martes, 24 de diciembre de 2013

La cueva de Alí Babá

Si alguna vez creí en lo sindicatos, esa calentura se me pasó pronto. Razones no me faltaron. Os contaré una historia real. Hace diez años, en una de mis huidas hacia adelante, abandoné el periodismo para probar suerte como abogado. Quería ser abogado laboralista, de los que defienden a los trabajadores de las tropelías de algunos empresarios. Pura ingenuidad, como se vería después. Pero por aquel entonces, qué mejor que un sindicato para foguearse como letrado. Con ese propósito entré como becario en uno de los dos grandes. Fueron seis meses, y he de reconocer que aprendí mucho de Derecho laboral.

Cuando las prácticas estaban a punto de acabar, uno de los jefes me llamó a su despacho. Era un sindicalista de la nueva hornada, joven, apuesto, seguro de sí mismo y un poco paleto. De nombre Francisco, tenía colocado también a un hermano en el gabinete de estudios jurídicos. En su despacho había dos posters, uno de la Pasionaria y otro de Mao. “Quería hablar contigo para proponerte algo”, me dijo al poco de tomar yo asiento. “¿A ti te gustaría continuar en el sindicato?”, me preguntó. “Claro que me gustaría trabajar con vosotros”, le contesté. “Pero ya sabes que formar parte de este sindicato implica creerse de verdad la defensa de los trabajadores. Eso has de tenerlo claro”, añadió en un tono solemne. “Sí, sí, por supuesto”, le contesté intentando disimular mi pasado de pequeñoburgués.
 
- Por cierto, ¿sigues cobrando el paro, no?

Me sorprendió su pregunta. ¿Qué tenía que ver el paro con todo esto? Y se lo aclaré:

- Sí; aún me queda un año, pero no me gustaría agotarlo.
- ¿Qué te parece si sigues con nosotros mientras cobras el paro y después ya veremos si te contratamos?, aseguró como si no hubiera escuchado mi respuesta.

Tardé en reaccionar. Pensaba que me ofrecería un contrato y lo que me proponía era trabajar gratis un año. Ni el peor de los empresarios que había conocido, y habían sido bastantes, me había propuesto semejante desfachatez:
- Pensé que me queríais contratar  – me atreví a sugerir.
- Pero es que lo que tú haces no es precisamente trabajar. (Elaborar informes jurídicos para todo el sindicato, informes con los que sus abogados preparaban los juicios en toda España, sí era un trabajo, y de los más arduos.)

La conversación acabó. Le comunicaría mi negativa días después. Se lo tomó mal. Allí se quedó él y su Pasionaria y su Mao, y allí quedó enterrada para siempre mi confianza, si alguna vez la tuve, en el movimiento obrero español. Aquel sindicato era CCOO, donde conocí a gente estupenda entre sus trabajadores y afiliados. Eran lo mejor de la organización que, en sus alturas, estaba más o menos podrida. No hablo de CCOO del País Valenciano sino de su organización hermana en Castilla-La Mancha.
Pero sí CCOO deja mucho que desear, ¿qué decir de su compañero de baile, de la UGT?  Si en algún momento de mi vida me viese en el trance de escoger entre unos y otros (Dios no lo quiera), el mal menor sería Comisiones. Porque los otros son  peores. Hoy no existirían de no haber sido por el auxilio económico que recibieron del PSOE, la organización hermana, desde el inicio de la democracia. Bien sabía Felipe González lo que hacía cuando favoreció un doble Sindicato Vertical (UGT-CCOO), que ha recibido miles de millones en ayudas, primero en pesetas y después en euros, a costa del erario público. Eso les las ha mantenido vivos hasta la crisis.

En el caso de UGT, aquella posición de predominio derivó en una organización lastrada por la ineficacia y la falta de honradez. Hace 20 años estafaron a miles de familias con la cooperativa de viviendas PSV, y ahora es Andalucía. Si no fuera por el respeto que me merecen algunos de sus militantes, diría que son como la cueva de Alí Babá pero con muchos más ladrones. Cuarenta se me figuran pocos. Basta con ver a los dirigentes andaluces, todos rondando los sesenta años, a punto de alcanzar la dulce jubilación cuando les explota el escándalo de los ERE. Si yo fuera ellos, estaría muy tranquilo. No les pasará nada porque el sistema ya se encargará de que todo se olvide. Pagará algún desgraciado y poco más.
 
No me alegro de lo sucedido en Andalucía ni en Valencia, donde dirigentes destacados de UGT han colocado a familiares en fundaciones afines. No me alegro porque nada hay más triste para un trabajador que carecer de alguien que lo defienda. Eso es lo que les pasa a millones de empleados del sector privado. Que están solos, inermes, a merced de las chulerías de muchos empresarios envalentonados gracias a las leyes crueles de este Gobierno siniestro.
 
Cada trabajador hace hoy la guerra por su cuenta, enfrentado con sus compañeros en una lucha diaria por sobrevivir. No puede esperar la solidaridad de nadie. Con alguna excepción, los sindicatos ya no están para defenderle sino para preservar su cuota de poder, cada vez más disminuida. Casi nadie cree ya en sus reivindicaciones, sus amenazas, sus banderas rojas. Trabajan para quienes dicen combatir. Son los actores secundarios de esta mascarada en que se ha convertido la vida pública española.

jueves, 19 de diciembre de 2013

La recuperación me está matando

No se habla de otra cosa en la calle. De la recuperación, por supuesto. El otro día, después de merodear un rato por el barrio de Ruzafa, entré en un bar que hay enfrente del mercado municipal. Hacía frío y me pedí un carajillo con una energía que ya la quisiera Rita para sí. A mi lado había dos albañiles cincuentones, unos de los cuales me recordaba a Landa, que hablaban de un asunto que pronto me resultó familiar.

Le decía uno al otro:

-         Vicent, t'has assabentat del que ha passat?

-         De què em parles? Compte, que no sé res.

-         De la recuperació, que ha arribat la recuperació.

-         La recuperació? Què em dius? I això quan ha sigut?

-         Ahir a les set de la vesprada. Ho ha dit el telenotícies.

-         Si ho ha dit el telenotícies serà veritat! Què bo! Això cal celebrar-ho. Paco, posa'ns altres dos copes de conyac!

Yo, que sigo peleándome con el valenciano, creí entender que la recuperación había llegado ayer a las siete de la tarde, y sin previo aviso. La pareja de obreros me había contagiado su optimismo. Con el calor del carajillo, salí a la calle más contento que unas pascuas. Muy cerca de allí, junto a la torre de San Valero, me encontré a un grupo de vecinos que formaban un corro en torno a una gitanilla, que se había arrancado por bulerías.
“¡Ay, mi niña, di que sí!”, aplaudía una anciana, postrada en una silla de ruedas y con cara de no haber cenado la noche anterior. “Señora, ¿qué se celebra?”, me atreví a preguntarle mientras observaba que le faltaban varias piezas de su dentadura. “¿No lo sabe, caballero? La primera de riesgo ha bajado de los 200 puntos. ¡Eso no se veía desde 2007!”

Antes de que pudiera contestarle, un joven cojo con legañas en los ojos, que debía de ser su hijo, se me adelantó: “Sí, y lo mejor de todo es que Moody´s ha mejorado nuestro rating”. “Hombre, si lo dice Moody's…”, acerté a balbucear y me aparté del grupo que seguía aplaudiendo a la gitanilla y que se había lanzado como una pantera a coger una moneda de cinco céntimos que alguien, por un descuido, había dejado caer al suelo.

Me dije que la mañana no había podido comenzar mejor. Me había acostado con la crisis y me había despertado en plena recuperación. Y si tenía alguna duda, en el quiosco de cerca de mi casa la prensa monárquica y razonable destacaba en sus portadas los logros de la política económica del Gobierno con una bandera rojigualda como imagen de fondo, lo que me llegó al corazón.
Hace años que no me sentía tan exultante. Ni siquiera cuando me encontré un billete de veinte euros en el metro me había dado ese subidón. Pero, como está escrito, poco dura la alegría en la casa del pobre. Nada más llegar a la mía sonó el teléfono. Era mi amigo Vladimir el pesimista. “¿Te has enterado de lo último de este Gobierno de impostores y canallas?” “No, ¿qué ha pasado esta vez”, le pregunté. “Que nos quieren subir otra vez la luz”. Y se echó a llorar. Yo, que soy de naturaleza sensible, no sabía cómo consolarle y me entró también la congoja.

“Tranquilízate, ya verás cómo todo se arregla. Lo hacen por nuestro bien, para que seamos responsables en el consumo de la luz”, argumenté sin demasiada convicción. Comenzó a gritarme. Cuando Vladimir se pone así, tan ácido con el Gobierno que yo voté, confieso que me da un poco de coraje. Pero no quiero llevarle la contraria porque ya se sabe cómo son estos rusos, que tienen un pronto difícil y enseguida te mandan a un emisario de Putin. Así que me callé y le dejé desahogarse, ya que ahora no lo puede hacer con su amiga Nadiuska, la del club de Beniparrell, por falta de cash. Al final colgó sin despedirse.

La conversación con Vladimir me había amargado el mediodía, pero para recuperar la ilusión enchufé la televisión justo cuando comenzaba el telediario. Pronto me puse de buen humor y me olvidé de mi amigo. Me cuentan que todo cada vez va mejor. Aparece un ministro calvo y asegura con su vocecilla que ya se ve luz al final del túnel. Otro ministro, también alopécico, añade que ya hemos tocado fondo. Me relajo escuchándoles y, después de comer, me sirvo una copa de orujo, y no sé qué me pasa pero al cabo de unos minutos comienzo a encontrarme mal. ¿Será el orujo o será el atracón de noticias sobre la recuperación? Es como si me hubiera hartado a polvorones. Comienzan a temblarme las piernas y el corazón me bombea con fuerza. Estoy asustado. Creo que me ha dado un ataque de recuperación y, como ya me había acostumbrado a la crisis, temo no poder superarlo.  

¡Qué desgracia la mía! Morir siempre ha sido una costumbre desagradable y vulgar, pero hacerlo precisamente ahora, cuando vuelve a asomar un tiempo de felicidad y  prosperidad gracias a los desvelos de nuestro benefactor, el incomprendido presidente Rajoy, es imperdonable. Hasta en eso tengo mala suerte. He dicho.     

martes, 10 de diciembre de 2013

Slowly

Me he pasado más de la mitad de mi vida corriendo como puta por rastrojo, de aquí para allá, montando y desmontando la tienda en busca de un trabajo que me permitiera vivir con decoro. Así han transcurrido veinte años. Ese tiempo ha durado lo que un suspiro. Atado a la urgencia del periodismo, sólo pensaba en cómo afrontar el día siguiente, de qué escribiría para contentar al redactor-jefe de turno, en rivalidad con otros compañeros que pretendían colar también sus temas, a veces dando gato por liebre para salir del paso. Yo también lo hacía. Después de toda una jornada de trabajo, a eso de las nueve de la noche, cuando mi tarea estaba a punto de acabar, cruzaba los dedos para que no hubiese ninguna noticia de última hora y aguardaba a marcharme para volver a casa, cenar, dormir y volver a empezar.

Así se me pasaron las semanas, los meses y los años. ¿Qué ha quedado de aquel tiempo? Un puñado de recuerdos y alguna amistad. Menos es nada. Echas la vista atrás y te preguntas si mereció la pena dedicar tantas horas de esfuerzo y dedicación a este oficio dirigido por trileros, pero bien mirado ya no tiene importancia, si alguna vez la tuvo, porque aquello ya es pasado y comienza a perderse entre la niebla de mi memoria.

Ahora es distinto. Ya no hay más urgencias que las que yo me impongo. No debo rendir cuentas a nadie. Mi vida es otra: la vida de quien se apeó de un tren, forzado por las circunstancias, y espera, cada vez con más impaciencia, la llegada de otro con un destino incierto. En este año que acaba he aprendido a observar a la gente. Se supone que debería haberlo hecho como periodista, pero estaba demasiado cegado por las prisas. Ahora todos los asuntos de la actualidad los veo con distanciamiento, en su mayoría son episodios sin importancia, protagonizados por personajillos ridículos que olvidaremos con suma facilidad.

Me he convertido en un hombre de andar tranquilo. He descubierto el gozo de la lentitud. No miro el reloj cuando me tomo un café ni cuando merodeo sin rumbo por el barrio del Carmen. No espero a nadie; nadie me espera. Soy libre hasta donde se puede ser hoy, que no es demasiado. Soy un hombre que tiene una vaga idea de quien fue y que carece de la más mínima certeza sobre su futuro, en un mundo que le resulta cada vez más extraño y hostil.
 
Extraño me siento en un restaurante cuando observo a esas parejas que comen a mi lado sin mirarse a la cara, los dos absortos en sus teléfonos inteligentes (la inteligencia, por lo que se ve, ha pasado a ser patrimonio exclusivo de las máquinas). Después de observar esta escena no una sino varias veces, me doy cuenta de que mi reino ya no es de este mundo. Estoy tan perdido como un catequista en un rodaje de Nacho Vidal, con esa sensación de extravío que debieron de tener antes millones de personas cuando decidieron desengancharse del tiempo que les tocó vivir.

El mundo, con sus trampas y sus falsas apariencias, cada vez me interesa menos. Estoy obligado a transigir con la realidad para sobrevivir, qué remedio, pero ya no despierta mi curiosidad. Es como haber visto la misma película varias veces, con malos actores y un pésimo guion. Por eso me he creado un fortín personal con mis seres queridos, mis libros, el cine y la promesa de algún viaje al sur. No pido demasiado. Soy un tipo de buen conformar. Vivo despacio, lentamente, entregado a disfrutar de un cuerpo o de un buen vino sin las prisas del ayer, como si no existiera el mañana.