lunes, 20 de abril de 2015

Basilio y Fanny son ya marido y mujer

La capital se preparaba para vivir otra de sus jornadas históricas.

— ¡Ya llegan, ya llegan! — gritó el joven periodista con el entusiasmo propio de quienes se estrenan en un oficio sin conocer aún sus servidumbres y sus trampas.

Un compañero veterano, sentado en un banco mugriento de la estación, no había mostrado ningún interés por el aviso del reportero neófito. Era como si nada de lo que fuese a suceder le concerniese. En aquella temprana hora de una mañana primaveral este fino analista político, hoy rebajado de grado por inquina de sus superiores, permanecía concentrado en la lectura de la Crítica de la razón pura de don Immanuel Kant, filósofo que era, con toda seguridad, un completo desconocido para los viajeros del autocar que entraba en la estación, procedente de un pueblo de la Mancha.

Un corro de periodistas, todos ellos de lozana edad, se diría que acabados de aterrizar en el oficio, con la inconsciencia y la insolencia que regala la juventud, esperaban ansiosos a que Basilio y Fanny descendieran del autobús. Dos guardias civiles habían sido enviados al lugar para abrirles paso. Basilio asomó la cabeza y, algo azorado, bajó las escaleras llevando en brazos a Fanny, su perrita, que lucía un lazo rosa en la cabeza para la ocasión. Basilio, jubilado y viudo desde hacía cuatro primaveras, se puso nervioso ante la turbamulta de informadores que pretendían arrancarle sus primeras palabras nada más llegar a Madrid. Hombre tímido y sin don de palabra, apenas dijo un ‘buenos días’ y se marchó pidiendo disculpas mientras era llevado en volandas por los guardias civiles, uno de los cuales resultó ser paisano suyo.

A la hora del desayuno, en todos los bares de Madrid se hablaba de la hermosa historia de Basilio y la perrita Fanny. Algunos clientes jóvenes presumían de poder contar a sus nietos el haber vivido un episodio de los que figuran rara vez en el calendario, más dado a acoger sucesos de poca monta y de pronto olvido. Ante la expectación despertada, dos filas de motoristas precedían al taxi en el que viajaban Basilio y Fanny por el centro de la ciudad. Poco a poco, a medida que la comitiva se iba acercando al Congreso de los Diputados, eran más las personas que se agolpaban en las aceras para ver a la pareja. Unos les saludaban y otros les silbaban a su paso.  

— ¡Mira, mamá, ese es el señor que quiere casarse con su perrita! — le tiraba de la manga un niño a su madre que, como muchas mujeres que habían crecido leyendo revistas del corazón, encontraba esa historia de lo más romántica.

Basilio, ante tanto curioso fotografiándole y haciéndole la V de victoria, no acababa de dar crédito a lo que estaba viendo. Sospechaba que podía haberse metido en un buen lío si el asunto no salía bien. “Menudo problemón para Fanny y para mí si eso sucede”, se decía mientras el taxi enfilaba la Carrera de San Jerónimo en dirección al Congreso, rodeado por centenares de policías ante el riesgo de incidentes provocados por los manifestantes concentrados frente a sus puertas.

El famoso periodista Francis Calabria, con el pitillo bailándole entre los labios, se encontraba ya en las escalinatas del hotel Palace. Su misión era la de escribir la mejor crónica de todos los medios, eso sí, sin recurrir a tópicos ni a falsos sentimentalismos, y a ser posible concediendo más espacio a la fantasía que a la tiranía de los hechos. Por eso él no se había acreditado para entrar en el Parlamento, como el resto de sus compañeros. Le bastaba con imaginar lo que sucedería y hacerlo pasar por verosímil a sus lectores, que siempre agradecían la viveza y el ingenio de sus escritos.

Entonces abrió su libreta y comenzó a tomar apuntes. Como ya se temía, habían comenzado los disturbios en los alrededores del Congreso. Los partidarios y los detractores de los derechos de los animales se cruzaban insultos y amenazas, y algunos de ellos intentaban romper el cordón de seguridad impuesto por la policía. Los agentes trataban de calmar los ánimos con más voluntad que acierto. Una anciana, con una vitalidad que para sí la quisieran muchos jóvenes de hoy, arrojó un palo de escoba contra un adversario acertándole en el ojo derecho, lo que provocó la furia de sus compañeros. “¡Criminales, asesinos!”, le decían a la anciana y a los denominados animalistas, que la jaleaban por su hazaña mientras se replegaban ante la primera carga de los agentes antidisturbios.

En esto llegaron los diputados conservadores, protegidos también por la policía para no ser agredidos por los animalistas. Con el miedo escrito en sus caras, entraron corriendo en el edificio, aunque no se libraron de los insultos. Mientras escuchaban el grito de “¡Fascistas, fascistas!”, caían huevos sobre sus cabezas. Pero ellos, fieles a la tradición aprendida de sus padres y sus abuelos, no podían apoyar la nueva ley del matrimonio entre personas y animales de compañía porque, según alegaban, el matrimonio es una institución sagrada entre dos seres humanos. Ese rechazo a lo que muchos consideraban un gran paso para la humanidad les hacía ser hoy vilipendiados, humillados, escarnecidos. La vergüenza y el pavor que se reflejaban en sus caras eran un triunfo de los animalistas. Estos aclamaron a Basilio y Fanny como dos héroes cuando entraron por la puerta principal del edificio.

El Congreso reflejaba la tensión social vivida en los últimos meses. La discordia había entrado en las empresas, en los hogares de pensionistas, en las familias. Hermanos contra hermanos, amigos que se habían retirado el saludo, parejas rotas. Se hablaba de un país dividido. Hasta ese punto dramático había llegado la polémica de la ley que se iba a debatir. El presidente de la Cámara, hombre moderado y de ánimo conciliador, abrió la sesión con el propósito de limar asperezas. Le dio la palabra a Basilio. El hombre había escrito unas letras en una hoja que sacó de uno de los bolsillos del traje, pero fue incapaz de leerlas, pues la emoción que le embargaba. Había sufrido y luchado mucho por llegar hasta allí. Fanny le miraba con infinita ternura. El caso de Basilio era el de muchos hombres que, tras enviudar, se quedan sin un pretexto para seguir viviendo. Pero Basilio tuvo la dicha de encontrar a Fanny en la puerta de su domicilio, abandonada y recién nacida, como si hubiera sido un regalo de la Providencia. La adoptó, la cuidó y la vio crecer. Y con el tiempo, del roce y el conocimiento mutuos nació el amor entre ellos y un deseo irrefrenable de estar juntos hasta que la muerte los separase.

Basilio, como cualquier enamorado, quería garantizar a Fanny una vida sin sobresaltos. Por eso pensó en casarse con ella, pero le dijeron que no podía ser. Entonces inició una campaña de recogida de firmas para solicitar la aprobación de una ley que permitiese el matrimonio entre personas como él y sus animales de compañía. Aquella iniciativa prendió pronto en el corazón de cientos de miles de ciudadanos que la suscribieron, pero otros muchos se resistieron a dar por buena la relación entre el jubilado y la perrita. Incluso el Vaticano, con una influencia menguante entre sus fieles, hizo una protesta formal, pero de nada le valió. Los progresistas, que habían vuelto al Gobierno, recogieron el guante y aceptaron sacar adelante la ley que pedía Basilio.

De toda aquella movilización ciudadana ya han pasado dos años. Hoy el Congreso tiene en sus manos aprobar un cambio histórico. Le toca hablar al presidente del Gobierno, quien debe defender el proyecto. Lo hace con energía, como el alumno aplicado que recita una lección bien aprendida. No faltan críticas a los conservadores, a quienes acusa de “inhumanos” e “insensibles”. Sonoro aplauso de sus correligionarios, que suman los votos suficientes de no haber sorpresas. Habla el líder conservador, rendido de antemano, mendigando un poco de comprensión, como cuando se opuso al cierre de la última plaza de toros que quedaba en el país. Anuncia que su grupo votará en contra porque la nueva ley va contra sus principios. Esgrime el derecho natural, entre otros argumentos, para defender su posición. Lo hace sin convicción y con prisas. Se le nota incómodo. Acaba ofreciendo diálogo al Gobierno si no se aprueba la ley. Baja del estrado. Tibio aplauso de sus partidarios, que ya le buscan un recambio.

Escuchados los discursos llega la hora de votar. La ley es aprobada por una mayoría holgada. Estallan la alegría y las lágrimas en el palco de invitados entre los que hay vecinos y amigos de la pareja, todos exhibiendo un lazo rosa en sus solapas, el lazo que se ha convertido en el símbolo de la lucha por el matrimonio entre personas y animales de compañía. Basilio le coge la patita derecha a Fanny y la besa en los labios. El presidente se acerca a felicitarlos. La satisfacción que se vive en el Congreso, con ser extraordinaria, no es comparable a la que exhiben los animalistas en la calle. El júbilo, la alegría, la emoción recorren la plaza de las Cortes mientras que los opositores a la ley, que confiaban en un milagro para que no se aprobara, la abandonan cabizbajos.

Antes de que Basilio hubiera intentado leer su discurso, Francis Calabria había enviado ya su crónica al diario. Bajo la cúpula majestuosa del restaurante del Palace, comparte ahora un martini con una aristócrata albano-kosovar, perseguida por la Interpol por haberse hecho millonaria con el tráfico de rubíes en África central. La noble (de quien Francis sólo conoce su nombre falso) está acompañada por Bogart, un gato siamés de mirada inteligente y con un saber estar que sorprende a los clientes del hotel. Bogart no le quita ojo a Francis, y Francis no le quita el suyo a Bogart. Entre los dos ha surgido un aire de complicidad. El popular reportero cree haber encontrado en este gato dandy el tema para la crónica de mañana, pero sabe que esto puede esperar. Ahora dispone de toda una tarde para disfrutar en compañía de una mujer rica, cínica y sin escrúpulos.