sábado, 28 de marzo de 2015

Dime cositas

Como no quedaba té en la despensa, Marta le preparó un café a su padre. Sabía que el cambio no le agradaría, pero se había olvidado de comprarlo en el supermercado. El padre permanecía aún en la cama, el único lugar del mundo donde se encontraba seguro. Después, su cuerpo vacilante buscaría un frágil acomodo en la silla de ruedas, que era como su segunda piel desde que le diagnosticaron, cinco años hacía, una enfermedad degenerativa en los huesos.

Marta le sirvió una bandeja con el café y las galletas, y su padre hizo un mohín de desagrado.

Tengo que salir le dijo ella.
 ¿Adónde vas? Pensaba que me ayudarías a hacer el crucigrama.   
No puedo, papá, tengo una entrevista de trabajo. 
¿Otra entrevista de trabajo? ¿Y qué sacas tú con todo eso? Ni siquiera te llaman para decirte que no te han escogido.

Marta escuchaba las quejas de su padre en el cuarto de baño. Su cara ya no era la de una mujer joven, pero aún podía atraer la mirada de algunos hombres. Con el rostro tímidamente maquillado saldría de casa, algo inusual en ella porque, ni siquiera cuando era adolescente, había mostrado interés por pintarse para gustar a los chicos. Los lamentos del padre seguían oyéndose cuando Marta cerró la puerta con suavidad para que no advirtiera que ya se había marchado. No quería que le viera el vestido rojo que se había puesto. De haber contemplado a su hija, no la hubiera reconocido, pues estaba acostumbrado a verla con vaqueros y camisas holgadas. Ya en la calle, Marta sintió por primera vez dudas sobre lo que tenía que hacer. Esa sensación de inseguridad vino a acentuarse cuando se encontró con un vecino. Creyó notar cierta sorna en su saludo. Él también se habría percatado del cambio de vestuario, ese vestido rojo ceñido y con escote que le realzaba los pechos.

A esa hora un hombre joven de unos treinta años, vestido con traje y sin corbata, la esperaba en la décima planta de un hotel del centro de la ciudad. Él le había avisado de que se dirigiese a la habitación convenida sin detenerse en la recepción. Nadie le preguntaría nada al entrar. Días antes habían hablado dos veces por teléfono. En la primera Marta le comentó su interés por la oferta vista en internet y, muy poco después, él le confirmó que había sido elegida entre otras aspirantes, después ver sus fotos, y le explicó las condiciones del acuerdo.   

A las doce del mediodía las limpiadoras habían terminado su faena en el hotel. Las doce era la hora convenida para que Marta Romeu diera tres golpes en la habitación 223. La puerta se abrió en seguida. Marta esperaba encontrar a un hombre distinto al que tenía delante de ella y que le alargaba la mano para saludarla. 

Encantado, soy Aníbal. ¿Le ha costado encontrar aparcamiento? Por esta zona el tráfico está siempre imposible.
— He venido en autobús. Hace tiempo que no utilizo el coche.
     Siéntese, por favor.

Marta se sentó en la cama. Sus nervios no la habían abandonado, pero intentó que ningún gesto la delatase. Ahora, cuando estaba delante de ese hombre que, lejos de provocarle repulsión, le atraía, pensaba que se había equivocado al venir al hotel. Comenzaba a arrepentirse.  

— ¿Quiere beber algo? — le preguntó Aníbal.
— No, gracias.
— ¿Está cómoda?
— Perdóneme, pero me siento extraña, es que nunca he hecho una cosa así.
— Relájese, si todo va bien habremos acabado en una hora.

Mientras él colocaba una cámara delante de ella, Marta miraba, a través de un ventanal, la ciudad en la que había vivido desde niña, la ciudad en la que había crecido, se había licenciado en Derecho, había conocido al que sería su marido y después su ex marido, la ciudad en la que había tenido a Laura, la ciudad que parecía haberle dado la espalda. El ojo de la cámara la intimidaba.

— ¿Recuerdas a qué has venido, Marta?
— Sí, pero no sé por dónde empezar.
— Cuando se encienda la luz roja ve quitándote la ropa y mírame con ojos de chica traviesa.
— Pero no sé si sabré hacerlo —contestó ella—. Creo que debería irme.

La luz roja comenzó a parpadear.

— Nadie te obligó a venir. Si estás aquí es porque puedes ganar algo de dinero — aseguró Aníbal—.  Él le sonrió con suficiencia, seguro de que ella no se marcharía porque no podía elegir.

Marta se fue quitando el vestido mientras miraba a la cámara, hasta que se quedó en ropa interior. Había elegido un sujetador y un culotte negros para ese día. Estaba orgullosa de tener unas piernas bonitas y unos pechos pequeños pero aún firmes.

— Ahora, quítatelo todo y dime cositas — dijo él.
— ¿Cositas?
— Sí, cositas, guarradas, lo que a los hombres les gusta escuchar para que se les ponga dura. Díselo a esos miles de pajilleros que te van a ver cómo te masturbas para ellos.

Marta dudó tras oír las palabras de Aníbal.

— No sé qué decir… no me sale nada.

Se quedó desnuda en silencio e intentó recordar los videos que compartió con Joan en sus primeros años de relación. De la caja negra de su memoria emergía el lenguaje procaz de aquellas actrices muy jóvenes que jugaban, se besaban y se reían haciendo gestos obscenos. Poco a poco Marta comenzó a balbucear palabras y expresiones que resultaban extrañas en su boca. Quiero comerme tu polla, dámela... uy, qué rica, ¿te gusta cómo lo hago? cómeme el coño, cariño, muy bien, lo haces muy bien, estoy mojadita, ahora métemela, así, así, te deseo, ummmm, quiero tener tu polla dura muy adentro, fóllame más, ahora dame por detrás, más fuerte, más fuerte, cariño, estoy a punto y ahora dame tu lechita…

— Sigue tocándote, a ellos les excita cómo una mujer madura se acaricia. Entonces se sienten los protagonistas de la película —le pidió Aníbal, satisfecho de que ella hubiese vencido su timidez.

Marta se metió el dedo índice en la boca, lo lamió y con él se acarició los pezones y comentó a apretárselos. Comenzaban a estar duros. Volvió a introducírselo en la boca para llevárselo a su clítoris húmedo. Así lo hizo varias veces, intentando olvidar a la mujer nerviosa e insegura que había llegado vestida a la habitación para transformarse ahora en la mercancía que los clientes demandaban con impaciencia.

El trabajo acabó en una hora, tal como le había prometido Aníbal.

Como sabía que llegaría tarde, en casa se había dejado preparada la comida. Sólo tendría que calentarla. Al entrar escuchó la música de ‘Las cuatro estaciones’.

— ¿Qué tal te ha ido? — le preguntó su padre tras escuchar cómo cerraba la puerta.
— Creo que mejor que otras veces, pero no me quiero hacer ilusiones. Te dicen que eres lo que buscan y luego nunca te llaman — le contestó Marta mientras se quitaba el vestido para no tener que dar explicaciones.

Marta vio a su padre de mejor humor que otros días.

— Tengo una buena noticia para ti.
— ¿Cuál, hija?
— ¿Recuerdas que me debían dinero del último trabajo del que me despidieron?
— ¿Aquel despacho de abogados impresentables?
— Ese mismo, el de la familia Mascarell. Me han ingresado 500 euros en la cuenta, así que te he comprado la medicina que te recetaron. En la farmacia me han dicho que tienes que tomar tres cápsulas antes de cada comida.
— Ya me había olvidado, hija, hace ya un mes que estuvimos en la consulta del médico. ¿Y durante cuánto tiempo tengo que tomarla?
— El médico dijo que hasta que te dejaran de temblar las manos. Tómate ahora la primera pastilla para que te comience a hacer efecto cuanto antes, y no te preocupes si te entra sueño, que es lo normal  — le dijo la hija a su padre.

Marta se fue a la cocina. Aún tenía los pezones duros. Entonces recordó que debía comprar té para el desayuno del día siguiente.