domingo, 24 de agosto de 2014

El hundimiento

Hay quiosqueros locuaces y hay quienes no lo son. El mío pertenece a esta segunda categoría. Ismael es un hombre callado, tacaño en palabras, que habla más con lo que hace que con lo que dice. Pero hoy está más lacónico que nunca. Y lo entiendo porque son las once de la mañana, e Ismael no ha vendido una escoba. Cambiemos escoba por diario. Los montones de periódicos permanecen casi intactos, apilados en el mostrador, vírgenes como cuando abrió a las ocho. Mal asunto. No es la primera vez que sucede. Yo, que no tengo el vicio de madrugar, miro los periódicos y siento una cierta tristeza por Ismael, quizá porque durante veinte años me dediqué a llenar esos papeles de letras, con mejor o peor fortuna, que de todo hubo, tardes de gloria y otras en que me devolvieron el toro a los corrales.

Pago mi diario (el mismo que compro desde los 19 años, en otro tiempo progresista y hoy de naturaleza indescifrable) y regreso a casa. Soy el único en mi barrio, y tal vez en todo el pueblo, que a esas horas lleva un periódico bajo el brazo. No sé como sentirme, si como un bicho raro, que lo soy, o como un romántico de un tiempo que ya no volverá. Al llegar a casa encuentro un mensaje de un antiguo compañero en el móvil. Como yo, J. fue forzado a buscarse la vida después de trabajar en un diario madrileño durante años. ¡Qué bien lo pasamos, y lo digo sin asomo de ironía, riéndonos de nosotros mismos y de lo que nos rodeaba, especialmente de nuestros jefes! Hacía mucho que no sabía de él, apenas recibo mensajes de viejos colegas, y el suyo me ha alegrado la mañana.

Como antes decía, J. es una excepción. Al cabo de unas semanas de dejar un periódico, una radio o una televisión, nadie se acuerda de ti. Como mucho, tres o cuatro personas. Algunos se esconden para no saludarte. Llega entonces el tiempo de silencio, de replantearte tu vida, de ir buscando, a tientas y a ciegas, una salida, un nuevo oficio que te permita sostenerte con dignidad. Quien pasa por esta experiencia sabe que no es un trago fácil. O enloqueces o te haces fuerte. Y yo elegí hacerme más fuerte pero también más cínico, más duro y más áspero. Y, sin embargo, ahora ya no le escatimo la ternura a mi gente, a aquellos que estuvieron a mi lado, y lo siguen estando, cuando vinieron mal dadas. A cada cual lo suyo.

El silencio de mi quiosquero, sólo roto para darme los buenos días, me ha hecho pensar en algo que tenía ya olvidado, el futuro de la prensa impresa. Confieso que este mundo, el del periodismo de papel, me resulta ya tan extraño como la astrología o la física cuántica. ¡Qué rápido se olvida todo! Uno aprende a olvidar para sobrevivir, sobre todo cuando los recuerdos te dañan y te impiden crecer. Con la distancia que me da ese olvido, me veo ahora como uno más entre los miles de periodistas expulsados de un negocio que se aproxima a su final. 

A ti y a mí nos sacrificaron para que la máquina siguiera funcionando, también como aviso para los que se quedaron, pero la máquina ya no da más de sí. La suerte está echada. La agonía de la prensa de papel podrá durar cinco, diez o veinte años a lo sumo. Pero los periódicos de papel, ese maravilloso invento de la civilización occidental, desaparecerán y con ellos se irá una larga época en la que la gente podía esperar un día para informarse de lo que había acontecido la jornada anterior. Eso ya es irreal en 2014.  ¿Quién tiene la culpa de todo ello? Preguntad a los estrategas de las empresas, a los directivos que han acelerado el declive con sus decisiones equivocadas y que no han pagado por ello.

Del olvido del que os hablaba quiero rescatar a un puñado de colegas por los que siento afecto. No pondré sus nombres para no comprometerles. Sólo os diré, compañeros, que no malgastéis energías en evitar lo inevitable. Dejad de nadar contracorriente porque no hay nada más triste que morir en la orilla. En donde os encontráis no hay futuro para vosotros. Pensad en una alternativa antes de que llegue el día en que el capataz de turno os llame a su despacho encristalado para comunicaros vuestro deceso, eso sí, siempre con palabras elogiosas y alabando vuestra profesionalidad, buen hacer y capacidad de entrega, etc. etc.

Si eso sucede, ya con los papeles del paro notaréis el frío de la calle y os haréis la misma pregunta que quienes os precedieron: “¿Y ahora qué?” Entonces tocará tener paciencia y barajar, jugar las cartas con inteligencia, levantar la cabeza, sonreír, apretar los dientes y nunca desesperarse porque hallaréis la salida antes o después. Hay vida más allá del periodismo, por muy duro que sea despedirse de este oficio tan hermoso como cruel con sus hijos. Os lo digo yo, que de esto sé un rato.        

sábado, 16 de agosto de 2014

Llamadme populista, que no me ofende

Un fantasma recorre esta España mostrenca y sin pulso: el fantasma del populismo. Aviados estáis si os llaman populistas. Más os valdría que os motejasen de patriotas, hideputas o bujarrones que, aun con ser todas ellas palabras injuriosas, no revisten la gravedad de ser tildado de populista.

Yo era populista sin saberlo. Era medianamente feliz (todo lo feliz que se puede ser en esta vida) hasta que me echaron en cara lo de ser populista. Fue Vladímir, mi amigo sobrevenido, quien lo hizo. A su manera, con la brusquedad que le caracteriza, me espetó que le había decepcionado, que no iba por el camino correcto. Vladímir, que ha solicitado su ingreso en las juventudes conservadoras, me conminó a poner los pies en el suelo y a dejarme de zarandajas. Yo le escuchaba atentamente y, viendo que ponía tanto ardor y tanta convicción en sus argumentos, me dejé ganar por el peso de su lógica apabullante. Después de aquella conversación, salí arrepentido de mis pecados de tercera juventud y me convertí en un hombre como Dios manda: un señor que se viste por los pies, realista y, sobre todo, moderado, muy moderado, porque sin moderación está visto que no se puede hacer carrera.

Así me pasé días, que luego fueron semanas, defendiendo la reducción del déficit público, la necesidad de más reformas estructurales, el bipartidismo y hasta incluso las virtudes del programa regeneracionista de los conservadores, haciendo gala, como decía, de un posibilismo que me abrió las mismas puertas que cuando era populista, es decir, ninguna. Pero ya me sentí incorporado al sistema, como esas ovejas que balan lo justo y necesario dentro de un confortable redil. Todo parecía ir bien hasta que una mañana me desperté sobresaltado por una pesadilla en la que el ministro de Hacienda, con su vocezuela, era el protagonista, e hice examen de conciencia.

¿Qué habías ganado, alma de cántaro, haciéndote moderado y gradualista? Pues, bien mirado, nada. Antes, al menos, me sentía más joven y jaranero. Pero como no las tenías todas consigo, acudí a mi terapeuta, a quien visito dos veces al mes para que me trate de mis taras, unas más visibles que otras. Tras soltarle la gallina, sonrió y me trato con deferencia interesada. Me senté en el diván y, después de recordarle mis traumas infantiles, de sobra conocidos por él, pasé a referirle mis dudas sobre el populismo. Isidre, que así se llama el reputado especialista, me escuchaba con atención ladeando la cabeza en señal de aprobación. Una vez me hube desahogado, Isidre, parco en palabras pero de certero juicio, me dijo:

- Javier, no sé por qué le das tanta importancia a lo de ser populista. Peor sería que votases a Rosa Díez o leyeras las novelas de Isabel San Sebastián.

Me quedé en silencio, reflexionando. Isidre había dado en el clavo. Indudablemente, sería más difícil de justificar leer a Isabel San Sebastián que ser populista, así que le agradecí sus consejos, cogí las recetas de los ansiolíticos y salí a la calle convertido en un nuevo hombre, el hombre nuevo, que decían los utópicos de izquierdas. Estaba de orgulloso de mí. “Que me llamen populista, que no me ofende”, me dije, dándome ánimos. Al cabo de cinco minutos ya lanzaba exabruptos contra la monarquía, pedía el regreso de la república, gritaba en contra de la austeridad presupuestaria, arremetía contra los dos partidos dinásticos, clamaba por la expropiación de las viviendas vacías… En fin, volvía a estar mi salsa. Fue entonces cuando decidí dejarme el pelo largo y la perilla a lo Lenin, estética que, a lo que se ve, comienza a estar de moda.

Días después, cuando ya había amortizado todo cargo de conciencia, leí en uno de los pocos papeles que aún se venden en los quioscos que mi Gobierno, el Gobierno popular al que respeto y temo por razones fundadas, preparaba un proyecto de ley para sancionar “a quienes profesen ideas populistas en la calle y toda suerte de recintos públicos en aras de la seguridad ciudadana”. La pena inicial, susceptible de ser negociada, era de cuatro años de cárcel más una sanción de 30.000 euros. La oposición, consciente de lo vano de su intento, hizo lo de siempre: pataleó y pidió su retirada. Y yo, que me temo lo peor, me puse en contacto con Julio César, un amigo de Venezuela, para contarle lo sucedido. Me propuso iniciar una nueva vida en su país. Me convenció. Una vez que resuelva los trámites burocráticos, me iré a Caracas. Avisada queda mi familia para que me envíe comida de cuando en cuando. Mi propósito es ganarme la vida como asesor del presidente Maduro, precedentes ya los hay, e ir tirando de esta manera hasta que en España cambien las cosas y llegue el día en que populistas como yo, populistas que no representan ninguna amenaza para nadie, puedan salir a la calle con tranquilidad y, si Dios lo quiere, gobiernen lo que quede en pie de su país.  

domingo, 10 de agosto de 2014

Verano real

“¡Hola, corazones! ¿Qué tal estáis? Os imagino disfrutando de una cervecita en una cala de Ibiza, en buena compañía, morenitos, morenitos. ¿Acierto? ¡Claro que sí! ¡Cuánto me gustaría estar ahora allí compartiendo vuestro calor sincero! Me encantaría perderme en esa isla tan maravillosa que es Ibiza. Muy cerca de vosotros está pasando unos días la pareja de moda: Francisco Rivera y Lourdes Montes. Francisco y Lourdes siguen tan enamorados como cuando se dieron el sí quiero. Nuestra compañera Macarena Hernández nos da la última hora de la pareja del verano.”

(Voz en off de reportera insuficientemente remunerada.) “El verano ya llegó. Ibiza se llena de famosos en busca de sol y playa. Famosos guapos y ricos que se dejan ver por los restaurantes y las discotecas más chic de la isla. A la cita con Ibiza no podían faltar Francisco Rivera y Lourdes Montes, que siguen paseando su amor a la vista de multitud de curiosos y admiradores. “¿Cómo te encuentras, Lourdes?”, le preguntan unos periodistas sudorosos tras haberla esperado seis horas en la puerta del club náutico. “Estoy fenomenal, muchas gracias. Esta luna de miel es lo más bonito que me ha ocurrido en la vida”, contesta la enamorada. “¿Cómo es vivir con Francisco de casados?” “Me encanta estar con él a todas horas. Soy tan, tan feliz. Me hace reír a cada momento”, concluye la abogada/diseñadora sevillana. Lourdes luce un moreno envidiable y un vestido azul turquesa con un atrevido escote que hará las delicias, seguramente, de su marido recién conquistado.      

El niño mira la televisión, abrazado a su madre. El mobiliario del comedor es austero. Un sofá desvencijado, dos sillas, una mesa y la televisión. La madre permanece, embobada, viendo el magazine. El niño rompe a llorar.

- Mamá, tengo hambre.
- No te preocupes, hijo, que el abuelo no tardará en llegar con la comida.
- Pero es que ya es muy tarde, mamá.

La presentadora vasca, sinónimo de elegancia y saber estar, regresa a la pantalla. “Están guapísimos los dos, ¿verdad? Desde aquí les deseamos a Fran y Lourdes que sigan disfrutando de su larga luna de miel. Pero también hay otra pareja que está dando mucho que hablar en las últimas semanas. Parece que entre ellos ha surgido algo más que una buena amistad. Me refiero a Tamara Falcó y Enrique Solís, un empresario hotelero que se ha ganado el corazón de la hija de Isabel Preysler. Tamara, ocho años mayor que él, parece haber encontrado al hombre que buscaba, un joven de buena clase y mejor fortuna. Raúl Izquierdo nos cuenta en qué estado se encuentra el idilio entre Tamara y el hijo de Carmen Tello.

(Voz en off de reportero en prácticas, a punto de colgar los hábitos en la prensa rosa.) ¡Quién le iba a decir a Tamara Falcó que el amor lo encontraría en la persona de este chico apuesto y de muy buena familia! Desde que se conocieron en Marbella hace un año, los dos se han vuelto inseparables. Son uña y carne. La foto que publica esta semana una revista en la que aparecen cogidos de la mano ha confirmado su romance, que era un secreto a voces.

- Tamara, ¿para cuándo la boda?
- ¡Uy, qué rápidos vais, chicos! Sólo somos dos buenos amigos, pero estoy fenomenal.
- Tamara, desde que conociste a Enrique se te ve distinta, como más feliz…
- Sí, es cierto, estoy súper bien. Enrique hace que me sienta una princesa. Es tan caballero… y tiene un sentido del humor que me encanta. Me hace reír.
- Y además es muy guapo, ¿verdad?
- ¡Ufff, guapísimo! A la vista está.

El niño sigue abrazado a la madre y entorna los ojos, como si se fuera a dormir, pero no se duerme.

-  Mamá, el abuelo no llega. Tengo hambre.
- Duérmete, Manuel, si quieres te llevo a la cama.
- No quiero (Se enfada.) Tengo mucha hambre.

La madre acaricia el rostro del niño y juega con su pelo rizado. En la habitación hace mucho calor. Las ventanas están abiertas. En una de ellas no hay cortinas.

(Reportero cortesano haciendo méritos para no seguir el triste camino de otros colegas en paro.) “Mallorca acogió esta semana la llegada de Don Felipe y Doña Letizia en la que ha sido su primera visita como Reyes de España. Don Felipe y Doña Letizia saludaron, uno a uno, a cada periodista desplazado para cubrir su primer posado en el palacio de Marivent. Les acompañaban sus hijas, la Princesa de Asturias y la infanta Doña Sofía. Con su proverbial sencillez, con la que se han ganando el cariño de millones de españoles, la nueva Familia Real posó ante los fotógrafos. Don Felipe dedicará estos días a hablar con las autoridades de la isla y aprovechará su tiempo libre a practicar la vela, su deporte favorito, como es bien conocido.” 
    
- ¿Por qué no ha venido ya el abuelo? Tengo hambre.
- Le habrá ocurrido algo. Le voy a llamar, a ver si me queda saldo en el móvil.
- ¿Y papá? ¿Por qué no viene a vernos?
- Ya vendrá, hijo. No seas pesado.
- La última vez que lo vimos fue cuando estuvimos en aquel sitio en el que había tantos guardias, y desde entonces ya no lo hemos visto más.

Llaman a la puerta.

- Será el abuelo. Voy a abrirle.

No es el abuelo: es un comercial del gas, que es despedido con cajas destempladas.

- Esta tarde, ¿qué vamos a hacer, mamá?
- Si quieres, Manuel, esta tarde iremos al mercadona.
- ¿Al mercadona? ¡Qué bien, mamá! Me gusta mucho ir al mercadona. Allí no hace calor.
- Por eso, hijo, allí estaremos muy fresquitos los dos y a lo mejor vemos a tía Emilia y te compra un helado de los que tanto te gustan. A tía Emilia también le gusta pasar la tarde en el mercadona. Ahora duérmete, cariño, hasta que llegue el abuelo.
- Sí, mamá, pero prométeme que me despertarás cuando llegue.
- Te lo prometo, cariño.   

lunes, 4 de agosto de 2014

Mi madre y yo nos hemos hecho socialdemócratas

Cuando ni ella ni yo creíamos que a nuestras edades abrazaríamos la causa de la socialdemocracia, hete aquí que lo hemos hecho, y con indisimulado orgullo. Nos hemos convertido en socialdemócratas pero no en socialistas, valga la oportuna precisión, puesto que lo de socialista suena todavía como a muy rancio y nos recuerda al señor Alfredo Pérez, ya felizmente olvidado. Ser socialdemócrata es hoy moderno, cool, trendy, una etiqueta que vuelve a estar en boga tras algunos años de permanecer en cuarentena. Pero, además, ser socialdemócrata en España equivaldría a ser como de la derecha moderada en Europa. Lo que sucede es que derecha moderada, lo que se dice derecha moderada, hay bien poca por estos pagos. La hay, y en grandes proporciones, de la otra, de la derecha montaraz que combina un falso liberalismo que barre siempre para casa, con las apelaciones al Santiago y cierra España de toda la vida.

Será difícil olvidar el día en que mi madre y yo nos hicimos socialdemócratas. Es de esos que te dejan huella. Fue cuando, viendo el telediario oficial, apareció Pedro de  manera fugaz. “¿Quién es ese chico tan bien plantao?”, me preguntó mi progenitora. “Ni idea, mamá, pero no parece socialista, viste demasiado bien”, le contesté. Y sin mediar palabra llamé a algunos amigos progresistas para inquirirles sobre el tal Pedro, apellidado Sánchez. Entonces supimos que se iba a presentar a unas primarias en competencia con otros dos compañeros. Ni que decir tiene que hicimos votos por que el tal Pedro ganara. Y ganó, para regocijo de mi madre y serena satisfacción mía. Porque, admitámoslo, no había mejor alternativa. Entre un presidente del Gobierno que recuerda a un señor gris y aburrido de un cuento de Clarín, y del que se sospecha que gasta dentadura postiza, y un joven con coleta a quien confundiríamos con un menesteroso en la puerta de una iglesia, mi madre y yo nos quedamos con el metro noventa y la sonrisa perfecta de Sánchez. No hay color.

Mi madre, que es una mujer consecuente con sus decisiones, me pidió que le instruyera en eso de la socialdemocracia, un concepto ya de por sí ambiguo. Y así lo hago cada tarde, cuando llega el intermedio de Sálvame. Mientras Jorge Javier y sus contertulios de probada ejemplaridad y educación descansan del público, yo le imparto unas breve lecciones sobre keynesianismo, el Estado del bienestar, la progresividad de la renta, el congreso de Bad Godesberg y le explico un poco de historia del socialismo español, empezando por Pablo Iglesias (el bueno) y acabando por el desdichado José Luis. Consciente de la excesiva ambición de mi tarea, lo hago con tiento, en pequeñas dosis, para que mi madre no sufra un atragantamiento de progresismo del que luego uno no se recupera por mucha ayuda psicológica que reciba. Confieso que para mí ha sido todo un reto, dados mis orígenes ideológicos. Comencé siendo joseantoniano para luego devenir en conservador, liberal, conservador-liberal, liberal-conservador, centrista y centrado, y hasta voté a los comunistas en unas municipales, lo cual nunca me perdonaré. En fin, que he sido un poco veleta.

Concluyo. Pedro tiene ya dos votos asegurados, el de mi madre y el mío. Y me atrevería a decir que el de muchas mujeres, incluidas algunas votantes de los conservadores; gays de todo pelaje y heterosexuales vacilantes como yo. La socialdemocracia ha vuelto no tras un esfuerzo de renovación interna (el PSOE se asemeja cada vez más a un hogar del pensionista) sino gracias a la llegada imprevista de un joven madrileño que encandila con su mirada. No nos importa que carezca de una sola idea en la cabeza (requisito necesario para ser político con porvenir) ni que nos prometa la felicidad perdida a la pobre clase media. Sólo le pedimos que acierte más que José Luis. Con eso nos basta. Mi madre y yo somos de aspiraciones modestas y de buen conformar, al igual que tantas personas que se criaron en pequeñas ciudades del interior, hoy dejadas de la mano de Dios.