sábado, 30 de septiembre de 2017

Marcelo y el viejo profesor

¿Qué nos hace rebelarnos contra la ley severa el olvido y recordar a las personas que amamos y lloraremos después de muertas? ¿Por qué ellos se convierten en la excepción a la regla? ¿No sería más conveniente una memoria vacía de seres queridos y por tanto de dolor y sufrimiento? Mientras me hago estas preguntas la puerta metálica del antiguo seminario se abre lentamente, y detrás de ella aparecen ante mí las siluetas de dos ancianos que observan con curiosidad al hombre que ha llamado al timbre. No esperan a nadie a estas horas de la mañana. La ciudad está semivacía en un domingo de agosto. Los hay que duermen todavía y quienes se han marchado a la playa. Yo, que tengo algo de andarín incorregible, he madrugado para apropiarme de estas calles solitarias. Los ojos de los dos hombres siguen escrutándome desde lo alto de una escalera de piedra, mientras recorro los escasos metros que distan entre la puerta corredera y la entrada del edificio. Al acercarme me percato de que comparten las facciones; son hermanos. Su edad es parecida pues no deben llevarse más de dos o tres años. La vestimenta clásica, de tonos oscuros y grises, refuerza el parecido físico. Como otros curas jubilados, ellos viven en este lugar que fue reconvertido en residencia de ancianos al quedarse sin seminaristas hace muchos años.

—Buenos días ­—les saludo—. Venía a ver a don Jesús José.

Al principio no me contestan, hasta que el mayor de los dos rompe el silencio.

—Buenos días. ¿Se refiere a don Jesús José Rodríguez?
—Sí, al mismo. Soy un amigo suyo. Acostumbro a visitarlo cuando estoy de vacaciones.

El otro cura me saca de dudas.

—Ya no vive aquí. Hace un tiempo que su familia se lo llevó a una residencia.

El sacerdote evita darme más explicaciones pero su mirada me hace ver que Jesús José, cura como ellos, tuvo que ser trasladado a un geriátrico por razones de salud. Detrás aparece un joven negro de movimientos lentos, rígido con su alzacuellos, que permanece en silencio.

—¿Sabrían decirme dónde puedo encontrarlo?
—Se lo llevaron a la residencia Los Robles, a las afueras de la ciudad. De eso hace unos meses. Es la carretera que lleva a las Peñas; pero tenga cuidado porque está en obras —contesta el anciano de mayor edad.

Me despido y se dan la vuelta para entrar en el largo pasillo de un edificio que se asemeja a un laberinto siempre en silencio, un silencio que sólo queda roto a mediodía por el ruido que llega de la cocina. El joven negro me acompaña a la puerta y me desea un buen día. En la calle me cruzo con un par de jubilados que vienen de comprar el pan.

Dejo pasar parte de la mañana antes de acercarme a la residencia. Conozco el lugar porque hace cinco años lo visité acuciado por la enfermedad mental de un familiar. Fui a informarme de las condiciones para su ingreso pero al final no me hizo falta llevarlo porque murió. Sé qué carretera he de tomar pero tengo dudas sobre la ubicación de la residencia. Desde aquella vez no he vuelto a circular por ella. Tal como me había advertido uno de los curas, la carretera está en obras, lo que complica el trayecto y acrecienta mis dudas sobre cuál es la salida para llegar al geriátrico. Cuando llevo varios kilómetros circulando caigo en la cuenta de que mi sentido de la orientación me ha fallado. La residencia no estaba tan lejos de la ciudad. He debido de pasármela, así que doy media vuelta y regreso a la ciudad. Me cruzo con pocos coches. Conduzco con los ojos bien abiertos para no volver a perderme; voy mirando a mi izquierda y a mi derecha hasta que de lejos diviso un gran cartel que anuncia la residencia Los Robles. Ahora sí reconozco el edificio. Por fuera parece un hotelito para pacientes ricos que necesitan una cura de estrés. El aparcamiento está casi vacío. Miro el reloj, que marca las doce y media. Debería haber llamado para preguntar el horario de comidas. En estos sitios se come y se cena muy pronto.

En la puerta hay un hombre cabizbajo que habla solo, en un tono muy bajo, como si recitara una letanía incomprensible. Al notar mi presencia me mira con miedo, da un salto y se aparta a un lado. En la recepción me recibe un joven con una sonrisa estudiada y por tanto falsa. Me confirma que mi amigo, el viejo profesor, reside aquí. Quiere saber mi nombre y el motivo de la visita. Le digo, simplemente, que soy un amigo.

—Siga usted este pasillo y lo encontrará después de pasar el comedor —me explica.

En el pasillo hay futuros cadáveres vegetando en sillas de ruedas. La mayoría están solos. No sé si atribuirlo a que estamos en agosto, pero veo pocos familiares acompañando a estos ancianos. Me cruzo con dos jóvenes auxiliares que tienen palabras de cariño para uno de ellos. Encuentro sin dificultad la sala donde está el viejo profesor. Es una habitación rectangular. Hay catorce cuerpos repartidos en dos filas de siete. Salvo una mujer, que se ayuda con un andador, todos dormitan en sillas de ruedas. Las cabezas reposando sobre los pechos, las manos cruzadas sobre las piernas, las caras inexpresivas, la ausencia de conversación entre ellos, todo esto es lo que recorre mi vista antes de dar con la persona deseada. Mi amigo está al final de la fila de la derecha. Sentado sobre una silla de ruedas, es el único que lleva una sonda en la nariz para respirar. Lo vi por última vez hace dos años, cuando su cabeza ya emitía señales de deterioro y no quedaba apenas nada de su lucidez proverbial. Su cuerpo ha envejecido y de qué manera. Me apena verlo así. Si no fuese por sus gafas, que siguen siendo las mismas, su nariz aguileña y su camisa siempre con el cuello abrochado, sería difícil de reconocer. Está más delgado. Casi nada en este hombre recuerda a aquel porte vigoroso que entraba en clase con paso firme y decidido. Dejaba su cartera sobre la mesa y abría las ventanas aunque estuviéramos en enero. Se quitaba la txapela pues era vasco de Álava; después se frotaba las manos, sonreía y nos daba los buenos días. Y se ponía manos a la obra sin darnos un respiro. Nos intentaba enseñar todo lo que sabía de la lengua y la cultura griegas, que era mucho, deteniéndose en las historias de dioses y héroes que a mí me encantaban. Era diligente en su profesión, un hombre que amaba y creía en la enseñanza pública, a veces con un excesivo candor. Esa ingenuidad era un rasgo de identidad de un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra, de los pocos que vas encontrando por el mundo. Con frecuencia — he de admitirlo ahora, después de tantos años— copié en sus exámenes aprovechando que el profesor nunca sería capaz de cogerme en el renuncio porque veía ya muy poco (luego, cuando se jubiló, se operaría de cataratas).

Aún me acuerdo de nuestro primer día de clase con él cuando entró en el aula y sin mediar palabra escribió en la pizarra dos versos de Bertolt Brecht dirigidos a un obrero: “Lo que no sabes por ti / no lo sabes”. Te extrañaba que este catedrático de griego recurriese a un escritor marxista como tarjeta de presentación. Luego descubrimos que aquel Papa polaco, hoy inexplicablemente santo, no despertaba su simpatía aunque siempre lo respetó en sus comentarios, acaso obligado por la disciplina eclesiástica. Había días en que la actualidad se colaba en sus clases; era cuando se le humedecían los ojos después de conocer el desastre de Chernóbil. Otras veces nos leía a Jenofonte y se entusiasmaba contando la Expedición de los Diez Mil. En el cénit de esta retirada militar, cuando el ejército griego vio el mar Negro, lo que les acercaba a  su patria después de sortear toda clase de peligros, el viejo profesor levantaba la voz y extendía los brazos, en señal de euforia, como si él fuese uno más de la expedición. "¡Thalassa! ¡Thalassa! (¡El mar! ¡El mar!)", decía elevando su voz grave. 

Mi amigo creía en lo que decía; era uno de esos escasos ejemplos de coherencia porque las palabras se corresponden siempre con los hechos. Ese hombre ya no existía. En su lugar había delante de mí un anciano de 91 años (luego me recordó que había nacido el 12 de febrero de 1926), aquejado de un deterioro mental.

—Soy Marcelo, tu amigo y antiguo alumno, ¿no me reconoces?

Él contestaba moviendo la cabeza afirmativamente, pero yo no acababa de estar convencido de que supiese quién era yo. Nuestra relación de profesor y alumno dio paso, cuando acabé el bachillerato, a una amistad que fue fortaleciéndose con el paso del tiempo. Al llegar la Navidad o la Semana Santa nos veíamos en su piso de la calle Albarderos, habitado por el silencio de sus muchos libros. A las cinco de la tarde me recibía haciéndome pasar a un salón donde había una televisión adquirida en la Prehistoria que nunca encendió por la sencilla razón de que estaba estropeada y no había considerado oportuno mandar a repararla. En esto, como en otras tantas cosas, demostraba ser un hombre sabio. Su manera de comunicarse con el mundo éramos nosotros, sus alumnos, una emisora de radio progresista y el periódico local en el que escribía un artículo cada semana. Me sentaba un sillón de de escay verde mientras mi amigo calentaba el café. En la mesita central había dejado una mesa con pastas y un licor que compraba en la única tienda delicatessen de la ciudad. Después merendábamos. Yo cruzaba mi mirada con la suya y con la de su familia que nos observaba desde un retrato colgado en la pared. Durante veinte años se repitió este maravilloso ceremonial que precedía a una larga conversación en la que yo, en primer lugar, le hablaba de los tumbos que iba dando en mi vida y él siempre me animaba sin atreverse a darme un consejo porque sabía, creo que sabía, que cada uno ha de llevar su camino. Se nos hacía la noche hablando. Hubo tardes en que conversábamos casi en tinieblas porque ninguno de los dos necesitaba la luz eléctrica para mirarnos. Nos bastaba con escuchar nuestras voces. Pero todo esto acabó cuando, en unas vacaciones de Navidad, llamé a su casa y nadie me respondió. Lo volví a intentar pero con idéntico resultado. Me temí lo peor pero alguien (no recuerdo quién ahora) me dijo que podría haber terminado en una residencia para sacerdotes jubilados.

—¿Cuál es tu familia? —pregunta mientras observo cómo un auxiliar va sacando, de dos en dos, a los residentes para llevarlos al comedor.

Le recuerdo que mis padres aún viven, que tengo un hermano más joven y que soy tío de un niño de cuatro años.

—¿Cuál es tu familia? —vuelve a preguntarme al cabo de cinco minutos, y le respondo de la misma manera.

Por suerte, el viejo profesor no ha perdido la sonrisa generosa de cuando fue mi profesor, aunque no la muestre como antaño. Lo veo fatigado, con las fuerzas escasas para hablar, con dificultad para seguir la conversación. Sus ojos hundidos, los pómulos salientes, las manos sarmentosas y llenas de manchas, los pies pegados, sin vida, son partes de un cuerpo que se agota y se despide.

La sala se va vaciando. Sólo queda la mujer del andador arrastrando un cuerpo deforme y grueso. Intenta darse la vuelta y no puede. Trata, también sin éxito, de agacharse para recoger un papel en el suelo. Hago intención de levantarme para ayudarla pero el auxiliar, que tiene prisa por terminar su trabajo, lo hace por mí.

En un momento de lucidez, como suele sucederles a las personas que padecen esta enfermedad, el viejo profesor, mi amigo, se acuerda de mi nueva profesión. Y pregunta:

—¿Cómo está la enseñanza?
—Mucho peor de lo que tú la dejaste.
—¿De qué das clase?
—De Geografía e Historia —respondo. Le trato de explicar que el tipo de alumnos a los que él enseñó nada tienen que ver con los adolescentes de hoy, pero sospecho que ya no me escucha y que vuelve a su estado de ensimismamiento.

Es cerca de la una y media de la tarde, y pronto empezarán a servir la comida. Nos hemos quedado solos en la sala. Estamos en silencio. Le pido al auxiliar que nos haga una foto. Nos hace dos; una de ellas sale velada, así que conservaré la otra de recuerdo. Cuando estudiaba el bachillerato los adolescentes nos hacíamos fotos en ocasiones especiales, en un cumpleaños o en un viaje de estudios, no como ahora, en que se ha convertido en una costumbre aburrida y estúpida. Al auxiliar le hago señas de que yo me encargaré de llevar al profesor al comedor. Al entrar me sorprende lo grande y luminosa que es. Hay un centenar de sillas dispuestas en torno a mesas preparadas para cuatro comensales. Lo dejo junto a una de ellas que no resulta ser la suya. Tal vez por eso el hombre que está sentado a su lado lo mira con desagrado pero no dice nada. Aquí casi nadie habla. Una de las auxiliares me indica dónde debo colocarlo. Enseguida me percato de que allí estoy de más, así que me despido del viejo profesor, de mi amigo, con emoción contenida pues rara vez expreso mis sentimientos. Le aprieto su mano derecha con fuerza, y me sonríe mientras la misma auxiliar le coloca la servilleta sobre el pecho. Sus compañeros se alegran de verlo de nuevo. Son más jóvenes que él.

Saludo al recepcionista que me devuelve la sonrisa de pago. En la puerta tropiezo con el hombre que me había rehuido con cara de miedo. Esta vez no repara en mí. Me extraña verlo allí porque tendría que estar en comedor. Sigue balbuceando palabras inconexas y chasquea la lengua provocando un sonido desagradable.


En la calle hace un calor sofocante. El volante abrasa. De regreso a casa pienso en qué haré por la tarde. Tal vez vaya al cine a última hora, o salga a pasear por el centro. Lo decidiré después de la siesta, aunque me temo que hoy no podré porque el reencuentro con el viejo profesor, el verlo postrado en una silla de ruedas, con el entendimiento dañado de manera irreversible, me ha empujado a la tristeza, ese sentimiento unido a la idea cierta de que todos, por mal que nos pese, acabaremos siendo polvo suspendido en el aire. 

sábado, 26 de agosto de 2017

La caza del fascista

El golpe militar había fracasado en esta zona del país. Al poco de estallar la rebelión, un grupo de sediciosos, integrado por guardias civiles y jóvenes idealistas y violentos, había tomado el control de la capital y de los principales pueblos de la provincia. Esta situación sólo duró una semana, el tiempo que necesitaron las tropas leales al Gobierno, procedentes de provincias limítrofes, para sofocar la insurrección. Los facciosos fueron ajusticiados. Las familias enterraron a sus muertos en un clima de odio y miedo. Era el inicio de la guerra.

En una mañana de agosto de 1936, una familia desayuna en el comedor de una casa de campo. Son las nueve y es domingo. Como cada día, el padre, un pequeño propietario agrícola, ha madrugado para trabajar la tierra y dar de comer a los animales. Él preside la mesa. Todos desayunan en silencio: el matrimonio, sus dos hijas, de cuatro y ocho años, y la madre de la mujer. En la mesa hay una jarra de leche, una hogaza de pan tierno y aceite para untarlo. La niña pequeña se niega a tomar la leche porque dice que no le gusta. La madre, con cara cansada, como de no haber dormido en toda la noche, trata de que se beba el vaso de leche y le promete que jugarán juntas con Meli, la muñeca de trapo de la que la niña se encariñó en una barraca de feria por San Juan.

El cacareo de las gallinas rompe el silencio en el comedor. La abuela se levanta de la mesa y recoge los platos. Su hija le ayuda. El hombre saca un pitillo, lo enciende y fija su mirada en la alacena.

—Hoy tampoco lloverá —dice resignado—. No sé cuánto tiempo podremos aguantar así, sin agua, con los pozos secos.    

La abuela, con el recuerdo de otras cosechas fallidas, se lamenta también por el estado  de las tierras.

—Esto sólo lo puede arreglar Dios. Hay que rezarle al santo para que proteja nuestros campos y nos proteja también a nosotros.

El hombre permanece en silencio, ensimismado, como si no hubiera oído las palabras de su suegra. Apura el cigarrillo y lo apaga. La forma violenta en cómo aplasta la colilla en el cenicero, sorprende a la hija mayor.

—¿Le pasa algo, padre?
—No es nada, hija. Es este calor, que no lo soporto. Dile a tu madre que me traiga un vaso de agua fresca.

Gotas de sudor caen por la cara del padre. Su rostro seco y castigado por el sol, con arrugas que atraviesan su frente ancha y morena, como los surcos que recorren sus campos, es el de un hombre avejentado. Nadie diría que tiene treinta años. Se bebe el vaso de agua de un trago. Chasquea la lengua. Se seca el sudor con el brazo. De fuera llega la sinfonía hermosa de las chicharras, excitadas por el calor. Él enciende otro cigarrillo. Sus manos son grandes y masculinas, como las que desearía tener toda mujer cada noche.

Mientras sigue fumando, su mujer recoge la cocina. “No hace falta que me ayude, lo haré yo”, le dice a la madre. La abuela, vestida de negro y con el pelo blanco recogido con un moño, se acomoda en una mecedora. Teje una rebeca para el próximo invierno. Cuando llegue octubre, el calor dará paso al frío, con mañanas heladas y tardes tristes y sin luz. La rebeca, a la que se dedica con esmero y cariño, es para su nieta mayor, que anda delicada de los bronquios. La niña lee un cuento de piratas que le regaló su maestra. Le pregunta al padre el significado de palabras como “escotilla” y “galeón”. Él los ignora: “Pregúntale a tu madre, que de libros sabe más que yo”.

La hermana pequeña juega con Meli. Le ha prometido que serán siempre amiguitas; incluso cuando se casen, nunca se separarán. La niña acaricia el pelo rojizo de la muñeca y con sus dedos le da golpecitos en la nariz. La aprieta con dulzura contra su pecho. Meli sonríe dejando ver un diente roto, lo que le da un aire de niña traviesa.

El reloj marca las once de la mañana. De repente suenan unos golpes fuertes en la puerta principal. La mujer, soliviantada, sale de la cocina y cruza una mirada de nerviosismo con el marido.

—¿Quién será a estas horas de un domingo?

La niña mayor ha dejado de leer y la pequeña de jugar con Meli. La abuela ha dejado descansar la rebeca sobre sus piernas. Vuelven a golpear la puerta, esta vez con más fuerza.

—Voy a abrir, a ver quién es —dice el padre.

Al abrir la puerta ve los rostros fatigados de dos milicianos jóvenes. A uno de ellos, el más bajo, lo conoce de vista, de los años que vivió en la ciudad. Este miliciano arroja al suelo el cigarrillo que tenía entre los labios.

—¿Se puede? —pregunta con voz firme dando a entender que manda sobre la voluntad de su compañero.
—Pasad.

Los tres hombres cruzan el zaguán hasta llegar al comedor. Las mujeres los esperan en silencio. Las niñas se sobresaltan al ver los fusiles de los milicianos colgados a sus espaldas.

—Hacía tiempo que no nos veíamos, Dolores —le dice el miliciano, sonriendo, a la mujer—. ¿Ya no bajas a la ciudad?
—No; los caminos ya no son seguros. Cuando hay que comprar algo, baja mi marido. ¿A qué vienes, Manuel?
—¿Aún no lo has adivinado? —replica él—. No hace falta decirte por qué estamos aquí. Siempre fuiste inteligente. ¿Dónde está tu hermano Narciso?
—¿A qué viene todo esto? —pregunta ella, contrariada.
—Buscamos a tu hermano por apoyar a los rebeldes. Cuando el golpe fracasó, tu hermano huyó; fue de los pocos que escaparon. Ahora lo estamos buscando, por enemigo de la República.

La mujer busca la complicidad del esposo pero este, bajando la mirada, prefiere no intervenir, como si se tratara de un asunto de conocidos que no le concierne.

—¿Quieres un vaso de agua, Manuel? —pregunta ella.
—No tengo sed.
—¿Lo quiere usted? —se dirige al otro miliciano, que había guardado silencio desde que entró en la casa.
—Gracias, un vaso de agua fresca me vendrá bien. Tengo la boca reseca. Llevamos despiertos desde el alba. 

La mujer se serena y toma fuerzas en la cocina. Regresa con el vaso del agua para el miliciano. Y dice:

—Hace más de un mes que no sabemos nada de mi hermano.
—Unos camaradas nos dijeron que lo habían visto merodear por esta aldea la semana pasada —replica el miliciano interesado en descubrir su paradero.
—Debieron de confundirlo con otro hombre —añade Dolores.
—Tenemos orden de registrar todas las casas en las que puedan esconderse fascistas, para llevarlos a los tribunales populares.

El marido, abochornado por su cobardía, intenta hablar pero la madre de la mujer se adelanta.

—¿No se dan cuenta de que hay dos niñas delante? ¡Qué espectáculo están dando!
—¿A qué viene eso, abuela? Las niñas tendrán que saber que estamos en guerra contra los fascistas ­—le contesta el miliciano, que se queda mirándola—. ¿Para quién es esa rebeca?
—Para mi nieta mayor.

El miliciano toma la prenda, la palpa y la huele durante unos segundos. El tejido es grueso y de buena calidad.

—Su nieta no pasará frío con esta rebeca —sonríe mientras se la devuelve—. Sólo de imaginármela con ella puesta me entran calenturas.

El miliciano estalla en una carcajada violenta. Todos le miran con perplejidad, empezando por su compañero. El ambiente se ha distendido con sus risotadas.

—Vamos a registrar la casa.

El padre se levanta del asiento para oponerse.

—Aquí no vas a registrar nada —se atreve a decirle sin firmeza.

Con rabia el miliciano aprieta la culata del fusil con su mano derecha, avanza unos pasos y acerca su cara a la del hombre para retarlo. El agricultor, que siente una mezcla de miedo y asco, desvía la mirada para no verle su dentadura caballuna.

—¡No hay cojones para impedirme registrar tu casa! —­le espeta al dueño—. ¿Lo has entendido? O nos dejas registrar la casa, o te detenemos por cómplice con los rebeldes. Tú decides….

El otro miliciano intenta apaciguar los ánimos entre los dos hombres. Coge del hombro al padre y le aconseja en un aparte.

—Venimos a cumplir una orden. No pretendemos molestar, pero hazle caso al camarada. Deja que registre la casa. Será mejor para todos.

El padre cae derrotado sobre la silla como un muñeco de trapo. No se atreve a mirar a la mujer. Se siente vencido, humillado. La abuela sujeta a las niñas de la mano; las dos observan atemorizadas la escena. Les acaricia el pelo y las intenta tranquilizar y les dice que no pasará nada. Las besa con ternura en la frente.

—Quédate aquí con ellos mientras intento encontrar a ese cabrón ­—le dice el miliciano malhumorado a su compañero antes de desaparecer del comedor dando grandes zancadas.

La abuela sigue consolando a sus nietas, que han dejado de llorar. El padre, sin poder dominar los nervios, enciende otro cigarrillo y le ofrece uno al miliciano.

—Gracias pero no fumo —se excusa.
—¿De dónde es usted? De aquí no, ¿verdad? —pregunta la abuela.
—¿Por qué está tan segura?
—Por su acento; no es como el nuestro.
—Llevo tres semanas aquí —agrega el joven—. Vine de Valencia con otros camaradas a aplastar la rebelión, y aquí me quedaré un tiempo hasta que esto se tranquilice.
—¿Tiene usted familia? —inquiere la anciana.
—Sí; una mujer y un niño, de la edad de su nieta pequeña. Espero volver a verlos pronto, pero lo primero es la revolución.

La abuela se mece sin dejar de mirar el rostro cetrino de este joven de ojos aceitunados y cabello rizado, moreno, atractivo y, a su juicio, con una elegancia impropia para ser miliciano.

La niña pequeña, olvidada ya la tensión que le había hecho llorar, se deshace del brazo de la abuela y corretea por la habitación hasta que fija su atención en la alacena del comedor y comienza a golpearla con las palmas de las manos.

—¿Qué haces, hija? ¿Quieres estarte quieta? —le recrimina la madre en un arranque de nerviosismo.

La niña hace oídos sordos a las palabras de la madre e intenta abrir uno de los cajones de la alacena.

Con un movimiento brusco, el padre se levanta de la silla y coge a la niña del brazo y la aleja del mueble.

—¿Quieres hacerle caso a tu madre?
—Me haces daño, papá —se queja la niña antes de ponerse a llorar otra vez.
—Anda, vete con la abuela, que es la única que te entiende.

La niña busca los brazos de la anciana, que la acoge en su regazo. La pequeña comienza a gimotear.

El marido y la mujer se miran de nuevo.

—Son cosas de niños; no hay que darle importancia —dice el miliciano, sorprendido por la reacción brusca de los padres ante lo que considera una mera chiquillada.

Del piso de arriba llega la voz agria del otro miliciano, que maldice su mala suerte. La casa tiene dos plantas. En la de abajo están el zaguán, el comedor, la cocina con su despensa y un pequeño despacho donde el agricultor se encierra cada tarde para llevar las cuentas. La planta de arriba acoge los dormitorios del matrimonio y las niñas y la habitación que ocupa ahora la abuela.

En su obsesión por encontrar al fascista, el miliciano ha revisado todas las dependencias de la casa. Ha abierto y vaciado armarios, ha mirado debajo de las camas, ha movido muebles por si ocultaban algún agujero en la que el ocultarse, ha removido montones de paja, ha buscado trampillas en el suelo, pero todo ha sido inútil pues no ha dado con una pista que le lleve al hombre que busca. A medida que se desvanece la posibilidad de atraparlo, su irritación va en aumento. Grita cada vez con más fuerza. Abajo la familia le oye pero no quiere darse por enterada. Entretanto, la anciana ha despertado la simpatía del miliciano que se ha quedado vigilándolos. De todos los presentes es la única que habla y obra con naturalidad, sin miedo. Acostumbrado al temor que despiertan los milicianos en algunas casas, el joven agradece la franqueza con que le habla la mujer.

—¿Qué es eso que lleva ahí? —dice él señalando el cuello de la abuela.
—Es una medalla de la Virgen de Cortes; fue un regalo de mi madre siendo yo una niña, cuando mi primera comunión.

El miliciano piensa unos instantes antes de responder. El matrimonio los mira sin atreverse a intervenir.

—¿Una medalla de una virgen? No son tiempos de vírgenes ni de santos —dice, y por primera vez pierde la serenidad. Su voz adquiere un tono áspero y seco—. Los curas, con sus mentiras, han envenenado al pueblo. Casi todos están del lado de los fascistas.

La mujer, lejos de amilanarse, no piensa callarse lo que piensa, en un gesto de imprudencia que su hija y su yerno reprueban con la mirada.

—Yo ya soy vieja, joven. El tiempo del que me habla ya no es el mío. Después de lo que hemos pasado, de lo que todos hemos sufrido estas semanas, sentiría un alivio si el Señor me llevase con él, pero su voluntad no es esa; quiera que siga aquí, al lado de mi familia, ayudándoles en estos días tan difíciles para todos.

El miliciano se queda admirado por la elocuencia de la mujer. Su serenidad en el hablar le llega a desconcertar.

El otro miliciano se acerca con pasos violentos. Entra en el comedor farfullando palabras soeces. Se le ve azorado, nervioso. El calor, junto con la urgencia de encontrar al fascista, lo ha agotado. Está sudoroso y resopla. Busca un punto de descanso y se apoya en la alacena. El peso de su cuerpo orondo desplaza levemente el mueble.

—Dile al fascista de tu hermano —dice dirigiéndose a la mujer joven— que no vamos a parar hasta encontrarlo. No debe de andar muy lejos. Dile también que con él haremos lo que hemos hecho con otros fascistas, fusilarlo por traidor a la República. Y en cuanto a vosotros, tened cuidado y no os paséis de listos porque como descubra que lo estáis ocultando, lo vais a pagar caro.

Agitado tras pronunciar esta amenaza, que es en realidad un desahogo tras el fracaso del registro, el miliciano se ajusta la gorra roja y negra y sale del comedor sin despedirse. El otro miliciano sí lo hace bajando la mirada, como si no aprobase del todo la soflama del compañero. Cuando se va a marchar, lo detiene la voz grave y firme de la anciana.

—¿No quiere quedarse mi medalla de la Virgen? Ya la he llevado muchos años y a usted quizá le haga más falta.

Por un momento cree que le está bromeando con intención de provocarlo pero se da cuenta, al mirarla, de que habla en serio.

—Soy ateo y no creo en vírgenes, pero se lo agradezco, señora.
—¿Está seguro? —replica ella—. Es de plata de ley, y dados los tiempos que corren…

El miliciano oye cómo su compañero le urge a marcharse de la casa, duda, da unos pasos en dirección a la mecedora pero algo le dice que no puede aceptar la medalla.

—¡Salud y República!—son sus palabras de despedida.

En la casa nadie habló hasta la hora de la comida. El hombre salió al campo para calmarse. El corazón aún le latía con fuerza. La mujer, en cambio, se tranquilizó limpiando los muebles del comedor. Se detuvo en la alacena, el mueble que más le gustaba de toda la casa, regalo de sus padres por su boda. Con un trapo húmedo lo limpió palmo a palmo hablándole con cariño, como si fuera uno más de la familia. “Ya pasó todo, ya pasó todo”, repetía ella entre susurros, acercando sus oídos a la madera por si había vida en su interior.     

miércoles, 2 de agosto de 2017

La escritura o la vida


El día en que comencé a trabajar en el bufete de don Evaristo, mi padre me había enseñado a hacerme el nudo de la corbata. Tanto él como mi madre querían que su hijo causara una buena impresión en el despacho. Este iba a ser mi primer empleo desde que me licencié en la universidad. La noche anterior había ensayado, delante de un espejo, distintas respuestas a las posibles preguntas que don Evaristo me pudiera hacer, pero fue innecesario porque nuestra primera conversación, como casi todas las que tendríamos en los años que pasé en su bufete, fue muy breve. Su secretaria, que era una mujer refinada, que siempre andaba sobre tacones finos y de la que se sospechaba que podía ser su amante, me abrió la puerta del despacho. “Don Evaristo, ha llegado el nuevo pasante”. Él, que consultaba unos papeles, levantó la mirada, se ajustó los lentes y, sin levantarse del asiento, me extendió la mano. Era una mano difícil de olvidar; una mano pequeña para la altura del hombre que estaba delante de mí, suave, muy blanda, casi gelatinosa. Me preguntó de dónde era, en qué universidad había estudiado y si venía dispuesto a trabajar duro. “Yo valoro más el trabajo que el talento”, me dijo con sequedad. Luego me dio un dossier con decenas de sentencias que debía leer y estudiar para elaborar informes sobre jurisprudencia. En aquel momento acabó la conversación. No volvería a hablar con él hasta que pasados unos meses, cuando un tío mío falleció en un pueblo apartado de la provincia, le pedí el día para asistir al entierro. Él aceptó pero me dejó claro que tendría que recuperar esas horas perdidas. “Venga usted un sábado por la mañana. Lucio le dejará las llaves”.

Lucio era el hombre de confianza de don Evaristo; lo había elegido para coordinar a los abogados que trabajábamos en el despacho. Éramos cuatro: dos hombres y dos mujeres. A mí, por ser el recién llegado, me dieron el trabajo que nadie quería hacer, elaborar informes, pero eso ya quedó dicho. Tuvieron que pasar algunos meses hasta que preparé mi primer juicio. Lo perdí pero la culpa no fue exclusivamente mía. En realidad hice lo que pude, pero el caso que cayó en mis manos carecía de defensa. Mi cliente había dejado de pagar las letras de su coche alegando que la llegada de un nuevo hijo —acontecimiento que ni su mujer ni él esperaban, dijo— les había trastocado el presupuesto familiar. Sabiendo que el juicio estaba perdido de antemano, solicité una moratoria en el pago, apelando a razones de humanidad que fueron desatendidas. El juez, a la vista de escuchado en el juicio y de la documentación aportada por las partes, dio la razón a los demandantes y acordó el embargo de la vivienda de mi cliente, un cuchitril sin ascensor, ubicado en un barrio del extrarradio de la ciudad.

Pese a que no había ninguna posibilidad de obtener una sentencia favorable, perder aquel juicio, el primero de mi carrera de letrado, me entristeció hasta dudar de mis capacidades. Para estas situaciones difíciles contaba siempre con el apoyo de Elvira, mi novia que luego se convertiría en mi mujer. Recuerdo la tarde en que quedamos en un café de la Plaza Mayor, después de mi primer día de trabajo. Ella estaba radiante y feliz por mí. Se sentía orgullosa de que yo, a fin de cuentas un hijo de una familia más modesta que la suya, hubiera metido la cabeza en uno de los bufetes más reconocidos de la ciudad. Esa tarde hasta la vi guapa, y en realidad no lo era siendo joven, ni después en la madurez, cuando su rostro ovalado se fue marchitando como el de una flor en una habitación sin luz. Entonces éramos felices y creíamos que casi todo era posible de alcanzar si nos lo proponíamos. Aquella tarde ella me dijo que renunciaría a su puesto de administrativa en una correduría de seguros si mi posición de abogado se consolidaba en el bufete de don Evaristo. Estaba dispuesta a prescindir de ese empleo, que tanto le había costado conseguir, para cuidar de mí y de los hijos que tendríamos. Esa promesa la cumplió, como cumpliría otras, poco después de que el dueño del bufete, en uno de nuestros breves encuentros, me dijera, con su estilo lacónico y áspero, que había superado mi periodo de pruebas y que me quedaría en el despacho. Fue una gran alegría para los dos porque lo esperábamos para decidir casarnos. Su padre nos ayudó en la compra del piso donde siempre vivimos y que permanece hoy cerrado, a la espera de comprador.

Esos primeros años de matrimonio fueron años de dicha. Ser feliz o tratar de serlo consiste en aceptar los límites y no sobrepasarlos. Elvira y yo vivíamos dentro de nuestras posibilidades, sin gastar nunca de más. Ella se ocupaba de la economía familiar sacándole el máximo partido al dinero que le traía a casa. Siempre fue hacendosa, y buena y generosa conmigo; estuvo a mi lado cuando mis padres murieron y fue mi sostén cuando a mi hermano, el único que tengo, acabó en un manicomio por una extraña enfermedad mental que arrastraba desde niño. Nunca tuve valor para ir a visitarlo en esas circunstancias pero ella, que fue siempre más fuerte que yo, lo veía una vez al mes y le entregaba un regalo que yo le había comprado para lavar mi mala conciencia.

Aquellos años de felicidad matrimonial se fueron quedando atrás cuando fuimos aceptando, dolorosamente, la idea de que no seríamos padres. Su mayor ilusión había sido la de quedarse embarazada, y yo fui incapaz de darle un hijo. Nunca me lo reprochó con palabras pero sí con sus silencios, cada vez más frecuentes, a medida que fuimos envejeciendo y nos fuimos convirtiendo en dos extraños bajo el mismo techo, hasta que aquella felicidad se transformó en una convivencia respetuosa pero seca de afecto, como un árbol que ha dejado de dar frutos y debe ser cortado.

Antes de aceptar el fracaso de no tener hijos, era ya un conocido abogado en los juzgados de la capital; no me faltaban pleitos para vivir con cierta holgura. Cuando don Evaristo se jubiló y su hijo heredó el despacho, pensé en establecerme por mi cuenta con los ahorros que tenía, pero al final no me atreví a dar el paso porque siempre me ha faltado el valor para tomar decisiones arriesgadas. De aquel grupo de compañeros con los que comencé a trabajar sólo quedaba yo. Bajo la nueva dirección del hijo, representante de una segunda generación llamada a hundir el negocio de la primera, el bufete fue perdiendo el prestigio adquirido por el padre. Debido a la falta de organización y de seriedad del nuevo dueño, muchos clientes nos dieron la espalda. Eso nos obligó a reducir gastos cambiando el despacho por otro más pequeño, que ya no estaba en el centro de la ciudad sino en la tercera planta de un antiguo bloque de viviendas protegidas de un barrio obrero.

El único beneficio de perder clientes es que tenía más tiempo libre para mí. Cuando llegaban las cinco de la tarde había acabado mis tareas. Con disimulo sacaba un libro de la cartera y comenzaba a leerlo como si se tratara de un manual de Lefebvre. Ningún compañero reparaba en ello, y yo, que he sido siempre muy diligente en el cumplimiento de las leyes, sentía un placer intenso porque estaba burlándole unas horas a mi empresa de toda la vida. Había tardes en que buscaba cualquier pretexto para alargar mi jornada laboral y ser el último en marcharme del despacho. Engañaba a la empresa, a mi jefe y a mis compañeros, pero también a mi esposa, a quien le ponía excusas para justificar que llegaría tarde a casa. “La cena se te va a enfriar”, me decía con su acostumbrada tristeza.

En los últimos años en el bufete, antes de que cerrara por la ausencia total de clientes, leí cientos de libros. Leí a los grandes y a los mediocres pues, como escribió alguien, no hay libro malo del que se pueda aprender algo. Cuando algún día me ponía exquisito escogía las novelas del siglo XIX. ¡Qué tardes tan deliciosas y qué horas tan placenteras leyendo a Balzac, Flaubert, Tolstói, Dostoyevski o el bueno de Dickens! Perdía la noción del tiempo creyéndome compañero de aquellos personajes nacidos de la imaginación de unos autores por los que cada día sentía más admiración. Leí también a los modernos pero era tal esfuerzo que debía hacer para seguir a Faulkner o a Joyce que no podía pasar de las veinte primeras páginas de sus libros. Confieso que he sido conservador en mi vida, también en la literatura.

Pensé que la lectura iba a ser mi único consuelo para los pequeños desastres de la vida pero lo que no sospechaba era que, por mucho deleite que esta me provocara, nunca sería igual que con la escritura. Leer me llevó a escribir. Un día, leyendo a un escritor de ciencia ficción (creo que su nombre era Ray Bradbury), tomé nota de uno de sus consejos: “Si escribes cien relatos, siempre habrá uno que será bueno.” ¿Podría yo escribir un relato que cautivase a los lectores? Si me había pasado media vida redactando demandas, recursos e informes jurídicos, si la palabra escrita había sido uno de los resortes de mi profesión, ¿por qué no intentar trasladar esa experiencia al terreno de la imaginación? Así lo hice y no me arrepiento de ello, pero pronto me di cuenta de que redactar un informe sobre jurisprudencia era muy distinto a escribir ficción. Poco a poco fui abandonando mis lecturas para dedicar ese tiempo a mis primeros relatos. Con la inexperiencia de todo principiante, con las dudas sobre la verdadera calidad de mis cuartillas, fui pergeñando unas historias que tenían mucho de mí pues si se las leía con detenimiento, deteniéndose en el significado de algunos detalles, era fácil encontrar pistas sobre mi biografía.

A Elvira le extrañó mi repentina afición por enhebrar historias que sólo podían interesarme a mí, dado que dudaba de mi talento narrativo. A fin de cuentas era un abogado de provincias que apenas había viajado por su país y que, a juicio de los que le trataban, era un hombre gris, de escasa conversación y que no destacaba ni en lo bueno ni en lo malo. Comprensiva como siempre era conmigo, se fue resignando a no hacer lo que más le gustaba, a ir juntos al cine los sábados por la tarde después de merendar en una cafetería modernista que la especulación urbanística —lo que se entiende hoy por progreso— acabó a golpe de piqueta. Los sábados pasé a dedicarlos a escribir, encerrado en una buhardilla donde acumulábamos los trastos. Mientras ella se iba apagando, yo rejuvenecía con esta pasión descubierta. Llegué a presentarme a un concurso literario de una caja de ahorros y logré el tercer premio, un triunfo notoriamente modesto que sólo obligaba a los organizadores a publicar el relato en el diario local, cosa que hicieron, para mi desgracia, pues apareció con tal cúmulo de erratas que el texto movía a chanzas entre mis conocidos. No había día en el bar que no se riesen del engendro. Jamás volví a enviar más trabajos a ningún concurso.

La enfermedad de Elvira me obligó a dejar de escribir durante un año, en que me dediqué a cuidar de ella. Peregrinamos por las consultas de varios médicos con la esperanza de que alguno de ellos contradijese el diagnóstico del primero. Pero todos nos dijeron lo mismo, que no había solución para Elvira. No nos resignamos; fuimos a Madrid en dos ocasiones, cuando ella apenas podía ya andar, a la consulta de un especialista muy reputado, de esos que salen en televisión, en busca de una solución milagrosa que no se dio. Ella murió el Día de Todos los Santos, por esas paradojas irónicas del destino. Ya hace once años que nadie me prepara un vaso de leche caliente con un poco de miel antes de dormir.

Aunque nuestro matrimonio había sido un fracaso en lo principal, en la búsqueda de una descendencia, la ausencia de Elvira, el no volver a escuchar su voz atiplada, ni sus pasos por la mañana después de despertar, el silencio que me había dejado por herencia, me quebró por dentro. Ella había sido el último lazo que me quedaba con el mundo y este se había roto. No quería saber más de un mundo en el que, como un espejo roto, no me reconocía. Era un extraño para mí y para los demás. Poco después de su muerte me jubilé. Dejé de tratar a la familia y rehuía a los conocidos que me seguían invitando a las partidas de brisca en el bar. 

Me agarré a la escritura para soportar la soledad. De ser un escritor en mis ratos libres pasé a estar sentado diez horas delante de las cartillas intentando escribir el relato que colmaría mi vanidad de narrador. Escribía y reescribía una frase, la leía en voz alta, la tachaba, me exasperaba por no encontrar la palabra adecuada, y así se me pasaban las horas, muchas horas. La escritura era mi vida, y mi vida era la escritura, y no tenía otra obsesión que hurgar en las palabras para extraer el líquido con que alimentar mi ambición de escritor novel. Acabé cientos de relatos y hasta una novela corta ambientada en una de las muchas guerras civiles de nuestros antepasados. La publiqué con mi dinero, y fue un fracaso: tan sólo se vendieron diecisiete ejemplares en la provincia, la mayoría entre conocidos que me consideraban una buena persona. Semejante traspiés, lejos de desanimarme, fue un acicate para seguir escribiendo.

Ahora dispongo de menos libertad para escribir. Desde que me trajeron a esta residencia —un lugar infecto, todo hay que decirlo—, tengo que cumplir, como el resto de los viejos, unos horarios irracionales de desayuno, comida y cena. ¡Parecemos europeos! Nos obligan a acostarnos a las nueve de la noche y nos tienen prohibido encender la luz, así que no puedo ni leer, ni mucho menos escribir. Como esto me parecía un atropello, saqué mi carácter leguleyo y protesté, en nombre de mis compañeros, pero la directora, una mujer altiva y seca como un trozo de mojama, se negó a atender mi petición alegando que las normas estaban para cumplirse, llevaban en vigor una década  y nos obligaban a todos. Menuda pájara.

Cada mes viene a verme mi único sobrino. Al poco de ingresarme en este tétrico lugar, le encargué que me comprara un libro y él fue incapaz de recordarlo. Viene a lo que viene. Me imagino que contará los días que me quedan de vida. Hablamos poco, por lo general de menudencias, de fútbol o de sus estudios, que le van mal, porque nunca ha sido de hincar los codos, o de su última novia, que es rubia y de pueblo. Sus visitas son breves. Siempre tiene algo que hacer. Como carece de imaginación, me pone la misma excusa para marcharse pronto. Pero antes me pide dinero; luego me da dos besos y no vuelvo a verlo en un mes. Nunca ha mostrado interés por ninguno de mis relatos, y eso me duele. Como a los chavales de su edad, la letra impresa le horroriza. En la residencia sólo una enfermera muy joven se acercó interesada a preguntarme por lo que escribía. Tal vez lo hizo porque ella y el resto de personal me ven desmejorado y decaído; era una forma tibia de consolarme, pero aun así le agradecí el gesto y le regalé mi novela fracasada. No me he atrevido a preguntarle si le ha gustado; ella no me ha vuelto a hablar del libro, así que creo que no lo ha leído.

Todos en la residencia están preocupados porque mi obsesión por escribir me ha llevado a comer muy poco, a abandonarme. También duermo mal. La semana pasada, en una de sus visitas rutinarias, el médico, alertado por lo que está ocurriendo, se acercó y me preguntó cómo me encontraba. Le dije que algo falto de fuerzas pero que a mí edad esto era normal. Luego me tomó el pulsó y me auscultó. Confundió mi nombre: “Don Francisco, debe usted volver a comer como antes. Si sigue así, perdiendo peso, tendremos que llevarlo al hospital.”

El doctor lleva razón. Me siento débil; me mareo con frecuencia, cuando no vomito lo poco que como. Las fuerzas me flaquean; mis piernas son como dos alambres encorvados que apenas pueden sostenerme; me tiemblan las manos y mis ojos, hundidos y sin brillo, anuncian la despedida.  Dicen que por las noches me despierto sobresaltado y comienzo a hablar y a balbucear palabras inconexas cuyo significado nadie entiende, y dan miedo. Mi compañero de habitación se ha llevado algún susto y ha pedido que le cambien.

Esto está llegando a su final, pero no me importa. Sé que me queda poco tiempo; no me engaño. Los días o las semanas que me restan de vida los quiero emplear en seguir escribiendo, obsesionado con la idea de ese relato que perseguí siempre y no alcancé a acabar, una historia como esta, la que tú, esmerado lector, has tenido entre tus manos, que espero te haya proporcionado el placer de espíritu que mereces y a mí me haya garantizado unas líneas a pie de página en la posteridad. Con eso me conformaría y daría por buenos tantos desvaríos y fracasos varios, tan característicos de la condición humana.

sábado, 8 de julio de 2017

Extraña manera de complicarse la vida

Allí seguía la verruga, debajo de la comisura de los labios de la mujer. La verruga de la portera, que había crecido desde la última vez, presentaba un aspecto imponente. Volvía a recordarle a aquella compañera que cumplía los años el mismo día que él y que había muerto de cáncer una Navidad. Ella también tenía una verruga en la barbilla. Atendía las llamadas telefónicas, y era una mujer triste y servicial que guardaba siempre palabras cariñosas para los hijos de él. El hombre había llamado al portero automático, le habían abierto y se había dado de bruces con la portera, siempre vestida de negro, siempre atenta a no perder un detalle del visitante, con su moño recogido y sus modales antiguos. Fregaba el piso de la entrada del edificio y él, después de saludarla sin mirarle a los ojos para evitar sus preguntas, tuvo buen cuidado de caminar por las baldosas que no estaban mojadas. Acostumbrada a que no se apreciase su trabajo, agradeció el gesto del caballero. Le sonrió. El hombre prefirió no subir en el ascensor porque la casa que iba a visitar estaba en el primer piso.

A punto de alcanzar el rellano de la escalera oyó cómo se abría una puerta. Subió los últimos peldaños con el paso lento y delicado de una bailarina virgen, también como el delincuente que teme ser oído por los vecinos antes de cometer su fechoría, y llegó a la puerta, que tenía una imagen del Sagrado Corazón de Jesús encima de la mirilla. La puerta se estaba abriendo con extrema pereza, sin que la persona que la abría dejara ver su rostro. Sólo cuando estuvo dentro de la casa vio que a su izquierda le esperaba, escondida, la madame de siempre, vestida con una bata rosa y algo raída. Esta vez se había recogido su melena tintada de un rubio extravagante con unas horquillas.

Tanto el vestíbulo como el largo pasillo de la casa permanecían en penumbra. La  oscuridad quedaba matizada por dos filas de velas colocadas en el suelo. No había muebles; cómo decoración, si por tal podía ser considerada, sólo había dos posters de la actriz Ornella Mutti, pegados en la pared con chinchetas y que nadie se había tomado la molestia de quitar.

La madame le hizo pasar a un cuarto en el que nunca había estado. Era el único que estaba abierto. En la oscuridad de la habitación —pues la mujer no había considerado conveniente encender la luz—, el hombre cumplió con la formalidad de preguntarle por la chica de otras ocasiones.

—Jennifer estará ocupada en un servicio de una hora.
— No puedo esperar tanto tiempo. Quizá sea mejor que vuelva otro día.

El hombre hizo por salir del cuarto y ella lo retuvo cogiéndole de la muñeca, y le dijo:

—¿No quiere conocer a otras chicas? En la variedad está el gusto, ¿no cree? —La mujer desplegó una sonrisa más turbia que picarona, y el cliente se inquietó; quería marcharse—. Nos ha llegado una chica brasileña de la que sólo he recibido buenas palabras de los clientes. Un auténtico bombón, créame.

El hombre dudó.

—¿La tarifa sería la misma que con Jennifer?
—La misma, y ya sabe que no regateamos con los minutos, como sucede en otros sitios. Somos una casa seria, de las de toda la vida. Lo importante es que el cliente quede satisfecho. No dejamos de innovar.

El hombre sacó del bolsillo trasero del pantalón dos billetes para pagar el servicio. La madame cogió el dinero y se despidió con la sonrisa de un vendedor de seguros.

—¡Adriana, te reclaman! —oyó decir a la mujer mientras se paseaba por la largo pasillo con aires de falsa princesa, después de cerrar el sexto trato del día con un cliente. El negocio, que estuvo a punto de cerrar cuando todo se vino abajo, volvía a dar dinero. El teléfono no dejaba de sonar. Las tarifas habían aumentado, lo que había contribuido a elevar el nivel de la clientela. 

Transcurrió un largo minuto hasta que el hombre, sentado sobre el borde de la cama, con la mirada puesta en la puerta desconchada, oyó unos tacones agresivos y desganados que se iban aproximando. El suelo lloraba. La titular de ese taconeo violento abrió la puerta sin llamar y pasó a la habitación. Se acercó al hombre y se dieron dos besos en el aire. Vestida con un salto de cama negro, dejó una toalla encima de una silla, y con la mirada breve le pidió que se fuese desnudando. Aunque no era ni mucho menos la primera vez que visitaba una casa de citas, le resultaba siempre embarazoso desnudarse ante una desconocida. Con Jennifer hubiera sido diferente pero con esta joven silenciosa y de rictus serio, tan cicatera en sonrisas, que juzgaba cada uno de sus movimientos sin parpadear, el ir desprendiéndose de la ropa se le antojaba incómodo.

—¿Vamos al jacuzzi? Tenemos tiempo suficiente —dijo Andrea cuando él se había desnudado por completo.

Cuando la vio introducirse en el jacuzzi se dio cuenta de que llevaba tatuado un alacrán en la espalda. Era una mujer joven, que no había llegado a los treinta años, resultona de cara, piel trigueña, de caderas anchas y pechos raquíticos, culo prominente y unas manos pequeñas y cuidadas. Estaba lejos de ser atractiva y, a juzgar por su comportamiento, también de ser agradable. Pero era joven. La juventud era un bien preciado en estas casas, la sangre fresca con la que alimentar a la clientela.

Él le pidió que le frotara la espalda con una esponja y ella se lo hizo sin pronunciar una palabra.

—¿De dónde eres? —preguntó, incómodo con los silencios de la joven.
—De Brasil.
— ¿De qué parte de Brasil? ¿De Río?
—No, de un pueblo del estado de Bahía.

Ella comenzó a frotarle el pecho. Él le cogió la mano, le quitó la esponja y le hizo acariciarle el vello. Aproximó su cara para besarla pero la joven se apartó. Tuvo que conformarse con besarle el cuello. Sus labios y su lengua fueron ascendiendo hasta alcanzar una de las orejas de Andrea. La mujer tenía los ojos cerrados, rígida como una tabla de madera que se veía obligada a cumplir con una obligación penosa. El hombre penetraba su oreja con la lengua; comenzó a morderla y ella lo apartó de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó, contrariado.
—No me gusta que me muerdan las orejas, me siento incómoda —replicó ella—. ¿Vamos a la cama?

No esperó a oír la respuesta del cliente. Se levantó y él volvió a tener el alacrán a la altura de sus ojos. De niño siempre les había tenido miedo a las arañas y a los alacranes. Temía que le picaran y morir por ello. Una vez le picó una avispa, el brazo se le hinchó y desde entonces les tenía pánico a todos los insectos.

Ella se echó en la cama y le dio la espalda, como si se tratara de un matrimonio vencido por años de convivencia resignada. Él se apretó a su cuerpo para que notara su excitación. Besaba su cuello y le tocaba los pechos. Tenía ganas de que ella abandonara su inhibición y se prestara a jugar con él, como hacía Jennifer en las tardes que lo recibía a comienzos de cada mes. Quería excitarla, provocarla, tocándole los pezones hasta que estuviesen duros. Le había recogido la melena morena y rizada para lamerle el cuello. Con los ojos cerrados ella seguía sin decir palabra.

—¿Por qué sigues tan callada?
—No me gusta hablar en estos momentos.
—¿Y no lo harías por mí? A mí me gusta que me digan cosas para excitarme.
—¿Qué cosas? —preguntó ella, que se manejaba todavía con un español elemental, contaminado de expresiones portuguesas.
—Obscenidades, palabras sucias que muchas parejas se dicen para entrar en calor.
—Ya… pues entonces tendrás que buscarte a otra. No te voy a dar lo que me pides.
—A Jennifer tampoco le gustaba al principio pero al final sí que lo hacía y, últimamente, parecía que no le desagradaba.
—No insistas más. Si no te gusta, la próxima vez no preguntes por mí.

Al decir esto se había desembarazado del cliente y se había puesto en pie. Él seguía tendido en la cama, extraño como un gran insecto al que le habían perdonado la vida, queriendo pensar que ella volvería a su lado para acabar haciendo el amor.

—Todavía nos quedan quince minutos. Vuelve a la cama, por favor.

Ella vaciló pero al final dejó caer la toalla que se había puesto para cubrir sus pechos y regresó a su lado. El hombre fue besándole los pechos, haciendo círculos con la lengua en torno a sus pezones, sin atreverse a morderlos por temor a que se volviese a molestar. Ella lo miraba sin expresividad contando los minutos que quedaban para que llamaran a la puerta. Él fue descendiendo por el vientre hasta llegar a su sexo. Le abrió las piernas. Lo acarició sin prisas y comenzó a lamerlo. Por un instante ella perdió el control de la situación, volvió a cerrar los ojos y colocó su mano derecha sobre la cabeza del cliente. Quería que siguiera, que no la levantara. Imaginó que era otro hombre, que no estaba en esa habitación triste, pequeña y mal ventilada, que sus padres vivían aún, que trabajaba aún de peluquera en el barrio donde nació; intentó imaginar que su vida volvía a ser como antes de aquel día trágico.

—¿Te gusta cómo lo hago?

Ella asintió, tímidamente, con la cabeza.

La respuesta afirmativa de la mujer envalentonó al cliente que creyó haber vencido la frialdad de su compañera de cama. Dejó de comerle el sexo y, en un gesto inesperado para ella, empezó a acariciarle las mejillas. Se dejó hacer. No esperaba esa muestra de cariño. Volvió a imaginarse que ese hombre que la acariciaba, que había pasado de los cincuenta, con una pequeña cicatriz en el mentón, mal afeitado y probablemente casado, ese hombre era otro hombre, aquel que se había estrellado conduciendo un camión con ganado a la salida del pueblo de sus padres.

—Quiero besarte —insistió.
—Ya has visto que no me gusta que me besen los clientes —cortó de manera seca recuperando la frialdad de antes.
—Yo quiero besarte. Tengo derecho. He pagado por ello. Llevamos veinte minutos y aún no me has hecho ni una felación.
—Ni te la haré como sigas así.

Ella intentó levantarse de la cama dando por concluido el servicio pero él la retuvo. La agarró del cuello e intentó besarla entre forcejeos.

—Te he dicho que no. ¿No lo has entendido, cabrón?

La llamó “mala puta”.

Los dientes de ella se clavaron en el cuello del hombre. La madame, que a esas horas preparaba una cena frugal para sus pupilas, oyó el grito del cliente y salió corriendo para ver qué había ocurrido. El hombre, sollozando, se tapaba la herida con una mano. Salía sangre de ella. Viendo la escena, la madame se percató de que su intuición no le había fallado tampoco en esta ocasión; que cuando hace una semana esta joven brasileña callada y taciturna, recomendada por un cliente que tenía por serio, llamó a su casa buscando trabajo no se lo debería haber dado. No sabía nada de ella pero algo le decía que le traería problemas.

—¡Márchate con las otras; tú y yo hablaremos después! —La joven salió de la habitación como había entrado, hiriendo el suelo con un taconeo violento.
—¿Quiere que le traiga algo de alcohol y algodón para curarse la herida? —preguntó la madame al cliente, que seguía maldiciendo a la chica.
—Traiga algo para taparme la herida. Así no puedo llegar a mi casa. ¿Cómo le voy a explicar a mi mujer que me han mordido en el cuello?

El hombre permanecía cabizbajo, sentado en la cama, meneando la cabeza, sin encontrar una solución para el problema en que se había metido. Sudaba.

—¿Y ahora qué hago?

La madame regresó con alcohol, algodón y tiritas. Antes le había comunicado a la joven prostituta que abandonaría la casa al día siguiente. “No quiero volver a verte nunca más”. Chicas como ella, que no conocían el sentido del deber y del sacrificio, pelanduscas de tres al cuarto, echaban por tierra toda la buena fama de su negocio que con tanto sudor le había costado levantar desde los tiempos en que vivía su marido, responsable de haberla metido en este bendito oficio y que hoy descansaba en paz. Hombres como su marido ya no se estilaban.  

—¿Se encuentra mejor?
—No sé cómo puede tener a chicas como esta en su casa. Debería haber vuelto otro día, cuando Jennifer hubiese estado libre.

El hombre se fue vistiendo con su traje gris de oficinista. Casi lloraba. Se hizo el nudo de la corbata mirándose en un espejo en cuyo marco habían colocado una estampa de la Virgen de Cortes. Creyó ver que la Virgen se reía de él, de su situación embarazosa, pero no podía ser cierto: una Virgen no se alegra del mal ajeno. De la herida ya no salía sangre pero quedaba una huella profunda que se transformaría en un moratón. Inclinándose en su justa medida, la madame se deshizo en disculpas con él y se comprometió a no cobrarle el próximo servicio si seguía confiando en sus chicas.

Cansado de asistir al papel de humillada que la madame representaba con esfuerzo y no demasiado convencimiento, el hombre se despidió sin mirarle a los ojos. Pero antes ella echó un vistazo por la mirilla para confirmar que no había ningún vecino en el rellano de la escalera. Por suerte no vio a la portera, que había terminado su trabajo. Le dolía el cuello. En su casa nadie iba a entender lo que le había pasado. Se había subido el cuello de la camisa. En realidad hacía frío. No sabía dónde había dejado el coche.