sábado, 28 de septiembre de 2013

Escarnio de doña Fátima


Doña Fátima Báñez pertenece a un gobierno de carteristas o, si lo preferís, de tironeros. Entre El Dioni y Cristóbal Montoro, la mayoría confiaríamos nuestros ahorros al primero y huiríamos del segundo. Montoro encarna mejor que nadie el golpe de mano dado por Rajoy contra los once millones de votantes del PP, entre los que yo me contaba, que vieron cómo este partido, a las pocas semanas de alcanzar el poder, se burlaba de ellos y comenzaba a incumplir todas y cada una de sus promesas electorales.
Porque no ha habido una semana en que Rajoy y su gente se hayan abstenido de adoptar alguna medida para empujar a la clase media y a los trabajadores a la pobreza. Dijeron que bajo ninguna circunstancia subirían la presión fiscal, y aumentaron los impuestos y las tasas; dijeron que no habría copago en la sanidad y lo impusieron en los medicamentos; dijeron que no recortarían en educación y prestaciones sociales, y no paran de disminuir los recursos dirigidos a estas partidas. A punto de llegar a la mitad de la legislatura, el balance de este Gobierno es desolador. Zapatero llevó el país a la UCI con su irresponsabilidad y Rajoy, un tipo tan suave como taimado, remata al enfermo con un cuchillo jamonero para que no se le escape con vida.
 
Doña Fátima, como decía, es ministra y lo es de la cartera de Empleo (antes Trabajo). Ser ministro es bien poca cosa en la España de las autonomías, un país casi feudal, y si te asignan el área de Empleo o Cultura, pues tu peso en el gabinete es irrelevante. Un florero. Pero aun así, y aunque no exista la más mínima duda de que doña Fátima será olvidada tan pronto como abandone el Gobierno, se ha ganado un lugar en la historia, pero en la historia de la ignominia. Nadie le discutirá los méritos en este terreno. Se le recordará por dos reformas, la laboral y la de las pensiones, esta última tan en boga estos días.
 
De la reforma laboral se ha cumplido ya un año y medio. El paro ha seguido subiendo, pero doña Fátima sostiene que podría haber sido mucho peor si no se hubiera aprobado aquella ley nefasta. No se consuela porque no quiere. Lo que no admite controversia es que el PP, el partido de los trabajadores, tal como lo definió María Dolores Taconazos de Cospedal, ha conseguido que el kilo de empleado se venda ya muy barato, casi una ganga, oiga, y, a pesar de tantas facilidades, los empresarios siguen sin contratar. ¿Será porque a esos trabajadores les han reducido el sueldo y sólo consumen lo imprescindible?
 
Constatado el colosal fracaso de la reforma laboral, que a juicio de la gran patronal es demasiado tibia, Rajoy se apresta a cumplir la última orden que le llega de los nietos demócratas de Hitler. Ahora toca recortar las pensiones después de jurar que nunca haría tal cosa. Se han inventado un sistema que, lo mires como lo mires, supone que los jubilados perderán siempre poder adquisitivo. Ahora nos dicen que todo dependerá de la esperanza de vida (¡Qué jodidos estos viejos que no se mueren!) y de las cuentas de la Seguridad Social, que amenazan ruina porque apenas hay nuevos cotizantes. Doña Fátima lo niega y nos quiere convencer de que tampoco esta vez nos van a robar la cartera.
 
Aunque en la calle se respire la desesperación y el miedo, doña Fátima puede dormir tranquila porque acabará de experta de asuntos andaluces en una fundación de la CEOE o de alguna aseguradora. Si González y Aznar terminaron como consejeros de dos empresas energéticas después de beneficiarlas, esta mujer, más limitada en su entendimiento y con serios problemas para hacerse comprender en castellano, tiene también derecho a un retiro cómodo del que ni vosotros ni yo probablemente disfrutemos.  

domingo, 22 de septiembre de 2013

Jo hablar English


Pertenezco a una generación a la que nunca se le dieron bien los idiomas. En mi tierra éramos tan pobres que sólo hablábamos una lengua. Cuando estudiamos la EGB no le concedíamos demasiada importancia al inglés. Los planes de estudios tampoco se la otorgaban. En lo que había que centrarse, nos decían, era en la lengua y en las matemáticas pero no en el inglés. Después fuimos al instituto y nos ocurrió lo mismo. Los profesores dedicaban las clases a enseñarnos mucha gramática y léxico; los exámenes eran siempre escritos y rara vez manteníamos una conversación entre nosotros.
Así no podía extrañarnos que, al cabo de siete años de estudiar inglés, todo lo que sabíamos decir era My name is…, How are you? y Where are you from? Pero eso no nos preocupaba porque si nosotros no sabíamos inglés, el resto del mundo podía hablar el castellano, que para eso éramos españoles. Si por un casual encontrábamos a un extranjero que dominaba la lengua de Shakespeare, nos costaba admitir nuestra impericia en el idioma y a todo lo que nos decía le contestábamos, muy seguro de sí mismos, con un alright, alright. Y a lo mejor el tipo nos acababa de decir qué ojitos tan lindos tienes, y el hombre, claro, ante el cuerpo que tenía delante, se le hacía la boca agua, y uno seguía con el alright, alright creyendo dominar la situación y sin advertir los enormes peligros que te acechaban.

Ahora son otros tiempos. Ya lo creo. Algunos nos hemos gastado el dinero que no tenemos en academias. Hemos interiorizado que si no sabes inglés, si no lo acreditas con un título, eres un paria. La gente de mi generación, consciente de la importancia de los idiomas, quiere que a sus hijos no les pase lo mismo que a ellos e intentan apuntarlos a colegios bilingües, a ser posible concertados, para que se mezclen lo justo con inmigrantes, colegios, recordémoslo, que pagamos todos con nuestros impuestos.
Pero ya no basta con aprender inglés. Hay que saber francés, alemán, iniciarse en el chino, dominar la lengua vernácula, todo para acabar a veces de camarera en un bar de Torrevieja por 500 euros al mes. Pero pensemos por un momento en los niños y los adolescentes llamados a ser los políglotas del futuro. No tienen tiempo para nada, entre el colegio y las clases particulares que les buscan sus padres. Se les ve llegar rendidos a casa, malhumorados. Es comprensible que cuando te cruzas con algunas de esas criaturas por la calle y te sueltan ricuras como la de ‘fuck you’, dudes de los progresos de la pedagogía moderna, en manos de unos profesores que, como los médicos y los jueces, se creen importantes hablando un lenguaje que sólo entienden ellos.

En Valencia, el Gobierno regional, formado por una colección de lumbreras, ha impuesto el trilingüismo para que todos los alumnos, una vez acabada la enseñanza obligatoria, dominen el castellano, el inglés y el valenciano. Hay que matizar que quienes toman esas decisiones, con su presidente al frente, no dan ejemplo. Para barrer las calles te exigirán muy pronto un nivel avanzado de inglés, pero si te ha tocado la lotería y te eligen presidente de la Generalitat o incluso del Gobierno, algo para lo que no se requiere una inteligencia elevada, puedes estar tranquilo porque nunca te van pedir el inglés para ejercer el cargo. No importa que luego hagas el ridículo leyendo un discurso en español ante un auditorio de angloparlantes reunidos en Buenos Aires.
En el inicio de este nuevo curso con menos profesores y más alumnos, siento ternura por esos niños que, cargados con sus mochilas, acuden al colegio de la mano de sus abuelos. Pienso que las autoridades educativas, que rara vez pisan un aula, deberían demostrar más comprensión por ellos. No les aprieten demasiado con los idiomas porque puede ocurrir que logren lo contrario de lo que buscan, es decir, que al final no se manejen en ninguno de los tres. Si hay algo peor que un analfabeto funcional en castellano es serlo también en valenciano y en inglés. Y hacia ello vamos, me temo.

martes, 17 de septiembre de 2013

Nostalgia de Robespierre

Maximilien de Robespierre murió guillotinado a los 36 años. Le aplicaron la medicina que él había administrado a sus enemigos políticos. Robespierre ha pasado a ser uno de los malotes de la historia contemporánea, aunque no reúne los méritos suficientes para competir con gente tan poco agradable como Hitler, Stalin, Pol Pot, Mao o Idi Amin. Él, que fue el dirigente más conocido de la Revolución Francesa, siempre ha tenido mala prensa, en especial entre las personas de orden, que lo han visto como un monstruo, el Incorruptible, un fanático de la virtud, algo así como el Mourinho de nuestros días.
Pese a que aún resulta de mal gusto citarle en reuniones de amigos, so pena de que alguno te tilde de radical, Robespierre vuelve a estar de moda. A más de una persona le he escuchado que no le parecería descabellado que plantasen una guillotina en la plaza del Ayuntamiento de Valencia o en la Puerta del Sol y se comenzaran a cortar las cabezas de quienes nos han conducido a este atolladero, faltarían cuchillas, eso sí, pero al final todo queda en fuego de paja, en esas bravuconadas que tanto se estilan en las redes sociales y que al poder le hacen gracia sin inquietarle.
Robespierre, reivindicado por quienes comienzan a no tener nada que perder, ha sido este año objeto de estudio de dos biografías y ha inspirado una novela, lo que demuestra el interés que despierta. El abogado de provincias y diputado de la Asamblea Constituyente es analizado, con sus luces y sus sombras, en Robespierre. La virtud del monstruo, de Demetrio Castro (Ed. Tecnos), Robespierre, una vida revolucionaria, de Peter McPhee (Ed. Península) y la novela escrita por Javier García Sánchez (Galaxia Gutenberg). Los dos últimos libros humanizan la figura del revolucionario. Pocos saben que como letrado se dedicó a defender a los menesterosos de Arras, donde nació, y que fue un activista contra la pena de muerte, pero cuando tuvo que defender la supervivencia de la República, amenazada por enemigos internos y externos, no dudó en abjurar de sus convicciones y dar el visto bueno a miles de ejecuciones, menos de las que se le atribuyen, pero que constituyen sin duda un número importante de represaliados, entre aristócratas, curas monárquicos (también los había partidarios de la Revolución) y campesinos.
Robespierre, vilipendiado durante más de doscientos años, engrosa la lista de los perdedores de la Historia. Sin embargo cabe pensar que sin su concurso y el de los jacobinos todo hubiera seguido igual después de 1789, año cero de la Revolución. El sueño de la razón produce monstruos, es cierto, pero sin monstruos como Robespierre la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano hubiera quedado en papel mojado. La cabeza de Luis XVI fue el aviso que los monarcas del siglo XIX y XX recibieron para no volver al absolutismo y permitir ciertas libertades, no demasiadas, al pueblo.
Robespierre vuelve también a estar de actualidad porque en una época de grave crisis (¿os suena?) luchó contra los privilegios de una minoría, defendió las políticas en favor de los pobres e impuso un Estado centralista que descansaba en la igualdad de todos ciudadanos y los territorios ante la ley. En todo comulgo con ese programa. ¿Nos parecen excesivos sus métodos? La pregunta, a lo largo de la historia, se sucede: ¿es lícito matar a César? ¿Es admisible la violencia en determinados supuestos? ¿El fin justifica los medios? Quien se opone a esta última cuestión en cualquier circunstancia es un ingenuo o un cínico. Esa pregunta no admite, a mi juicio, una respuesta categórica: depende del fin, depende de los medios, depende del momento.
Pero pueden estar tranquilos los defensores del statu quo porque las guillotinas no volverán, y menos en un país como el nuestro que ha respetado siempre las testas regias. Pero tampoco nos engañemos: los pueblos, en circunstancias excepcionales, se han servido siempre de los malos de la película, de personajes que nos resultan incómodos, a quienes nunca se les dedicará una calle o se levantará una estatua en su recuerdo, pero que nos han hecho el trabajo sucio, se han manchado las manos al atacar los privilegios de una minoría o al preservar la integridad territorial de un país, por ejemplo. Mientras tanto, nosotros, tan demócratas y tan pacíficos, que calmamos nuestra mala conciencia haciéndonos socios de Medicus Mundi, votamos cada cuatro años creyendo que el destino de la nación está en nuestras manos.

martes, 10 de septiembre de 2013

¿Referéndum catalán? Hoy mejor que mañana


Intuimos que Mariano Rajoy está aprendiendo a hablar catalán en la intimidad con Artur Mas. Ya existe algún precedente. Con la vuelta de las vacaciones, después de un verano sin apenas noticias de interés, hemos descubierto (porque así nos lo han permitido sus protagonistas) que el presidente español y el catalán se reunieron en La Moncloa a finales de agosto. No es la primera vez que se ven en secreto para tratar el referéndum catalán; que se sepa, lo hicieron en otra ocasión en primavera. Mas tiene una experiencia acreditada, pues ya pactó el Estatut con otro presidente, sin que a ninguno de los dos le importara suplantar la voluntad de los parlamentos español y catalán.
A mí me da morbo ese encuentro furtivo, a espaldas de sus sacrificadas esposas, entre dos hombres que, pese a no compartir la misma patria, coinciden en todo lo demás. Si no fuera por el nacionalismo que les separa, podrían militar en un mismo partido, en una organización de las que defienden el orden en la calle y la austeridad en las cuentas públicas. Después del encuentro de agosto, Rajoy y Mas han acordado seguir negociando en secreto una salida a la consulta. Nada nuevo bajo el sol. Siempre ha sido así en la política: los asuntos importantes se pactan en los despachos y no en los parlamentos. Es el proceder de las élites, que se comportan igual que las que les precedieron, haya o no democracia de por medio. Por mucha defensa que se haga de la transparencia, todo funciona como hace siglos.

Ahora se especula con la posibilidad de que el referéndum no se celebre en 2014 y que, dos años después, se convoquen unas elecciones plebiscitarias en las que Cataluña se jugaría su futuro. Craso error si se acepta esa demora. Por el dentista hay que pasar cuanto antes. Soy de los que apoyan la consulta para que los catalanes decidan si quieren seguir perteneciendo a España. Para impedirla no conviene escudarse en la desgastada Constitución. Si fuera necesario, procédase a su reforma como se hizo en 2011 para fijar un tope al déficit público, pero no la utilicemos como arma arrojadiza contra nadie.
La celebración del referéndum situaría al independentismo ante su hora de la verdad. Por paradójico que resulte, la oposición del Estado a la consulta ha sido la coartada perfecta para el mundo nacionalista, que presume de mucho más apoyo popular del que en realidad tiene. No hay por tanto que tenerle miedo a que la gente hable. Ese referéndum arrojaría un sí a favor  de la pertenencia a España. No soy un voluntarista ingenuo. Ahora sólo se oye el ruido y la furia de los nacionalistas, generosamente reflejados en los medios adictos, pero hay otra Cataluña silenciosa, excluida del debate público, que votará en contra de la secesión. Y son mayoría.

Si el Estado sabe jugar sus cartas con inteligencia y mesura, esa consulta, repito, se ganará. Pero hay que ser valientes, audaces, echarle coraje y abandonar esa política suicida que lo fía todo a la recuperación económica para que se diluya el independentismo. El problema existe y se agravará si no le damos una pronta solución. Cuanto más tiempo transcurra, más posibilidades tendrá el independentismo de que su estrategia de romper todos los lazos con el resto del país, basada en el control de la sociedad, cunda en el ánimo de gran parte de la población del Principado.
Ahora bien, el referéndum, para ser válido, debe cumplir una serie de condiciones que deben negociarse antes. A mi juicio, son las siguientes:

. La participación debe alcanzar al menos las dos terceras partes del electorado.
. La independencia no puede legitimarse con tan sólo un 51% de apoyos. El porcentaje debe ser superior.
 
. El Estado ha de competir en igualdad de condiciones para defender su opción. Esto no es posible hoy ante la ocupación que la Generalitat, y el nacionalismo en su conjunto, ejerce en las instituciones políticas, culturales y educativas, así como en los medios de comunicación catalanes, en su mayoría comprados con subvenciones. 
 
. Sólo debe haber una pregunta, clara y sencilla: ¿Aprueba usted que Cataluña se independice de España y se constituya en Estado propio? Nada de confederación, estado libre asociado, federalismo asimétrico, nada de semejantes milongas. El dilema es fácil: independencia, sí o no.

. En caso de que triunfara el independentismo, los catalanes que así lo deseen conservarán la doble nacionalidad.

Sentadas estas premisas, todo aquel que convocara una consulta ilegal, no negociada con el Estado, o que declarase la independencia unilateral de Cataluña se debería enfrentar a la cárcel, aun a riesgo de dar nuevos argumentos al victimismo nacionalista, que ya podría celebrar otro 1704 dentro de trescientos años, eso sí, pagado con los impuestos de todos, como sucede ahora.

PD. Aunque tuviera dudas sobre la conveniencia de que Madrid acogiera los Juegos Olímpicos de 2020, sentí tristeza y decepción al ver vapuleada su candidatura, y de qué manera, en Buenos Aires. Me quedo, no obstante, con el esfuerzo demostrado por gente como Pau Gasol, Ona Carbonell, Mireia Belmonte y Jennifer Pareja, catalanes y deportistas, que entendieron que ese proyecto, aun con sus sombras, podía ser beneficioso para que España recuperara la fe en sí misma.         

viernes, 6 de septiembre de 2013

He vuelto a ser del Atleti


El sociólogo Anthony Giddens tuvo sus quince minutos de gloria en los años noventa cuando acuñó el concepto político de la tercera vía. Era su aportación para renovar la socialdemocracia, en busca de una síntesis entre el liberalismo desorejado de Reagan y Thatcher y la izquierda clásica, que aún no se había deshecho del cadáver de Marx. Giddens, británico de origen, se convirtió en el consejero favorito del entonces primer ministro Tony Blair. Con la ayuda de Giddens, Blair tuvo la coartada ideológica para llevar a los laboristas al centro que, como todo el mundo sabe y aquel que no lo sabe ya lo puede ir aprendiendo, acaba siendo la derecha. La trayectoria de Blair es un claro ejemplo de lo expuesto.

Pero no deseo teorizar sobre la tercera vía ni hablar de Blair. La historia ya le ha hecho un hueco gracias a la foto de las Azores. No conviene gastar más tinta de la necesaria. Mi deseo es otro. Si he escrito sobre la tercera vía es porque creo que puede aplicarse a nuestra Liga de Fútbol. El campeonato acaba de comenzar, y algunos se empeñan en que nada cambie respecto al año anterior. La Liga sigue secuestrada por el Madrid y el Barcelona. Ningún equipo ha amenazado su posición de dominio en los últimos años. Por eso el campeonato es previsible, sin emoción, tan trucado como esta democracia española en la que sucede lo mismo: sólo dos pueden ganar, dos partidos que coinciden en lo esencial y sólo divergen en lo anecdótico. Dos partidos que, al decir de mi amigo Vladimir, son la misma mierda.

Pero esto puede cambiar, tanto en el fútbol como en la política, porque mucha gente se ha cansado de ver siempre la misma película con un plantel de malos actores y un guión peor resuelto. En el fútbol hay una tercera vía para los que recelamos de la prepotencia de los blancos y los blaugranas. Esa tercera vía futbolística no será el Valencia, qué más quisiéramos, a la vista de su limitada plantilla, sino el Atlético de Madrid de Diego Simeone. 

Debo confesar que he vuelto a ser del Atleti, de mi Pupas. De niño lo fui; presumía del equipo de Reina (padre), Leivinha, Pereira, Ayala, Leal, Becerra… Mi padre, en uno de mis cumpleaños, me regaló la vestimenta del equipo con el 9 a la espalda, el que llevaba Gárate, el delantero por el que sentí siempre debilidad y que se retiró joven por una extraña lesión de la que no se recuperó. Fui del Atlético de don Vicente Calderón y del doctor Cabeza, pero después llegó Jesús Gil y Gil a la presidencia y razones de elemental estética hicieron que me borrara. Entonces comencé un equivocado camino que me llevó (ahora lo confieso no sin vergüenza) a convertirme en un madridista de boquilla, oportunista donde los hubiera, que sólo se dejaba ver en Cibeles cuando al equipo ganaba un título, lo que ya rara vez sucede. Es un pasado del que no me enorgullezco, pero todos hemos tenido nuestros pecados de juventud, ¿no creéis?

Yo quiero que el Atleti gane la Liga. A Diego Costa y David Villa me encomiendo, también al portero Courtois. Basta ya del Madrid de los Pérez, Villar-Mir y Fefé, de ese centralismo arrogante y financiero, y basta ya de ese Barça que permite que su excelente fútbol (empieza a no serlo tanto) se vea contaminado por la matraca del nacionalismo. Bienvenido el Atleti, el club de los trabajadores de las dos orillas del Manzanares, el equipo de mi infancia, la esperanza de los que creen en un campeonato abierto. 

Nuestras vidas necesitan una tercera vía, un Atleti al que confiar nuestra suerte. No todo puede reducirse a escoger entre PP y PSOE, UGT y CCOO, McDonald’s y Burger King. Eso querrían ellos. El bipartidismo, entendido en un sentido amplio, nos empobrece. Luchemos, cada uno a su manera, contra quienes intentan imponernos dos soluciones, el blanco o el negro, cuando el mundo es una gradación de grises. Seamos gente de matices, delicadamente ambigua, capaz de no tenerle miedo a la complejidad de las cosas, personas que arriesguen y piensen por sí mismas, al margen de los convencionalismos y de los lugares comunes. Porque no hay nada más triste que jugar con sólo dos cartas en la mano y que las dos estén marcadas.  

lunes, 2 de septiembre de 2013

Por los cerros de Úbeda


No sé si os ha pasado, pero hay días en que uno se aburre de sí mismo. Te cansas de tu cara, de tus manías, de tus filias y de tus fobias. Y quieres cambiar, ser otra persona, escapar de ti mismo. Eso es lo que hice la semana pasada para despedir el verano: me lie la manta a la cabeza y me transformé en otro. No pude elegir porque en estos casos el cambio te viene impuesto. Me temí lo peor: dejar de ser yo para acabar como secretario personal del ministro de Hacienda o, tal vez algo peor, ser el alumno favorito de la profesora y ex diputada Carme Chacón. Pero no hubo lugar para lo uno ni lo otro, para mi suerte. El azar quiso que mi nueva identidad fuera la de Marcelino Tobías, agente de seguros del Ocaso, viudo y sin hijos, aficionado a la filatelia y con una extraña debilidad por las jóvenes estrábicas.
A Marcelino Tobías su jefe le ha dado tres días de permiso en pago a su buen hacer en la empresa. Nuestro protagonista quiere aprovechar ese breve descanso para cambiar de aires. ¿Dónde creéis que se marcha? ¿A Benidorm? ¿A Lloret de Mar? No, en absoluto; a Úbeda y Baeza. Como Marcelino es poco dado a dar explicaciones, ignoramos por qué le dio por ahí. Quizá había oído hablar de esas dos ciudades andaluzas, declaradas patrimonio de la Humanidad, o acaso sólo quería poner tierra de por medio con su Mediterráneo natal.

Se levanta muy temprano, antes de la madrugada. Llega a Albacete y sigue, por una carretera nacional, hasta Alcaraz, donde para a desayunar. El desayuno es mediocre y caro. Pero merece la pena sólo por contemplar las torres del Tardón y de la Trinidad en la plaza Mayor del pueblo, atribuidas al arquitecto Andrés Vandelvira. Recordad este nombre porque es el autor de alguno de los edificios más hermosos de Jaén. Al entrar en esta provincia, el paisaje recuerda aún al de Castilla, pero pronto el amarillo de los trigales deja paso al verde de los olivos. ¡Qué hermoso paisaje el de este mar de olivares!, observa Marcelino Tobías, un sentimental incorregible, de lágrima fácil, lo que irritaba a su mujer, quien soñó siempre con un hombre de virilidad más contrastada, con quien haber compartido más alegrías por las noches.

La entrada a Úbeda es igual que las de todas las ciudades, impersonal y fría, con esas gasolineras para repostar antes de emprender un viaje, o esos hipermercados para hacer la compra los fines de semana entre el griterío de los niños. Marcelino ha reservado dos noches en un alojamiento modesto junto al antiguo hospital de Santiago, que acoge hoy la biblioteca municipal. Nos hacemos una idea de la modestia del hostal cuando su empleada no le pide la documentación, tratándole como si fuera uno más de la familia. Nunca le había ocurrido en su vida: hospedarse de incógnito. En la habitación que le asigna sólo cabe él y su sombra, de tan pequeña como es. Lo bueno de esta pensión (llamarlo hostal nos parece ahora excesivo) es que está situada muy cerca del centro. Enseguida sales a la calle Obispo Cobos, una vía peatonal con muchos comercios atendidos por dependientas muy jóvenes y de un pelo rubio sobrevenido.
La calle Obispo Cobos lleva a la plaza de Andalucía, destartalada e irregular en su diseño, malograda por uno de esos aparcamientos subterráneos que los alcaldes modernos se empeñan en construir en contra del sentido común. El general Leopoldo Saro preside la plaza. Es de notar que su estatua presenta una docena de impactos de bala procedentes de alguien que no compartía, al parecer, la ideología de este monárquico de los tiempos de Alfonso XIII. A las espaldas de la plaza está la taberna Don Juan, un local muy pequeño y concurrido con presencia abundante de hombres que leen el Marca y el As. Marcelino pide una cerveza y, como no entiende de fútbol, escoge el Diario Jaén, que está hecho de crónicas de fiestas de pueblos, el concierto de Raphael en Linares, sucesos irrelevantes y la dimisión de un político andaluz.
 
A pocos pasos del bar Don Juan, Marcelino localiza la calle Real, llena de restaurantes y tiendas de souvenirs, una de las entradas al casco antiguo de Úbeda. La calle Real, y más adelante la de Juan Montilla, desemboca en las plazas del Ayuntamiento y de Vázquez de Molina, que da nombre a un palacio renacentista de gran hermosura, situado enfrente de la Colegiata de Santa María de los Reales Alcázares. Marcelino camina por la zona, sin rumbo fijo, cuando descubre, con asombro, la fachada de la Sacra Capilla del Salvador (el monumento más bello de los muchos que vería en las dos ciudades, obra de Vandelvira,  y al que no accede porque le piden cinco euros por la entrada) y el palacio del Deán Ortega, convertido en parador. Empequeñecido por la belleza de esos dos edificios, en una plaza desierta sin una sombra, piensa que las ciudades son como las personas, con sus periodos de plenitud y decadencia. ¿Qué hizo que Úbeda y Baeza vivieran su Edad de Oro en el siglo XVI? ¿Qué circunstancias concurrieron para que sean reconocidas como cuna del Renacimiento español? Y, después, ¿qué pasó? ¿Por qué acabaron siendo olvidadas durante siglos? En la taberna ‘El Mirador’, mientras se toma la segunda cerveza de la mañana, Marcelino se hace estas preguntas dándoselas de persona interesante, creyendo que así impresionará a una pareja de turistas franceses que toman el vermú sin advertir su presencia.

Por la tarde, después echar una siesta que le sabe gloria, Marcelino vuelve a callejear por el casco antiguo de Úbeda. Le gusta la plaza Primero de Mayo, en cuyo centro se levanta una estatua de San Juan de la Cruz, quien murió en esta ciudad, una ciudad donde la gente es de una corrección fría pero amable, seca de maneras acaso por la proximidad del carácter castellano. Metido ya en la noche, descubre pequeñas plazas en las que coincide con algún turista extraviado como él, plazas apenas iluminadas, en penumbra, coquetas e íntimas, con bares sin gente, plazas como las del Marqués, San Pedro y Álvaro de Torres por las que se justificarían los 400 kilómetros de viaje en coche desde Valencia.

A la mañana siguiente, Marcelino ya sabe que venir a Úbeda ha sido un acierto, pero queda por visitar Baeza, conocida como la Salamanca andaluza por los lazos que le han unido con la ciudad castellana. Uno no puede ir a Úbeda y olvidarse de Baeza. De hecho, las visitas guiadas incluyen a ambas ciudades. Son como Laurel y Hardy, Bonnie and Clyde, parejas inseparables, hechas la una para la otra. A sólo nueve kilómetros de distancia, conectadas por autovía, a Úbeda y Baeza les une la gloria de su pasado renacentista, ser uno de los caprichos de Carlos V y Felipe II. Baeza es la hermana pequeña de las dos. Su patrimonio histórico, con no ser desdeñable, más bien al contrario, no es comparable al de Úbeda. Aun así, el viajero necesita de una larga mañana para conocerlo.
Con paso decidido y sin tiempo que perder, Marcelino baja por la calle San Pablo, y ahí está esperándole don Antonio Machado con su torpe aliño indumentario, sentado en un banco, como hace cien años, cuando llegó como profesor de francés al instituto de Enseñanzas Medias, en un edificio que había sido antes la Universidad. Marcelino entra en el aula donde impartió clase, y se le encoge el alma, como sentimental que es, cuando se sienta en un pupitre e imagina que es uno de los alumnos del poeta sevillano. En ese instituto también trabajó el gran historiador catalán Jaume Vicens Vives poco después de la guerra civil, en unos años en que intentó hacerse perdonar sus veleidades republicanas ante las autoridades franquistas.
 
En Baeza la vida gira en torno a la plaza de la Constitución, donde coinciden los vecinos y los pocos turistas que a esas horas de la mañana se han dejado caer por la ciudad. A ambos lados de la plaza hay unos soportales que llevan el nombre de antiguos oficios y en los que algunos restaurantes ofrecen menús a once euros. En su deambular por el casco antiguo de Baeza, Marcelino queda impresionado por la catedral, en la que tampoco entra porque es de pago. A pocos pasos puede ver el Palacio de Jabalquinto. Su fachada recuerda a la de la Casa de las Conchas de Salamanca. Al igual que en la de la Lonja de Valencia, está decorada con unas figuras que, a la vista de las posturas en que fueron esculpidas, serían materia de inspiración de una película pornográfica.

Cuando se acerca el mediodía, Marcelino, cansado de caminar, regresa a Úbeda para comer en una pizzería en el que el servicio es lento pero la comida resulta sabrosa y a buen precio. Entrada la tarde, la lluvia le despierta de la siesta. Llueve con fuerza. Marcelino duda si quedarse en la habitación o salir a dar su última vuelta por la ciudad. Decide lo segundo: quiere recorrer una Úbeda oscura como la boca de un lobo, iluminada sólo por los rayos de la tormenta. Sin paraguas, y saltando de acera en acera buscando la protección de algún portal, vuelve a la calle Real y al corazón monumental de la ciudad. Son las nueve y media de la noche. No se ve a nadie. Esta noche hay partido de fútbol. Ha buscado cobijo en la puerta principal de la Colegiata de Santa María de los Reales Alcázares. Un joven pasa corriendo delante de él y, después de sonreírle, le dice algo que no alcanza a comprender. Marcelino ha perdido la noción del tiempo y el espacio; su mirada abstraída tropieza con las esculturas de dos leones magníficos que se interponen entre él y el palacio de las Cadenas, al fondo.
Amaina el temporal. Marcelino, agente de seguros del Ocaso, hombre hasta cierto punto derrotado por la vida, regresa a su pensión recordando a Laura, la camarera del bar en donde se tomaba el café cada mañana y con la que estuvo a punto de irse a vivir. Pero su mujer enfermó, la compasión por ella pudo más que la pasión por Laura, el sentido del deber se impuso, la responsabilidad, el peso de tantos años juntos, y estuvo a su lado hasta que murió de un cáncer de esófago, qué dolor, qué injusticia, murmura para sí. La perdió como perdió a Laura antes, y ahora está más solo que un perro sin dueño, sin ninguna de las dos, viendo cómo la lluvia de Úbeda le empapa la ropa comprada en las rebajas.

Bendita agua. Dicen los entendidos que la próxima cosecha de aceituna será de las mejores que se recuerdan.