jueves, 31 de diciembre de 2015

Me he comprado un año

Hay días de este invierno raro y cálido en que echas la vista atrás y sólo encuentras un puñado de episodios dignos de recuerdo. Quizá sean seis, diez, no más de una docena. Tienes entonces la sensación de haber malgastado el tiempo que te confiaron al nacer. Pero, por suerte, no siempre llegas a esta conclusión desoladora. El humor de uno es voluble, va y viene como una veleta que apunta en distintas direcciones, zarandeada por el viento. Si una mañana el sol ha pensado en ti dedicándote alguno de sus primeros rayos, piensas que, al fin y al cabo, has hecho lo que has podido con las cartas que te tocaron en suerte.

Todo esto no pasa de ser un ejercicio de melancolía, bien lo sé, pero me resulta útil para alcanzar una certeza entre todas las dudas de las que me alimento. Esa certeza es que el tiempo corre cada vez más en esta partida que juego desde hace 47 años. Por eso ya no me puedo permitir el lujo de desaprovecharlo. Han sido demasiadas las veces en que he hecho lo que tocaba hacer pero no lo que me gustaba hacer. Quizá haya llegado el momento de ser menos cauto y responsable, de cambiar la cordura por la osadía, de decir, en suma, lo que uno piensa y no lo que le conviene escuchar a la gente. De jugar a la ruleta rusa para inyectar sangre fresca a las hojas del calendario. Lo triste sería darle cancha a la mediocridad, ese ir tirando que acaba siendo nuestra tumba, el sumidero por el que desaparecen tantas buenas intenciones.

Deseo que 2016 sea distinto; quiero un año para exprimir, abusar de él, amarlo y desearlo; un año que no me sea indiferente y que pueda recordar siempre con una sonrisa borde; un año, con cada uno de sus 365 días, que no me traiga respuestas sino preguntas porque sólo me encuentro a gusto explorando el territorio de la duda.

Ahora que medio país duda sobre qué regalar en Reyes, yo tengo claro lo que haré. El mejor regalo es el que uno se hace a sí mismo. Nunca te equivocas. Cuando llegan estas fechas, me reservo una tarde para comprarme un nuevo año. Sé que todo el mundo lo hace, aunque se lo calle. Esta Navidad será distinta a las anteriores, cuando iba de tienda en tienda en busca de la mejor oferta, a la caza de un año rebajado que me ofreciese la mejor relación calidad-precio. Luego, a los pocos días de usarlo, le descubría siempre alguna tara. O encogía a la primera lavada. O se le agotaban pronto las pilas.

Esta vez será diferente porque sólo pienso conformarme con un año de lujo. Nada de rebuscar en las estanterías de los chinos o del primark para encontrar una ganga. Ya he tenido bastante de eso. Iré a Serrano, donde me han dicho que acaban de abrir un establecimiento entre Cartier y Loewe que vende años made in Italy. Diseño de altura, toque selecto, firma de prestigio. Lo mejor de lo mejor. Valdrá un pastón, me imagino, pero lo bueno es siempre caro, según me recordaba mi abuela paterna, y qué razón tenía la buena mujer. Así que no puedo dejar escapar una oportunidad como esta. Si hay que pedir un crédito se pedirá. Si hay que sablear a la familia se sableará también. Pero todo sea por llevarme a casa el año que siempre deseé desde niño y nunca me atreví a pedir a los Reyes. Un año que pueda mirar a la cara sin avergonzarme cuando toque hacer el recuento definitivo. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

Lo que no te contaron del 20-D

Puedo decir que estuve allí, en el lugar del crimen. Acudí a los principales escenarios de la noche electoral del 20 de diciembre, a las sedes nacionales del PP y del PSOE y a la fiesta de Podemos, intentando contagiarme de la decepción o el entusiasmo de los militantes, pero, por mucho que lo intenté, por muchos esfuerzos que hice por empaparme de ese cambio histórico que todos anuncian, no lo logré. Será culpa mía, debido tal vez a mi falta de compromiso con este tiempo, a una mezcla de cinismo e indiferencia, a que me voy haciendo mayor, qué se yo.

Perdonadme.

Lo cierto es que me ilusioné cuando se acercaba el gran día. Como sabéis, he sido —sigo siendo— periodista, pero tengo escasas ocasiones para ejercer el oficio. Me ofrecí a algunos medios pero, al comprobar que ninguno quería contratarme, me monté una empresa, llevado por un espíritu de emprendedor que hace de la necesidad virtud. Allí donde hay una crisis (la falta de trabajo), hay una oportunidad, pensé. Y fundé Carabanchel News en homenaje al barrio donde resido.

La mía iba a ser una empresa de un solo trabajador. Como tantos autónomos siempre he aspirado a ser mi dueño, a no tener jefes, a explotarme las 24 horas del día. Carabanchel News iba a estrenarse en las elecciones generales en formato digital. Mi inversión en el proyecto sería moderada porque he aprendido a optimizar los recursos. Me bastaba con un transistor grundig, adquirido por 16 euros, con el que seguiría la evolución del escrutinio; una libreta moleskine que me regalaron y no había usado aún; dos bolígrafos bic y una tarjeta del Metro para desplazarme. El resto era cuestión de talento y suerte.

¿Cómo y por dónde empezar? Por el PSOE, evidentemente. Es el partido que más años ha gobernado España (21) y que no levanta cabeza desde que se marchó el inefable Zapatero, que Dios lo tenga en su gloria. Llegué a la estación de Argüelles a las nueve y media de la noche y bajé por Marqués de Urquijo en dirección a Ferraz. Me crucé sólo con tres personas. Siempre me ha gustado la calle Ferraz, corazón de un barrio que, aun siendo de familias acomodadas, carece de la agresividad clasista del barrio de Salamanca. 

En la puerta de la sede de los socialistas había una decena de periodistas. El interior del edificio estaba tomado por militantes siguiendo los resultados. A Pedro Sánchez, en esos momentos, las radios lo daban ya como presidente del Gobierno. Llegué a creérmelo. No intenté pasar porque no llevaba credencial. Me limité a mirar, a través de unos cristales, a unas estupendas reporteras de televisión que conectaban en directo para informar de que no había nada que informar, porque ningún dirigente daba la cara. En la fachada del edificio habían desplegado una imagen gigante del candidato, camisa blanca de nuestra desesperanza, que comenzaba a ser historia porque no hay nada que envejezca con más rapidez que un cartel electoral.

En la sede del PSOE no estaba la noticia, evidentemente. Por allí no iba a pasar, ni de lejos, el viento de la historia (disculpad que me haya puesto retórico), así que me fui a la sede del PP. Me bajé en Colón, que estaba cortada por la policía. Apenas un centenar de militantes se habían concentrado a las diez y cuarto frente a la sede de los conservadores, un edificio de siete alturas, con las luces encendidas en todos los despachos, pero que parecía deshabitado porque nadie se dejaba ver.

Como el mercado se adapta a cualquier circunstancia, de acuerdo con ese principio de que cualquier demanda ha de ser satisfecha, tres hombres intentaban vender banderas de España, adquiridas en bazares chinos esa misma tarde.

— Me dice, por favor, cuánto valen.
— La pequeña, cinco euros; la grande, diez.

Pongo cara de estupefacción.

— Tome una.

Rehúso comprar. Uno es patriota con moderación, hasta cierto punto. Cinco euros por una bandera de 30 por 20 centímetros, fabricada en Bangladesh, es siempre un mal negocio para el cliente. El hombre se quedó sin vendérmela y comenzó a tantear a un grupo de jóvenes muy chic, que vestían ropa con la marca El Ganso.

En las casi dos horas que permanecí en la calle Génova me aburrí mucho, como pocas veces desde que vivo en Madrid. El ambiente era frío. Desencanto y desánimo era lo que observé en las caras de los militantes. Ni siquiera las canciones de jazz que salían de unos altavoces caldeaban nuestros ánimos. Poco a poco el lugar se fue llenando de matrimonios respetables que llegaban con sus hijos; de más jovencitos pijos e incluso de tres hipsters que llevaban una pancarta que decía ‘Menos Podemos y más torreznos’. Algunos periodistas los entrevistaban para introducir una nota de color en sus crónicas en las que poco había que contar.

El viejo líder y su prole se resistían a salir al balcón. Un hombre calvo y gordo, que estaba a mi lado, se impacientaba. Yo seguía los escrutinios por la radio y pensaba que íbamos a tener un país ingobernable, el sueño de cualquier anarquista. La muchachada popular coreaba lemas o cánticos que siempre tenían a España como palabra central. El muy conocido Yo soy español, español, al que había que añadir ¡España unida jamás será vencida!; el imprescindible ¡Viva España!, grito al que debíamos responder con un enérgico ¡Vivaaaaa!, y un esporádico ¡Arriba España!, que tuvo un eco muy tímido. ¡España, España, España!

Creo que apelaban a España porque tenían los pies fríos, como yo, de tanto esperar. Con un hambre de lobo (no había cenado aún) y, perdida ya la esperanza de ser testigo de un día excepcional, esperaba con ansiedad a que el líder saliera a bendecirnos. Un detalle me hizo intuir que pronto aparecería. Una militante comenzó a repartir banderas azules del partido a todos los que estábamos en la primera fila, separados por una valla de los periodistas. Entre ellos estaba mi antiguo compañero y excelente fotógrafo Alberto di Lolli. En este caso, la bandera era gratis pero tampoco la cogí. ¡Qué hubieran pensado de mí si me hubieran visto en la tele agitando una banderita del PP después de todo lo que he dicho de ellos estos cuatro años!

A las doce de la medianoche los altavoces arrancaron con unos acordes rockeros de guitarra y apareció el viejo líder, acompañado de su esposa Viri, y detrás un grupo de conocidos. No hace falta que os diga quiénes eran. Tuvieron que apretarse para caber en el balcón. El viejo líder, que acaso vestía sin corbata para congratularse con los tres hipsters del partido, prometió gobernar y dialogar. Este hombre es rocoso y se niega a que lo den de nuevo por amortizado. Todos exhibían risas de cartón y saludaban al pueblo (lo de pueblo es un decir) que los fotografiaba con sus móviles. Aquella escena duró diez minutos. Luego vi las imágenes en televisión y parecía que éramos una multitud, decenas de miles de personas aclamando a Evita delante de la Casa Rosada. Y, sin embargo, éramos sólo unos trescientos, un tercio de ellos periodistas. Así nos engañan.

Me quedaba un último acto por cubrir, el de Podemos. Las radios habían destacado el ambientazo que se vivía, a esas horas de la noche, en la plaza que hay junto al Museo Reina Sofía. Llegué a Atocha a eso de las doce y media. Al salir del Metro ya se oían los vítores y los aplausos de la gente. La mitad de la plaza estaba llena; pude ver a unas 3.000 personas. Eran jóvenes en su mayoría y muy distintos, en su apariencia, a los que había visto en Génova. Estaban entusiasmados con el momento que la Historia les había regalado y se hacían autorretratos para recordar aquella noche.

Como quedó dicho que el mercado se adapta a cualquier circunstancia, un grupo de paquistaníes vendían cerveza. Aquí la gente sí compraba. Entre una bandera de España y una cerveza no hay ninguna duda en la elección. En este país siempre hemos tenido a los símbolos nacionales en cuarentena. El periodista y ex diputado socialista, Ferran Bono, era uno de los que bebía cerveza mientras paseaba entre la gente. La plaza empezaba a estar sucia por la cantidad de latas que había en el suelo.

Esa noche vi y escuché a dirigentes que decían representar el futuro pero que hablaban como en el pasado. Aquello se parecía a una asamblea universitaria de los años setenta. La iconografía era la de entonces: banderas republicanas, puños en alto, alcohol barato, fumeteo de hierbas… Me tocó escuchar las intervenciones de Carolina Bescansa e Iñaki Errejón. Son inteligentes y van a por todas. Con diferencia, son los más avispados del tablero político. Si les dejan y no cometen errores alcanzarán el poder. Pero no creo que sea bueno para mi país que una coalición de antiguos comunistas y filoseparatistas nos gobierne. Si ellos son el futuro, yo soy, indudablemente, el pasado. Si he de escoger, elijo la España que se marcha y no la que está por llegar.

El mesías se reveló cerca de la una de la madrugada. Su intervención pareció el sermón de la Montaña. Ayudándose por unos papeles, leyó un discurso muy lírico en el que recordó a un tío ejecutado por los franquistas, los jardines de Atocha, la sonrisa de los niños, a los funcionarios que cumplen con su deber, la justicia social, la decencia, a los comunistas La Pasionaria y José Díaz, a la anarquista Federica Montseny… Gente del pasado con responsabilidad en la carnicería del 36.

Estaba cansado. Me dolían los pies. Tenía frío en la tripa. Los jóvenes seguían aplaudiendo y fotografiando a todos/as sus amigos/as.

A mí me iban a cerrar el Metro. Por eso salí corriendo. Mientras me alejaba escuché la voz de Paco Ibáñez cantando A galopar, una canción de un pasado que creía superado y que amenaza con volver.  

lunes, 14 de diciembre de 2015

¿Aún te lo crees?

Ya han llegado los titiriteros al pueblo.

—¡Papá, papá!, ¿has visto a esos señores? Están repartiendo caramelos a los niños.

—Hijo, a esa gente no te acerques. Hazme caso y no te separes de mi lado.

Los vecinos han abierto las ventanas para ver pasar a los cómicos que arrastran sus maletas de madera y saludan, con sonrisas algo forzadas, a quienes les observan. Se dirigen a la plaza mayor del pueblo, donde está el teatro. Cuando llegan a la entrada principal ya les está esperando el propietario del edificio, un joven alto, rubio y de ojos azules, acompañado por una mujer delgadísima. El empresario saluda a los cuatro actores principales y, después, a los secundarios.

Hacía cuatro años que la compañía no se acercaba al pueblo. La obra que se representará, en función única, es la de siempre, aunque para despertar el interés del público se ha modificado el texto y se han contratado a nuevos actores, aunque el protagonista repite. Lo que no ha cambiado es el título: La fiesta de la democracia.

El patio de butacas registra una buena entrada. La prensa viene promocionando la obra con insistencia desde hace meses. La crítica ha destacado la actualización de los diálogos y la renovación del reparto como dos alicientes para verla. Y además la entrada es gratuita. Aun así quedan butacas vacías.

 —Damas y caballeros, la función va a comenzar.

Sale el protagonista al escenario. Es un hombre que parece sacado de un cuento de Clarín: un sesentón grandote, barbudo, tímido y de maneras educadas. Viste un traje gris marengo, tiene una mirada gris, respira un aliento gris, huele a gris. Se diría que todo en él es gris.

—Amigos y amigas, para mí es un honor volver a veros al cabo de cuatro años. Recordad que cuando nos vimos por última vez nuestro país estaba en la quiebra por culpa de quienes sabéis. Pero gracias a vuestro esfuerzo, gracias a vuestros sacrificios y a las medidas adoptadas por mi gobierno, podéis mirar el futuro con optimismo.

El protagonista sigue lo que le dice el apuntador porque, entre sus cualidades, no figura la de la imaginación.

—Amigos y amigas, la recuperación es un hecho. Basta con salir a las calles para comprobar que la gente ha vuelto a ser feliz. No pongáis en riesgo las sonrisas de vuestros hijos votando a jóvenes inexpertos. España necesita gente seria.

Los espectadores de las primeras filas prorrumpen en aplausos. Todos ellos han venido en autobús desde sus pueblos. El más joven tiene sesenta y cinco años. Valoran la seguridad por encima de todo. Entre ellos destacan dos señoras con el pelo cardado, recién pintadas las uñas de rojo sangre, que hacen ruido con sus alhajas al aplaudir y que corean el nombre del protagonista que se ha creído, por un momento, Rodolfo Valentino.

Le toca el turno a otro de los actores principales. Se estrena en esta plaza. Es moreno, alto, tiene buena planta. Pero se le ve inseguro.

—Compañeros y compañeras, no os fiéis de la propaganda de este gobierno, de las mentiras del presidente y de sus ministros. Debéis preguntaros si vivís mejor que hace cuatro años. ¿Vuestros hijos tienen mejores empleos? ¿Se han tenido que marchar de España por no encontrar trabajo? ¿Ha mejorado la calidad de la educación y la sanidad públicas? ¡Juzgad por vosotros mismos¡ ¡Sabéis que no!

El joven eleva la voz. Una espectadora, mientras le observa, se acaricia discretamente sin que nadie se percate.

—Por eso mi partido, el partido que universalizó la sanidad y la educación hace treinta años, el único que puede garantizar la igualdad entre los españoles, os pide el voto para construir un país más justo y solidario, para que nadie se quede tirado en camino.

En el teatro no hace ni frío ni calor después de escucharse su intervención. El silencio es roto por una mujer rubia y delgada que aplaude como una posesa ante la mirada atónita de los espectadores de su fila, recién llegados de Sevilla. La mujer (todo hay que decirlo) es la esposa del actor. Alguno de los sevillanos empieza a patalear, pero sus compañeros lo frenan. “Ya habrá momento en otra ocasión”, le dicen para tranquilizarlo.

El siguiente personaje en salir a escena es otro jovencito que, por sus trazas y maneras, se asemeja a un agente de Bolsa. Un ciudadano dinámico, atractivo, audaz, listo, moderno, pragmático, hábil en el uso de la palabra. Él se sabe futuro o pretende serlo.

—Hace un año muchos de vosotros no me conocíais. Hoy puedo llegar a ser presidente del Gobierno. El país ha cambiado y nosotros hemos sabido interpretar ese cambio. Sabemos lo que España necesita, necesita ilusión y regeneración, una nueva manera de hacer las cosas frente a los partidos viejos.

El broker deja de hablar para beber agua (se le nota cansado a estas alturas) y ajustarse el nudo de la corbata de pala estrecha. Su equipo de colaboradores lo está grabando. Gracias a las modernas tecnologías que dominan con maestría, la intervención del actor se estudiará en las escuelas de negocios de Ohio y Shanghái.

—El próximo domingo, el día que estáis llamados a las urnas, votad con ilusión. Sólo con vuestros votos podremos cambiar España. Necesitamos acabar con tantos años de gobiernos instalados en la corrupción y la ineficacia.

Las últimas palabras del actor despiertan el entusiasmo entre sus seguidores que, como él, son jóvenes urbanos, guapos, hablan varios idiomas y llevan coderas en sus americanas de diseño. Se han creído de verdad que el futuro les pertenece, que el porvenir está de su lado. Su líder sonriente les hace un ok con su dedo pulgar y vuelve a ajustarse el nudo de la corbata.

Queda por salir el cuarto de los actores principales. También es nuevo en la plaza. Pese a que ha comenzado a hacer frío porque la calefacción está apagada, él ha salido en mangas de camisa. Está muy delgado y se ha hecho popular por su coleta. En los ensayos previos al estreno, ha suavizado su gesto adusto y ha moderado sus palabras para agradar a más público. Las dos señoras del pelo cardado lo miran con recelo e intercambian comentarios despectivos sobre las pintas del muchacho.

—El 15-M lo mejor del pueblo se rebeló contra el pacto de unas élites que han estado gobernando a nuestras espaldas. Hemos llegado para devolverle el poder a la gente, para acabar con los privilegios y hacer de la política un lugar decente.

Se oyen los aplausos de sus seguidores. En su mayoría pertenecen a los que suelen pagar los platos rotos de la historia, a toda suerte de vencidos y humillados que aún no tienen apagada la vela de la esperanza.

—Si habéis venido hasta aquí, algunos pidiendo dinero prestado para el viaje, es porque pensáis que podemos cambiar las cosas, que otro país es posible, que la palabra democracia no tiene por qué ser una palabra vacía y hueca. Democracia, para nosotros, es trabajar para los que menos tienen y han sufrido las consecuencias de la crisis.

Al despedirse levanta el puño derecho, recuerdo de sus años en los que militó en organizaciones radicales. Las últimas palabras del actor han conmovido a su público, que lo vitorea y lanza consignas conocidas.

Los últimos minutos de la obra se los reparten Jordi, Anxo y Andoni. Se quejan de sus papeles de secundarios y amenazan con no volver a salir a escena, lo cual parece improbable a juzgar por la satisfactoria remuneración que perciben por cada representación.

La función ha acabado. Los actores se desmaquillan en sus camerinos. Los críticos ya han enviado sus crónicas a los periódicos. Las traían ya hechas de las redacciones.

Fuera, en la calle hay un grupo reducido de señores vestidos de negro, con el ceño fruncido, que hablan en voz baja entre ellos. Son los acreedores. Vienen a cobrar sus facturas. Hace años que el teatro no paga la luz, el agua, el teléfono, la calefacción… Ellos ya han advertido de que si no les pagan embargarán el edificio. Todos los actores conocen la amenaza pero se la callan. Lo importante es que los espectadores regresen hoy contentos a sus casas, comentan entre sí. Y que voten. Que voten muchos. Y mañana Dios proveerá.  No les agüemos la fiesta de la democracia.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Adiós a todo eso

Ha helado en Madrid y la gente no sabe si protegerse del frío o del miedo.

Dicen los entendidos que volvemos a estar en guerra. Como no soy perito en batallas ni en desastres bélicos (sólo puedo hablar de los míos personales), no puedo afirmarlo ni negarlo con rotundidad. Lejos de mí enmendarle la plana a quienes así lo sostienen, de tanto politiquillo que se agarra a las circunstancias adversas para creerse De Gaulle y ganar unos centímetros de estatura política.

Estamos en guerra, repiten, circunspectos, ante las cámaras de televisión. Guerra, guerra, palabra de gatillo fácil. Palabra que atemoriza y confunde a los honrados ciudadanos que no tienen más remedio que subirse al metro para ir al trabajo. ¿Volaremos o no volaremos hoy? He ahí la cuestión. El alivio llega cuando te apeas del vagón y te abres paso, fuera de la estación, entre vendedores ambulantes y voluntarios de la paz que te entregan pasquines candorosos a favor de la fraternidad entre los pueblos.

No sé si estamos en guerra, decía. Pero sí sé que estamos en un tiempo de despedidas. Hagámonos a la idea de que algunas cosas ya no volverán. Convivimos con ellas en el último tramo del siglo XX y las disfrutamos —unos más que otros— hasta hace bien poco. Toca despedirse, con dignidad y sin aspavientos, de una forma de vida en la que la libertad, la intimidad y la seguridad nos daban forma. Digamos también adiós a la prosperidad que nos alcanzó tímidamente. Y demos la bienvenida a una nueva Edad Media cimentada en el fanatismo, la pobreza, la incultura y la violencia, en la que tendremos reservado el papel de distinguidos vasallos.

Siento deciros que no hay salida ni esperanza. No la esperéis de los mercachifles que se acercan a vosotros para venderos una pildorita de ilusión a cambio de un voto. El Occidente al que pertenecemos carece de sangre en sus venas: es un viejo gagá que ya no puede pagarse las medicinas. Su declive es evidente, inexorable. Sólo cabe dudar sobre el día de su caída, que estará forzada por la presión de los bárbaros internos —que llevan ya años instalados a la espera su oportunidad—, y de los que aporrean las puertas de una fortaleza en ruinas.

No hay nada nuevo bajo el sol de este noviembre que acaba entre sombríos presagios. Días de zozobra e inquietud fueron ya vividos por otros hombres y mujeres en el pasado, como aquellos romanos que, antes de que Alarico saqueara su ciudad, se habían quedado sin maestros a los que imitar y sin héroes que pudieran salvarlos. Estaban solos como nosotros. Solos frente a la barbarie. El Gran Miedo, esa criatura felina que el poder ha dejado suelta, será nuestra única compañía durante un largo tiempo. Tiene forma de mochila abandonada y no descansa. Ahora lo llaman guerra.   

martes, 17 de noviembre de 2015

El diario de Carne de Cañón

14 de noviembre

El niño se ha vuelto a poner enfermo. Vomita y dice que le duele mucho la tripa. Toñi ha tenido que llevarlo a urgencias. Allí han esperado cinco horas para ser atendidos. El pediatra les ha dicho que no es nada importante, que tal vez sea un virus.

Anoche mataron a mucha gente en París. Fueron los moros, quiénes si no.

Esta tarde, a la hora de la partida, en el bar de Ezequiel no se hablaba de otra cosa. Algún cliente nos ha confesado que le da reparo coger el metro por si esos salvajes vuelan el tren en el que viaja, como hicieron en Atocha. Yo pienso como Ezequiel: con esa gente no valen paños calientes. Mano dura, eso es lo que necesitan. Si ellos nos matan a diez, nosotros a cien de los suyos, y a ver quién ríe el último.

16 de noviembre

Toñi me ha dejado al chiquillo —que sigue vomitando y ahora tiene fiebre— porque la han llamado para limpiar en una casa de Aluche. Si no fuera por lo que ella saca fregando suelos, no sé de qué íbamos a vivir. Madre también nos ayuda, hace lo que puede comprándole ropa al niño. Al Ayuntamiento hemos ido a pedir ayuda, y después de rellenar todo el papeleo aún estamos esperando a que nos contesten. Si fuéramos moros o rumanos, todo estaría ya solucionado. Pero como somos españoles, ni caso.

En la tele siguen hablando de lo de París. Todo son discursos de políticos y gente llorando y depositando flores donde mataron a esa pobre gente. Esta película me la sé, ya la he visto muchas veces. Pero ¿por qué no hacen algo ya? En lugar de tanta palabrería, ¿por qué no empiezan a cerrar mezquitas y a prohibir el velo a todas esas mujeres gordas y sucias? ¿A qué esperan? ¿A qué nos maten como a perros sin dueño?

20 de noviembre

A Anselmo, el vecino del quinto, se lo encontraron muerto ayer. Me lo dijo Toñi al volver de la compra. Paqui, que vive en el cuarto, llamó a la policía porque olía mal. Fue jubilarse Anselmo y todo le empezó a ir mal. Su mujer murió de cáncer y a él le detectaron Alzheimer hace dos años. Últimamente ya no salía de casa. Una sobrina le llevaba comida una vez a la semana. Intentaron que entrara en una residencia pública pero no había plazas. Estaba en lista de espera.

El niño no mejora. Toñi tendrá que llevarlo de nuevo al pediatra pero no sabe para cuándo le darán cita en el centro de salud.      

26 de noviembre

Hoy hace diez años que murió padre. Mañana iré al cementerio a ponerle flores. Ahora nadie va a los cementerios, o muy poca gente. Se ha perdido el respeto hasta por los muertos. Padre imponía con su rostro serio, sobre todo cuando amenazaba con darnos una paliza a madre y a sus cinco hijos, pero en el fondo era un hombre justo. Y detallista. Nunca se olvidó de traernos, después de la misa de los domingos, una bandeja de milhojas. A mí me encantaba chuparme los dedos con la nata de los milhojas. Sólo dejó de traerlos cuando desapareció con aquella mujer joven, pero al final volvió. Madre nunca se lo perdonó.

Pese a que mis padres nunca se llevaron bien, echo de menos aquel tiempo en el que los hombres eran hombres y las mujeres sabían cuál era su papel. No había, además, extranjeros que te robasen el trabajo. Los únicos negros y chinos que veías eran esas figuritas que colocaban en las iglesias el día del Domund para que les echaras unas monedas. En la calle sólo hablábamos español y nos bastaba para entendernos. Como decía padre, había orden, había paz, había trabajo para todo el mundo. Por mucho que lo nieguen algunos, se vivía mejor que ahora, cuando tantos de nosotros estamos en el paro o, si tienes la suerte de trabajar, malvives con un empleo miserable.  

2 de diciembre

En la radio acaban de decir que ha habido una explosión en Preciados. La noticia era confusa. Le he dicho a Toñi que ni se le ocurra acercarse al centro con su amiga Amparo, como tenía previsto.

Parece que ha sido un atentado. Hablaban de varios muertos.

Me parece que el niño me ha pegado su virus. He vomitado tres veces desde que me levanté esta mañana. No me encuentro bien. Hoy me iré pronto a dormir. Un caldito caliente y a la cama.

Mañana será otro día. 

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Por fin hemos ganado la guerra

Había llegado el día. El Gobierno, reunido de urgencia, debía adoptar una decisión de enorme trascendencia para el destino de la nación. En la sala del Consejo de Ministros se percibía el ambiente de las grandes ocasiones. Presidía ese Gobierno un hombre joven y apuesto con el pelo prematuramente encanecido, reflejo indudable de la responsabilidad histórica que había caído sobre sus espaldas. Con él compartían mesa un grupo de hombres y mujeres audaces e idealistas. Se habían unido por una causa lo suficientemente justa para orillar sus legítimas discrepancias.

Cuando eran las diez de la mañana del segundo viernes de noviembre del presente año, la ministra de Cultura, una conocida feminista de origen extremeño, tomó la palabra para informar a sus compañeros sobre las conclusiones del informe encargado a los profesores Ángel Viñas y Julián Casanova, reputados historiadores y especialistas en la Edad Contemporánea.

El Ejecutivo escuchaba en silencio a la ministra, un silencio sólo roto por las frecuentes toses del titular de Asuntos Exteriores. Acaso tosía por ser el de mayor edad, aunque no alcanzaba aún los cincuenta años. El memorándum era tajante en sus recomendaciones, según advirtió la ministra que, al llegar a la parte decisiva del discurso, había adoptado un tono más solemne y grave. Se aconsejaba exhumar al tirano de la basílica en la que reposaba desde hacía al menos tres generaciones, y, además —y esto era lo más discutible—, proceder a su fusilamiento en un lugar público.

Esta sugerencia dividió al Gobierno en dos mitades: los que sonrieron en señal de aprobación y los que fruncieron el ceño porque pensaron que los profesores habían llegado demasiado lejos en sus conclusiones. El presidente, conocedor de las diferentes sensibilidades sobre tan delicado asunto, zanjó la cuestión poniéndose del lado de los primeros. Después se dirigió al ministro de Justicia, el único que llevaba corbata entre los varones presentes, para que reclamara a la Abogacía del Estado un informe sobre el eventual restablecimiento de la pena de muerte que, como es sabido, estaba prohibida por la Constitución en vigor. El ministro recogió el guante y se atrevió a decir algo así como “lo tendremos hecho en un periquete”, expresión coloquial que no casaba, ni en el fondo ni en la forma, con la seriedad del momento histórico.

Se levantó el Consejo de Ministros y se informó a la opinión pública de la esperada noticia. Gran parte de la población la recibió con alborozo. Sólo algunos nostálgicos presentaron alguna objeción en tertulias de bar, pero la cosa no fue a más en los barrios acomodados de las ciudades.

Los servicios jurídicos del Estado, apremiados por el ministro de Justicia —que, según se decía, aspiraba a ser vicepresidente—, evacuaron un informe favorable al restablecimiento temporal de la pena de muerte “siempre y cuando obedeciese a la ejecución de la persona referida sin extenderla de manera indiscriminada al conjunto de la ciudadanía”.

Con el mencionado informe, el Gobierno tenía vía libre, al decir de destacados analistas políticos, para hacer de su capa un sayo o, dicho de otra manera, para enviar cuando quisiera a un destacamento de voluntarios a desenterrar el cadáver del tirano con el fin de fusilarlo después. Así el dictador sufriría el escarnio merecido al igual que sus seguidores, quienes constituían, como quedó dicho antes, una minoría sin pulso ni futuro.

A las doce del mediodía, hora que había sido pactada con las televisiones públicas y privadas, un grupo de voluntarios entraron, armados de picos y palas, en el interior de la basílica en busca de la tumba del tirano. Se fueron a la del líder fascista pero pronto repararon en su error. Quedaron sorprendidos, eso sí, por la grandiosidad del lugar, lo cual no les impidió ponerse manos a la obra para destrozar la lápida con un brío y un ardor que sólo reúnen los mejores exponentes de pueblos íberos como el nuestro. Una vez destrozada la losa, comprobaron que no habían errado el tiro. Allí estaba el tirano, hecho una piltrafa, envuelto en su uniforme con estrellas de varias puntas, sus fajines y sus gafas de sol (Ray-Ban, por cierto).

El ministro del Interior había dado órdenes de que el esqueleto del tirano no fuese despedazado antes de tiempo. Debía llegar sano y salvo (es un decir) a la ejecución pública. La momia apenas pesaba veinte kilos ya que el dictador no se había caracterizado por su estatura física ni moral. El más joven de los voluntarios, un adolescente de apenas 16 años, un tanto esmirriado de cuerpo, alzó el amasijo de huesos sin problemas. Fue el encargado de arrojarlos a una camioneta. Lo hizo con violencia, contraviniendo las instrucciones precisas que le habían dado.

A esa hora, la plaza de la Paja de Madrid, lugar elegido para la ejecución, era un hervidero de gente. Encima de una tarima engalanada con la bandera tricolor, el Gabinete en pleno aguardaba la llegada de los voluntarios. En sus rostros se reflejaba una ostensible satisfacción pero también nerviosismo. La camioneta que transportaba la momia del tirano se abría paso con dificultad por la ciudad ya que la multitud quería aprovechar su oportunidad para insultarlo o darle el último adiós, que de todo había.

A las dos de la tarde la camioneta entró en la plaza. Estalló un gran aplauso. Familiares de represaliados del dictador se abrazaban. Había llegado el día tan esperado por ellos. Un pelotón formado por doce miembros, seis hombres y seis mujeres, en justa correspondencia a la paridad exigida, estaban listos para disparar a la momia, que había sido atada a un árbol. Entonces se oyó una voz enérgica, como en las películas:

—Apunten. ¡Fuego!

El tirano cayó desplomado como un muñeco de barraca de feria.

Por fin se había hecho justicia. Se había ganado una guerra largo tiempo dilatada. ¡Qué sonrisas tan sinceras y qué lágrimas tan auténticas las que este humilde cronista vio derramarse en las mejillas de todos los miembros del Gobierno! ¡Cómo gimoteaban! No había palabras para reflejar la emoción que les embargaba.

Concluido el espectáculo, y mientras unos chiquillos se divertían dándole patadas a la cabeza de lo que quedaba de la momia, ante el estupor de su única nieta, recién llegada de Marbella, el presidente decidió que era hora de celebrarlo con una buena comida. El Gobierno fue conducido al restaurante ‘El Cosaco’, sito en la misma plaza y regentado por un matrimonio de San Petersburgo. El establecimiento tenía una fama merecida entre los aficionados a la cocina rusa.

Abandonando por una vez la austeridad que se había impuesto para dar ejemplo al pueblo, el Ejecutivo se entregó, con verdadero frenesí, a los excesos culinarios. Platos y platos eran servidos sin que los comensales se diesen nunca por satisfechos, y las botellas de vino se descorchaban con igual alegría para que nadie quedase al margen de este festín.

Todo ello ocurrió un 20 de noviembre. El salón del restaurante donde el Gobierno celebraba su victoria estaba presidido por el retrato de otro tirano, el zar Nicolás II, que también acabó mal. Pero nadie reparó en su presencia porque los conocimientos históricos de los presentes eran más bien limitados.

domingo, 25 de octubre de 2015

A mis tres maestros

A veces soy agradecido. He de serlo más. El pecado de la ingratitud debería estar penado con presidio. Los desagradecidos, aquellos que no tienen unas palabras de recuerdo para quienes les ayudaron, tienen reservado, quiero pensar, su lugar en el infierno. Ahora que voy envejeciendo me doy cuenta de que sería muy poquita cosa sin las muletas de mis padres y las de la gente que me ha querido y me ha orientado con sus consejos.

Algunos de vosotros sabéis que me dedico a la docencia desde hace poco más de un año. Comencé haciéndolo por necesidad y confío en que llegue el día en que lo haga por convencimiento. Soy un aprendiz en esto de enseñar y ahora, cuando la realidad ha pulverizado todos mis tópicos sobre la educación, constato lo difícil y arriesgado que es enseñar a los demás. Hay veces en que, al entrar en un aula, he sentido pavor porque no me sentía preparado para transmitir unos conocimientos que estaba lejos de dominar. Poco a poco los voy amarrando como a caballos salvajes que aún se me resisten. Para mi relativa tranquilidad, hoy me siento un poco más seguro que ayer.

Cuando los cincuenta ya asoman en el horizonte, creo que ha llegado el momento de hacer recuento de las personas que fueron mis maestros. En mi vida de estudiante he conocido a muchos profesores pero sólo tres tuvieron una influencia decisiva en mi carácter, tal vez en mi destino. Estas palabras aspiran a ser un testimonio de gratitud hacia ellos, tres hombres muy diferentes entre sí, en la personalidad y en los conocimientos, con quienes tuve la suerte de coincidir.

Al primero lo conocí en 1974. Fijaos si hace tiempo de aquello, que el general aún vivía. Mis padres acababan de matricularme en el colegio salesiano de mi ciudad. Habían dudado entre los escolapios y los salesianos. Al final se decidieron por estos últimos, pese a que el colegio se encontraba a las afueras, lejos de donde residía, en la antigua carretera de Madrid. Recuerdo mi primer día de clase como si hubiera sido ayer: a un niño pálido y rubio con los ojos muy abiertos, sin dar crédito a lo que estaba viendo en el recreo, en un campo de fútbol donde se jugaban tres partidos a la vez. Recuerdo a don Severiano Landete, entonces un joven de patillas generosas. Vestía suéter negro con cuello de cisne y pantalones beis de campana. En la puerta principal del colegio saludaba a los padres que habían traído a sus hijos, algunos de los cuales berreaban y pataleaban porque no querían quedarse allí.

Don Severiano nos acompañó de primero a cuarto de la EGB. Nos enseñó a comportarnos e intentó que aprendiéramos las nociones básicas de lengua, matemáticas, ciencias naturales y sociales. Había sido portero del equipo de fútbol de mi tierra. Era moreno y tenía carácter. Al cabo de los años coincidí con él en la Redacción de un diario local donde trabajé al poco de licenciarme. Era un colaborador pero no acierto a recordar si de deportes o de otra sección. Si la vida le ha respetado, hoy debe de estar disfrutando de una placentera vejez en compañía de sus nietos.

Mi segundo maestro fue catedrático de griego en el instituto Andrés de Vandelvira. Éste centro arrastraba entonces —hablo de 1982­— una fama de mil demonios. Se decía que era un nido de comunistas y que se traficaba con droga. La mala fama del Vandelvira se había extendido por la ciudad. Mis padres, conocedores de ella, dudaron en si dejarme cursar el Bachillerato en un sitio tan poco recomendable. Por fin se decidieron. Ellos no se arrepintieron; yo mucho menos.

Tuve un plantel de profesores muy preparados. Desde entonces he defendido la educación pública (ahora con mayor motivo, que vivo de ella). Ir a un instituto público era garantía de aprender si el alumno demostraba un mínimo interés. Entre los  profesores destacaba Jesús José Rodríguez. Todos los alumnos le llamábamos el Jejo. El primer día de clase, antes de dirigirnos la palabra,  escribió unos versos en el encerado que decían algo así: “Lo que no sabes por ti mismo no lo sabes.” Toda una invitación al conocimiento, a pensar por cuenta propia. Eran unos versos de Bertolt Brecht. Extrañaban en alguien que, además de ser catedrático de griego, era sacerdote, bien es verdad que perteneciente a la rama progresista.  

No aprendí mucho griego pese al entusiasmo que el Jejo ponía en sus clases. Estábamos en enero y abría las ventanas, ante nuestro desconcierto. Era un profesor de energía. Para aprobar sus exámenes me dedicaba a copiar discretamente. Él no se percataba porque andaba mal de la vista. A él le debo el amor a los libros, el sagrado veneno de la literatura. Hasta entonces había sido un lector discontinuo y nada entusiasmado. Al conocerlo me convertí en un letraherido, en un novio del papel y de la tinta impresa.  

Después de abandonar el instituto, el Jejo y yo nos hicimos amigos. Durante más de veinte años lo visité en su casa grande y espaciosa de la calle Albarderos. Hablábamos en el salón durante cuatro o cinco horas, con la única compañía de un televisor de los años sesenta (nunca encendido) y de las imágenes unos santos y vírgenes que colgaban de unos tapices. Mi amigo pasa sus últimos años en una residencia para sacerdotes jubilados. En verano fui a visitarlo. Vi a un hombre próximo a cumplir los noventa, una edad cruel para cualquiera. Nuestro encuentro fue breve. Le hablé de mi nueva vida, de mi lucha por la supervivencia. Me bendijo con una mirada. Nos abrazamos sin la certeza de volver a vernos.

El tercero de mis maestros fue profesor de la Universidad Complutense y me impartió la asignatura de Redacción Periodística. Vestía como un funcionario del Foreign Office: traje gris marengo con botones cruzados, camisa blanca y corbata de colores oscuros. Su cara recordaba a la de Fraga. Siempre venía con un maletín negro del que sacaba las fichas que iba leyendo para explicarnos, con una voz grave, su visión del periodismo y de la vida. Para aprobar su asignatura tuve que entrevista a Mario Onaindía, que me pareció un gran tipo, y al Poli Díaz el Potro de Vallecas, con quien compartí unos momentos inquietantes.

La persona de la que hablo se llama José Julio Perlado. Antes de profesor había sido corresponsal de ABC en Roma y París y había cubierto, entre otros acontecimientos, el mayo del 68. Nos hablaba del general De Gaulle. Alucinábamos. Fue y es un gran periodista que supo —como nos reconoció después— que al final uno ha de elegir entre el periodismo o la vida. Aquella verdad la aprendí años después con dolor. Quisieron las circunstancias caprichosas que volviéramos a coincidir en Madrid, él ya jubilado y yo a punto de despedirme del periodismo en un viaje a ninguna parte. Sus consejos atinados me ayudaron a resistir cuando no encontraba la salida. Luego conoció mi paso a la docencia. Hoy seguimos en contacto a la manera moderna, a través de correos electrónicos, sabe de este blog y quedamos de cuando en cuando en el Gijón. Umbral, cliente de este café, recuerda en La noche que llegué al café Gijón que Perlado le ayudó en sus comienzos de periodista, cuando acababa de llegar de Valladolid, dándole espacio en una de las revistas que mi antiguo profesor dirigía por aquel entonces, a principios de los sesenta.

Severiano, Jesús José y José Julio, tres maestros en mi vida. Yo, que no siempre soy agradecido, quise dejar testimonio de gratitud hacia ellos. Era una de mis cuentas pendientes. Y la he saldado. Ahora estoy en paz.    

lunes, 12 de octubre de 2015

Guapos y de derechas

Guapo, guapo, lo que se dice guapo, no soy. Todo lo más atractivo, resultón si se quiere, con cierto sex appeal. Creo haber engatusado a alguna mujer con mis ojitos azules pero, como no me recorto mis cejas pobladas, al estilo de Brézhnev (¿alguien se acuerda de quien hablo?), acabo siempre perdiendo mi encanto.

Escribo desde mi lado superficial, que es el que más me gusta. Tengo lectores superficiales (pocos) y profundos (menos todavía). Entre los primeros está mi prima Tatiana Díez de Rivera y Ortiz de Pinedo, que pertenece a la rama noble de la familia. Tatiana, que nunca ha trabajado en nada serio porque no lo necesita, se pasa la vida jugando al pádel, yendo a pilates y tomando gin-tonics en la Alameda con sus amigas del Liceo Francés, algo que sólo está al alcance de la gente instalada.

El otro día, después de salir del trabajo, y cuando los periódicos aún vomitaban tinta sobre ese episodio tan pesado que algunos han llamado problema catalán, me encontré a mi prima en el cruce de Xàtiva con Marqués de Sotelo. Como siempre, iba cargada con bolsas. Reconocí las de Loewe, Hermès y Bimba y Lola.

­— Hola, primo, ¿cómo te va? —me preguntó con su sonrisa de rica de toda la vida.
— Pues ya me ves, sobreviviendo, como casi todo el mundo.
— Ya me doy cuenta, primo. Debes rebajar esa tripita cervera que estás echando —se atrevió a decirme con descaro—. Te recomiendo que vayas a mi gym, a ver si recuperas la forma, que te veo muy fondón.

Mi prima Tatiana, pese a estudiar en colegios carísimos, nunca ha aprendido a tener tacto con la gente. No lo necesita, por lo que se ve. Mientras se metía con mis kilos de más y mi papada de ganso, me fijé en sus labios, que habían crecido de forma desmesurada desde la última que nos vimos, al principio del verano.

Ella siguió:

— El futuro, primo, es de la gente guapa. Desengáñate y no te fíes de nadie que te hable de la belleza interior. Ahora que va a haber elecciones, ya verás cómo los guapos son los que triunfan.
— ¿Y quiénes son los guapos? —le pregunté, ingenuo.
— Ciudadanos, ¿cómo puedes dudarlo? Son de derechas y guapos, como nosotros, bueno… como yo.

Le agradecí la sincera y amarga precisión. Hay matices que dañan como puñaladas. ¿De derechas? ¿Acaso lo he sido yo alguna vez? ¿Y qué es ser de derechas? ¿Y qué es ser de izquierdas? No me aclaro. Para ser sinceros, nunca he tenido muy claro lo que he sido en política. Soy un pelín bisexual en lo ideológico: le he dado a todo, incluso voté a los comunistas de Anguita el siglo pasado, en las elecciones de mi pueblo. Aquello fue uno de mis pecados de juventud y nunca me he arrepentido lo suficiente.

— Eres un cielo, prima —mentí, en realidad la detestaba por lo que me había dicho—. Pásame la dirección del gimnasio por SMS.
_ ¿Por SMS? ¿No tienes guasap?
_ No, mujer, hablas con un hombre chapado a la antigua.

Me miró con desprecio, perdonándome la vida como sólo saben perdonarla algunos ricos del Example, se despidió con cara de palo y se fue con sus bolsas.

La conversación con Tatiana me había dejado pensativo. Cansado de apostar por caballos perdedores, ¿por qué no hacerlo ahora, cuando los tiempos iban a cambiar, por uno ganador? Puede que ella tuviera razón y que el futuro fuera de los guapos. Ya lo dejó escrito mi admirado Boris Vian: que se mueran los feos.

A pesar de la dureza con la que me trató, Tatiana no me dejó indiferente y concluí que en España tenemos dos derechas para elegir: una fea y otra guapa. La fea, la poco agraciada, es la España bizca de Rajoy y la teñida de Aznar, el hombre del misterioso bigote. ¿Lleva o no lleva bigote el señor Aznar? He ahí la cuestión. Lo ignoramos. Y la guapa, la España atractiva y moderna, la que nos equipara con la Europa del capitalismo rubio y las finas maneras, es la del joven Rivera y las mujeres que le rodean. Confieso que he tenido fantasías animadas con la catalana Inés Arrimadas y la madrileña Begoña Villacís. Unas veces por separado y otras con las dos juntas. En una ocasión nos miraba el joven Rivera desde un extremo de la habitación. En fin, que con los años me estoy volviendo un poco depravado, como casi todos los hombres de mi edad.

Tatiana tiene razón. Como ya no creemos en las ideologías —siempre engañosas— nos agarramos al estilo. Al estilo que un hombre o una mujer exhibe para seducirnos. Los grandes políticos han sido seductores. Recordad a Adolfo Suárez, un político sin ninguna idea, que no había leído un libro en su vida y llegó a presidente. Por eso mi voto será para Ciudadanos, no tanto por su programa (que no me molestaré en leer porque sé que lo incumplirá) sino por la prestancia de sus líderes.

Si alguien tiene que gobernarnos los próximos cuatro años, que sea una cara bonita.  No volvamos a cometer el error de elegir a un señor reñido con el espejo, a un registrador de la propiedad sin el menor atractivo. Y si podemos escoger, yo me inclino por la bella Inés, la joven e inteligente Inés Arrimadas, nuestra Agustina de Aragón contra el separatismo catalán. Para defender la causa de España, se ha sacrificado echándose un novio independentista. Así se va haciendo país. Guapa, de derechas y, además, generosa. ¡Qué más puede pedir un españolazo como yo!    

jueves, 1 de octubre de 2015

Vivir en 'b'

Hay veces en que una buena película justifica pagar la asombrosa cantidad de 8,90 euros. Me ocurrió el pasado fin de semana en el único cine de Madrid que proyecta B. Cuesta entender la testimonial distribución de la cinta dirigida por David Ilundain. Podríamos pensar mal, deducir que en vísperas de unas elecciones generales al actual gobierno no le conviene que los espectadores recuerden las declaraciones de Luis Bárcenas ante el juez Pablo Ruz asunto central de la película, pero no lo hacemos porque somos de naturaleza ingenua, escasamente dada a la suspicacia.

Éramos unas treinta personas en la primera sesión de la tarde de un sábado. Todos de una edad superior a los cuarenta años, gente sensata con la que se puede compartir butaca porque sabes que no te la va a jugar mascando chicle, comiendo palomitas o consultando su teléfono móvil. Espectadores civilizados en un ambiente familiar, dadas las reducidas dimensiones de la sala.

Como el argumento de la película puede molestar a quienes han tenido el poder casi absoluto desde 2011, una partida de bandoleros a punto de ser desahuciados, B tiene todas las papeletas para pasar desapercibida. Habrá que esperar a la reacción del público. Si esta fuera positiva, lo que aún está por ver, quizá los empresarios de la cosa se arriesgarían a proyectarla en más salas.

Salí satisfecho después de haberla visto, aunque eché en falta que fuera más larga. Una hora y cuarto me supo a poco. B refleja la intervención de Luis Bárcenas ante el juez Ruz en la Audiencia Nacional. El guion copia las declaraciones literales del extesorero de los conservadores en una sala de la Audiencia Nacional. La película es teatro filmado (de hecho está basada en una obra de Jordi Casanova) y se sostiene en el diálogo entre Pedro Casablanc (Bárcenas) y Manolo Soto (Ruz). Casablanc, a quien descubrí en la serie Isabel, está inmenso, colosal, un regalo delicatessen para el espectador. Consigue que te creas al personaje, al principio firme y soberbio, después nervioso e impulsivo, a un Bárcenas inteligente, con un gran dominio de la palabra, astuto y atractivo. Si no fuera porque sabemos que tiene muchos millones en Suiza, hasta nos pondríamos de su parte en el pulso con el partido.

Hago memoria y no recuerdo haber visto una película titulada con una simple letra, B. Porque lo que Bárcenas cuenta, de sobra conocido, es la contabilidad irregular del partido gobernante, sus pagos en negro a dirigentes principales, su doble moral pidiendo sacrificios a los ciudadanos mientras ellos evitaban pagar impuestos. Hoy sabemos que el sistema del que forma parte ese partido tiene dos caras, como los discos de vinilo: la cara A, con una música que nos sabemos de memoria, el bello discurso de las libertades y de la separación de poderes, a lo que hay que sumar las apelaciones a la engañosa transparencia, y la cara B, la corrupción, el chantaje entre las mafias del poder político y económico, el saqueo del Estado por unas minorías. 

En los últimos años hemos ido perdiendo la inocencia a medida de que descubríamos, no sin dificultad, que el sistema vivía en b. Supuestamente vivían en negro el anterior jefe del Estado con sus escarceos cinegéticos y sentimentales; y también el actual timonel de los conservadores, que cobraba sobresueldos sin declarar si creemos a su extesorero. En la caja B del sistema también metían la mano los partidos políticos, que se financian de manera ilegal; la banca con sus cuentas falseadas, y las petroleras y eléctricas, siempre proclives a pactar los precios a costa de los consumidores. O, ahora, la Volkswagen trucando motores.

Es cierto que la cara B del sistema no puede competir en popularidad con la A, una canción de letra pegadiza para gente sencilla, pero a algunos nos parece que aquella nos revela mejor cómo funciona el cuarto oscuro de esta democracia. Nosotros, espectadores de un sainete interpretado por personajes que nunca son lo que parecen, también nos hemos contagiado del virus de la simulación. Nuestras vidas están hechas de horas en negro y días en b, de todo aquello que callamos y ocultamos. Esos silencios dicen más de nuestras intenciones que las palabras que malgastamos a diario. Vivimos en b como Bárcenas y el difunto rey campechano, pero a nuestro modo, con mentirijillas de andar por casa, con esos pequeños engaños para consolarnos, fingiendo ser la clase media que fuimos un día. Y sin cargo de conciencia, claro, porque somos hijos de un país que sobrevive de hacer chapuzas. ¿Con IVA o sin IVA? 

sábado, 19 de septiembre de 2015

Fragmentos de la ciudad caníbal

Desde que abrió la pensión con los ahorros de su trabajo de tornero, hace veinte años al menos, entonces la pobre de su mujer aún vivía, el viejo avaro se toma las tardes de los lunes para descansar. Después de comer, cuando la casa queda en silencio, se encierra en el despacho. Se sienta delante del escritorio, cierra los ojos y se recrea imaginando el dinero guardado bajo llave en uno de los cajones. Y cuando ya han pasado los minutos que considera necesarios, minutos de regocijo, lo abre con parsimonia, deleitándose con el breve forcejeo de la llave, y fija sus ojos de conejillo daltónico en el interior para confirmar que todo sigue en orden. El dinero permanece ahí, tal como lo contó por la mañana, después de que todos los huéspedes (todos menos uno) le pagaran la semana por adelantado. Algo parecido al placer siente al acariciar los billetes de diez y veinte euros, papel arrugado casi siempre, que con seguridad ha transitado por las manos sudadas de media ciudad. Vuelve a cerrar los ojos y los huele con ansiedad. Él y el olor de dinero manchado de sacrificios ajenos.

—Don Higinio, ¿da usted su permiso? —se escucha una voz joven y femenina, tímida también,  al otro lado de la puerta.
—Haga el favor de pasar  —contesta el dueño de la pensión—. ¿Qué desea?

La mujer, con el pelo recogido, la mirada nerviosa y la voz insegura, se atreve a decir lo que llevaba varias horas calibrando:

—Me dijo que hoy cobraría por el trabajo de todo el mes.
— Ah, sí, mujer, no me acordaba —ensaya la respuesta aprendida.

El viejo avaro saca unos billetes del cajón y se los entrega a la mujer. Ella los cuenta y manifiesta su desconcierto.

—Pero aquí hay menos de lo que usted me dijo. Prometió pagarme 400 euros y sólo hay 250.
— Lo sé —dice el hombre—, pero no has tenido en cuenta las veces que te hemos dado de comer en la pensión, ni tampoco cuando te has llevado leche y pan para tu hijo. Debería estar muy contenta, tal como están las cosas. A esta casa no dejan de llamar mujeres ofreciéndose para limpiar.

La joven, humillada, baja los ojos, balbucea una despedida y pide permiso para marcharse. En la calle, cuando nadie de la pensión puede ya verla, se pone a llorar mientras cuenta el dinero de nuevo. Ese viejo miserable la había engañado. Ya se lo habían advertido. Y ahora ¿de dónde sacaría el dinero necesario para seguir criando a su hijo? ¿Adónde podía ir una mujer sin estudios y, para colmo, del Perú?

En un vagón del Metro cruza la mirada con hombres y mujeres que respiran el mismo aire de cansancio y desesperanza. Se suceden las estaciones con monotonía, sin que la rumba interpretada por un músico callejero la distraiga de sus cavilaciones. A punto de llegar a su destino, la joven limpiadora advierte la presencia de una nueva viajera, una mujer rechoncha y negra, cargada de años y muecas, que declama con voz potente y acento cubano.

—He venido a anunciarles la buena nueva. Cristo, el hijo de Dios, se sacrificó en la cruz para que ustedes viviesen. Cristo, con su infinita misericordia, les ama como un padre sólo puede amar a sus hijos, aunque conozca sus debilidades y sus traiciones.

La mayoría de los viajeros no levantan la cabeza de sus teléfonos móviles cuando la predicadora pasa a su lado para entregarles un papel con citas de la Biblia. Sólo dos personas lo aceptan sin saber si habrán de darle algo a cambio. La mujer se detiene en la mitad del vagón, extiende los brazos en cruz y continúa con su sermón.

—Sólo Cristo conoce la hora y el día de nuestra muerte. Aún estamos a tiempo de reconciliarnos con él, de arrepentirnos  —dice—. Pero para ello, hermanos, debemos rechazar la llamada del diablo. Satanás quiere nuestra perdición. Sólo el Señor puede salvarnos del reino de la oscuridad. Sigan a Cristo y abandonen la senda del pecado.

Empujada por la fuerza irreal de sus palabras, esta mujer, sonrisa en mano, sigue recorriendo cada uno de los vagones del Metro, ajena al rechazo o la indiferencia que despierta en los viajeros. Ha cumplido con el deber diario de haberle arrebatado algún alma al poderoso Lucifer. Cuando llega a la superficie es ya de noche. Antes de regresar a la vivienda que comparte con siete compatriotas, la predicadora se encamina al centro. Le esperan unos amigos. En una calle bulliciosa y sucia, un grupo de hombres y mujeres pobremente vestidos se apiñan en torno a unos contenedores de basura. Una adolescente les sirve caldo caliente en vasos de plástico. Esa será su cena. Los contenedores sirven de mesa. La familiaridad con que se tratan hace pensar que se conocen. La mujer que anunció esta tarde la buena nueva de Cristo saluda entre sonrisas y abrazos. Ella también tiene reservado un caldo caliente.

Al lado de este corrillo de menesterosos, varias jóvenes espigadas, de piel muy blanca y ojos claros, cuerpos baratos a la venta, vidas camino del agotamiento, intentan llamar la atención de posibles clientes. Dos turistas extranjeros, sentados en una terraza, se divierten observando a las prostitutas. Hablan el idioma de los bárbaros. Tienen la insolencia de la juventud ágrafa. Han bebido en exceso y se ríen por cualquier pretexto. Eructan. Chocan las manos como si se hubieran comprometido a hacer algo. El de menos edad, que cubre la cabeza con un sombrero de paja, empieza a grabar a una de las prostitutas. La chica sonríe, encantada del papel que le han asignado. Piensa que será la manera de conquistarlos. Pero el acompañante comienza también a grabarla a ella y a otras dos compañeras. Los jóvenes bárbaros se ríen de su hazaña, como si estuvieran retratando a animales en un zoo. La prostituta, que comienza a sentirse ofendida por el juego, les insulta. Ellos también lo hacen. La joven meretriz, respaldada por sus colegas, no se arredra y les recuerda que sus madres comparten el mismo oficio que ellas y sus compañeras. El más borracho le abofetea la cara. Entonces, de manera inesperada, unas manos cuidadas y pequeñas lo agarran del hombro para detenerlo. Son las manos de un hombre de gesto tranquilo y mirada triste. Los dos turistas no saben cómo reaccionar. La actitud del indígena les ha sorprendido. Se alejan mascullando palabras duras en su idioma violento y, cuando se encuentran a una prudente distinta, levantan el dedo corazón mofándose. La prostituta se muestra agradecida al héroe de la noche. Llega a insinuársele, pero él se aleja de la calle con la extraña sensación de haber vencido la cobardía que  siempre le  acompaña en situaciones semejantes.

—Caballero, ¿quiere algo de embutido?

El hombre de la mirada triste se gira y observa a un anciano encorvado que arrastra un carro de la compra.

— No, gracias —responde—, ya he cenado.

El viejo no se da por aludido y saca del carro una ristra de chorizos.

—Pruébelos, son caseros, de Salamanca, no como los que venden en los supermercados. También tengo plátanos, alcachofas, azúcar.
—No, muy amable, tengo la despensa llena —le responde.
­—Si necesita comida a buen precio, siempre ando por el barrio. Que tenga una buena noche —se despide tirando del carro hacia ninguna parte.

El héroe de la noche, el que salvó a unas prostitutas de la agresión imperialista, confía en que todos estén dormidos en la pensión. Con el paso dulce y medido de una bailarina, alcanza la puerta de su cuarto en silencio. En la habitación del dueño está encendida la televisión. En el suelo encuentra una nota escrita: “Han llamado de la residencia de su padre. Es muy urgente”. El mensaje prosigue: “Mañana tengo que hablar con usted. O paga lo que me debe o se tendrá que marchar”.

El huésped moroso se echa en un catre con la ropa puesta. Está cansado y hambriento tras un día sin premio. Uno más. Sólo quiere dormir unas horas, descansar de sus pies doloridos, olvidar, taponar la memoria, esperar a que la noche le dé una tregua antes de enfrentarse, a la mañana siguiente, a la ciudad que le consume y a la que sigue amando sin una explicación clara.