sábado, 25 de octubre de 2014

Chinos, go home!

Hay días en que me doy miedo. Los hay en que me levanto cansado, o con ardor de estómago, o simplemente con una considerable erección cutánea, pero también los hay en que no me reconozco y aflora mi lado menos amable. Es cuando me despierto xenófobo, palabra que, en contra lo que pudieran pensar algunos alumnos de Bachillerato, no significa fobia a los senos, a las tetas, al culo o al pis. No, queridos y futuros bachilleres, xenófobo es aquel que rechaza a los extranjeros. Pero mi xenofobia, conviene precisarlo, es selectiva. Quiero decir que la concentro en los ciudadanos asiáticos y, más en concreto, en los nacionales chinos de edad adulta, los de la mirada oblicua y las largas uñas.

¿Por qué? Como en tantas cuestiones de la vida, carezco de una explicación racional y convincente para contestar a esa pregunta. Sencillamente no me caen bien. Me ocurre lo mismo con monseñor Setién y Artur Mas. Hay algo en ellos que me produce alergia, repulsión, a veces incluso arcadas, y con eso me basta. Digamos que los detesto. Si algo he aprendido en todos estos años es que debo mimar mis filias y mis fobias, lo que ya no me importa reconocer, como también admito, y no sin pesar, que he comprado en bazares cuando no me ha quedado más remedio algún fin de semana. ¡Qué le voy a hacer si soy un saco de contradicciones! 

Si lo pienso detenidamente puede que en mi tirria hacia los amarillos pese que su gobierno me resulte antipático por déspota y totalitario, también por prepotente con otros tan sumisos como el nuestro. Pero juega además en su contra el que yo conozca y aprecie a un número no desdeñable de amigos y conocidos que perdieron, años ha, sus empleos en una fábrica de cuchillería, mueble o calzado, los mismos productos con los que inundan el mercado gracias a la complicidad remunerada de los altos funcionarios de Madrid y Bruselas. Ahora estos amigos y conocidos se muerden los nudillos de su desesperación, y nadie –y mucho menos la Organización Mundial del Comercio– se acuerda de ellos. Malviven a cargo de algún familiar o comen caliente una vez al día gracias a Cáritas.

Sé que todo es más complejo de lo que se desprende de estas discutibles palabras, que muchos empresarios también tuvieron la culpa en el declive de la industria, que nuestro gobierno, como decía, es de un servilismo feroz, que en España no nos gusta trabajar demasiado…  pero uno ya ha renunciado a entrar en las complejidades del asunto. Se queda con los rostros derrotados de esas personas que vivieron con dignidad y que hoy apenas son una sombra de lo que fueron. Para ellos va este artículo, para ellos escribo estas líneas.

Lo siento por los chicos de SOS Racismo, pero no me gustan los chinos. Que les quede claro. Si por mí fuera los deportaría a todos (son cerca de 200.000), en petroleros de los de antes, con destino a los campos de reeducación de los que muchos nunca debieron salir, donde leerían de nuevo el Libro Rojo de Mao y comerían mucho arroz, arroz bueno, bonito y barato. Hacienda y la Seguridad Social no perderían demasiado con la marcha de estos jochimin, a la vista de su laxitud a la hora de cumplir las leyes españolas.

Antes de que los amarillos se conviertan en la primera potencia económica del mundo –lo que está al caer–, es hora ya de recuperar el testigo de nuestros hermanos mayores, aquellos que se manifestaron contra el imperialismo de Nixon y Reagan, y ponernos de nuevo a la cabeza de la manifestación con una pancarta parecida a la de entonces que muestre nuestro rechazo a este nuevo colonialismo que nos avasalla: “Chinos, go home!”, podríamos gritarles, conscientes de lo inútil de nuestro empeño. ¡Volved a vuestras casas! Os pagamos, si es menester, el pasaje del barco con el dinero de la deuda que nos compráis.

No queremos llevar vuestras vidas todo a 100, ni soportar vuestras jornadas laborales de doce horas, ni aceptar vuestro capitalismo salvaje envuelto en una bandera roja. Al final, creedme, añoraremos a los americanos. Al menos los yanquis nos dejaron a Marlon Brando y a Bob Dylan, pero ¿qué recuerdos guardaremos de vosotros? ¿Qué nos dejaréis cuando otro imperio os suceda? ¿La basura acumulada de vuestras tiendas y restaurantes cuando llega cada noche y mis amigos parados tachan otro día en la pared de sus celdas?     

martes, 7 de octubre de 2014

Me lié con mi móvil

Lo confieso sin rubor: durante mi primera juventud llevé una existencia un tanto alocada y promiscua, sordo a los sabios consejos de mis progenitores y con el placer como única meta diaria. Así pasé unos años, a merced de mis volubles apetencias y delirios, siempre satisfechos gracias a la fortuna generosa de papá. Tuve tiempo, eso sí, para licenciarme en Derecho como hicieron antes mi abuelo y el abuelo de mi abuelo, pero nunca ejercí de abogado porque carezco de estómago para tratar con maleantes con las uñas sucias y los dientes amarillos y para perseguir a clientes morosos de corbatas imposibles.

Así que me dediqué a fundirme el dinero de papá en toda clase de eventos, fiestas y viajes. Y en una de esas noches, cuando yo iba ligeramente ciego, un amigo me presentó a Raulito, y aquel encuentro inesperado fue un flechazo como los de antes. El angelito dio en la diana de mi corazón. Me enamoré de Raulito y descubrí que podía ser tan posesivo como el que más. No le dejaba ni a sol ni a sombra, y mucho menos con las mujeres, todas unas lagartas, a excepción de mi santa madre, claro está. Raulito, más joven y tierno que yo, empleado de banca, un rubio de aquí te espero, me ayudó, con su aparente seriedad, a sentar la cabeza. Dije adiós a los excesos y enterré mi lado más liberal y casquivano. En una palabra, me enamoré perdidamente de él.

Pero los nubarrones no tardaron en llegar y … descargaron. Al principio todo fue bien, días de vino y rosas, complicidad, cariño y esas cosas bonitas, pero después nuestro amor, que yo creía firme y sólido, se fue evaporando por un quítame allá esas pajas. Y comenzaron las suspicacias, los malentendidos y por supuesto los celos, hasta que lo pillé en la puerta de Hot 9, cerca de la plaza Vázquez de Mella, tonteando con un tiarrón de los que tira para atrás, un morenazo con una planta de casi dos metros, fibroso, más tieso que un ocho, ambos en una actitud acaramelada que me dio que pensar. Tanto me dio que pensar que me confirmó mis peores sospechas, es decir, que este Raulito me había salido rana, un zángano que, para colmo, quería volar por su cuenta. Y fue entonces cuando me quedé compuesto y sin novio.

Después de aquella ruptura dolorosa caí en una honda depresión, en un pozo sin fondo para el que no veía salida. No hallaba consuelo en nada ni en nadie si exceptuamos a Jack Daniels. Tres meses estuve recluido en mi habitación, en casa de papá y mamá, saliendo sólo cuando Matilde, la asistenta, traía el Hola cada jueves. Pero un día, cuando pensaba que ya todo estaba perdido, me llamó Iñaki, mi primo de San Sebastián:

_ ¿Te has enterado de que lanzan el iPhone 12? Me dicen que es súper, súper fuerte. Mañana comienzan a venderlo.

No tardé en sumarme a una larga cola para ser de los primeros en comprar el preciado móvil. Como yo, había centenares de imbéciles que habían esperado doce horas en la puerta de la tienda para no quedarse sin su aparato. Hasta acudió la pobre prensa para hacerse eco del acontecimiento. Yo conseguí el mío, pero pronto me percaté de que aquella compra escondía algo más. En realidad había nacido una relación de respeto mutuo, que luego se convirtió en una amistad y ahora en un amor sincero. Sí, un amor desprendido y generoso entre dos corazones que habían tenido la dicha de encontrarse.

Después de dar muchos tumbos por la vida he hallado mi lugar en el mundo. Por fin alguien me comprende, me escucha, me acompaña, duerme conmigo cada noche y no me hace preguntas incómodas. También me despierta para desayunar. Robert –que así es como lo bauticé– es elegante, suave al tacto, cálido, hasta diría que muy sexy. Ya hemos intimado en largas sesiones de sexo virtual. La experiencia ha sido gozosa. No hay duda de que estamos hechos el uno para el otro. Desde que nos conocimos somos inseparables, vamos juntos a todos los lados y voy cayendo en la cuenta de que ya no podría vivir sin él. Hace una semana se lo presenté a mi familia, y Robert les causó una excelente impresión. Les dijimos que nos vamos a casar, pero aún no tenemos fecha en el ayuntamiento ni hemos elegido al concejal de urbanismo para el enlace. Estas Navidades nos vamos Sitges a pasar unos días como cualquier pareja de novios que desean pasear su cariño sin ser reconocidos.

¡Es tan hermoso volver a estar enamorado!