicianos en algunas casas, el joven agradece la franqueza con que le habla la mujer.

—¿Qué es eso que lleva ahí? —dice él señalando el cuello de la abuela.
—Es una medalla de la Virgen de Cortes; fue un regalo de mi madre siendo yo una niña, cuando mi primera comunión.

El miliciano piensa unos instantes antes de responder. El matrimonio los mira sin atreverse a intervenir.

—¿Una medalla de una virgen? No son tiempos de vírgenes ni de santos —dice, y por primera vez pierde la serenidad. Su voz adquiere un tono áspero y seco—. Los curas, con sus mentiras, han envenenado al pueblo. Casi todos están del lado de los fascistas.

La mujer, lejos de amilanarse, no piensa callarse lo que piensa, en un gesto de imprudencia que su hija y su yerno reprueban con la mirada.

—Yo ya soy vieja, joven. El tiempo del que me habla ya no es el mío. Después de lo que hemos pasado, de lo que todos hemos sufrido estas semanas, sentiría un alivio si el Señor me llevase con él, pero su voluntad no es esa; quiera que siga aquí, al lado de mi familia, ayudándoles en estos días tan difíciles para todos.

El miliciano se queda admirado por la elocuencia de la mujer. Su serenidad en el hablar le llega a desconcertar.

El otro miliciano se acerca con pasos violentos. Entra en el comedor farfullando palabras soeces. Se le ve azorado, nervioso. El calor, junto con la urgencia de encontrar al fascista, lo ha agotado. Está sudoroso y resopla. Busca un punto de descanso y se apoya en la alacena. El peso de su cuerpo orondo desplaza levemente el mueble.

—Dile al fascista de tu hermano —dice dirigiéndose a la mujer joven— que no vamos a parar hasta encontrarlo. No debe de andar muy lejos. Dile también que con él haremos lo que hemos hecho con otros fascistas, fusilarlo por traidor a la República. Y en cuanto a vosotros, tened cuidado y no os paséis de listos porque como descubra que lo estáis ocultando, lo vais a pagar caro.

Agitado tras pronunciar esta amenaza, que es en realidad un desahogo tras el fracaso del registro, el miliciano se ajusta la gorra roja y negra y sale del comedor sin despedirse. El otro miliciano sí lo hace bajando la mirada, como si no aprobase del todo la soflama del compañero. Cuando se va a marchar, lo detiene la voz grave y firme de la anciana.

—¿No quiere quedarse mi medalla de la Virgen? Ya la he llevado muchos años y a usted quizá le haga más falta.

Por un momento cree que le está bromeando con intención de provocarlo pero se da cuenta, al mirarla, de que habla en serio.

—Soy ateo y no creo en vírgenes, pero se lo agradezco, señora.
—¿Está seguro? —replica ella—. Es de plata de ley, y dados los tiempos que corren…

El miliciano oye cómo su compañero le urge a marcharse de la casa, duda, da unos pasos en dirección a la mecedora pero algo le dice que no puede aceptar la medalla.

—¡Salud y República!—son sus palabras de despedida.

En la casa nadie habló hasta la hora de la comida. El hombre salió al campo para calmarse. El corazón aún le latía con fuerza. La mujer, en cambio, se tranquilizó limpiando los muebles del comedor. Se detuvo en la alacena, el mueble que más le gustaba de toda la casa, regalo de sus padres por su boda. Con un trapo húmedo lo limpió palmo a palmo hablándole con cariño, como si fuera uno más de la familia. “Ya pasó todo, ya pasó todo”, repetía ella entre susurros, acercando sus oídos a la madera por si había vida en su interior.