viernes, 29 de noviembre de 2013

Letizia

Mientras el pobre del Rey se mentalizaba para entrar de nuevo en el quirófano, ella lucía sus mejores galas en una fiesta celebrada en Beverly Hills. Las crónicas destacaron el carmín intenso de sus labios y el pelo recogido a lo garçon. Nunca me cayó bien esta chica. Ya me dio mala espina cuando, como periodista de TVE, presentó un especial para convencernos de las bondades del euro. El euro ha sido, como sabéis, esa estafa que nos vendieron como el remedio a todos nuestros males y que, lejos de serlo, se convirtió en el colmo de nuestras desventuras.

Como nunca le faltó ambición, lo de TVE debió de parecerle poco. Uno de sus jefes, el barbado Pedro Erquicia, hizo de celestino organizando encuentros en su casa para que conociera al Príncipe Felipe, de probada debilidad por las rubias. Se veían a escondidas, según nos contaron después amigos comunes, hasta que llegó el momento de hacer pública la relación. Fue un sábado por la tarde, de un mes de noviembre de hace diez años, en el que yo me encontraba indispuesto en casa de mis padres por un virus que me hacía visitar el aseo con una frecuencia mayor de lo deseable. Así, entre deposición y deposición, me enteré de los amoríos de la pareja real.
Luego llegó la petición de mano con aquella intervención de Letizia, difícil de olvidar, en la que mandó callar a su novio, lo que causó el asombro de casi todos, incluso entre los que hemos sido siempre indiferentes a las normas del protocolo. Con sus gestos y con sus palabras, la periodista dejaba claro que no se conformaba con ser una figura secundaria en la Familia Real; al contrario, aspiraba a ser protagonista, y a ser posible dos dedos por encima de su consorte.

No han faltado ocasiones para comprobar el carácter soberbio de la Princesa. Eso es lo que pasa cuando desciendes de Carlos III y te casas con una plebeya. A  la monarquía si le quitas sus arcaísmos y sus pompas, si la despojas del mito, se queda en nada, como le ha ocurrido a esta familia que ya es vista como una carga de la que habrá que desprenderse antes o después, sin asomo del brillo que pudo tener en sus primeros años.

Pero no nos olvidemos de Letizia, la protagonista de este modesto artículo. Mal aconsejada debe de estar cuando, junto con su marido, acepta ser invitada a fiestas de postín. El glamour, aunque se produzca a miles de kilómetros, chirría en un país que no está para frivolidades, y menos de quienes deberían dar ejemplo de austeridad y contención. 
Letizia pertenece a esa parte de la Familia Real que detesto sin disimulo. Sólo salvaría a la Reina y a Felipe, que cumplen sus papeles con profesionalidad. El Rey me inspira un sentimiento contradictorio en el que prima la indulgencia que uno siente por ese abuelo que arrastra una mala vejez por los excesos del pasado. No sé lo que pensará Don Juan Carlos de su nuera. Probablemente no lo sepamos nunca porque no le veo inclinaciones literarias para escribir unas memorias. Letizia sí las tiene. Es posible que lleve un diario de su vida en palacio. No ha habido una Princesa de Asturias más preparada que ella. Alguien que elige el nombre de Leonor para su hija mayor en recuerdo de Leonor de Aquitania demuestra una sensibilidad cultural fuera de lo común.

Nota para el lector: En un mundo dominado por hombres, Leonor de Aquitania se divorció de su primer marido, el francés Luis VII, y combatió a su segundo, el inglés Enrique II, pagando su osadía con la cárcel. Impuso su voluntad a sus hijos Enrique Corazón de León y Juan Sin Tierra. Como Leonor de Aquitania, Letizia aspira también a tener la última palabra entre los hombres si algún día llega a ser reina.    

jueves, 21 de noviembre de 2013

El maravilloso mundo de los emprendedores

Y dijo la maestra:
 —     ¡A ver, niños, repetid conmigo! Yo emprendo, tú emprendes, él emprende…
Y los niños, que no tenían un pelo de tontos, contestaron:
 —    … nosotros emprendemos, vosotros emprendéis, ellos emprenden.
“¡Muy bien, lo habéis hecho muy bien!”, enfatizó la maestra para regocijo y alegría de sus alumnos que rompieron a aplaudir.
¿Viviremos esta escena en los colegios?
A estas alturas ignoro si la nueva ley de educación del ministro Wert incluye el fomento del emprendimiento (horrible palabra) en los planes de estudio. Todo puede ser en un Gobierno que ha eliminado la filosofía con la aspiración de evitar que a los estudiantes les dé por pensar. Luego se manifiestan y te toca enviar a la policía. Si a estos del PP les ha dado por formar a emprendedores, a los de antes les encantaba ver salir ciudadanos ejemplares de las aulas, devotos de esta democracia insípida y partidarios de la corrección política. Conservadores y socialistas, con sus prejuicios ideológicos y su ceguera para el entendimiento, han logrado lo que parecía imposible cuando yo estudiaba el Bachillerato: demoler la educación pública.
Con o sin ayuda de una nueva ley de educación, el Gobierno está empeñado en hacernos emprendedores a la fuerza ya que no puede ofrecer trabajo ni ahora ni en unos meses ni quizá en años. Con la batalla contra el paro dada por perdida, a cada uno de los desempleados se les invita a buscarse la vida. “Hazte emprendedor y verás cómo sales adelante”, nos aseguran. Algunos conocidos, que ya han llamado a todas las puertas como almas en pena,  le han hecho caso a don Mariano. El Gobierno lo presenta, claro está, como otro de sus éxitos, como una clara manifestación del espíritu dinámico de los españoles para salir de la crisis. Sin embargo, la realidad es más sórdida. Si no te contratan en ninguna parte (ni siquiera como dependienta en Primark por 350 euros) tendrás que probar suerte montando un pequeño negocio. 
Así no es de extrañar que haya un emprendedor en cada esquina de los pueblos y ciudades de España. En mi finca debe de haber media docena, la mayoría sobrevenidos. Es curioso cómo el tiempo altera el significado de las palabras. Antes, un emprendedor era el compañero que organizaba el viaje de fin de curso, Emprendedora es hoy mi vecina Jennifer que, después de tres años en el paro, separada y con dos churumbeles a su cargo, ha abierto una peluquería en el barrio. Quien dice una peluquería dice una panadería o un bar de menús a siete euros, actividades en absoluto innovadoras.
A mí ya me han propuesto lo de ser emprendedor. “Olvídate de que te hagan un contrato”, me han argumentado para convencerme. En el argot periodístico se dice trabajar de freelance que, al tratarse de una palabra inglesa, suena mejor que si te presentas como un autónomo de mierda. El lenguaje, como es sabido, sirve para ocultar la realidad incómoda. Y me lo he pensado, no creáis, pero al final no me veo montando un lupanar en mi casa, no estoy ya para esos trotes, ni una academia para enseñar lengua, algo que no interesa ni lo más mínimo a los adolescentes.
Lo lamento por mis amigos neoliberales, que también los tengo, pero no consigo imbuirme del espíritu del emprendedor. Algo falla. Soy tan poquita cosa que me conformo con ser un asalariado, de esos que cumplen los horarios y hacen lo que se les manda. Como digo, una cosita de nada. Pero ya no se necesitan asalariados y menos si peinan canas. La moda es seguir siendo asesor de un diputado o hacerte emprendedor. Y si eliges esto último, con suerte el ABC te puede poner de ejemplo de la recuperación económica.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

¡Y dale con Franco!

España es como una manta desgastada por el uso que ya no calienta. Somos un país sin futuro, no sólo por los seis millones de parados sino por la obscena costumbre de rebuscar en el basurero de nuestra historia. Nos regodeamos en el pasado, pero nunca aprendemos la lección. Si nuestros antepasados se maravillaban de las gestas de nuestros héroes y conquistadores para olvidar su miserable presente (“¡Siete llaves al sepulcro del Cid!”, clamaba Joaquín Costa contra esa moda nacional), nosotros, tan modernos como nos creemos, repetimos sus errores. Pero en lugar de mirarnos en el Imperio de los Austrias, lo hacemos en la guerra civil y la dictadura.

De aquella guerra entre hermanos han transcurrido casi ochenta años. Sólo quedan vivos algunos viejos que eran niños o adolescentes cuando estalló la contienda. De la muerte de Franco se cumplirán pronto los cuarenta años. Sin embargo, nadie lo diría si uno lee los periódicos o ve la televisión. Es noticia casi todos los días. En lugar de dar carpetazo a la dictadura y dejarla en las manos expertas de los historiadores, la izquierda se empeña, a falta de mejores ideas, en insistir en un antifranquismo que ya no entraña ningún riesgo. Hoy es fácil ser antifranquista porque uno no expone nada, ni su vida, ni su libertad, ni su hacienda. Los únicos que se opusieron al general (y que pagaron cara su osadía con la cárcel y a veces con la vida) fueron los del Partido Comunista y un puñado de anarquistas. Nadie más. Por eso Francisco Franco, que no conoció ni practicó la piedad en vida, murió en la cama con la tranquilidad de dejarlo todo bien atado.
 
Cuando veo a la izquierda empeñada en ganar una guerra que perdió hace tanto tiempo, siento tristeza y hastío. ¡Qué manera de dilapidar energías que podrían dirigirse a mejorar las condiciones de vida de las clases populares! ¿Es Franco una prioridad para los españoles? Ciertamente, no. Y, entonces, ¿por qué ese deseo de impedir que cicatricen las heridas entre compatriotas? Alegan que los caídos en el bando republicano no han recibido el reconocimiento que se merecen. Hágase ese homenaje cuanto antes. Además, nadie con un mínimo de humanidad puede oponerse a que los familiares de los represaliados del franquismo encuentren sus cuerpos y les den sepultura. Obstaculizarlo sería una crueldad. Pero ese deseo comprensible por recuperar a tus muertos no puede ser el pretexto de iniciar una causa general contra el franquismo, como pretende alguna juez argentina, porque supondría en la práctica enjuiciar a la mitad del país que apoyó al régimen por convencimiento o por indiferencia. ¿Tan poca memoria tenemos?
 
No perdamos el tiempo en hacer un recuento de los muertos en las cunetas, ni coleccionemos agravios de una y otra parte como carburante para mantener vivo el odio. No canonicemos a más mártires porque esto hace un flaco favor a la concordia y muestra la peor cara de la Iglesia, la que bendijo la cruzada. Mientras esas dos minorías dogmáticas sigan instaladas en 1936, no habrá manera de darle cuerda a este país para ponerlo en hora. Y saldrá perdiendo la mayoría que ya no tiene cuentas pendientes con su pasado y que sólo aspira a vivir en paz y a pagar las facturas cada fin de mes. 
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