miércoles, 31 de julio de 2013

Todos camareros


Los ministros de Economía y de Empleo han mudado los rostros serios a los que nos tenían acostumbrados por unas sonrisas cómplices. Quizá surja el chispazo entre ellos, tal vez en el Consejo de Ministros que apruebe la próxima reforma laboral, lo cual sería una buena noticia para este Gobierno que anda tan escaso de ellas. El milagro se ha obrado gracias a la publicación de la última Encuesta de Población Activa (EPA). Como es sabido, el paro se redujo en más de 220.000 personas durante el segundo trimestre del año. Conocedores de este dato con antelación, Luis y Fátima no tardaron en mostrar su satisfacción para asegurar después que ya se avista el principio de la recuperación. Son el Rodrigo de Triana de la salvación económica. Hemos tocado fondo, asistimos a un cambio de ciclo, etc. etc. El personal, un tanto escamado por haber sido engañado sucesivas veces, atiende las palabras de los ministros con un comprensible e indisimulado escepticismo. La música ya les suena: desde 2008, si no recuerdo mal, llevamos escuchando lo del final de la crisis.
¿Será verdad esta vez? No queremos ser agoreros y lejos está de nuestra intención amargarle el verano a Mariano Rajoy y a los compañeros de La Razón, pero hay dudas razonables para creernos el impulso de una recuperación que, siendo generosos, podemos calificar de muy endeble. Si el paro baja ha sido por dos razones: la campaña estival y la desesperanza de miles de ciudadanos que se marchan del país o que ya han tirado la toalla porque creen que nunca encontrarán empleo.

El turismo seguirá tirando de la economía hasta septiembre. Mejor eso que nada. En la casa del pobre toda ayuda, por modesta que sea, es bien recibida. Si hay que trabajar de camarero, pues se trabaja. El de camarero es un oficio tan digno como cualquier otro si se sabe desempeñar con acierto, lo que con harta frecuencia no ocurre porque en la hostelería hay mucha ave de paso que emigrará a otros sectores en cuanto remonte la situación. Por eso a veces es difícil encontrar a un camarero que sepa servir un café o un gin tonic. El aprendizaje de todo oficio requiere tiempo, voluntad y paciencia, y ser camarero no se improvisa en dos días.
Con una industria reducida a escombros y una agricultura en la que sólo los inmigrantes quieren trabajar, el futuro de España (un país situado en los arrabales de Europa, no lo olvidemos) pasa por el turismo, el juego y el ocio. El Eurovegas del señor Adelson es el claro ejemplo de lo que nos espera. Como Bruselas no nos puede confiscar el sol y las playas, al menos de momento, los extranjeros seguirán viniendo a nuestro país, atraídos por unos precios cada vez más baratos. Más o menos como ocurría con Marruecos o Túnez hace diez años. Ante semejante panorama hay que ir haciéndose a la idea de que para ganarse la vida habrá que trabajar de camarero, crupier o señorita/to de compañía en una casa de lenocinio. Por suerte aún estamos a tiempo de elegir entre estas tres ocupaciones, cada cual con arreglo a sus capacidades e intereses.

A la vista de lo sucedido en los últimos años, ahora comprendo lo que Ana Belén quiso decir, acaso sin saberlo, cuando cantaba aquello de “España camisa blanca de mi esperanza”. Les enseñaba el camino a sus compatriotas. La camisa blanca, almidonada, sin un lamparón, blanca como la paloma de Alberti, era la del camarero español de este inicio de siglo, para muchos la última oportunidad de salir de la miseria y de no ser dado por muerto en la próxima EPA.    

sábado, 27 de julio de 2013

España era una marca


Tanto tiempo reflexionando sobre el ser de España y de los españoles y ahora descubrimos que España era una marca como la Coca-Cola. España o la chispa de la vida. El hallazgo nos ha llegado de la mano del Gobierno de Rajoy que, al poco de constituirse, creó algo de nombre tan pomposo como el Alto Comisionado para la Marca España. El responsable de la cosa es Carlos Espinosa de los Monteros Bernaldo de Quirós, de profesión empresario, y que tiene, entre sus méritos, el de haber heredado dos apellidos muy largos, de ésos que son recomendables para hacer carrera en el partido de los conservadores.
Ya veis. Algunos seguíamos sin aclararnos sobre lo que es España. ¿Era una nación de naciones, un país, un Estado o algo tan en desuso como una patria? Como españoles es normal que ni siquiera en esto nos pusiésemos de acuerdo. Ahora, como decía antes, hemos dado con la solución. España es, por encima de todo, una marca. Bien mirado, no es extraño que un Gobierno en teoría liberal considera una marca a nuestro país. Para ellos somos antes contribuyentes que ciudadanos, consumidores antes que personas. El mensaje que nos llega de los mandarines del poder es que en cada uno de nosotros hay un emprendedor por descubrir, un empresario de sí mismo, un vendedor en competencia con los demás. Así que si Javier Carrasco es una marca (una marca con poco predicamento en el mercado, ésa es la verdad), ¿por qué no lo va a ser España?
 
Si don Américo Castro y don Claudio Sánchez-Albornoz levantaran la cabeza, ellos que mantuvieron una agria polémica sobre el origen de España, tal vez se escandalizarían con lo que hemos escrito. No entenderían nada. “España, ¿una marca? ¡Qué me dicen!”, responderían, asombrados, los dos sabios. Pues sí, don Américo y don Claudio: España es una marca, una marca blanca, de las baratas, baratas, para que nos la compren los chinos, los rusos y los alemanes. Andamos de rebajas, en la esperanza de que alguien se acuerde de nosotros. Créanlo.
 
Por eso el Gobierno Rajoy, del que rara vez apreciamos sus virtudes, si acaso las tiene, se ha propuesto dar a conocer la Marca España en actos de gran colorido como el celebrado recientemente en Valencia, que reunió hasta siete ministros y a la plana mayor de los empresarios de la región. Los empresarios, fieles a su costumbre de ejercer de palmeros, aplauden la iniciativa de García-Margallo y reclaman más presencia de la Marca España en el extranjero. A ellos, como a la mayoría de los ciudadanos, España les dejó de doler hace mucho tiempo, si es que alguna vez se dio tal circunstancia. Eso son cosas del cascarrabias Unamuno y del fascista de José Antonio. Hay que ser prácticos y dejarse de disquisiciones florentinas. España, si tiene algún futuro (cosa que dudamos), es como marca. Lo que pasa es que las marcas Bárcenas y Urdangarin le hacen una competencia muy seria, y así no hay dios que venda una escoba.  

miércoles, 24 de julio de 2013

Una mañana en el hospital La Fe


Hace una semana visité el hospital La Fe: estaba citado para una revisión con la doctora que me operó de la espalda hace justo un año. En el vestíbulo principal había menos gente que en otras ocasiones, quizá porque era julio y había varias plantas cerradas. Cuando entré en este edificio por primera vez, me perdí por sus pasillos. Era como si caminara por el interior de una pequeña y moderna ciudad. Luego te vas acostumbrando al hospital, ­­­del que dicen que es el mayor de Europa, y el ambiente, incluido el personal con el que tratas, comienza a resultarte familiar.

En esta última visita me volví a armar de paciencia. Como todos habéis estado en un hospital, sabéis de lo que os hablo. Entre las virtudes de un enfermo debe figurar la paciencia. Paciente viene de paciencia. La Fe pone a prueba nuestro temple. Cuando me toca revisión con mi traumatóloga estimo que tardaré tres horas en entrar en su consulta. Esta vez no iba a ser diferente. Y como sabía que me iba a enfrentar a una larga espera, me compré el periódico y me llevé una novela de Andreu Martín, Barcelona Connection, de la que, por cierto, no leí ni una línea. 
Aunque los pacientes con los que coincides en la sala de espera sean distintos, acudir a una nueva revisión tiene un cierto aire deja vu. Te acompaña la sensación de haber vivido esa experiencia antes. Jóvenes y viejos ayudándose de bastones, andadores o sillas de ruedas, muchos ellos erguidos con sus corsés, tiesos como muñecos de feria. Y mientras tanto, sus familiares se preguntan la hora a la que han sido citados y miran de soslayo la pantalla por si aparece el número que identifica al enfermo, a la espera del milagro. Como no suele darse el milagro, algunos pacientes, que a juzgar por sus rostros son primerizos, se impacientan, se quejan y cancelan citas por el móvil. No alcanzan a comprender que el tempo del hospital no es el de la calle: aquí las prisas no son bien recibidas.

En la sala de espera hay unos grandes ventanales desde los que se puede observar toda Valencia. Es una visión hermosa de la ciudad. Volver a aquella sexta planta te recuerda la operación en la que te jugaste volver a andar. Al final la moneda cayó en el lado correcto, y volviste a caminar gracias a Dios y a las manos expertas de la doctora B. Aquella intervención precipitada queda ya muy lejos pero, paradójicamente, no puedo quitármela de la cabeza. Entonces se quebró algo dentro de mí, y todavía hoy, al cabo de un año, no sé muy bien qué es lo que se rompió y ni si algún día lo adivinaré.

Delante de mí hay un niño y una adolescente. El niño va en una silla de ruedas. Tiene un cuerpo deforme: el tronco, muy pequeño, contrasta con una cabeza desmesurada. El niño está acompañado por su madre y come una bolsa de chucherías con muchas ganas, como si le fuese la vida en ello. A su lado hay una adolescente de catorce años, pálida como la estatua de un cementerio. Habla español y un idioma extranjero que no logro identificar. Ha sido operada varias veces de la columna. Su cicatriz le llega hasta el cuello. La muchacha responde con risas a las bromas de sus dos hermanos pero su risa es una risa triste, de una tristeza que sólo conocen quienes han sufrido mucho porque les falta la salud desde que nacieron.

Se acerca la hora de comer y queda poco para que me llamen. Me pregunto por la suerte de esos dos niños. ¿Qué será de ellos cuando sus padres falten en este tiempo de asesinos? No hay respuesta para esta pregunta, como no la hay para tantas otras que me hago. Sólo sé que en ese momento siento una feroz ternura por ellos dos, tan frágiles y vulnerables, y al tiempo me avergüenzo de las quejas sobre mi salud. Minutos después, ya en la consulta, la médica, después de ver las radiografías, me dice que mi columna no se ha resentido. Mi madre y yo, sin cruzar la mirada, respiramos con alivio. Sólo por el tiempo de espera, creo que nos merecemos una buena comida y un vino de Rioja, y disfrutar de lo que queda del día. Y mañana Dios dirá.

sábado, 20 de julio de 2013

Si Cataluña se marcha


Francisco Fernández Ordóñez, ministro de UCD y PSOE, hombre muy culto y político de lealtades efímeras, estaba convencido de que el honorable Jordi Pujol era un independentista encubierto. Así se lo confesó a Felipe González pocos años antes de morir, lo que ocurrió en 1992. Fernández Ordóñez pensaba que Pujol era el caballo de Troya de la democracia española. Su opinión distaba de la dominante entre las élites de aquel momento. Pujol era considerado un hombre de Estado, hasta el punto de que el ABC, que aún conservaba cierta influencia en la opinión pública, le nombró español del año. ¡Qué cruel ironía!

Ahora Pujol dice que no le queda más remedio que ser independentista, pues de Madrid no cabe esperar ya nada para hacer posible el manido encaje de Cataluña en España. Pero Pujol no está solo en su ardor secesionista, pues personajes tan diferentes a él como los cantantes Peret y Dyango han abrazado esta causa política con el mismo entusiasmo. Para ellos es de imaginar que el independentismo es una ocasión propicia para revitalizar sus carreras artísticas, un tanto periclitadas.

Lo que Fernández Ordóñez supo vislumbrar es lo que al final ha sucedido. El espectáculo al que asistimos, dirigido por Artur Mas, que no sabemos si terminará en sainete o en tragedia, es fruto de una estrategia muy meditada y que se planteó a largo plazo. CiU, primero, bajo el largo mandato de Pujol, y los tontos útiles del socialismo catalán después, han allanado el camino a la independencia merced a una política basada en la lengua, la escuela y la bandera. En este tiempo, el nacionalismo se ha esmerado en romper todos los lazos afectivos y culturales con España hasta  presentarla como un cuerpo extraño a Cataluña, cuando no como el enemigo opresor que esquilma a los catalanes. Esa estrategia, para qué negarlo, ha tenido éxito y está muy cerca de cumplir su objetivo.

El nacionalismo/independentismo catalán le está ganando la partida al Estado español con holgura. Extraño sería que ocurriese lo contrario, a la vista de lo que tienen enfrente Pujol, Mas y Junqueras. Veámoslo.


. Un jefe del Estado en acelerada decrepitud. Sus continuas caídas, cacerías y operaciones quirúrgicas son una metáfora de la decadencia de la institución a la que representa. La monarquía divide hoy más que une a los españoles. Es una rémora para el futuro del país.

. Un presidente del Gobierno mendaz y sin una gota de liderazgo en sus venas. Nadie puede confiar en un hombre que huye de los periodistas a  cada momento y que, al poco de ser investido, dio un golpe de mano e hizo todo lo contrario a lo que le dictaba el programa electoral.

. Un Ejecutivo formado en su mayoría por hombres y mujeres incapaces y de una desoladora mediocridad política, intelectual y moral, que trabaja para los intereses de la banca y las grandes empresas, en perjuicio de la clase media y de los trabajadores.

. Una izquierda (PSOE e IU) que, salvo excepciones, se ha sentido siempre incómoda al hablar de España como nación porque cree que es un invento de Franco y Millán Astray. Si no se tiene clara la idea de España, ¿cómo podemos defenderla de quienes quieren destruirla? Es más, ¿qué puede esperarse de una izquierda que no llama a España por su nombre?

A la vista de lo expuesto no es extraño que el Estado esté perdiendo el pulso con el secesionismo catalán. El error añadido es empecinarse en no celebrar el referéndum. Hay que permitir que los catalanes decidan si quieren seguir perteneciendo a España. Soy de los que piensan que ese referéndum lo podemos ganar si el Estado, con otros dirigentes al frente, sabe jugar sus cartas con sensibilidad e inteligencia.

Pero si al final Cataluña se marcha, porque así lo quiere la mayoría de su población, poniendo fin a más de 500 años de vida compartida, el Estado español nacido de la Constitución estará amortizado. Y habrá que refundarlo, una vez más. Eso implicará liquidar instituciones que fueron incapaces de mantener la integridad del territorio nacional. Al Rey habrá que enseñarle el camino del exilio. A los partidos mayoritarios, PP y PSOE, cada vez más parecidos a aquellos conservadores y liberales que se turnaban en la Restauración, deberemos sustituirlos por otros que escuchen y representen a los ciudadanos. Y el Estado de las autonomías, incapaz de resolver el problema territorial, habrá que de darlo por finiquitado.

Sin Cataluña, España será distinta, un país mutilado, como esa persona que sigue viviendo después de serle amputado un brazo o una pierna. Ya nunca volverá a ser la misma. Siempre le faltará algo. La independencia de Cataluña sería un trauma colectivo del que tardaríamos varias generaciones en recuperarnos. Pero aún estamos a tiempo de evitarla.  

martes, 16 de julio de 2013

La mejor oferta



Los aficionados al cine nos parecemos cada día más a una logia masónica. Nos reconocemos con la mirada, sin tan siquiera cruzar una palabra. Somos cada vez menos (por eso es fácil identificarnos) y nos gusta el cine pero no cualquier cine. Preferimos ver las películas en versión original y huimos como de la peste de las grandes producciones de Hollywood, sobre todo si vienen acompañadas de la última generación de efectos especiales.

Pertenezcamos o no a una logia imaginaria, lo que parece indudable es que somos los últimos testigos de una manera de ver y entender el cine, de disfrutar de un espectáculo compartido en una sala a oscuras, pendientes de que surja el milagro de una buena historia que, sustentada en unos actores creíbles, haga que nos olvidemos de nuestras vidas durante dos horas.

Hace dos semanas asistí al estreno de La mejor oferta en los Babel de Valencia. A diferencia de lo que me ocurrió en otras ocasiones, cuando la sala estaba casi vacía, esta vez había una media entrada. Casi todos los espectadores superábamos los cuarenta años. En esto, los cines se van pareciendo cada vez más a las iglesias. Las parroquias menguan y envejecen. Pero me siento cómodo con ese público adulto, al que se le presupone una mínima sensibilidad por el cine, porque tienes la seguridad de que disfrutarás de la proyección en tranquilidad.

Giuseppe Tornatore, que se hizo famoso con Cinema Paradiso, película en la que casi todo el mundo derramó su lagrimita, es el director de una cinta que nadie diría que es italiana. El trabajo es anglosajón de principio a fin, empezando por sus actores. El idioma en la que fue rodada es el inglés. Hasta donde yo conozco, la película ha tenido buenas críticas (Carlos Boyero) y comentarios negativos (Fernando Trueba y Vicente Verdú). A mí me gustó, aun siendo consciente de que no estaba viendo una obra maestra (¿qué película hoy en día lo es?), pero si repasamos la cartelera veraniega, tan escasa de estrenos de interés, La mejor oferta es un pequeño lujo en este mes de julio.

El protagonista, el actor Geoffrey Rush, que encarnó al terapeuta de Jorge VI en El discurso del rey, hace un gran trabajo. Da vida a un experto en arte que vive del negocio de las subastas y que atesora cuadros de una singular manera. Cerca ya de la vejez, es un hombre incapaz de sentir nada por nadie. A cualquier lugar acude con guantes, de los que tiene decenas de pares en su casa, porque no resiste el contacto físico con la gente. Pero una mañana recibe una extraña llamada de una mujer joven, y a partir de entonces asistimos a la transformación de este hombre culto y frío.

La mejor oferta habla del juego de la verdad y de la mentira, de la tenue raya que las separa. No siempre sabemos dónde acaba una y empieza la otra. En un tiempo en que tanto se sermonea con la necesidad de ser auténticos y transparentes, agradeces este tipo de historias, entre otras razones porque uno ha tenido sus periodos de mentiroso contumaz, sobre todo para defenderme de todo aquel que ostentaba cierto poder y autoridad. Si el poder siempre nos miente, ¿por qué no pagarle con la misma moneda?


Yo os recomiendo La mejor oferta. Id a verla un día laborable para que las entradas, que tienen unos precios prohibitivos, os salgan más económicas. El cine de suspense de Tornatore trata del engaño, la traición, el alto precio que se paga por enamorarse a cierta edad, del arte como sustituto de la vida y de las ilusiones perdidas, en suma, de todos los materiales con los que está hecha nuestra precaria existencia. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una película.        

viernes, 12 de julio de 2013

Bendito café



A menudo me siento como un personaje de La Colmena, taciturno y desocupado, sin nada que hacer y sin nadie a quien cumplimentar, removiendo el café aún caliente que una camarera casi adolescente me ha servido con un aire de familiaridad que sólo se da con los clientes conocidos. Muy mal no has debido de ir si no disponemos de un euro para ese café, que puede ser el único momento gozoso de un día llamado a pasar al olvido. Ese café nos reconcilia con la mañana, nos trae una fugaz y engañosa promesa de felicidad y nos ayuda a olvidar la mala noche pasada en la que no hubo manera de conciliar el sueño.

En esta crisis no se ha ensalzado lo suficiente los beneficios terapéuticos del café. Lo tomamos en soledad, echando un vistazo a las hojas manchadas del diario, o en la agradable compañía de quien comparte nuestras confidencias. El café es el feliz pretexto para volver a los viejos amigos que guardaron, como nosotros, la prisa en el armario de su memoria. El café se ha de tomar sin nada, ni siquiera acompañado por unas gotas de leche, porque el café es orgulloso, se basta por sí mismo y no admite compañeros oportunistas que le discutan su protagonismo.

Soy, como podéis ver, un gran consumidor de café. Me enorgullezco de ello. Lo bebo temprano, al poco de despertar, a media mañana y después de la comida. Rara vez lo tomo por la noche, por si me perturba las horas de sueño. Pero ahora todo es diferente, también en esto, y mi manera de beberlo ha cambiado, sin premura, como el que dispone de todo el tiempo, dosificando cada sorbo para que la consumición se alargue en lo posible.

Apenas me acuerdo de cuando bebía el café como un mono autómata, durante un pequeño descanso para regresar al trabajo por la mañana. El café de ahora es diferente: lo asocio a momentos de placer y de compañía deseada, y si no hay compañero con el que pegar la hebra, a ratos de soledad bien entendida y voluntariamente escogida.

A nadie, digo yo, se le debería negar su tacita de café. Serena el ánimo y nos aleja de los horrores del mundo. Y, además, la joven camarera, consciente de su influencia sobre nosotros, nos dedica a veces alguna sonrisa equívoca, lo que nos hace concebir toda clase de ingenuas ilusiones. Y de ilusiones, está escrito, también se vive.  

 

miércoles, 10 de julio de 2013

Comenzamos




Confieso que me entrego a este blog no sin dudas. Necesito escribir como el aire que respiro; llevo mucho tiempo sin hacerlo porque no encuentro ningún medio en donde publicar, pero no quiero que se convierta en un desahogo personal, como le ocurre a tanta gente sin presente ni porvenir. En los blogs, que son reflejo de esta sociedad, hay un exceso de cháchara, de hacer ruido con las palabras, de palabras reventadas por la rutina y el conformismo, de lugares comunes y frases hechas, en un vano intento de dejar testimonio cuando se tiene poco o nada que decir.

La pregunta que debemos hacernos es si tenemos algo que contar y si disponemos del talento y la habilidad necesarios para hacerlo. Si no es así, lo más coherente es permanecer en silencio, a la espera de que lleguen días más lúcidos y prometedores para volver a la escritura. Y si no llegan, aceptarlo con calma. La verdadera escritura, la que está hecha con inteligencia y amor por las palabras, es un acto raro e infrecuente, al alcance de unos pocos,  hombres y mujeres que han sabido abstraerse de los cantos de sirena, de seguir el camino fácil y cómodo, sustituyéndolo por otro a menudo tortuoso y del que se desconoce adónde nos llevará.   
 
Voy, pues, a dedicar lo mejor de mí a este blog cuyo título es un homenaje al gran Boris Vian. Me gustaría que fuese un espacio vivo, espejo de mi mundo y del mundo de los demás, sin caer en la trampa del onanismo narrativo. Quiero escribir sin prisas, a fuego lento, sólo cuando crea que merezca la pena dar ese paso, para que los lectores, si los hubiera, no se sientan engañados. Ojalá que ese diálogo con los lectores sea provechoso para ellos y para mí, y no acabe siendo, como a menudo sucede, una pérdida de tiempo y de energía.

Aspiro, y lo digo con la humildad del principiante que tiene casi todo por aprender, a que el lector regrese a este blog con la esperanza de que encontrará una mirada distinta a la de los diarios convencionales, cada semana que transcurre más planos y previsibles, en los que cuesta dar con un artículo o un reportaje que justifique el precio que ya muy pocos pagamos en el quiosco.

Al lector le pido comprensión e indulgencia en las primeras estaciones de este camino que emprendo, en el que no faltarán palos de ciego y tanteos, aquí y allá, hasta dar con el tono adecuado.

Y sin más divagaciones, comenzamos.