miércoles, 21 de enero de 2015

Retrato fugaz del novelista ilustre

No hay ciudad como Madrid para pasear con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, mientras disfrutas de un anonimato que te es vedado en otros lugares. Conserva Madrid esa alegría desenfadada de vivir, propia de hombres y mujeres que están de vuelta de todo, alegría que conocí y a la que me sumé siendo universitario, allá por los años ochenta del siglo pasado. Llevan razón, sin embargo, quienes sostienen que la capital ha perdido vitalidad; se ha vuelto gris y plana, acaso por la mala suerte que ha arrastrado con sus gobernantes y por la ausencia de una gran idea que la haya sacado del tedio en que lleva sumergida desde hace lustros. Hay barrios como Chamberí que se me antojan irreconocibles si los comparo con lo que eran en el pasado, hoy con innumerables comercios cerrados o en liquidación, sustituidos en el mejor de los casos por bazares oscuros y tristes. Y otros barrios periféricos como el de Fuencarral en el que uno ha visto la pobreza en primera persona, pasando al lado de unas mujeres arremolinadas en torno a una mesa repleta de medias y bragas a un euro que alguien ha sacado de la parte trasera de una furgoneta. Muy cerca, un perro y un gato se pelean, enemistados, por la basura acumulada entre los contenedores de un supermercado.

En esto voy pensando cuando bajo por la calle Princesa en dirección a la Gran Vía, pero antes me paro en la plaza de España y contemplo un horrible mercado navideño de los muchos que proliferan por la ciudad y que impiden el libre tránsito a los vecinos y a los forasteros. Es el primer viernes de diciembre, el primer fin de semana de compras navideñas, y el centro de Madrid se confunde, a estas horas de la tarde, con una riada personas que se dejan llevar por la felicidad regulada de estos días, después de un año que la prudencia aconseja meter en un cajón y cerrarlo con llave para siempre.

Así, con las manos metidas en la americana y con mi frágil garganta protegida por una bufanda, subo por la Gran Vía y miro a la gente en las terrazas climatizadas, hablando y riendo como si la tristeza hubiese sido abolida por decreto, y entro en cadenas de moda para curiosear pero sin ningún propósito de comprar, y me fijo en los peatones y los esquivo, y me detengo en un quiosco a ver las portadas envejecidas de los diarios, oigo el claxon de algún taxista malhumorado, el aullar de la sirena de una ambulancia… Esto es Madrid, me digo, el Madrid caótico, sucio y hermoso, refugio de buscavidas y ambiciosos, frontón en el que se estrellan tantas ilusiones perdidas, la ciudad en la que puedes olvidarte de ti mismo y transformarte, si quieres, en otra persona. Nadie te pedirá cuentas porque nadie se dará cuenta de este cambio.

Y cuando me voy acercando a la calle Fuencarral, destino de mi peregrinar, a la altura del edificio de Telefónica me cruzo con un rostro conocido que no repara en mí, la cara de un escritor insigne (palabra pomposa que a él no le debe de gustar), el novelista que se permite el lujo de rechazar premios si son oficiales, que camina en dirección contraria, hacia Callao. Nadie parece darse cuenta de quién es, lo cual es natural en un país como el nuestro, tan escasamente dado a interesarse por la cultura y sus creadores. Son apenas dos o tres segundos los que tengo para retener la imagen del novelista ilustre, y me percato de que no se corresponde con la idea que yo me había hecho de él al leer sus libros. No hay decepción, sin embargo. El escritor, de unos sesenta años, es más bajo que alto, tiene una cabeza generosa y poco cuello, y se quedará calvo como su padre, el filósofo. Sus ojos son pequeños y hundidos, tal vez miopes. Esa tarde se protege del frío con una gabardina oscura, puede que negra, pero no estoy seguro porque ya ha oscurecido en Madrid.

Mientras camino por Fuencarral pienso en lo que he visto, en el hombre que figurará en nuestra lista de Premios Nobel de Literatura, en la que compartirá lugar con autores como Cela, tan despreciado por él. Dijeron de nuestro protagonista que era el más inglés de nuestros escritores, en lo que había un fondo de crítica a su literatura por no ser demasiado celtibérica para el paladar de ciertos compatriotas. “Angloaburrido” le llamaron los umbrales. Algo de perro verde tiene este admirador de Sterne si por perro verde entendemos quien rehúsa, a estas alturas, el ordenador para escribir o el teléfono móvil para comunicarse.

Mi encuentro fugaz con el novelista ilustre ha removido mi memoria y de ella he sacado recuerdos de mi juventud, de cuando me dedicaba, en los ratos libres que me dejaba la universidad, a entrevistar a escritores que fueron presentados entonces como la ‘nueva narrativa española’. Y de mi memoria surgen Juan José Millás en su despacho de Iberia, en la calle Velázquez; Julio Llamazares paseando por el Retiro junto a un perro blanco y tan enorme como él; también el afable Luis Landero abriéndome el salón de su casa en un barrio pequeñoburgués, y el funcionario Luis Mateo Díez atendiendo mis palabras de reportero neófito en la sala de un edificio municipal en la plaza Mayor.

Han pasado muchos años desde aquellas conversaciones fecundas. Todos esos escritores siguen publicando, algunos con más fortuna que otros, y está por ver qué quedará de ellos cuando sus obras sean cribadas por el tiempo. Sin duda el monarca indudable de esta generación, la cabeza más laureada de este grupo de escritores, es el novelista con quien me crucé una tarde de viernes de las navidades de 2014. Días después recomendé una de sus obras, Corazón tan blanco, a mis alumnos de Bachillerato. Nadie la leyó. Pequé tal vez de ingenuo o quise echarle un pulso a la realidad. Lo perdí, como era natural. Pero ya estoy arrepentido de mi soberbia y he aprendido la lección. Me he convertido en un profesor de aspiraciones muy modestas, como hay muchos en cada instituto, un docente disciplinado que se esmera en cumplir con las estadísticas y los reglamentos, rellena informes y cuida sobre todo de que sus alumnos adolescentes no se excedan leyendo. Esto último es lo más importante. Así me evito la denuncia de un padre que nunca oyó hablar de Javier Marías. 

sábado, 10 de enero de 2015

El último verano de mi juventud

Xisca dijo que se llamaba, pero no la creí, como tampoco ella creyó que mi nombre era Álvaro. A Xisca la conocí en la terraza del Negrito, un café del barrio del Carmen de Valencia, en una noche de principios de julio. Puede que fuese domingo y que yo hubiese regresado esa misma tarde de haber dejado a María Victoria y a los niños en el chalet de Moraira. Pero no estoy completamente seguro porque ya han transcurrido algunos años (demasiados años) desde aquel mes de julio de 2007.

Si la memoria no me acompaña para situar el día en que nos conocimos, al menos sí lo hace para traerme un recuerdo nítido de aquella joven morena, de pelo rizado y ojos verdes y traicioneros, que estaba a punto de cumplir los treinta años, la edad en que, como es sabido, todos comenzamos a envejecer. Xisca era muy delgada, tenía los pechos pequeños y en punta y cultivaba una sonrisa generosa y canalla que dejaba entrever una dentadura demasiado perfecta para mi gusto.

En la plaza del Negrito apenas quedaba gente a esas horas de la noche, salvo un coro de americanas tan estúpidas como generosas en carnes, portadoras de un blanco lechal, que no dejaban de gritar y de reírse en un inglés onomatopéyico. ¿Fue ella quien me pidió fuego o fui yo? Aún me sonroja pensar que pudimos conocernos de esta manera tan convencional, como cuando éramos adolescentes y utilizábamos ese pretexto para llevarnos a las chicas al reservado de una discoteca. Yo había bebido lo suficiente para perder la timidez y no avergonzarme de mis bromas estúpidas. Soy un tipo bastante soso, pero a Xisca no pareció importarle. Ella reía mis bobadas, se recogía la melena para hacerse la interesante, no paraba de fumar y aceptaba que la cogiese de la mano. Ella era la seductora y yo el seducido. Ni en un momento pensé en mi mujer ni en Borja ni en Andrea. Era como si después de muchos de años de haber sido un zombi hubiese vuelto a la vida, una sensación extraña, la verdad, sumergido como estaba en el engaño de una juventud recuperada.

Como tantos hombres yo había entrado en la madurez con la misma alegría con que le damos el pésame al vecino del cuarto en un tanatorio situado en un polígono industrial, y sin más aliciente que ver porno japonés a escondidas o tomar unas copas con los compañeros del bufete los jueves por la noche. Porque yo era (y sigo siendo) abogado laboralista, de los que comenzó defendiendo a los trabajadores de un sindicato, pero que pronto cayó en la cuenta que de esa manera nunca podría comprarse un chalet en Moraira. Xisca nunca supo que me dedico a defender a los peces gordos de la burguesía local. Mi especialidad es asesorar a las empresas para que paguen lo menos posible por despedir a sus empleados. Alguien tiene que hacer este trabajo y yo lo hago con eficacia y pulcritud. Pero tratándose de Xisca, una mujer que presumía de progresista, no hubiese sido buena idea descubrir cuál era mi ocupación. Ella, en cambio, no dudó en descubrirme que trabajaba como becaria en el departamento de sociología de una universidad pública, y en añadir que estaba preparando una tesis sobre la influencia de internet en el incremento de los intercambios de parejas en la provincia de Huelva. Esa noche, después de procurarnos unas horas de placer, me enseñó las primeras páginas de su trabajo de investigación. Estaba muy ilusionada con el proyecto, que concebía como el paso previo para dar clases en la universidad. No sé si lo logró, pero espero que cumpliese aquel sueño porque le tenía aprecio, más de lo que imaginaba.

Aquel verano nos vimos casi todos los días, después de salir del trabajo. A las cinco, cuando cerraba la puerta de mi despacho, me olvidaba del hombre que siempre tiene las palabras adecuadas para convencer a sus clientes.  He de reconocer que Xisca, con esa osadía que tienen algunos jóvenes, hizo que me creyera otra persona durante esas semanas, como si me hubiera ganado el derecho a descansar de mí mismo, de mi apacible y vacía vida, forjada de mentiras, cobardías y autoengaños. Íbamos a El Saler a nadar y a tomar el sol y, cuando oscurecía y la gente comenzaba a marcharse, nos escondíamos entre las dunas y teníamos sexo y golpecitos de cariño, todo el cariño que cabe en la palma de una mano, la mía, con la que acariciaba un escorpión tatuado en su hombro izquierdo. Y sus besos sabían a arena y a promesas mojadas, a provocación y a huida. Íbamos también al barrio de Benimaclet y cenábamos en bares baratos, a veces de bocadillo (¡quién me lo iba a decir!) y después nos emborrachábamos en antros que tenían por clientes a jóvenes de pose rebelde que no hablaban castellano. Siempre he tenido una incapacidad insalvable para los idiomas, al contrario que Xisca, que dominaba un buen puñado de ellos. Y me desconcertaba cuando se ponía a gritarme en catalán porque yo no tenía más remedio que pasar el fin de semana con la familia, o cuando, excitada, me susurraba palabras en inglés mientras la penetraba contra el cabezal de su cama. Era una de las mujeres más cultas que he conocido, a quien le apasionaba leer y discutir, pero le perdía su carácter inseguro de niña voluble que acababa contagiando sus nervios a quienes la rodeaban.

Y así, mientras yo me iba dejando vencer por las manías y los caprichos de Xisca, mi mujer seguía disfrutando de un verano plácido en compañía de los niños. Hablábamos cada noche, y creo que nunca llegó a sospechar que yo tenía una amante joven. “Te noto de mejor humor que antes del verano. Te tomas demasiado en serio tu trabajo, y total, ¿para qué? Recuerda lo que le hicieron a tu compañero Raúl”, me decía María Victoria, con la que sigo compartiendo mi vida y por quien no he sentido ni siento una brizna de pasión, pero que se ha convertido en una costumbre sin la que no podría sobrevivir en este mundo que he dejado de entender. El matrimonio debería ser eso: prosa y no poesía, una de nuestras últimas certidumbres, una manta para protegernos del frío de la existencia. 

Quizá por esa razón, al cabo de quince años de matrimonio, seguimos yendo a misa de doce a la parroquia de San Isidoro en Jaume Roig, y una vez al mes comemos arròs amb fesols con sus padres. María Victoria me hace la vida fácil, me cuida y me quiere, pero a veces me pregunto qué hubiera pasado si Xisca me hubiera propuesto algo más que una aventura de verano. Nunca llegó a hacerlo y yo, que siempre he sido un cobarde para estas cosas, tampoco me atreví. Pero algo tocó en mí aquella chica para que ahora yo esté recordándola, antes de que me metan en un quirófano. Aquel verano de 2007, el último verano de una juventud fingida, aquella joven a veces histérica, a veces encantadora, que calzaba siempre sus pies pequeños con sandalias ibicencas, me hizo lo más parecido a un hombre feliz. Cuando cerraron el bufete por vacaciones y hube de marcharme con la familia, prometimos vernos en septiembre. Llegamos a hablar de un hotel discreto para vernos sin riesgos. Yo la creí, pero no volvimos a quedar. Jamás contestó a una de mis llamadas. Y, meses después, cuando mi familia y yo regresábamos en coche de hacer las compras navideñas por la avenida Aragón, la vi circular en bicicleta con un muchacho de su edad.

Mi mujer me tocó en el hombro: “¿Te pasa algo? ¿No te has dado cuenta de que el semáforo se ha puesto en verde?” “Llevas razón, cariño. No sé en qué estaba pensando.” Y entonces me sentí más viejo y ridículo que nunca, como esos payasos que actúan en el centro de una pista sin público que les aplauda.  

 A Jaime Gil de Biedma, en el XXV aniversario de su muerte