jueves, 31 de octubre de 2013

El destino incierto de mis muertos


Morirse nunca había merecido tan poca atención como hasta ahora. Irse de este mundo, además de suponer un mal trago, es un engorro para los que se quedan. Y, para colmo, los vivos ya no saben comportarse en la despedida de sus seres más o menos queridos. Si con los vivos hay que saber estar, tener cierta clase; con los muertos, con mayor motivo. Pero la experiencia nos demuestra que mucha gente ignora las reglas básicas del ritual de la muerte. Yo he visto a los deudos de un muerto marcharse a dormir a casa, en lugar de velar al familiar en la última noche que podían compartir con él, como se hacía en el pasado.

Hoy es el Día de Todos los Santos. Los cementerios han recibido la visita de miles de personas. Mientras tanto, muchos jóvenes y adolescentes han descansado en casa de los excesos de una fiesta tan estúpida como extraña a nuestra cultura, otra tradición importada de la otra orilla del Atlántico que nos hace ser un poco más subalternos del señor Obama, el gran espía, y sus compatriotas. Por si quedara alguna duda de su existencia, una prueba de la infinita misericordia de Dios es no habernos castigado por celebrar ese engendro de Halloween. Por mucho menos, Sodoma y Gomorra desaparecieron del mapa entre lenguas de fuego y toneladas de azufre.
Cuando llega un día como hoy intento no faltar a la cita con mis muertos. Cada 1 de noviembre acudo al cementerio de mi ciudad para dialogar con ellos porque siguen vivos para mí. En cierta medida, los muertos no acaban de morir por completo mientras todavía alguien les recuerda. Es triste pasear por las galerías de un camposanto y ver algunos nichos abandonados, reflejo de un olvido que nos aguarda a todos, y concluir que no hay nada más cierto que aquel verso escrito por el poeta sevillano: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”. 
 
A medida que pasan los años te cargas de ausencias. Vas aprendiendo a convivir con las pérdidas. El peso de los que se fueron, inapreciable al principio, comienza a abrumarte al llegar a la mitad del camino. Hay noches en que sueño con ellos, que me sobresaltan con sus voces, sus risas y sus llantos, con sus rostros que cada vez me cuesta más recordar. Son ellos los que me insisten en que siguen estando ahí y que no puedo olvidarles. 

¿Adónde fueron cuando nos dejaron? La noche me devuelve esta pregunta sin respuesta. No hay consuelo para la carga de tanta duda. Y, sin embargo, pese a ser consciente de lo inútil de mi esfuerzo, sigo preguntándome por el destino incierto de mis muertos, de mis abuelos, de mis amigos Pepe y Txelu; de mi tía Remedios, mi segunda madre; de todos aquellos que me amaron y que hoy, cuando más les necesito, me ayudan a seguir en pie.

domingo, 27 de octubre de 2013

¿Qué fue lo que nos pasó?


He nacido para ser un lector y un mirón. Después de mucho pensarlo he llegado a esta extraña conclusión. Me gusta leer y observar a la gente, por encima de todo. Con esto me conformo. Como veis, soy un hombre de expectativas modestas. En realidad, he tardado muchos años en percatarme de que la vida, si tiene algún sentido, cosa que dudo, es gracias a las actividades sencillas que nos complacen. Nada de grandes hazañas. Eso se lo dejamos a los héroes de las películas americanas.

A leer y a mirar me dedico cuando viajo en el metro. Soy un usuario convencido de las bondades de este transporte público. Hay días en que lo cojo hasta cuatro veces para ir o regresar del centro de Valencia. Sería por tanto estúpido desaprovechar esa hora diaria sin hacer nada provechoso. Por eso llevo siempre un libro (de los de antes, de papel), en castellano o en inglés, y cuando me canso de pasar páginas me fijo en mis compañeros de vagón.
Hace unos días tenía enfrente de mí a una mujer de unos cincuenta años, pequeña y regordeta, con el pelo negro y rizado. Hablaba por teléfono con nerviosismo. Al principio no reparé en lo que decía, pero después sus palabras, y el tono que las acompañaba, comenzaron a despertar mi interés. Cerré el libro y, tratando de disimular, puse toda la atención en lo que comentaba. De la conversación deduje que había sido despedida esa tarde. Se lo comunicaba a quien debía de ser su pareja.

De repente, y ante mi asombro, la mujer rompió a llorar sin disimulo, como si estuviera sola en su casa, ajena a todo lo que le rodeaba. La situación se hizo incómoda para quienes estábamos allí, que no sabíamos qué hacer, si seguir como si nada sucediese o intentar consolarla. Nadie se atrevió a ofrecerle ayuda por temor, me imagino, a importunarla. La escena, que no debe extrañar en este tiempo de calamidades, me impresionó. El llanto de aquella mujer me ha perseguido durante estos últimos días.
Escenas como ésta deben de repetirse con frecuencia. La mayoría caminamos sobre una cuerda floja que puede romperse en cualquier momento. Nos hemos acostumbrado a convivir con la incertidumbre. ¡Qué remedio nos queda! Hoy sólo existe el corto plazo. Para mucha gente no hay mayor triunfo que regresar a casa por la noche sabiendo que a la mañana siguiente volverán a acudir al trabajo.
 
Pero la crisis nos está cambiando el carácter. Si salimos a la calle vemos que el paisanaje ya no es el de hace una década. España es hoy un país triste en el que cuesta encontrar a una persona que te sonría. Quizá penséis que exagero, y puede que estéis en lo cierto, pero no me negaréis que nuestras vidas se parecen cada vez más al traje gris marengo de un ministro. Sin emoción, sin esperanza. Y como esta crisis se ha eternizado, algunos han arrojado la toalla, impotentes para encontrar una salida. De alegres y generosos han pasado a ser personas taciturnas y desconfiadas. A menudo no salen de casa; se pasan la mañana en la cama, encerrados en el dormitorio. Les da por comer mientras matan el tiempo viendo la televisión. Engordan. Descuidan su aspecto físico y proyectan su rabia contra la familia, que trata de ofrecerles razones para que no se hundan más en su desesperación.

Esto está ocurriendo, aunque no queramos verlo. Nadie está libre de que un día le llamen al despacho para entregarle la carta temida. Espero que no os llegue nunca ese momento porque en la calle hace frío, mucho frío. Como no sabemos qué será de nosotros, no malgastemos el tiempo en anticiparnos a acontecimientos que no podemos controlar. Aprovechemos los márgenes de nuestras vidas en aquello que nos hace felices o menos desdichados. Yo, como lector contumaz, he regresado a Dumas, que me encanta desde que era un adolescente. Y vosotros, ¿a qué dedicáis vuestras horas con premio?     

lunes, 21 de octubre de 2013

No hemos aprendido nada


El único nazi que conozco es un compañero de vestuario del polideportivo al que voy a nadar cada semana. Tiene más de treinta años, ni un solo pelo en la cabeza, mide 1,90 y presume de unas espaldas tan anchas como el armario empotrado de mi dormitorio. Lo más llamativo de su persona es que lleva tatuada en la espalda un águila en cuyo centro hay una esvástica.
 
Siempre que coincidimos en el vestuario, lo que sucede de cuando en cuando, me abstengo de defender la separación de poderes o la necesaria integración de los inmigrantes en nuestra sociedad multicultural. El pelao podría malinterpretar mis palabras, y si así fuese, sería la última vez que acudiría a la piscina municipal de mi pueblo porque aún no se ha conocido a nadie que nade con las piernas rotas.
 
Todos padecemos, en mayor o menor medida, a un fascista, un amigo tonto y un compañero de trabajo que no se lava. De todo hay, y no debe ser motivo para escandalizarnos. La vida tiene esos peajes, y debemos asumirlos. Pero ahora nos dicen que la cosecha de fascistas ha sido muy fecunda este año. En Francia, nuestro país vecino, el Frente Nacional de Marine Le Pen sería hoy el partido vencedor en las elecciones europeas. En Holanda, Grecia, Rusia y Hungría, el fascismo con o sin corbata goza de un apoyo social significativo.
 
Es sin duda un fenómeno inquietante el que describo, pero más allá de enumerar los peligros de la extrema derecha, en lo que la mayoría estamos de acuerdo, debemos preguntarnos el porqué de la situación. ¿Qué han hecho los gobiernos y las instituciones europeas para que esos movimientos, en otro tiempo minoritarios, tengan opciones de gobernar en sus países? Porque no sirve de gran cosa demonizar a esos partidos y a sus seguidores, como hacen nuestros demócratas de laboratorio. Hay que atajar las causas para evitar su crecimiento.
 
Y ¿cuál es el caldo de cultivo en el que fermentan esas ideologías extremistas? Cabe recordar que se trata de una situación muy similar a la vivida en los años veinte y treinta del siglo pasado. Hagamos memoria: unas democracias liberales desprestigiadas, un capitalismo criminal al que nadie se atrevía a poner freno (excepción hecha de Roosevelt y los bolcheviques) y una crisis económica que mandaba a millones de trabajadores al paro y a la pobreza.

Cuando nuestros gobernantes y su corte de mandarines nos intentan convencer de la maldad del fascismo, la pregunta que debemos hacerles es la siguiente: ¿Qué les ofrecéis a esos millones de personas que carecen de empleo y porvenir? ¡Que la Bolsa sube y la prima de riesgo baja! Eso es una burla. Los tomáis por estúpidos. ¿Cómo pueden esos parados con familias a su cargo, esos jóvenes cansados de llamar a cientos de puertas sin encontrar un empleo, esas parejas que son desahuciadas de sus viviendas, creer en un sistema político y económico que les niega una oportunidad para ganarse la vida con dignidad?
 
Piensen esos demócratas con las espaldas cubiertas, vivan en Madrid o en Bruselas, si con sus políticas insensatas vamos hacia el suicidio de una nación y de todo un continente. Con algunas diferencias se vuelven a cometer los mismos errores que desembocaron en una guerra mundial con un saldo de cincuenta millones de muertos. No parece que hayamos aprendido nada. No nos extrañe, pues, que dentro de unos años, tal vez no demasiados, asistamos en Europa al ascenso de un hombre desconocido, tosco de maneras, fanático, con la osadía de quien nada tiene que perder, que se presente como el salvador y la respuesta a los problemas de millones de desesperados. Y, gracias a la crisis y al descrédito de nuestras democracias de juguete, conquiste el poder. Como aquel cabo austríaco que dormía en albergues para pobres a la espera de su oportunidad.   

miércoles, 16 de octubre de 2013

Cuídate


Hace ya tres veranos, una noche del puente de agosto me fui a cenar con un amigo a un bar de la avenida Giorgeta de Valencia. Al terminar tomamos una copa. Como ya no estamos para muchos trotes, nos despedimos pronto. Puede que sólo fuera la una y media de la madrugada. Cuando iba a coger el coche para regresar a casa sentí que me desvanecía. Fueron apenas unos segundos. No me dio tiempo a pensar en nada más. El siguiente recuerdo que conservo es estar en el suelo con la cara ensangrentada, las gafas rotas y mi amigo (que por suerte había visto cómo me desmayaba) me tranquilizaba diciéndome que la ambulancia no tardaría en llegar, como así fue.

En los tres minutos que estuve inconsciente, mi amigo hizo señales a varios conductores para que detuviesen sus vehículos y bajasen a ayudarme, pero ninguno paró. Probablemente yo hubiera hecho lo mismo en circunstancias similares. ¿Quién va a parar a esas horas de la noche para ayudar a un hombre que está ensangrentado, vaya usted a saber por qué, y, para colmo, a escasos metros de la puerta del cine porno de la calle Cuenca? Sólo lo haría el buen samaritano, pero hace tiempo que el buen samaritano tiró la toalla ante tanto necesitado.
Rescato de mi memoria este suceso para escribir sobre la marginación de la piedad en una sociedad en que no hay día, sin embargo, en que no oigamos hablar de la solidaridad, el buen rollo, de crear lazos afectivos y de generar empatía, mucha empatía. El lenguaje es un reflejo de la sociedad. Si hemos eliminado de nuestro vocabulario la palabra ‘piedad’ es porque la mayoría no la practicamos. Pasa con los limpiabotas y los serenos, que nadie los nombra porque estos oficios han desaparecido. No creo que la crisis haya tenido la culpa del final de ese sentimiento, pues viene de antes, aunque es probable que le haya dado el tiro de gracia.

Casi todos vamos a lo nuestro sin importarnos la suerte de los demás. Como mucho, dedicamos algo de nuestro tiempo a la pareja, los familiares más cercanos y a algún amigo. Estamos encerrados en sí mismos. La tragedia de Lampedusa es la expresión más terrible de esa ausencia de compasión, de “la globalización de la indiferencia” de la que ha hablado el Papa Francisco refiriéndose, en especial, a los inmigrantes. Nos emocionamos al ver las imágenes de los ataúdes, pero pronto nos olvidamos y seguimos sorbiendo nuestro café con leche en el bar de la esquina. Puede que no exista otra manera de sobrevivir que cerrar los ojos ante tanta crueldad.
La generación de nuestros padres y abuelos conocían el sentido de las palabras ‘piedad’ y ‘compasión’. Eran pobres, carecían de cultura, pero tendían la mano a quien lo necesitaba. Eran más humanos que nosotros. No era tanto una cuestión de dinero como de voluntad, de compartir lo poco que se tenía, sin que por ello quiera idealizar aquel país, que también guardaba muchos cadáveres en el armario. Si en esta crisis tan terrible no hemos saltado aún por los aires, ha sido gracias a  esos cientos de miles de jubilados que ayudan a sus hijos y a sus nietos a sobrevivir mes tras mes.
 
Decía antes que el lenguaje es un espejo de la sociedad. Os pongo un ejemplo. En los últimos años, cuando uno se despide de un conocido o de un compañero de trabajo, acaba a menudo la conversación con un ‘Cuídate’. No hay palabra que resuma mejor el espíritu de estos días. Cuídate. Es la filosofía de Ikea, la de que cada cual se lo monte por su cuenta. Sí, cuídate, vienen a decir, porque nadie lo hará por ti, a excepción de tu marido o de tu mujer y de tus padres, en el caso de que aún los conserves.

Si ni siquiera hay una pareja ni unos padres en los que encontrar consuelo, siempre nos podemos comprar una mascota como compañía, un animal al que pasear por las mañanas y por las noches mientras miramos las pantallas de nuestros móviles y creemos que así estamos menos solos. Es la felicidad a la que podemos aspirar en este otoño de 2013, a dormir bien calentitos con un perro a los pies de nuestra cama.

PD. Este modesto blog ha alcanzado las 3.000 visitas en sus primeros tres meses de vida. Os agradezco el interés que muchos habéis demostrado por mis artículos. Endavant!

jueves, 10 de octubre de 2013

Francisco y los mercaderes del templo


Al Vaticano ha llegado un Papa que aspira a ponerlo todo patas arriba. Veremos si los suyos le dejan. A diferencia de Juan Pablo I, también un hombre de buenas intenciones que duró sólo un mes en el cargo, muerto en muy extrañas circunstancias, nunca aclaradas, este Papa, que presenta todavía un aspecto saludable, va camino de su primer año en la silla del sucesor de San Pedro.  
 
Este religioso porteño es un hombre hablador. No rehúye a los periodistas, sea en un avión o en tierra firme. Lo que sorprende de él es que los hechos no desmienten sus palabras. Nos hemos acostumbrado a que siempre haya gato encerrado en los discursos de los hombres de poder, que cuando llega alguien que dice lo que piensa y que vive como asegura, no damos crédito a lo que escuchamos.

En principio, y aun a riesgo de equivocarme, Francisco tiene la voluntad de abrir la Iglesia al mundo. Difícil empresa la suya porque la Iglesia debe contaminarse del mundo sin traicionarse a sí misma. Como ocurrió con Juan XXIII, hace ahora cincuenta años, la elección del Papa actual y sus gestos posteriores han ilusionado a millones de católicos entre los que me encuentro, aun con mis dudas y mis flaquezas, que pesan más que mis menguantes certezas. Francisco parece un hombre modesto, que emplea un lenguaje cercano y sencillo y que constituye un peligro para los privilegios de la jerarquía vaticana. 
 
Benedicto XVI, por el que siento un profundo respeto no sólo por su hondura intelectual sino por el coraje que tuvo al renunciar a la púrpura, no pudo meter en cintura a los lobos y a los cuervos que dominan el Vaticano en la sombra. Ratzinger se retiró, consciente de su debilidad, y dio paso a un sucesor que, pese a su edad también avanzada, está empeñado en ganarse a los que siguen mirando a la Iglesia con recelo, a esos jóvenes, mujeres, intelectuales y homosexuales que reniegan de ella, y lo hace con un mensaje que bebe en las aguas turbulentas del Evangelio.    
 
Quien ha estudiado la historia del catolicismo sabe que a Francisco le aguardan innumerables peligros y trampas de su gente más cercana. Él es el primero en conocerlo. Cuando le tocas el manto al poder, éste se revuelve con fiereza. Yo confío en que Francisco sea un Papa combativo al que, una vez agotado el margen para el necesario diálogo, no le tiemble el pulso para llevar adelante sus reformas. No necesitamos un Papa pusilánime y contemporizador con quienes maniobran para garantizar la continuidad de su statu quo en Roma.

Quiero un Papa que, si es necesario, saque el látigo para expulsar a los mercaderes del templo, como hizo Jesús sin contemplaciones. En estos momentos, en los que la Iglesia sigue hundida en el descrédito, con las parroquias vacías, sin vocaciones sacerdotales y ausente de los principales debates de la sociedad, optar por el pactismo con esa raza de víboras sería un error y enfriaría muy pronto la esperanza que nos ha contagiado Francisco desde aquella tarde lluviosa en que salió al balcón para anunciarnos que venía de la periferia del mundo.

Que Dios le conserve la salud muchos años y que nosotros, allá donde estemos, lo veamos.

viernes, 4 de octubre de 2013

Siempre quise ser un periodista sobrecogedor


Durante mis veinte años de oficio he aprendido dos verdades en esta profesión: la primera, que los directores de diarios suelen padecer alguna tara mental, a menudo incurable, y la segunda, que los periodistas se dividen en dos tipos: los sobrecogedores y los que no lo son. Lamentablemente yo soy de los segundos. Siempre quise ser un periodista sobrecogedor, lo admito sin rubor, pero he carecido del tesón, la astucia y el dominio de los idiomas, singularmente el francés, para lograrlo. Me tuve que conformar con ser un periodista del montón, de los que entran en un medio sin recomendación, gracias a una beca, y se ganan después la vida no sin dificultades, echando jornadas interminables y aguantando a veces lo que no está escrito. La mayoría de los compañeros que he conocido responden a esta categoría. Son personas trabajadoras, honradas, entregadas a la faena bien hecha y sin cintura para la intriga. 
En cambio, el periodista sobrecogedor es un espécimen que sobrevuela las redacciones cual buitre leonado, como decía mi admirado Félix Rodríguez de la Fuente, hábil como pocos para poner huevos en distintas cestas y jugar con diferentes barajas. El periodista sobrecogedor (que rara vez posee el talento del maestro de todos ellos, César González-Ruano) se preocupa más por tejer una red de amistades influyentes que del trabajo diario. Le interesa quedar bien con el concejal o el empresario de turno antes que sacar una buena exclusiva. Sabe dosificar los tiempos y dispone del olfato idóneo para identificar quién manda y cómo atraerse su interés.

A la larga sus compañeros dejan el oficio, unos porque, cansados de no tener vida privada, opositan a conserjes de un instituto; otros desaparecen dándose a la bebida y a la cocaína y también los hay que son despedidos en medios a la deriva. El periodista sobrecogedor, sin embargo, se cobra los servicios prestados antes o después, y acaba trabajando para una empresa a la que previamente benefició con sus informaciones, o en un ayuntamiento en el que será asesor de un alcalde corrupto. El periodismo es para ellos un medio para llevar una vida fácil en la que nunca faltan entradas gratis en el Principal de Valencia o en la tribuna de Mestalla. Y antes de la crisis colocaban a sus familiares en alguna administración o empresa pública.
He conocido a varios periodistas sobrecogedores. Todos tienen un rasgo en común: su mediocridad intelectual y profesional es, con todo, superior a su catadura moral. Recuerdo ahora a dos que fueron directores míos. Uno parecía salido de un cuento de Clarín, un señor decimonónico, todo él pagado de sí mismo, encantado de haberse conocido, con su barba blanca y su sonrisa falsa, beneficiario de mil y una canonjías culturales, siempre pagadas con el dinero público. Sus libros sobre la Valencia del siglo XX se venden hoy a precio de saldo. Es amigo de Rita Barberá.

El otro, un poco más joven, fue comunista y hoy ejerce de liberal, un tipo peligroso de mirada bovina, papada enorme, andar cansado, barriga prominente y cara abotargada de quien pisó ya la raya del alcoholismo. Dirige una revista que nadie lee. Cuando me contrató me sorprendió que cobrara cuatro sueldos, uno por cada sociedad que había creado en un grupo editorial en el que apenas trabajábamos una docena de personas. Con sus trabajadores era menos espléndido: les regateaba el sueldo y hasta los quince minutos del desayuno. Un miserable. Era alérgico a los gatos, animales que siempre han sido asociados con la inteligencia.
Estos dos periodistas sobrecogedores siguen a su manera en la profesión mientras que otros compañeros, mejores periodistas, se quedaron en el camino. El periodismo, como la vida, es injusto. A ambos hay que reconocerles el mérito de ser unos supervivientes. Se han pasado veinte años defendiendo al PP en Valencia, pero si en 2015 llegase el nuevo Frente Popular no dudarían en desempolvar sus credenciales izquierdistas. Porque si hay algo que les define es su facilidad para cambiar de principios como de chaqueta para que a sus señoras nunca les falte de nada en casa.