martes, 24 de diciembre de 2013

La cueva de Alí Babá

Si alguna vez creí en lo sindicatos, esa calentura se me pasó pronto. Razones no me faltaron. Os contaré una historia real. Hace diez años, en una de mis huidas hacia adelante, abandoné el periodismo para probar suerte como abogado. Quería ser abogado laboralista, de los que defienden a los trabajadores de las tropelías de algunos empresarios. Pura ingenuidad, como se vería después. Pero por aquel entonces, qué mejor que un sindicato para foguearse como letrado. Con ese propósito entré como becario en uno de los dos grandes. Fueron seis meses, y he de reconocer que aprendí mucho de Derecho laboral.

Cuando las prácticas estaban a punto de acabar, uno de los jefes me llamó a su despacho. Era un sindicalista de la nueva hornada, joven, apuesto, seguro de sí mismo y un poco paleto. De nombre Francisco, tenía colocado también a un hermano en el gabinete de estudios jurídicos. En su despacho había dos posters, uno de la Pasionaria y otro de Mao. “Quería hablar contigo para proponerte algo”, me dijo al poco de tomar yo asiento. “¿A ti te gustaría continuar en el sindicato?”, me preguntó. “Claro que me gustaría trabajar con vosotros”, le contesté. “Pero ya sabes que formar parte de este sindicato implica creerse de verdad la defensa de los trabajadores. Eso has de tenerlo claro”, añadió en un tono solemne. “Sí, sí, por supuesto”, le contesté intentando disimular mi pasado de pequeñoburgués.
 
- Por cierto, ¿sigues cobrando el paro, no?

Me sorprendió su pregunta. ¿Qué tenía que ver el paro con todo esto? Y se lo aclaré:

- Sí; aún me queda un año, pero no me gustaría agotarlo.
- ¿Qué te parece si sigues con nosotros mientras cobras el paro y después ya veremos si te contratamos?, aseguró como si no hubiera escuchado mi respuesta.

Tardé en reaccionar. Pensaba que me ofrecería un contrato y lo que me proponía era trabajar gratis un año. Ni el peor de los empresarios que había conocido, y habían sido bastantes, me había propuesto semejante desfachatez:
- Pensé que me queríais contratar  – me atreví a sugerir.
- Pero es que lo que tú haces no es precisamente trabajar. (Elaborar informes jurídicos para todo el sindicato, informes con los que sus abogados preparaban los juicios en toda España, sí era un trabajo, y de los más arduos.)

La conversación acabó. Le comunicaría mi negativa días después. Se lo tomó mal. Allí se quedó él y su Pasionaria y su Mao, y allí quedó enterrada para siempre mi confianza, si alguna vez la tuve, en el movimiento obrero español. Aquel sindicato era CCOO, donde conocí a gente estupenda entre sus trabajadores y afiliados. Eran lo mejor de la organización que, en sus alturas, estaba más o menos podrida. No hablo de CCOO del País Valenciano sino de su organización hermana en Castilla-La Mancha.
Pero sí CCOO deja mucho que desear, ¿qué decir de su compañero de baile, de la UGT?  Si en algún momento de mi vida me viese en el trance de escoger entre unos y otros (Dios no lo quiera), el mal menor sería Comisiones. Porque los otros son  peores. Hoy no existirían de no haber sido por el auxilio económico que recibieron del PSOE, la organización hermana, desde el inicio de la democracia. Bien sabía Felipe González lo que hacía cuando favoreció un doble Sindicato Vertical (UGT-CCOO), que ha recibido miles de millones en ayudas, primero en pesetas y después en euros, a costa del erario público. Eso les las ha mantenido vivos hasta la crisis.

En el caso de UGT, aquella posición de predominio derivó en una organización lastrada por la ineficacia y la falta de honradez. Hace 20 años estafaron a miles de familias con la cooperativa de viviendas PSV, y ahora es Andalucía. Si no fuera por el respeto que me merecen algunos de sus militantes, diría que son como la cueva de Alí Babá pero con muchos más ladrones. Cuarenta se me figuran pocos. Basta con ver a los dirigentes andaluces, todos rondando los sesenta años, a punto de alcanzar la dulce jubilación cuando les explota el escándalo de los ERE. Si yo fuera ellos, estaría muy tranquilo. No les pasará nada porque el sistema ya se encargará de que todo se olvide. Pagará algún desgraciado y poco más.
 
No me alegro de lo sucedido en Andalucía ni en Valencia, donde dirigentes destacados de UGT han colocado a familiares en fundaciones afines. No me alegro porque nada hay más triste para un trabajador que carecer de alguien que lo defienda. Eso es lo que les pasa a millones de empleados del sector privado. Que están solos, inermes, a merced de las chulerías de muchos empresarios envalentonados gracias a las leyes crueles de este Gobierno siniestro.
 
Cada trabajador hace hoy la guerra por su cuenta, enfrentado con sus compañeros en una lucha diaria por sobrevivir. No puede esperar la solidaridad de nadie. Con alguna excepción, los sindicatos ya no están para defenderle sino para preservar su cuota de poder, cada vez más disminuida. Casi nadie cree ya en sus reivindicaciones, sus amenazas, sus banderas rojas. Trabajan para quienes dicen combatir. Son los actores secundarios de esta mascarada en que se ha convertido la vida pública española.

jueves, 19 de diciembre de 2013

La recuperación me está matando

No se habla de otra cosa en la calle. De la recuperación, por supuesto. El otro día, después de merodear un rato por el barrio de Ruzafa, entré en un bar que hay enfrente del mercado municipal. Hacía frío y me pedí un carajillo con una energía que ya la quisiera Rita para sí. A mi lado había dos albañiles cincuentones, unos de los cuales me recordaba a Landa, que hablaban de un asunto que pronto me resultó familiar.

Le decía uno al otro:

-         Vicent, t'has assabentat del que ha passat?

-         De què em parles? Compte, que no sé res.

-         De la recuperació, que ha arribat la recuperació.

-         La recuperació? Què em dius? I això quan ha sigut?

-         Ahir a les set de la vesprada. Ho ha dit el telenotícies.

-         Si ho ha dit el telenotícies serà veritat! Què bo! Això cal celebrar-ho. Paco, posa'ns altres dos copes de conyac!

Yo, que sigo peleándome con el valenciano, creí entender que la recuperación había llegado ayer a las siete de la tarde, y sin previo aviso. La pareja de obreros me había contagiado su optimismo. Con el calor del carajillo, salí a la calle más contento que unas pascuas. Muy cerca de allí, junto a la torre de San Valero, me encontré a un grupo de vecinos que formaban un corro en torno a una gitanilla, que se había arrancado por bulerías.
“¡Ay, mi niña, di que sí!”, aplaudía una anciana, postrada en una silla de ruedas y con cara de no haber cenado la noche anterior. “Señora, ¿qué se celebra?”, me atreví a preguntarle mientras observaba que le faltaban varias piezas de su dentadura. “¿No lo sabe, caballero? La primera de riesgo ha bajado de los 200 puntos. ¡Eso no se veía desde 2007!”

Antes de que pudiera contestarle, un joven cojo con legañas en los ojos, que debía de ser su hijo, se me adelantó: “Sí, y lo mejor de todo es que Moody´s ha mejorado nuestro rating”. “Hombre, si lo dice Moody's…”, acerté a balbucear y me aparté del grupo que seguía aplaudiendo a la gitanilla y que se había lanzado como una pantera a coger una moneda de cinco céntimos que alguien, por un descuido, había dejado caer al suelo.

Me dije que la mañana no había podido comenzar mejor. Me había acostado con la crisis y me había despertado en plena recuperación. Y si tenía alguna duda, en el quiosco de cerca de mi casa la prensa monárquica y razonable destacaba en sus portadas los logros de la política económica del Gobierno con una bandera rojigualda como imagen de fondo, lo que me llegó al corazón.
Hace años que no me sentía tan exultante. Ni siquiera cuando me encontré un billete de veinte euros en el metro me había dado ese subidón. Pero, como está escrito, poco dura la alegría en la casa del pobre. Nada más llegar a la mía sonó el teléfono. Era mi amigo Vladimir el pesimista. “¿Te has enterado de lo último de este Gobierno de impostores y canallas?” “No, ¿qué ha pasado esta vez”, le pregunté. “Que nos quieren subir otra vez la luz”. Y se echó a llorar. Yo, que soy de naturaleza sensible, no sabía cómo consolarle y me entró también la congoja.

“Tranquilízate, ya verás cómo todo se arregla. Lo hacen por nuestro bien, para que seamos responsables en el consumo de la luz”, argumenté sin demasiada convicción. Comenzó a gritarme. Cuando Vladimir se pone así, tan ácido con el Gobierno que yo voté, confieso que me da un poco de coraje. Pero no quiero llevarle la contraria porque ya se sabe cómo son estos rusos, que tienen un pronto difícil y enseguida te mandan a un emisario de Putin. Así que me callé y le dejé desahogarse, ya que ahora no lo puede hacer con su amiga Nadiuska, la del club de Beniparrell, por falta de cash. Al final colgó sin despedirse.

La conversación con Vladimir me había amargado el mediodía, pero para recuperar la ilusión enchufé la televisión justo cuando comenzaba el telediario. Pronto me puse de buen humor y me olvidé de mi amigo. Me cuentan que todo cada vez va mejor. Aparece un ministro calvo y asegura con su vocecilla que ya se ve luz al final del túnel. Otro ministro, también alopécico, añade que ya hemos tocado fondo. Me relajo escuchándoles y, después de comer, me sirvo una copa de orujo, y no sé qué me pasa pero al cabo de unos minutos comienzo a encontrarme mal. ¿Será el orujo o será el atracón de noticias sobre la recuperación? Es como si me hubiera hartado a polvorones. Comienzan a temblarme las piernas y el corazón me bombea con fuerza. Estoy asustado. Creo que me ha dado un ataque de recuperación y, como ya me había acostumbrado a la crisis, temo no poder superarlo.  

¡Qué desgracia la mía! Morir siempre ha sido una costumbre desagradable y vulgar, pero hacerlo precisamente ahora, cuando vuelve a asomar un tiempo de felicidad y  prosperidad gracias a los desvelos de nuestro benefactor, el incomprendido presidente Rajoy, es imperdonable. Hasta en eso tengo mala suerte. He dicho.     

martes, 10 de diciembre de 2013

Slowly

Me he pasado más de la mitad de mi vida corriendo como puta por rastrojo, de aquí para allá, montando y desmontando la tienda en busca de un trabajo que me permitiera vivir con decoro. Así han transcurrido veinte años. Ese tiempo ha durado lo que un suspiro. Atado a la urgencia del periodismo, sólo pensaba en cómo afrontar el día siguiente, de qué escribiría para contentar al redactor-jefe de turno, en rivalidad con otros compañeros que pretendían colar también sus temas, a veces dando gato por liebre para salir del paso. Yo también lo hacía. Después de toda una jornada de trabajo, a eso de las nueve de la noche, cuando mi tarea estaba a punto de acabar, cruzaba los dedos para que no hubiese ninguna noticia de última hora y aguardaba a marcharme para volver a casa, cenar, dormir y volver a empezar.

Así se me pasaron las semanas, los meses y los años. ¿Qué ha quedado de aquel tiempo? Un puñado de recuerdos y alguna amistad. Menos es nada. Echas la vista atrás y te preguntas si mereció la pena dedicar tantas horas de esfuerzo y dedicación a este oficio dirigido por trileros, pero bien mirado ya no tiene importancia, si alguna vez la tuvo, porque aquello ya es pasado y comienza a perderse entre la niebla de mi memoria.

Ahora es distinto. Ya no hay más urgencias que las que yo me impongo. No debo rendir cuentas a nadie. Mi vida es otra: la vida de quien se apeó de un tren, forzado por las circunstancias, y espera, cada vez con más impaciencia, la llegada de otro con un destino incierto. En este año que acaba he aprendido a observar a la gente. Se supone que debería haberlo hecho como periodista, pero estaba demasiado cegado por las prisas. Ahora todos los asuntos de la actualidad los veo con distanciamiento, en su mayoría son episodios sin importancia, protagonizados por personajillos ridículos que olvidaremos con suma facilidad.

Me he convertido en un hombre de andar tranquilo. He descubierto el gozo de la lentitud. No miro el reloj cuando me tomo un café ni cuando merodeo sin rumbo por el barrio del Carmen. No espero a nadie; nadie me espera. Soy libre hasta donde se puede ser hoy, que no es demasiado. Soy un hombre que tiene una vaga idea de quien fue y que carece de la más mínima certeza sobre su futuro, en un mundo que le resulta cada vez más extraño y hostil.
 
Extraño me siento en un restaurante cuando observo a esas parejas que comen a mi lado sin mirarse a la cara, los dos absortos en sus teléfonos inteligentes (la inteligencia, por lo que se ve, ha pasado a ser patrimonio exclusivo de las máquinas). Después de observar esta escena no una sino varias veces, me doy cuenta de que mi reino ya no es de este mundo. Estoy tan perdido como un catequista en un rodaje de Nacho Vidal, con esa sensación de extravío que debieron de tener antes millones de personas cuando decidieron desengancharse del tiempo que les tocó vivir.

El mundo, con sus trampas y sus falsas apariencias, cada vez me interesa menos. Estoy obligado a transigir con la realidad para sobrevivir, qué remedio, pero ya no despierta mi curiosidad. Es como haber visto la misma película varias veces, con malos actores y un pésimo guion. Por eso me he creado un fortín personal con mis seres queridos, mis libros, el cine y la promesa de algún viaje al sur. No pido demasiado. Soy un tipo de buen conformar. Vivo despacio, lentamente, entregado a disfrutar de un cuerpo o de un buen vino sin las prisas del ayer, como si no existiera el mañana.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Letizia

Mientras el pobre del Rey se mentalizaba para entrar de nuevo en el quirófano, ella lucía sus mejores galas en una fiesta celebrada en Beverly Hills. Las crónicas destacaron el carmín intenso de sus labios y el pelo recogido a lo garçon. Nunca me cayó bien esta chica. Ya me dio mala espina cuando, como periodista de TVE, presentó un especial para convencernos de las bondades del euro. El euro ha sido, como sabéis, esa estafa que nos vendieron como el remedio a todos nuestros males y que, lejos de serlo, se convirtió en el colmo de nuestras desventuras.

Como nunca le faltó ambición, lo de TVE debió de parecerle poco. Uno de sus jefes, el barbado Pedro Erquicia, hizo de celestino organizando encuentros en su casa para que conociera al Príncipe Felipe, de probada debilidad por las rubias. Se veían a escondidas, según nos contaron después amigos comunes, hasta que llegó el momento de hacer pública la relación. Fue un sábado por la tarde, de un mes de noviembre de hace diez años, en el que yo me encontraba indispuesto en casa de mis padres por un virus que me hacía visitar el aseo con una frecuencia mayor de lo deseable. Así, entre deposición y deposición, me enteré de los amoríos de la pareja real.
Luego llegó la petición de mano con aquella intervención de Letizia, difícil de olvidar, en la que mandó callar a su novio, lo que causó el asombro de casi todos, incluso entre los que hemos sido siempre indiferentes a las normas del protocolo. Con sus gestos y con sus palabras, la periodista dejaba claro que no se conformaba con ser una figura secundaria en la Familia Real; al contrario, aspiraba a ser protagonista, y a ser posible dos dedos por encima de su consorte.

No han faltado ocasiones para comprobar el carácter soberbio de la Princesa. Eso es lo que pasa cuando desciendes de Carlos III y te casas con una plebeya. A  la monarquía si le quitas sus arcaísmos y sus pompas, si la despojas del mito, se queda en nada, como le ha ocurrido a esta familia que ya es vista como una carga de la que habrá que desprenderse antes o después, sin asomo del brillo que pudo tener en sus primeros años.

Pero no nos olvidemos de Letizia, la protagonista de este modesto artículo. Mal aconsejada debe de estar cuando, junto con su marido, acepta ser invitada a fiestas de postín. El glamour, aunque se produzca a miles de kilómetros, chirría en un país que no está para frivolidades, y menos de quienes deberían dar ejemplo de austeridad y contención. 
Letizia pertenece a esa parte de la Familia Real que detesto sin disimulo. Sólo salvaría a la Reina y a Felipe, que cumplen sus papeles con profesionalidad. El Rey me inspira un sentimiento contradictorio en el que prima la indulgencia que uno siente por ese abuelo que arrastra una mala vejez por los excesos del pasado. No sé lo que pensará Don Juan Carlos de su nuera. Probablemente no lo sepamos nunca porque no le veo inclinaciones literarias para escribir unas memorias. Letizia sí las tiene. Es posible que lleve un diario de su vida en palacio. No ha habido una Princesa de Asturias más preparada que ella. Alguien que elige el nombre de Leonor para su hija mayor en recuerdo de Leonor de Aquitania demuestra una sensibilidad cultural fuera de lo común.

Nota para el lector: En un mundo dominado por hombres, Leonor de Aquitania se divorció de su primer marido, el francés Luis VII, y combatió a su segundo, el inglés Enrique II, pagando su osadía con la cárcel. Impuso su voluntad a sus hijos Enrique Corazón de León y Juan Sin Tierra. Como Leonor de Aquitania, Letizia aspira también a tener la última palabra entre los hombres si algún día llega a ser reina.    

jueves, 21 de noviembre de 2013

El maravilloso mundo de los emprendedores

Y dijo la maestra:
 —     ¡A ver, niños, repetid conmigo! Yo emprendo, tú emprendes, él emprende…
Y los niños, que no tenían un pelo de tontos, contestaron:
 —    … nosotros emprendemos, vosotros emprendéis, ellos emprenden.
“¡Muy bien, lo habéis hecho muy bien!”, enfatizó la maestra para regocijo y alegría de sus alumnos que rompieron a aplaudir.
¿Viviremos esta escena en los colegios?
A estas alturas ignoro si la nueva ley de educación del ministro Wert incluye el fomento del emprendimiento (horrible palabra) en los planes de estudio. Todo puede ser en un Gobierno que ha eliminado la filosofía con la aspiración de evitar que a los estudiantes les dé por pensar. Luego se manifiestan y te toca enviar a la policía. Si a estos del PP les ha dado por formar a emprendedores, a los de antes les encantaba ver salir ciudadanos ejemplares de las aulas, devotos de esta democracia insípida y partidarios de la corrección política. Conservadores y socialistas, con sus prejuicios ideológicos y su ceguera para el entendimiento, han logrado lo que parecía imposible cuando yo estudiaba el Bachillerato: demoler la educación pública.
Con o sin ayuda de una nueva ley de educación, el Gobierno está empeñado en hacernos emprendedores a la fuerza ya que no puede ofrecer trabajo ni ahora ni en unos meses ni quizá en años. Con la batalla contra el paro dada por perdida, a cada uno de los desempleados se les invita a buscarse la vida. “Hazte emprendedor y verás cómo sales adelante”, nos aseguran. Algunos conocidos, que ya han llamado a todas las puertas como almas en pena,  le han hecho caso a don Mariano. El Gobierno lo presenta, claro está, como otro de sus éxitos, como una clara manifestación del espíritu dinámico de los españoles para salir de la crisis. Sin embargo, la realidad es más sórdida. Si no te contratan en ninguna parte (ni siquiera como dependienta en Primark por 350 euros) tendrás que probar suerte montando un pequeño negocio. 
Así no es de extrañar que haya un emprendedor en cada esquina de los pueblos y ciudades de España. En mi finca debe de haber media docena, la mayoría sobrevenidos. Es curioso cómo el tiempo altera el significado de las palabras. Antes, un emprendedor era el compañero que organizaba el viaje de fin de curso, Emprendedora es hoy mi vecina Jennifer que, después de tres años en el paro, separada y con dos churumbeles a su cargo, ha abierto una peluquería en el barrio. Quien dice una peluquería dice una panadería o un bar de menús a siete euros, actividades en absoluto innovadoras.
A mí ya me han propuesto lo de ser emprendedor. “Olvídate de que te hagan un contrato”, me han argumentado para convencerme. En el argot periodístico se dice trabajar de freelance que, al tratarse de una palabra inglesa, suena mejor que si te presentas como un autónomo de mierda. El lenguaje, como es sabido, sirve para ocultar la realidad incómoda. Y me lo he pensado, no creáis, pero al final no me veo montando un lupanar en mi casa, no estoy ya para esos trotes, ni una academia para enseñar lengua, algo que no interesa ni lo más mínimo a los adolescentes.
Lo lamento por mis amigos neoliberales, que también los tengo, pero no consigo imbuirme del espíritu del emprendedor. Algo falla. Soy tan poquita cosa que me conformo con ser un asalariado, de esos que cumplen los horarios y hacen lo que se les manda. Como digo, una cosita de nada. Pero ya no se necesitan asalariados y menos si peinan canas. La moda es seguir siendo asesor de un diputado o hacerte emprendedor. Y si eliges esto último, con suerte el ABC te puede poner de ejemplo de la recuperación económica.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

¡Y dale con Franco!

España es como una manta desgastada por el uso que ya no calienta. Somos un país sin futuro, no sólo por los seis millones de parados sino por la obscena costumbre de rebuscar en el basurero de nuestra historia. Nos regodeamos en el pasado, pero nunca aprendemos la lección. Si nuestros antepasados se maravillaban de las gestas de nuestros héroes y conquistadores para olvidar su miserable presente (“¡Siete llaves al sepulcro del Cid!”, clamaba Joaquín Costa contra esa moda nacional), nosotros, tan modernos como nos creemos, repetimos sus errores. Pero en lugar de mirarnos en el Imperio de los Austrias, lo hacemos en la guerra civil y la dictadura.

De aquella guerra entre hermanos han transcurrido casi ochenta años. Sólo quedan vivos algunos viejos que eran niños o adolescentes cuando estalló la contienda. De la muerte de Franco se cumplirán pronto los cuarenta años. Sin embargo, nadie lo diría si uno lee los periódicos o ve la televisión. Es noticia casi todos los días. En lugar de dar carpetazo a la dictadura y dejarla en las manos expertas de los historiadores, la izquierda se empeña, a falta de mejores ideas, en insistir en un antifranquismo que ya no entraña ningún riesgo. Hoy es fácil ser antifranquista porque uno no expone nada, ni su vida, ni su libertad, ni su hacienda. Los únicos que se opusieron al general (y que pagaron cara su osadía con la cárcel y a veces con la vida) fueron los del Partido Comunista y un puñado de anarquistas. Nadie más. Por eso Francisco Franco, que no conoció ni practicó la piedad en vida, murió en la cama con la tranquilidad de dejarlo todo bien atado.
 
Cuando veo a la izquierda empeñada en ganar una guerra que perdió hace tanto tiempo, siento tristeza y hastío. ¡Qué manera de dilapidar energías que podrían dirigirse a mejorar las condiciones de vida de las clases populares! ¿Es Franco una prioridad para los españoles? Ciertamente, no. Y, entonces, ¿por qué ese deseo de impedir que cicatricen las heridas entre compatriotas? Alegan que los caídos en el bando republicano no han recibido el reconocimiento que se merecen. Hágase ese homenaje cuanto antes. Además, nadie con un mínimo de humanidad puede oponerse a que los familiares de los represaliados del franquismo encuentren sus cuerpos y les den sepultura. Obstaculizarlo sería una crueldad. Pero ese deseo comprensible por recuperar a tus muertos no puede ser el pretexto de iniciar una causa general contra el franquismo, como pretende alguna juez argentina, porque supondría en la práctica enjuiciar a la mitad del país que apoyó al régimen por convencimiento o por indiferencia. ¿Tan poca memoria tenemos?
 
No perdamos el tiempo en hacer un recuento de los muertos en las cunetas, ni coleccionemos agravios de una y otra parte como carburante para mantener vivo el odio. No canonicemos a más mártires porque esto hace un flaco favor a la concordia y muestra la peor cara de la Iglesia, la que bendijo la cruzada. Mientras esas dos minorías dogmáticas sigan instaladas en 1936, no habrá manera de darle cuerda a este país para ponerlo en hora. Y saldrá perdiendo la mayoría que ya no tiene cuentas pendientes con su pasado y que sólo aspira a vivir en paz y a pagar las facturas cada fin de mes. 
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jueves, 31 de octubre de 2013

El destino incierto de mis muertos


Morirse nunca había merecido tan poca atención como hasta ahora. Irse de este mundo, además de suponer un mal trago, es un engorro para los que se quedan. Y, para colmo, los vivos ya no saben comportarse en la despedida de sus seres más o menos queridos. Si con los vivos hay que saber estar, tener cierta clase; con los muertos, con mayor motivo. Pero la experiencia nos demuestra que mucha gente ignora las reglas básicas del ritual de la muerte. Yo he visto a los deudos de un muerto marcharse a dormir a casa, en lugar de velar al familiar en la última noche que podían compartir con él, como se hacía en el pasado.

Hoy es el Día de Todos los Santos. Los cementerios han recibido la visita de miles de personas. Mientras tanto, muchos jóvenes y adolescentes han descansado en casa de los excesos de una fiesta tan estúpida como extraña a nuestra cultura, otra tradición importada de la otra orilla del Atlántico que nos hace ser un poco más subalternos del señor Obama, el gran espía, y sus compatriotas. Por si quedara alguna duda de su existencia, una prueba de la infinita misericordia de Dios es no habernos castigado por celebrar ese engendro de Halloween. Por mucho menos, Sodoma y Gomorra desaparecieron del mapa entre lenguas de fuego y toneladas de azufre.
Cuando llega un día como hoy intento no faltar a la cita con mis muertos. Cada 1 de noviembre acudo al cementerio de mi ciudad para dialogar con ellos porque siguen vivos para mí. En cierta medida, los muertos no acaban de morir por completo mientras todavía alguien les recuerda. Es triste pasear por las galerías de un camposanto y ver algunos nichos abandonados, reflejo de un olvido que nos aguarda a todos, y concluir que no hay nada más cierto que aquel verso escrito por el poeta sevillano: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”. 
 
A medida que pasan los años te cargas de ausencias. Vas aprendiendo a convivir con las pérdidas. El peso de los que se fueron, inapreciable al principio, comienza a abrumarte al llegar a la mitad del camino. Hay noches en que sueño con ellos, que me sobresaltan con sus voces, sus risas y sus llantos, con sus rostros que cada vez me cuesta más recordar. Son ellos los que me insisten en que siguen estando ahí y que no puedo olvidarles. 

¿Adónde fueron cuando nos dejaron? La noche me devuelve esta pregunta sin respuesta. No hay consuelo para la carga de tanta duda. Y, sin embargo, pese a ser consciente de lo inútil de mi esfuerzo, sigo preguntándome por el destino incierto de mis muertos, de mis abuelos, de mis amigos Pepe y Txelu; de mi tía Remedios, mi segunda madre; de todos aquellos que me amaron y que hoy, cuando más les necesito, me ayudan a seguir en pie.

domingo, 27 de octubre de 2013

¿Qué fue lo que nos pasó?


He nacido para ser un lector y un mirón. Después de mucho pensarlo he llegado a esta extraña conclusión. Me gusta leer y observar a la gente, por encima de todo. Con esto me conformo. Como veis, soy un hombre de expectativas modestas. En realidad, he tardado muchos años en percatarme de que la vida, si tiene algún sentido, cosa que dudo, es gracias a las actividades sencillas que nos complacen. Nada de grandes hazañas. Eso se lo dejamos a los héroes de las películas americanas.

A leer y a mirar me dedico cuando viajo en el metro. Soy un usuario convencido de las bondades de este transporte público. Hay días en que lo cojo hasta cuatro veces para ir o regresar del centro de Valencia. Sería por tanto estúpido desaprovechar esa hora diaria sin hacer nada provechoso. Por eso llevo siempre un libro (de los de antes, de papel), en castellano o en inglés, y cuando me canso de pasar páginas me fijo en mis compañeros de vagón.
Hace unos días tenía enfrente de mí a una mujer de unos cincuenta años, pequeña y regordeta, con el pelo negro y rizado. Hablaba por teléfono con nerviosismo. Al principio no reparé en lo que decía, pero después sus palabras, y el tono que las acompañaba, comenzaron a despertar mi interés. Cerré el libro y, tratando de disimular, puse toda la atención en lo que comentaba. De la conversación deduje que había sido despedida esa tarde. Se lo comunicaba a quien debía de ser su pareja.

De repente, y ante mi asombro, la mujer rompió a llorar sin disimulo, como si estuviera sola en su casa, ajena a todo lo que le rodeaba. La situación se hizo incómoda para quienes estábamos allí, que no sabíamos qué hacer, si seguir como si nada sucediese o intentar consolarla. Nadie se atrevió a ofrecerle ayuda por temor, me imagino, a importunarla. La escena, que no debe extrañar en este tiempo de calamidades, me impresionó. El llanto de aquella mujer me ha perseguido durante estos últimos días.
Escenas como ésta deben de repetirse con frecuencia. La mayoría caminamos sobre una cuerda floja que puede romperse en cualquier momento. Nos hemos acostumbrado a convivir con la incertidumbre. ¡Qué remedio nos queda! Hoy sólo existe el corto plazo. Para mucha gente no hay mayor triunfo que regresar a casa por la noche sabiendo que a la mañana siguiente volverán a acudir al trabajo.
 
Pero la crisis nos está cambiando el carácter. Si salimos a la calle vemos que el paisanaje ya no es el de hace una década. España es hoy un país triste en el que cuesta encontrar a una persona que te sonría. Quizá penséis que exagero, y puede que estéis en lo cierto, pero no me negaréis que nuestras vidas se parecen cada vez más al traje gris marengo de un ministro. Sin emoción, sin esperanza. Y como esta crisis se ha eternizado, algunos han arrojado la toalla, impotentes para encontrar una salida. De alegres y generosos han pasado a ser personas taciturnas y desconfiadas. A menudo no salen de casa; se pasan la mañana en la cama, encerrados en el dormitorio. Les da por comer mientras matan el tiempo viendo la televisión. Engordan. Descuidan su aspecto físico y proyectan su rabia contra la familia, que trata de ofrecerles razones para que no se hundan más en su desesperación.

Esto está ocurriendo, aunque no queramos verlo. Nadie está libre de que un día le llamen al despacho para entregarle la carta temida. Espero que no os llegue nunca ese momento porque en la calle hace frío, mucho frío. Como no sabemos qué será de nosotros, no malgastemos el tiempo en anticiparnos a acontecimientos que no podemos controlar. Aprovechemos los márgenes de nuestras vidas en aquello que nos hace felices o menos desdichados. Yo, como lector contumaz, he regresado a Dumas, que me encanta desde que era un adolescente. Y vosotros, ¿a qué dedicáis vuestras horas con premio?     

lunes, 21 de octubre de 2013

No hemos aprendido nada


El único nazi que conozco es un compañero de vestuario del polideportivo al que voy a nadar cada semana. Tiene más de treinta años, ni un solo pelo en la cabeza, mide 1,90 y presume de unas espaldas tan anchas como el armario empotrado de mi dormitorio. Lo más llamativo de su persona es que lleva tatuada en la espalda un águila en cuyo centro hay una esvástica.
 
Siempre que coincidimos en el vestuario, lo que sucede de cuando en cuando, me abstengo de defender la separación de poderes o la necesaria integración de los inmigrantes en nuestra sociedad multicultural. El pelao podría malinterpretar mis palabras, y si así fuese, sería la última vez que acudiría a la piscina municipal de mi pueblo porque aún no se ha conocido a nadie que nade con las piernas rotas.
 
Todos padecemos, en mayor o menor medida, a un fascista, un amigo tonto y un compañero de trabajo que no se lava. De todo hay, y no debe ser motivo para escandalizarnos. La vida tiene esos peajes, y debemos asumirlos. Pero ahora nos dicen que la cosecha de fascistas ha sido muy fecunda este año. En Francia, nuestro país vecino, el Frente Nacional de Marine Le Pen sería hoy el partido vencedor en las elecciones europeas. En Holanda, Grecia, Rusia y Hungría, el fascismo con o sin corbata goza de un apoyo social significativo.
 
Es sin duda un fenómeno inquietante el que describo, pero más allá de enumerar los peligros de la extrema derecha, en lo que la mayoría estamos de acuerdo, debemos preguntarnos el porqué de la situación. ¿Qué han hecho los gobiernos y las instituciones europeas para que esos movimientos, en otro tiempo minoritarios, tengan opciones de gobernar en sus países? Porque no sirve de gran cosa demonizar a esos partidos y a sus seguidores, como hacen nuestros demócratas de laboratorio. Hay que atajar las causas para evitar su crecimiento.
 
Y ¿cuál es el caldo de cultivo en el que fermentan esas ideologías extremistas? Cabe recordar que se trata de una situación muy similar a la vivida en los años veinte y treinta del siglo pasado. Hagamos memoria: unas democracias liberales desprestigiadas, un capitalismo criminal al que nadie se atrevía a poner freno (excepción hecha de Roosevelt y los bolcheviques) y una crisis económica que mandaba a millones de trabajadores al paro y a la pobreza.

Cuando nuestros gobernantes y su corte de mandarines nos intentan convencer de la maldad del fascismo, la pregunta que debemos hacerles es la siguiente: ¿Qué les ofrecéis a esos millones de personas que carecen de empleo y porvenir? ¡Que la Bolsa sube y la prima de riesgo baja! Eso es una burla. Los tomáis por estúpidos. ¿Cómo pueden esos parados con familias a su cargo, esos jóvenes cansados de llamar a cientos de puertas sin encontrar un empleo, esas parejas que son desahuciadas de sus viviendas, creer en un sistema político y económico que les niega una oportunidad para ganarse la vida con dignidad?
 
Piensen esos demócratas con las espaldas cubiertas, vivan en Madrid o en Bruselas, si con sus políticas insensatas vamos hacia el suicidio de una nación y de todo un continente. Con algunas diferencias se vuelven a cometer los mismos errores que desembocaron en una guerra mundial con un saldo de cincuenta millones de muertos. No parece que hayamos aprendido nada. No nos extrañe, pues, que dentro de unos años, tal vez no demasiados, asistamos en Europa al ascenso de un hombre desconocido, tosco de maneras, fanático, con la osadía de quien nada tiene que perder, que se presente como el salvador y la respuesta a los problemas de millones de desesperados. Y, gracias a la crisis y al descrédito de nuestras democracias de juguete, conquiste el poder. Como aquel cabo austríaco que dormía en albergues para pobres a la espera de su oportunidad.   

miércoles, 16 de octubre de 2013

Cuídate


Hace ya tres veranos, una noche del puente de agosto me fui a cenar con un amigo a un bar de la avenida Giorgeta de Valencia. Al terminar tomamos una copa. Como ya no estamos para muchos trotes, nos despedimos pronto. Puede que sólo fuera la una y media de la madrugada. Cuando iba a coger el coche para regresar a casa sentí que me desvanecía. Fueron apenas unos segundos. No me dio tiempo a pensar en nada más. El siguiente recuerdo que conservo es estar en el suelo con la cara ensangrentada, las gafas rotas y mi amigo (que por suerte había visto cómo me desmayaba) me tranquilizaba diciéndome que la ambulancia no tardaría en llegar, como así fue.

En los tres minutos que estuve inconsciente, mi amigo hizo señales a varios conductores para que detuviesen sus vehículos y bajasen a ayudarme, pero ninguno paró. Probablemente yo hubiera hecho lo mismo en circunstancias similares. ¿Quién va a parar a esas horas de la noche para ayudar a un hombre que está ensangrentado, vaya usted a saber por qué, y, para colmo, a escasos metros de la puerta del cine porno de la calle Cuenca? Sólo lo haría el buen samaritano, pero hace tiempo que el buen samaritano tiró la toalla ante tanto necesitado.
Rescato de mi memoria este suceso para escribir sobre la marginación de la piedad en una sociedad en que no hay día, sin embargo, en que no oigamos hablar de la solidaridad, el buen rollo, de crear lazos afectivos y de generar empatía, mucha empatía. El lenguaje es un reflejo de la sociedad. Si hemos eliminado de nuestro vocabulario la palabra ‘piedad’ es porque la mayoría no la practicamos. Pasa con los limpiabotas y los serenos, que nadie los nombra porque estos oficios han desaparecido. No creo que la crisis haya tenido la culpa del final de ese sentimiento, pues viene de antes, aunque es probable que le haya dado el tiro de gracia.

Casi todos vamos a lo nuestro sin importarnos la suerte de los demás. Como mucho, dedicamos algo de nuestro tiempo a la pareja, los familiares más cercanos y a algún amigo. Estamos encerrados en sí mismos. La tragedia de Lampedusa es la expresión más terrible de esa ausencia de compasión, de “la globalización de la indiferencia” de la que ha hablado el Papa Francisco refiriéndose, en especial, a los inmigrantes. Nos emocionamos al ver las imágenes de los ataúdes, pero pronto nos olvidamos y seguimos sorbiendo nuestro café con leche en el bar de la esquina. Puede que no exista otra manera de sobrevivir que cerrar los ojos ante tanta crueldad.
La generación de nuestros padres y abuelos conocían el sentido de las palabras ‘piedad’ y ‘compasión’. Eran pobres, carecían de cultura, pero tendían la mano a quien lo necesitaba. Eran más humanos que nosotros. No era tanto una cuestión de dinero como de voluntad, de compartir lo poco que se tenía, sin que por ello quiera idealizar aquel país, que también guardaba muchos cadáveres en el armario. Si en esta crisis tan terrible no hemos saltado aún por los aires, ha sido gracias a  esos cientos de miles de jubilados que ayudan a sus hijos y a sus nietos a sobrevivir mes tras mes.
 
Decía antes que el lenguaje es un espejo de la sociedad. Os pongo un ejemplo. En los últimos años, cuando uno se despide de un conocido o de un compañero de trabajo, acaba a menudo la conversación con un ‘Cuídate’. No hay palabra que resuma mejor el espíritu de estos días. Cuídate. Es la filosofía de Ikea, la de que cada cual se lo monte por su cuenta. Sí, cuídate, vienen a decir, porque nadie lo hará por ti, a excepción de tu marido o de tu mujer y de tus padres, en el caso de que aún los conserves.

Si ni siquiera hay una pareja ni unos padres en los que encontrar consuelo, siempre nos podemos comprar una mascota como compañía, un animal al que pasear por las mañanas y por las noches mientras miramos las pantallas de nuestros móviles y creemos que así estamos menos solos. Es la felicidad a la que podemos aspirar en este otoño de 2013, a dormir bien calentitos con un perro a los pies de nuestra cama.

PD. Este modesto blog ha alcanzado las 3.000 visitas en sus primeros tres meses de vida. Os agradezco el interés que muchos habéis demostrado por mis artículos. Endavant!

jueves, 10 de octubre de 2013

Francisco y los mercaderes del templo


Al Vaticano ha llegado un Papa que aspira a ponerlo todo patas arriba. Veremos si los suyos le dejan. A diferencia de Juan Pablo I, también un hombre de buenas intenciones que duró sólo un mes en el cargo, muerto en muy extrañas circunstancias, nunca aclaradas, este Papa, que presenta todavía un aspecto saludable, va camino de su primer año en la silla del sucesor de San Pedro.  
 
Este religioso porteño es un hombre hablador. No rehúye a los periodistas, sea en un avión o en tierra firme. Lo que sorprende de él es que los hechos no desmienten sus palabras. Nos hemos acostumbrado a que siempre haya gato encerrado en los discursos de los hombres de poder, que cuando llega alguien que dice lo que piensa y que vive como asegura, no damos crédito a lo que escuchamos.

En principio, y aun a riesgo de equivocarme, Francisco tiene la voluntad de abrir la Iglesia al mundo. Difícil empresa la suya porque la Iglesia debe contaminarse del mundo sin traicionarse a sí misma. Como ocurrió con Juan XXIII, hace ahora cincuenta años, la elección del Papa actual y sus gestos posteriores han ilusionado a millones de católicos entre los que me encuentro, aun con mis dudas y mis flaquezas, que pesan más que mis menguantes certezas. Francisco parece un hombre modesto, que emplea un lenguaje cercano y sencillo y que constituye un peligro para los privilegios de la jerarquía vaticana. 
 
Benedicto XVI, por el que siento un profundo respeto no sólo por su hondura intelectual sino por el coraje que tuvo al renunciar a la púrpura, no pudo meter en cintura a los lobos y a los cuervos que dominan el Vaticano en la sombra. Ratzinger se retiró, consciente de su debilidad, y dio paso a un sucesor que, pese a su edad también avanzada, está empeñado en ganarse a los que siguen mirando a la Iglesia con recelo, a esos jóvenes, mujeres, intelectuales y homosexuales que reniegan de ella, y lo hace con un mensaje que bebe en las aguas turbulentas del Evangelio.    
 
Quien ha estudiado la historia del catolicismo sabe que a Francisco le aguardan innumerables peligros y trampas de su gente más cercana. Él es el primero en conocerlo. Cuando le tocas el manto al poder, éste se revuelve con fiereza. Yo confío en que Francisco sea un Papa combativo al que, una vez agotado el margen para el necesario diálogo, no le tiemble el pulso para llevar adelante sus reformas. No necesitamos un Papa pusilánime y contemporizador con quienes maniobran para garantizar la continuidad de su statu quo en Roma.

Quiero un Papa que, si es necesario, saque el látigo para expulsar a los mercaderes del templo, como hizo Jesús sin contemplaciones. En estos momentos, en los que la Iglesia sigue hundida en el descrédito, con las parroquias vacías, sin vocaciones sacerdotales y ausente de los principales debates de la sociedad, optar por el pactismo con esa raza de víboras sería un error y enfriaría muy pronto la esperanza que nos ha contagiado Francisco desde aquella tarde lluviosa en que salió al balcón para anunciarnos que venía de la periferia del mundo.

Que Dios le conserve la salud muchos años y que nosotros, allá donde estemos, lo veamos.

viernes, 4 de octubre de 2013

Siempre quise ser un periodista sobrecogedor


Durante mis veinte años de oficio he aprendido dos verdades en esta profesión: la primera, que los directores de diarios suelen padecer alguna tara mental, a menudo incurable, y la segunda, que los periodistas se dividen en dos tipos: los sobrecogedores y los que no lo son. Lamentablemente yo soy de los segundos. Siempre quise ser un periodista sobrecogedor, lo admito sin rubor, pero he carecido del tesón, la astucia y el dominio de los idiomas, singularmente el francés, para lograrlo. Me tuve que conformar con ser un periodista del montón, de los que entran en un medio sin recomendación, gracias a una beca, y se ganan después la vida no sin dificultades, echando jornadas interminables y aguantando a veces lo que no está escrito. La mayoría de los compañeros que he conocido responden a esta categoría. Son personas trabajadoras, honradas, entregadas a la faena bien hecha y sin cintura para la intriga. 
En cambio, el periodista sobrecogedor es un espécimen que sobrevuela las redacciones cual buitre leonado, como decía mi admirado Félix Rodríguez de la Fuente, hábil como pocos para poner huevos en distintas cestas y jugar con diferentes barajas. El periodista sobrecogedor (que rara vez posee el talento del maestro de todos ellos, César González-Ruano) se preocupa más por tejer una red de amistades influyentes que del trabajo diario. Le interesa quedar bien con el concejal o el empresario de turno antes que sacar una buena exclusiva. Sabe dosificar los tiempos y dispone del olfato idóneo para identificar quién manda y cómo atraerse su interés.

A la larga sus compañeros dejan el oficio, unos porque, cansados de no tener vida privada, opositan a conserjes de un instituto; otros desaparecen dándose a la bebida y a la cocaína y también los hay que son despedidos en medios a la deriva. El periodista sobrecogedor, sin embargo, se cobra los servicios prestados antes o después, y acaba trabajando para una empresa a la que previamente benefició con sus informaciones, o en un ayuntamiento en el que será asesor de un alcalde corrupto. El periodismo es para ellos un medio para llevar una vida fácil en la que nunca faltan entradas gratis en el Principal de Valencia o en la tribuna de Mestalla. Y antes de la crisis colocaban a sus familiares en alguna administración o empresa pública.
He conocido a varios periodistas sobrecogedores. Todos tienen un rasgo en común: su mediocridad intelectual y profesional es, con todo, superior a su catadura moral. Recuerdo ahora a dos que fueron directores míos. Uno parecía salido de un cuento de Clarín, un señor decimonónico, todo él pagado de sí mismo, encantado de haberse conocido, con su barba blanca y su sonrisa falsa, beneficiario de mil y una canonjías culturales, siempre pagadas con el dinero público. Sus libros sobre la Valencia del siglo XX se venden hoy a precio de saldo. Es amigo de Rita Barberá.

El otro, un poco más joven, fue comunista y hoy ejerce de liberal, un tipo peligroso de mirada bovina, papada enorme, andar cansado, barriga prominente y cara abotargada de quien pisó ya la raya del alcoholismo. Dirige una revista que nadie lee. Cuando me contrató me sorprendió que cobrara cuatro sueldos, uno por cada sociedad que había creado en un grupo editorial en el que apenas trabajábamos una docena de personas. Con sus trabajadores era menos espléndido: les regateaba el sueldo y hasta los quince minutos del desayuno. Un miserable. Era alérgico a los gatos, animales que siempre han sido asociados con la inteligencia.
Estos dos periodistas sobrecogedores siguen a su manera en la profesión mientras que otros compañeros, mejores periodistas, se quedaron en el camino. El periodismo, como la vida, es injusto. A ambos hay que reconocerles el mérito de ser unos supervivientes. Se han pasado veinte años defendiendo al PP en Valencia, pero si en 2015 llegase el nuevo Frente Popular no dudarían en desempolvar sus credenciales izquierdistas. Porque si hay algo que les define es su facilidad para cambiar de principios como de chaqueta para que a sus señoras nunca les falte de nada en casa.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Escarnio de doña Fátima


Doña Fátima Báñez pertenece a un gobierno de carteristas o, si lo preferís, de tironeros. Entre El Dioni y Cristóbal Montoro, la mayoría confiaríamos nuestros ahorros al primero y huiríamos del segundo. Montoro encarna mejor que nadie el golpe de mano dado por Rajoy contra los once millones de votantes del PP, entre los que yo me contaba, que vieron cómo este partido, a las pocas semanas de alcanzar el poder, se burlaba de ellos y comenzaba a incumplir todas y cada una de sus promesas electorales.
Porque no ha habido una semana en que Rajoy y su gente se hayan abstenido de adoptar alguna medida para empujar a la clase media y a los trabajadores a la pobreza. Dijeron que bajo ninguna circunstancia subirían la presión fiscal, y aumentaron los impuestos y las tasas; dijeron que no habría copago en la sanidad y lo impusieron en los medicamentos; dijeron que no recortarían en educación y prestaciones sociales, y no paran de disminuir los recursos dirigidos a estas partidas. A punto de llegar a la mitad de la legislatura, el balance de este Gobierno es desolador. Zapatero llevó el país a la UCI con su irresponsabilidad y Rajoy, un tipo tan suave como taimado, remata al enfermo con un cuchillo jamonero para que no se le escape con vida.
 
Doña Fátima, como decía, es ministra y lo es de la cartera de Empleo (antes Trabajo). Ser ministro es bien poca cosa en la España de las autonomías, un país casi feudal, y si te asignan el área de Empleo o Cultura, pues tu peso en el gabinete es irrelevante. Un florero. Pero aun así, y aunque no exista la más mínima duda de que doña Fátima será olvidada tan pronto como abandone el Gobierno, se ha ganado un lugar en la historia, pero en la historia de la ignominia. Nadie le discutirá los méritos en este terreno. Se le recordará por dos reformas, la laboral y la de las pensiones, esta última tan en boga estos días.
 
De la reforma laboral se ha cumplido ya un año y medio. El paro ha seguido subiendo, pero doña Fátima sostiene que podría haber sido mucho peor si no se hubiera aprobado aquella ley nefasta. No se consuela porque no quiere. Lo que no admite controversia es que el PP, el partido de los trabajadores, tal como lo definió María Dolores Taconazos de Cospedal, ha conseguido que el kilo de empleado se venda ya muy barato, casi una ganga, oiga, y, a pesar de tantas facilidades, los empresarios siguen sin contratar. ¿Será porque a esos trabajadores les han reducido el sueldo y sólo consumen lo imprescindible?
 
Constatado el colosal fracaso de la reforma laboral, que a juicio de la gran patronal es demasiado tibia, Rajoy se apresta a cumplir la última orden que le llega de los nietos demócratas de Hitler. Ahora toca recortar las pensiones después de jurar que nunca haría tal cosa. Se han inventado un sistema que, lo mires como lo mires, supone que los jubilados perderán siempre poder adquisitivo. Ahora nos dicen que todo dependerá de la esperanza de vida (¡Qué jodidos estos viejos que no se mueren!) y de las cuentas de la Seguridad Social, que amenazan ruina porque apenas hay nuevos cotizantes. Doña Fátima lo niega y nos quiere convencer de que tampoco esta vez nos van a robar la cartera.
 
Aunque en la calle se respire la desesperación y el miedo, doña Fátima puede dormir tranquila porque acabará de experta de asuntos andaluces en una fundación de la CEOE o de alguna aseguradora. Si González y Aznar terminaron como consejeros de dos empresas energéticas después de beneficiarlas, esta mujer, más limitada en su entendimiento y con serios problemas para hacerse comprender en castellano, tiene también derecho a un retiro cómodo del que ni vosotros ni yo probablemente disfrutemos.  

domingo, 22 de septiembre de 2013

Jo hablar English


Pertenezco a una generación a la que nunca se le dieron bien los idiomas. En mi tierra éramos tan pobres que sólo hablábamos una lengua. Cuando estudiamos la EGB no le concedíamos demasiada importancia al inglés. Los planes de estudios tampoco se la otorgaban. En lo que había que centrarse, nos decían, era en la lengua y en las matemáticas pero no en el inglés. Después fuimos al instituto y nos ocurrió lo mismo. Los profesores dedicaban las clases a enseñarnos mucha gramática y léxico; los exámenes eran siempre escritos y rara vez manteníamos una conversación entre nosotros.
Así no podía extrañarnos que, al cabo de siete años de estudiar inglés, todo lo que sabíamos decir era My name is…, How are you? y Where are you from? Pero eso no nos preocupaba porque si nosotros no sabíamos inglés, el resto del mundo podía hablar el castellano, que para eso éramos españoles. Si por un casual encontrábamos a un extranjero que dominaba la lengua de Shakespeare, nos costaba admitir nuestra impericia en el idioma y a todo lo que nos decía le contestábamos, muy seguro de sí mismos, con un alright, alright. Y a lo mejor el tipo nos acababa de decir qué ojitos tan lindos tienes, y el hombre, claro, ante el cuerpo que tenía delante, se le hacía la boca agua, y uno seguía con el alright, alright creyendo dominar la situación y sin advertir los enormes peligros que te acechaban.

Ahora son otros tiempos. Ya lo creo. Algunos nos hemos gastado el dinero que no tenemos en academias. Hemos interiorizado que si no sabes inglés, si no lo acreditas con un título, eres un paria. La gente de mi generación, consciente de la importancia de los idiomas, quiere que a sus hijos no les pase lo mismo que a ellos e intentan apuntarlos a colegios bilingües, a ser posible concertados, para que se mezclen lo justo con inmigrantes, colegios, recordémoslo, que pagamos todos con nuestros impuestos.
Pero ya no basta con aprender inglés. Hay que saber francés, alemán, iniciarse en el chino, dominar la lengua vernácula, todo para acabar a veces de camarera en un bar de Torrevieja por 500 euros al mes. Pero pensemos por un momento en los niños y los adolescentes llamados a ser los políglotas del futuro. No tienen tiempo para nada, entre el colegio y las clases particulares que les buscan sus padres. Se les ve llegar rendidos a casa, malhumorados. Es comprensible que cuando te cruzas con algunas de esas criaturas por la calle y te sueltan ricuras como la de ‘fuck you’, dudes de los progresos de la pedagogía moderna, en manos de unos profesores que, como los médicos y los jueces, se creen importantes hablando un lenguaje que sólo entienden ellos.

En Valencia, el Gobierno regional, formado por una colección de lumbreras, ha impuesto el trilingüismo para que todos los alumnos, una vez acabada la enseñanza obligatoria, dominen el castellano, el inglés y el valenciano. Hay que matizar que quienes toman esas decisiones, con su presidente al frente, no dan ejemplo. Para barrer las calles te exigirán muy pronto un nivel avanzado de inglés, pero si te ha tocado la lotería y te eligen presidente de la Generalitat o incluso del Gobierno, algo para lo que no se requiere una inteligencia elevada, puedes estar tranquilo porque nunca te van pedir el inglés para ejercer el cargo. No importa que luego hagas el ridículo leyendo un discurso en español ante un auditorio de angloparlantes reunidos en Buenos Aires.
En el inicio de este nuevo curso con menos profesores y más alumnos, siento ternura por esos niños que, cargados con sus mochilas, acuden al colegio de la mano de sus abuelos. Pienso que las autoridades educativas, que rara vez pisan un aula, deberían demostrar más comprensión por ellos. No les aprieten demasiado con los idiomas porque puede ocurrir que logren lo contrario de lo que buscan, es decir, que al final no se manejen en ninguno de los tres. Si hay algo peor que un analfabeto funcional en castellano es serlo también en valenciano y en inglés. Y hacia ello vamos, me temo.

martes, 17 de septiembre de 2013

Nostalgia de Robespierre

Maximilien de Robespierre murió guillotinado a los 36 años. Le aplicaron la medicina que él había administrado a sus enemigos políticos. Robespierre ha pasado a ser uno de los malotes de la historia contemporánea, aunque no reúne los méritos suficientes para competir con gente tan poco agradable como Hitler, Stalin, Pol Pot, Mao o Idi Amin. Él, que fue el dirigente más conocido de la Revolución Francesa, siempre ha tenido mala prensa, en especial entre las personas de orden, que lo han visto como un monstruo, el Incorruptible, un fanático de la virtud, algo así como el Mourinho de nuestros días.
Pese a que aún resulta de mal gusto citarle en reuniones de amigos, so pena de que alguno te tilde de radical, Robespierre vuelve a estar de moda. A más de una persona le he escuchado que no le parecería descabellado que plantasen una guillotina en la plaza del Ayuntamiento de Valencia o en la Puerta del Sol y se comenzaran a cortar las cabezas de quienes nos han conducido a este atolladero, faltarían cuchillas, eso sí, pero al final todo queda en fuego de paja, en esas bravuconadas que tanto se estilan en las redes sociales y que al poder le hacen gracia sin inquietarle.
Robespierre, reivindicado por quienes comienzan a no tener nada que perder, ha sido este año objeto de estudio de dos biografías y ha inspirado una novela, lo que demuestra el interés que despierta. El abogado de provincias y diputado de la Asamblea Constituyente es analizado, con sus luces y sus sombras, en Robespierre. La virtud del monstruo, de Demetrio Castro (Ed. Tecnos), Robespierre, una vida revolucionaria, de Peter McPhee (Ed. Península) y la novela escrita por Javier García Sánchez (Galaxia Gutenberg). Los dos últimos libros humanizan la figura del revolucionario. Pocos saben que como letrado se dedicó a defender a los menesterosos de Arras, donde nació, y que fue un activista contra la pena de muerte, pero cuando tuvo que defender la supervivencia de la República, amenazada por enemigos internos y externos, no dudó en abjurar de sus convicciones y dar el visto bueno a miles de ejecuciones, menos de las que se le atribuyen, pero que constituyen sin duda un número importante de represaliados, entre aristócratas, curas monárquicos (también los había partidarios de la Revolución) y campesinos.
Robespierre, vilipendiado durante más de doscientos años, engrosa la lista de los perdedores de la Historia. Sin embargo cabe pensar que sin su concurso y el de los jacobinos todo hubiera seguido igual después de 1789, año cero de la Revolución. El sueño de la razón produce monstruos, es cierto, pero sin monstruos como Robespierre la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano hubiera quedado en papel mojado. La cabeza de Luis XVI fue el aviso que los monarcas del siglo XIX y XX recibieron para no volver al absolutismo y permitir ciertas libertades, no demasiadas, al pueblo.
Robespierre vuelve también a estar de actualidad porque en una época de grave crisis (¿os suena?) luchó contra los privilegios de una minoría, defendió las políticas en favor de los pobres e impuso un Estado centralista que descansaba en la igualdad de todos ciudadanos y los territorios ante la ley. En todo comulgo con ese programa. ¿Nos parecen excesivos sus métodos? La pregunta, a lo largo de la historia, se sucede: ¿es lícito matar a César? ¿Es admisible la violencia en determinados supuestos? ¿El fin justifica los medios? Quien se opone a esta última cuestión en cualquier circunstancia es un ingenuo o un cínico. Esa pregunta no admite, a mi juicio, una respuesta categórica: depende del fin, depende de los medios, depende del momento.
Pero pueden estar tranquilos los defensores del statu quo porque las guillotinas no volverán, y menos en un país como el nuestro que ha respetado siempre las testas regias. Pero tampoco nos engañemos: los pueblos, en circunstancias excepcionales, se han servido siempre de los malos de la película, de personajes que nos resultan incómodos, a quienes nunca se les dedicará una calle o se levantará una estatua en su recuerdo, pero que nos han hecho el trabajo sucio, se han manchado las manos al atacar los privilegios de una minoría o al preservar la integridad territorial de un país, por ejemplo. Mientras tanto, nosotros, tan demócratas y tan pacíficos, que calmamos nuestra mala conciencia haciéndonos socios de Medicus Mundi, votamos cada cuatro años creyendo que el destino de la nación está en nuestras manos.

martes, 10 de septiembre de 2013

¿Referéndum catalán? Hoy mejor que mañana


Intuimos que Mariano Rajoy está aprendiendo a hablar catalán en la intimidad con Artur Mas. Ya existe algún precedente. Con la vuelta de las vacaciones, después de un verano sin apenas noticias de interés, hemos descubierto (porque así nos lo han permitido sus protagonistas) que el presidente español y el catalán se reunieron en La Moncloa a finales de agosto. No es la primera vez que se ven en secreto para tratar el referéndum catalán; que se sepa, lo hicieron en otra ocasión en primavera. Mas tiene una experiencia acreditada, pues ya pactó el Estatut con otro presidente, sin que a ninguno de los dos le importara suplantar la voluntad de los parlamentos español y catalán.
A mí me da morbo ese encuentro furtivo, a espaldas de sus sacrificadas esposas, entre dos hombres que, pese a no compartir la misma patria, coinciden en todo lo demás. Si no fuera por el nacionalismo que les separa, podrían militar en un mismo partido, en una organización de las que defienden el orden en la calle y la austeridad en las cuentas públicas. Después del encuentro de agosto, Rajoy y Mas han acordado seguir negociando en secreto una salida a la consulta. Nada nuevo bajo el sol. Siempre ha sido así en la política: los asuntos importantes se pactan en los despachos y no en los parlamentos. Es el proceder de las élites, que se comportan igual que las que les precedieron, haya o no democracia de por medio. Por mucha defensa que se haga de la transparencia, todo funciona como hace siglos.

Ahora se especula con la posibilidad de que el referéndum no se celebre en 2014 y que, dos años después, se convoquen unas elecciones plebiscitarias en las que Cataluña se jugaría su futuro. Craso error si se acepta esa demora. Por el dentista hay que pasar cuanto antes. Soy de los que apoyan la consulta para que los catalanes decidan si quieren seguir perteneciendo a España. Para impedirla no conviene escudarse en la desgastada Constitución. Si fuera necesario, procédase a su reforma como se hizo en 2011 para fijar un tope al déficit público, pero no la utilicemos como arma arrojadiza contra nadie.
La celebración del referéndum situaría al independentismo ante su hora de la verdad. Por paradójico que resulte, la oposición del Estado a la consulta ha sido la coartada perfecta para el mundo nacionalista, que presume de mucho más apoyo popular del que en realidad tiene. No hay por tanto que tenerle miedo a que la gente hable. Ese referéndum arrojaría un sí a favor  de la pertenencia a España. No soy un voluntarista ingenuo. Ahora sólo se oye el ruido y la furia de los nacionalistas, generosamente reflejados en los medios adictos, pero hay otra Cataluña silenciosa, excluida del debate público, que votará en contra de la secesión. Y son mayoría.

Si el Estado sabe jugar sus cartas con inteligencia y mesura, esa consulta, repito, se ganará. Pero hay que ser valientes, audaces, echarle coraje y abandonar esa política suicida que lo fía todo a la recuperación económica para que se diluya el independentismo. El problema existe y se agravará si no le damos una pronta solución. Cuanto más tiempo transcurra, más posibilidades tendrá el independentismo de que su estrategia de romper todos los lazos con el resto del país, basada en el control de la sociedad, cunda en el ánimo de gran parte de la población del Principado.
Ahora bien, el referéndum, para ser válido, debe cumplir una serie de condiciones que deben negociarse antes. A mi juicio, son las siguientes:

. La participación debe alcanzar al menos las dos terceras partes del electorado.
. La independencia no puede legitimarse con tan sólo un 51% de apoyos. El porcentaje debe ser superior.
 
. El Estado ha de competir en igualdad de condiciones para defender su opción. Esto no es posible hoy ante la ocupación que la Generalitat, y el nacionalismo en su conjunto, ejerce en las instituciones políticas, culturales y educativas, así como en los medios de comunicación catalanes, en su mayoría comprados con subvenciones. 
 
. Sólo debe haber una pregunta, clara y sencilla: ¿Aprueba usted que Cataluña se independice de España y se constituya en Estado propio? Nada de confederación, estado libre asociado, federalismo asimétrico, nada de semejantes milongas. El dilema es fácil: independencia, sí o no.

. En caso de que triunfara el independentismo, los catalanes que así lo deseen conservarán la doble nacionalidad.

Sentadas estas premisas, todo aquel que convocara una consulta ilegal, no negociada con el Estado, o que declarase la independencia unilateral de Cataluña se debería enfrentar a la cárcel, aun a riesgo de dar nuevos argumentos al victimismo nacionalista, que ya podría celebrar otro 1704 dentro de trescientos años, eso sí, pagado con los impuestos de todos, como sucede ahora.

PD. Aunque tuviera dudas sobre la conveniencia de que Madrid acogiera los Juegos Olímpicos de 2020, sentí tristeza y decepción al ver vapuleada su candidatura, y de qué manera, en Buenos Aires. Me quedo, no obstante, con el esfuerzo demostrado por gente como Pau Gasol, Ona Carbonell, Mireia Belmonte y Jennifer Pareja, catalanes y deportistas, que entendieron que ese proyecto, aun con sus sombras, podía ser beneficioso para que España recuperara la fe en sí misma.         

viernes, 6 de septiembre de 2013

He vuelto a ser del Atleti


El sociólogo Anthony Giddens tuvo sus quince minutos de gloria en los años noventa cuando acuñó el concepto político de la tercera vía. Era su aportación para renovar la socialdemocracia, en busca de una síntesis entre el liberalismo desorejado de Reagan y Thatcher y la izquierda clásica, que aún no se había deshecho del cadáver de Marx. Giddens, británico de origen, se convirtió en el consejero favorito del entonces primer ministro Tony Blair. Con la ayuda de Giddens, Blair tuvo la coartada ideológica para llevar a los laboristas al centro que, como todo el mundo sabe y aquel que no lo sabe ya lo puede ir aprendiendo, acaba siendo la derecha. La trayectoria de Blair es un claro ejemplo de lo expuesto.

Pero no deseo teorizar sobre la tercera vía ni hablar de Blair. La historia ya le ha hecho un hueco gracias a la foto de las Azores. No conviene gastar más tinta de la necesaria. Mi deseo es otro. Si he escrito sobre la tercera vía es porque creo que puede aplicarse a nuestra Liga de Fútbol. El campeonato acaba de comenzar, y algunos se empeñan en que nada cambie respecto al año anterior. La Liga sigue secuestrada por el Madrid y el Barcelona. Ningún equipo ha amenazado su posición de dominio en los últimos años. Por eso el campeonato es previsible, sin emoción, tan trucado como esta democracia española en la que sucede lo mismo: sólo dos pueden ganar, dos partidos que coinciden en lo esencial y sólo divergen en lo anecdótico. Dos partidos que, al decir de mi amigo Vladimir, son la misma mierda.

Pero esto puede cambiar, tanto en el fútbol como en la política, porque mucha gente se ha cansado de ver siempre la misma película con un plantel de malos actores y un guión peor resuelto. En el fútbol hay una tercera vía para los que recelamos de la prepotencia de los blancos y los blaugranas. Esa tercera vía futbolística no será el Valencia, qué más quisiéramos, a la vista de su limitada plantilla, sino el Atlético de Madrid de Diego Simeone. 

Debo confesar que he vuelto a ser del Atleti, de mi Pupas. De niño lo fui; presumía del equipo de Reina (padre), Leivinha, Pereira, Ayala, Leal, Becerra… Mi padre, en uno de mis cumpleaños, me regaló la vestimenta del equipo con el 9 a la espalda, el que llevaba Gárate, el delantero por el que sentí siempre debilidad y que se retiró joven por una extraña lesión de la que no se recuperó. Fui del Atlético de don Vicente Calderón y del doctor Cabeza, pero después llegó Jesús Gil y Gil a la presidencia y razones de elemental estética hicieron que me borrara. Entonces comencé un equivocado camino que me llevó (ahora lo confieso no sin vergüenza) a convertirme en un madridista de boquilla, oportunista donde los hubiera, que sólo se dejaba ver en Cibeles cuando al equipo ganaba un título, lo que ya rara vez sucede. Es un pasado del que no me enorgullezco, pero todos hemos tenido nuestros pecados de juventud, ¿no creéis?

Yo quiero que el Atleti gane la Liga. A Diego Costa y David Villa me encomiendo, también al portero Courtois. Basta ya del Madrid de los Pérez, Villar-Mir y Fefé, de ese centralismo arrogante y financiero, y basta ya de ese Barça que permite que su excelente fútbol (empieza a no serlo tanto) se vea contaminado por la matraca del nacionalismo. Bienvenido el Atleti, el club de los trabajadores de las dos orillas del Manzanares, el equipo de mi infancia, la esperanza de los que creen en un campeonato abierto. 

Nuestras vidas necesitan una tercera vía, un Atleti al que confiar nuestra suerte. No todo puede reducirse a escoger entre PP y PSOE, UGT y CCOO, McDonald’s y Burger King. Eso querrían ellos. El bipartidismo, entendido en un sentido amplio, nos empobrece. Luchemos, cada uno a su manera, contra quienes intentan imponernos dos soluciones, el blanco o el negro, cuando el mundo es una gradación de grises. Seamos gente de matices, delicadamente ambigua, capaz de no tenerle miedo a la complejidad de las cosas, personas que arriesguen y piensen por sí mismas, al margen de los convencionalismos y de los lugares comunes. Porque no hay nada más triste que jugar con sólo dos cartas en la mano y que las dos estén marcadas.