martes, 28 de julio de 2015

Spanish gigolo

Es una pareja como muchas otras, aparentemente feliz, de una felicidad gastada por el roce diario de la rutina y las preocupaciones, abrazada para la ocasión, sonriendo ante el transeúnte que ha accedido amablemente a hacerles una foto delante de cualquier monumento de una ciudad europea. Debe de ser un día de invierno. Ella lleva un gorro voluminoso, de un rojo chillón, para protegerse del frío. Él aparenta algunos años más. Está muy delgado. En su mirada hay un fondo de tristeza que contradice la generosidad de su sonrisa. La de ella es espontánea; la de él parece dictada por la gravedad de los acontecimientos que sólo los dos conocen.

El joven vuelve a colocar la foto en su lugar cuando escucha la voz de la mujer del gorro. Ella le ha visto observar el retrato.

—Era mi marido —le dice—. Fue el último viaje que hicimos juntos.
—Lo supuse —le contesta él.
— Ya estaba enfermo cuando fuimos a Copenhague. Los dos sabíamos que nos quedaba poco tiempo por compartir, y a él le hacía ilusión conocer aquella ciudad.
—Debió de ser muy duro para usted.
—No me llames de usted, llámame Lina. Sí que lo fue; aún no me ha acostumbrado a su pérdida al cabo de tres años de su muerte. No hay día que no piense en él. Pero acompáñame al salón, por favor.

Al entrar en la sala, el joven cree haber vuelto a los días de su niñez, cuando visitaba la casa de sus abuelos paternos cada domingo por la mañana. Los muebles del salón parecen haber permanecido allí desde la Gran Guerra, como si nadie se hubiera atrevido a moverlos. Son muebles sin una mota de polvo, de un estilo recargado y pretencioso, alejado por completo de los gustos de los decoradores de hoy en día.

—¿Deseas tomar algo antes de empezar? —pregunta Lina.
—Si tienes algún zumo…
—Veo que eres un chico sano y que, como me aseguraste por teléfono, debes de gustar a las mujeres. Tengo sólo de melocotón, pero si no te gusta te puedo ofrecer cerveza o vino.
—No hace falta; me apetece el zumo de melocotón.

Lina desaparece y regresa en seguida con el zumo de melocotón ya servido en un vaso. Él lo saborea y después pregunta:

—Pues tú me dirás, Lina, ¿qué te apetece hacer?
—Me gustaría que me leyeras a Góngora.

El joven muestra contrariedad al escuchar las palabras de la mujer.

—¿Góngora? No entiendo lo que me quieres decir.
—Cuando busqué la compañía de algún joven en las páginas de un diario, sólo quería el consuelo de una voz, y después de pasarme media hora llamando a móviles, escuché la tuya y me encandiló.
—Pero tú sabes que no ofrezco esa clase de servicios —explica él. Cuando hablamos no me dijiste nada de eso. Pensaba que buscabas lo habitual. Además, lo de leer nunca se me ha dado bien. Siempre me trababa. Era muy malo en la escuela.  
—No importa; tenemos toda la tarde para que aprendas a leer a Góngora.
—¿Y por qué Góngora? —pregunta él, intrigado—. Recuerdo que lo leí en el instituto, pero luego opte por las ciencias para cursar arquitectura, y ya no volví a interesarme por la literatura.
—Me gusta Góngora por la belleza y la complejidad de sus palabras, porque prefiere insinuar antes que mostrar. Góngora, el oscuro.
—Hablas como si fueras una entendida.
—Fui profesora de literatura como mi marido.

Él se da un tiempo para preguntar, apura el zumo y se atreve al fin.

—¿De veras no te apetece lo otro?
—Hoy no, tal vez en otra ocasión.
—¿No echas en falta hacerlo?
—Sí; pero la mayoría de las mujeres somos distintas en eso a vosotros, los hombres. En los últimos años de mi matrimonio no tuve nada con mi marido por su enfermedad. Hoy sólo quiero que leas a Góngora.

Ella se levanta y escoge de un estante una antología del poeta.

—Ábrelo por donde quieras.

Al azar, el joven lo abre por la página 128.

—Empieza a leer, por favor —le pide ella y cierra los ojos, acomodada ya en el sofá, a la espera de escuchar su voz.

Él está sentado muy cerca, reclinado en el otro extremo del sofá. Con una mano sujeta el libro y con la otra se acaricia la frente.

La dulce boca que a gustar convida

Ella reconoce el soneto y repite el primer verso leído por el joven.

—Sigue, has tenido buen gusto al elegir ese poema.

La dulce boca que a gustar convida
Un humor entre perlas distilado,
Y a no invidiar aquel licor sagrado
Que a Júpiter ministra el garzón de Ida,

Amantes, no toquéis, si queréis vida;
Porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
Cual entre flor y flor sierpe escondida.

No os engañen las rosas que a la Aurora
Diréis que, aljofaradas y olorosas
Se le cayeron del purpúreo seno;

Manzanas son de Tántalo, y no rosas,
Que pronto huyen del que incitan hora
Y sólo del Amor queda el veneno.


Desde niño fue insensible a la poesía, a cualquier manifestación literaria, y ahora el joven se ve por un momento perturbado por la emoción de su clienta, que mantiene los ojos cerrados después de escuchar el soneto.

—Muy hermoso, ¿verdad? —pregunta ella como despertando de un sueño.
—No lo he entendido muy bien, ¿de qué va? —contesta el joven.
—De cómo todo se acaba pudriendo y siempre terminamos traicionando a quienes más nos quieren. 

Pasan el resto del tiempo pactado en compañía de don Luis, como a ella le gusta llamar al poeta. El joven acaba aprendiendo a recitar sin trabarse; incluso al final, cuando la tarde ha declinado y los dos están casi a oscuras (porque ella se ha negado a encender la luz), él se siente a gusto leyendo una de las letrillas más burlescas del poeta. Llegan a reírse. Ha nacido una corriente de simpatía entre los dos. Entonces deciden tomarse una copa de vino. Él se limita a cogerle las manos y pasa su lengua por las palmas como un perro aplicado. Ella sonríe agradecida.

domingo, 12 de julio de 2015

Feo, pobre y homosexual

¿Por qué la gente se empeña en descalzarse en los autobuses? No lo entiendo, no son formas. A mi lado hay dos hombres descalzos. Por su pinta y por su manera de hablar deben de ser rumanos o de por ahí lejos. No me extrañaría que perteneciesen a esas mafias que asaltan viviendas en verano cuando sus propietarios se han ido de vacaciones. Pero lo peor de todo no es que se descalcen; lo más grave es que estamos en julio y el autobús carece de aire acondicionado. La compañía ofrece viajes más baratos a condición de prescindir del aire. Yo, que no nado en la abundancia, tuve que acogerme a esa oferta, y maldita sea la hora en que lo hice porque no aguanto el calor ni el olor de esos cuatro pies que prefiero no mirar para evitar desmayarme.

¡Qué largo se me está haciendo el viaje de regreso a Valencia! Y total para nada. Prometía mucho el fin de semana, estaba muy ilusionado con ir a Madrid, pero ahora creo que me equivoqué yendo a la fiesta del Orgullo Gay.

Lo han acertado. Soy homosexual. Pero además soy feo y pobre, lo que restringe seriamente mis posibilidades de tener relaciones con un hombre. Si a ello añadimos que estoy fondón (mi madre me ceba) y que me acerco a los cincuenta, mis esperanzas de ligar son más bien escasas, muy escasas, por no decir nulas. Pero ¿no dicen que de ilusión también se vive? Pues a Madrid me marché el sábado con la esperanza de encontrar un cuerpo con el que solazarme por una noche. Mi madre, que acepta y comprende mis inclinaciones, me dio parte de su modesta pensión para pagar el transporte (recordemos que sin aire acondicionado) y un hostal en Chueca, un hostal muy limpio y aseado, todo hay que decirlo. Con lágrimas me despidió en la estación como si no fuéramos a vernos en años. 

No sé qué le diré dentro de una hora, qué excusa buscaré cuando llegue a Valencia, la abrace y volvamos a casa. Desde hace tres años vivo con ella porque perdí mi trabajo de auxiliar administrativo y me echaron del piso por no poder pagar el alquiler. Desde entonces no he encontrado empleo ni novio ni un lugar donde caerme muerto. Para ser sinceros: estoy hundido en la miseria, algo así como en un pozo lleno de mierda que no me permite levantar cabeza.

Pero no quiero desviarme de mi relato porque algunos de ustedes tendrán curiosidad por conocer las razones de mi fracaso en la corte. Lo cierto es que Madrid estaba divino cuando llegué a primera hora de la tarde. Antes de la manifestación no se podía andar por el centro: cientos de parejas de hombres y cientos de parejas de mujeres andaban abrazadas, besándose a la vista de todos; guardias municipales muy amables atendían solícitos cualquier consulta de la gente; los conductores hacían sonar los cláxones de sus coches en señal de júbilo; las banderas del arcoíris colgaban de los balcones de muchas viviendas de la Gran Vía, los camareros de los bares nos lanzaban besitos. En fin, que Madrid no era la ciudad conservadora y carca de la que me habían hablado. Madrid era un paraíso temporal para gais necesitados como yo.

Dejé el equipaje en el hostal. Me atusé el pelo, me eché medio frasco de colonia en el cuello y en los sobacos y, sin pensármelo dos veces, me lancé al asfalto con la ferocidad de un perro en celo. Me las prometía muy felices.  Sin embargo, pronto me di cuenta de que la caza no iba a ser tan fácil, no por falta de presas sino por incompetencia del cazador. Mis insinuaciones y mis miradas a los chicos jóvenes con los que me cruzaba no eran comprendidas o correspondidas, todo lo más recibía alguna sonrisa sin compromiso. No les gustaba, al parecer. Tuve toda la manifestación para comprobarlo. Tampoco ayudaban mis rodales de sudor que destacaban en la pechera de mi camisa. Siempre he tenido un problema con la transpiración de mi piel, y ahora más porque estoy rellenito.

Y acabó la manifestación y llegó la hora de cenar. Me fui a Callao, donde habían instalado un gran escenario. La fiesta estaba en su punto álgido. Entonces aproveché para comer el bocadillo que mi madre me había preparado, un bocadillo de atún con tomate que me estuvo riquísimo. Cantantes de los que no había oído hablar y bailarines muy jóvenes amenizaban el ambiente. ¡Qué cuerpos, Señor! Cuerpos cincelados tras largas horas de esfuerzo y dedicación en gimnasios caros. ¡Qué apolos, qué adonis, qué efebos! No quiero ponerme estupendo ni picante, pero se me hacía la boca agua mirándolos. Y comencé a beber, y ahí empezó mi desgracia. Porque yo, que me conozco, sé que cuando bebo ya no paro. No sé parar. Y el dinero que llevaba me lo gasté en una y otra y otra cerveza. Sonaban canciones de Alaska, Marta Sánchez y Mónica Naranjo, divas a las que amo y admiro, sonaban con tal fuerza que me sentía pletórico, rodeado de jóvenes que se besaban (y magreaban) y que me observaban con una mezcla de asco y conmiseración. Estaba ya completamente borracho, se me nublaba la vista y comenzaba a tambalearme. No recuerdo nada más. No sé cuantas horas estuve tirado en el suelo, en la esquina de Callao con Preciados. Había amanecido cuando desperté entre vómitos propios y ajenos.

— Estos maricones no tienen remedio… —creí escucharle a un barrendero que arrastraba la condena de ganarse la vida limpiando los desperdicios de los demás.

Regresé al hostal abatido, dando tumbos, con la camisa sucia y los pantalones caídos. ¡Si me hubiera visto mi madre en ese estado! ¡Con la ilusión que le hacía que viniese a Madrid! En la Gran Vía, a la altura del edificio de Telefónica, un morito me ofreció hacerme un francés por 20 euros, pero como soy pobre y me había gastado todo el dinero en cervezas, decliné la oferta, no sin lamentarlo. Al llegar a Fuencarral el corazón me dio un vuelco. Había un grupo de neonazis que insultaban a todos los gais que pasábamos. Ellos también habían salido de caza pero con más arrojo que yo. Apreté el paso, exhibí mi lado más masculino y llegué como pude al portal del edificio donde estaba mi hostal, en la plaza Vázquez de Mella. Al entregarme las llaves de la habitación, el chico de la recepción, bizco y tierno, me miró con lástima. Debía de tener un aspecto lamentable.

Me costó abrir la cerradura de la habitación. Me temblaba el pulso. Dormí mal, me asaltaron pesadillas, la peor de ellas cuando mi primera y única novia, una chica de Valdepeñas, hija de un policía nacional ya jubilado, se presentaba en la habitación con su padre tratando de ajustar viejas cuentas. Nunca aceptó que le dijese que era homosexual y que me gustaba su hermano Juan Camilo más que ella. Pobre Dolores, en el fondo le tenía cariño, ¿qué habrá sido de aquella mujer?

No sé para qué les cuento todo esto. Creo que ya les aburro. Estamos entrando en Valencia. Los termómetros marcan 41 grados. De ola de calor habla un periodista en la radio con gran originalidad. Los rumanos siguen descalzos. El olor de sus pies es indescriptible. Siento que he fracasado. Todo por ser feo y pobre, amén de homosexual. El autocar ha entrado en la estación. A juzgar por sus caras fatigadas, los viajeros están tan deseosos como yo de abandonar cuanto antes este horno para coger sus equipajes. Son caras sudorosas, de gente que, si pudiera, no volvería a viajar en estas condiciones. Pero volverán a viajar. No tienen alternativa. En un minuto el autobús se queda vacío. Solo quedo yo, que bajo el último. Recojo mi maleta. Y cuando me alejo escucho una voz viril y firme:

— ¡Caballero, se olvida esta bolsa! —me dice el joven conductor, un hombre moreno y apuesto como los que tanto me gustan y que luce una sonrisa que me derrite por dentro.

— Muchas gracias —le contesto con una mirada de complicidad que espero sepa captar.

¿Y si fuera él la persona que estaba buscando y el viaje hubiese merecido la pena? ¿Y si fuera el hombre de mi vida?