sábado, 29 de agosto de 2015

El mundo

Tropas islamistas invaden Cerdeña sin encontrar resistencia. El ejército italiano se repliega en una maniobra que recuerda a la batalla de Dunkerque. División en la Unión Europea sobre cómo afrontar el ataque militar. Rusia confía en la vía diplomática. Detenido el ministro español de Hacienda en el aeropuerto de Barajas. La Policía encuentra dos millones de euros en su equipaje. Se sospecha que pretendía evadir ese dinero a Luxemburgo. El futbolista Jeremy Rodríguez y la modelo Estefany Lasecca ponen fin a su relación después de tres meses, dos semanas y cinco días de convivencia. La escultural modelo llevará a su ex pareja a los tribunales por infringirle “un daño moral”. La edad en que los niños se inician en el sexo baja a los nueve años, según un estudio del Instituto de Pedagogía Carlos IV. Los autores del trabajo destacan la madurez con que los menores viven su primera experiencia sexual.

Miles de personas se apuntan al casting de la cadena Tele 6 para ser concursantes del programa Suicidios en directo, la gran apuesta del canal privado para la próxima temporada. El ganador, que deberá matarse ante las cámaras con la opción que escoja libremente, será premiado con 10.000 euros, que pasarán a sus herederos, en caso de tenerlos. El Estado de Florida aprueba la ley que legaliza el matrimonio entre robots del mismo sexo. La oposición conservadora amenaza con llevar la norma al Tribunal Supremo. Abatidos veinte inmigrantes cuando intentaban superar la valla en la frontera de Melilla. El gobierno lamenta lo sucedido, abrirá una investigación, aunque no duda de la buena voluntad de los agentes implicados. Fallece un hombre de 71 años en una operación de alargamiento de pene. La clínica en donde se le practicó la intervención carecía de los permisos necesarios. Después de invadir Sicilia, las tropas islamistas han desembarcado en Nápoles a pesar de los intentos de la aviación transalpina por impedírselo. Varias iglesias construidas bajo el dominio español han sido incendiadas. Bruselas acuerda constituir una comisión para estudiar posibles medidas de fuerza para contener la amenaza musulmana.

Dos alumnos de secundaria matan a golpes a un profesor por afearles que le hubiesen grabado con el móvil. El caso ya está en manos del fiscal de menores. Los adolescentes, que están recibiendo ayuda psicológica, deberán acudir los fines de semana a un seminario sobre violencia escolar, organizado por el Ministerio de Educación. El profesor, que era interino e impartía Geografía e Historia, deja esposa y una hija de dos meses. Un joven paquistaní salva del fuego a tres niños que permanecían solos en un piso. El gobierno, presionado por la opinión pública, estudia otorgarle un permiso de residencia de un año. El Papa aprueba que la mitad de las iglesias europeas se conviertan en centros de comerciales y de ocio. La dolorosa medida ha sido adoptada ante la falta de vocaciones sacerdotales y la brusca caída de feligreses. La empresa Baby Boom, centrada en hacer bebés a la carta, saldrá a Bolsa el próximo mes. La compañía ha cuadruplicado sus beneficios desde su fundación, hace tan sólo tres años.

Los fabricantes de preservativos lanzan una agresiva campaña para contrarrestar el incremento del sexo virtual. Se estima que mil millones de personas lo practican a diario. El 21% de los trabajadores aceptarían no cobrar durante su primer año de contrato, de acuerdo con un informe de la patronal. El gobierno, conocedor del estudio, prepara una nueva reforma laboral y la ‘racionalización’ del sistema de pensiones. El periodista Javier Carrasco, premiado por la Liga de los Hombres Perdidos. Carrasco se compromete a seguir defendiendo la causa de este colectivo incomprendido. La artista Cher fallece a los 112 años. Su asistenta la encontró muerta en uno de sus doce cuartos de baño, muy maquillada y con un camisón de encaje negro. Estaba muy sexy, al parecer. Roma, cercada por el ejército islamista. El gobierno en pleno huye y fija la capital provisional en Milán. La UE y la OTAN acuerdan enviar un contingente de mil voluntarios para combatir a los islamistas. El Papa hace un llamamiento a la paz y al encuentro entre religiones, sin aparente resultado. Los islamistas se dedican a saquear Roma como hiciera el emperador Carlos V. Dos guardias suizos (los más apuestos) son violados por las tropas. Todos los cardenales se encuentran ya en sus países de origen. Sólo el Papa ha decidido quedarse para sufrir el martirio. Ha pedido ser crucificado boca abajo como San Pedro.


domingo, 23 de agosto de 2015

Después de la muerte de Rafael Chirbes

Un hombre llora en la calle tras conocer la muerte de un escritor. Ha comenzado a llorar sin esperarlo, huérfano de una razón sólida para justificar esta repentina congoja. Llora con la discreción que requiere el momento, ocultando sus lágrimas bajo unas gafas de sol. Extraño suceso el de ver a un hombre llorando, a plena luz del día, por la desaparición de un novelista. ¡Si al menos hubiera sido un futbolista o una tonadillera! No olvidemos qué país nos ha tocado en suerte.

Quien llora —ya lo habréis adivinado algunos— soy yo. Camino, en la mañana de un domingo limpio de agosto, por una ciudad deshabitada. Sus vecinos duermen aún o escaparon, este fin de semana, a alguna playa del Mediterráneo. Sigo paseando mientras hojeo el periódico que trae la noticia. Hay dos páginas dedicadas a glosar la figura y la obra de Rafael Chirbes. Leo un artículo de Muñoz Molina, quien destaca la lealtad de Chirbes a una manera de situarse ante el mundo y de entender la literatura. Leo también los textos de especialistas en su obra y sigo sin creerme su muerte. Es extraño. La muerte callada no pide permiso para entrar. Ya lo sabíamos. Pero ¿qué derecho tenía el propio Chirbes a pedir una prórroga si las cartas ya estaban echadas? ¿No le había sucedido lo mismo a aquel periodista local, ya jubilado, que conocías vagamente y que había muerto esa misma semana de otro cáncer fulminante? Se acumulan las pérdidas, nos golpean las ausencias y no vale preguntarse el porqué.

He dejado de llorar, lo que me tranquiliza. Sería embarazoso que algún conocido me viera así. Últimamente lloro más de lo habitual, a veces por una nimiedad. Se ve que me estoy haciendo viejo. Algunos viejos se transforman en unos sentimentales ridículos, lo que les convierte en irreconocibles. En ello estoy yo, un viejo en construcción que echara en falta la escritura radical (radical porque iba a la raíz de las cosas) de este escritor valenciano, que eligió el castellano como lengua literaria.

Queda el mezquino consuelo de saber que acabó su última novela, pendiente de publicarse en 2016, al igual que sus diarios. Bien hallados sean. Constituirán el punto y final de la carrera de un hombre que nunca figuró entre los escritores mimados por el régimen, aunque ahora, reducido a cenizas, vaya a recibir el homenaje organizado por un puñado de oportunistas. Chirbes fue un autor de minorías (en cierto sentido hoy lo sigue siendo) hasta el éxito editorial de Crematorio en 2007. A partir de entonces su obra fue descubierta por lectores como yo, que vio en sus novelas un retrato auténtico e inmisericorde de este país, cuadro de los demonios familiares que siguen persiguiendo a los españoles, recuerdo de una última guerra civil que no acaba de cicatrizar. Chirbes habló de esa podredumbre moral, que tuvo su origen en el franquismo y que creció como una planta carnívora en los felices y tramposos años del juancarlismo. 

Hombre de izquierdas, de una izquierda derrotada en la Transición, crítico con los trileros del socialismo ibérico, Chirbes debió de refugiarse en la literatura para sobrevivir a la vida, para levantar acta de un tiempo que le desagradaba pero del que quería dar fe, como hizo su admirado Galdós al retratar la Restauración. Dentro de cincuenta años, sí todavía hay costumbre de leer novelas, los lectores habrán de volver a Chirbes para saber cómo era esta España sin gloria y en crisis, a libros como La larga marcha y La caída de Madrid o a los más recientes Crematorio y En la orilla. Novelas que demuestran, sin ningún propósito moralizante, que las relaciones de dominio siguen siendo muy parecidas hoy a las que se vivieron en el franquismo, con vencedores y vencidos. Chirbes se sintió uno de esos perdedores en aquella batalla por traer una democracia que no fue la que deseaba, y se refugió en el campo de las letras, con una voluntad de desquite que al final dio sus frutos. Su obra le sitúa entre los tres o cuatro mejores narradores españoles de este principio de siglo. De esto hay pocas dudas.

Regreso a la casa paterna después de dos horas de pasear sin norte, agradecido a un sol que ya no daña como en semanas anteriores. Cuando subo las escaleras me percato de por qué lloraba. Tengo tiempo para descubrirlo porque son siete pisos. Era algo no tan difícil de entender. Lloraba por mí, de manera egoísta, porque la muerte me ha privado, nos ha privado de nuevas palabras de Chirbes, palabras con que nos alimentábamos cada cierto tiempo para no morirnos de frío e indiferencia. Palabras que nos dañaban y nos consolaban, que añadían lucidez y por tanto dolor, páginas de novelas con las que envolvíamos nuestras menudas esperanzas antes de que se pudrieran a la mañana siguiente. Palabras, las de Rafael Chirbes, que seguiremos recordando y extrañando cuando ya nada importe.   

domingo, 16 de agosto de 2015

¿Por qué me habéis hecho taurino?

Era 1978 o tal vez 1979. En aquel verano nos habían dado las vacaciones en el colegio y nuestros padres no sabían dónde colocarnos. Unos días nos mandaban por las mañanas a una academia, donde resolvíamos aburridos problemas de matemáticas o nos torturaban con dictados, y otros, cuando estaban de mejor humor, nos permitían ir a la piscina municipal (entonces sólo había una en toda la ciudad). Lo de las tardes era distinto. Después de comer llegaba la hora de la siesta, y en casa estallaba un maravilloso silencio, que ni las moscas de julio se atrevían a romper. Se dormía y se roncaba con las ventanas abiertas, sin ni siquiera el alivio de un ventilador, hasta que el reloj daba las cinco. Era entonces cuando mi padre y mi madre se levantaban de la cama como autómatas, cumpliendo con un ritual necesario, y encendían la tele para ver la corrida que el canal público iba a transmitir.

En el comedor yo les acompañaba, casi siempre aburrido, sin fijarme en la pantalla, centrado en la lectura de algún libro de Los Cinco. Sólo cuando el locutor dramatizaba elevando la voz, porque un toro había cogido a un torero (podía ser Sebastián Palomo Linares o Paco Camino), sólo entonces arqueaba la ceja derecha y me fijaba en lo que había ocurrido en la plaza, deseoso —debo confesarlo ahora no sin vergüenza— de que el público hubiese asistido a una tragedia, lo que casi nunca sucedía, por desgracia. Los niños son así de crueles.

De aquellas tardes de calor y bostezos me quedó una actitud de indiferencia a la fiesta. Había años en que me cruzaba, durante la feria de mi ciudad,  con unos aficionados eufóricos, llevando en volandas al matador triunfador, y no podía reprimir mi desdén hacia esas muestras de alegría por considerar que todo aquello no iba conmigo. Me pasaba con los toros como con el bádminton o el flamenco, que no formaban parte de mis intereses ni de mis preocupaciones. Leía, sin embargo, las bellísimas crónicas de Joaquín Vidal en EL PAÍS, cautivado por la elegancia de su prosa sin entender, la mayoría de las veces, los conceptos que manejaba. Yo era un ignorante y como tal no sabía lo que era un volapié ni una chicuelina. Pero reconocía en Vidal un talento que ya después no he encontrado en otros críticos taurinos.

Esa indiferencia hacia los toros me acompañó durante muchos años. Comenzó a quebrarse cuando un parlamento regional, gobernado por una partida de facinerosos, prohibió las corridas de toros en su territorio, no tanto por la defensa de los animales, que era a la postre una cuestión secundaria, como por el hecho de que los toros eran identificados con España, la malvada España, la madrastra del cuento que aterroriza, como es sabido, a todos los niños de la Península, portugueses incluidos. En otras partes del país nació una aversión hacia la tauromaquia por ser considerada una tradición bárbara, que si era una tortura y no un arte, que si había que precintar las plazas, que los aficionados eran unos fascistas, etc. etc. Y así fue calando en una parte de la sociedad, sobre todo entre la juventud robusta y engañada, la disparatada idea de que los animales tienen derechos y sentimientos como las personas. Alguien en su sano juicio, medianamente equilibrado, es incapaz de sostener tales sandeces, a menos que haya sufrido carencias afectivas en la niñez (tal vez les faltó el cariño de sus abuelos maternos) o tenga una vida sexual poco o nada satisfactoria. El uso exclusivo de la cama para dormir puede derivar en ciertas patologías mentales, al decir de algunos especialistas.

¿Cómo explicar, si no, el comportamiento de esos grupos de energúmenos que escupen o llaman ‘asesino’ al pobre aficionado que acude a las taquillas a comprar una entrada para ver la faena de Morante de la Puebla? Ya me gustaría que esta nueva generación de savonarolas mostrase la misma sensibilidad por las personas que la que reservan para los animales. Por ejemplo, con las miles de trabajadores que se quedarían sin empleo si su propuesta de prohibir las corridas saliese adelante, lo cual podría suceder a no muy tardar. Pero al margen del daño que provocarían a todas esas familias, lo que de verdad está en juego es la libertad personal. Y es aquí donde quería llegar. Porque nunca les perdonaré a los antitaurinos que me hayan obligado a salir de mi apacible letargo para defender el catón de la democracia: que cada uno puede hacer lo que le plazca siempre que respete a los demás.

Es imperdonable que me hayan forzado a mí, consumado cínico, campeón del escepticismo, misántropo en ciernes, cazador de soledades, que no cree en nada salvo en el amor de sus padres y en la protección de la Virgen de Cortes, a saltar al albero para defender lo que parecía obvio pero ya no lo es a la vista de lo que sucede en los alrededores de las plazas. Y no lo es porque hay una nueva generación de clérigos que, imitando a su pesar a los del pasado, nos indican cómo hemos de vivir, qué es lo bueno y qué es lo malo para nuestras vidas. Si aquellos nos querían hacer buenos católicos a base de prohibiciones, estos son iguales aunque hayan sustituido los alzacuellos por los piercing. Nos dicen cómo debemos hablar (ciudadanos/as y parecidas zarandajas), a qué espectáculos debemos acudir, en qué comercios debemos comprar, si hemos de consumir carne y así una larga serie de obligaciones para obtener el carnet de ciudadanos modélicos y aburridos.  

Lo triste de estas líneas es que, lejos de sumar algún lector a mi causa, me habrán granjeado la enemistad de mis amigos y conocidos que, además de animalistas (así se hacen llamar), son vegetarianos y monógamos. No sé qué será peor si lo de ser animalista o monógamo. Ellos sabrán. Doy por sentado que he perdido el saludo de esa gente culta, moderna y europea y que me evitarán, si les es posible, en los restaurantes y a la salida de los teatros. A estas alturas ya me pongo en lo peor. Lo único que espero es conservar la amistad de mi compañera Bel, madrina de todos los gatos valencianos, quien sabrá encajar artículos como este con una sonrisa. Y puestos a soñar, si ella quiere, tengo reservadas dos entradas para la feria del Pilar, que este año promete con Sebastián Castella y Alejandro Talavante de figuras indiscutidas. El hotel, evidentemente, también lo pagaría yo. En habitaciones separadas, me imagino.  

sábado, 8 de agosto de 2015

Del odio a las corbatas

Hay momentos en la vida en que uno descubre que escogió el camino equivocado. Ese momento ha llegado esta mañana cuando, antes de salir a la calle, me he mirado en el espejo del recibidor de casa y he descubierto que tenía trazas de hombre ridículo. Ha sido sólo un minuto frente al espejo pero ha resultado suficiente; iba vestido con unas bermudas color crema, una camiseta roja de diseño indescriptible y unas chancletas que en el pasado reciente se reservaban sólo para ir a la piscina del barrio. Lo dicho: me he reconocido como parte destacada del gremio de los payasos, gremio sumamente respetable y que sufre la competencia diaria de nuestra clase política.

¿Qué hacer?, me dije sin quitar la mirada al espejo y recordando la misma pregunta que se hizo Lenin por motivos bien diferentes. Si salgo a la calle me sentiré en dulce compañía, habida cuenta de que el grueso de la población compartirá mi indumentaria de abril a septiembre, pero eso equivaldría a traicionarme. No quería ser uno más del redil. Bastante lo soy ya cuando ficho en la empresa cada mañana, pago unos impuestos confiscatorios y respeto unas leyes a sabiendas de que muchas son injustas.

Abandonándome a estas cavilaciones me dirigí al dormitorio y me desnudé. Lancé al canasto de la ropa sucia la camiseta adquirida en springfield por 5,99 euros, las chanclas y las bermudas. Abrí el armario en busca de lo que cualquier hombre que se precie debe tener, esto es, una camisa blanca, planchada y con cuello duro. Y allí estaba, después de mucho buscar entre prendas estampadas y chillonas. Allí estaba colgada del perchero, muerta de risa, quien sabe si meses o años esperando su oportunidad. Me la puse. La acompañé con unos chinos beis que me regaló una antigua novia hispano-colombiana; una americana azul marino; una corbata rojo burdeos de pala estrecha, comprada en un mercadillo de Florencia, y unos mocasines negros.

Creedme si os confieso que me sentía extraño, como un príncipe en un mundo en el que las monarquías gozan cada vez de menos predicamento, empezando por la de nuestra triste España. Un príncipe, sin embargo, que esperaba recuperar la admiración de sus compatriotas por su empaque y saber estar. Salí entonces a la calle, seguro de mí mismo, pero pronto comprobé que no reinaría. Al príncipe lo miraban de reojo sus súbditos, que vestían como el niño de la selva o de modo muy parecido, algunos con el torso desnudo, como esos adolescentes de tez oscura, de raza diferente a la nuestra, que encuentras en el metro que se dirige a la playa de la Malvarrosa. Lejos de despertar asombro, mi cuidada indumentaria suscitaba miradas torvas y rictus despectivos, tal vez envidias. Pero en tal difícil trance, me dije que no tenía otra opción que ser fiel a mi estilo, como un personaje de Proust en un salón parisino. Así se forjan los grandes hombres, en las horas de adversidad, en encrucijadas vitales como las que os narro.

He dado todo este rodeo, jugando con las palabras, yendo de un lado para el otro con mi vocabulario de principiante, porque necesito dejar clara mi adhesión al buen vestir, a exhibir un buen porte, a ir hecho un pincel. ¿Qué somos sino portadores de un estilo, elegante o chabacano, personal o gregario, que nos hace ganar o perder el aprecio ajeno? ¿No era eso el dandismo? El estilo nos diferencia o nos confunde con el resto. Por eso pienso que una camisa bien almidonada, sin arrugas, es una declaración de buenas intenciones, una de las escasas aspiraciones sensatas que le quedan al hombre contemporáneo. Fenecidas las ideologías, agotadas las fórmulas mágicas de las iglesias y de los partidos, sólo cabe aferrarnos a esa camisa blanca que nos dice más de nosotros que cualquiera de nuestras ideas importadas de lugares comunes.

Y me sigo preguntando por las causas de esa animadversión a vestir bien. ¿Por qué hemos proletarizado nuestro vestuario? Fijaos en la desaparición progresiva de las corbatas, una prenda en peligro de extinción cuando antes era un signo de elegancia. Comenzaron prescindiendo de ella los presentadores de las televisiones privadas de signo progresista (las mismas que explotan a sus trabajadores), luego fueron los líderes de la llamada izquierda y recientemente los jóvenes directivos depredadores de las empresas tecnológicas. ¿Necesitamos alguna prueba más de la decadencia de Occidente? Pues ahí la tenemos. ¡Si hasta un ex presidente del Gobierno acudió descorbatado a una comida con el anterior jefe del Estado! En fin, a esto nos ha conducido este simulacro de democracia, a ser un país de descamisados, de barniz peronista, que tiene en los tatuajes y el ocio barato sus nuevas señas de identidad nacionales.

Pero no todo está perdido. Nuestro rey, con quien comparto edad y  color de ojos, mantiene el gusto por la etiqueta, incluso en verano, cuando tiene más mérito. Sabe estar y sabe vestir. Realeza obliga. Sólo por esa razón se merece mi confianza y la de aquellos españoles que se resisten a mostrar sus pantorrillas mientras pasean por el centro de las ciudades en agosto. Y si esas pantorrillas son flacas, lechosas y peludas, como las de un turista inglés en Benidorm, hemos de hacer de la necesidad virtud.

Lo peor, claro está, es sobrellevar este calor homicida. El sudor, ese enemigo declarado de la prestancia, me chorrea por el pecho encharcando mi camisa de seda. Y es ahora cuando me siento como aquel entrenador mofletudo de Cieza arengando a sus jugadores en un partido condenado a perderse.