miércoles, 2 de agosto de 2017

La escritura o la vida


El día en que comencé a trabajar en el bufete de don Evaristo, mi padre me había enseñado a hacerme el nudo de la corbata. Tanto él como mi madre querían que su hijo causara una buena impresión en el despacho. Este iba a ser mi primer empleo desde que me licencié en la universidad. La noche anterior había ensayado, delante de un espejo, distintas respuestas a las posibles preguntas que don Evaristo me pudiera hacer, pero fue innecesario porque nuestra primera conversación, como casi todas las que tendríamos en los años que pasé en su bufete, fue muy breve. Su secretaria, que era una mujer refinada, que siempre andaba sobre tacones finos y de la que se sospechaba que podía ser su amante, me abrió la puerta del despacho. “Don Evaristo, ha llegado el nuevo pasante”. Él, que consultaba unos papeles, levantó la mirada, se ajustó los lentes y, sin levantarse del asiento, me extendió la mano. Era una mano difícil de olvidar; una mano pequeña para la altura del hombre que estaba delante de mí, suave, muy blanda, casi gelatinosa. Me preguntó de dónde era, en qué universidad había estudiado y si venía dispuesto a trabajar duro. “Yo valoro más el trabajo que el talento”, me dijo con sequedad. Luego me dio un dossier con decenas de sentencias que debía leer y estudiar para elaborar informes sobre jurisprudencia. En aquel momento acabó la conversación. No volvería a hablar con él hasta que pasados unos meses, cuando un tío mío falleció en un pueblo apartado de la provincia, le pedí el día para asistir al entierro. Él aceptó pero me dejó claro que tendría que recuperar esas horas perdidas. “Venga usted un sábado por la mañana. Lucio le dejará las llaves”.

Lucio era el hombre de confianza de don Evaristo; lo había elegido para coordinar a los abogados que trabajábamos en el despacho. Éramos cuatro: dos hombres y dos mujeres. A mí, por ser el recién llegado, me dieron el trabajo que nadie quería hacer, elaborar informes, pero eso ya quedó dicho. Tuvieron que pasar algunos meses hasta que preparé mi primer juicio. Lo perdí pero la culpa no fue exclusivamente mía. En realidad hice lo que pude, pero el caso que cayó en mis manos carecía de defensa. Mi cliente había dejado de pagar las letras de su coche alegando que la llegada de un nuevo hijo —acontecimiento que ni su mujer ni él esperaban, dijo— les había trastocado el presupuesto familiar. Sabiendo que el juicio estaba perdido de antemano, solicité una moratoria en el pago, apelando a razones de humanidad que fueron desatendidas. El juez, a la vista de escuchado en el juicio y de la documentación aportada por las partes, dio la razón a los demandantes y acordó el embargo de la vivienda de mi cliente, un cuchitril sin ascensor, ubicado en un barrio del extrarradio de la ciudad.

Pese a que no había ninguna posibilidad de obtener una sentencia favorable, perder aquel juicio, el primero de mi carrera de letrado, me entristeció hasta dudar de mis capacidades. Para estas situaciones difíciles contaba siempre con el apoyo de Elvira, mi novia que luego se convertiría en mi mujer. Recuerdo la tarde en que quedamos en un café de la Plaza Mayor, después de mi primer día de trabajo. Ella estaba radiante y feliz por mí. Se sentía orgullosa de que yo, a fin de cuentas un hijo de una familia más modesta que la suya, hubiera metido la cabeza en uno de los bufetes más reconocidos de la ciudad. Esa tarde hasta la vi guapa, y en realidad no lo era siendo joven, ni después en la madurez, cuando su rostro ovalado se fue marchitando como el de una flor en una habitación sin luz. Entonces éramos felices y creíamos que casi todo era posible de alcanzar si nos lo proponíamos. Aquella tarde ella me dijo que renunciaría a su puesto de administrativa en una correduría de seguros si mi posición de abogado se consolidaba en el bufete de don Evaristo. Estaba dispuesta a prescindir de ese empleo, que tanto le había costado conseguir, para cuidar de mí y de los hijos que tendríamos. Esa promesa la cumplió, como cumpliría otras, poco después de que el dueño del bufete, en uno de nuestros breves encuentros, me dijera, con su estilo lacónico y áspero, que había superado mi periodo de pruebas y que me quedaría en el despacho. Fue una gran alegría para los dos porque lo esperábamos para decidir casarnos. Su padre nos ayudó en la compra del piso donde siempre vivimos y que permanece hoy cerrado, a la espera de comprador.

Esos primeros años de matrimonio fueron años de dicha. Ser feliz o tratar de serlo consiste en aceptar los límites y no sobrepasarlos. Elvira y yo vivíamos dentro de nuestras posibilidades, sin gastar nunca de más. Ella se ocupaba de la economía familiar sacándole el máximo partido al dinero que le traía a casa. Siempre fue hacendosa, y buena y generosa conmigo; estuvo a mi lado cuando mis padres murieron y fue mi sostén cuando a mi hermano, el único que tengo, acabó en un manicomio por una extraña enfermedad mental que arrastraba desde niño. Nunca tuve valor para ir a visitarlo en esas circunstancias pero ella, que fue siempre más fuerte que yo, lo veía una vez al mes y le entregaba un regalo que yo le había comprado para lavar mi mala conciencia.

Aquellos años de felicidad matrimonial se fueron quedando atrás cuando fuimos aceptando, dolorosamente, la idea de que no seríamos padres. Su mayor ilusión había sido la de quedarse embarazada, y yo fui incapaz de darle un hijo. Nunca me lo reprochó con palabras pero sí con sus silencios, cada vez más frecuentes, a medida que fuimos envejeciendo y nos fuimos convirtiendo en dos extraños bajo el mismo techo, hasta que aquella felicidad se transformó en una convivencia respetuosa pero seca de afecto, como un árbol que ha dejado de dar frutos y debe ser cortado.

Antes de aceptar el fracaso de no tener hijos, era ya un conocido abogado en los juzgados de la capital; no me faltaban pleitos para vivir con cierta holgura. Cuando don Evaristo se jubiló y su hijo heredó el despacho, pensé en establecerme por mi cuenta con los ahorros que tenía, pero al final no me atreví a dar el paso porque siempre me ha faltado el valor para tomar decisiones arriesgadas. De aquel grupo de compañeros con los que comencé a trabajar sólo quedaba yo. Bajo la nueva dirección del hijo, representante de una segunda generación llamada a hundir el negocio de la primera, el bufete fue perdiendo el prestigio adquirido por el padre. Debido a la falta de organización y de seriedad del nuevo dueño, muchos clientes nos dieron la espalda. Eso nos obligó a reducir gastos cambiando el despacho por otro más pequeño, que ya no estaba en el centro de la ciudad sino en la tercera planta de un antiguo bloque de viviendas protegidas de un barrio obrero.

El único beneficio de perder clientes es que tenía más tiempo libre para mí. Cuando llegaban las cinco de la tarde había acabado mis tareas. Con disimulo sacaba un libro de la cartera y comenzaba a leerlo como si se tratara de un manual de Lefebvre. Ningún compañero reparaba en ello, y yo, que he sido siempre muy diligente en el cumplimiento de las leyes, sentía un placer intenso porque estaba burlándole unas horas a mi empresa de toda la vida. Había tardes en que buscaba cualquier pretexto para alargar mi jornada laboral y ser el último en marcharme del despacho. Engañaba a la empresa, a mi jefe y a mis compañeros, pero también a mi esposa, a quien le ponía excusas para justificar que llegaría tarde a casa. “La cena se te va a enfriar”, me decía con su acostumbrada tristeza.

En los últimos años en el bufete, antes de que cerrara por la ausencia total de clientes, leí cientos de libros. Leí a los grandes y a los mediocres pues, como escribió alguien, no hay libro malo del que se pueda aprender algo. Cuando algún día me ponía exquisito escogía las novelas del siglo XIX. ¡Qué tardes tan deliciosas y qué horas tan placenteras leyendo a Balzac, Flaubert, Tolstói, Dostoyevski o el bueno de Dickens! Perdía la noción del tiempo creyéndome compañero de aquellos personajes nacidos de la imaginación de unos autores por los que cada día sentía más admiración. Leí también a los modernos pero era tal esfuerzo que debía hacer para seguir a Faulkner o a Joyce que no podía pasar de las veinte primeras páginas de sus libros. Confieso que he sido conservador en mi vida, también en la literatura.

Pensé que la lectura iba a ser mi único consuelo para los pequeños desastres de la vida pero lo que no sospechaba era que, por mucho deleite que esta me provocara, nunca sería igual que con la escritura. Leer me llevó a escribir. Un día, leyendo a un escritor de ciencia ficción (creo que su nombre era Ray Bradbury), tomé nota de uno de sus consejos: “Si escribes cien relatos, siempre habrá uno que será bueno.” ¿Podría yo escribir un relato que cautivase a los lectores? Si me había pasado media vida redactando demandas, recursos e informes jurídicos, si la palabra escrita había sido uno de los resortes de mi profesión, ¿por qué no intentar trasladar esa experiencia al terreno de la imaginación? Así lo hice y no me arrepiento de ello, pero pronto me di cuenta de que redactar un informe sobre jurisprudencia era muy distinto a escribir ficción. Poco a poco fui abandonando mis lecturas para dedicar ese tiempo a mis primeros relatos. Con la inexperiencia de todo principiante, con las dudas sobre la verdadera calidad de mis cuartillas, fui pergeñando unas historias que tenían mucho de mí pues si se las leía con detenimiento, deteniéndose en el significado de algunos detalles, era fácil encontrar pistas sobre mi biografía.

A Elvira le extrañó mi repentina afición por enhebrar historias que sólo podían interesarme a mí, dado que dudaba de mi talento narrativo. A fin de cuentas era un abogado de provincias que apenas había viajado por su país y que, a juicio de los que le trataban, era un hombre gris, de escasa conversación y que no destacaba ni en lo bueno ni en lo malo. Comprensiva como siempre era conmigo, se fue resignando a no hacer lo que más le gustaba, a ir juntos al cine los sábados por la tarde después de merendar en una cafetería modernista que la especulación urbanística —lo que se entiende hoy por progreso— acabó a golpe de piqueta. Los sábados pasé a dedicarlos a escribir, encerrado en una buhardilla donde acumulábamos los trastos. Mientras ella se iba apagando, yo rejuvenecía con esta pasión descubierta. Llegué a presentarme a un concurso literario de una caja de ahorros y logré el tercer premio, un triunfo notoriamente modesto que sólo obligaba a los organizadores a publicar el relato en el diario local, cosa que hicieron, para mi desgracia, pues apareció con tal cúmulo de erratas que el texto movía a chanzas entre mis conocidos. No había día en el bar que no se riesen del engendro. Jamás volví a enviar más trabajos a ningún concurso.

La enfermedad de Elvira me obligó a dejar de escribir durante un año, en que me dediqué a cuidar de ella. Peregrinamos por las consultas de varios médicos con la esperanza de que alguno de ellos contradijese el diagnóstico del primero. Pero todos nos dijeron lo mismo, que no había solución para Elvira. No nos resignamos; fuimos a Madrid en dos ocasiones, cuando ella apenas podía ya andar, a la consulta de un especialista muy reputado, de esos que salen en televisión, en busca de una solución milagrosa que no se dio. Ella murió el Día de Todos los Santos, por esas paradojas irónicas del destino. Ya hace once años que nadie me prepara un vaso de leche caliente con un poco de miel antes de dormir.

Aunque nuestro matrimonio había sido un fracaso en lo principal, en la búsqueda de una descendencia, la ausencia de Elvira, el no volver a escuchar su voz atiplada, ni sus pasos por la mañana después de despertar, el silencio que me había dejado por herencia, me quebró por dentro. Ella había sido el último lazo que me quedaba con el mundo y este se había roto. No quería saber más de un mundo en el que, como un espejo roto, no me reconocía. Era un extraño para mí y para los demás. Poco después de su muerte me jubilé. Dejé de tratar a la familia y rehuía a los conocidos que me seguían invitando a las partidas de brisca en el bar. 

Me agarré a la escritura para soportar la soledad. De ser un escritor en mis ratos libres pasé a estar sentado diez horas delante de las cartillas intentando escribir el relato que colmaría mi vanidad de narrador. Escribía y reescribía una frase, la leía en voz alta, la tachaba, me exasperaba por no encontrar la palabra adecuada, y así se me pasaban las horas, muchas horas. La escritura era mi vida, y mi vida era la escritura, y no tenía otra obsesión que hurgar en las palabras para extraer el líquido con que alimentar mi ambición de escritor novel. Acabé cientos de relatos y hasta una novela corta ambientada en una de las muchas guerras civiles de nuestros antepasados. La publiqué con mi dinero, y fue un fracaso: tan sólo se vendieron diecisiete ejemplares en la provincia, la mayoría entre conocidos que me consideraban una buena persona. Semejante traspiés, lejos de desanimarme, fue un acicate para seguir escribiendo.

Ahora dispongo de menos libertad para escribir. Desde que me trajeron a esta residencia —un lugar infecto, todo hay que decirlo—, tengo que cumplir, como el resto de los viejos, unos horarios irracionales de desayuno, comida y cena. ¡Parecemos europeos! Nos obligan a acostarnos a las nueve de la noche y nos tienen prohibido encender la luz, así que no puedo ni leer, ni mucho menos escribir. Como esto me parecía un atropello, saqué mi carácter leguleyo y protesté, en nombre de mis compañeros, pero la directora, una mujer altiva y seca como un trozo de mojama, se negó a atender mi petición alegando que las normas estaban para cumplirse, llevaban en vigor una década  y nos obligaban a todos. Menuda pájara.

Cada mes viene a verme mi único sobrino. Al poco de ingresarme en este tétrico lugar, le encargué que me comprara un libro y él fue incapaz de recordarlo. Viene a lo que viene. Me imagino que contará los días que me quedan de vida. Hablamos poco, por lo general de menudencias, de fútbol o de sus estudios, que le van mal, porque nunca ha sido de hincar los codos, o de su última novia, que es rubia y de pueblo. Sus visitas son breves. Siempre tiene algo que hacer. Como carece de imaginación, me pone la misma excusa para marcharse pronto. Pero antes me pide dinero; luego me da dos besos y no vuelvo a verlo en un mes. Nunca ha mostrado interés por ninguno de mis relatos, y eso me duele. Como a los chavales de su edad, la letra impresa le horroriza. En la residencia sólo una enfermera muy joven se acercó interesada a preguntarme por lo que escribía. Tal vez lo hizo porque ella y el resto de personal me ven desmejorado y decaído; era una forma tibia de consolarme, pero aun así le agradecí el gesto y le regalé mi novela fracasada. No me he atrevido a preguntarle si le ha gustado; ella no me ha vuelto a hablar del libro, así que creo que no lo ha leído.

Todos en la residencia están preocupados porque mi obsesión por escribir me ha llevado a comer muy poco, a abandonarme. También duermo mal. La semana pasada, en una de sus visitas rutinarias, el médico, alertado por lo que está ocurriendo, se acercó y me preguntó cómo me encontraba. Le dije que algo falto de fuerzas pero que a mí edad esto era normal. Luego me tomó el pulsó y me auscultó. Confundió mi nombre: “Don Francisco, debe usted volver a comer como antes. Si sigue así, perdiendo peso, tendremos que llevarlo al hospital.”

El doctor lleva razón. Me siento débil; me mareo con frecuencia, cuando no vomito lo poco que como. Las fuerzas me flaquean; mis piernas son como dos alambres encorvados que apenas pueden sostenerme; me tiemblan las manos y mis ojos, hundidos y sin brillo, anuncian la despedida.  Dicen que por las noches me despierto sobresaltado y comienzo a hablar y a balbucear palabras inconexas cuyo significado nadie entiende, y dan miedo. Mi compañero de habitación se ha llevado algún susto y ha pedido que le cambien.

Esto está llegando a su final, pero no me importa. Sé que me queda poco tiempo; no me engaño. Los días o las semanas que me restan de vida los quiero emplear en seguir escribiendo, obsesionado con la idea de ese relato que perseguí siempre y no alcancé a acabar, una historia como esta, la que tú, esmerado lector, has tenido entre tus manos, que espero te haya proporcionado el placer de espíritu que mereces y a mí me haya garantizado unas líneas a pie de página en la posteridad. Con eso me conformaría y daría por buenos tantos desvaríos y fracasos varios, tan característicos de la condición humana.

sábado, 8 de julio de 2017

Extraña manera de complicarse la vida

Allí seguía la verruga, debajo de la comisura de los labios de la mujer. La verruga de la portera, que había crecido desde la última vez, presentaba un aspecto imponente. Volvía a recordarle a aquella compañera que cumplía los años el mismo día que él y que había muerto de cáncer una Navidad. Ella también tenía una verruga en la barbilla. Atendía las llamadas telefónicas, y era una mujer triste y servicial que guardaba siempre palabras cariñosas para los hijos de él. El hombre había llamado al portero automático, le habían abierto y se había dado de bruces con la portera, siempre vestida de negro, siempre atenta a no perder un detalle del visitante, con su moño recogido y sus modales antiguos. Fregaba el piso de la entrada del edificio y él, después de saludarla sin mirarle a los ojos para evitar sus preguntas, tuvo buen cuidado de caminar por las baldosas que no estaban mojadas. Acostumbrada a que no se apreciase su trabajo, agradeció el gesto del caballero. Le sonrió. El hombre prefirió no subir en el ascensor porque la casa que iba a visitar estaba en el primer piso.

A punto de alcanzar el rellano de la escalera oyó cómo se abría una puerta. Subió los últimos peldaños con el paso lento y delicado de una bailarina virgen, también como el delincuente que teme ser oído por los vecinos antes de cometer su fechoría, y llegó a la puerta, que tenía una imagen del Sagrado Corazón de Jesús encima de la mirilla. La puerta se estaba abriendo con extrema pereza, sin que la persona que la abría dejara ver su rostro. Sólo cuando estuvo dentro de la casa vio que a su izquierda le esperaba, escondida, la madame de siempre, vestida con una bata rosa y algo raída. Esta vez se había recogido su melena tintada de un rubio extravagante con unas horquillas.

Tanto el vestíbulo como el largo pasillo de la casa permanecían en penumbra. La  oscuridad quedaba matizada por dos filas de velas colocadas en el suelo. No había muebles; cómo decoración, si por tal podía ser considerada, sólo había dos posters de la actriz Ornella Mutti, pegados en la pared con chinchetas y que nadie se había tomado la molestia de quitar.

La madame le hizo pasar a un cuarto en el que nunca había estado. Era el único que estaba abierto. En la oscuridad de la habitación —pues la mujer no había considerado conveniente encender la luz—, el hombre cumplió con la formalidad de preguntarle por la chica de otras ocasiones.

—Jennifer estará ocupada en un servicio de una hora.
— No puedo esperar tanto tiempo. Quizá sea mejor que vuelva otro día.

El hombre hizo por salir del cuarto y ella lo retuvo cogiéndole de la muñeca, y le dijo:

—¿No quiere conocer a otras chicas? En la variedad está el gusto, ¿no cree? —La mujer desplegó una sonrisa más turbia que picarona, y el cliente se inquietó; quería marcharse—. Nos ha llegado una chica brasileña de la que sólo he recibido buenas palabras de los clientes. Un auténtico bombón, créame.

El hombre dudó.

—¿La tarifa sería la misma que con Jennifer?
—La misma, y ya sabe que no regateamos con los minutos, como sucede en otros sitios. Somos una casa seria, de las de toda la vida. Lo importante es que el cliente quede satisfecho. No dejamos de innovar.

El hombre sacó del bolsillo trasero del pantalón dos billetes para pagar el servicio. La madame cogió el dinero y se despidió con la sonrisa de un vendedor de seguros.

—¡Adriana, te reclaman! —oyó decir a la mujer mientras se paseaba por la largo pasillo con aires de falsa princesa, después de cerrar el sexto trato del día con un cliente. El negocio, que estuvo a punto de cerrar cuando todo se vino abajo, volvía a dar dinero. El teléfono no dejaba de sonar. Las tarifas habían aumentado, lo que había contribuido a elevar el nivel de la clientela. 

Transcurrió un largo minuto hasta que el hombre, sentado sobre el borde de la cama, con la mirada puesta en la puerta desconchada, oyó unos tacones agresivos y desganados que se iban aproximando. El suelo lloraba. La titular de ese taconeo violento abrió la puerta sin llamar y pasó a la habitación. Se acercó al hombre y se dieron dos besos en el aire. Vestida con un salto de cama negro, dejó una toalla encima de una silla, y con la mirada breve le pidió que se fuese desnudando. Aunque no era ni mucho menos la primera vez que visitaba una casa de citas, le resultaba siempre embarazoso desnudarse ante una desconocida. Con Jennifer hubiera sido diferente pero con esta joven silenciosa y de rictus serio, tan cicatera en sonrisas, que juzgaba cada uno de sus movimientos sin parpadear, el ir desprendiéndose de la ropa se le antojaba incómodo.

—¿Vamos al jacuzzi? Tenemos tiempo suficiente —dijo Andrea cuando él se había desnudado por completo.

Cuando la vio introducirse en el jacuzzi se dio cuenta de que llevaba tatuado un alacrán en la espalda. Era una mujer joven, que no había llegado a los treinta años, resultona de cara, piel trigueña, de caderas anchas y pechos raquíticos, culo prominente y unas manos pequeñas y cuidadas. Estaba lejos de ser atractiva y, a juzgar por su comportamiento, también de ser agradable. Pero era joven. La juventud era un bien preciado en estas casas, la sangre fresca con la que alimentar a la clientela.

Él le pidió que le frotara la espalda con una esponja y ella se lo hizo sin pronunciar una palabra.

—¿De dónde eres? —preguntó, incómodo con los silencios de la joven.
—De Brasil.
— ¿De qué parte de Brasil? ¿De Río?
—No, de un pueblo del estado de Bahía.

Ella comenzó a frotarle el pecho. Él le cogió la mano, le quitó la esponja y le hizo acariciarle el vello. Aproximó su cara para besarla pero la joven se apartó. Tuvo que conformarse con besarle el cuello. Sus labios y su lengua fueron ascendiendo hasta alcanzar una de las orejas de Andrea. La mujer tenía los ojos cerrados, rígida como una tabla de madera que se veía obligada a cumplir con una obligación penosa. El hombre penetraba su oreja con la lengua; comenzó a morderla y ella lo apartó de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó, contrariado.
—No me gusta que me muerdan las orejas, me siento incómoda —replicó ella—. ¿Vamos a la cama?

No esperó a oír la respuesta del cliente. Se levantó y él volvió a tener el alacrán a la altura de sus ojos. De niño siempre les había tenido miedo a las arañas y a los alacranes. Temía que le picaran y morir por ello. Una vez le picó una avispa, el brazo se le hinchó y desde entonces les tenía pánico a todos los insectos.

Ella se echó en la cama y le dio la espalda, como si se tratara de un matrimonio vencido por años de convivencia resignada. Él se apretó a su cuerpo para que notara su excitación. Besaba su cuello y le tocaba los pechos. Tenía ganas de que ella abandonara su inhibición y se prestara a jugar con él, como hacía Jennifer en las tardes que lo recibía a comienzos de cada mes. Quería excitarla, provocarla, tocándole los pezones hasta que estuviesen duros. Le había recogido la melena morena y rizada para lamerle el cuello. Con los ojos cerrados ella seguía sin decir palabra.

—¿Por qué sigues tan callada?
—No me gusta hablar en estos momentos.
—¿Y no lo harías por mí? A mí me gusta que me digan cosas para excitarme.
—¿Qué cosas? —preguntó ella, que se manejaba todavía con un español elemental, contaminado de expresiones portuguesas.
—Obscenidades, palabras sucias que muchas parejas se dicen para entrar en calor.
—Ya… pues entonces tendrás que buscarte a otra. No te voy a dar lo que me pides.
—A Jennifer tampoco le gustaba al principio pero al final sí que lo hacía y, últimamente, parecía que no le desagradaba.
—No insistas más. Si no te gusta, la próxima vez no preguntes por mí.

Al decir esto se había desembarazado del cliente y se había puesto en pie. Él seguía tendido en la cama, extraño como un gran insecto al que le habían perdonado la vida, queriendo pensar que ella volvería a su lado para acabar haciendo el amor.

—Todavía nos quedan quince minutos. Vuelve a la cama, por favor.

Ella vaciló pero al final dejó caer la toalla que se había puesto para cubrir sus pechos y regresó a su lado. El hombre fue besándole los pechos, haciendo círculos con la lengua en torno a sus pezones, sin atreverse a morderlos por temor a que se volviese a molestar. Ella lo miraba sin expresividad contando los minutos que quedaban para que llamaran a la puerta. Él fue descendiendo por el vientre hasta llegar a su sexo. Le abrió las piernas. Lo acarició sin prisas y comenzó a lamerlo. Por un instante ella perdió el control de la situación, volvió a cerrar los ojos y colocó su mano derecha sobre la cabeza del cliente. Quería que siguiera, que no la levantara. Imaginó que era otro hombre, que no estaba en esa habitación triste, pequeña y mal ventilada, que sus padres vivían aún, que trabajaba aún de peluquera en el barrio donde nació; intentó imaginar que su vida volvía a ser como antes de aquel día trágico.

—¿Te gusta cómo lo hago?

Ella asintió, tímidamente, con la cabeza.

La respuesta afirmativa de la mujer envalentonó al cliente que creyó haber vencido la frialdad de su compañera de cama. Dejó de comerle el sexo y, en un gesto inesperado para ella, empezó a acariciarle las mejillas. Se dejó hacer. No esperaba esa muestra de cariño. Volvió a imaginarse que ese hombre que la acariciaba, que había pasado de los cincuenta, con una pequeña cicatriz en el mentón, mal afeitado y probablemente casado, ese hombre era otro hombre, aquel que se había estrellado conduciendo un camión con ganado a la salida del pueblo de sus padres.

—Quiero besarte —insistió.
—Ya has visto que no me gusta que me besen los clientes —cortó de manera seca recuperando la frialdad de antes.
—Yo quiero besarte. Tengo derecho. He pagado por ello. Llevamos veinte minutos y aún no me has hecho ni una felación.
—Ni te la haré como sigas así.

Ella intentó levantarse de la cama dando por concluido el servicio pero él la retuvo. La agarró del cuello e intentó besarla entre forcejeos.

—Te he dicho que no. ¿No lo has entendido, cabrón?

La llamó “mala puta”.

Los dientes de ella se clavaron en el cuello del hombre. La madame, que a esas horas preparaba una cena frugal para sus pupilas, oyó el grito del cliente y salió corriendo para ver qué había ocurrido. El hombre, sollozando, se tapaba la herida con una mano. Salía sangre de ella. Viendo la escena, la madame se percató de que su intuición no le había fallado tampoco en esta ocasión; que cuando hace una semana esta joven brasileña callada y taciturna, recomendada por un cliente que tenía por serio, llamó a su casa buscando trabajo no se lo debería haber dado. No sabía nada de ella pero algo le decía que le traería problemas.

—¡Márchate con las otras; tú y yo hablaremos después! —La joven salió de la habitación como había entrado, hiriendo el suelo con un taconeo violento.
—¿Quiere que le traiga algo de alcohol y algodón para curarse la herida? —preguntó la madame al cliente, que seguía maldiciendo a la chica.
—Traiga algo para taparme la herida. Así no puedo llegar a mi casa. ¿Cómo le voy a explicar a mi mujer que me han mordido en el cuello?

El hombre permanecía cabizbajo, sentado en la cama, meneando la cabeza, sin encontrar una solución para el problema en que se había metido. Sudaba.

—¿Y ahora qué hago?

La madame regresó con alcohol, algodón y tiritas. Antes le había comunicado a la joven prostituta que abandonaría la casa al día siguiente. “No quiero volver a verte nunca más”. Chicas como ella, que no conocían el sentido del deber y del sacrificio, pelanduscas de tres al cuarto, echaban por tierra toda la buena fama de su negocio que con tanto sudor le había costado levantar desde los tiempos en que vivía su marido, responsable de haberla metido en este bendito oficio y que hoy descansaba en paz. Hombres como su marido ya no se estilaban.  

—¿Se encuentra mejor?
—No sé cómo puede tener a chicas como esta en su casa. Debería haber vuelto otro día, cuando Jennifer hubiese estado libre.

El hombre se fue vistiendo con su traje gris de oficinista. Casi lloraba. Se hizo el nudo de la corbata mirándose en un espejo en cuyo marco habían colocado una estampa de la Virgen de Cortes. Creyó ver que la Virgen se reía de él, de su situación embarazosa, pero no podía ser cierto: una Virgen no se alegra del mal ajeno. De la herida ya no salía sangre pero quedaba una huella profunda que se transformaría en un moratón. Inclinándose en su justa medida, la madame se deshizo en disculpas con él y se comprometió a no cobrarle el próximo servicio si seguía confiando en sus chicas.

Cansado de asistir al papel de humillada que la madame representaba con esfuerzo y no demasiado convencimiento, el hombre se despidió sin mirarle a los ojos. Pero antes ella echó un vistazo por la mirilla para confirmar que no había ningún vecino en el rellano de la escalera. Por suerte no vio a la portera, que había terminado su trabajo. Le dolía el cuello. En su casa nadie iba a entender lo que le había pasado. Se había subido el cuello de la camisa. En realidad hacía frío. No sabía dónde había dejado el coche. 

martes, 6 de junio de 2017

Soria hermosa y olvidada

La plaza Mayor de Medinaceli está desierta al mediodía. El ayuntamiento permanece cerrado al igual que el museo arqueológico. El Palacio Ducal, de estilo renacentista, que ocupa una manzana y alberga un centro de arte contemporáneo, sí está abierto. Su fachada, como las de otros palacios que hemos visto durante el viaje, necesita una reforma urgente para la que no debe de haber dinero. Estamos en la terraza del único bar. De su interior nos llega una canción pegadiza. Es una extraña sensación la de tener una plaza medieval para ti solo. Al cabo de unos minutos aparece una pareja de turistas despistados. Son jubilados. Hacen las consabidas fotos y deciden entrar en el palacio que presenta riesgo de derrumbe. Allá ellos.

Volvemos a estar solos. Nadie diría que esta villa —a la que  se cita en el Poema de Mio Cid porque doña Jimena y sus dos hijas pasaron por ella camino de Valencia— tiene más de 700 habitantes. Sólo vemos algo de movimiento en los hoteles de la entrada al pueblo, a escasos metros de donde se levanta un arco romano del siglo I después de Cristo, en mejor estado de conservación que el Palacio Ducal de la plaza Mayor.

Medinaceli, tierra de frontera, ha sido la última parada por las hermosas y abandonadas tierras de Soria. Hace ya una semana que regresamos de recorrer sus carreteras y caminos, que degustamos la comida y bebimos el vino de sus pueblos en los que siempre fuimos tratados con hospitalidad. Ahora que la memoria se conserva fresca para recordar lo sentido y lo vivido, uno concluye que esta vez acertó al proponer viajar a esta provincia oriental de Castilla la Vieja. El viaje fue breve, de apenas tres días, pero fecundo. Soria te seduce por sus bellos paisajes y su patrimonio histórico y cultural: puede presumir de la grandeza de un pasado como pocas zonas del país. Soria guarda también algunas de las mejores páginas de nuestra literatura. Antonio Machado, a quien los sorianos le deben tanto, está presente a cada paso que el caminante da; junto al poeta sevillano emerge la obra de un Gerardo Diego, de un Dionisio Ridruejo, de un Bécquer, todos ellos vinculados a Soria. Pero ese pasado digno de tanta admiración y encomio contrasta con la estrechez del presente y la aridez de un futuro lóbrego. Esos pueblos desiertos, abandonados, sin rastro de niños ni de jóvenes, ayunos de trabajo y carentes de porvenir…

A la capital llegamos una tarde de de martes, procedentes de Calatayud. En esta ciudad aragonesa —la cuarta de la región por población— recorremos su casco histórico del que sobresale, por su majestuosidad, la portada-retablo de Santa María la Mayor, de corte renacentista, realzada con una torre mudéjar. En esta ciudad aún se conservan vestigios de un arte mudéjar que está repartido por todo Aragón, singularmente en la provincia de Teruel. Este casco histórico presenta ciertas señales de abandono y dejadez, como pueden verse en tantos pueblos del país. En la plaza Mayor de Calatayud nos fijamos en el antiguo ayuntamiento cuya última reforma fue inaugurada por los reyes eméritos, Don Juan Carlos y Doña Sofía. Gracián la menciona en El Criticón, plaza que se hizo popular gracias a una copla: “Si vas a Catalayud pregunta por la Dolores…”.

Comimos regular en el restaurante de un hotel de la Alameda.

Calatayud está a 97 kilómetros de Soria capital. La carretera que las conecta es la N-234. A Soria entramos por un puente romano. Por suerte no nos costó aparcar. El hotel que habíamos reservado está en la plaza Mayor. Fue una pena que un lugar tan hermoso estuviera ocupado parcialmente por las carpas de un banco. El hotel es modesto y coqueto. Es ese tipo de establecimiento que cuenta con un solo empleado por cada turno que desempeña toda clase de funciones: de recepcionista, limpiadora, camarera de piso, etc. A esto se la he llamado movilidad funcional, lo cual debe de ser una auténtica ganga para el dueño del hotel.

Después de dejar el equipaje nos lanzamos a la calle del Collado, la arteria principal del centro de la ciudad donde se encuentra gran parte de la vida comercial. Comienza en la plaza Mayor y te lleva hasta la Alameda de Cervantes. No serán más de quinientos metros. Al mediodía y por la tarde bulle de gente que se saluda a cada pocos pasos. Aquí da la impresión de que todo el mundo se conoce (Soria no llega a los 40.000 habitantes). Pasamos a la altura del Círculo Amistad Numancia, lo más parecido al casino de una capital de provincias, y saludamos a Gerardo Diego, que permanece sentado leyendo un libro. Más adelante, en la plaza Ramón Benito Aceña, donde cenaremos dos noches, hay una placa de mármol que recuerda el solar donde se levantó el edificio en el que vivieron los hermanos Bécquer, Gustavo y Valeriano. Esta plaza es una zona de tapas y de cañas. En Soria, como en toda Castilla, se come bien y a buen precio.  

Giramos en una de las esquinas del Collado y nos perdemos por la calle Aduana Vieja en la que destacan el palacio renacentista de los Castejones y la casa de los San Clemente. Este último resulta ser propiedad de la familia Marichalar, donde durmió el crápula de Alfonso XIII. Unas cadenas que cuelgan debajo del balcón lo testimonian. Enfrente está el instituto Antonio Machado, donde puede visitarse el aula en la que daba clase a comienzos del siglo XX. Hay expuestas, dentro de una vitrina de cristal, algunas actas de las calificaciones firmadas por el poeta. Una de ellas la componen siete u ocho alumnos, todos ellos aprobados, algunos con nota. La tarima, la mesa donde impartía sus lecciones de francés, los pupitres llamativamente pequeños, no más de una docena, se conservan tal como entonces. Hay retratos de Antonio Machado con su mujer Leonor. Se casó con ella cuando esta tenía sólo quince años. La muerte le llegó a los dieciocho. El poeta no se repuso nunca de la pérdida. La imagen de los dos recién casados te la encuentras en cada rincón de la ciudad. Ella sentada y él de pie, como se estilaba en la época. 

Al lado del instituto se levanta una joya románica, la iglesia de Santo Tomás. En la nave central descansan Amalio de Marichalar y Bruguera y Concepción Sáenz de Tejada y Fernández de Bobadilla, los consuegros de los reyes eméritos. En el crucero, separado por unas verjas de hierro, un grupo de clarisas cantan a espaldas de los feligreses. Algunas son jóvenes. Cuando nos vamos a marchar un hombre pequeño y simpático se nos acerca para preguntarnos si somos forasteros. Le contestamos afirmativamente. El hombre tiene ganas de hablar. Vuelve a preguntar: “¡¿Sois un poquito creyentes?”. También a esto le decimos que sí. Despejada la duda, nos entrega una estampa de la madre Clara de la Concepción. “Para que se la entregáis a vuestras madres”, nos dice. Esa monja, ya fallecida, es la responsable de una congregación de 57 clarisas que viven y oran en Soria. El hombre nos habla de un pariente suyo, Enrique Tierno Galván, agnóstico hasta que le llegó la hora de la muerte. Entonces decidió volver al seno de la Iglesia católica, según la versión piadosa del pariente. Habría que preguntarle al viejo profesor si el familiar está en lo cierto o ha forzado las costuras de la realidad. 

Va cayendo la tarde y la aprovechamos para ver un palacio renacentista, el palacio de Condes de Gómara, hoy reconvertido en Diputación. Siguiendo el consejo del pariente de Tierno Galván, nos acercamos a la iglesia de San Juan de Rabanera, también de estilo románico. Entro en la librería Santos Ochoa, que conozco de mi estancia en Logroño, donde también tiene un punto de venta, y compro la novela Juego y distracción de James Salter. Sabia elección, como comprobaré después. Me llevaría casi todos los libros pero no tengo espacio ni dinero.

Por la noche cenamos en el bar del hostal Apolonia. En la tele echan otro partido en el que gana el equipo de siempre, con un jugador portugués como bandera. 

A la mañana siguiente decidimos visitar Burgo de Osma. A mitad de trayecto nos detenemos en Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor, según reza la leyenda. Se cuenta que el caudillo árabe, el terror de los cristianos del siglo X, sufrió aquí su derrota definitiva y murió. Catalañazor es hoy una villa antiquísima, hecha con casas de adobe y madera, un lugar para recibir y vivir del turismo de fin de semana y vacaciones. Es obligado entrar en este pueblo por la belleza que atesora y la serenidad que transmite. Los únicos negocios que se ven son restaurantes y hoteles y casas rurales. El ayuntamiento está cerrado. Vemos una furgoneta de Correos circulando por sus calles estrechas.

Burgo de Osma es una localidad de apenas 5.000 habitantes. Es la tierra de personajes tan dispares como Dionisio Ridruejo y Jesús Gil y Gil. La arteria principal, donde se concentra la vida comercial, es la calle Mayor. Hacemos un alto en ella. El estilo arquitectónico barroco del ayuntamiento, del siglo XVII, emula, con sus dos torres, al hospital de San Agustín, situado enfrente. La calle Mayor desemboca en una plaza donde nos está reservado el monumento más sobresaliente del pueblo: la catedral, construido en distintos siglos, que combina el gótico clásico de la portada principal con el barroco de su torre.

En las afueras del pueblo hay un parque que sigue el curso del río Ucero. Caminamos por un sendero y nos encontramos a familias con niños, jubilados tomando el sol y a los inevitables ciclistas. El clima es ideal, benigno, de una primavera que reconforta. En sitios tan apacibles como este tiene sentido hablar de calidad de vida. Se respira el sosiego que nos está vedado en las ciudades desquiciadas de las que venimos y de las que huimos cuando podemos a la menor oportunidad.

De Burgo de Osma, otro pueblo que vive del turismo a juzgar por el número llamativo de hoteles, regresamos a tiempo a Soria para comer. Escogemos la taberna Capote. El menú nos convence: calidad a buen precio. Cuando llegamos a los postres no sabemos si volver al hotel o acercarnos a ver las ruinas de Numancia, a sólo siete kilómetros de la capital. ¡Qué excelente elección hicimos al tomar la carretera para dirigirnos a Numancia! Situada al lado del pueblo Garray, donde deben de veranear las familias pudientes de la capital, Numancia es un inmenso páramo que conserva las ruinas del pueblo celtibérico que le dio nombre y que pasó a la historia, como es sabido, por su larga resistencia a los ocupantes romanos. Cuando Numancia se había convertido en un problema aparentemente irresoluble para la soberbia y poderosa Roma, un problema de Estado, un cónsul, Publio Cornelio Escipión, hubo de tomar el mando para doblegar la férrea voluntad de los numantinos. Le precedía la fama de militar eficaz (y algo sanguinario), ganada a pulso en la III Guerra Púnica contra los cartagineses. Pero Numancia nunca se rindió; sus habitantes, antes que caer en manos extrañas, prefirieron quemar el poblado y suicidarse en masa.

La visita a las ruinas dura hora y media. El guía es un arqueólogo experto; nos gana con su elocuencia y simpatía. Entramos en dos reproducciones de casas de antes y después de la conquista de la ciudad, casas que, salvando pequeñas diferencias, podrían encontrarse en los pueblos del interior de la Península hace no más de sesenta años.

Con el recuerdo imperecedero de Numancia, de cuyo combate con los romanos podemos extraer lecciones para nuestro mundo actual, entre ellas las del coraje y la lealtad a una forma de vida, llegamos a Soria a media tarde. Todavía nos dará tiempo a visitar el claustro románico de San Juan del Duero. Para llegar debemos atravesar el puente romano que sirve de entrada a la ciudad. Hablar de Soria, hablar de la vieja Castilla, es hablar del Duero que desciende caudaloso en dirección a Burgos.

Oscurece en Soria y la temperatura cae con crueldad insospechada. El bullicio de las horas centrales de la tarde deja paso a la soledad y el silencio de la joven noche. La gente se recoge pronto en esta ciudad. Descubro una placa, al inicio del Collado, en memoria de Julián Marías, que pasó aquí muchos veranos con su familia. Acabamos cenando en la tasca de la noche anterior. En la televisión vuelven a echar otro partido de fútbol. Juega un equipo del nordeste peninsular. Doble alegría la que nos llevamos cuando sus jugadores son incapaces de meterle un gol a los italianos. Con esa moderada satisfacción regresamos al hotel. Por la noche combinamos la ternura de las sábanas con el placer de la lectura, pongamos por caso una de las primeras novelas de Miguel Sánchez-Ostiz, Tánger bar

Vivir es ir despidiéndose de todo y de todos. La mañana fría de un jueves decimos adiós a Soria la bella, la pequeña y coqueta Soria, la Soria del románico y de Machado. El día ha amanecido soleado pero frío. El sol está en plan rácano. La calle del Collado es atravesada por niños que, acompañados por sus madres, arrastran las mochilas para llegar al colegio. La mayoría de los comercios aún no han abierto. Cruzamos la plaza Mayor para acercarnos a la calle donde hemos aparcado el coche. Antes nos despedimos de la estatua de Leonor que tiene un aire a la última duquesa de Alba. Le mandamos recuerdos para su marido Antonio. En sus ojos vemos que nos desea un buen viaje.

Dejamos Soria en silencio, bajo un cielo sin la amenaza de nubes. Paramos a comer en Monreal del Campo, ya en la provincia de Teruel, en una pastelería donde habíamos desayunado en el viaje de ida. Un hombre de sonrisa franca, piernas arqueadas y ademanes toscos nos sirve el plato del día, un estofado de cordero que acompañamos con una ensalada de tomate con queso de cabra. Manjar exquisito y sencillo. Así nos vamos curando de la extrañeza de alejarnos de Soria.

Al entrar en la provincia de Castellón el clima se enrarece. El cielo se cubre de nubes que son como ovejas grises. La carretera registra un tráfico intenso a estas horas de la tarde. La gente vuelve del trabajo. Los dos estamos cansados y queremos llegar a casa cuanto antes.

En mi dormitorio, mientras emborrono este cuaderno, me cuesta sacudirme la nostalgia. Tengo aún la sensación de que estoy oyendo el discurrir de las aguas del Duero y que paseo, en amorosa compañía, por un paseo rodeado de sauces. Esa cercanía de esos sauces llorones me hacen sentir triste, esa tristeza tan machadiana, marcada por la certeza de que a todo le llega su final. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Mi padre es un 'loser'


¿Por qué todos los profesores de inglés son maricas? No hay ninguno que se salve. Miguel, Raúl, Jorge el de la academia y ahora Joan, todos lo que me han dado clase son maricas. A este último se le nota mucho la pluma. María, mi amiga de 4º de ESO, dice que lo vio agarrado de la cintura con un tío más joven. A mí, cuando me lo dijo, no me extrañó nada. Además no lo esconde. ¡Si lo viera la abuela Herminia! Ella, tan religiosa como es, siempre de misa los domingos, odia a los gays. Dice que son tan enfermos como el que tiene un cáncer, y que habría que mandarlos a un médico para curarlos. De hecho conoce el caso de un chico (me parece que sé quién es), hijo de unos amigos suyos, que se curó yendo a un psiquiatra. Ahora tiene novia y se va a casar, al parecer. En fin, son las historias de mi abuela, te las puedes creer o no, a veces te ríes con ellas y otras te aburres. A mí me parece que se le está yendo la cabeza desde que murió el abuelo.

Que Joan sea gay me da un poco igual. Que cada cual haga lo que quiera con su vida pero sin molestar a los demás. Eso lo he aprendido de mi padre. Mateo, el novio que tengo ahora, no piensa como yo. Mateo, con sólo quince años, opina como mi abuela. Si por él fuera, enviaría a todos los maricas a una isla. “Así no volverían a molestar”, me dice riéndose. Mateo es un poco sádico. Yo creo que le pesa mucho la educación que ha recibido de sus padres, que han sido demasiado estrictos con él y con sus siete hermanos. ¡Ni móvil le dejaban llevar hasta hace sólo un año!

Mateo va a mi clase. A él se le da mejor el inglés que a mí. De Joan se ríe por su acento:  “Se le nota que aprendió inglés sin salir de España”. Lo dice él, que todos los años lo envían sus padres a Inglaterra. A mí, como mucho, me pagan una academia cuando suspendo la asignatura. Nunca me ha gustado el inglés, esa es la verdad, se me resiste, no tengo la facilidad de Mateo para hablarlo.

Ayer Joan estaba explicando el significado de algunos adjetivos. Intentaba hacerse oír levantando la voz porque la mitad de la clase estaba hablando. En realidad nadie le atiende desde el día en que se echó a llorar delante de todos porque Alex, el más golfo de mis compañeros, le gritó: “¡Chúpame el nabo!”. Desde entonces aprovechamos cualquier ocasión para reírnos de él. Pues ayer, como decía, estaba explicando algunos adjetivos. Entonces nos aclaró la diferencia entre ser ganador (winner) y ser perdedor (loser).

—¿Nunca habéis escuchado eso que se dice en los Oscar de “And the winner is…”.
—¿Y qué son los Oscar? —pregunta Sergio, el más tonto del grupo.

Solo uno de los treinta compañeros sabía qué eran los Oscar. No era yo, claro. De camino a casa estuve dándole vueltas al significado de esas dos palabras, ganador y perdedor, y me acordé de Javier, el profesor de castellano. No sé por qué lo hice; tal vez porque siempre no está insistiendo en que debemos sacarnos la ESO si no queremos ser “carne de cañón”. “¿Qué es carne de cañón, profe?”, le preguntamos. “Carne de cañón es aquel al que todo el mundo pisa y del que todo el mundo se ríe. Yo no quiero que vosotros lo seáis”. Su respuesta nos dejó pensativos a Mateo y a mí. No estoy segura de que lo entendiéramos, pero si tuviera que pensar en alguien que es carne de cañón no tengo dudas de quién sería: mi tío Ramiro, que no levanta cabeza, el pobre, desde que lo echaron de la fábrica. Ahora vive de lo que le presta la abuela. Lo sé porque mi madre le regañó por teléfono por gastarse ese dinero en cervezas y máquinas tragaperras. 

Mi tío Ramiro debe de ser un loser. A mi casa viene a comer algún domingo. Mi padre habla poco en la comida, se siente incómodo con su presencia. Cuando cruzamos la mirada adivino la razón de esa incomodidad porque mi padre, como mi tío, también es un loser. Sé de lo que hablo y voy a explicarlo.

Hace un mes Mateo y yo nos saltamos las clases de la mañana. Nos fuimos a un parque donde a esas horas sólo hay viejos paseando a sus nietos. Buscamos un banco recogido para que no nos viera nadie. Somos novios desde Navidad, pero él es muy tímido y no ha pasado de darme besos en los labios. Otro ya me hubiera metido mano, otro como Álex. Quiso salir conmigo pero le contesté que no. “Que te vayan dando”, me dijo el muy gilipollas. Prefiero a Mateo aunque sea tímido. Es guapo y me trata bien. Aquel día le llevé su mano derecha a mis pechos. Cerré los ojos y, al abrirlos, mi mirada tropezó con alguien familiar. Era mi padre. En un primer momento temí que me hubiera visto allí con Mateo metiéndome mano, pero no podía haberme reconocido porque estaba cabizbajo, mirando el suelo, sentado en un banco a lo lejos, con su maletín de cuero entre las piernas, las manos cruzadas. Mi padre no se movía; parecía una estatua de piedra. Era como si no estuviera en este mundo. Llevaba puestas las gafas de sol, lo que me sorprendió porque el día había amanecido muy nublado. Todo era extraño, difícil de explicar. A esas horas debía de estar trabajando en su empresa, que está en la otra punta de la ciudad.

Le puse una excusa tonta a Mateo para que nos marchásemos. “¿Qué te pasa?”. “Nada, que no me gusta este sitio”, le dije. Tenía miedo de que mi padre levantara la cabeza y nos viese. Al cabo de dos semanas volví a convencer a mi novio para que nos saltásemos las clases y fuésemos al parque. “Pero ¿no me dijiste que este sitio no te gustaba?”. Quería ver si mi padre volvía a estar en el mismo banco de la otra vez. Allí estaba con su traje gris, su camisa blanca, su corbata granate para ir al trabajo y sus zapatos lustrados. Parecía que no se había movido de allí desde el día en que lo vi: la misma posición, la mirada clavada en el suelo, el maletín entre las piernas, apoyando ahora los codos sobre sus rodillas. Esta vez tampoco me reconoció. Ya no tuve dudas de que mi padre era un loser.

—Hija, ¿has acabado los deberes? Tu padre no tardará en llegar. La cena estará en cinco minutos.

Mi madre es una pesada. Se pasa la vida en la cocina, viendo la televisión (esos programas de cotilleos sobre famosillos) y tomando café con sus amigas divorciadas. Dejó de trabajar cuando me tuvo a mí y a mi hermano. Últimamente se le ha agriado el carácter. Será la menopausia… No sé cómo la aguanta mi padre.

—Ya voy, mamá, estoy acabando un trabajo del instituto.

Mentira. No estoy haciendo los deberes; estoy escribiendo el diario que mi profesor de castellano me pidió que hiciera al comprobar que redacto mejor que mis compañeros. Me ha dicho que me subirá la nota al final de curso. Aquí voy apuntando todo lo que me pasa, todo lo que pienso y siento, alguna que otra chorrada también. Al principio me costaba por la falta de costumbre, pero ahora escribo todos los días.

Ha sonado el timbre: debe de ser mi padre.

—Hija, ve a abrir, que estoy todavía con la cena.

Abro la puerta.

—Hola, papá, ¿qué tal el trabajo?
—Bien pero muy cansado, Lucía. Estamos a fin de mes. Los jefes aprietan, mucho papeleo, reuniones y más reuniones, y eso se nota.
—Bueno, pero pronto tendrás vacaciones para descansar con nosotros.
—¡Claro que sí! Estoy deseando tomarlas y que tu hermano y tú terminéis los exámenes con buenas notas. ¿Te gustaría volver a Benidorm como hace dos veranos?
—Me encantaría; hay mucho ambiente allí. ¿Recuerdas que hice dos buenas amigas que todavía conservo?
—Sí, ¿te refieres a esa chica de Valencia que su padre murió en un accidente de tráfico en Navidad?
—Sí, a Luisa, la pobre lo está pasando muy mal y su madre peor. Ha tenido que ir a un psicólogo. 
— Es normal que las dos estén afectadas. Perder a un padre debe de ser terrible a esas edades. He pensado que debíamos buscar un hotel más sencillo en Benidorm aunque esté lejos de la playa, sin tanta gente, para estar más tranquilos. Este año estaremos menos días porque tu abuela está delicada de salud.
—Yo veo bien a la abuela, papá, pero si tú lo dices será verdad.      

domingo, 26 de marzo de 2017

La niña muerta

La niña ha muerto. Nadie lo sabe aún, pero la niña ha muerto. La muerte entró, sin avisar, en la sala de cuidados intensivos. La muerte le ha respetado los ojos, abiertos, como dos piedras preciosas de color verde. Los padres, agotados de tantas noches en vela, duermen en dos butacas incómodas, de cuero viejo, que el hospital pone a disposición de los acompañantes de los enfermos. Los padres ignoran que su criatura partió de este mundo y descansa ya en el valle de los niños muertos. Cuando despierten serán un hombre y una mujer sin consuelo posible. Pero aún no han despertado. El silencio de la habitación se rompe por los pasos acelerados de una enfermera que cruza el pasillo.

Es una noche cerrada de un día de otoño de un año cualquiera. La niña llevaba ingresada una semana. Existía la frágil esperanza de que volvería a superar otra crisis. En el colegio, antes de despedirse, la niña decía que le habían descubierto otro bultito en la cabeza, y añadía, riéndose, que pronto volvería para jugar con sus compañeros en el patio. La señorita, disimulando la emoción, daba la razón a Victoria y le aseguraba que estaría para el festival de Navidad, y así todos le darían gracias al Niño Jesús.

El padre ronca, y sus ronquidos tienen algo de cómico en una noche trágica. La enfermera entra para controlar la evolución de la pequeña paciente. Le toma el pulso. La niña no responde. La enfermera, nerviosa, comprende en ese momento que todo ha terminado. Nunca te acostumbras a la pérdida de un niño, se dice. Toda muerte es dolorosa pero no hay ninguna comparada con la de un niño. Nos deja sin respuesta. ¿Por qué? El rostro de la pequeña ha adquirido el blanco frío de una muñeca de cera. La enfermera llama al médico de guardia. Los dos le comunicarán la noticia a los padres. Desconcertados, en una especie de duermevela, Ángel y Susana no creen lo que están escuchando. No puede ser verdad. El doctor, midiendo inútilmente la crueldad involuntaria de sus palabras, les dice que Victoria ha muerto. El padre se retira a llorar a una esquina de la habitación y comienza golpear su cabeza contra un pilar. La madre grita horrorizada mientras la enfermera la coge de la cintura; grita como han gritado todas las mujeres de la historia cuando han perdido a un hijo. Un grito de desolación, irreparable, que llega hasta los tuétanos del alma.

Susana besa a su hija, mi amor, mi niña, cuándo vas a despertar, mi niña, por qué Dios mío, por qué te llevas a mi hija, qué te ha hecho ella, por qué no te llevas a mi marido o a mí, maldito seas, Dios, descansa, cielo, que luego despertarás y volverás a estar con mamá y con papá y con tu hermanito, no tengas miedo, que mamá está contigo, te quiero, mi vida, te quiero mucho.

El médico y la enfermera se marchan de la habitación. Dejan a los padres solos, con su dolor. Se abrazan sin palabras. Él la atrae con fuerza; a ella le fallan las piernas, cree desmayarse y él la tiene que sujetar para que no se caiga al suelo. Así están unos minutos, en silencio. Después el padre besa la frente fría de la niña y repite un millón de veces el hombre de la hija, Victoria, Victoria, mi niña, no nos dejes solos. Le coge las manitas y se las aprieta, y el padre llora y se siente ridículo y siente miedo de lo que está por venir, de ese futuro en el que no volverá a escuchar la risa de Victoria cuando veía los dibujos animados las mañanas de los sábados. El silencio de una habitación cerrada, una cama que no volverá a hacerse, las preguntas del hermano que la echará pronto de menos, a todo eso tiene miedo.

La madre se seca las lágrimas. El padre, que ha levantado a la niña de la cama, se la entrega a la mujer, que la coge en brazos y la mece como hacía cada noche para que la niña se durmiese. La madre la balancea y se sorprende cantándole la nana que su madre le cantaba cuando tenía la misma edad que Victoria. Susana acaricia el pelo rubio y ensortijado de su hija y se fija en el hombre que tiene enfrente, sentado en una butaca, prematuramente envejecido, con la cabeza agachada entre las piernas, y siente que no lo reconoce. En diez años de matrimonio nunca había pasado por esa situación de extrañeza. ¿Quién es el hombre que repite el hombre de mi hija?

—Dentro de una semana hubiera cumplido cinco años —dice él y ella la deja caer en su regazo y nota el frío de su cara y de su frente, y se ve rota por dentro, para esta vida y para las siguientes, destrozada sin redención posible, consciente de que deberá vivir entre escombros y recuerdos imposibles. Se ha convertido en una huérfana de su hija.

¿Dónde estaba Dios cuando murió la niña? ¿Dónde se hallaba el ángel de la guarda encargado de protegerla de la muerte? Los padres de Victoria creían en Dios pero ya no creen; creían en la Virgen y ya no creen en ella; creían en la misericordia de Cristo y dejaron de creer en Cristo. Los padres no comprenden nada. ¿Por qué os habéis llevado a mi hija?, se pregunta la madre. La pregunta se quedará sin respuesta para siempre. Mientras, el padre, ajeno a letanía amarga de la mujer, coge con suavidad la mano derecha de la niña, la acaricia y juega con los rizos rubios de María, y por un momento piensa que todo fue una pesadilla y que pronto la pequeña abrirá los ojos de un sueño pesado.

Llaman a la puerta y es el capellán del hospital. El cura es un hombre joven, bajo y regordete. Debido a su falta de experiencia, aún no sabe cómo actuar en estas circunstancias. Los consejos valen de bien poco cuando has de enfrentarte a una pareja que ha perdido a un hijo. Ignoras cómo reaccionarán.

Estos padres lo miran sin decirle nada. El sacerdote se ve en la obligación de decirles algo. El silencio le incomoda.

—Lamento mucho la muerte de vuestra hija, tan pequeña. Sabéis que podéis contar conmigo para lo que necesitéis.

El joven cura hace intención de acercarse a la niña para darle su bendición.

—¿A qué ha venido? ¿Acaso le hemos llamado? Aquí no tiene nada que hacer. ¡Márchese con su Dios y déjenos en paz! —dice la madre clavándole la mirada en la cruz que cuelga de su pecho.

El cura desanda sus pasos, balbucea unas palabras de despedida y cierra la puerta. Desaparece.

La mujer sigue sin reconocer al hombre que tiene sentada a su hija en las rodillas, pellizcándole los mofletes como hizo el día en que la ingresaron en el hospital. Aquella mañana la niña estaba animada y respondía con una carcajada a los pellizcos de su padre. Por la noche pidió una tortilla francesa para cenar y durmió como un ángel.   

domingo, 25 de diciembre de 2016

El mostacho

Jerónimo Cienfuegos acostumbraba a llegar a la clínica diez minutos antes de la consulta con su psiquiatra. Nunca le habían gustado las prisas ni llegar con el tiempo justo a los sitios. Las prisas eran siempre malas consejeras, según le había aconsejado su abuelo materno. Tampoco le gustaba la lluvia, y hoy llovía, y mucho. Como no veía ni escuchaba los noticiarios, había salido a la calle sin paraguas. En la parada de autobús le habían caído las primeras gotas. En el trayecto había comenzado a diluviar. Al llegar a la clínica estaba empapado. Nada más abrir la puerta, la enfermera le miró con el rabillo del ojo antes de saludarle. Era una mujer distinta a la que había conocido en la cita anterior, cuando había acudido de urgencia debido a una de sus frecuentes crisis nerviosas.

Desde que un amigo le había recomendado a su psiquiatra el doctor Pisano, oriundo de Montevideo había tenido la oportunidad de conocer a seis recepcionistas, todas ellas elegidas de acuerdo con el mismo patrón: eran jóvenes, ninguna alcanzaba los treinta años; delgadas, ciertamente atractivas y con una simpatía reñida con la naturalidad.

Jerónimo dio las buenas tardes a la única persona que permanecía en la sala de espera. Era un hombre con apariencia de jubilado que no le devolvió el saludo. En una mesita de cristal se amontonaban revistas médicas que probablemente nadie había leído en meses, quizá en años.

El doctor Pisano siempre había sido puntual al llamar a sus pacientes. Por eso, a Jerónimo Cienfuegos le sorprendió el retraso en hacerle pasar a la consulta. Tuvo que esperar veinte minutos antes de que la recepcionista le informara de que el doctor estaba preparado para recibirle.

La consulta no había sufrido ningún cambio desde la primera vez que visitó la clínica. La decoración tenía un estilo minimalista. El mobiliario era escaso, moderno y frío, con un predominio de los blancos y los grises. En la mesa del doctor no había papeles, sólo un ordenador y la foto de una adolescente que podría ser su hija. Una reproducción del cuadro El gran masturbador, de Salvador Dalí, colgado a las espaldas del doctor Pisano, rompía la monotonía de la sala. No era extraño que en sus primeras visitas los pacientes, en lugar de atender las explicaciones del médico, fijaran la vista en la obra del pintor ampurdanés.

El psiquiatra era un hombre correcto, de maneras corteses y frías, a quien le gustaba mantener una prudente distancia para que nunca se confundiese lo profesional con lo personal.

—Veo que tenía cita para dentro de dos meses  —dijo después de consultar la ficha del paciente.
—Sí, doctor, pero no podía esperar tanto tiempo. Necesitaba verle ya porque estoy atravesando una de mis peores crisis.

El doctor volvió a mirar la pantalla del ordenador y, sin desviar la vista, le preguntó:

—¿No le ha hecho efecto el último tratamiento que le receté?

Jerónimo negó con la cabeza.

—¿Ni siquiera ha habido un mínimo progreso? —insistió el psiquiatra.
—Lamento decirle, doctor, que la idea de combinar las pastillas con la ingesta diaria de  rabo de toro no ha dado resultados.

El doctor Pisano se quedó pensativo tratando de buscar el comentario más pertinente para no herir la sensibilidad de un paciente para el que creía no tener ya solución.

—Desde que vino por primera vez a mi consulta lo hemos intentado todo: en un primer lugar, el tratamiento farmacológico, basado en inyecciones, pastillas y polvos; viendo que no daba el resultado esperado, recurrimos a las terapias alternativas, a pesar de que no eran de su agrado —dijo el médico.
—Comprenda que tratar de recuperar la virilidad con una muñeca hinchable de rasgos caribeños no era la mejor manera de ganarme a mi mujer —contestó Jerónimo.
—Me hago cargo de lo que pretende decirme —continuó el doctor—, pero recuerde que hemos ensayado todas las opciones posibles que existen en el campo de la medicina para corregir, o al menos mitigar, su pertinaz dolencia.

El adjetivo pertinaz le hizo recordar a Jerónimo tiempos en blanco y negro, con señores de rictus severo que acumulaban riquezas entre el miedo y la indiferencia de la gente.

—¿Y algo más que se pueda hacer, doctor? ¿O debemos resignarnos mi mujer y yo a no ser una pareja como las demás?
—Su caso es complejo —respondió el médico—. A un profundo complejo de Edipo se une masculinidad frágil y diríamos titubeante que ha derivado en una crisis de potencia sexual como nunca había observado en mi ya dilatada carrera profesional.

Mientras lo escuchaba, Jerónimo se fue encogiendo en el asiento.

—En estos supuestos tan extremos, en los que todos los tratamientos han fallado, sólo nos queda un as en la manga, y muy pocas veces funciona, para qué engañarle —añadió el psiquiatra.
—Dígame cuál.

Se hizo un silencio que a Jerónimo le pareció eterno.

—Déjese bigote —dijo finalmente el doctor Pisano.
—¿Dejarme bigote? No le entiendo. ¡Me ha tomado por un imbécil! —dijo Jerónimo perdiendo su habitual calma.
—Serénese, señor Ciencifuegos —trató de tranquilizarle el médico, incómodo con la situación—. Recientes estudios de la universidad de Birmingham han desvelado que varones con problemas de disfunción eréctil habían recuperado hasta un 70% de su potencial sexual al dejarse bigote.

Jerónimo no sabía cómo responder a lo que el psiquiatra le había dicho. No podía estar tomándole el pelo. Siempre había dado muestras de ser un profesional serio. Aunque la idea le parecía descabellada, no tenía muchas más opciones para elegir. O se dejaba bigote y veía si le funcionaba, o se resignaba a incumplir con el débito conyugal con su mujer en lo que quedaba de vida, y su mujer ya había dado suficientes pruebas de ser una santa.

—¿Y valdría cualquier bigote? —preguntó Jerónimo venciendo por fin su reparo inicial.
­—Ahí entra en juego la personalidad del paciente y su voluntad por superar su impotencia total o parcial. Hay enfermos que se han curado dejándose un bigote muy fino, a lo Errol Flynn, y otros que han necesitado imitar el más voluminoso de Emiliano Zapata.

El paciente parecía haber recuperado la ilusión.

—¿Cuándo comienzan a verse los primeros resultados?

El psiquiatra, que dio muestras de su impaciencia al mirar dos veces su reloj, continuó:

—Los primeros progresos los advertirá, de ir todo bien, al cabo de tres meses. En primer lugar recuperará la autoestima como hombre, lo que permitirá ir elevando, poco a poco, la potencia de su miembro viril.
—Deduzco que para que el tratamiento funcione no deberá afeitarme el bigote en muchos años —dijo Jerónimo.
—Mi consejo, según lo que he podido leer, es que el bigote y usted deben ser compañeros inseparables durante mucho tiempo. La alternativa ya sabe cuál es, y no creo que le guste. Vuelva dentro de seis meses y hablaremos de sus progresos. Ahora, si me disculpa, debo atender a otro paciente.

Su mujer no podía creer lo que le decía su marido.

—¿Eso es lo que te ha aconsejado el psiquiatra? ¿Qué te dejes bigote para resolver tu problema? ¡Donde se habrá visto! ¡Ese médico no tiene vergüenza!

Cuando la veía de tan mal humor —comprensible por las renuncias que se había visto obligada a aceptar en la convivencia con él—, Jerónimo optaba por no contradecirla y se achicaba. No era un hombre de carácter, ni mucho menos. Había vivido acomplejado por su nulo atractivo con las mujeres, justificado en parte por un físico que desagradaba a primera vista. Esa falta de encanto le impidió frecuentar al sexo femenino hasta bien entrada la madurez.

A Amalia, su mujer, la conoció en un viaje a Tierra Santa organizado por la parroquia del barrio. No es que le gustara mucho, pero entendió que necesitaba tener a su lado a una mujer hacendosa, con las ideas claras, autoritaria y que tomase las decisiones en  casa. Buscaba a alguien que fuese lo contrario a él. Además, si dejaba pasar ese tren, quizá ya no llegase otro, después de varios intentos fallidos con otras mujeres. Con ella había celebrado sus bodas de plata.

Jerónimo esperó a que llegase el fin de semana para dejarse crecer los primeros pelos encima de su labio superior. Imaginaba la reacción que tendrían sus compañeros al verlo con su bigote incipiente, ellos que siempre habían aprovechado cualquier pretexto para hacer mofa de él. Los bigotes ya no se llevaban; eran un vestigio de un pasado color sepia. Ahora, para ser moderno, había que dejarse una barba bien poblada y acudir a la barbería cada semana para recortársela. 

Antes de dejarse el bigote, Jerónimo se había ilustrado sobre la materia. Había recopilado información sobre la historia del bigote (moustache en francés) deteniéndose, uno por uno, en todos los personajes históricos que lo habían llevado. Lo que pretendía, con tanta documentación, era decantarse por el tipo de bigote que mejor le convendría a su cara con forma de luna. Y así probó con el bigote a lo Clark Gable pero lo descartó; como también rechazó los de José Luis López Vázquez, Cantinflas, Jorge Negrete y Alfredo Mayo. Todos estos bigotes habían lanzado a la fama a actores y músicos. Lo intentó también con escritores imitando el estilo del bigote afeminado de Proust o el viril de Joyce y Faulkner; probó también con los pintores, con Diego Rivera pero sobre todo con los de Salvador Dalí, con sus puntas afiladas como cuernos, desafiando al cielo. Hasta se fijó en mujeres como la anarquista Federica Montseny, pero ni ella ni el resto de los hombres le convencieron.

Le quedaba probar con los bigotes de los políticos y los militares. La historia había conocido el ascenso al poder de dictadores que habían hecho del bigote una seña de identidad. Tenía donde elegir: Franco, Stalin, Hitler, por citar los más conocidos. No sabía por cuál decantarse, después de pensárselo mucho. Puede que una mezcla de estilos —en suma una síntesis ideológica— fuese la decisión más acertada. Y así salió del cuarto de baño, con un bigote entre autoritario y totalitario, de carcelero del Gulag y Auschwitz, un bigote para causar pavor e imponer respeto. La primera persona que retrocedió alarmada al verle fue su mujer.

—Estás irreconocible, Jerónimo —le espetó—. No sé que van a pensar de ti en la empresa.

En la empresa, lógicamente, se habló mucho del bigote de Jerónimo. Sus compañeros se rieron en presencia suya y a sus espaldas.

—Vaya, vaya, que el señorito Jerónimo se nos ha dejado un mostacho —dijo, entre risotadas, Borja, el compañero más odioso y temido por todos, cuyo ascenso profesional se debía al parecer a su amistad íntima con el consejero delegado.

Lejos de achicarse por las bromas crueles de sus compañeros, Jerónimo se vino arriba. En el primer mes de tratamiento recuperó su autoestima como varón, tal como le había pronosticado el doctor Pisano, y poco después, ya era capaz de mantener una erección durante dos largos minutos, lo que no le ocurría desde sus tiempos de veinteañero. Claro está que él no pensaba en Amalia para demostrarse que había recuperado el vigor sexual sino en la empleada de la panadería que le había guiñado el ojo un domingo, después de salir de misa de doce, cuando fue a comprar una bandeja de pasteles.

Con la confianza recuperada en su pene, Jerónimo se aprestó a recuperar el tiempo perdido, y vaya sí lo hizo, saliendo de farra con los amigotes los fines de semana en los que siempre acababan en algún club de alterne de carretera. Reacio al principio, por convicciones religiosas, a frecuentar prostíbulos y otros lugares de mala fama, le cogió el gusto al sexo mercenario y, hasta donde se conoce, ninguna de las meretrices tuve quejas de él en la cama, si bien las meretrices suelen omitir las críticas a los clientes, sobre todo si pagan las tarifas más caras, como era el caso.

De su segunda juventud se aprovechó, aunque no demasiado, es justo precisarlo, su mujer, con la que había vuelto a hacer el amor al cabo de muchos años de abstinencia. Hubo un sábado noche en que fueron cuatro las veces. A Amalia, al estar desacostumbrada, le temblaban las piernas cuando, tras el último coito, fue enjugarse la boca. No daba crédito al cambio experimentado por su marido. Esa transformación trascendió los límites de la fisiología y se hizo ideológica. De ser un hombre moderado y de ideas reformistas, Jerónimo pasó a ser un extremista de derechas o de izquierdas, según los días. Soñaba con invadir Polonia o anexionarse Crimea. Deliraba por las noches, hasta el punto de que su mujer tenía que bajarle el brazo en alto, afectado también de una extraña y persistente erección.

Pero lo que había sido una alegría momentánea de Jerónimo y su mujer se transformó en una pesadilla a medida que pasaban las semanas. Él se había convertido en un obseso del sexo. Dilapidaba el salario en frecuentar a mujeres de mala vida; consumía porno en la empresa (lo que, entre otros motivos, le llevaría a ser despedido); y se masturbaba en los aseos públicos como un chimpancé adolescente de zoológico. Lo peor es que lo hacía con la puerta abierta.

Las cosas iban de mal en peor. Llegó a tirarle los tejos a un policía local (ya no reparaba en sexos), lo que le hubiese metido en un gran lío de no haber recurrido a un pariente conservador que tenía influencia en el ayuntamiento.

No pudiendo soportar más el oprobio al que su marido le sometía engañándole con cualquier pelandusca, Amalia se dijo a sí misma “hasta aquí hemos llegado” y se fue a vivir con su madre a Albacete. Aconsejada por un abogado de la familia, presentó la demanda de divorcio. Eso fue un duro golpe para él.

Jerónimo había destruido su vida en sólo un año. En este tiempo toda la ciudad era conocedora de sus correrías y excesos. Sin mujer y sin trabajo, debía enfrentarse ahora  a perder su casa por el impago de la hipoteca. Le prestaron dinero para pagar una consulta con el doctor Pisano, quien había hecho todo lo posible por evitarle, ya que a él también le habían llegado las habladurías del comportamiento de su paciente.

La enfermera había cambiado, como en ocasiones anteriores. Era delgada, joven, ciertamente atractiva y con una simpatía reñida con la naturalidad.

—Doctor, he destrozado mi vida al dejarme bigote. Me han echado del trabajo, mi mujer me ha abandonado, puedo perder mi casa. Necesito que me ayude.

El psiquiatra tenía delante de él a un hombre derrotado, al que sólo su cobardía le salvaba de suicidarse.

—Si el bigote ha sido la causa de su perdición, aféiteselo —le dijo el doctor, lacónico.

Al escuchar estas breves palabras, Jerónimo se pasó el dedo índice por su bigote canoso y reparó en que seguía ahí, después de un largo año. Podía habérselo rasurado pero no lo había hecho. Se había acostumbrado a él pese a todos los problemas que le había traído. Pero había llegado la hora de quitárselo.

Ya en la calle, se dirigió a la parada de autobús. Era un día de principios de verano. Apretaba el calor. Debajo de la marquesina dos jubilados comentaban la noticia del día: el presidente ruso había ordenado invadir Polonia. “Ese hombre sí que tiene pelotas”, le decía uno a otro entre risas. Al percatarse de lo que estaban hablando, sintió envidia del dictador que, a diferencia de él, no había necesitado dejarse bigote para demostrar su hombría. Los dictadores del siglo XXI llevaban el rostro rasurado, pensó. En el autobús, de regreso a casa, reparó en que no le quedaban cuchillas de afeitar. Entonces fue cuando notó una flacidez en la entrepierna.