domingo, 23 de noviembre de 2014

Una temporada en el infierno

Una mañana te levantas y ya estás muerto. Ni siquiera tienen la delicadeza de avisarte después de tantas horas de servicio. Como a todo el mundo, a mí también me llegó la hora. Al principio me encontraba extraño, fuera de lugar, y luego comencé a impacientarme. Desde niño había escuchado que vendrían a buscarme, pero nadie aparecía, ni los de arriba ni los de abajo. Cuando estaba a punto de perder los nervios, impaciente por el retraso, llamaron a la puerta. “¿Se puede? Venimos del infierno”, escuché una voz cavernosa que me llamaba. Abrí la puerta.

 “¿A qué se debe este retraso?”, pregunté, nervioso, a una pareja de diablos con toda la pinta de estar contratados por horas, a juzgar por su aspecto de personal malpagado.
_ Disculpe, pero con esto de los recortes no damos abasto _me comentó el que parecía más espabilado.

Me metieron en una bolsa gris de las que se usan para tirar la basura de los restaurantes chinos y me introdujeron en la parte trasera de una camioneta. Ignoro dónde me llevaron, pero el viaje fue largo y pesado. Hasta nos paró la Guardia Civil para pedirnos la documentación. Por suerte los demonios la tenían en regla, y nos dejaron continuar.

“Ya puede salir”. Saqué la cabeza de la bolsa perfumada. Estábamos en un páramo, sin asomo de vegetación ni vida animal. Hacía mucho calor. Me hicieron andar unos diez minutos por un sendero hasta que divisamos una larga cola de finados. Me coloqué el último y me fijé en el resto de los pecadores –hombres en su mayoría- que aguardaban a entrar en un edificio que se asemejaba a un hotel de tres estrellas en Oropesa del Mar, ciudad de vacaciones. Aquellos rostros me resultaban familiares: había ex ministros, cardenales, pedagogos, dirigentes sindicales y de la patronal, abogados de renombre, jueces, militares de alta graduación… Nadie daba señales de arrepentimiento. Todos estaban de farra. Aquello parecía más bien una fiesta interminable, como si sus almas no estuviesen condenadas a vagar por el averno durante la eternidad.

En la puerta un demonio encogido y malhumorado, que trabajaba con evidente desgana, tomaba nota de nuestras identidades y nos informaba de los pecados que nos habían llevado a la perdición.

_ ¿Nombre y primer apellido?
_ Mario Volpini.
_ Condenado por pecar contra el sexto mandamiento.
_ ¿Con quién?
_ Según los informes que obran en nuestro poder, con mujeres casadas, viudas, divorciadas y solteras necesitadas, también con doncellas, y además de manera reiterada y sin acto de contrición alguno.

Bajé la cabeza. Llevaba razón ese diablo cojuelo y desdentado. Todo era cierto. La carne es débil, vaya sí lo es, sobre todo cuando se alcanza cierta edad, y pasé al vestíbulo del hotel-infierno. ¡Qué sorpresa la mía cuando casi me tropiezo con Alfonso XIII, que estaba barriendo los rincones, vestido con un mono gris lleno de lamparones! En otro extremo de la sala, cuatro diablillos torturaban en un potro a Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, a quien estaban arrancándole los pezones y las orejas con unas tenazas. Sus gritos eran espantosos, pero a mí se me antojó leve el castigo dada la gravedad de las sevicias que este religioso impostor había cometido con menores.

Otro demonio, en este caso simpático (no todos iban a ser desagradables y taciturnos), me dijo que disponía de una hora libre antes de pasar al interior del edificio. Tenía tiempo para tomarme algo en la cantina. En un rincón había sentada una pareja de enamorados que, como toda pareja de enamorados, estaba tonteando y diciéndose ‘cuchi-cuchi’ y otras zalamerías. De lejos no los reconocí porque me había dejado las gafas en casa, pero cuando me fui aproximando me percaté de que los había visto en los libros de historia. Eran Francisco (Franco) y Dolores (La Pasionaria), con medio millón de muertos a sus espaldas, suficiente pecado como para ser condenados en mil infiernos. Por lo que se ve, después de tanto odiarse, habían encontrado el amor, al revés de lo que le sucede a la mayoría de las parejas. Allí dejé a las dos Españas, haciéndose carantoñas y arrumacos como si nadie les estuviera observando.

Cuando aún no me había repuesto de semejante visión, un diablo de nombre Virgilio me pidió que lo acompañara a la primera de las estancias que visitaría. Encima de la puerta había un letrero que rezaba: “Abandonad toda esperanza”. Desde fuera se escuchaban los alaridos de voces conocidas. Cuando entré me di cuenta de que la sala estaba reservada para toda clase de cantantes latinos. 

“¿De qué se les acusa?”, pregunté, interesado, a Virgilio.
_ De ser un mal ejemplo para jóvenes y adultos, de componer canciones machaconas con letras para horteras y faltos de entendederas, de practicar bailes obscenos que invitaban a tener refregones.
_ ¿Refregones?
_ Sí, refregones, ya sabe usted cómo es de caliente esta gente latina. ¿No reconoce a ese hombre?

Le estaban golpeando las caderas, su principal atractivo en los escenarios. Era Ricky Martin, que pedía clemencia sin merecerla. Acabó con todos los huesos rotos y la cabeza destrozada. Fue desagradable que parte de sus sesos acabasen manchando el dobladillo de mis pantalones de tergal. En el otro extremo de la sala había una gran tinaja con agua hirviendo en la que se cocían, entre gritos y lamentos, Chayanne, Carlos Baute, Jennifer López, Gloria Estefan, Shakira, Marc Anthony y alguno que me olvido, aunque no reviste gran importancia dado el parecido que hay entre todos ellos.

Al escuchar sus quejidos di gracias al Altísimo porque su justicia, a veces de una exasperante lentitud, se había impuesto por fin a esa infame turba de artistas que había perturbado las siestas de mi juventud. Aún recuerdo a aquella  vecina del piso de al lado, colombiana de nacimiento, residente en Mazarrón, que me martirizaba todas las tardes de verano con algún disco de aquellos desdichados.

Dejé aquella sala con satisfacción y me adentré en otra, guiado por Virgilio, de grata compañía y verbo fácil. La siguiente estancia estaba dedicada a los periodistas. Vi a antiguos directores de periódicos (incluido un palurdo de Requena a quien obligaban a limpiar sus excrementos y sus orines con la lengua), contertulios de radio y televisión, tan previsibles y tan aburridos; columnistas políticos a quienes nadie tomaba en serio; comentaristas deportivos que habían alcanzado la fama sin saber leer ni escribir. Todos eran azotados con saña, unos por mediocres, otros por mentirosos, bastantes por sobrecogedores. Después de azotarlos les arrancaron las uñas y las cejas. El espectáculo era dantesco (nunca mejor dicho) y entonces me alegré de haber abandonado el barco, el periodismo, mi primer oficio, antes de que se hundiese.

Pero me quedaba por ver la peor de todas las salas, aquella que acogía a los peores malvados, a los sujetos más deleznables. No vestían ya de traje y corbata, sólo cubrían sus vergüenzas con taparrabos. En su tiempo fueron hombres poderosos y ricos, cubiertos de halagos y parabienes. Sin embargo, una vez muertos, los Botín, Escámez, Garnica, López de Letona, Conde y Rato no habían podido comprar una entrada para un palco en el cielo. A todos estos banqueros les quemaban los ojos con hierros fundidos, les arrancaban el pelo, les cortaban los tendones hasta que se desangraban. Les escupían y se reían de ellos. Cuando parecía que todo había terminado recuperaban su forman anterior, y de nuevo comenzaba la tortura para que el sufrimiento fuese infinito.

Es un castigo merecido por todo el daño que ocasionaron a su país, me comentó Virgilio. Pensé que llevaba más razón que un santo aunque esta palabra, la de santo, estuviera fuera de lugar. Cuando seguía disfrutando del espectáculo y creía que me llevarían a la siguiente sala, reservada a constructores y promotores inmobiliarios, me tocaron en el hombro. Me giré y vi a una diablesa, una diablesa que ya quisieran muchos para sí.

_ Me acompaña, por favor. El Jefe quiere verle.   

Subimos en ascensor hasta la planta noble. La diablesa, llamada Lucinda, desapareció sin que me percatara. Me encontré solo ante la puerta de un despacho decorado con gusto y pulcritud. Creí identificar algún mueble de los que se venden en la tienda de Ikea en Alfafar. El Jefe, es decir, Satanás, Lucifer, Belcebú, se estaba cortando las uñas.

_ Adelante, pase, por favor.

Que me hablaran de usted fue un detalle de buena educación, acostumbrado como estaba a que en mi anterior vida todo el mundo me tuteara, señal inequívoca de la decadencia a la que había llegado nuestra sociedad.

_ Le he llamado a mi despacho porque quiero proponerle un trato.

Satanás me recordaba a un antiguo consejero del Gobierno valenciano, un político culto, astuto y muy leído, condenado por malversación de fondos y que se había salvado de la cárcel al morir atropellado por un funcionario que le tenía ganas.

_  Le escucho, dígame de qué se trata.
_ Sabemos que usted fue periodista y necesitamos a alguien que lidere nuestro departamento de comunicación institucional. Los de arriba nos están ganando la partida. Se han posicionado mejor en el mercado.
_  Pero hace años que dejé el periodismo _objeté sin demasiada convicción.
_ Lo sabemos, pero no nos importa. Hemos pensado que podría hacer un curso online para experto en redes sociales. Necesitamos vender mejor nuestro producto.

Me hice el interesante.

_ No sé, no sé, debo pensármelo.
_ Créame, nuestra oferta es inmejorable en estos tiempos. Serían treinta mil euros de sueldo fijo más uno variable por objetivos.
_ ¿Con contrato indefinido?
_ Sí.
_ ¿A jornada completa?
_ Por supuesto.
_ ¿No tendría que darme de alta como autónomo?
_ En absoluto.
_ Sólo le pediría algo más: tener a Lucinda como secretaria.
_ Conforme. Empieza mañana.


Y nos dimos la mano. Era el mejor trabajo que había tenido si incluyo todos los de mi anterior vida. Pensé que como iba a pasar una larga temporada en el infierno, lo mejor es que estuviera ocupado y, a ser posible, cobrando un buen sueldo. El Maligno no era tan malote como me habían dicho. Tenía un punto de arrogancia que me gustaba. Me había ganado para su causa. ¿Dónde mejor que en el infierno para darse una segunda oportunidad?        

sábado, 8 de noviembre de 2014

Corazón

Un corazón fatigado intenta impartir clase en el instituto de un pueblo de la sierra de Madrid. Lo intenta levantando la voz, pero apenas puede hacerse oír entre la algarabía de sus alumnos. Afuera llueve, y las gotas de agua salpican los cristales. El invierno ha llegado después de pensárselo unas semanas. El profesor ve la mano alzada de un alumno y se abre paso con dificultad entre los pupitres para atenderle. Quiere ir al servicio, le dice. El profesor duda por un momento, teme por su autoridad y le contesta que no. El adolescente (porque de adolescentes hablamos) refunfuña y se calla por fin.

    –  ¿Alguien sabe quién fue Julio César?, pregunta el profesor sin saber por qué diablos lo hace si él es profesor de lengua castellana. 

Una, dos, hasta tres voces masculinas gritan al unísono, como si se tratara de una estrategia planificada de antemano:

     ¡El portero de Brasil! 
       
El profesor, que ya dejó de considerar el fútbol como un deporte digno de su atención, queda sorprendido por la respuesta, pero no se rinde:

    –  ¿Y Napoleón? ¿Alguien me puede decir quién fue Napoleón?

Esta vez se hace el primer silencio en la clase. Nadie parece saber quién fue Napoleón. Pero una voz tímida surge de la primera fila, la voz de un niño de cuerpo menudo y de ojos azules:

   ¡Yo lo sé! Un general francés.  
       
Al profesor casi se le saltan las lágrimas. No cabe de gozo tras escuchar al pequeño. Es la primera alegría de la mañana y con toda probabilidad será la última. “No está nada mal que uno de mis treinta alumnos sepa quién fue Napoleón”, se dice a sí mismo, dándose ánimos para convencerse de la utilidad de su trabajo. El resto de la clase transcurre entre llamadas al orden e inútiles intentos por explicar el sintagma nominal. Hay una confusión de voces y de acentos. Vuela un bolígrafo sobre su cabeza. Se da la vuelta, pero no descubre al autor de la travesura. Al final el profesor se da por vencido y cuenta los minutos para que suene la sirena del recreo, una señal que él asocia con una liberación deseada y momentánea.

En la sala de profesores se encuentra con un abnegado sindicalista que, en vísperas de unas elecciones, hace una encendida defensa de la educación pública. Promete que todo irá mejor si se le vota a él y a sus compañeros. La mitad de los presentes no le escucha. El profesor, que es nuevo en estas lides, presta atención para no perderse un detalle del espectáculo. Una compañera, sentada a su derecha, visiblemente alterada, se toma una píldora y le confiesa que está harta de su grupo de Secundaria. “No los aguanto”, añade. “El año que viene me pido una excedencia”, insiste mientras digiere la pastilla con dificultad. Otro compañero, con trazas de veterano, la tranquiliza diciéndole: “Tomátelo de otra manera; piensa en cómo acabar cada día y en mirar tu cartilla cada fin de mes”. Tal vez lleve razón el compañero, medita el profesor, puede que no haya que tomarse las cosas tan a la tremenda e ir tirando como se pueda, en sobrevivir. Entonces suena la sirena. Ha acabado el recreo, y ahora en lo que piensa en acabar sus clases y en descansar un poco.

Pero antes pasará por el bar donde come cada día. Allí ve las noticias de la televisión. Un ministro conservador defiende la idoneidad de la última Ley de Educación, “basada en la promoción de la excelencia y el esfuerzo”, según proclama arrancando un fuerte aplauso entre sus correligionarios. El jefe de la oposición, un diputado progresista, toma la palabra y amenaza con derogar dicha ley si llega al Gobierno. Al igual que el abnegado sindicalista, hace una cerrada defensa de la educación pública y de la igualdad de oportunidades. La bancada progresista se pone en pie para ovacionarle, en otra de las jornadas calificadas como históricas por los cronistas parlamentarios.

Cansado de la palabrería de unos y otros, el profesor acaba su café, paga y se marcha a casa, un piso de alquiler sin una brizna de calor, situado en un pueblo donde no conoce a nadie y en el que a las seis de la tarde no hay un alma por sus calles. ¡Qué descansada vida la suya y la de los lugareños de la villa! Al entrar en casa mira, con cara de disgusto, la pila de exámenes que le aguarda. Le llevará varias horas corregirlos. Piensa que no nació para juzgar, y mucho menos a su grupo de pilluelos, y le duele hacerlo, vaya si le duele, pero no queda más remedio. Y cuando llegue al décimo suspenso se descubrirá llorando, lo cual es raro en él porque no acostumbra a llorar por nada, y no sabrá por qué llora; puede que porque se siente solo, atado a esa soledad cuyo lenguaje sólo entienden los emigrantes, o puede que sea por esos adolescentes que, pese a ignorarlo todo sobre Napoleón, le han devuelto un poco de ilusión a su corazón fatigado.