sábado, 21 de febrero de 2015

El emigrante

El emigrante sale de casa y saluda, como cada madrugada, al gato, a su amigo el gato blanquinegro, que está igual de dormido que él. Baja por unas calles con el firme helado, encogido por el frío del nuevo día, y sólo se cruza, a lo largo de su trayecto, con una mujer desarreglada, vestida con un chándal y unas zapatillas de fieltro, que se detiene junto a un contenedor de basura y, con la ayuda de una linterna, mira en su interior por si hoy la suerte le sonríe y encuentra unos huevos no demasiado podridos para la comida del mediodía. El emigrante ha contemplado esta escena al menos una docena de veces, y tal vez por eso, porque le resulta familiar, duda en si saludar a la mujerona, pero al final se contiene y da marcha atrás, no vaya a ser que se cree un malentendido del que no tarde en lamentarse.

Al cabo de cinco minutos de caminar entre casas bajas, con las persianas bajadas, sin indicios de que haya vida humana en su interior, el emigrante llega a la plaza del pueblo, donde está la parada del autobús. Se coloca el último de una larga cola de hombres y mujeres que comparten el mismo rostro cansado, cuerpos canjeables por salarios de 500 euros. El autobús llega a su hora, y el emigrante, después de saludar al conductor y enseñar su tarjeta, busca un sitio sin compañía para descansar unos minutos. En la radio una voz masculina hace un recuento minucioso de los cadáveres de la última guerra continental. El autobús se va llenando de gente, en su mayoría procedente de los arrabales de Europa. El emigrante no entiende ni le interesa lo que dicen; el emigrante se siente hoy un poco huérfano en su patria, como se sintió ayer y como seguramente se sentirá mañana.

Cerrando los ojos, trata de imaginar el pasado y el destino sombríos de sus compañeros de viaje, de esos rostros agotados por tantas horas de engaño y explotación, y se pregunta por qué todos esos moros, rumanos y latinos vinieron a su país en busca de un empleo miserable que tanta falta les hace ahora a muchos españoles, a sus amigos y conocidos en paro. Y entonces se palpa el corazón y nota que lo tiene tan negro como un hormiguero de iniquidades, como la última noche de un condenado a muerte, y se asusta de sus pensamientos. Es humano demasiado humano el emigrante, una contradicción en movimiento, y da marcha atrás y piensa ahora, no sin cierta razón, que todos somos hijos de Dios (señal inequívoca que pasó por un colegio religioso), que hay que ponerse en la piel del otro, sobre todo si es un pobre y tiene familia a cargo, que el sol amanece para todos …

Con las dudas aún comiéndole el estómago y el corazón cargado de sombras, el emigrante se apea en la parada del pueblo donde trabaja, y se dirige a su empresa. A esa hora, cuando comienza a amanecer, alguien barre las calles. Una mujer, siempre la misma mujer, una mujer rubia que recoge las hojas muertas de los árboles enfermos, le saluda, y él lo agradece porque resulta extraño que le den los buenos días a un desconocido. Y conforme se acerca a su lugar de trabajo va contando los días, las semanas y los meses que le quedan para volver a su tierra, para disfrutar de un sol sin cicatería y comer un arroz en condiciones, para dejarse ganar por el lado hermoso y superficial de las cosas.

En la empresa vuelve a ver a compañeros que, a juzgar por sus caras, darían hasta media vida por tener otro trabajo. En una sala, donde se toma té en un ambiente distendido, se ocupa el silencio hablando del frío que hace este febrero, de lo cara que está la luz, Reme, de lo difícil que se está poniendo todo, Fabiola. Ajeno a esos comentarios, el emigrante mira el reloj y comprueba que es ya la hora; coge su cartera y se dirige a la cita con sus clientes, que rara vez le compran su mercancía, lo que a estas alturas le trae sin cuidado porque a él le basta con cumplir con su deber y esperar a fin de mes para cobrar su salario.

Al cabo de siete horas de trabajo, que se le harán eternas, el emigrante, un pobre pero dignísimo diablo, dedica su primera sonrisa del día al conserje, que le despide con un ‘hasta mañana’. Con idéntica alegría a la de un preso en sus días de permiso, acelera el paso para llegar cuanto antes al bar Calabria, donde los dueños, un matrimonio de trato afable y familiar, le esperan con un menú económico. Tal vez hoy toque cocido, acompañado por esos vasos de vino barato con los que intentará suspender su entendimiento y sumirse así en una hora de felicidad fingida.

Después regresará a casa, en el mismo autobús de la mañana, y se acostará un rato antes de preparar el trabajo de la jornada siguiente. Así un día y otro también, en tardes que se van repitiendo, y que le agotan y envejecen, así hasta que llega otra noche y cena lo poco que encuentra en el frigorífico, alguna tortilla, alguna lata de atún, algún plátano. Entonces se siente solo y echa de menos a su gente, pero no quiere dejarse vencer por la tristeza. No, no puede permitírselo. El emigrante se mete en la cama y nota, estremecido, el contacto de las sábanas heladas. Coge un libro y lee unas páginas. Pero se le cierran los ojos. El emigrante apaga la luz. Silencio. Ya duerme. Otro día menos. El regreso, cada vez más cerca.  

martes, 3 de febrero de 2015

Ni coletas ni corbatas

Bugs Bunny es nuestro redactor jefe de fin de semana. Le llamamos así por sus dientes de conejo y porque anda dando saltitos por la Redacción. Su dentadura de roedor no desmerece la fisonomía de párroco de pueblo. Tiene un cuerpo orondo, coronado por una tonsura luminosa, como las de los religiosos místicos, y exhibe unas manos delicadas y gelatinosas que nunca han conocido un trabajo manual. A BB le gustan los chicos pero no todos los chicos. Yo no le gusto, por ejemplo. Como católico tradicional divide la humanidad entre amigos y enemigos, o estás conmigo o estás contra mí, y él me ha situado en el grupo de sus adversarios, lo cual tiene enormes riesgos cuando se halla al frente del periódico, tal día como hoy.

Nuestro conejo de la suerte está hablando por teléfono con el director. BB asiente mientras escucha, como si estuviese recibiendo las órdenes en persona, de manera que no hay duda de que el director le ha hecho un encargo. Tres compañeros y un servidor (los que no formamos parte de su cuadrilla de admiradores) nos tememos lo peor. BB ha colgado y sale de su despacho de cristal y comienza a reptar. Porque BB tiene naturaleza de ofidio. Repta y se va aproximando en zigzag a sus víctimas, que mantenemos la mirada fija en la pantalla del ordenador, como si disimuláramos el peligro que se cierne sobre nosotros. BB pasa a mi lado como una culebrilla y se dirige al otro extremo de la Redacción. Comienzo a respirar, pero de repente oigo aproximarse el cascabeleo de la serpiente que se para a mi lado y me pregunta:

_ ¿En qué estás trabajando?
_ Llevo entre manos un interesante reportaje de interés humano.
_ ¿De qué va?
_ Se trata de un jubilado de Telefónica que quiere contraer matrimonio con su perrita Lucy y que a tal fin se ha reunido con los principales partidos políticos.

BB duda por un instante.

_ Eso puede esperar. El director quiere que vayas a cubrir una manifestación de radicales en el centro de Madrid.

La culebrilla me dice el lugar y la hora de la marcha y regresa sonriendo a su despacho. Mis compañeros resoplan y yo me quedo petrificado en mi sitio. Esta noche no regresaré a casa hasta las doce de la medianoche… y no tengo nada en la nevera. ¡Con lo tierna que era mi historia de Basilio el viudo y su perrita Lucy! Como las desgracias  siempre vienen en parejas, me toca irme con Pepe, el fotógrafo alocado, conocido por sus frecuentes altercados cuando encuentra alguna dificultad para hacer su trabajo. Nos subimos en su coche. El aliento le huele a soberano coñac. Bajamos hacia la Puerta de Sol y de milagro no arrollamos a un guindilla que nos había echado el alto. Pido a Dios que nos presentemos sanos y salvos en la Puerta del Sol.

Cuando aún no hemos llegado, me llaman de la Redacción para dictar una crónica de urgencia para la edición digital. Me la invento, como es natural. El jefe de sección me felicita por su “viveza y realismo”. Es lo que tiene ser especialista en cubrir manifestaciones “históricas” (con la de hoy sumo setenta y cuatro), que te sabes de memoria la introducción, el nudo y el desenlace. De hecho, para días como hoy suelo recuperar alguna crónica escrita hace años. Lo único que tengo que hacer es cambiar algunos nombres y datos, y cuela, vaya si cuela. Las noticias no caducan, se reciclan.

Aparcamos donde podemos, es decir, en una zona prohibida. Que pague la empresa la multa, me digo. Pepe se va a hacer su trabajo y yo el mío. La calle Alcalá está abarrotada, lo mismo que la Puerta del Sol. Antes de que la fiesta empiece, ya sé el menú que les serviré a mis lectores. Dada su ideología conservadora, cuando no reaccionaria, en mi crónica rebajaré la asistencia de manifestantes todo lo posible, incorporando sólo los datos de los agentes de la autoridad; magnificaré cualquier incidente, por pequeño que sea; entrevistaré a algún comerciante cabreado por el corte de tráfico y, si las circunstancias lo requieren, sugeriré que el acto ha sido financiado por potencias extranjeras orientales.

Cuando aún no he logrado tomar ni una sola nota de lo que veo, me llaman los de la radio (es obvio que trabajo en un imperio mediático) para que les haga una crónica de ambiente. Salgo del paso como puedo. Y por fin comienzo a observar lo que tengo a mi alrededor. En principio, veo a gente de todas las edades pero sobresalen los que no son jóvenes ni muy viejos, los que tienen entre treinta y cincuenta años. Observo, como era de esperar, muchas banderas republicanas, algunas autonómicas, una palestina, en suma, contemplo la típica iconografía de izquierdas, que me sé de memoria. Los asistentes mezclan las consignas de toda la vida (“El pueblo unido jamás será vencido”) con otras de más reciente creación, el “Sí se puede” de Obama, “Que no, que no, que no nos representan” y el “Tic tac”, en referencia al tiempo que le queda a la hidra conservadora para ser desalojada de la Moncloa. Los malos para los manifestantes son la señora Merkel, los señores de negro de la troika, los poderosos, los privilegiados, la CASTA.

Al escuchar a los primeros oradores me da la sensación de estar en una reunión para catequistas o boy scouts. Enfrente están los malos, el pecado, la corrupción; a nuestro lado resplandece la luz y la verdad. La verdad, nuestra verdad, os hará libres. Y la gente aplaude y grita. ¡Sí se puede, sí se puede! Un puñado de profesores universitarios, hoy jóvenes transversales, ayer comunistas, se han propuesto llevarnos a la tierra prometida y hacerlo en pocos meses y sin anestesia general. Prometen el evangelio del cambio, como ya hicieron otros jóvenes hace treinta años. Y el cambio sólo llegó a la epidermis del país. Los oradores nos van contando un cuento con final feliz en el que ya sabemos quién hace de madrastra y quién de Blancanieves, esa pobre España que espera ser redimida por este hábil grupo de propagandistas. ¡Sí se puede, sí se puede!, sigue gritando la multitud. Desfilan profesores, uno de ellos el profesor monedero, que echa mano del pobre Lorca y de León Felipe, y que dice cosas tan antiguas como que “somos un pueblo en marcha” o arremete contra “los heraldos de la muerte”, tal vez porque haya leído a Vallejo sin entenderlo, todo ello demasiado lírico para ser verdad y para alguien con un apellido tan prosaico y unas manos tan largas.

Me estoy aburriendo y tengo los pies fríos en esta mañana de un enero que se despide. Amenaza lluvia pero no llueve, y una abuela me está clavando el paraguas en el homoplato. Y toda esta larga espera, de más de dos horas, para ver al líder, al joven que nos ha de salvar de tanto corrupto y golfo. Por fin aparece, y la concurrencia lo recibe al grito de “presidente, presidente”. El líder (el hiperlíder para ser más exactos) es un chico de Vallecas que hace surf sobre la ola de desesperación que recorre España desde hace tiempo. Inteligente, de verbo fácil en las distancias cortas, es un tipo canijo. Es el de la coleta, odiado por la gente de orden. Su oratoria en público es discreta. No es Manuel Azaña ni Felipe González. Lee casi todo el discurso y no logra enganchar con la gente como lo hace su número dos, el profesor de la cara aniñada. El líder arremete contra los malvados, los de arriba, la mafia, y dibuja un país de Jauja para los de abajo, los humildes, los menesterosos, en el caso de que él y sus compañeros asalten definitivamente el cielo, es decir, se queden con el poder. Llega a comparar su lucha con la del Quijote, y los huesos de don Miguel de Cervantes, no muy lejos de aquí, se han removido al escucharle.

Además del Quijote, el líder malva habla de sueños, ilusión, esperanza, cambio, de felicidad, pero no enseña sus cartas. Sólo vende estampitas. Definitivamente estamos llamados a ser un país de gente honrada y culta, y no de pillos y vividores como hasta ahora, como lo hemos sido siempre. Y mientras le escucho entre cientos de gargantas enardecidas, me pregunto si no se estará incubando la última y gran decepción que algunos vivirán. Porque si estos chicos necesarios también fracasan, a mucha gente ya no le quedará ninguna carta por jugar, ninguna ilusión a la que agarrarse. Pero creo que me estoy poniendo muy trascendental, demasiado serio para quienes nos han invitado a sonreír. Debo estar atento al escenario ya que el líder se va despedir de la gente, del pueblo, pueblo, pueblo, como le ha gustado remarcar al profesor monedero, no sin antes lanzar su última consigna, en la que estos treintañeros son unos maestros: “Podemos soñar, podemos vencer”. Y de nuevo el tic-tac, tic-tac. ¡Sí se puede, sí se puede!

El acto termina. Y el pueblo o una parte de él, después de haber recibido su dosis de ilusión, se marcha a la plaza Mayor a comerse unas bravas y unos bocadillos de calamares. La revolución puede esperar un sábado por la tarde. Yo no comeré porque voy con retraso. He de llegar pronto a la Redacción. El fotógrafo se ha marchado sin esperarme, así que cojo un taxi. Al poco de tomar asiento, constato que el taxista está lejos de compartir el credo de los jóvenes transversales. Lleva puesta la radio episcopal. Reconozco la voz de quien habla. El más bobo de los dirigentes conservadores, el de las corbatas imposibles, ha sido elegido para contestar a los organizadores de la marcha. Enseguida se ve que es un mal vendedor de píldoras para el miedo. Con una sintaxis ininteligible, entorpecida por su gracejo extremeño, el bobo conservador también nos trata como a niños. Si nos les hacemos casos a ellos, esta vez a los de la corbata, a los autores de tanta trapacería y embuste, en poco tiempo, nos previene, llegará el final de los tiempos. O ellos o el caos. El caos, evidentemente.

Cansado, hambriento y tiritando de frío, me hundo en el asiento del taxi y cierro los ojos. No quiero pensar en la larga tarde que me espera en la Redacción. Voy pensando en el titular que le pondré a mi crónica. Me gusta ‘Ni coletas ni corbatas” por ser equilibrado, pero sospecho que a BB, siempre con deseos de pillarme en un renuncio, no le gustará y se quejará al director de mis veleidades literarias. Mi madre ya me lo tiene dicho: “Deja a esa gente. Móntate un blog y trabaja sólo para ti.” Y en realidad lleva razón la mujer, que siempre ha querido lo mejor para su hijo el periodista.