miércoles, 26 de febrero de 2014

No quiero ser tu amigo, Mark

No sigas insistiendo, Mark, porque no quiero ser tu amigo. No me interesan tus cachivaches ni lo que dices. Hace tiempo que dejé de creer en el progreso y quienes me conocen saben que maldigo la tecnología. Me da miedo un futuro dominado por gente como tú, por jóvenes que tras sus sonrisas estudiadas ocultan un afán de dominio sobre los demás.

No quiero ser tu amigo, Mark, porque no compartimos el mismo concepto de amistad. No necesito tener un millón de amigos; me basta con cinco o seis. A mis amigos los veo de cuando en cuando para cervecear, reírnos de nosotros mismos y despotricar, si se tercia, contra el gobierno infame. Amigos de verdad, reales, de los que gastan arrugas y canas, a los que puedo abrazar si lo necesito. Los otros, los que se agotan en una foto y en un perfil engañosos, no me interesan. Quédatelos.

No me vas a convencer, Mark, a pesar de ser uno de los niños mimados de este siglo que se despereza. No me gustan tus sudaderas ni tus camisetas ni tu estilo pretendidamente informal cuando te diriges a un auditorio de empresarios encorbatados, papadas y rostros serios, tan pagados de sí mismos, que te adulan y también te envidian porque saben que tu tiempo ya no es el de ellos.

No seré tu amigo porque los dos sabemos que has traficado, traficas y no dudarás en seguir traficando con la información de los cientos de millones de amigos que tienes repartidos por todo el mundo. La cedes a otras empresas o se la facilitas al Gran Hombre Negro para que nos proteja de no se sabe qué enemigos. Así nos haces más vulnerables ante el poder, aunque esto no parece importarle demasiado a mucha gente.

Déjame que sea un iluso y que aún crea en la libertad y en la intimidad de las personas. No quiero que nadie sepa si me gustan las mujeres, los hombres o las ovejas, tampoco que descubran mi ideología ni mis enfermedades pasadas. Yo creo en el misterio, en lo inexplicable de la vida, Mark. Tal vez por eso me opongo a la funesta manía de la transparencia, que no es otra cosa que un exhibicionismo obsceno al que ya no damos importancia porque lo soportamos cada día. Yo no necesito fotografiar cada instante de mi vida para someterla a los ojos del mundo, ni escribir un mensaje diciendo que “acabo de salir de la ducha y me voy a secar el pelo”. Vana palabrería. Créeme, no necesito ni quince ni treinta minutos de gloria. Mis prioridades son distintas a las tuyas; por eso no nos vamos a entender, por eso no vamos a ser amigos.

Y encima no me guasees diciéndome que en realidad todo lo haces por el bien de la humanidad. Es falso. ¿A quién pretendes engañar? No eres más que un empresario con beneficios millonarios, un chico despierto, eso sí, que facilita el intercambio de soledades. A esto lo llamáis comunicación cuando no lo es, pero cada uno es libre de engañarse como le plazca.

Pero además tu empresa, al igual que otras de tu país, siempre se las ingenia para pagar el mínimo de impuestos allá donde opera. Y eso que ganáis mucho dinero, pero ni siquiera queréis devolver una mínima parte a esa sociedad a la que decís servir. No me gustan vuestras prácticas, ni vuestra prepotencia, ni el control que ejercéis sobre la gente. En realidad me dais miedo porque sois ya como un monstruo que escapa a todo control y que amenaza nuestra libertad.

Ya lo ves: soy uno de los pocos que no está conectado a tu mundo feliz, algo así como el buen salvaje que acaban de descubrir en la selva y que anda perdido porque no comprende el lenguaje de los humanos. No soy, sin embargo, el único que se niega a formar parte de tu masa de followers. Hay otros salvajes que opinan como yo y que no quieren ser tus amigos. Gente rara y apocalíptica en la que no debes malgastar el tiempo. Ni ellos ni yo vamos a caer en tus redes, al menos de momento.

              

jueves, 20 de febrero de 2014

Al pequeño Arturo, que cumple un año

Como tú, yo también era una promesa de vida cuando vine a nacer, y como tú lo hice un día de febrero. Por muy poco no coincidimos. No te puedo decir cómo fue el mío porque estuve muy ocupado presentándome en sociedad, pero sí puedo asegurarte que tu primera mañana, una mañana despejada de nubes y sol tibio, anunciaba la primavera. La primera noticia de tu existencia fue oírte llorar cuando me disponía a entrar en la habitación del hospital. Tras la puerta te encontré sollozando, en brazos de tu madre, una cosa diminuta con apenas una hora de vida. Ya eras el centro de las miradas de quienes te habíamos esperado con impaciencia (tus padres, tus abuelos y yo), todos nosotros contemplándote como un regalo caído del cielo.

Se te notaba incómodo, todavía fuera de lugar. Viniste al mundo sin desearlo. Eso nos ha pasado a todos. Nadie nos pregunta si queremos nacer. Lo deciden por nosotros. Pero ya que estás aquí, debes aprovechar la oportunidad que te ha sido dada. No quiero engañarte: la vida no es fácil. A veces te golpea y de qué manera. Ya lo irás viendo. Pero hay que vivirla con el margen que ella nos concede a cada uno.

Me gustaría que cuando leas estas palabras las tomes como un testimonio de amor. Porque amor es lo que siento por ti, pequeño Arturo, cuando te veo reír y me haces olvidar las penas y mis manos se enredan en tus cabellos rubios y tú sigues riéndote y a mí se me humedecen los ojos, y continúo jugando contigo y me olvido de todo.

Sabes, ahora intento imaginarme cómo serás de mayor. ¿Serás alto o bajo? ¿Acaso gordito o flaco? ¿Les gustarás a las mujeres? ¿Pasarás por extrovertido o la gente te verá reservado como a tu tío? Puedes serlo todo porque eres un lienzo en blanco. En ti está todo por hacer. Hoy, cuando se cumple tu primer aniversario, lo que deseo es que tengas salud y seas fuerte de espíritu. A la fortuna le pido también que te sea una compañera fiel porque sin ella es difícil manejarse por las calles de la vida. 

Arturo, respeta a tus padres, cuida de tu hermano y no olvides nunca tus orígenes. No los traiciones. Ten presente que otros no tuvieron la suerte de nacer en una familia como la tuya. Haz sólo el mal necesario a aquellos que fueron crueles contigo sin que lo merecieses. Sé honrado, aunque a veces te preguntes para qué sirve ser honrado. Estudia, aunque también a veces te preguntes qué sentido tiene estudiar en España. No dejes de hacerte preguntas, no pierdas la curiosidad, sé crítico, ten personalidad  e intenta, sobre todo, que no te confundan, sobrino mío, porque siempre habrá gente con poder que intente confundirte dándote gato por liebre. No los escuches. Sigue tu camino guiándote por tu corazón, por tu intuición, por tu instinto. Y si encuentras a alguien que te quiere de verdad, quédate con ella. No la dejes marchar. Hay trenes que pasan pocas veces por la vida, y uno lamenta (demasiado tarde) no haberse subido a ellos por estúpida prudencia. A esa persona trata de hacerla feliz, respétala y cuídala incluso cuando llegue la primera decepción y pienses que te equivocaste al elegirla y que ninguno de los dos estáis hecho el uno para el otro.

Sólo te pido una cosa: que te acuerdes de mí cuando ya no pueda disfrutar a tu lado del sol de febrero. Entonces dedícame unos minutos, sólo unos minutos, con eso me conformaré, porque mientras tú me recuerdes yo no habré muerto por completo.   

jueves, 13 de febrero de 2014

Elegía por los que se desengancharon de la vida

Al cine Albatros le quedaba poca vida cuando estrenó Antes que el diablo sepa que has muerto, la última película de Sidney Lumet. El Albatros era un cine periférico por estar en las afueras de la ciudad y por las películas que proyectaba, al margen de los circuitos comerciales. Antes que el diablo sepa que has muerto sería hoy difícil de encontrar en alguno de los dos cines que quedan en el centro de Valencia. Entonces, allá por 2008, aprovechando la tarde libre de un día laborable (que es cuando me gusta ver cine), me acerqué a ver la película de Lumet. Nada sabía sobre su argumento. Supongo que me atrajo el título, extraído de un dicho popular irlandés. En la primera escena, un actor desconocido para mí, llamado Philip Seymour Hoffman, cabalgaba sobre el cuerpo espléndido de Marisa Tomei en una habitación en penumbra de un hotel de Brasil. Después, el director sorprendía al espectador con un atraco trepidante a una joyería en el que participaba Ethan Hawke, hermano de Hoffman en la historia.

Fue la primera vez que comprobé la maestría interpretativa de F. S. Hoffman. Luego llegaron Capote, La duda y The master. Y cada vez que tenía ocasión de verle me convencía más del talento inmenso de este actor. Hace unos días, en la noche de un domingo triste, como tristes suelen ser todos los domingos, me conecté a Internet y me enteré de su muerte, y todo me pareció irreal y absurdo. No podía creer que un hombre de 46 años, de quien me separaban sólo unos meses de edad, hubiese sido hallado muerto en su apartamento, víctima de una sobredosis de heroína. Entonces recordé que el Hoffman drogadicto, el que con su muerte dio carnaza a la prensa sensacionalista de EEUU, compartía la misma adición que Andy, el personaje que interpretó en Antes que el diablo sepa que has muerto, un ejecutivo que acudía con regularidad al apartamento de un traficante transexual a inyectarse sus dosis de heroína.  

¿Fue un suicidio o se le fue la mano con la dosis? Nunca lo sabremos. Tal vez él tampoco podría contestarnos. Ese gran actor estaba ya en vías de deshacerse de la vida, pese a contar con muchas cosas a su favor: un Óscar por Capote, el reconocimiento de la crítica y el público, dinero y tres hijos pequeños. Todo esto no pesó lo suficiente en la balanza para que Philip S. H. se enganchara de nuevo a la vida. La desaparición de Hoffman me recuerda ahora a dos personas con una fuerte pulsión autodestructiva. A una de esas dos mujeres la traté en la universidad y a la otra cuando ya residía en Valencia. De la primera no he vuelto a saber desde hace más de veinte años. No sé si vive o murió. La segunda estuvo a punto de fallecer recientemente tras ingerir medio frasco de pastillas para dormir. Por suerte se salvó. No pueden decir lo mismo las 3.500 personas que se suicidaron en España en 2013, casi siempre sin hacer ruido, en soledad, dejando un inmenso reguero de dolor (y a veces de vergüenza) entre sus familiares y a sus amigos.

Cuando sientes que sólo eres un estorbo para los demás, cuando ya no tienes nada por quién o por qué luchar y ves que el futuro es un asunto ajeno, las razones y las fuerzas para vivir comienzan a flaquear. Ya puede venir cualquier vendedor de estampitas a quitarte la idea. Y luego está la época siniestra que nos ha tocado en el reparto de cartas de la historia. Si la crisis está empujando a quitarse la vida es una afirmación que no me atrevo hacer, pero sospecho que puede ser la causa de una parte de esas muertes. No sé si suicidarse es un acto de desesperación, de cobardía o de valentía. Lo que sí tengo claro es que cuando alguien decide apartarse de un camino embarrado de decepciones y de tristeza, carecemos de autoridad para juzgarle. ¿Quién es capaz de medir el peso del dolor y la soledad que soportaba ese corazón? ¿A cuántas puertas llamó en solicitud de ayuda y no se abrieron? Cuando alguien se suicida sólo nos queda callar y respetar su decisión. Y rezar por él si aún creemos en Dios.       

sábado, 8 de febrero de 2014

Que se vayan

Por su actualidad reproduzco este artículo que me fue censurado por un diario madrileño el 8 de mayo de 2012:

Nunca he sido monárquico ni republicano, como la mayoría de los españoles. He sido lo que se conocía como accidentalista en la II República, es decir, el régimen, sea el que sea, me es indiferente siempre que sirva a los intereses generales del país. Hay un acuerdo mayoritario en que la monarquía de Juan Carlos I ha coincidido con un largo periodo de progreso y libertad en España. Eso ha sido gracias a la pericia del Rey pero también al instinto del pueblo, que no quería volver a echarse al monte. Los recuerdos de la Guerra Civil hicieron más por la paz en este país que las componendas de los partidos en la transición. Hasta donde nos es dado conocer, el Rey tuvo un papel decisivo en parar el golpe del 23-F, un episodio del que no está todo escrito y del que conoceremos sorpresas. 

Todo eso está muy bien y es de sobra conocido. Pero no se puede vivir de las rentas toda una vida, ni siquiera el actual Jefe del Estado. La monarquía, al menos eso se desprende del comportamiento de la Familia Real, se durmió en los laureles. Se olvidó de que conservar la legitimidad es un trabajo diario y que un error puede echar al traste el trabajo de mucho tiempo. Lo que sucede es que no ha habido un solo error; ha habido muchos en los últimos años. El prestigio del Rey, en parte merecido y en parte sustentado en la falta de información sobre la institución, se ha desgastado como consecuencia de la sucesión de acontecimientos intolerables que se han hecho hirientes en esta crisis. 

Hoy la Familia Real no es noticia por ser un elemento de cohesión para el país o un ejemplo de orgullo en el exterior. Hoy esa Familia Real (una pena que no exista un Goya para retratarla) ocupa espacio en los telediarios o en las portadas de los diarios por los supuestos negocios ilícitos del yerno vasco, la irresponsabilidad del otro que permite que su hijo menor dispare con una escopeta y las escapadas nada ejemplares del Rey a África para matar elefantes. ¿Puede haber algo más grotesco y antiguo en esa clase de ocio? Las excusas posteriores se agradecen pero suenan forzadas, como dichas por alguien que no cree en ellas. 

La crisis ha servido para que nos atrevamos a hablar de cuestiones que hasta ahora eran tabúes. La monarquía era uno de ellos. El comportamiento irresponsable de parte de la Familia Real ha contribuido a abrir el debate sobre si merece conservar una institución tan anacrónica. Yo lo tengo claro. En la monarquía pesan ya más los costes que los beneficios. Si tuvo una razón de ser fue porque era útil para garantizar, a mi juicio, tres objetivos fundamentales: la unidad de España, ciertas cotas de libertad y bienestar y la justicia social. Hoy los tres están en peligro, en mayor o menor medida.  

No es extraño por tanto que cada vez sean más quienes reclamen el final de la monarquía y el advenimiento de la República, una República nacional, moderada e integradora que aprenda de los errores y de los excesos de la anterior, un régimen en el que se reconozcan tanto la derecha como la izquierda, como sucede en Francia o en Italia. Esa República es la que yo quiero y no la que pretende traer Cayo Lara, que para eso nos quedamos con Don Juan Carlos, que sería desde luego el mal menor. 

Vista con la perspectiva de estos más de treinta años, la monarquía se nos presenta ahora como el puente necesario entre la dictadura del general Franco y la III República. Don Juan Carlos y Doña Sofía -con diferencia la mejor de la Familia Real- se merecen una pensión vitalicia del Estado hasta su muerte por los servicios prestados. El resto de la familia debe buscarse la vida, como hacemos todos. El Príncipe, un hombre preparado y que habla varios idiomas, no tendrá problema en encontrar un buen trabajo y su mujer siempre puede volver a TVE a presentar un programa sobre cómo España abandonó el euro. Antes o después les tocará irse del país, por Barajas o por Cartagena, como le sucedió a Alfonso XIII. Y sólo cabe desearles un buen viaje y que acierten con el destino.

sábado, 1 de febrero de 2014

Sírvase usted mismo

En el banco donde tengo mi dinero han dejado sólo una caja abierta. Había otra, pero la cerraron hace unos meses. Al empleado que atendía ya no lo he vuelto a ver. Deben de haberlo prejubilado. Me acuerdo de él mientras espero para hacer un ingreso. Soy el último de una cola de veinte personas. En ventanilla, un chino saca un fajo de billetes de un color que nunca había visto y comienza a hablarle al cajero como si éste entendiera el mandarín. Pero el chino, no dándose por vencido, hace lo que muchos españoles con algunos turistas extranjeros, elevar el tono para hacerse entender sin lograrlo. Y sigue sacando billetes de euros. Así transcurren diez minutos. Estoy perdiendo la paciencia y el tiempo,  y no creo ser el único de la fila. No sé si golpearle en la cabeza a Xu-Lin  (tiene cara de llamarse Xu-Lin) o descargar mi rabia contra el director de la oficina, traje gris marengo, camisa blanca y corbata roja, que tiene entreabierta la puerta de su despacho.
 
Al final me sereno y me acerco a una joven empleada del banco. Le explico mi malestar por lo sucedido y ella, entrenada para lidiar con estas y otras críticas, me responde, muy educadamente, que el banco “ha decidido optimizar los recursos humanos y centrarse en el área comercial”. Le respondo, en un tono también cortés, que eliminar personal sólo conduce a prestar un peor servicio y le amenazo con darme de baja como cliente. No parece darse por aludida, debe de estar ya acostumbrada a estos lances previsibles y me ofrece, en cambio, un plan de pensiones, precisamente a mí que tengo claro que no llegaré a la edad de jubilación. 

Me marcho de la sucursal sin hacer el ingreso, con un cabreo de mil demonios, mientras aún escucho a Xu-Lin discutir con el cajero, que, desesperado, ha pedido socorro a los clientes. En la calle me acuerdo de que he pasar por una gasolinera antes de ir a Benidorm a ver a mis padres. Aparco junto al surtidor y espero. No sale nadie. Me imagino que están con el cafelito de la mañana, esa costumbre tan española. Pero ni por ésas. Entro a informarme, y la única trabajadora que veo me dice que Juan (así se llama el hombre que me servía el gasóleo) ya no trabaja ahí. “¿Y ahora?”. “Sírvase usted mismo”, me contesta. Y eso hago pero, como carezco de práctica, meto la manguera hasta el fondo del depósito y después no puedo sacarla. La empleada debe venir en mi ayuda, pero ya se sabe que las desgracias nunca vienen solas porque al final acaba manchándome los pantalones burdeos que mi madre me había comprado en rebajas.
 
Sin aún haberme repuesto del último traspiés de la mañana enfilo la autopista. Me sorprende ser el único que circula por ella. No hay ningún coche más. Soy el propietario de la vía. Cuando llego al peaje espero a ser atendido, pero compruebo que no hay nadie en la cabina. Tampoco aquí tengo suerte. Echo una mirada y descubro que hay unas máquinas en las que hay que pagar. Doy marcha atrás y estoy a punto de romper el retrovisor derecho. Pago y recojo la calderilla de un billete de 20 euros. Como era de esperar, llego a casa de mis padres con cara de pocos amigos. Ya de por sí soy taciturno, pero lo de esta mañana me ha quitado las ganas de hablar. Comemos sin mediar palabra, con la televisión como sonido de fondo. Y hete aquí que el presidente de mi banco, que podría ser confundido con un carnicero de un pueblo manchego, aparece y presenta los resultados de 2013. Ha ganado un 90% más. Dejo de mirar la pantalla porque me entran ganas de tirarle el plato de lentejas al televisor. Cada día que pasa me noto más nervioso. Será la recuperación, que no la acabo de asimilar.

De regreso a Valencia por la carretera nacional, la lenta circulación provocada por mil camiones me invita a la serena reflexión. Pienso en lo difícil que se ha puesto vivir en este siglo XXI y en las ganas que uno tiene de bajarse y de volver a un tiempo, no tan lejano, cuando en las gasolineras te servían el gasoil y en los bancos se alegraban de que les llevases tus ahorros, cuando, en suma, te respetaban como cliente y no existía el timo del autoservicio. Ahora no; ahora, más allá de la palabrería del marketing, sólo cabe esperar el desprecio y la chulería por parte de unas grandes corporaciones (bancos, eléctricas, petroleras) que, si en algo son eficaces, es en repartirse los mercados y los clientes burlándose de la libre competencia, esa quimera en la que todavía creen algunos ingenuos.

Al llegar a casa recojo la correspondencia del buzón, y entre las cartas hay una de mi banco. Me informa de las nuevas comisiones que me aplicarán ya que no soy cliente preferente. Ahora lo entiendo todo; ahora comprendo de dónde sacan sus beneficios millonarios: del dinero negro de Xu-Lin, de sustituir al personal veterano por otro joven y barato y de cobrarle a clientes incautos como yo. Por eso el banquero con cara de carnicero de pueblo se ríe y confiesa que, a sus casi ochenta años, no piensa dejar su cargo porque se divierte mucho. Y yo, que he tenido un mal día, no le veo la maldita gracia a los chistes de este viejo rico que, si nos descuidamos, nos enterrará a todos.