domingo, 21 de septiembre de 2014

Hermosa madurez

Yo los he visto, he hablado con ellos, he escuchado sus penas, he respirado su desasosiego. Creedme: existen. En la calle, en los bares, en los supermercados os cruzáis con ellos cada día, y no advertís (porque no estáis obligados a ello) que eran como vosotros hasta hace poco, hasta que al mundo le detectaron un quiste, allá por el verano de 2007, que resultó ser un cáncer para la economía. Y ellos no tuvieron vuestra suerte. En realidad se lo tenían merecido por vivir por encima de sus posibilidades.

Os hablo de hombres y mujeres de más de cuarenta años que el último viernes de un mes cualquiera, cuando la oficina o la fábrica ya había quedado vacía, fueron llamados por un jefecillo ladino para comunicarles su baja en la empresa. Fue ese día cuando se jodieron sus vidas y comenzaron los lunes al sol, los martes, los miércoles…

Parados de larga duración les llaman los que dicen entender de esto y que por lo general nunca han sido parados de larga duración. Me refiero a los catedráticos liberales, los dignos burócratas que redactan informes con prosa mostrenca, los políticos infames, los periodistas pomposos que opinan sin pisar la calle, toda esa gente que utiliza el paro como argumento fácil, siempre en su propio beneficio, sin reparar en el dolor que se esconde tras esa realidad. Como no lo han vivido, hablan de oídas, y sus palabras suenan vacías, como calderilla verbal, discursos de hojalata.

Hay más de dos millones de personas maduras a las que algo o alguien (su gobierno, el capitalismo financiero, una madrastra alemana, la banca o la Trilateral, qué se yo) les niega la esperanza, también la dignidad. El largo tiempo que llevan sin empleo, esos días que se suceden iguales sin traer ninguna novedad, ha hecho un eficaz trabajo de demolición interior. De la ilusión inicial, del arrojo de los primeros días, se pasó a la tristeza y de la tristeza a la desesperación al ver que todos los intentos por encontrar trabajo se revelaban inútiles, al constatar que ninguna de las puertas a las que llamaban se abría.

Yo los conozco, como os decía. Son amigos, conocidos, parientes. Les llamo para cervecear, pero prefieren no quedar; ponen cualquier excusa, se van recluyendo en sus casas, engordan, toman antidepresivos, van arrojando la toalla. Aprieta la falta de plata. Mis palabras, dichas a través del teléfono, carecen ya de sentido para ellos porque, al cabo de tres años sin horario ni nómina, uno pretende realidades, no bellos y tramposos discursos.  Por eso recuerdo ahora a aquella mujer a la que vi por última vez hace un mes, en una tarde de agosto, después de que viniera de limpiar varias casas en el Ensanche de Valencia. En un café del centro quedé con esta ex empleada de El Corte Inglés y la vi triste, impotente, avergonzada por no hallar una salida. Apenas hablamos. Sus ojos, vidriosos, que rehuían mi mirada, lo decían todo. "Yo antes no era así", se excusó antes de despedirse. 

No he vuelto a saber de ella.

A aquella mujer de maneras delicadas y a otros que están en su misma situación los comprendo: yo he sido uno de ellos y puedo volver a serlo en cualquier momento. Y tal vez tú, honrado padre de familia, chupatintas de medio pelo, empleado ejemplar que miraste para otro lado cuando echaron a algunos compañeros, también tú puedes verte en la puta calle a no muy tardar. Nosotros, los maduros, los que conocemos el significado de las siglas EGB, no podemos competir con la carne fresca, barata y dócil que demanda el Sacrosanto Libre Mercado, con esa juventud robusta y engañada que está dispuesta a transigir con todo para obtener un empleo de fin de semana.

Nuestra hermosa e inquietante madurez despierta recelo entre quienes tienen la poderosa decisión de contratar: tú sí, tú no, tú sí, tú no. No importa que hayamos sido buenos profesionales en nuestro oficio o profesión. No hay tal hoja de servicios. En España, como es sabido, el trabajo bien hecho es lo de menos. Lo que toca ahora, al decir de los entendidos, es reinventarse, pero ¿en qué? 

domingo, 14 de septiembre de 2014

Tenía que ser Madrid

Pudo ser el Levante feliz pero al final fue Madrid. El Madrid de su juventud, aquel Madrid de los años ochenta que le ofrece hoy una oportunidad (no sabemos sin envenenada) de volver a ponerse en pie, al cabo de dos años sin horarios ni nóminas, de una vida en reconstrucción sin una garantía cierta.

Tenía que ser Madrid. A la capital viaja en autobús un hombre ya maduro, cargado de bultos con ilusiones y dudas, disimulando el miedo que le despierta empezar de cero otra vez. Y ya van…

Y mientras observa, aburrido, ese paisaje mortal y marrón que acompaña la autovía de Valencia a Madrid, piensa en él y en los corazones que deja, en lo duro que se hace habitar una nueva vida, en caer en la tentación de pedirle al conductor que pare el autocar, que él se baja y que se vuelve en autostop a su casa y que manda todo a la mierda. Una cabeza castigada por la zozobra, así es la cabeza de nuestro viajero, coronada de canas abundantes y no demasiadas ideas, las suficientes, piensa, para defenderse en las reuniones sociales a las que rara vez acude.

Tenía que ser Madrid la ciudad que le diese la mano para salir del atolladero. Madrid, rompeolas de lo que quedará de España, capital vilipendiada por los aldeanos de las periferias, cruel para quien sólo dispone de calderilla en el bolsillo, Madrid, memoria de un país en ruina, el Madrid del ‘no pasarán’, el Madrid del ‘ya hemos pasao’, el Madrid de las bombas, el Madrid de Quevedo, Larra, Ramón y Galdós, el Madrid de la Gran Vía, Sol, el Prado, la Puerta de Toledo, la miseria y la riqueza juntas de la mano, ¡Ay Carmela, Ay Carmela!, las prisas, las colas, los bocadillos de calamares de la Plaza Mayor, las ninfas de Montera, los travelos de Fuencarral lanzándote besitos, ¿adónde vas, cariño?, el poeta que te regala unos versos en la puerta de la Casa del Libro y el mendigo que grita desesperado en Callao como un actor sin público. Madrid, Madrid, tenía que ser Madrid el que le salvara de morir aplastado por la abulia.

Y el viajero, tras un trayecto tedioso, llega a la capital y entra en el metro y se enfrenta a las caras derrotadas, los mismos rostros vencidos de los últimos cinco siglos, de la gente que acude a un trabajo miserable cuando aún queda lejos el amanecer, en vagones que huelen a existencias vacías, de hombres y mujeres que hablan idiomas extraños y que cada domingo pasean su desolación por el barrio de Tetuán. Vidas bovinas, vidas sacrificadas, vidas de locutorios. Madrid, madre y madrasta, Madrid con sus dos caras, el Madrid de los brazos abiertos y el Madrid hostil en el que el viajero se cruza con cadáveres y se pregunta si ya es uno de ellos. ¿Sobrevivirá a este Madrid absurdo, brillante y hambriento? A poco de pisar sus calles, el viajero comprende que ya ha pasado el tiempo y que ya no es quien fue, aquel joven de provincias que llegó a estudiar periodismo a la Complutense. Ahora es otro: un hombre que, según una noticia de última hora, lucha por preservar el tamaño de su esperanza.   

sábado, 6 de septiembre de 2014

Con Rajoy (sin que sirva de precedente)

A los espíritus delicados, a los que sufren de ardor de estómago, a los pusilánimes, a los equidistantes, a los que del ‘sí pero no’, a los tibios, a los del ‘derecho a decidir’, a los calculadores, a los que nunca se comprometen, a los que nadan y guardan la ropa, a todos ellos les prevengo para que no sigan leyendo este artículo. No creo que les vaya a gustar. Puede incluso que vean lastimada su sensibilidad democrática y tengan que acudir de urgencia al hospital más cercano. Quedan avisados.

Y al resto, a los que os arriesgáis a seguir leyéndome, os adelanto, para que nadie se llame a engaño, que hablaré de la cuestión catalana.

¿Cuestión catalana? Se hace un silencio incómodo tras leer estas palabras. El lector que me tiene más confianza no puede reprimirse:

     ¡No, por favor, otro artículo sobre Cataluña, no! Sé benévolo con nosotros y no nos castigues. ¿Qué hemos hecho mal? Somos honrados padres de familia. Escríbenos algo ligero como tú acostumbras.
     Pero, amigo lector — le respondí—, comprende que debo aclarar mi opinión sobre asunto tan relevante. Es más, también defenderé la unidad de España. 

¿Unidad de España? Se hace un silencio más espeso e incómodo que el anterior. Ya no es una sino varias las voces las que muestran su disconformidad. Uno de los dos lectores progresistas que me quedan se atreve a decirme:

     Oye, tú no serás nacionalista español o algo peor.

Y el otro se suma a la conversación y acaba confesándole:

     Ya sospechaba algo. Siempre sucede igual. A esta gente del interior, en cuanto le rascas un poco, le salen el yugo y las flechas. Son incorrregibles.
     Os pido un voto de confianza —casi les rogué—. Leed y extraed vuestras conclusiones. Allá voy.

Y me puse muy serio, casi como un venerable académico de la Lengua a punto de orinar.

“El 9 de noviembre, día en que está previsto un referéndum para votar la independencia de Cataluña, España se enfrenta a su mayor desafío como nación desde el 23-F. Si aquello fue un golpe de Estado, lo que se prepara ahora es un golpe contra el Estado. Esto segundo es peor que lo primero. En un golpe de Estado, en caso de triunfar, los gobernantes ilegítimos dejarán el poder antes o después; mientras que un golpe contra el Estado, si se consuma, significa su desmembración, casi siempre irreparable. De ahí la gravedad de los acontecimientos, desapercibida para la mayoría de nosotros porque ya tenemos bastante con nuestra batalla diaria de supervivencia.

Nada de lo que se vive en Cataluña es nuevo. Ya ha ocurrido aunque con distintos personajes. Mas hace lo mismo que hicieron Macià y Companys en el siglo XX: traicionar a las instituciones que les habían otorgado su confianza como gobernantes. Como sus dos padres políticos, Mas emplea también el mismo lenguaje ambiguo para ocultar su verdadera intención, que no es otra que la separación de Cataluña del resto de España. Quien es el máximo representante del Estado en Cataluña conspira contra ese mismo Estado del que emana su legitimidad como presidente de la Generalitat.

¿Qué hacer? La prioridad es pasar ese golpe contra el Estado. Tiempo habrá después para el diálogo y apurar los márgenes de la razón y el entendimiento, pero de aquí al 9 de noviembre ya no queda margen para los matices, los grises, la contemporización. O blanco o negro. O se defiende el orden constitucional o se está a favor de los separatistas. En la vida como en la historia, hay momentos en que no se puede jugar la carta de las terceras vías porque lo que está en juego es nuestra propia existencia como personas o como país.

Hagamos cumplir la ley contra esa partida de facinerosos que gobierna Cataluña. No podemos permitir que los dos principales partidos que apoyan la independencia se salgan con la suya, que instauren un régimen con vocación totalitaria que suponga una amenaza para los derechos de la mitad de los catalanes. No podemos tolerar que CiU, una coalición amasada de corrupción y escándalos, y Esquerra, un partido de pasado golpista y que pactó con ETA, se salgan con la suya rompiendo un proyecto de vida en común que, mal que bien, dura ya más de 500 años.

Por eso gente como yo, que amamos a nuestro país a pesar de todo, apoyará, en estas circunstancias excepcionales, al Gobierno de Rajoy, a ese mismo Gobierno que se nos antoja tan despreciable por tantas razones, la última de ellas por preparar un pucherazo electoral que haría las delicias de Romero Robledo. Sin que sirva de precedente, a ese Gobierno de filibusteros le daremos toda nuestra confianza, hasta las 24 horas del 9 de noviembre, si hace todo lo necesario para preservar la integridad de nuestro país.”

Quedé exhausto tras este discurso. Acabado el sermón, me dirigí de nuevo a los lectores —en el que caso de hubiera alguno que me siguiera leyendo— diciéndoles:

     Y ahora, amigos, el que esté libre que tire la primera piedra contra este humilde cronista que por primera vez, y sin que sirva de precedente, ha dicho la verdad de lo que piensa.                      

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi primera cita a ciegas

La conocí en una red social, ¿dónde si no? ¿Fue en Meetic o eDarling? ¿O tal vez fue en Badoo? Hace tiempo de aquello, pero no creo ni espero que fuese en Badoo porque aunque por aquel entonces me hallaba cerca de estar desesperado, circunstancia no del todo abandonada, conservaba ciertos escrúpulos y prejuicios estéticos. Sería, pues, en Meetic o eDarling, tal para cual. Nos saludamos y de primeras nos caímos bien. Nos hicimos las preguntas del manual de instrucciones: ¿qué edad tienes? ¿estás casada? ¿a qué te dedicas? ¿tienes hijos? ¿cuáles son tus aficiones? hasta llegar a la más clásica de todas ellas: ¿qué buscas? Ella se adelantó: “Busco en principio una amistad sana… conocerse, salir, ir al cine, cenar y, si hay feeling, lo que surja, ¿y tú?”

     Yo busco una buena amiga para compartir cosas.
     ¿Qué cosas?
   Amistad, complicidad, ilusiones, afecto. Me gusta dar y recibir. Créeme, soy un hombre muy sensible.

Ella quedó convencida de mis aparentes buenas intenciones, si bien no quiso pasar por alto la advertencia siguiente: “Es que por aquí hay muchos hombres que sólo buscan sexo. Si vieras las burradas que te sueltan por ser mujer”.

     Yo no concibo el sexo sin sentimientos —le dije para tranquilizarla, en lo que sería el primero de una larga lista de embustes.
     Claro, si el sexo está muy bien, pero el sexo a secas, sexo sin sentimientos, sin amor, como que no. Ni que fuéramos animales. ¡Te quedas tan vacía después!
     Sí, desde luego, te quedas muy vacío después.

Se llamaba Laia.

     ¿Y a ti cómo te llaman?
     Marcel.li.
     Así que eres valenciano.
     Claro, de Agullent.
     Yo soy de Sueca, y siendo valenciano, per què no parles en valencià? 
   Porque estoy preparando unas oposiciones de bedel en un ayuntamiento de Albacete y necesito practicar la lengua de los madrileños. Espero que me entiendas. A mí encanta que compartamos una misma identidad.
     Y a mí, la gente como tú, del poble, me llega más.

Ahí quedó la cosa. Nos despedimos, no sin antes darnos los correos para mandarnos una foto. “Así sabemos con quién estamos hablando”, comentó ella. A los dos días me llegó la suya. En la imagen se apreciaban dos seres vivos, el uno era un árbol y el otro, apoyado en el primero, podría decirse que era una persona. La que parecía ser Laia era una figura diminuta, vestida a lo lejos con un abrigo negro que le llegaba a los pies. Su cara no se adivinaba porque la presunta mujer llevaba unas gafas de sol de concha. Para colmo, un gorro moscovita tapaba lo que podía ser su pelo. Lo único inobjetable de la imagen era el árbol. El resto era una incógnita, un misterio, un acto de fe. Yo creí que Laia era Laia porque soy de naturaleza confiada, y eso me bastaba.

Le respondí enviándole una foto que podríamos calificar de ambigua. Yo también llevaba gafas, aunque no de concha, y aparentaba menos edad de la que tenía en ese momento. No en vano la foto era de cuando acabé el servicio militar, recién licenciado de las milicias universitarias. Ella pasó por alto esta extraña circunstancia y me llamaba todos los días por teléfono. “Tienes una voz muy bonita”, me dijo mientras se oía berrear a un niño de fondo. Era divorciada, como la mayoría. “Sí, además dicen que es muy viril. Si vieses las cositas que te podría decir”, me atreví a decir, llevado tal vez por un exceso de confianza. “Ummm, me encanta que seas un poco picarón”, me contestó, lo que no supe cómo interpretar ya que con las mujeres nunca se sabe.

Después de chatear, hablar por teléfono, mandarnos correos triviales, llamarnos cariño y esas sandeces, después cumplir con todo ese paripé tedioso, señoras y señoras, había que quedar. Había llegado el momento de la verdad. El Objetivo. ¿Dónde? Como en el fondo soy un caballero chapado a la antigua, me ofrecí a acercarme a Sueca un sábado por la tarde para tomar el café en el que me jugaba toda mi suerte. Ella, que presumía de tener inquietudes culturales, me citó en la puerta de la casa-museo del escritor Joan Fuster, en la calle Sant Josep.

Ni que decir tiene que ese día me había duchado, cortado las uñas (las de los pies también), afeitado y echado colonia a granel. Lo cierto es que iba hecho un pincel. Yo diría que estaba irresistible. Llegué a la casa de Fuster con diez minutos de adelanto. Estaba nervioso como un quinceañero. Era mi primera cita a ciegas. ¡Qué emoción!

A las seis en punto alguien me tocó en el hombro derecho. Me di la vuelta, deseoso de verla.

     ¿Eres Marcel.li?

Cuando la observé me quedé como la estatua de sal del Antiguo Testamento. Noté cómo la tierra se abría bajo mis pies y me di cuenta de que había llegado la hora de pagar por todos los pecados de esta y pasadas vidas. Creí morirme por un instante, pero al final encontré fuerzas y balbuceé unas palabras:

     No, no, no sóc Marcel.li. Sóc l´assessor del regidor de Cultura i estic esperant-li, però com no arriba crec que me´n vaig a anar.

Y sin que a ella le diera tiempo a contestar, me alejé de aquel fatídico lugar dando saltos y zancadas, como perro que huye tras ser apedreado, y maldiciendo mi mala suerte de pobre diablo que en el castigo llevaba la penitencia por mentiroso e incauto, y por creer en modernidades para las que ya no tenía edad ni espíritu.  

PD. Este blog alcanzó las 10.000 visitas el pasado 25 de agosto, festividad de San José de Calasanz. A quien me leyere le doy las gracias por su interés y comprensión.