jueves, 25 de diciembre de 2014

Después de esta guerra

Después de la guerra unos señores bien vestidos firman un armisticio en un hotel elegante de una capital europea. A esa hora, los campos de batalla continúan llenos de cadáveres reventados por la metralla de las bombas. Cuesta deshacerse de ellos para enterrarlos en fosas comunes. Lejos del frente, los ejércitos victoriosos son recibidos por la gente entre muestras de júbilo, mientras las familias de los muertos los lloran en silencio. Muertos que pasarán pronto al olvido pues la viuda desconsolada de hoy será la dichosa esposa del mañana, tal como nos enseñan las leyes de la experiencia.

Es ahora cuando el presidente del Gobierno de este desdichado país ha decretado que la guerra (nuestra guerra) ha terminado al cabo de siete años de sufrimiento, pobreza y humillaciones. Le escucho leer el parte final ante una representación de la facción ganadora. Me entristece todo lo que oigo y veo. Porque yo soy un mutilado de guerra, uno de tantos. Quien quiera ver mis heridas, aún sin cicatrizar, quien quiera tocarlas para creer, puede hacerlo. Sigo convaleciente, como podéis ver. Pero al final y al cabo he tenido la suerte de contarlo, de no seguir el camino de otros compañeros que yacen tirados en alguna cuneta, quién sabe si con dos tiros en la nuca, sin que a estas alturas nadie conozca su paradero, a excepción de algunos animales carnívoros acostumbrados a sobrevivir en los montes.

Víctimas necesarias de la contienda, nuestros compañeros difuntos serán homenajeados en funerales de Estado por los hijos de los vencedores, pero eso tardará en llegar. Se necesita tiempo para que te levanten una estatua de bronce y te honren como un soldado valeroso y desconocido. Hoy sólo eres un muerto con la cara desencajada y no te has enterado de que la guerra ha terminado, esa guerra que algunos se empeñan en llamar crisis. ¡No la llaméis crisis! Llamadla guerra, una de tantas que se han vivido en la Historia, refugio de canallas y teatro de valientes, una guerra con vencedores (¿aún lo los habéis reconocido?) y con un ejército de derrotados, lúcido aviso para navegantes, para todos aquellos que osen tocar una partitura distinta a la ordenada.

La guerra, vienen insistiendo, ha terminado un día gris de diciembre de 2014. Una parte de la población civil, aquella que ha sido más castigada por los daños colaterales, acoge como puede a los soldados heridos. Entretanto, los vencedores ya han elegido a los cronistas para que violenten los hechos pasados hasta hacerlos irreconocibles. No quedarán pruebas de la historia cierta. Triste ventura la de esos millones de hombres y mujeres que fueron traicionados y serán pronto olvidados, la de esas generaciones sacrificadas en aras de la continuidad del enloquecido sistema. Nadie será capaz de mencionar sus nombres. Porque será de mal gusto recordar una época de la que tendríamos mucho de lo que avergonzarnos. A los sensatos, a quienes hiciesen un esfuerzo por advertir sobre los errores del pasado, a los ex combatientes que vieron morir a sus compañeros en las trincheras y lo denunciasen, se les tomará por aguafiestas.

Este desmemoriado país se habrá sumergido de nuevo en otro periodo de falsa prosperidad. Una vez más se hablará de nosotros como un milagro económico. La fiesta, interrumpida por falta de pago, se reanudará. Volverán los buenos tiempos, las vacas gordas, el dinero fácil. Compraremos felicidad a plazos... 

Prepárense. El espectáculo de la recuperación va a dar comienzo. Acomódense en sus butacas. Luces apagadas. Silencio, por favor. Cierren los ojos, relájense y olviden, sobre todo olviden lo que vivieron y vieron en estos años que algunos llamaron crisis cuando en realidad fue una guerra de las más desoladoras que se recuerdan.        

domingo, 14 de diciembre de 2014

Hace no tantos años

Hace no tantos años, cuando yo vestía de corto, el pan sabía a pan y los tomates sabían a tomates. En aquel tiempo, los abuelos te daban quince pesetas para comprarte el último tebeo del Capitán Trueno y el frío del invierno era una sensación cierta y predecible. Los domingos por la tarde tu padre, en pijama y con la camiseta de algodón puesta, se pegaba al transistor con la ilusión de que su modesto equipo de Tercera División ganase al contrario, y los árbitros, no lo olvidemos, vestían de negro al igual que el cantante Raphael, siempre fiel a sí mismo.

Cuando me paro a recordar aquellos años me veo también acompañando a mi abuelo materno por la calle principal de mi ciudad, él con el Abc bajo el brazo y yo, feliz y pizpireto, mascando un sugus de naranja. Los hombres casados se saludaban y se preguntaban por sus ‘señoras’ y los novios se dirigían, con el paso acelerado, al Parque de los Mártires a disfrutar de unos breves momentos de placer furtivo. Si veías a alguien corriendo por la calle, fuese hombre o mujer, que para el caso era igual, pensabas que estaba fuera de sus cabales y podías avisar a un guardia. No imaginabas que podía estar haciendo deporte. La gente estaba orgullosa de sus barrigas pues a España aún no había llegado esa funesta manía americana de mantenerse en forma. En verano los hombres lucían sus torsos peludos sin complejos, y a las mujeres las enterraban con los mismos pechos con los que sus madres las habían traído al mundo.

Eran otros tiempos, es cierto, cuando los niños llamaban de usted al maestro y no había compañeros hiperactivos sino tocapelotas. A los ancianos se les cedía el asiento en los autobuses y a los muertos se les velaba en casa. Ni mayores ni niños se traumatizaban por ello. Entonces, el mayor acontecimiento que podía vivirse era el estreno de una televisión en color (un telefunken o un radiola, por ejemplo), hecho sólo comparable a la llegada del hombre a la Luna, aunque tus padres te enfriaban pronto los ánimos al mandarte a la cama cuando emitían una película de un rombo. No había mucho dónde elegir, sólo dos canales en el mejor de los casos, pero nos bastaba con las humoradas de Don Cicuta y la picardía de las azafatas de Chicho Ibáñez Serrador los viernes por la noche.

Y en Navidad tocaban a la puerta para pedir el aguinaldo, y en el buzón encontrabas una carta de un pariente olvidado de Murcia, un solterón triste que te deseaba unas felices Pascuas. Los periódicos, papeles en blanco y negro, informaban siempre del pulso firme del Caudillo, de la sacrosanta institución familiar, de la unidad de la Patria, casi siempre amenazada por los bárbaros, y de que éramos la séptima o la octava potencia industrial del mundo, que ya ni lo recuerdo. Nadie, ni siquiera los más entendidos, conocía el significado de palabras que tardarían en llegar, palabras o expresiones homicidas como ‘sinergias’, ‘reestructuración laboral’ o ‘crecimiento negativo’. Además salíamos a la calle sin preocuparnos por si alguien te llamaría a casa por teléfono porque estabas seguro de que al regresar tu madre o tu esposa te darían el recado y devolverías la llamada antes de comer y echarte la siesta.

No sé si éramos más felices entonces, ni siquiera sé si el deseo de ser feliz era tan importante como lo es ahora. Las personas sencillas vivían como buenamente podían, y se apartaban cuando un embaucador les intentaba vender solemnes y campanudos discursos. Como conocían los límites de la realidad, gastaban sólo lo que ingresaban. Por eso, cuando me dejo vencer por el peso irreal de los recuerdos, extraño aquellos largos inviernos de mi infancia, precisamente ahora que la Navidad se estira como un chicle para que los grandes comercios hagan caja, y los niños (o una gran parte de ellos) desconocen quién fue y dónde nació Jesús de Nazaret.