sábado, 19 de septiembre de 2015

Fragmentos de la ciudad caníbal

Desde que abrió la pensión con los ahorros de su trabajo de tornero, hace veinte años al menos, entonces la pobre de su mujer aún vivía, el viejo avaro se toma las tardes de los lunes para descansar. Después de comer, cuando la casa queda en silencio, se encierra en el despacho. Se sienta delante del escritorio, cierra los ojos y se recrea imaginando el dinero guardado bajo llave en uno de los cajones. Y cuando ya han pasado los minutos que considera necesarios, minutos de regocijo, lo abre con parsimonia, deleitándose con el breve forcejeo de la llave, y fija sus ojos de conejillo daltónico en el interior para confirmar que todo sigue en orden. El dinero permanece ahí, tal como lo contó por la mañana, después de que todos los huéspedes (todos menos uno) le pagaran la semana por adelantado. Algo parecido al placer siente al acariciar los billetes de diez y veinte euros, papel arrugado casi siempre, que con seguridad ha transitado por las manos sudadas de media ciudad. Vuelve a cerrar los ojos y los huele con ansiedad. Él y el olor de dinero manchado de sacrificios ajenos.

—Don Higinio, ¿da usted su permiso? —se escucha una voz joven y femenina, tímida también,  al otro lado de la puerta.
—Haga el favor de pasar  —contesta el dueño de la pensión—. ¿Qué desea?

La mujer, con el pelo recogido, la mirada nerviosa y la voz insegura, se atreve a decir lo que llevaba varias horas calibrando:

—Me dijo que hoy cobraría por el trabajo de todo el mes.
— Ah, sí, mujer, no me acordaba —ensaya la respuesta aprendida.

El viejo avaro saca unos billetes del cajón y se los entrega a la mujer. Ella los cuenta y manifiesta su desconcierto.

—Pero aquí hay menos de lo que usted me dijo. Prometió pagarme 400 euros y sólo hay 250.
— Lo sé —dice el hombre—, pero no has tenido en cuenta las veces que te hemos dado de comer en la pensión, ni tampoco cuando te has llevado leche y pan para tu hijo. Debería estar muy contenta, tal como están las cosas. A esta casa no dejan de llamar mujeres ofreciéndose para limpiar.

La joven, humillada, baja los ojos, balbucea una despedida y pide permiso para marcharse. En la calle, cuando nadie de la pensión puede ya verla, se pone a llorar mientras cuenta el dinero de nuevo. Ese viejo miserable la había engañado. Ya se lo habían advertido. Y ahora ¿de dónde sacaría el dinero necesario para seguir criando a su hijo? ¿Adónde podía ir una mujer sin estudios y, para colmo, del Perú?

En un vagón del Metro cruza la mirada con hombres y mujeres que respiran el mismo aire de cansancio y desesperanza. Se suceden las estaciones con monotonía, sin que la rumba interpretada por un músico callejero la distraiga de sus cavilaciones. A punto de llegar a su destino, la joven limpiadora advierte la presencia de una nueva viajera, una mujer rechoncha y negra, cargada de años y muecas, que declama con voz potente y acento cubano.

—He venido a anunciarles la buena nueva. Cristo, el hijo de Dios, se sacrificó en la cruz para que ustedes viviesen. Cristo, con su infinita misericordia, les ama como un padre sólo puede amar a sus hijos, aunque conozca sus debilidades y sus traiciones.

La mayoría de los viajeros no levantan la cabeza de sus teléfonos móviles cuando la predicadora pasa a su lado para entregarles un papel con citas de la Biblia. Sólo dos personas lo aceptan sin saber si habrán de darle algo a cambio. La mujer se detiene en la mitad del vagón, extiende los brazos en cruz y continúa con su sermón.

—Sólo Cristo conoce la hora y el día de nuestra muerte. Aún estamos a tiempo de reconciliarnos con él, de arrepentirnos  —dice—. Pero para ello, hermanos, debemos rechazar la llamada del diablo. Satanás quiere nuestra perdición. Sólo el Señor puede salvarnos del reino de la oscuridad. Sigan a Cristo y abandonen la senda del pecado.

Empujada por la fuerza irreal de sus palabras, esta mujer, sonrisa en mano, sigue recorriendo cada uno de los vagones del Metro, ajena al rechazo o la indiferencia que despierta en los viajeros. Ha cumplido con el deber diario de haberle arrebatado algún alma al poderoso Lucifer. Cuando llega a la superficie es ya de noche. Antes de regresar a la vivienda que comparte con siete compatriotas, la predicadora se encamina al centro. Le esperan unos amigos. En una calle bulliciosa y sucia, un grupo de hombres y mujeres pobremente vestidos se apiñan en torno a unos contenedores de basura. Una adolescente les sirve caldo caliente en vasos de plástico. Esa será su cena. Los contenedores sirven de mesa. La familiaridad con que se tratan hace pensar que se conocen. La mujer que anunció esta tarde la buena nueva de Cristo saluda entre sonrisas y abrazos. Ella también tiene reservado un caldo caliente.

Al lado de este corrillo de menesterosos, varias jóvenes espigadas, de piel muy blanca y ojos claros, cuerpos baratos a la venta, vidas camino del agotamiento, intentan llamar la atención de posibles clientes. Dos turistas extranjeros, sentados en una terraza, se divierten observando a las prostitutas. Hablan el idioma de los bárbaros. Tienen la insolencia de la juventud ágrafa. Han bebido en exceso y se ríen por cualquier pretexto. Eructan. Chocan las manos como si se hubieran comprometido a hacer algo. El de menos edad, que cubre la cabeza con un sombrero de paja, empieza a grabar a una de las prostitutas. La chica sonríe, encantada del papel que le han asignado. Piensa que será la manera de conquistarlos. Pero el acompañante comienza también a grabarla a ella y a otras dos compañeras. Los jóvenes bárbaros se ríen de su hazaña, como si estuvieran retratando a animales en un zoo. La prostituta, que comienza a sentirse ofendida por el juego, les insulta. Ellos también lo hacen. La joven meretriz, respaldada por sus colegas, no se arredra y les recuerda que sus madres comparten el mismo oficio que ellas y sus compañeras. El más borracho le abofetea la cara. Entonces, de manera inesperada, unas manos cuidadas y pequeñas lo agarran del hombro para detenerlo. Son las manos de un hombre de gesto tranquilo y mirada triste. Los dos turistas no saben cómo reaccionar. La actitud del indígena les ha sorprendido. Se alejan mascullando palabras duras en su idioma violento y, cuando se encuentran a una prudente distinta, levantan el dedo corazón mofándose. La prostituta se muestra agradecida al héroe de la noche. Llega a insinuársele, pero él se aleja de la calle con la extraña sensación de haber vencido la cobardía que  siempre le  acompaña en situaciones semejantes.

—Caballero, ¿quiere algo de embutido?

El hombre de la mirada triste se gira y observa a un anciano encorvado que arrastra un carro de la compra.

— No, gracias —responde—, ya he cenado.

El viejo no se da por aludido y saca del carro una ristra de chorizos.

—Pruébelos, son caseros, de Salamanca, no como los que venden en los supermercados. También tengo plátanos, alcachofas, azúcar.
—No, muy amable, tengo la despensa llena —le responde.
­—Si necesita comida a buen precio, siempre ando por el barrio. Que tenga una buena noche —se despide tirando del carro hacia ninguna parte.

El héroe de la noche, el que salvó a unas prostitutas de la agresión imperialista, confía en que todos estén dormidos en la pensión. Con el paso dulce y medido de una bailarina, alcanza la puerta de su cuarto en silencio. En la habitación del dueño está encendida la televisión. En el suelo encuentra una nota escrita: “Han llamado de la residencia de su padre. Es muy urgente”. El mensaje prosigue: “Mañana tengo que hablar con usted. O paga lo que me debe o se tendrá que marchar”.

El huésped moroso se echa en un catre con la ropa puesta. Está cansado y hambriento tras un día sin premio. Uno más. Sólo quiere dormir unas horas, descansar de sus pies doloridos, olvidar, taponar la memoria, esperar a que la noche le dé una tregua antes de enfrentarse, a la mañana siguiente, a la ciudad que le consume y a la que sigue amando sin una explicación clara. 

jueves, 10 de septiembre de 2015

No sé qué me das

Esta es una triste historia, demasiado corriente como para recordarla después de ser leída, la historia de Pilar, una mujer que, como le sucedió a su madre y a la madre de su madre, ve escapar una vida sin saber cómo recuperarla, incapaz de ganarle la partida al tiempo, ese tirano que pone plomo a los días, el arquitecto que diseña nuestro infortunio.

Empecemos, pues, por contar este relato, aunque no alberguemos dudas sobre la inutilidad de nuestra tarea. La existencia de Pilar, como la de tanta gente, no nos importa. No olvidemos esto, aunque no sea elegante reconocerlo. Llegada cierta edad, cercamos el campo. Ya no invitamos a más conocidos y forasteros porque nuestra capacidad de conocer, la curiosidad por los demás, esa estúpida ilusión de que alguien aún nos puede estar esperando, se obstruyó por la cal de las decepciones. A eso le llaman ir haciéndose viejo. Y, en efecto, algo de cierto hay. Sabemos que el camino se estrecha. Nuestras decisiones, condicionadas por unas circunstancias volubles y a menudo adversas, nos llevan a repetir los mismos errores, a herir. Tal vez no nos queden más opciones. Y así nos vamos deshaciendo, poco a poco, hasta que un día nos llega la hora blanca y definitiva.

Pilar solo ha dormido dos horas esta noche. Los nervios, la excitación le han impedido conciliar el sueño. Desde las diez, cuando acabó de cenar una ensalada y un yogur para cumplir con un régimen severo, no ha parado de enviar y recibir mensajes de Raúl, un treintañero que trabaja de portero en una urbanización. Se conocieron en un chat hace dos días, y desde entonces ella cree haber encontrado lo que buscaba. En cada uno de los mensajes, Pilar pone algo de ella, de cariño, interés y un poco de picardía. Ella, que lleva tantos años sin pareja desde que se divorció, ha recuperado lo que llaman ilusión. No sé qué me pasa, no sabría decirlo, Raúl, pero cada vez me siento más cómoda contigo. Yo también, Pilar. Hacía mucho que no experimentaba una sensación así. Mmmmm. Me gusta lo que acabo de leer, guapo. Jijiji. Emoticonos.

Esta mañana, antes de pasarse por la asesoría donde trabaja, Pilar intenta combatir el sueño con un café muy cargado. El camarero la mira extrañado. Ella lo nota. Sólo bebe té a esas horas. Apenas ha tenido tiempo para maquillarse. Sigue estando sobresaltada. En el ascensor de un edificio de oficinas vuelve a consultar su teléfono móvil por si Raúl le ha enviado otro mensaje. No lo hay. ¿Y si todo hubiera sido un entretenimiento de él? ¿No estaría casado, como otros? Mejor no pensarlo. Hola, ¿qué tal? ¿No me dices nada, cariño? ¿Ocurre algo? ¿Te has enfadado? Raúl sigue sin responder.

Por fin, sí, hay un mensaje de él. Hola, preciosa, disculpa que no te haya contestado antes. Estaba reunido. ¿Reunido? ¿Los porteros también se reúnen? En fin, no importa, me lo creo, tengo que creérmelo, qué remedio. Me encanta saber de ti, cada vez más. Me gusta lo que me escribes. Pensaba que ya te habías olvidado de mí. No, cariño, créeme, estaba ocupado. Vale, ¿sabes? Cada vez me siento más cerca de ti. No sé qué me das. Tengo ganas de conocerte, Raúl. Yo también, Pilar, y muchas. Debo dejarte. Me esperan en la reunión. Ok, muakksss. Emoticonos.         

Pilar no ha podido concentrarse en toda la mañana. La pantalla del ordenador es como un lienzo en blanco. Le tienen que repetir varias veces lo que ha de hacer. Pilar, ¿no coges el teléfono? ¿Te ocurre algo? No, tranquila, estoy bien. Está desconocida. Sólo piensa en él, en la calidez de sus palabras, en el deseo que se desprende de ellas, en ir más allá. Ha pensado en que podrían vivir juntos. Su casa es grande desde que su padre se marchó. Tengo que decirte algo esta noche, Raúl. ¿El qué? Es demasiado largo de explicar por aquí. A ver si me das tu número de teléfono y hablamos. Ok, Pilar, pero no nos precipitemos. No hay que forzar la situación, ¿vale?. Bueno, te dejo, que el jefe ha convocado una reunión inesperada con toda la plantilla. No sé qué será. Un besito. Hablamos por la noche, guapo. Emoticonos.

El jefe, un abogado con el pelo engominado y papada de buey, empieza agradeciendo el trabajo de todos pero acto seguido se refiere, con voz engolada, a la difícil situación de la asesoría, que ha perdido, dice, un tercio de sus clientes, lo que obligará a tomar “medidas dolorosas”, eufemismo que ha de ser entendido por despidos. No adelanta el número de los afectados. Pilar se teme lo peor. No quiere pensar en el paro, lo que podría comprometer su relación con Raúl. ¿Quién querría estar con una mujer de 49 años sin empleo? Recuerda a tu hermana Carmen, más joven que tú, parada desde hace tres años, y con una carrera, lo que tú no tienes, y con un novio que se la dejó, quizá por eso se harta de tranquilizantes, la pobre.  

Arranca el coche para volver a casa. Está confusa, tiene miedo. No hay mensajes de Raúl, mal presagio. Una hora sin saber de él. La circulación es densa a esas horas de la tarde. Pilar se salta un semáforo por consultar el móvil. Mala suerte. Un autobús embiste tu coche. Si al menos hubiera sido un turismo… Una ambulancia tarda media hora en llegar. Ella queda inconsciente por el tremendo golpe. La trasladan a un hospital. Morirá en la intervención. Su padre, cliente de alzheimer en una residencia privada, desconoce el suceso. Mejor así. Estas noticias acaban afectando. La asesoría (que no pensaba incluirla entre los despedidos) envía una preciosa corona de flores al entierro. Por la noche Raúl le envía dos mensajes pero, al no recibir respuesta, la bloquea. Y sigue chateando.