viernes, 28 de marzo de 2014

El hombre que gobernó mi infancia

Alguien le había regalado a mi madre una camiseta con el logo de la UCD. Sería un día de junio de 1977. Mi madre pensó que era de mi talla y me la dio. Esa tarde la estrené. Con mi camiseta blanca de la UCD me fui, orgulloso, a jugar con mis amigos a unos jardinillos próximos a mi casa. Por aquel entonces yo ya prometía como chico centrado y centrista, pero cuál fue mi sorpresa al comprobar que, entre los niños que saltaban y corrían, no era el único con una camiseta de la UCD. ¡Qué enorme desilusión la mía! Otras madres habían recibido idéntico regalo. Pero también se veían camisetas del PSOE, aunque en menor número, y ninguna del PCE porque de los comunistas aún se decían cosas espantosas... A la primera lavada, la camiseta encogió y no pude ponérmela más, lo que fue toda una premonición de lo que le sucedería a la UCD al cabo de pocos años.

A pesar del fiasco de la camiseta, la UCD ganó las elecciones de 1977 gracias a su líder, un castellano apuesto, de nariz aguileña, que llevaba el pelo cortado a navaja.

Mi siguiente recuerdo de aquel político fue una tarde de febrero (¿cómo olvidarla?) cuando merendaba pan con chocolate con mi hermano y no podía apartar la vista del televisor. Unos señores vestidos con uniforme verde, al frente de los cuales había un gañán bigotudo que daba patadas al castellano, habían tomado el Congreso. Los diputados, temerosos de recibir un balazo, se habían escondido detrás de sus escaños. Pero no así Adolfo Suárez, el castellano apuesto que había dimitido tras perder la confianza de su partido y de todo el país. Él permanecía sentado como si las metralletas que le apuntaban no fueran con su persona.

A Suárez, ya lejos del poder, le voté en 1986 cuando presidía el CDS. En mi casa siempre se habían decantado por Alianza Popular, pero a mí me daba reparo apoyar a ese partido por razones estéticas, a la vista del carácter bronco y tan poco dado a los matices de su líder con tirantes. Suárez era otra cosa. Carecía de una ideología definida (como yo), pero poseía encanto, duende, carisma. Y sobre todo estilo. Yo no voté un programa sino un estilo, una manera de hacerse el nudo de la corbata, de elegir la combinación perfecta entre la camisa azul y el traje gris marengo, la sonrisa perfecta, la voz grave, un estilo, como decía. Aún recuerdo la entrevista que le hizo Mercedes Milá y que decidió mi voto. Entonces, Suárez parecía renacer de las cenizas, pero está escrito que no se entra dos veces en la historia, y él no iba a ser una excepción.

Volví a votar al CDS algunos años después cuando Suárez había abandonado aquel partido. Como político amortizado e inofensivo le llegó el tiempo de los homenajes y las condecoraciones. Apoyó a su hijo en su calamitosa aventura al frente del PP manchego, y fue en Albacete, en un mitin, en su último acto público, donde dio muestras de tener Alzheimer, una enfermedad que a mí también me resulta familiar. Su desmemoria comenzó a ser la nuestra, la de un pueblo que no ha aprendido las lecciones de su pasado turbulento y que hoy, sin líderes ni un proyecto nacional sugestivo, vive uno de los momentos más dramáticos de su historia contemporánea, con una secesión que llama a la puerta de nuestra casa.

Cuando escribo estas líneas en la cama es de noche y Suárez lleva enterrado dos días en la catedral de Ávila. Apenas me he asomado a la televisión para seguir la ceremonia de la canonización de este hombre ensalzado hoy por quienes lo dejaron caer, empezando por el Rey. Así se escribe la historia, así España hace y deshace a sus mejores hombres. Suárez, a su manera, lo fue. No era el más inteligente, ni el más culto, ni siquiera el más trabajador de los políticos de su época. Pero tenía el don de la oportunidad y, llevado por una doble pasión, el poder y su país, tuvo el olfato para darles a sus compatriotas lo que querían (un presente sin revanchas y un futuro en paz) y dispuso del coraje para sacar adelante las reformas que el país necesitaba.

Franquista reconvertido en demócrata de urgencia, chusquero y chulo de la política, tahúr del Misisipi, encantador de serpientes y Duque Rojo, Adolfo Suárez fue todo eso y algo más: un personaje ambiguo y poliédrico. Para mí quedará como el político de la sonrisa perfecta, el presidente que gobernó mi infancia mientras yo merendaba pan con chocolate. Lo echaré de menos porque ni él, ni la España que representó, ni mi niñez volverán. Y llegar a esta conclusión a las dos de la madrugada, después de haber malgastado otro día, hace que me sienta triste y vacío entre unas sábanas cansadas.             

viernes, 21 de marzo de 2014

Y siguen en la calle

En Fallas quedé con mi amigo Vladímir a tomar unas cervezas en un bar de Benimaclet. Es de esos bares que hoy te ofrecen una caña y una tapa por un euro. La terraza está siempre llena. Es una eficaz manera de ponerte piripi sin castigar el bolsillo. La otra alternativa, más barata aún, es irte con los colegas a algún supermercado del señor Roig a comprar alcohol para hacer botellón en una plaza y animarles de paso la noche a los vecinos. Pero ese día Vladímir y yo íbamos en plan exquisito. Por eso nos podíamos permitir la caña a un euro.

Hacía tiempo que no coincidíamos y me alegró verle tan contento. Vladímir ha vuelto con su novia rusa Nadiuska, y eso le ha dado estabilidad emocional. Pronto advertí que mi amigo quería decirme algo y no tardó en hacerlo entre el ruido de los petardos lanzados por niños angelicales a los que sus padres les reían las gracias. “Sigo tu blog desde el principio y me empiezan a cansar tus artículos literarios y escapistas”. Me dejó frío. No supe qué contestarle. Creedme, dijo ‘escapistas’, lo que demuestra el dominio del castellano de esta gente del Este. Vienen de Bucarest o Sebastopol y, en poco más de tres meses, hablan como un catedrático de Valladolid.

Antes de que pudiera reaccionar, Vladímir continuó con su argumentación. A su juicio, debía dejarme de lirismos y mojarme comentando la actualidad, eso que hacen cientos de periodistas sin gracia y que a mí me aburre sobremanera, sobre todo si se trata de economía. Pero tal vez mi amigo llevase razón. Puede que hubiera llegado la hora de ensuciarse las manos escribiendo. Antes a esto lo llamaban compromiso. En un país en que lo prudente es callar lo que se piensa y hablar para ocultar lo que se siente, puede parecer una temeridad opinar con franqueza sobre el saqueo al que lo están sometiendo. Pero, como me conozco, sé que si sigo el consejo de Vladímir y escribo de la forma que él me pide, sacaré el bolchevique de derechas que siempre he llevado dentro y se me irá un poco la pelota, y luego me arrepentiré o sucederá lo contrario y me sentiré muy orgulloso. Pero lo peor sería callarse, me convenzo, y que a uno lo tomasen por cómplice de los desmanes diarios.

“Vladímir, podría comenzar hablándote de la mafia político-financiera, regada eso sí con agua bendita, que ha gobernado Valencia durante casi veinte años. La mayoría de sus representantes (de los que alguna vez oíste hablar) ha desaparecido de la escena pública o está en vías de hacerlo. Si en otro tiempo ocupaban portadas en los diarios, hoy prefieren el tranquilo anonimato y que nadie les siga la pista. Pero algunos nos resistimos a olvidarlos.

Porque ¿dónde están los camps (francisco y gerardo), los rambla, los zaplana, los cotino, los costa, los vela? En la calle, están en la calle y siguen en la calle.

¿Y los olivas, los crespo, los lópez, los parra, los izquierdo, los amorós? ¿Dónde están? En la calle, están en la calle y siguen en la calle.

Y siguen en la calle, ajenos al dolor y a la miseria que causaron, llevando una existencia plácida que más de uno quisiera para sí. Entretanto, Valencia, la tierra a la que decían servir mientras la traicionaban, es campeona de la desigualdad y la pobreza. Estamos a la cola de España, en el furgón de cola de un tren que amenaza con descarrilar. Somos el hazmerreír del país. Por eso las cosas deberían cambiar. Me refiero a que los principales responsables de esta crisis regional comenzasen a pagar las facturas atrasadas. Lo justo es que mañana los subiesen a un furgón que los llevase a Picassent, pero eso no sucederá porque no hay juez en España que esté tan loco como tocarle las sensibilidades al poder de un Estado ahogado en la corrupción y en la ineficacia.

Como la cárcel no la van a pisar de momento, sólo nos queda el consuelo de hacerles llegar nuestra ira y nuestro desprecio. Yo lo llamo democratizar el miedo. Hasta ahora el miedo ha sido patrimonio exclusivo de la mayoría (el miedo a ser despedido, a perder la casa, a no poder alimentar a los hijos, a no encontrar nunca más trabajo); desde hoy el miedo debería alcanzarles también a ellos. Que el miedo viaje en una doble dirección: de arriba abajo, como ha sucedido hasta ahora, pero también de abajo arriba, como debería ocurrir en el futuro. Y esto quiere decir que cuando los camps, los olivas, los cotino salgan a la calle noten el frío verbal de la gente, el frío de los que les odian y ya no tienen nada que ocultar ni perder. Que Valencia sea para ellos como Caracas o Bogotá, una jaula de cristal donde sólo encuentren tranquilidad y seguridad en sus urbanizaciones de lujo, en sus campos de golf, en sus clubes de tenis. Después de la tragedia colectiva que han provocado, del sufrimiento y la desesperación de tantas familias, no parece que sea excesivo el precio que tengan que pagar”.

Cuando acabé de escribir estas líneas pensé en buscar el consejo de mi amigo. No estaba seguro de haber acertado. Se las envié por correo electrónico y recibí su respuesta a los pocos minutos, con su habitual estilo lacónico, que dejaba entrever, sin embargo, cierta perplejidad: “Javier, si lo llego a saber no te digo nada. Te has pasado un poco. Vuelve a tus artículos intimistas. Reúnes el perfil para ingresar en las juventudes del partido de Putin.”

¿Ingresar en las juventudes de partido de Putin? Ummmm. No suena nada mal. Me rejuvenece. Dadas mis circunstancias, no puedo permitirme el lujo de rechazar esta propuesta tan sugestiva. Si el oro de Moscú me paga el viaje a Crimea me iría encantado. Siempre he tenido algo de mercenario. No en vano he sido periodista durante veinte años. 

viernes, 14 de marzo de 2014

No lo llames amor

Por tercer año consecutivo el premio mejor dotado de las letras españolas ha recaído en dos mujeres, lo que prueba, por si hubiera todavía alguna duda, la excelente salud de la literatura femenina de este país. Montserrat Feliu, ganadora, y Juana Heredia, finalista, son, cada una en su estilo, dos claros ejemplos de una narrativa hecha por y para mujeres que ha logrado sacudirse el dominio masculino en el mercado editorial. Por desgracia, ese mercado sigue estando en manos de hombres que, con una mentalidad paternalista cuando no decididamente machista, intentan imponer sus deseos espurios al público lector. Aunque les pese a algunos, Montserrat Feliu y Juana Heredia reflejan el potencial de la narrativa femenina que, con una mirada distinta y cargada de una singular sensibilidad, se aproximan a los misterios del mundo contemporáneo. 

En el acto de entrega de los premios, Montserrat Feliu, prestigiosa abogada de Barcelona, reveló que había escrito la novela en su segunda casa de Formentera, durante unas vacaciones de verano, después de separarse del conocido empresario de la construcción, Joan Vilarasau. Su novela premiada, No lo llames amor, es su primera incursión en el mundo de las letras. De tono autobiográfico, esta obra narra el traumático divorcio de la protagonista, Marta Romeu, miembro de la alta burguesía catalana, diseñadora de éxito, mujer independiente y moderna, que ve cómo su vida se hace añicos tras ser abandonada por su marido Francesc Puigcerdà, que huye con el profesor de danza de las niñas, Andrea y Tamara, gemelas ambas.     

Marta cae en una profunda depresión. Se da a la bebida (gin-tonics, preferentemente) y comienza a chatear con desconocidos, hasta que conoce a José Fernando, un cubano que había huido del régimen de los hermanos Castro escondido en la bodega de un avión. Después de mucho hablar, Marta y José Fernando acaban por dar el paso de conocerse y enseguida surge el chispazo entre ellos. Entonces, Marta comienza a sentirse una mujer nueva, como si una sensación olvidada hubiera renacido en su ser interior, hasta que llega el esperado momento de la intimidad entre ambos y ella queda sorprendida (“¡Oh, José Fernando, ¿qué me das?”) por el tamaño de la simpatía del cubano zumbón. La noche, pero también el día, confunden a nuestra protagonista que, presa de una pasión que la consume por dentro, se despreocupa de las gemelas y de su trabajo y se gasta todo el patrimonio familiar en los caprichos del voluble José Fernando.

En el prólogo del libro, el crítico Xavier Carrasco, necesitado hoy de dinero y al que ya no se le entiende casi nada de lo que escribe,  subraya la potencia narrativa de la opera prima de Montserrat Feliu, “una rara pieza literaria”, añade, “que destaca por su naturaleza dialógica y la compleja intertextualidad que se infiere de ella”. No contento con lo afirmado, Carrasco vislumbra hasta la influencia de Juan Marsé en la obra de Feliu por el paralelismo que establece entre el charnego Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa y el inmigrante José Fernando. Casi nada.

Pasión en Marrakech ha sido la obra finalista del premio mejor dotado de las letras españolas. Juana Heredia, premio de novela corta Clara Campoamor, es conocida por sus fervientes postulados feministas. Profesora de lengua, ha escrito innumerables ensayos sobre la relación entre la mujer trabajadora y el habla andaluza en la comarca de Écija, lo que he ha valido la Medalla de Oro de la Consejería de Igualdad de la Junta de Andalucía. Heredia cuenta una historia de amor entre dos lesbianas maduras, Paca y Emilia, la una limpiadora y la otra camarera de bar, que se conocen en la Casa del Pueblo de Lebrija durante una conferencia de Lidia Falcón a favor de la castración para combatir la dictadura del patriarcado. Paca y Emilia, al cruzarse la primera mirada, saben que simpatizarán, y mucho.

Al poco tiempo, y asqueadas de la vida que llevan, la una limpiando retretes y la otra aguantando a clientes borrachos y sin blanca, se lían la manta a la cabeza atracando un banco. Llegan a atar y amordazar al director de la sucursal, lo que la crítica más especializada ha interpretado como un guiño a La caja 507 de Enrique Urbizu. Con el dinero del botín se marchan a celebrarlo a Marruecos y comienzan una vida de ensueño. Tánger, Tetuán, Rabat y por último Marrakech son las estaciones de esta historia de deseo voraz e incontrolado. En Marrakech, sin embargo, unos terroristas yihadistas las secuestran y piden un rescate a sus familias. La madre de Paca, doña Casilda, que había hecho un curso de detective por correspondencia, viaja a Marruecos para descubrir el paradero de su hija y Emilia y darle su merecido a la gente de Al Qaeda. Pasión en Marrakech, además de ser un valiente testimonio sobre el lesbianismo en el siglo XXI, revela la maestría de Heredia en el género de la novela policíaca con un acento andaluz y un poco cañí.

Las dos novelistas firmarán mañana sus libros, previo pago de 19,95 euros el ejemplar, en unos conocidos grandes almacenes del centro de Valencia.

Al término del acto se invitará a horchata con fartons.