lunes, 26 de agosto de 2013

Temible septiembre


Un país gobernado por subsecretarios es lo más parecido a un país ideal. Desde el último Consejo de Ministros del 2 de agosto, España ha estado en manos de altos cargos de segundo nivel que han sustituido a sus señoritos mientras estos se tomaban las vacaciones. Los señoritos (habéis deducido correctamente) son los ministros de este Gobierno paticorto y falto de luces. Algunos de ellos estuvieron a punto de declararle la guerra a los ingleses. Por suerte no lo hicieron. A día de hoy nadie recuerda ya aquellas declaraciones, fruto sin duda del intenso calor que hemos soportado.
Sin embargo, es descorazonador comprobar que los subsecretarios han devuelto esta semana el testigo a sus legítimos propietarios. El señor Rajoy, que ha veraneado en su Pontevedra natal, ha regresado a Madrid sin que nadie, al menos que se sepa, se lo haya pedido. Hay gente, incluso algún presidente del Gobierno, que se empeña en arreglar el país cuando la mayoría de la población estaría encantada con que continuara con sus vacaciones, a la vista de sus enormes dificultades para enderezar la nave que se va a pique.

Mientras la maquinaria del Estado vuelve a ponerse en marcha, con la torpeza que le caracteriza, muchos de vosotros apuráis los últimos días de descanso. Otros habéis vuelto y ya sabéis lo que vale un peine. También los hay que se han tenido que conformar con la horchatería de su barrio porque el presupuesto no daba para más. Acaba agosto y se acerca septiembre, el mes cuyo nombre preferimos no pronunciar. Septiembre, septiembre, mes impreciso que hace de puente entre las engañosas promesas de felicidad de agosto y la inmersión definitiva en la rutina de octubre.
Temo a septiembre como esos adolescentes que se resisten a volver al instituto donde les enseñan algunos conocimientos pero muy poco de la vida. Temo a septiembre como esas parejas que, tras darse una última oportunidad en verano, han decidido separarse. Septiembre me inquieta porque los días se acortan, el buen humor de las vacaciones desaparece y los telediarios hablan de muertos en Siria o de quienes sufrirán los próximos recortes. Como cada año, septiembre llega con el cuchillo entre los dientes para convencernos de que la vida vuelve a ir en serio.

Pero no todo son amenazas en este mes de regreso al desorden natural de nuestras vidas. Septiembre me recuerda a la feria de Albacete, a sus noches frescas de amistad y compañerismo, y a las fiestas de San Mateo de Logroño en las que los vecinos y los turistas se agolpan para ver el primer pisado de la uva. Albacete y Logroño, dos ciudades en las que he pasado muy buenos momentos (y algunos malos) y a las que me encanta volver con la impaciencia que manifiestan algunos asesinos por regresar al lugar del crimen.  

viernes, 23 de agosto de 2013

Cómo la crisis me cambió la vida


Al principio fue sólo un runrún. A mediados de 2008 habíamos oído que en tal empresa no iban a renovar a los trabajadores temporales, que habían bajado las ventas, que todo sería pasajero, nos decían. Se fueron los temporales, uno a uno, las primeras fichas en caer, sin que nadie levantara un dedo por ellos. Un año después aún nos creíamos que esta crisis sería como las anteriores. Bastaba con apretar los dientes, aguantar, para salir luego a flote. Pero no fue así, claro que no lo fue; a los temporales les siguieron los fijos de las plantillas. Un buen día te llamaban al despacho y te decían que lo sentían, que no hay más remedio, no tenemos nada contra ti, eres un gran profesional pero a alguien le tenía que tocar, tú, tranquilo, que con lo preparado que estás encontrarás pronto trabajo, además nosotros te ayudaremos, en fin, que lo sentimos, buena suerte. Y te daban la mano flácida.
En resumen, a la puta calle.

A la mañana siguiente sonaba el despertador y era extraño oír su zumbido porque no tenías que cumplir un horario. Acostumbrado a vivir con las prisas, se te hacía raro tener todo el día para ti. La cabeza, esa loca de la casa, comenzaba a darte vueltas, y te hacías mil preguntas para llegar a una conclusión: “Javier, viviste por encima de tus posibilidades, así que jódete”. Y comencé a joderme. Comenzamos a jodernos cientos de miles de personas. Debíamos expiar nuestras culpas por vivir de una manera que no nos correspondía. ¿Por qué te fuiste a Peñíscola a descansar un fin de semana? ¡Eh, contesta! ¿Cómo se te ocurrió comprarte un piso? ¡No te bastaba con vivir de alquiler, pedigüeño del sur!
Llevaban razón. Yo tenía la misma cuota de responsabilidad que Rodrigo Rato y Gerardo Díaz Ferrán por originar el hundimiento. Lo extraño es que no me hayan metido aún en la cárcel. Como poco, tenía que pagar las facturas pendientes. Era el momento de ser austero, recortar gastos y estrenar una nueva vida acorde con mis limitadas posibilidades.

Ya no viajo a Peñíscola. Lo único que me permito es ir al mercadillo de Torrent cada viernes y a Godella por razones académicas. Torrent y Godella tienen un atractivo turístico más bien limitado, pero es lo que tengo a mi alcance. Uso el metro y dejo el coche para las ocasiones excepciones, bautizos y funerales incluidos. He aprendido a cocinar para comer en casa. Hay que hacer de la necesidad virtud. Si salgo un fin de semana no le hago ascos a cenar en una bocatería. No me dejo las luces encendidas. Miro los escaparates pero apenas entro en las tiendas. He dejado de comprar ropa de temporada, sólo lo hago en las rebajas. Con los libros me pasa lo mismo: sólo me fijo en las ofertas y paso de las novedades. El zapatero remendón de mi pueblo es ya un viejo conocido. Y así sucesivamente.
A pesar de crisis, de lo profunda y larga que es para mí y para otra mucha gente, no he renunciado a algunos hábitos, de modo que no sacrifico la cerveza del domingo por nada del mundo. Sigo comprando el periódico aunque tenga suficientes razones para no hacerlo. No entro en un comercio chino, salvo causa de fuerza mayor, porque me gusta dejar mi dinero en manos españolas. No me descargo música ni películas. Y me abstengo de envenenarme con las marcas blancas de un conocido supermercado valenciano.

Así es mi vida en este agosto de 2013 que se nos va entre bostezos y calenturas. Tengo menos dinero en el bolsillo, más rabia en el corazón y muchas ganas de morder en este oficio. Por suerte, conservo la salud y la confianza intactas. En estos días inciertos sigo el consejo de Cervantes, que recomendaba tener paciencia y barajar, a la espera de mejores cartas. Mi madre, por si acaso, le pone cada noche una vela a San Francisco de Sales, patrón de los gacetilleros. Ella sigue creyendo en los milagros.

martes, 20 de agosto de 2013

Me hicieron republicano

En mi casa nunca cantamos el Himno de Riego. Juro además que no entró una bandera tricolor. Cuando llegaba el 14 de abril lo vivíamos como un día cualquiera, sin atribuirle ningún significado especial. Éramos como la mayoría de los españoles, ni monárquicos ni republicanos. Nos bastaba con un régimen que había sucedido a una dictadura y que aspiraba a traer la concordia que tanta falta nos hacía. Con eso ya era suficiente.

Ese régimen, encarnado en la persona de Juan Carlos I, nacido por obra y gracia de Francisco Franco, se legitimó una noche de febrero según la versión oficial que nos dieron a conocer. Nos la creímos hasta cierto punto aunque hubiera muchas sombras sin explicar. Pasó la transición, llegaron los socialistas, ganó el adusto Aznar y el pueblo español parecía haber encontrado la fórmula para reconciliarse con su historia. Vivíamos relativamente bien; muchos de nosotros estábamos cómodos con la monarquía y no nos hacíamos demasiadas preguntas sobre personajes como Javier de la Rosa y Manuel Prado y Colón de Carvajal. Mientras el sistema funciona, ¿para qué cambiarlo?
Pero nos alcanzó la crisis, y no se sabe por qué extrañas razones empezó a emerger toda la supuesta podredumbre acumulada en la institución. Alguien rompió el pacto de silencio que la protegía. La imagen ideal que la monarquía había proyectado se emborronaba. Que si el yate regalado por grandes empresarios al Rey; que si los negocios oscuros del yerno vasco; que si las cacerías y las amigas del monarca; que si los viajes de la Reina a Londres; que si la joven princesa haciendo vida de soltera en Madrid los fines de semana. Daba la impresión que en esa casa cada uno hacía la guerra por su cuenta, sin importarle lo que hicieran los demás.
 
Esa cara poco edificante de la Familia Real se ha convertido en una estampa obscena en un país herido por la crisis y el desempleo. Los Borbones, que siempre han tenido un fino olfato para adelantarse a los tiempos y sobrevivir, se dieron cuenta de que se quedaban sin crédito. El padre y el hijo, muy preocupados por el negocio familiar, reaccionaron pero lo hicieron tarde y mal. Es normal que los hayamos dejado de ver con simpatía en el Hola. Ahora, cuando empiezan a ser considerados una rémora para el país, concluyo que han cumplido su papel, el de servir de transición entre el franquismo y la III República. Deberíamos agradecerles los servicios prestados y pagarles un exilio cómodo, pero la oferta, me temo, no les convencerá en absoluto e intentarán quedarse unos años más con cargo a nuestros impuestos. Veremos si lo consiguen.

A mí, por lo pronto, Don Juan Carlos, Letizia e Iñaki me han convertido en un republicano. Quién iba a decir que un chico como yo, tan moderado e insípido desde el punto de vista ideológico, iba a terminar abrazando la causa de Azaña y Alcalá-Zamora. Ni en sueños lo hubiera imaginado. Lo que me duele es tener como compañeros de viaje a Cayo Lara y Cándido Méndez, dos republicanos convictos y confesos. Sólo de verles compartiendo el mismo vagón de la historia me entran dudas sobre si he hecho lo correcto. Pero supongo que es algo normal en un republicano circunstancial, acomodaticio y oportunista como yo, un republicano de última hora y por tanto poco de fiar que sólo quiere, dicho sea de paso, que le dejen vivir en paz. Y si la III República termina como la anterior, como el rosario de la aurora, siempre podemos pedir el regreso de Doña Leonor. Los españoles, a falta de otras cualidades, somos gente de recursos.

viernes, 16 de agosto de 2013

Una novela de las de verdad

Los que me conocéis sabéis de mi afición a los libros. No hay nada que me guste más, ningún placer comparable al de la literatura. En cualquier libro, incluso en el que está mal escrito porque de los libros mediocres también se aprende, hay un amigo que te espera sin pedir nada a cambio. El mundo te puede traicionar, pero un libro no lo hará. Es una ventana para conocerte a ti mismo, un bálsamo para las penas cuando vienen mal dadas.

A comienzos de julio recorrí algunas librerías del centro de Valencia con el propósito de llenar la maleta de libros para el verano. Siento debilidad por ‘París Valencia’, a dos pasos de la Estació del Nord. Y me dispuse a entrar en ella. Es antigua y oscura, iluminada por unos tubos fluorescentes que parpadean y que Dios sabe cuándo se instalaron. Suelo entrar por la primera de las dos puertas, viniendo de la calle Xàtiva; apenas me detengo en los estantes de novedades, pues mi bolsillo no está hecho para sus precios, y me dirijo al fondo, justo a la izquierda, donde está la sección de ofertas. Hay manuales de historia, biografías de Hitler y Bin Laden, clásicos, novela negra, otros libros en valenciano y en inglés. Ese día estuve de suerte porque di con La plaza del Diamante, de Mercè Rodoreda, en una edición  de bolsillo de 2012, bien conservada, por sólo 2,50 euros. Pronto me daría cuenta de lo rentable de inversión. 
Con la ilusión de llevar entre las manos una novela largo tiempo pretendida pero que por extrañas razones no acababa de leer, llegué a mi casa y me fui directo al dormitorio. Prefiero leer en la cama, tumbado, en penumbra. Desde la primera página me percaté de que estaba ante una gran novela, de las que vencen al tiempo,  porque está magistralmente escrita. ¡Cuánta tristeza y cuánta necesidad de escapar de lo inevitable hay en la vida de la Colometa, la protagonista! Me pregunto cómo pude esperar tantos años, más de media vida, hasta leer esta obra maestra del catalán. La novela narra las vidas  de la Colometa y de su marido El Quimet, sus dos hijos Antoni y Rita, la señora Enriqueta y el tendero Antoni, en una Barcelona que ignora la proximidad de la guerra civil y de una posguerra implacable para los vencidos.

Lees La plaza del Diamante y hueles el miedo y la miseria de sus personajes. Escuchas los bombardeos, imaginas una ciudad sitiada, la gente corriendo en busca de un refugio, el frente de Aragón, las cartillas de racionamiento, a los niños rascándose las cabezas llenas de piojos. Y en el centro de esa tragedia colectiva acompañas en sus tribulaciones a Natalia la Colometa, desesperada por no poder alimentar a sus hijos, a punto de arrojar la toalla, con suficientes razones para dejar esta vida.
Quienes sólo busquen una lectura evasiva, el último éxito de novela negra de un autor sueco o la nueva saga de literatura erótica para amas de casa ociosas, no pierdan el tiempo con ‘La plaza del Diamante’. No es una lectura cómoda. Es un libro para otro tipo de público, aquel que sabe distinguir el grano de la paja, la literatura que envejece de sólo mirarla de la que seguirá leyéndose cuando los nietos de nuestros nietos hayan muerto. La plaza del Diamante, publicada por primera vez en 1962, es hija de la gran literatura y un ejemplo perfecto de cómo descubrir belleza (a veces belleza turbia y convulsa) a través de las palabras. 

lunes, 12 de agosto de 2013

Las dos Españas en 2020


En 2020, cuando nadie se acuerde de Rajoy y mucho menos de quien le precedió, la primera presidenta del Gobierno, con el rostro serio pero sin ocultar su satisfacción, se dirigirá a la nación, o a lo que quede de ella, con el mensaje más esperado por sus compatriotas: “La crisis ha terminado.” La frase más anhelada. La presidenta habrá dicho la verdad, circunstancia extraña en esas alturas del poder, y el pueblo, también sin que sirva de precedente, le habrá creído porque necesitaba escucharlo.
La ocasión revestirá la solemnidad de las grandes citas históricas, sólo comparable tal vez al Tratado de Versalles que intentó cerrar, inútilmente, las heridas de la I Guerra Mundial, o a la rendición del emperador japonés Hirohito a los americanos en 1945. Dos guerras mundiales a la que sumar una tercera, la nuestra, la que hoy vivimos, porque ¿no es acaso una guerra, una guerra sin bombas como pronosticó el empresario Juan Roig, la que padecemos desde hace seis años? Salgamos a la calle y veamos quiénes la están ganando y quiénes la pierden. Fijaos en los rostros de esa minoría triunfante y de esa legión de derrotados. Es muy fácil reconocerlos.

En 2020, cuando se haya colgado el cartel oficial de ‘La crisis ha terminado’ y nos dispongamos a inaugurar un nuevo periodo de prosperidad en el que volveremos a incurrir en los mismos errores, demostrando que somos un país sin memoria, habrán emergido dos Españas que nada tendrán que ver con las que cantó Machado. No serán las Españas azul y roja, las de Franco y Azaña, siempre a punto de helarle el corazón a la otra. Serán bien diferentes: la España que se dedicará a vivir y la España que se afanará por sobrevivir. Puede que siempre haya ocurrido así, y lo sucedido tras la llegada de la democracia, cuando se redujeron las desigualdades, fuese una estación pasajera para regresar a nuestro estado natural, al ‘sálvese quien pueda’ y al ‘todos contra todos’ del que tenemos suficientes ejemplos en el quehacer diario.
Si estáis a tiempo de elegir haced lo posible por pertenecer a la primera  España y no a la segunda, aunque entiendo que la voluntad, en estos casos, no siempre es suficiente para imponerse a las circunstancias personales. En la primera España figurarán los funcionarios de la escala media y alta, los profesionales liberales (aquellos que declaran la quinta parte de lo que ingresan), los rentistas, los nuevos empresarios de la construcción, muchos políticos y su círculo de asesores. Es probable que me olvide de alguien. En la otra, más numerosa, la mayoría de los pensionistas, los parados, los jóvenes con trabajo precario, los dependientes, los adultos que, con más de 40 años, perdieron su empleo fijo y se debatirán entre subsistir con un subsidio, en el caso de que lo siga habiendo, o aceptar chapuzas, aun a riesgo de ser denunciado de manera anónima por cobrar en negro. Esta lista será larga, y estoy seguro de haberme dejado futuros candidatos a figurar en ella.

Y ¿el Estado? ¿Qué papel desempeñará el Estado? No hay que ser demasiado perspicaz para imaginarlo. El Estado español, esforzado capataz de Bruselas y Berlín, con el pretexto de cuadrar las cuentas, renunciará a proteger, aunque sea de un modo cicatero, a los frágiles del sistema. Volverá a ocuparse de la gestión eficaz de la porra, de preservar el orden público contra la gente que, a pesar de la propaganda, no aceptará el estado de las cosas.
La España de 2020 será un país más hostil y más sombrío. Y más peligroso. Ojalá me equivoque en el pronóstico, y todo sea fruto de mi pesimismo, pero me temo que en unos años a España no la va a reconocer ni la madre que la parió, tal como aseguraba aquel político sevillano de lengua afilada y mirada miope. No en vano se apellidaba Guerra.  

jueves, 8 de agosto de 2013

Yo no me reinvento


Todo el mundo anda reinventándose. Lo de reinventarse es un invento reciente, de hace sólo tres o cuatro años, cuando comenzamos a darnos cuenta de que la crisis iba para largo. En los ya olvidados tiempos de bonanza, cuando el que no se enriquecía era tomado por lelo, se hablaba de reciclarse. “Javier, te convendría reciclarte para cambiar de trabajo y ganar más”, me comentaba un conocido promotor que, años después, dejó de ser el empresario ejemplar que todos creíamos para cerrar la empresa y dejar a los trabajadores en la calle. El consejo del conocido promotor le hizo pensar a Javier pero había un pequeño problema: con jornadas laborales de diez horas y trabajando fines de semana y festivos, a Javier le quedaba poco margen para reciclarse. ¡Pobre de él, como el futuro se encargaría de demostrar!
Ahora, está visto, no basta con reciclarse: ahora hay que REINVENTARSE, así, escrito con mayúsculas. Los que se quedan sin trabajo y tienen el mal gusto de rechazar todas las ofertas que le llegan del antiguo Inem saben de lo que estoy hablando. Si acaban yendo a una de esas consultoras que te ayudan a redactar un currículo o a saber disimular tus carencias en una entrevista de trabajo, raro será que no acabe saliendo lo de reinventarse. ¿Reinventarse? ¿Y eso cómo se come?, pregunto cuando he adquirido cierta confianza con mi coach. “Aprende idiomas (el inglés se da por descontado), mejora tus conocimientos de informática, apúntate a cursos relacionados con tu anterior trabajo, amplía tu red de contactos…”, me responde.

Pero ¿me reinvento o no? Difícil cuestión. No lo había pasado tan mal desde que decidí votar a Rajoy para licenciar a los socialistas, en un error que no me perdonaré el resto de mi vida. Pero, como soy un hombre prudente, antes de decidirme echo un vistazo a internet por si encuentro la solución. ¿Qué me encuentro? A todas esas empresas y entidades que han visto en los parados un filón para hacer un negocio con la formación. Me están esperando con los brazos abiertos, frotándose las manos, las escuelas de negocios, las universidades públicas y privadas, los centros de formación, las academias (incluidas las de peluquería), todos preocupados por que me reinvente para convertirme en un profesional dinámico, flexible, con plena confianza en sí mismo y, lo que es más importante, poco exigente con el salario que le puedan ofrecer. Ellos me ofrecen todo esto a cambio de pasar por caja y dejarme unos cientos o miles de euros, según el tamaño de la reinvención, aclarándome que es la mejor inversión para mi futuro.
Entonces, ¿qué hago?  ¿Dejo de ser periodista, una cosita que empieza a sonar como muy antigua, para convertirme en un community manager, en un experto en redes sociales? Hoy, en mi negocio, del que cada vez entiendo menos, si no eres un community manager, un aventajado alumno de la generación 2.0, tienes menos porvenir que un opositor a Putin.

Pero a pesar de todo no lo veo claro, no me acaban de convencer. Soy de natural perezoso y poco proclive a darme la vuelta como si fuera un calcetín, olvidándome de lo que he sido y he hecho en estos últimos veinte años. Pienso que mi experiencia puede abrirme aún alguna puerta. Llamadme ingenuo: quizá estéis en lo cierto. Y además creo que quienes deberían reinventarse no lo hacen, es decir, aquellos que nos han llevado al desastre actual, empezando por la Familia Real, acuciada por los escándalos de corrupción; el Gobierno ominoso que nos ha tocado sufrir y la oposición, qué decir de la estéril y boba oposición, tan satisfecha con su papel de actor secundario en este sainete que se ha quedado sin más público que los empresarios que predican ética antes de entrar en la cárcel de Soto del Real, o los sindicalistas del sistema que firman manifiestos contra la reforma laboral con un mano y despiden a trabajadores de sus organizaciones con la otra.
En fin, que no me reinvento. Siento defraudar a mi adorable coach. Que se reinventen ellos, los que siguen viviendo como siempre, ajenos a la desesperación de mucha gente, como si esta crisis no fuera con ellos (y en realidad no va con ellos). Cuando den ejemplo y cambien su manera de vivir, yo me lo replantearé, pero tal vez ya sea demasiado tarde para mí.

martes, 6 de agosto de 2013

Extranjero en tu país


La Constitución es hoy una señora madura a la que sólo le acercan pretendientes interesados. Atrás quedaron los años en que era admirada por casi todos. Cada cual escogía de ella lo que más le gustaba, según sus intereses y necesidades, de tan ambigua y flexible como la habían parido sus siete padres. Dentro de poco cumplirá 35 años, una edad a la que sólo una Constitución, la de 1876, ha llegado, pues las otras murieron víctimas de algún cuartelazo siendo aún niñas de pecho o adolescentes de porvenir incierto.
Pero no pretendo aburriros con mis reflexiones sobre la historia constitucional del país, y menos en esta época de calor extremo y de relajación mental. Cuando comencé a escribir estas líneas, muy distinto era mi propósito, e ignoro, a decir verdad, por qué me he desviado de mi camino. A mí también me afecta el calor de agosto. Quería hablaros de que la Constitución, la vuestra y la mía, dice en su artículo 14 que todos los españoles son iguales ante la ley. No os riais. Lo dice de veras. Iguales ante la ley. Sé que el artículo provocará la sonrisa cínica de algún lector, y no le faltará razón a la vista del espectáculo al que asistimos cada día, con esos políticos y economistas siniestros que aparecen en los periódicos y en la televisión, empeñados en hacerles la vida imposible a los que nacieron en la mitad o en la parte baja de la escala social.

Sentado queda, por si hubiera alguna duda, que unos somos más iguales que otros, y que la igualdad de partida, la igualdad de oportunidades en la que en el pasado creímos ingenuamente, es hoy un ascensor averiado y sin visos de que el propietario de la finca dé la orden para arreglarlo. Pero si no hay igualdad entre los ciudadanos, ¿qué podemos decir de la igualdad entre los territorios, hoy llamados comunidades autónomas? Pues que tampoco existe. No existe desde que se aceptó, al comienzo de la democracia, que el País Vasco y Navarra conservasen sus regímenes fiscales al margen del resto, con el pretexto de no sé qué privilegios medievales. Si hubiéramos tenido una Revolución Francesa y no un motín de Aranjuez, su equivalente chusco, estas cosas no hubieran pasado. La consecuencia de aquella cesión histórica es que los vascos y nos navarros comen de un plato y el resto, la mayoría, de otro.
En España, además de las diferencias de clase social, se dan también las relativas al lugar en el que vives. Según tu lugar de residencia, así será la calidad de los servicios públicos que recibas. Hablamos, por ejemplo, de la sanidad, lo más sagrado porque se trata de tu salud, una sanidad pública por la que algunos mataríamos con el bisturí del último cirujano despedido. Si la sanidad que recibes es mejor o peor según si eres de Badajoz o de Pamplona, eso es aberrante, incomprensible. Es la mejor prueba del fiasco de este Estado de las autonomías en el que gobiernos como el valenciano y el manchego se atreven a poner fronteras en el acceso a ese derecho.

Desde el 1 de julio los médicos de la Comunidad Valenciana tienen la orden de no recetar a los turistas desplazados que requieren un tratamiento continuado por ser enfermos crónicos. En Castilla-La Mancha sucede lo mismo. En la tarjeta de esos desplazados (figura que nos remite a la guerra de Bosnia-Herzegovina) consta que son usuarios del Sistema Nacional de Salud, pero sería mucho pedirles a Fabra y a Cospedal que conociesen el significado del adjetivo nacional, aunque resulta extraño en personas que tanto hablan de España, España y de los españoles.

Esos turistas que llegan de la Meseta, y que ignoran la orden del Gobierno valenciano para que no se les recete, se sienten tratados como parias en su país. En cambio, cuando pagan los impuestos del apartamento adquirido en Benidorm o abonan la cuenta del restaurante, no les preguntan si son vascos o extremeños. Entonces se dan cuenta de que han vuelto a ser ciudadanos de primera categoría porque cumplen con el papel de consumidores que gastan para dinamizar el turismo de la región.

Si fueran coherentes con sus necias medidas, los señores Fabra y Cospedal deberían poner aduanas en Almansa y Requena, a la entrada de sus territorios, para pedirnos el pasaporte cada vez que pasemos. Así todo resultaría más claro. No creáis que exagero porque en esta España neomedieval en la que los hechos diferenciales cuentan más que tener un buen centro de salud, todo es posible. No tentéis la suerte. Si venís a Valencia no olvidéis la pastillita para la próstata. Consejo de amigo.

viernes, 2 de agosto de 2013

Tengo un día frívolo


Hay mañanas que te levantas como si fueras Antonio Muñoz Molina y otras que te da por parecerte a Mario Vaquerizo. Si te despiertas contagiado por el espíritu de Muñoz Molina te dará por hablar de la II República, la escuela laica, el compromiso cívico, el regeneracionismo y la última exposición de un pintor checheno en el MoMA de Nueva York. De esta manera aburrirás a las ovejas, que no entienden nada de regeneracionismo para su suerte, y, si tenías alguna oportunidad de quedar con alguna vecina interesante, todo se habrá ido al traste. Y con razón.
Por suerte hoy, uno de los primeros días de agosto, el mes que mejor se confunde con el optimismo, me siento más en la piel de Mario Vaquerizo. Entre Mario y yo hay considerables diferencias, aunque no insalvables, como su afición al karaoke y a rodearse de reinonas, pero también compartimos cosas como nuestro pelo largo (más en su caso que en el mío), nuestra delgadez (más acusada la suya que la mía) y nuestra devoción por las canciones de Fangoria que, tratándose de él, tiene fácil explicación.

Como hoy soy el hermano siamés de Mario Vaquerizo, la primera preocupación del día es si me pongo un polo de Fred Perry o de Lacoste. Me decanto por el primero porque mi carácter flemático casa mejor con lo british. Despejada esta duda, que ha consumido lo mejor de mis energías, he de decidir a qué dedico la mañana, si a patearme el centro por si rescato alguna ganga en las rebajas, o me voy a nadar y a tomar el sol al club olímpico Atalanta a codearme con el pijerío de Valencia que no se ha marchado aún a Denia o Jávea. Opto por lo primero porque, como en el fondo soy un chico de la working class, me encuentro incómodo entre tanto niño bien.
En Valencia hace un calor que te derrite. Me recorro la calle Colón varias veces, sin encontrar el chollo que buscaba. De gangas, a estas alturas del verano, nada de nada. Para compensarme (soy fácil de conformar) me compro el Hola y leo, no sin cierta emoción, un reportaje dedicado a Ana Boyer, la única hija de Isabel que sabe articular cinco palabras seguidas. Hablando de esta gran familia, aún no me he repuesto de la impresión que me produjo una información sobre Miranda, la mujer de Julio Iglesias, montando a caballo como una experta amazona. No me extraña que a Julio le dé por aumentar la prole cada cierto tiempo, a la vista de las notorias cualidades de su esposa.

Antes de marcharme del centro compro unas de esas cuchillas que anuncian en la tele para depilarme el pecho ya que, según acreditadas encuestas, el 90% de ellas nos prefiere sin vello. ¡Lo que hay que hacer por gustar! Voy pensando en eso cuando llego casa, justo a tiempo de ver Corazón. Anne Igartiburu ha envejecido 20 años con su pelo rubio platino que nos recuerda a Amar en tiempos revueltos. Afortunadamente ha tenido el buen gusto de no escoger hoy uno de sus vestidos ultracortos, más propios de una adolescente que de una mujer como de ella, que se desliza, a toda prisa, por la pendiente de la madurez.
Cuando llega el telediario apago la tele por salud mental. Como algo, poco, una ensalada de lechuga, tomate y queso, y me echo la siesta. Me duermo escuchando Dramas y comedias, de Fangoria, una canción que resume mi estado de ánimo a la perfección. Al cabo de tres horas me despierto sobresaltado por el móvil. Un amigo me propone cenar y tomar una copa en la Malvarrosa. Le digo que sí, pero que necesito tiempo para depilarme, a ver si pillo algo esta noche. Me contesta, con displicencia, que no me demore y que me ponga las pilas. 

Cuelgo y voy a lo mío: he de admitir que era más feliz con mi pecho lobo. Sufro lo indecible depilándome, pero cumplo con mi deber de hombre moderno. Me afeito, me echo la mitad del bote de colonia y ahí lo dejo porque, por muy Mario Vaquerizo que me sienta, no me pondré rímel. A tanto no llega mi frivolidad.

A las nueve de la noche ya estoy listo. Me miro en el espejo y me gusto. Me he puesto una camiseta sin tirantes, unos vaqueros tipo pitillo y unas botas. Es mi momento, el momento Javier, me digo para darme ánimos. Me merezco una pequeña alegría esta noche. Y si al final no pillo nada en Vivir sin dormir o donde sea, que al menos hayamos echado unas risas, que de eso se trata, de pasarlo bien con los amigos mientras miras la vida pasar.