sábado, 17 de mayo de 2014

Ahora que hable el silencio

Me despido. Este blog ha llegado a su estación de destino. Lo comencé con dudas y lo dejo con cierta tristeza. Me marcho porque la vida me reclama para otros menesteres, y a ellos me voy a consagrar en las próximas semanas, si no meses. Estamos condenados a elegir, a menudo de manera dolorosa, y a mí me ha tocado renunciar a algunas cosas (a este blog, por ejemplo) en favor de una apuesta. Veremos si saco algo en claro de ella.

Antes de bajar el telón (porque este blog ha tenido mucho de representación e impostura) no puedo olvidarme de mis lectores, de aquellos que me habéis seguido con mayor o menor interés. Sin vosotros el contador no marcaría hoy 8.464 visitas.

Deseo citar por vuestro nombre a todos los que tuvisteis una palabra de aliento y de apoyo para mí, algo que nunca olvidaré: sean dadas las gracias a Begoña, Javier, Amparo, Rosa, Ana, Fina, Xavier, José Julio, Consuelo, Carmen, Mar, Lino, José Luis, Juan, Jordi, Lorena, Francisca, Sergio y Luis.

A quienes no me habéis leído os traslado también mi agradecimiento porque me reafirmo en la idea de que nunca hay que buscar el aplauso general. Nada hay más equivocado que eso. Yo soy hijo de mis filias y de mis fobias, de mis querencias y mis hartazgos, y a estas alturas ya me puedo permitir el lujo de no ocultarlos. Os pido, eso sí, disculpas por las décimas de segundo que os llevó enviar mi correo a la papelera. Queda dicho.

Este blog ha sido mi manera de mantenerme en pie, una reivindicación de andar por casa. He hablado de mí, pero no creo ser demasiado diferente a muchos compatriotas que asisten, entre desolados e impotentes, a la ruina de su país. Mi visión ha sido pesimista, bien lo sé, pero por mucho que lo he intentado no encontré los paños calientes para tapar el desconsuelo y la amargura que me provoca vivir en la España de 2014, que se asemeja a un boxeador noqueado antes de besar la lona.

Pero basta de palabras. Hay demasiado ruido en este mundo. Ya va siendo hora de bajar el telón. El comediante dice adiós, agradece los aplausos y, con su estilo discreto y reservado, hace mutis por el foro.

Se apagan las luces.

Ahora que hable el silencio, si alguien quiere escucharlo todavía.

Vale.            

martes, 6 de mayo de 2014

Contra vosotros

La otra mañana llamaron a la puerta. Me asomé por la mirilla y vi que eran dos hombres. Pensé en dos testigos de Jehová o en unos vendedores desesperados del Círculo de Lectores, pero me equivoqué. Porque eran dos candidatos electorales. Preciso: dos candidatos conservadores. Uno parecía haberse apeado de una jaca andaluza y el otro aparentaba maneras de latin lover transnochado. El gordo y el flaco, me dije. Y les dejé pasar.

Les recibí en el modesto salón de mi piso. Les ofrecí café hacendado (no estoy para mayores alegrías) y lo aceptaron con una sonrisa forzada. Venían vestidos de campaña electoral, con ese estilo desenfadado que les delata: nada de trajes ni corbatas serias, todo lo más una americana, camisa blanca con dos botones desabrochados y vaqueros informales. Sonrisas blancas y un tanto falsas. Se presentaron. Uno se hizo llamar Miguel y otro Esteban. Me dijeron que estaban recorriendo todo el barrio para darse a conocer. 

Yo les escuchaba sin interrumpirles, como persona educada que creo ser. De repente se hizo un silencio y el candidato de la jaca andaluza me entregó un sobre. Los ojos se me hicieron chiribitas. ¡Un sobre de manos de un dirigente conservador! Pero mi gozo en un pozo. Cuál sería mi desilusión al comprobar que dentro no había dinero negro sino el programa electoral de los conservadores. Ni siquiera lo hojeé. Se lo devolví recordándoles lo que el profesor Tierno Galván pensaba de los programas. Fruncieron el ceño, pero lo dejaron pasar. Aún tenían esperanzas en mí.

Acabado el café, entramos en materia. Fui yo quien tomó la palabra. Les comenté que procedo de una familia que ha votado a la derecha (a la derechona y no al centro, maticé) y que lo había vuelto a hacer en las elecciones generales de 2011. “¿Tú también?”, me preguntó Miguel como si fuera Julio César dirigiéndose a Bruto. “Yo también, Miguel, aunque para echar a los otros”, le contesté. Pensaron entonces que yo era presa fácil y tiraron del argumentario: que si comprendían el malestar de votantes como yo; que no habían tenido más remedio que hacer lo contrario que habían prometido; que si el país estaba en la ruina cuando llegaron; que si la herencia socialista; que si ya tocamos fondo… A mí todo esto me sonaba a música celestial o a una versión actualizada del Bolero de Ravel. Tal es así que cuando me comenzaba a dormir, Esteban, el latin lover trasnochado, me tuvo que despertar con un amable codazo que me hizo recuperar la compostura.

Después de escuchar sus previsibles argumentos les anticipé que no volvería a votarles ‘en mi puta vida’. Lo de ‘en mi puta vida’ les sorprendió un poco porque no lo esperaban de mí, que había mantenido unas maneras versallescas hasta ese momento, algo así como John Malkovich en Las amistades peligrosas. Y con esa expresión malsonante resumí todo el malestar concentrado en estos dos años y medio en que, como tanta gente, me he sentido estafado. De mi tono dedujeron que perdían el tiempo si seguían hablando conmigo y, pretextando no sé qué acto de campaña, se levantaron para marcharse. Les acompañé a la puerta. Nos dimos la mano. La de Miguel era blanda y sudorosa. Luego escuché cómo llamaban a otras puertas y nadie les abría. Debió de ser porque ha habido muchos robos en las últimas semanas.

La visita del gordo y el flaco me había amargado la mañana. De estar de buen humor había pasado a sentir acidez en el estómago. ¿Para qué les había abierto la puerta? Lo peor fue verles después, en un telediario amaestrado, besando a viejas sin afeitar y a un niño tontuelo, a quien habrían sacado de un hospicio para hacerse la foto. Tardé en serenarme, pero cuando lo conseguí, pensé que la visita de la pareja había servido para algo: para darme cuenta de que debía salir de la madriguera de mi indiferencia para hacer campaña contra ellos en esta farsa de elecciones europeas. 

Ni un voto para ellos, me conjuré, ni un voto para el partido de las mentiras, de las traiciones y de los bárcenas. Ni un voto para el partido de los sobres, de los sobresueldos y del dinero negro. Ni un voto para quienes, en contra de lo que prometieron, aprobaron la subida de impuestos y de tasas, el copago farmacéutico a los jubilados, la poda en educación, sanidad y dependencia y rebajaron las pensiones del futuro. Ni un voto para el Gobierno amigo de la banca, las eléctricas y de las petroleras. Ni un voto para el partido enemigo de gran parte de la clase media y de los trabajadores, a los que han dejado sin derechos con una reforma laboral cruel e ineficaz. Ni un voto para el partido del líder que se escapa por la puerta trasera del Senado y que confirma así la fama que tenía entre sus paisanos de Pontevedra.

Ni un voto para ellos.

Pero sobre todo ni un voto para el partido que vende una recuperación de hojalata, más falsa que el beso del Iscariote, el último de una larga lista de embustes con el que intentan tapar una nefasta gestión que ha llevado al país a la pobreza y la resignación.

Haré campaña contra vosotros, conservadores de lo propio y liberales con lo ajeno. Y la haré casa por casa, con el convencimiento de quien no tiene nada que ganar pero tampoco nada que perder. Aquel que actúa ya sin miedo ni esperanza.

Cuando llegue el 25 de mayo, cumplida ya mi misión, no votaré como millones de españoles. A ver si ocurre como en Francia y la abstención sube como una gigantesca marea y acaba ahogando tanto a los conservadores como a los abuelitos de la socialdemocracia. Y ese día, mientras tanto, dediquémoslo a leer un buen libro, a irnos a la playa o a emplearnos en los juegos amatorios, en el caso de tener una persona con quien practicarlos. Y por la noche nos acostaremos indiferentes, sin conocer los resultados de las urnas, y a la mañana siguiente comprobaremos que nada ha cambiado, que nuestras ilusiones y nuestros miedos siguen intactos, que ellos, los vencedores y los derrotados, están arriba y nosotros seguimos abajo y que, como cada día, toca buscarse la vida.