domingo, 17 de mayo de 2015

Ya están aquí, cerrad las casas y rezad

Ya están aquí, madre, ya han llegado. Dicen que los han visto entrar en la ciudad, con sus caras de odio y de revancha. Ya están aquí, madre, y tengo miedo, el miedo de los cobardes, tu hijo, el cobarde, tiene miedo, mastica miedo, respira miedo. ¿Qué va a ser de nosotros, madre, cuando nos descubran? Tarde o temprano lo harán. No hay escapatoria. Nuestros soldados han desertado cuando han visto aparecer las primeras columnas de tanques por la Cruz Cubierta y la avenida del Cid. Ya no hay nada ni nadie que les detenga. Están seguros de su victoria. Lo que quedaba de nuestro gobierno ha huido esta madrugada, me lo ha confesado un funcionario del ayuntamiento, han huido en barco y nos han dejado sin protección. Estamos solos, huérfanos como perros sin dueño, enfrentándonos a la barbarie como la que viviste tú, madre, siendo todavía una niña, cuando se llevaron de casa al tío Ramiro por ser lector del abc y ya nunca más supisteis de él. Ahora todo vuelve a repetirse. Veinte años llevan estrellándose, una y otra vez, contra nuestras defensas, pero la división de unos gobernantes pusilánimes les ha asegurado el camino de nuestra derrota. ¡Malditos y codiciosos sean esos gobernantes! Cuando más los necesitábamos nos han traicionado, y ahora estamos solos frente al enemigo.

¿Por qué no me miras, madre? ¿Por qué no me contestas? Abre los ojos, hazme al menos alguna señal con tu mano. Quiero saber si estás viva. Me inquieta que sigas dormida en tu cama de matrimonio mientras yo te hablo y te cojo de la mano y notas la mía temblorosa. ¿Por qué sigues callada? Continúas en silencio, como a ti te gusta, la discreción de la mujer discreta, sigues sin decir una palabra más alta que otra, como cuando Merche se fue con aquel italiano afeminado. Entonces necesitaba tu apoyo y no lo tuve. Me sentí solo, siempre he estado solo en esta familia de secretos y medias verdades, en aquel momento pensé en hacer una atrocidad, te lo confieso. Pero, claro, siempre has preferido a Mario, mi hermano, el favorito de la casa, Mario, el niño mimado, el niño de tus ojos, Mario, al que se le perdonaba todo, mientras yo he sido siempre el chico serio y sin gracia, el postergado, un segundo plato en tu vida. Primero Mario y, después, yo. Siempre fue así. No sabes cómo me dolió tu indiferencia.

Pero no quiero reprocharte nada más, madre. Perdóname si te he podido ofender. Sabes que te quiero, que tu hijo te quiere aunque nunca te haya entendido, que te quiere a pesar de todo. Ahora debemos estar juntos. Levántate y abrázame. Necesito sentir tu ternura. Tal vez nos queden pocas horas de vida. ¿Qué será de ti, de mí, de mis dos hijos, cuando esos socialistas, comunistas y separatistas tomen el corazón de la ciudad? Esta ciudad en la que los nuestros han gobernado durante tanto tiempo. Ya lo decía el abuelo Matías, tu marido, ya lo advertía, antes de morirse de aquel cáncer fulminante de pulmón. ¡Si esos vuelven será como en agosto del 36! ¡Cómo en agosto del 36, madre, con aquella checa que no dejaba de funcionar día y noche en la calle Sorní! ¿Volveremos a comulgar a escondidas, volveremos a ocultar a nuestra Mare de Déu para no ser delatados por alguna criada?

¿No los escuchas ya a lo lejos? ¿No oyes los pasos firmes de los soldados de ese ejército poderoso que se acerca? He cerrado todas las puertas. Vienen a por nosotros, a por la gente de bien, a por quienes todavía creemos en el orden y la civilización. Nos lo quitarán todo.¡Cristo, ayúdanos! Sólo nos queda rezar. Ya no podremos ir los domingos a misa de doce a la basílica de los dominicos, ni después al Aquarium a tomar el vermú con esas olivas que tanto te gustan y esos camareros hechos como Dios manda, tan solícitos con sus clientes. Todo esto se ha perdido, madre. Nadie se acordará de nosotros, los vencidos, cuando la chusma se haga con el mando.

Creo que desvarío. La cabeza me va a estallar. Aprieta mi mano, apriétala. ¿Notas cómo tiembla? Despierta, madre, por favor. Soy yo, tu hijo Jorgito, el hijo que hubieras preferido no tener, el que ha ido de fracaso en fracaso sin encontrar remedio para su vida desgastada. Ahora te necesito más que nunca, como cuando era niño y comenzaba a llorar sin saber por qué y me escondía en el despacho de papá y tú venías en silencio a calmarme y me apretabas contra tu pecho mientras me acariciabas mi pelo rubio de niño torpe y tímido.

— ¿Le ocurre algo?
— ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
— Se encuentra en el hospital La Fe. Soy el médico de guardia de esta planta. La enfermera le ha escuchado dar gritos y me ha avisado. Estaba usted delirando, hablaba de su madre muerta y de una guerra o algo así. Necesita descansar. 
— No me encuentro bien, estoy como mareado, la cabeza me da vueltas. Debe de ser la medicación. ¿Qué día es hoy, doctor?
— Hoy es domingo. Lleva usted una semana ingresado desde su última crisis nerviosa.
— ¿Domingo? ¿Domingo 24 de mayo?
— Sí, hoy es 24 de mayo.
— Entonces es día de elecciones. Tengo que levantarme, tengo que votar a los míos. No puedo quedarme en la cama sabiendo lo que está en juego. 
 — Tranquilícese, no puede levantarse. Es la orden que me ha dado el doctor que le trata. Necesita reposo y no alterarse.
— ¿Qué me tranquilice? Dígale a la auxiliar que me traiga mi ropa.
— Le vuelvo a decir que debe descansar. Hágame caso. Llamaré a la enfermera para que le dé otro tranquilizante. Le vendrá bien dormir unas horas después de la noche que ha pasado. Y no se preocupe por no votar. En este país, créame, siempre ganan los mismos.   

PD. No votéis a Don Corleone. 

domingo, 10 de mayo de 2015

La serenidad de los cuervos

Treinta años llevo limpiando este cristo sagrado con un amor y una dulzura que me colman de orgullo. Media vida he dedicado a sacarle brillo a sus mejillas y a su pecho, a sus brazos en cruz y a sus piernas quebradas, media vida sin faltar ni un solo día a mi deber, ni siquiera cuando, al poco de llegar a esta casa, unas fiebres estuvieron a punto de llevarme al otro mundo. Él es ya como de la familia, de una familia tan corta como la que formamos Avelina y yo que, siendo una pareja de recién casados, llegamos a Madrid, recomendados por don Casimiro, el entonces obispo de Astorga, para ocuparnos del mantenimiento de esta casa.

Hay mañanas en que, cuando nadie me ve, le hablo a mi cristo de nogal y le confío mis dudas y mis pecados, y yo estoy seguro de que él me escucha y me entiende. Lo sé. Avelina se extraña cuando me observa dialogar con él. Se calla y es incapaz de decirme nada. En nuestra vida pesan más los silencios que las palabras. Nuestro matrimonio se fue acallando desde que Mario, nuestro pequeñito, nos abandonó un día helado de noviembre sin que nos hubiera dado tiempo a acostumbrarnos a sus sollozos, rotos por su ausencia temprana.

— Olegario, ¿está ya todo preparado?
— Sí, don Cristóbal, todo está dispuesto para que los señores obispos comiencen la reunión en la sala de plenos.
— ¿Avelina se ha acordado de hacer la limonada?
— Descuide, que a ella esas cosas no se le olvidan. Es lo primero que ha hecho al levantarse.
— ¿Qué nos tiene preparado hoy para comer?
— Cocido que, como usted sabe, le sale riquísimo.
— ¿Y de postre?
— Arroz con leche, pero también ha comprado sandía en el mercado por si algún monseñor quiere guardar la línea — me atrevo a decirle con cierta sorna.

Don Cristóbal, hombre de difícil trato, soberbio y campanudo, es el secretario de la organización. Desde hace tres años controla todo lo que sucede en esta casa. Él lo llama ‘encargarse de la intendencia’. Presume de haber estudiado teología en la Universidad de Salamanca y de haber vivido en un palacio de la Roma renacentista. No es santo de mi devoción. Me desagradan sus maneras afectadas de hombre que tiene siempre la palabra adecuada, envuelta en una sonrisa ladina, para complacer a don Isidoro, nuestro jefe, que está a punto de llegar. 

— Buenos días, Olegario, ¿qué tal anda su mujer?
— Ahí va, don Pelayo, nos hemos puesto en manos de un médico de Astorga, pariente lejano de mi señora, a ver si da con la solución a sus mareos. El otro día me la encontré tirada en el suelo de la cocina. No fue nada, pero imagínese el susto.  

Don Pelayo es un viejecito encantador. Poco tiene en común con el resto de sus compañeros. Es de una ingenuidad que sorprende. Bajo de estatura, cargado de espaldas y de cintura amplia, siempre ha presumido de su nariz hebrea. Don Pelayo es el encargado de coordinar informes sobre la situación de la Iglesia. El año que viene pretende jubilarse e irse a vivir con una sobrina soltera a Tarazona de la Mancha, de donde salió, siendo niño, para hacerse cura.

Don Pelayo es de los primeros en tomar asiento. Poco a poco van llegando los prelados a la sala de plenos, donde Avelina ha dispuesto ya tres jarras de limonada para que los obispos se refresquen el paladar cuando así lo crean conveniente. Hoy estrenamos el mes de julio. El calor comienza a ser sofocante. Todos se ponen en pie cuando llega don Isidoro, quien, como es costumbre, se acerca solícito a saludar a cada obispo y les pregunta por la marcha de sus diócesis. Don Isidoro viene acompañado por Cristian, su secretario personal, un sacerdote joven y guapo de carrera prometedora, según dicen. Derrocha simpatía cuando habla, siempre tiene una palabra afectuosa para todos, y de sus labios sale de cuando en cuando una picardía que provoca la carcajada beatífica de algún obispo.

Don Isidoro preside la sesión con una solemnidad bien aprendida en los muchos años que lleva en el cargo. De su pecho cuelga una ostentosa cruz de plata. El cristo nos observa desde el centro de la estancia. Los obispos sacan de sus carteras el informe que don Pelayo les hizo llegar días atrás. Don Isidoro, después de hacer unas breves consideraciones sobre la reunión de hoy, le cede la palabra a don Pelayo. El anciano comienza a hablar en un tono tan bajo que yo, que estoy en una esquina de la sala por si se me requiere, no le escucho ni una sola palabra.

— Como veréis, las conclusiones del informe que presento no son nada halagüeñas  dice don Pelayo al iniciar su intervención.

Algunos obispos ojean el informe sin mostrar excesivo interés y otros esperan a seguir las palabras de su compañero.

— Decía que no son halagüeñas —continúa don Pelayo— porque si alguno tuviera alguna duda, el informe le aclara que nuestras iglesias se han quedado vacías. Sólo acuden ancianos a ellas. Los jóvenes, en su mayoría, nos han dado la espalda. Las mujeres, cada vez más. Son pocos los fieles que acuden a misa los domingos.
— Son los frutos del laicismo practicado por los últimos gobiernos  —explica don Higini, arzobispo de Tortosa, moviendo su cabeza para cargarse de razón.
— Lo que está pasando no debe extrañarnos —añade don Ramiro, obispo de Mondoñedo, con su voz lánguida y perfumada— Hace tiempo que la sociedad renunció a Dios y lo sustituyó por el dios del dinero y de la vida fácil, por un relativismo moral que nos ha llevado a este estado de inmoralidad creciente.

Don Pelayo ni quita ni da la razón y continúa con su parlamento:

— Este informe nos dice que tenemos que hacer algo para recuperar la confianza de la gente, especialmente de los jóvenes. Si no hacemos nada, si nos quedamos cruzados de brazos, España dejará de ser católica en una década, lo que sería terrible para las futuras generaciones, que crecerían en la ignorancia de Nuestro Señor.

Don Ramiro toma la palabra para contestarle:

— Algo habrá que hacer, algo habrá que hacer… Lo que debemos hacer es combatir, como decía don Higini, ese relativismo moral que lo inunda todo, ese materialismo ateo que ha prendido en el corazón de nuestra juventud. Y decirle al Gobierno que no valen medias tintas ni tibiezas a la hora de defender la fe católica, que España ha sido católica durante siglos, que esa ha sido y debe ser su razón de ser histórica y que cualquier Gobierno debe reconocerlo con hechos, y por supuesto ayudarnos.

Don Isidoro escucha a unos y a otros sin pronunciarse. Hace como que mira los papeles que tiene en la mesa y, ante el silencio que reina en la sala, interviene, forzado:

— Bien, conviene felicitar a don Pelayo por el excelente trabajo que ha hecho. Soy de la opinión de enviarlo cuanto antes a Roma para que nos digan lo que tenemos que hacer, en el caso de que tengamos que hacer algo… Ellos saben mejor que nosotros cómo afrontar estas situaciones. 

Mientras don Isidoro nos habla se oyen fuertes voces en la calle. A las voces le suceden unos pasos acelerados. Alguien ha entrado en el edificio y sube atropelladamente las escaleras que llevan al primer piso en el que estamos. Don Isidoro deja de hablar. Todos nos miramos sin decir palabra. Estamos esperando. De repente dos jóvenes seminaristas, los hermanos Pedro y Santiago, irrumpen en la sala sin llamar a la puerta. Sus caras reflejan agitación. Los dos están fuera de sí. Santiago llora sin ser capaz de articular palabra. Su hermano acierta a gritar, sollozando:

— ¡Han matado al Papa, han matado al Papa! Un minusválido polaco le ha disparado en la Plaza de San Pedro cuando Su Santidad iba a abrazarlo. ¡El Papa, muerto! ¡Dios mío!

Don Isidoro, ajustándose las gafas con su dedo índice, toma la palabra y dice para tranquilidad de todos:

— ¿Y?

Al cabo de una hora, ya sin la presencia de Santiago y Pedro, los prelados se deleitan con el cocido que les ha preparado Avelina. El vino, un clarete castellano, recibe el elogio unánime de los comensales que sólo echan en falta alguna botella más para haber acabado la comida sin recurrir a la compañía molesta del agua. El arroz con leche, con el punto justo de canela.

En la calle, a estas horas tempranas de la tarde, los niños regresan del colegio a sus casas.