miércoles, 22 de enero de 2014

Me alquilo como asesor

Como no encuentro trabajo de lo mío, que es vender humo envuelto en papel impreso, me he propuesto ganarme el sustento como asesor. En realidad siempre quise asesor, pero cualquier pretexto me valía para no dar el paso. Ya de niño, cuando me preguntaban que quería ser de mayor, contestaba que asesor, y lo hacía con tal seguridad que asombraba a mi interlocutor adulto. Mi madre, conocida mi extravagancia, pronto se preocupó y estuvo a punto de llevarme al psicólogo como les sucede a muchos niños hoy. Pero yo no estaba enfermo, como pensaba mi madre. Yo era un visionario, un adelantado de mi generación. Entonces pocos podíamos imaginar  la importancia que adquirirían los asesores en esta democracia, fuese en tiempos de paz o de crisis. Los asesores, como los banqueros, no conocen los estragos de las crisis. Esto ya lo veía yo, pero nadie me hizo caso.
 
Ahora quiero ser asesor más por necesidad que por convicción, a la vista de cómo me aprieta la soga de la vida. No cabe duda de que tengo madera para ello. Para ejercer tal oficio, si de oficio se tratara, sólo cabe reunir dos cualidades: disimular nuestra ignorancia echando mano de lugares comunes y sobreentendidos cuando nos pregunten  sobre lo que no sabemos, que es casi todo, y mantener una lealtad ciega a nuestro jefe, responsable de que cobremos la nómina. No se precisa nada más. Y ahora es el momento de saltar a la arena, precisamente cuando los partidos se aprestan a iniciar una larga campaña que acabará en las elecciones autonómicas y generales de 2015. 

Como mis principios nunca me impidieron adaptarme a los vaivenes de la política, estoy dispuesto a alquilarme a cualquier grupo. Pienso, en primer lugar, en los conservadores, a quienes no les auguro un futuro prometedor en las urnas, pero tratándose de Valencia cosas más difíciles se han visto, incluso aquellas que hoy damos por descartadas como sería su victoria holgada en unas elecciones. Prometo ser uno de ellos. Y eso significa que defenderé las reformas estructurales de Rajoy allá donde me toque, incluidas las barriadas obreras donde me puedan apedrear; los acuerdos con la Santa Madre Iglesia, la enseñanza privada e incluso a los empresarios. En mis conversaciones nunca faltarán las palabras ‘recuperación’, ‘emprendedor’ y ‘fenomenal’. Si me echo novia, será por supuesto una rubia apasionada del pilates y de los centros de estética. Por si hubiera alguna duda, estoy dispuesto a recuperar mi pulsera con la bandera rojigualda que tanto se estila en esos ambientes.

Pero no me olvido de los socialistas. A ellos también me ofrezco, aunque aún no sé en qué consistiría mi trabajo, ya que los socialistas siguen buscándose y no se encuentran. Espero que se aclaren pronto. Como el liderazgo no está claro en Valencia ni en Madrid, cultivaré la ambigüedad: unos días seré federalista y otros autonomista. Y, sobre todo, y esto es lo más importante, utilizaré un lenguaje políticamente correcto haciendo ver que defiendo la igualdad de género. Niños/as, amigos/as, ciudadanos/as y otras sandeces semejantes. Se me olvidaba decir que no me perderé ningún desfile del Día del Orgullo Gay y me afiliaré a una ONG progresista, preferentemente Greenpeace o Amnistía Internacional.
Con los comunistas todo me será más difícil dado el poso reaccionario de mis ideas, pero haré de la necesidad virtud. Con la fe ciega del converso, sacaré a la luz a un abuelo imaginario que combatió en la batalla del Ebro contra Franco. En una solapa de mi chaqueta llevaré la bandera tricolor y en la otra una foto del ex juez Garzón. Leeré Público y me afiliaré a CC OO. Si hablo de España no diré España (craso error) sino Estado español. Cada 14 de abril acudiré al cementerio de Paterna a honrar puño en alto a las víctimas del franquismo, y cada 1º de Mayo seré de los que ondean banderas rojas contra el capitalismo salvaje. Para ese día llevaré barba de una semana.

Para acabar este artículo atolondrado me referiré a la muchachada nacionalista, a todos esos jóvenes cultos, modernos y dinámicos, dueños de un futuro brillante que nos recuerda a los de mi edad que ya olemos a pasado rancio. Para ellos también dispongo de una propuesta interesante que explicaría en un perfecto catalán occidental. Por la mañana me levantaré leyendo un ensayo de Fuster y por las noches un poemita de Estellés. Todo lo que venga del vecino del norte será objeto de mi admiración, mientras que lo que proceda del resto de la Península, con la salvedad de Portugal, causará en mí una cierta incomodidad cuando no un mohín de desprecio. Me sentiré ligeramente oprimido por Madrid y no ocultaré mi simpatía por la independencia de Cataluña. ¡Quién fuera como ellos!, diré a mis conocidos con indisimulada envidia.
En fin, creo haber dejado clara mi predisposición para ser asesor allá donde me llamen. Me alquilo a jornada completa o parcial. El salario sería a convenir, si bien ya adelanto que no será un obstáculo para que lleguemos a un acuerdo. Todos los lunes, a las cuatro menos diez de la tarde, me paseo por la plaza de la Virgen, muy cerca de las Cortes Valencianas. Cualquier interesado puede acercarse a esa hora a pedir información. Al café invito yo.    

martes, 14 de enero de 2014

Esto huele a 98

Dos hombres se acaban de reencontrar en un vagón del metro. Uno de ellos es joven, con poco más de veinte años, universitario. El otro se acerca a los sesenta y se gana la vida como policía local o guarda jurado, a juzgar por lo que comenta. Se les nota contentos de haberse visto. Hay un aire de familiaridad en sus palabras, de sobreentendidos. El joven está en el último año de su carrera y piensa marcharse al extranjero a probar suerte. “Seremos las últimas ratas en saltar del barco antes de que se hunda”, asegura. Las ratas son los jóvenes que, pese a sus licenciaturas, masters, idiomas y otros cursos, no encuentran trabajo. El barco es España. 
 
Se bajan en Paiporta. La conversación me ha hecho reflexionar. Casi todas las charlas que escucho en la calle giran sobre lo mismo: sobre la falta de futuro, sobre este paisaje desolado en el que no crece una brizna de hierba. La gente sólo habla de dinero (de cómo conseguir el dinero que no se tiene). De euros y sólo de euros. Como proyectos de nuevos pobres hemos descubierto el valor de la calderilla en nuestros bolsillos.
 
“Seremos las últimas ratas en saltar del barco antes de que se hunda.”

No logro arrancarme esta frase de la cabeza. Yo estoy en ese barco a la deriva, sin capitán conocido, mientras el agua entra sin parar y nadie se preocupa por achicarla. Y nos vamos hundiendo, aunque la mayoría de los pasajeros se nieguen a reconocerlo. Esto huele a quiebra, a fin de etapa, a game over. Esto huele a 98. Hace poco más de un siglo, España se despedía de sus últimas colonias. El día en que llegó la noticia de que habíamos perdido Cuba, la gente se fue a los toros como si tal cosa. También ignoraban las consecuencias devastadoras de aquel desastre para la Restauración, un régimen que se agotaba por la corrupción de los partidos gobernantes (conservadores y liberales), la abulia de la monarquía y el egoísmo de las clases dirigentes.
La crisis del 98, con su carga de pesimismo histórico, derivaría en un clima de desencanto colectivo que acabaría con el régimen canovista y desembocaría, años después, en una guerra civil tras el fracaso de la República. Hoy vivimos una situación que guarda semejanzas con aquel periodo. Hoy como ayer la monarquía encarna un régimen fantasmagórico que tiene en las caídas y los titubeos del Rey la mejor expresión de su desprestigio. La corrupción, como es sabido, ha alcanzado a las más altas esferas del Estado. El sistema ha agotado su credibilidad sin que se vislumbre ninguna posibilidad de regeneración porque quienes deberían llevarla a cabo son los partidos que han encerrado la democracia bajo siete llaves.
 
A la crisis institucional se le suma la económica, con esos millones de familias que carecen de ingresos y de esperanza, y la territorial por el pulso de los separatistas. Con un Estado que amenaza ruina, es normal que el nacionalismo catalán, tan oportunista, se atreva a plantear el órdago de la independencia. Ahora o nunca, vienen a pensar. La situación es de tal gravedad que requeriría el concurso de los intelectuales, pero no lo los hay o, si los hay, están dormidos o tienen miedo de manifestarse. No se ve a ningún Baroja, ni un Machado, ni un Azorín en el que confiar. Vivimos un tiempo de figuras menores del que no escapa la cultura. Eso nos hace añorar a aquellos escritores que supieron denunciar los males de su país, que sigue siendo el nuestro, los males del caciquismo, el fanatismo de la Iglesia, las desigualdades sociales, el fardo de una monarquía parasitaria. Parece como si no hubiera transcurrido un siglo, como si hubiéramos vuelto al punto de partida. Leemos Luces de bohemia de Valle-Inclán, y los gritos de Max Estrella (“¡Muera Maura!”) parecen escritos tras el último debate parlamentario entre los señores Rajoy y Rubalcaba.
 
Las palabras de Valle me refrescan la memoria. Mientras escribo sobre el 98, noto que el agua ya me llega a las rodillas. Veo el miedo en el rostro de otros pasajeros. No quedan botes salvavidas. Lo peor de todo es que no habrá una orquesta que amenice las últimas horas que pasemos en el barco. Esto se va a pique, no cabe duda, pero conservemos la sonrisa forzada para que no cunda el pánico. En momentos así, lo último que cabe perder es la compostura.

domingo, 5 de enero de 2014

Al final no me fui a Baqueira Beret

No sé vosotros pero yo seguí el consejo del Rey y me convertí en un ciudadano ejemplar por unos días, sólo durante la Navidad, porque la ejemplaridad no va conmigo. No me la puedo permitir. Como la mayoría de mis compatriotas, a partir del día 7 vuelvo a colocarme el cuchillo entre los dientes y a no reparar en nada ni en nadie para sobrevivir en la batalla diaria. Pero he de agradecerle al monarca el haber vivido las Navidades más austeras que mi memoria alcanza a recordar, como muestra de solidaridad con los que menos tienen, como se suele decir en estas fechas.

Cada año, al llegar la Nochebuena me voy a Baqueira Beret, pero las palabras de Don Juan Carlos me hicieron cambiar de parecer y me quedé a pasar las fiestas en los aledaños de Torrent. A pesar del brusco cambio, me lo he pasado razonablemente bien conociendo las costumbres (siempre lúdicas y festivas) de los vecinos de l’Horta Sud. Tiempo he tenido también para dedicarme a los clásicos, y entre mis lecturas no han faltado Quevedo, Garcilaso y Fray Luis de León. Como veis, voy para hombre culto, que es lo más inútil que se puede ser en este mundo, pero no puedo evitarlo como le pasaba a John Malkovich en Las amistades peligrosas. Como tengo dicho que he sido un ciudadano ejemplar y soy además respetuoso “con todas las lenguas del Estado español”, también he leído a Quim Monzó en catalán, de manera que cumplo con el perfil de demócrata progresista que respeta la diversidad cultural de este país tan difícil de entender y del que dan ganas de marcharse corriendo.
Pero la mayor alegría de estas Navidades no me la dieron los libros, a cuya lectura he acudido obligado, y algún día os explicaré por qué. La mayor alegría me la dio el cine. Tengo la mala costumbre de pagar por ver una película en una sala oscura, lo que prueba, por si ya no hubiera suficientes pruebas, de que soy un tipo raro, raro. ¡Ver cine y pagar por ello! ¡Dónde se habrá visto! Con lo fácil que es robar a los creadores en España sin que nadie, y mucho menos el Gobierno, lo persiga y lo castigue.
 
Pero no quiero desviarme de mi camino, y lo estoy haciendo, porque mi propósito inicial era hablar de la alegría que me regaló una película. La elegí por dos razones: por su título, La gran belleza, y por su actor protagonista, Toni Servillo, a quien descubrí dando vida en Il divo a Giulio Andreotti, aquel político italiano que era una lección de cultura e inteligencia maquiavélica al servicio de mantenerse en el poder.

Cuando caminaba hacia los Babel recordaba la grata impresión que me causó otra película italiana, La mejor oferta, el verano pasado. Quizá el buen momento que me hizo pasar esa historia de un amor tardío en la que nada es lo que parece, influyó en que eligiera La gran belleza para cerrar mi año cinematográfico. La película no es redonda, no se trata de una obra maestra, pero es de esas raras joyas que suelen pasar desapercibidas en una cartelera plana y embrutecida. La gran belleza está escrita con la sensibilidad y la delicadeza que inspiraban a grandes creadores cinematográficos del siglo XX como Federico Fellini en La dolce vita, cuya influencia es clara en la obra dirigida por Paolo Sorrentino.
 
Roma es de nuevo la protagonista de una película pero contemplada a través de la mirada de un periodista lúcido y cínico (Jep Gambardella), un seductor que se resiste a admitir la vejez después de malgastar su talento de novelista prometedor en fiestas, y que se hace cómplice de su ciudad a sabiendas de los peligros que encierra tras su hermosura, el principal de ellos el no haber llegado a ninguna parte después de haber buscado la belleza durante toda una vida.

La gran belleza os gustará si os enamoró Roma cuando la visitasteis, la Roma barroca y exuberante, sensual y católica sólo en las apariencias, la Roma en la que se mezclan putas, monjas, cardenales exorcistas y macarras al estilo de Berlusconi, una ciudad en la que nuestro protagonista va dejando muerte allá por donde pasa, de fiesta en fiesta, de desengaño en desengaño, hasta que al amanecer regresa a casa y sólo halla consuelo en las palabras de su criada suramericana. La gran belleza no tardará en ser retirada de las carteleras. Entre tanta basura es difícil que la gente repare en una perla. Os la recomiendo, aunque sois libres de ir a verla. Para mí fue la mejor manera de acabar un año en el que, como el personaje de Jep Gambardella, me sentí viejo por momentos.