jueves, 25 de diciembre de 2014

Después de esta guerra

Después de la guerra unos señores bien vestidos firman un armisticio en un hotel elegante de una capital europea. A esa hora, los campos de batalla continúan llenos de cadáveres reventados por la metralla de las bombas. Cuesta deshacerse de ellos para enterrarlos en fosas comunes. Lejos del frente, los ejércitos victoriosos son recibidos por la gente entre muestras de júbilo, mientras las familias de los muertos los lloran en silencio. Muertos que pasarán pronto al olvido pues la viuda desconsolada de hoy será la dichosa esposa del mañana, tal como nos enseñan las leyes de la experiencia.

Es ahora cuando el presidente del Gobierno de este desdichado país ha decretado que la guerra (nuestra guerra) ha terminado al cabo de siete años de sufrimiento, pobreza y humillaciones. Le escucho leer el parte final ante una representación de la facción ganadora. Me entristece todo lo que oigo y veo. Porque yo soy un mutilado de guerra, uno de tantos. Quien quiera ver mis heridas, aún sin cicatrizar, quien quiera tocarlas para creer, puede hacerlo. Sigo convaleciente, como podéis ver. Pero al final y al cabo he tenido la suerte de contarlo, de no seguir el camino de otros compañeros que yacen tirados en alguna cuneta, quién sabe si con dos tiros en la nuca, sin que a estas alturas nadie conozca su paradero, a excepción de algunos animales carnívoros acostumbrados a sobrevivir en los montes.

Víctimas necesarias de la contienda, nuestros compañeros difuntos serán homenajeados en funerales de Estado por los hijos de los vencedores, pero eso tardará en llegar. Se necesita tiempo para que te levanten una estatua de bronce y te honren como un soldado valeroso y desconocido. Hoy sólo eres un muerto con la cara desencajada y no te has enterado de que la guerra ha terminado, esa guerra que algunos se empeñan en llamar crisis. ¡No la llaméis crisis! Llamadla guerra, una de tantas que se han vivido en la Historia, refugio de canallas y teatro de valientes, una guerra con vencedores (¿aún lo los habéis reconocido?) y con un ejército de derrotados, lúcido aviso para navegantes, para todos aquellos que osen tocar una partitura distinta a la ordenada.

La guerra, vienen insistiendo, ha terminado un día gris de diciembre de 2014. Una parte de la población civil, aquella que ha sido más castigada por los daños colaterales, acoge como puede a los soldados heridos. Entretanto, los vencedores ya han elegido a los cronistas para que violenten los hechos pasados hasta hacerlos irreconocibles. No quedarán pruebas de la historia cierta. Triste ventura la de esos millones de hombres y mujeres que fueron traicionados y serán pronto olvidados, la de esas generaciones sacrificadas en aras de la continuidad del enloquecido sistema. Nadie será capaz de mencionar sus nombres. Porque será de mal gusto recordar una época de la que tendríamos mucho de lo que avergonzarnos. A los sensatos, a quienes hiciesen un esfuerzo por advertir sobre los errores del pasado, a los ex combatientes que vieron morir a sus compañeros en las trincheras y lo denunciasen, se les tomará por aguafiestas.

Este desmemoriado país se habrá sumergido de nuevo en otro periodo de falsa prosperidad. Una vez más se hablará de nosotros como un milagro económico. La fiesta, interrumpida por falta de pago, se reanudará. Volverán los buenos tiempos, las vacas gordas, el dinero fácil. Compraremos felicidad a plazos... 

Prepárense. El espectáculo de la recuperación va a dar comienzo. Acomódense en sus butacas. Luces apagadas. Silencio, por favor. Cierren los ojos, relájense y olviden, sobre todo olviden lo que vivieron y vieron en estos años que algunos llamaron crisis cuando en realidad fue una guerra de las más desoladoras que se recuerdan.        

domingo, 14 de diciembre de 2014

Hace no tantos años

Hace no tantos años, cuando yo vestía de corto, el pan sabía a pan y los tomates sabían a tomates. En aquel tiempo, los abuelos te daban quince pesetas para comprarte el último tebeo del Capitán Trueno y el frío del invierno era una sensación cierta y predecible. Los domingos por la tarde tu padre, en pijama y con la camiseta de algodón puesta, se pegaba al transistor con la ilusión de que su modesto equipo de Tercera División ganase al contrario, y los árbitros, no lo olvidemos, vestían de negro al igual que el cantante Raphael, siempre fiel a sí mismo.

Cuando me paro a recordar aquellos años me veo también acompañando a mi abuelo materno por la calle principal de mi ciudad, él con el Abc bajo el brazo y yo, feliz y pizpireto, mascando un sugus de naranja. Los hombres casados se saludaban y se preguntaban por sus ‘señoras’ y los novios se dirigían, con el paso acelerado, al Parque de los Mártires a disfrutar de unos breves momentos de placer furtivo. Si veías a alguien corriendo por la calle, fuese hombre o mujer, que para el caso era igual, pensabas que estaba fuera de sus cabales y podías avisar a un guardia. No imaginabas que podía estar haciendo deporte. La gente estaba orgullosa de sus barrigas pues a España aún no había llegado esa funesta manía americana de mantenerse en forma. En verano los hombres lucían sus torsos peludos sin complejos, y a las mujeres las enterraban con los mismos pechos con los que sus madres las habían traído al mundo.

Eran otros tiempos, es cierto, cuando los niños llamaban de usted al maestro y no había compañeros hiperactivos sino tocapelotas. A los ancianos se les cedía el asiento en los autobuses y a los muertos se les velaba en casa. Ni mayores ni niños se traumatizaban por ello. Entonces, el mayor acontecimiento que podía vivirse era el estreno de una televisión en color (un telefunken o un radiola, por ejemplo), hecho sólo comparable a la llegada del hombre a la Luna, aunque tus padres te enfriaban pronto los ánimos al mandarte a la cama cuando emitían una película de un rombo. No había mucho dónde elegir, sólo dos canales en el mejor de los casos, pero nos bastaba con las humoradas de Don Cicuta y la picardía de las azafatas de Chicho Ibáñez Serrador los viernes por la noche.

Y en Navidad tocaban a la puerta para pedir el aguinaldo, y en el buzón encontrabas una carta de un pariente olvidado de Murcia, un solterón triste que te deseaba unas felices Pascuas. Los periódicos, papeles en blanco y negro, informaban siempre del pulso firme del Caudillo, de la sacrosanta institución familiar, de la unidad de la Patria, casi siempre amenazada por los bárbaros, y de que éramos la séptima o la octava potencia industrial del mundo, que ya ni lo recuerdo. Nadie, ni siquiera los más entendidos, conocía el significado de palabras que tardarían en llegar, palabras o expresiones homicidas como ‘sinergias’, ‘reestructuración laboral’ o ‘crecimiento negativo’. Además salíamos a la calle sin preocuparnos por si alguien te llamaría a casa por teléfono porque estabas seguro de que al regresar tu madre o tu esposa te darían el recado y devolverías la llamada antes de comer y echarte la siesta.

No sé si éramos más felices entonces, ni siquiera sé si el deseo de ser feliz era tan importante como lo es ahora. Las personas sencillas vivían como buenamente podían, y se apartaban cuando un embaucador les intentaba vender solemnes y campanudos discursos. Como conocían los límites de la realidad, gastaban sólo lo que ingresaban. Por eso, cuando me dejo vencer por el peso irreal de los recuerdos, extraño aquellos largos inviernos de mi infancia, precisamente ahora que la Navidad se estira como un chicle para que los grandes comercios hagan caja, y los niños (o una gran parte de ellos) desconocen quién fue y dónde nació Jesús de Nazaret. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Una temporada en el infierno

Una mañana te levantas y ya estás muerto. Ni siquiera tienen la delicadeza de avisarte después de tantas horas de servicio. Como a todo el mundo, a mí también me llegó la hora. Al principio me encontraba extraño, fuera de lugar, y luego comencé a impacientarme. Desde niño había escuchado que vendrían a buscarme, pero nadie aparecía, ni los de arriba ni los de abajo. Cuando estaba a punto de perder los nervios, impaciente por el retraso, llamaron a la puerta. “¿Se puede? Venimos del infierno”, escuché una voz cavernosa que me llamaba. Abrí la puerta.

 “¿A qué se debe este retraso?”, pregunté, nervioso, a una pareja de diablos con toda la pinta de estar contratados por horas, a juzgar por su aspecto de personal malpagado.
_ Disculpe, pero con esto de los recortes no damos abasto _me comentó el que parecía más espabilado.

Me metieron en una bolsa gris de las que se usan para tirar la basura de los restaurantes chinos y me introdujeron en la parte trasera de una camioneta. Ignoro dónde me llevaron, pero el viaje fue largo y pesado. Hasta nos paró la Guardia Civil para pedirnos la documentación. Por suerte los demonios la tenían en regla, y nos dejaron continuar.

“Ya puede salir”. Saqué la cabeza de la bolsa perfumada. Estábamos en un páramo, sin asomo de vegetación ni vida animal. Hacía mucho calor. Me hicieron andar unos diez minutos por un sendero hasta que divisamos una larga cola de finados. Me coloqué el último y me fijé en el resto de los pecadores –hombres en su mayoría- que aguardaban a entrar en un edificio que se asemejaba a un hotel de tres estrellas en Oropesa del Mar, ciudad de vacaciones. Aquellos rostros me resultaban familiares: había ex ministros, cardenales, pedagogos, dirigentes sindicales y de la patronal, abogados de renombre, jueces, militares de alta graduación… Nadie daba señales de arrepentimiento. Todos estaban de farra. Aquello parecía más bien una fiesta interminable, como si sus almas no estuviesen condenadas a vagar por el averno durante la eternidad.

En la puerta un demonio encogido y malhumorado, que trabajaba con evidente desgana, tomaba nota de nuestras identidades y nos informaba de los pecados que nos habían llevado a la perdición.

_ ¿Nombre y primer apellido?
_ Mario Volpini.
_ Condenado por pecar contra el sexto mandamiento.
_ ¿Con quién?
_ Según los informes que obran en nuestro poder, con mujeres casadas, viudas, divorciadas y solteras necesitadas, también con doncellas, y además de manera reiterada y sin acto de contrición alguno.

Bajé la cabeza. Llevaba razón ese diablo cojuelo y desdentado. Todo era cierto. La carne es débil, vaya sí lo es, sobre todo cuando se alcanza cierta edad, y pasé al vestíbulo del hotel-infierno. ¡Qué sorpresa la mía cuando casi me tropiezo con Alfonso XIII, que estaba barriendo los rincones, vestido con un mono gris lleno de lamparones! En otro extremo de la sala, cuatro diablillos torturaban en un potro a Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, a quien estaban arrancándole los pezones y las orejas con unas tenazas. Sus gritos eran espantosos, pero a mí se me antojó leve el castigo dada la gravedad de las sevicias que este religioso impostor había cometido con menores.

Otro demonio, en este caso simpático (no todos iban a ser desagradables y taciturnos), me dijo que disponía de una hora libre antes de pasar al interior del edificio. Tenía tiempo para tomarme algo en la cantina. En un rincón había sentada una pareja de enamorados que, como toda pareja de enamorados, estaba tonteando y diciéndose ‘cuchi-cuchi’ y otras zalamerías. De lejos no los reconocí porque me había dejado las gafas en casa, pero cuando me fui aproximando me percaté de que los había visto en los libros de historia. Eran Francisco (Franco) y Dolores (La Pasionaria), con medio millón de muertos a sus espaldas, suficiente pecado como para ser condenados en mil infiernos. Por lo que se ve, después de tanto odiarse, habían encontrado el amor, al revés de lo que le sucede a la mayoría de las parejas. Allí dejé a las dos Españas, haciéndose carantoñas y arrumacos como si nadie les estuviera observando.

Cuando aún no me había repuesto de semejante visión, un diablo de nombre Virgilio me pidió que lo acompañara a la primera de las estancias que visitaría. Encima de la puerta había un letrero que rezaba: “Abandonad toda esperanza”. Desde fuera se escuchaban los alaridos de voces conocidas. Cuando entré me di cuenta de que la sala estaba reservada para toda clase de cantantes latinos. 

“¿De qué se les acusa?”, pregunté, interesado, a Virgilio.
_ De ser un mal ejemplo para jóvenes y adultos, de componer canciones machaconas con letras para horteras y faltos de entendederas, de practicar bailes obscenos que invitaban a tener refregones.
_ ¿Refregones?
_ Sí, refregones, ya sabe usted cómo es de caliente esta gente latina. ¿No reconoce a ese hombre?

Le estaban golpeando las caderas, su principal atractivo en los escenarios. Era Ricky Martin, que pedía clemencia sin merecerla. Acabó con todos los huesos rotos y la cabeza destrozada. Fue desagradable que parte de sus sesos acabasen manchando el dobladillo de mis pantalones de tergal. En el otro extremo de la sala había una gran tinaja con agua hirviendo en la que se cocían, entre gritos y lamentos, Chayanne, Carlos Baute, Jennifer López, Gloria Estefan, Shakira, Marc Anthony y alguno que me olvido, aunque no reviste gran importancia dado el parecido que hay entre todos ellos.

Al escuchar sus quejidos di gracias al Altísimo porque su justicia, a veces de una exasperante lentitud, se había impuesto por fin a esa infame turba de artistas que había perturbado las siestas de mi juventud. Aún recuerdo a aquella  vecina del piso de al lado, colombiana de nacimiento, residente en Mazarrón, que me martirizaba todas las tardes de verano con algún disco de aquellos desdichados.

Dejé aquella sala con satisfacción y me adentré en otra, guiado por Virgilio, de grata compañía y verbo fácil. La siguiente estancia estaba dedicada a los periodistas. Vi a antiguos directores de periódicos (incluido un palurdo de Requena a quien obligaban a limpiar sus excrementos y sus orines con la lengua), contertulios de radio y televisión, tan previsibles y tan aburridos; columnistas políticos a quienes nadie tomaba en serio; comentaristas deportivos que habían alcanzado la fama sin saber leer ni escribir. Todos eran azotados con saña, unos por mediocres, otros por mentirosos, bastantes por sobrecogedores. Después de azotarlos les arrancaron las uñas y las cejas. El espectáculo era dantesco (nunca mejor dicho) y entonces me alegré de haber abandonado el barco, el periodismo, mi primer oficio, antes de que se hundiese.

Pero me quedaba por ver la peor de todas las salas, aquella que acogía a los peores malvados, a los sujetos más deleznables. No vestían ya de traje y corbata, sólo cubrían sus vergüenzas con taparrabos. En su tiempo fueron hombres poderosos y ricos, cubiertos de halagos y parabienes. Sin embargo, una vez muertos, los Botín, Escámez, Garnica, López de Letona, Conde y Rato no habían podido comprar una entrada para un palco en el cielo. A todos estos banqueros les quemaban los ojos con hierros fundidos, les arrancaban el pelo, les cortaban los tendones hasta que se desangraban. Les escupían y se reían de ellos. Cuando parecía que todo había terminado recuperaban su forman anterior, y de nuevo comenzaba la tortura para que el sufrimiento fuese infinito.

Es un castigo merecido por todo el daño que ocasionaron a su país, me comentó Virgilio. Pensé que llevaba más razón que un santo aunque esta palabra, la de santo, estuviera fuera de lugar. Cuando seguía disfrutando del espectáculo y creía que me llevarían a la siguiente sala, reservada a constructores y promotores inmobiliarios, me tocaron en el hombro. Me giré y vi a una diablesa, una diablesa que ya quisieran muchos para sí.

_ Me acompaña, por favor. El Jefe quiere verle.   

Subimos en ascensor hasta la planta noble. La diablesa, llamada Lucinda, desapareció sin que me percatara. Me encontré solo ante la puerta de un despacho decorado con gusto y pulcritud. Creí identificar algún mueble de los que se venden en la tienda de Ikea en Alfafar. El Jefe, es decir, Satanás, Lucifer, Belcebú, se estaba cortando las uñas.

_ Adelante, pase, por favor.

Que me hablaran de usted fue un detalle de buena educación, acostumbrado como estaba a que en mi anterior vida todo el mundo me tuteara, señal inequívoca de la decadencia a la que había llegado nuestra sociedad.

_ Le he llamado a mi despacho porque quiero proponerle un trato.

Satanás me recordaba a un antiguo consejero del Gobierno valenciano, un político culto, astuto y muy leído, condenado por malversación de fondos y que se había salvado de la cárcel al morir atropellado por un funcionario que le tenía ganas.

_  Le escucho, dígame de qué se trata.
_ Sabemos que usted fue periodista y necesitamos a alguien que lidere nuestro departamento de comunicación institucional. Los de arriba nos están ganando la partida. Se han posicionado mejor en el mercado.
_  Pero hace años que dejé el periodismo _objeté sin demasiada convicción.
_ Lo sabemos, pero no nos importa. Hemos pensado que podría hacer un curso online para experto en redes sociales. Necesitamos vender mejor nuestro producto.

Me hice el interesante.

_ No sé, no sé, debo pensármelo.
_ Créame, nuestra oferta es inmejorable en estos tiempos. Serían treinta mil euros de sueldo fijo más uno variable por objetivos.
_ ¿Con contrato indefinido?
_ Sí.
_ ¿A jornada completa?
_ Por supuesto.
_ ¿No tendría que darme de alta como autónomo?
_ En absoluto.
_ Sólo le pediría algo más: tener a Lucinda como secretaria.
_ Conforme. Empieza mañana.


Y nos dimos la mano. Era el mejor trabajo que había tenido si incluyo todos los de mi anterior vida. Pensé que como iba a pasar una larga temporada en el infierno, lo mejor es que estuviera ocupado y, a ser posible, cobrando un buen sueldo. El Maligno no era tan malote como me habían dicho. Tenía un punto de arrogancia que me gustaba. Me había ganado para su causa. ¿Dónde mejor que en el infierno para darse una segunda oportunidad?        

sábado, 8 de noviembre de 2014

Corazón

Un corazón fatigado intenta impartir clase en el instituto de un pueblo de la sierra de Madrid. Lo intenta levantando la voz, pero apenas puede hacerse oír entre la algarabía de sus alumnos. Afuera llueve, y las gotas de agua salpican los cristales. El invierno ha llegado después de pensárselo unas semanas. El profesor ve la mano alzada de un alumno y se abre paso con dificultad entre los pupitres para atenderle. Quiere ir al servicio, le dice. El profesor duda por un momento, teme por su autoridad y le contesta que no. El adolescente (porque de adolescentes hablamos) refunfuña y se calla por fin.

    –  ¿Alguien sabe quién fue Julio César?, pregunta el profesor sin saber por qué diablos lo hace si él es profesor de lengua castellana. 

Una, dos, hasta tres voces masculinas gritan al unísono, como si se tratara de una estrategia planificada de antemano:

     ¡El portero de Brasil! 
       
El profesor, que ya dejó de considerar el fútbol como un deporte digno de su atención, queda sorprendido por la respuesta, pero no se rinde:

    –  ¿Y Napoleón? ¿Alguien me puede decir quién fue Napoleón?

Esta vez se hace el primer silencio en la clase. Nadie parece saber quién fue Napoleón. Pero una voz tímida surge de la primera fila, la voz de un niño de cuerpo menudo y de ojos azules:

   ¡Yo lo sé! Un general francés.  
       
Al profesor casi se le saltan las lágrimas. No cabe de gozo tras escuchar al pequeño. Es la primera alegría de la mañana y con toda probabilidad será la última. “No está nada mal que uno de mis treinta alumnos sepa quién fue Napoleón”, se dice a sí mismo, dándose ánimos para convencerse de la utilidad de su trabajo. El resto de la clase transcurre entre llamadas al orden e inútiles intentos por explicar el sintagma nominal. Hay una confusión de voces y de acentos. Vuela un bolígrafo sobre su cabeza. Se da la vuelta, pero no descubre al autor de la travesura. Al final el profesor se da por vencido y cuenta los minutos para que suene la sirena del recreo, una señal que él asocia con una liberación deseada y momentánea.

En la sala de profesores se encuentra con un abnegado sindicalista que, en vísperas de unas elecciones, hace una encendida defensa de la educación pública. Promete que todo irá mejor si se le vota a él y a sus compañeros. La mitad de los presentes no le escucha. El profesor, que es nuevo en estas lides, presta atención para no perderse un detalle del espectáculo. Una compañera, sentada a su derecha, visiblemente alterada, se toma una píldora y le confiesa que está harta de su grupo de Secundaria. “No los aguanto”, añade. “El año que viene me pido una excedencia”, insiste mientras digiere la pastilla con dificultad. Otro compañero, con trazas de veterano, la tranquiliza diciéndole: “Tomátelo de otra manera; piensa en cómo acabar cada día y en mirar tu cartilla cada fin de mes”. Tal vez lleve razón el compañero, medita el profesor, puede que no haya que tomarse las cosas tan a la tremenda e ir tirando como se pueda, en sobrevivir. Entonces suena la sirena. Ha acabado el recreo, y ahora en lo que piensa en acabar sus clases y en descansar un poco.

Pero antes pasará por el bar donde come cada día. Allí ve las noticias de la televisión. Un ministro conservador defiende la idoneidad de la última Ley de Educación, “basada en la promoción de la excelencia y el esfuerzo”, según proclama arrancando un fuerte aplauso entre sus correligionarios. El jefe de la oposición, un diputado progresista, toma la palabra y amenaza con derogar dicha ley si llega al Gobierno. Al igual que el abnegado sindicalista, hace una cerrada defensa de la educación pública y de la igualdad de oportunidades. La bancada progresista se pone en pie para ovacionarle, en otra de las jornadas calificadas como históricas por los cronistas parlamentarios.

Cansado de la palabrería de unos y otros, el profesor acaba su café, paga y se marcha a casa, un piso de alquiler sin una brizna de calor, situado en un pueblo donde no conoce a nadie y en el que a las seis de la tarde no hay un alma por sus calles. ¡Qué descansada vida la suya y la de los lugareños de la villa! Al entrar en casa mira, con cara de disgusto, la pila de exámenes que le aguarda. Le llevará varias horas corregirlos. Piensa que no nació para juzgar, y mucho menos a su grupo de pilluelos, y le duele hacerlo, vaya si le duele, pero no queda más remedio. Y cuando llegue al décimo suspenso se descubrirá llorando, lo cual es raro en él porque no acostumbra a llorar por nada, y no sabrá por qué llora; puede que porque se siente solo, atado a esa soledad cuyo lenguaje sólo entienden los emigrantes, o puede que sea por esos adolescentes que, pese a ignorarlo todo sobre Napoleón, le han devuelto un poco de ilusión a su corazón fatigado.  

sábado, 25 de octubre de 2014

Chinos, go home!

Hay días en que me doy miedo. Los hay en que me levanto cansado, o con ardor de estómago, o simplemente con una considerable erección cutánea, pero también los hay en que no me reconozco y aflora mi lado menos amable. Es cuando me despierto xenófobo, palabra que, en contra lo que pudieran pensar algunos alumnos de Bachillerato, no significa fobia a los senos, a las tetas, al culo o al pis. No, queridos y futuros bachilleres, xenófobo es aquel que rechaza a los extranjeros. Pero mi xenofobia, conviene precisarlo, es selectiva. Quiero decir que la concentro en los ciudadanos asiáticos y, más en concreto, en los nacionales chinos de edad adulta, los de la mirada oblicua y las largas uñas.

¿Por qué? Como en tantas cuestiones de la vida, carezco de una explicación racional y convincente para contestar a esa pregunta. Sencillamente no me caen bien. Me ocurre lo mismo con monseñor Setién y Artur Mas. Hay algo en ellos que me produce alergia, repulsión, a veces incluso arcadas, y con eso me basta. Digamos que los detesto. Si algo he aprendido en todos estos años es que debo mimar mis filias y mis fobias, lo que ya no me importa reconocer, como también admito, y no sin pesar, que he comprado en bazares cuando no me ha quedado más remedio algún fin de semana. ¡Qué le voy a hacer si soy un saco de contradicciones! 

Si lo pienso detenidamente puede que en mi tirria hacia los amarillos pese que su gobierno me resulte antipático por déspota y totalitario, también por prepotente con otros tan sumisos como el nuestro. Pero juega además en su contra el que yo conozca y aprecie a un número no desdeñable de amigos y conocidos que perdieron, años ha, sus empleos en una fábrica de cuchillería, mueble o calzado, los mismos productos con los que inundan el mercado gracias a la complicidad remunerada de los altos funcionarios de Madrid y Bruselas. Ahora estos amigos y conocidos se muerden los nudillos de su desesperación, y nadie –y mucho menos la Organización Mundial del Comercio– se acuerda de ellos. Malviven a cargo de algún familiar o comen caliente una vez al día gracias a Cáritas.

Sé que todo es más complejo de lo que se desprende de estas discutibles palabras, que muchos empresarios también tuvieron la culpa en el declive de la industria, que nuestro gobierno, como decía, es de un servilismo feroz, que en España no nos gusta trabajar demasiado…  pero uno ya ha renunciado a entrar en las complejidades del asunto. Se queda con los rostros derrotados de esas personas que vivieron con dignidad y que hoy apenas son una sombra de lo que fueron. Para ellos va este artículo, para ellos escribo estas líneas.

Lo siento por los chicos de SOS Racismo, pero no me gustan los chinos. Que les quede claro. Si por mí fuera los deportaría a todos (son cerca de 200.000), en petroleros de los de antes, con destino a los campos de reeducación de los que muchos nunca debieron salir, donde leerían de nuevo el Libro Rojo de Mao y comerían mucho arroz, arroz bueno, bonito y barato. Hacienda y la Seguridad Social no perderían demasiado con la marcha de estos jochimin, a la vista de su laxitud a la hora de cumplir las leyes españolas.

Antes de que los amarillos se conviertan en la primera potencia económica del mundo –lo que está al caer–, es hora ya de recuperar el testigo de nuestros hermanos mayores, aquellos que se manifestaron contra el imperialismo de Nixon y Reagan, y ponernos de nuevo a la cabeza de la manifestación con una pancarta parecida a la de entonces que muestre nuestro rechazo a este nuevo colonialismo que nos avasalla: “Chinos, go home!”, podríamos gritarles, conscientes de lo inútil de nuestro empeño. ¡Volved a vuestras casas! Os pagamos, si es menester, el pasaje del barco con el dinero de la deuda que nos compráis.

No queremos llevar vuestras vidas todo a 100, ni soportar vuestras jornadas laborales de doce horas, ni aceptar vuestro capitalismo salvaje envuelto en una bandera roja. Al final, creedme, añoraremos a los americanos. Al menos los yanquis nos dejaron a Marlon Brando y a Bob Dylan, pero ¿qué recuerdos guardaremos de vosotros? ¿Qué nos dejaréis cuando otro imperio os suceda? ¿La basura acumulada de vuestras tiendas y restaurantes cuando llega cada noche y mis amigos parados tachan otro día en la pared de sus celdas?     

martes, 7 de octubre de 2014

Me lié con mi móvil

Lo confieso sin rubor: durante mi primera juventud llevé una existencia un tanto alocada y promiscua, sordo a los sabios consejos de mis progenitores y con el placer como única meta diaria. Así pasé unos años, a merced de mis volubles apetencias y delirios, siempre satisfechos gracias a la fortuna generosa de papá. Tuve tiempo, eso sí, para licenciarme en Derecho como hicieron antes mi abuelo y el abuelo de mi abuelo, pero nunca ejercí de abogado porque carezco de estómago para tratar con maleantes con las uñas sucias y los dientes amarillos y para perseguir a clientes morosos de corbatas imposibles.

Así que me dediqué a fundirme el dinero de papá en toda clase de eventos, fiestas y viajes. Y en una de esas noches, cuando yo iba ligeramente ciego, un amigo me presentó a Raulito, y aquel encuentro inesperado fue un flechazo como los de antes. El angelito dio en la diana de mi corazón. Me enamoré de Raulito y descubrí que podía ser tan posesivo como el que más. No le dejaba ni a sol ni a sombra, y mucho menos con las mujeres, todas unas lagartas, a excepción de mi santa madre, claro está. Raulito, más joven y tierno que yo, empleado de banca, un rubio de aquí te espero, me ayudó, con su aparente seriedad, a sentar la cabeza. Dije adiós a los excesos y enterré mi lado más liberal y casquivano. En una palabra, me enamoré perdidamente de él.

Pero los nubarrones no tardaron en llegar y … descargaron. Al principio todo fue bien, días de vino y rosas, complicidad, cariño y esas cosas bonitas, pero después nuestro amor, que yo creía firme y sólido, se fue evaporando por un quítame allá esas pajas. Y comenzaron las suspicacias, los malentendidos y por supuesto los celos, hasta que lo pillé en la puerta de Hot 9, cerca de la plaza Vázquez de Mella, tonteando con un tiarrón de los que tira para atrás, un morenazo con una planta de casi dos metros, fibroso, más tieso que un ocho, ambos en una actitud acaramelada que me dio que pensar. Tanto me dio que pensar que me confirmó mis peores sospechas, es decir, que este Raulito me había salido rana, un zángano que, para colmo, quería volar por su cuenta. Y fue entonces cuando me quedé compuesto y sin novio.

Después de aquella ruptura dolorosa caí en una honda depresión, en un pozo sin fondo para el que no veía salida. No hallaba consuelo en nada ni en nadie si exceptuamos a Jack Daniels. Tres meses estuve recluido en mi habitación, en casa de papá y mamá, saliendo sólo cuando Matilde, la asistenta, traía el Hola cada jueves. Pero un día, cuando pensaba que ya todo estaba perdido, me llamó Iñaki, mi primo de San Sebastián:

_ ¿Te has enterado de que lanzan el iPhone 12? Me dicen que es súper, súper fuerte. Mañana comienzan a venderlo.

No tardé en sumarme a una larga cola para ser de los primeros en comprar el preciado móvil. Como yo, había centenares de imbéciles que habían esperado doce horas en la puerta de la tienda para no quedarse sin su aparato. Hasta acudió la pobre prensa para hacerse eco del acontecimiento. Yo conseguí el mío, pero pronto me percaté de que aquella compra escondía algo más. En realidad había nacido una relación de respeto mutuo, que luego se convirtió en una amistad y ahora en un amor sincero. Sí, un amor desprendido y generoso entre dos corazones que habían tenido la dicha de encontrarse.

Después de dar muchos tumbos por la vida he hallado mi lugar en el mundo. Por fin alguien me comprende, me escucha, me acompaña, duerme conmigo cada noche y no me hace preguntas incómodas. También me despierta para desayunar. Robert –que así es como lo bauticé– es elegante, suave al tacto, cálido, hasta diría que muy sexy. Ya hemos intimado en largas sesiones de sexo virtual. La experiencia ha sido gozosa. No hay duda de que estamos hechos el uno para el otro. Desde que nos conocimos somos inseparables, vamos juntos a todos los lados y voy cayendo en la cuenta de que ya no podría vivir sin él. Hace una semana se lo presenté a mi familia, y Robert les causó una excelente impresión. Les dijimos que nos vamos a casar, pero aún no tenemos fecha en el ayuntamiento ni hemos elegido al concejal de urbanismo para el enlace. Estas Navidades nos vamos Sitges a pasar unos días como cualquier pareja de novios que desean pasear su cariño sin ser reconocidos.

¡Es tan hermoso volver a estar enamorado!

domingo, 21 de septiembre de 2014

Hermosa madurez

Yo los he visto, he hablado con ellos, he escuchado sus penas, he respirado su desasosiego. Creedme: existen. En la calle, en los bares, en los supermercados os cruzáis con ellos cada día, y no advertís (porque no estáis obligados a ello) que eran como vosotros hasta hace poco, hasta que al mundo le detectaron un quiste, allá por el verano de 2007, que resultó ser un cáncer para la economía. Y ellos no tuvieron vuestra suerte. En realidad se lo tenían merecido por vivir por encima de sus posibilidades.

Os hablo de hombres y mujeres de más de cuarenta años que el último viernes de un mes cualquiera, cuando la oficina o la fábrica ya había quedado vacía, fueron llamados por un jefecillo ladino para comunicarles su baja en la empresa. Fue ese día cuando se jodieron sus vidas y comenzaron los lunes al sol, los martes, los miércoles…

Parados de larga duración les llaman los que dicen entender de esto y que por lo general nunca han sido parados de larga duración. Me refiero a los catedráticos liberales, los dignos burócratas que redactan informes con prosa mostrenca, los políticos infames, los periodistas pomposos que opinan sin pisar la calle, toda esa gente que utiliza el paro como argumento fácil, siempre en su propio beneficio, sin reparar en el dolor que se esconde tras esa realidad. Como no lo han vivido, hablan de oídas, y sus palabras suenan vacías, como calderilla verbal, discursos de hojalata.

Hay más de dos millones de personas maduras a las que algo o alguien (su gobierno, el capitalismo financiero, una madrastra alemana, la banca o la Trilateral, qué se yo) les niega la esperanza, también la dignidad. El largo tiempo que llevan sin empleo, esos días que se suceden iguales sin traer ninguna novedad, ha hecho un eficaz trabajo de demolición interior. De la ilusión inicial, del arrojo de los primeros días, se pasó a la tristeza y de la tristeza a la desesperación al ver que todos los intentos por encontrar trabajo se revelaban inútiles, al constatar que ninguna de las puertas a las que llamaban se abría.

Yo los conozco, como os decía. Son amigos, conocidos, parientes. Les llamo para cervecear, pero prefieren no quedar; ponen cualquier excusa, se van recluyendo en sus casas, engordan, toman antidepresivos, van arrojando la toalla. Aprieta la falta de plata. Mis palabras, dichas a través del teléfono, carecen ya de sentido para ellos porque, al cabo de tres años sin horario ni nómina, uno pretende realidades, no bellos y tramposos discursos.  Por eso recuerdo ahora a aquella mujer a la que vi por última vez hace un mes, en una tarde de agosto, después de que viniera de limpiar varias casas en el Ensanche de Valencia. En un café del centro quedé con esta ex empleada de El Corte Inglés y la vi triste, impotente, avergonzada por no hallar una salida. Apenas hablamos. Sus ojos, vidriosos, que rehuían mi mirada, lo decían todo. "Yo antes no era así", se excusó antes de despedirse. 

No he vuelto a saber de ella.

A aquella mujer de maneras delicadas y a otros que están en su misma situación los comprendo: yo he sido uno de ellos y puedo volver a serlo en cualquier momento. Y tal vez tú, honrado padre de familia, chupatintas de medio pelo, empleado ejemplar que miraste para otro lado cuando echaron a algunos compañeros, también tú puedes verte en la puta calle a no muy tardar. Nosotros, los maduros, los que conocemos el significado de las siglas EGB, no podemos competir con la carne fresca, barata y dócil que demanda el Sacrosanto Libre Mercado, con esa juventud robusta y engañada que está dispuesta a transigir con todo para obtener un empleo de fin de semana.

Nuestra hermosa e inquietante madurez despierta recelo entre quienes tienen la poderosa decisión de contratar: tú sí, tú no, tú sí, tú no. No importa que hayamos sido buenos profesionales en nuestro oficio o profesión. No hay tal hoja de servicios. En España, como es sabido, el trabajo bien hecho es lo de menos. Lo que toca ahora, al decir de los entendidos, es reinventarse, pero ¿en qué? 

domingo, 14 de septiembre de 2014

Tenía que ser Madrid

Pudo ser el Levante feliz pero al final fue Madrid. El Madrid de su juventud, aquel Madrid de los años ochenta que le ofrece hoy una oportunidad (no sabemos sin envenenada) de volver a ponerse en pie, al cabo de dos años sin horarios ni nóminas, de una vida en reconstrucción sin una garantía cierta.

Tenía que ser Madrid. A la capital viaja en autobús un hombre ya maduro, cargado de bultos con ilusiones y dudas, disimulando el miedo que le despierta empezar de cero otra vez. Y ya van…

Y mientras observa, aburrido, ese paisaje mortal y marrón que acompaña la autovía de Valencia a Madrid, piensa en él y en los corazones que deja, en lo duro que se hace habitar una nueva vida, en caer en la tentación de pedirle al conductor que pare el autocar, que él se baja y que se vuelve en autostop a su casa y que manda todo a la mierda. Una cabeza castigada por la zozobra, así es la cabeza de nuestro viajero, coronada de canas abundantes y no demasiadas ideas, las suficientes, piensa, para defenderse en las reuniones sociales a las que rara vez acude.

Tenía que ser Madrid la ciudad que le diese la mano para salir del atolladero. Madrid, rompeolas de lo que quedará de España, capital vilipendiada por los aldeanos de las periferias, cruel para quien sólo dispone de calderilla en el bolsillo, Madrid, memoria de un país en ruina, el Madrid del ‘no pasarán’, el Madrid del ‘ya hemos pasao’, el Madrid de las bombas, el Madrid de Quevedo, Larra, Ramón y Galdós, el Madrid de la Gran Vía, Sol, el Prado, la Puerta de Toledo, la miseria y la riqueza juntas de la mano, ¡Ay Carmela, Ay Carmela!, las prisas, las colas, los bocadillos de calamares de la Plaza Mayor, las ninfas de Montera, los travelos de Fuencarral lanzándote besitos, ¿adónde vas, cariño?, el poeta que te regala unos versos en la puerta de la Casa del Libro y el mendigo que grita desesperado en Callao como un actor sin público. Madrid, Madrid, tenía que ser Madrid el que le salvara de morir aplastado por la abulia.

Y el viajero, tras un trayecto tedioso, llega a la capital y entra en el metro y se enfrenta a las caras derrotadas, los mismos rostros vencidos de los últimos cinco siglos, de la gente que acude a un trabajo miserable cuando aún queda lejos el amanecer, en vagones que huelen a existencias vacías, de hombres y mujeres que hablan idiomas extraños y que cada domingo pasean su desolación por el barrio de Tetuán. Vidas bovinas, vidas sacrificadas, vidas de locutorios. Madrid, madre y madrasta, Madrid con sus dos caras, el Madrid de los brazos abiertos y el Madrid hostil en el que el viajero se cruza con cadáveres y se pregunta si ya es uno de ellos. ¿Sobrevivirá a este Madrid absurdo, brillante y hambriento? A poco de pisar sus calles, el viajero comprende que ya ha pasado el tiempo y que ya no es quien fue, aquel joven de provincias que llegó a estudiar periodismo a la Complutense. Ahora es otro: un hombre que, según una noticia de última hora, lucha por preservar el tamaño de su esperanza.   

sábado, 6 de septiembre de 2014

Con Rajoy (sin que sirva de precedente)

A los espíritus delicados, a los que sufren de ardor de estómago, a los pusilánimes, a los equidistantes, a los que del ‘sí pero no’, a los tibios, a los del ‘derecho a decidir’, a los calculadores, a los que nunca se comprometen, a los que nadan y guardan la ropa, a todos ellos les prevengo para que no sigan leyendo este artículo. No creo que les vaya a gustar. Puede incluso que vean lastimada su sensibilidad democrática y tengan que acudir de urgencia al hospital más cercano. Quedan avisados.

Y al resto, a los que os arriesgáis a seguir leyéndome, os adelanto, para que nadie se llame a engaño, que hablaré de la cuestión catalana.

¿Cuestión catalana? Se hace un silencio incómodo tras leer estas palabras. El lector que me tiene más confianza no puede reprimirse:

     ¡No, por favor, otro artículo sobre Cataluña, no! Sé benévolo con nosotros y no nos castigues. ¿Qué hemos hecho mal? Somos honrados padres de familia. Escríbenos algo ligero como tú acostumbras.
     Pero, amigo lector — le respondí—, comprende que debo aclarar mi opinión sobre asunto tan relevante. Es más, también defenderé la unidad de España. 

¿Unidad de España? Se hace un silencio más espeso e incómodo que el anterior. Ya no es una sino varias las voces las que muestran su disconformidad. Uno de los dos lectores progresistas que me quedan se atreve a decirme:

     Oye, tú no serás nacionalista español o algo peor.

Y el otro se suma a la conversación y acaba confesándole:

     Ya sospechaba algo. Siempre sucede igual. A esta gente del interior, en cuanto le rascas un poco, le salen el yugo y las flechas. Son incorrregibles.
     Os pido un voto de confianza —casi les rogué—. Leed y extraed vuestras conclusiones. Allá voy.

Y me puse muy serio, casi como un venerable académico de la Lengua a punto de orinar.

“El 9 de noviembre, día en que está previsto un referéndum para votar la independencia de Cataluña, España se enfrenta a su mayor desafío como nación desde el 23-F. Si aquello fue un golpe de Estado, lo que se prepara ahora es un golpe contra el Estado. Esto segundo es peor que lo primero. En un golpe de Estado, en caso de triunfar, los gobernantes ilegítimos dejarán el poder antes o después; mientras que un golpe contra el Estado, si se consuma, significa su desmembración, casi siempre irreparable. De ahí la gravedad de los acontecimientos, desapercibida para la mayoría de nosotros porque ya tenemos bastante con nuestra batalla diaria de supervivencia.

Nada de lo que se vive en Cataluña es nuevo. Ya ha ocurrido aunque con distintos personajes. Mas hace lo mismo que hicieron Macià y Companys en el siglo XX: traicionar a las instituciones que les habían otorgado su confianza como gobernantes. Como sus dos padres políticos, Mas emplea también el mismo lenguaje ambiguo para ocultar su verdadera intención, que no es otra que la separación de Cataluña del resto de España. Quien es el máximo representante del Estado en Cataluña conspira contra ese mismo Estado del que emana su legitimidad como presidente de la Generalitat.

¿Qué hacer? La prioridad es pasar ese golpe contra el Estado. Tiempo habrá después para el diálogo y apurar los márgenes de la razón y el entendimiento, pero de aquí al 9 de noviembre ya no queda margen para los matices, los grises, la contemporización. O blanco o negro. O se defiende el orden constitucional o se está a favor de los separatistas. En la vida como en la historia, hay momentos en que no se puede jugar la carta de las terceras vías porque lo que está en juego es nuestra propia existencia como personas o como país.

Hagamos cumplir la ley contra esa partida de facinerosos que gobierna Cataluña. No podemos permitir que los dos principales partidos que apoyan la independencia se salgan con la suya, que instauren un régimen con vocación totalitaria que suponga una amenaza para los derechos de la mitad de los catalanes. No podemos tolerar que CiU, una coalición amasada de corrupción y escándalos, y Esquerra, un partido de pasado golpista y que pactó con ETA, se salgan con la suya rompiendo un proyecto de vida en común que, mal que bien, dura ya más de 500 años.

Por eso gente como yo, que amamos a nuestro país a pesar de todo, apoyará, en estas circunstancias excepcionales, al Gobierno de Rajoy, a ese mismo Gobierno que se nos antoja tan despreciable por tantas razones, la última de ellas por preparar un pucherazo electoral que haría las delicias de Romero Robledo. Sin que sirva de precedente, a ese Gobierno de filibusteros le daremos toda nuestra confianza, hasta las 24 horas del 9 de noviembre, si hace todo lo necesario para preservar la integridad de nuestro país.”

Quedé exhausto tras este discurso. Acabado el sermón, me dirigí de nuevo a los lectores —en el que caso de hubiera alguno que me siguiera leyendo— diciéndoles:

     Y ahora, amigos, el que esté libre que tire la primera piedra contra este humilde cronista que por primera vez, y sin que sirva de precedente, ha dicho la verdad de lo que piensa.                      

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi primera cita a ciegas

La conocí en una red social, ¿dónde si no? ¿Fue en Meetic o eDarling? ¿O tal vez fue en Badoo? Hace tiempo de aquello, pero no creo ni espero que fuese en Badoo porque aunque por aquel entonces me hallaba cerca de estar desesperado, circunstancia no del todo abandonada, conservaba ciertos escrúpulos y prejuicios estéticos. Sería, pues, en Meetic o eDarling, tal para cual. Nos saludamos y de primeras nos caímos bien. Nos hicimos las preguntas del manual de instrucciones: ¿qué edad tienes? ¿estás casada? ¿a qué te dedicas? ¿tienes hijos? ¿cuáles son tus aficiones? hasta llegar a la más clásica de todas ellas: ¿qué buscas? Ella se adelantó: “Busco en principio una amistad sana… conocerse, salir, ir al cine, cenar y, si hay feeling, lo que surja, ¿y tú?”

     Yo busco una buena amiga para compartir cosas.
     ¿Qué cosas?
   Amistad, complicidad, ilusiones, afecto. Me gusta dar y recibir. Créeme, soy un hombre muy sensible.

Ella quedó convencida de mis aparentes buenas intenciones, si bien no quiso pasar por alto la advertencia siguiente: “Es que por aquí hay muchos hombres que sólo buscan sexo. Si vieras las burradas que te sueltan por ser mujer”.

     Yo no concibo el sexo sin sentimientos —le dije para tranquilizarla, en lo que sería el primero de una larga lista de embustes.
     Claro, si el sexo está muy bien, pero el sexo a secas, sexo sin sentimientos, sin amor, como que no. Ni que fuéramos animales. ¡Te quedas tan vacía después!
     Sí, desde luego, te quedas muy vacío después.

Se llamaba Laia.

     ¿Y a ti cómo te llaman?
     Marcel.li.
     Así que eres valenciano.
     Claro, de Agullent.
     Yo soy de Sueca, y siendo valenciano, per què no parles en valencià? 
   Porque estoy preparando unas oposiciones de bedel en un ayuntamiento de Albacete y necesito practicar la lengua de los madrileños. Espero que me entiendas. A mí encanta que compartamos una misma identidad.
     Y a mí, la gente como tú, del poble, me llega más.

Ahí quedó la cosa. Nos despedimos, no sin antes darnos los correos para mandarnos una foto. “Así sabemos con quién estamos hablando”, comentó ella. A los dos días me llegó la suya. En la imagen se apreciaban dos seres vivos, el uno era un árbol y el otro, apoyado en el primero, podría decirse que era una persona. La que parecía ser Laia era una figura diminuta, vestida a lo lejos con un abrigo negro que le llegaba a los pies. Su cara no se adivinaba porque la presunta mujer llevaba unas gafas de sol de concha. Para colmo, un gorro moscovita tapaba lo que podía ser su pelo. Lo único inobjetable de la imagen era el árbol. El resto era una incógnita, un misterio, un acto de fe. Yo creí que Laia era Laia porque soy de naturaleza confiada, y eso me bastaba.

Le respondí enviándole una foto que podríamos calificar de ambigua. Yo también llevaba gafas, aunque no de concha, y aparentaba menos edad de la que tenía en ese momento. No en vano la foto era de cuando acabé el servicio militar, recién licenciado de las milicias universitarias. Ella pasó por alto esta extraña circunstancia y me llamaba todos los días por teléfono. “Tienes una voz muy bonita”, me dijo mientras se oía berrear a un niño de fondo. Era divorciada, como la mayoría. “Sí, además dicen que es muy viril. Si vieses las cositas que te podría decir”, me atreví a decir, llevado tal vez por un exceso de confianza. “Ummm, me encanta que seas un poco picarón”, me contestó, lo que no supe cómo interpretar ya que con las mujeres nunca se sabe.

Después de chatear, hablar por teléfono, mandarnos correos triviales, llamarnos cariño y esas sandeces, después cumplir con todo ese paripé tedioso, señoras y señoras, había que quedar. Había llegado el momento de la verdad. El Objetivo. ¿Dónde? Como en el fondo soy un caballero chapado a la antigua, me ofrecí a acercarme a Sueca un sábado por la tarde para tomar el café en el que me jugaba toda mi suerte. Ella, que presumía de tener inquietudes culturales, me citó en la puerta de la casa-museo del escritor Joan Fuster, en la calle Sant Josep.

Ni que decir tiene que ese día me había duchado, cortado las uñas (las de los pies también), afeitado y echado colonia a granel. Lo cierto es que iba hecho un pincel. Yo diría que estaba irresistible. Llegué a la casa de Fuster con diez minutos de adelanto. Estaba nervioso como un quinceañero. Era mi primera cita a ciegas. ¡Qué emoción!

A las seis en punto alguien me tocó en el hombro derecho. Me di la vuelta, deseoso de verla.

     ¿Eres Marcel.li?

Cuando la observé me quedé como la estatua de sal del Antiguo Testamento. Noté cómo la tierra se abría bajo mis pies y me di cuenta de que había llegado la hora de pagar por todos los pecados de esta y pasadas vidas. Creí morirme por un instante, pero al final encontré fuerzas y balbuceé unas palabras:

     No, no, no sóc Marcel.li. Sóc l´assessor del regidor de Cultura i estic esperant-li, però com no arriba crec que me´n vaig a anar.

Y sin que a ella le diera tiempo a contestar, me alejé de aquel fatídico lugar dando saltos y zancadas, como perro que huye tras ser apedreado, y maldiciendo mi mala suerte de pobre diablo que en el castigo llevaba la penitencia por mentiroso e incauto, y por creer en modernidades para las que ya no tenía edad ni espíritu.  

PD. Este blog alcanzó las 10.000 visitas el pasado 25 de agosto, festividad de San José de Calasanz. A quien me leyere le doy las gracias por su interés y comprensión.  

domingo, 24 de agosto de 2014

El hundimiento

Hay quiosqueros locuaces y hay quienes no lo son. El mío pertenece a esta segunda categoría. Ismael es un hombre callado, tacaño en palabras, que habla más con lo que hace que con lo que dice. Pero hoy está más lacónico que nunca. Y lo entiendo porque son las once de la mañana, e Ismael no ha vendido una escoba. Cambiemos escoba por diario. Los montones de periódicos permanecen casi intactos, apilados en el mostrador, vírgenes como cuando abrió a las ocho. Mal asunto. No es la primera vez que sucede. Yo, que no tengo el vicio de madrugar, miro los periódicos y siento una cierta tristeza por Ismael, quizá porque durante veinte años me dediqué a llenar esos papeles de letras, con mejor o peor fortuna, que de todo hubo, tardes de gloria y otras en que me devolvieron el toro a los corrales.

Pago mi diario (el mismo que compro desde los 19 años, en otro tiempo progresista y hoy de naturaleza indescifrable) y regreso a casa. Soy el único en mi barrio, y tal vez en todo el pueblo, que a esas horas lleva un periódico bajo el brazo. No sé como sentirme, si como un bicho raro, que lo soy, o como un romántico de un tiempo que ya no volverá. Al llegar a casa encuentro un mensaje de un antiguo compañero en el móvil. Como yo, J. fue forzado a buscarse la vida después de trabajar en un diario madrileño durante años. ¡Qué bien lo pasamos, y lo digo sin asomo de ironía, riéndonos de nosotros mismos y de lo que nos rodeaba, especialmente de nuestros jefes! Hacía mucho que no sabía de él, apenas recibo mensajes de viejos colegas, y el suyo me ha alegrado la mañana.

Como antes decía, J. es una excepción. Al cabo de unas semanas de dejar un periódico, una radio o una televisión, nadie se acuerda de ti. Como mucho, tres o cuatro personas. Algunos se esconden para no saludarte. Llega entonces el tiempo de silencio, de replantearte tu vida, de ir buscando, a tientas y a ciegas, una salida, un nuevo oficio que te permita sostenerte con dignidad. Quien pasa por esta experiencia sabe que no es un trago fácil. O enloqueces o te haces fuerte. Y yo elegí hacerme más fuerte pero también más cínico, más duro y más áspero. Y, sin embargo, ahora ya no le escatimo la ternura a mi gente, a aquellos que estuvieron a mi lado, y lo siguen estando, cuando vinieron mal dadas. A cada cual lo suyo.

El silencio de mi quiosquero, sólo roto para darme los buenos días, me ha hecho pensar en algo que tenía ya olvidado, el futuro de la prensa impresa. Confieso que este mundo, el del periodismo de papel, me resulta ya tan extraño como la astrología o la física cuántica. ¡Qué rápido se olvida todo! Uno aprende a olvidar para sobrevivir, sobre todo cuando los recuerdos te dañan y te impiden crecer. Con la distancia que me da ese olvido, me veo ahora como uno más entre los miles de periodistas expulsados de un negocio que se aproxima a su final. 

A ti y a mí nos sacrificaron para que la máquina siguiera funcionando, también como aviso para los que se quedaron, pero la máquina ya no da más de sí. La suerte está echada. La agonía de la prensa de papel podrá durar cinco, diez o veinte años a lo sumo. Pero los periódicos de papel, ese maravilloso invento de la civilización occidental, desaparecerán y con ellos se irá una larga época en la que la gente podía esperar un día para informarse de lo que había acontecido la jornada anterior. Eso ya es irreal en 2014.  ¿Quién tiene la culpa de todo ello? Preguntad a los estrategas de las empresas, a los directivos que han acelerado el declive con sus decisiones equivocadas y que no han pagado por ello.

Del olvido del que os hablaba quiero rescatar a un puñado de colegas por los que siento afecto. No pondré sus nombres para no comprometerles. Sólo os diré, compañeros, que no malgastéis energías en evitar lo inevitable. Dejad de nadar contracorriente porque no hay nada más triste que morir en la orilla. En donde os encontráis no hay futuro para vosotros. Pensad en una alternativa antes de que llegue el día en que el capataz de turno os llame a su despacho encristalado para comunicaros vuestro deceso, eso sí, siempre con palabras elogiosas y alabando vuestra profesionalidad, buen hacer y capacidad de entrega, etc. etc.

Si eso sucede, ya con los papeles del paro notaréis el frío de la calle y os haréis la misma pregunta que quienes os precedieron: “¿Y ahora qué?” Entonces tocará tener paciencia y barajar, jugar las cartas con inteligencia, levantar la cabeza, sonreír, apretar los dientes y nunca desesperarse porque hallaréis la salida antes o después. Hay vida más allá del periodismo, por muy duro que sea despedirse de este oficio tan hermoso como cruel con sus hijos. Os lo digo yo, que de esto sé un rato.        

sábado, 16 de agosto de 2014

Llamadme populista, que no me ofende

Un fantasma recorre esta España mostrenca y sin pulso: el fantasma del populismo. Aviados estáis si os llaman populistas. Más os valdría que os motejasen de patriotas, hideputas o bujarrones que, aun con ser todas ellas palabras injuriosas, no revisten la gravedad de ser tildado de populista.

Yo era populista sin saberlo. Era medianamente feliz (todo lo feliz que se puede ser en esta vida) hasta que me echaron en cara lo de ser populista. Fue Vladímir, mi amigo sobrevenido, quien lo hizo. A su manera, con la brusquedad que le caracteriza, me espetó que le había decepcionado, que no iba por el camino correcto. Vladímir, que ha solicitado su ingreso en las juventudes conservadoras, me conminó a poner los pies en el suelo y a dejarme de zarandajas. Yo le escuchaba atentamente y, viendo que ponía tanto ardor y tanta convicción en sus argumentos, me dejé ganar por el peso de su lógica apabullante. Después de aquella conversación, salí arrepentido de mis pecados de tercera juventud y me convertí en un hombre como Dios manda: un señor que se viste por los pies, realista y, sobre todo, moderado, muy moderado, porque sin moderación está visto que no se puede hacer carrera.

Así me pasé días, que luego fueron semanas, defendiendo la reducción del déficit público, la necesidad de más reformas estructurales, el bipartidismo y hasta incluso las virtudes del programa regeneracionista de los conservadores, haciendo gala, como decía, de un posibilismo que me abrió las mismas puertas que cuando era populista, es decir, ninguna. Pero ya me sentí incorporado al sistema, como esas ovejas que balan lo justo y necesario dentro de un confortable redil. Todo parecía ir bien hasta que una mañana me desperté sobresaltado por una pesadilla en la que el ministro de Hacienda, con su vocezuela, era el protagonista, e hice examen de conciencia.

¿Qué habías ganado, alma de cántaro, haciéndote moderado y gradualista? Pues, bien mirado, nada. Antes, al menos, me sentía más joven y jaranero. Pero como no las tenías todas consigo, acudí a mi terapeuta, a quien visito dos veces al mes para que me trate de mis taras, unas más visibles que otras. Tras soltarle la gallina, sonrió y me trato con deferencia interesada. Me senté en el diván y, después de recordarle mis traumas infantiles, de sobra conocidos por él, pasé a referirle mis dudas sobre el populismo. Isidre, que así se llama el reputado especialista, me escuchaba con atención ladeando la cabeza en señal de aprobación. Una vez me hube desahogado, Isidre, parco en palabras pero de certero juicio, me dijo:

- Javier, no sé por qué le das tanta importancia a lo de ser populista. Peor sería que votases a Rosa Díez o leyeras las novelas de Isabel San Sebastián.

Me quedé en silencio, reflexionando. Isidre había dado en el clavo. Indudablemente, sería más difícil de justificar leer a Isabel San Sebastián que ser populista, así que le agradecí sus consejos, cogí las recetas de los ansiolíticos y salí a la calle convertido en un nuevo hombre, el hombre nuevo, que decían los utópicos de izquierdas. Estaba de orgulloso de mí. “Que me llamen populista, que no me ofende”, me dije, dándome ánimos. Al cabo de cinco minutos ya lanzaba exabruptos contra la monarquía, pedía el regreso de la república, gritaba en contra de la austeridad presupuestaria, arremetía contra los dos partidos dinásticos, clamaba por la expropiación de las viviendas vacías… En fin, volvía a estar mi salsa. Fue entonces cuando decidí dejarme el pelo largo y la perilla a lo Lenin, estética que, a lo que se ve, comienza a estar de moda.

Días después, cuando ya había amortizado todo cargo de conciencia, leí en uno de los pocos papeles que aún se venden en los quioscos que mi Gobierno, el Gobierno popular al que respeto y temo por razones fundadas, preparaba un proyecto de ley para sancionar “a quienes profesen ideas populistas en la calle y toda suerte de recintos públicos en aras de la seguridad ciudadana”. La pena inicial, susceptible de ser negociada, era de cuatro años de cárcel más una sanción de 30.000 euros. La oposición, consciente de lo vano de su intento, hizo lo de siempre: pataleó y pidió su retirada. Y yo, que me temo lo peor, me puse en contacto con Julio César, un amigo de Venezuela, para contarle lo sucedido. Me propuso iniciar una nueva vida en su país. Me convenció. Una vez que resuelva los trámites burocráticos, me iré a Caracas. Avisada queda mi familia para que me envíe comida de cuando en cuando. Mi propósito es ganarme la vida como asesor del presidente Maduro, precedentes ya los hay, e ir tirando de esta manera hasta que en España cambien las cosas y llegue el día en que populistas como yo, populistas que no representan ninguna amenaza para nadie, puedan salir a la calle con tranquilidad y, si Dios lo quiere, gobiernen lo que quede en pie de su país.  

domingo, 10 de agosto de 2014

Verano real

“¡Hola, corazones! ¿Qué tal estáis? Os imagino disfrutando de una cervecita en una cala de Ibiza, en buena compañía, morenitos, morenitos. ¿Acierto? ¡Claro que sí! ¡Cuánto me gustaría estar ahora allí compartiendo vuestro calor sincero! Me encantaría perderme en esa isla tan maravillosa que es Ibiza. Muy cerca de vosotros está pasando unos días la pareja de moda: Francisco Rivera y Lourdes Montes. Francisco y Lourdes siguen tan enamorados como cuando se dieron el sí quiero. Nuestra compañera Macarena Hernández nos da la última hora de la pareja del verano.”

(Voz en off de reportera insuficientemente remunerada.) “El verano ya llegó. Ibiza se llena de famosos en busca de sol y playa. Famosos guapos y ricos que se dejan ver por los restaurantes y las discotecas más chic de la isla. A la cita con Ibiza no podían faltar Francisco Rivera y Lourdes Montes, que siguen paseando su amor a la vista de multitud de curiosos y admiradores. “¿Cómo te encuentras, Lourdes?”, le preguntan unos periodistas sudorosos tras haberla esperado seis horas en la puerta del club náutico. “Estoy fenomenal, muchas gracias. Esta luna de miel es lo más bonito que me ha ocurrido en la vida”, contesta la enamorada. “¿Cómo es vivir con Francisco de casados?” “Me encanta estar con él a todas horas. Soy tan, tan feliz. Me hace reír a cada momento”, concluye la abogada/diseñadora sevillana. Lourdes luce un moreno envidiable y un vestido azul turquesa con un atrevido escote que hará las delicias, seguramente, de su marido recién conquistado.      

El niño mira la televisión, abrazado a su madre. El mobiliario del comedor es austero. Un sofá desvencijado, dos sillas, una mesa y la televisión. La madre permanece, embobada, viendo el magazine. El niño rompe a llorar.

- Mamá, tengo hambre.
- No te preocupes, hijo, que el abuelo no tardará en llegar con la comida.
- Pero es que ya es muy tarde, mamá.

La presentadora vasca, sinónimo de elegancia y saber estar, regresa a la pantalla. “Están guapísimos los dos, ¿verdad? Desde aquí les deseamos a Fran y Lourdes que sigan disfrutando de su larga luna de miel. Pero también hay otra pareja que está dando mucho que hablar en las últimas semanas. Parece que entre ellos ha surgido algo más que una buena amistad. Me refiero a Tamara Falcó y Enrique Solís, un empresario hotelero que se ha ganado el corazón de la hija de Isabel Preysler. Tamara, ocho años mayor que él, parece haber encontrado al hombre que buscaba, un joven de buena clase y mejor fortuna. Raúl Izquierdo nos cuenta en qué estado se encuentra el idilio entre Tamara y el hijo de Carmen Tello.

(Voz en off de reportero en prácticas, a punto de colgar los hábitos en la prensa rosa.) ¡Quién le iba a decir a Tamara Falcó que el amor lo encontraría en la persona de este chico apuesto y de muy buena familia! Desde que se conocieron en Marbella hace un año, los dos se han vuelto inseparables. Son uña y carne. La foto que publica esta semana una revista en la que aparecen cogidos de la mano ha confirmado su romance, que era un secreto a voces.

- Tamara, ¿para cuándo la boda?
- ¡Uy, qué rápidos vais, chicos! Sólo somos dos buenos amigos, pero estoy fenomenal.
- Tamara, desde que conociste a Enrique se te ve distinta, como más feliz…
- Sí, es cierto, estoy súper bien. Enrique hace que me sienta una princesa. Es tan caballero… y tiene un sentido del humor que me encanta. Me hace reír.
- Y además es muy guapo, ¿verdad?
- ¡Ufff, guapísimo! A la vista está.

El niño sigue abrazado a la madre y entorna los ojos, como si se fuera a dormir, pero no se duerme.

-  Mamá, el abuelo no llega. Tengo hambre.
- Duérmete, Manuel, si quieres te llevo a la cama.
- No quiero (Se enfada.) Tengo mucha hambre.

La madre acaricia el rostro del niño y juega con su pelo rizado. En la habitación hace mucho calor. Las ventanas están abiertas. En una de ellas no hay cortinas.

(Reportero cortesano haciendo méritos para no seguir el triste camino de otros colegas en paro.) “Mallorca acogió esta semana la llegada de Don Felipe y Doña Letizia en la que ha sido su primera visita como Reyes de España. Don Felipe y Doña Letizia saludaron, uno a uno, a cada periodista desplazado para cubrir su primer posado en el palacio de Marivent. Les acompañaban sus hijas, la Princesa de Asturias y la infanta Doña Sofía. Con su proverbial sencillez, con la que se han ganando el cariño de millones de españoles, la nueva Familia Real posó ante los fotógrafos. Don Felipe dedicará estos días a hablar con las autoridades de la isla y aprovechará su tiempo libre a practicar la vela, su deporte favorito, como es bien conocido.” 
    
- ¿Por qué no ha venido ya el abuelo? Tengo hambre.
- Le habrá ocurrido algo. Le voy a llamar, a ver si me queda saldo en el móvil.
- ¿Y papá? ¿Por qué no viene a vernos?
- Ya vendrá, hijo. No seas pesado.
- La última vez que lo vimos fue cuando estuvimos en aquel sitio en el que había tantos guardias, y desde entonces ya no lo hemos visto más.

Llaman a la puerta.

- Será el abuelo. Voy a abrirle.

No es el abuelo: es un comercial del gas, que es despedido con cajas destempladas.

- Esta tarde, ¿qué vamos a hacer, mamá?
- Si quieres, Manuel, esta tarde iremos al mercadona.
- ¿Al mercadona? ¡Qué bien, mamá! Me gusta mucho ir al mercadona. Allí no hace calor.
- Por eso, hijo, allí estaremos muy fresquitos los dos y a lo mejor vemos a tía Emilia y te compra un helado de los que tanto te gustan. A tía Emilia también le gusta pasar la tarde en el mercadona. Ahora duérmete, cariño, hasta que llegue el abuelo.
- Sí, mamá, pero prométeme que me despertarás cuando llegue.
- Te lo prometo, cariño.