domingo, 25 de octubre de 2015

A mis tres maestros

A veces soy agradecido. He de serlo más. El pecado de la ingratitud debería estar penado con presidio. Los desagradecidos, aquellos que no tienen unas palabras de recuerdo para quienes les ayudaron, tienen reservado, quiero pensar, su lugar en el infierno. Ahora que voy envejeciendo me doy cuenta de que sería muy poquita cosa sin las muletas de mis padres y las de la gente que me ha querido y me ha orientado con sus consejos.

Algunos de vosotros sabéis que me dedico a la docencia desde hace poco más de un año. Comencé haciéndolo por necesidad y confío en que llegue el día en que lo haga por convencimiento. Soy un aprendiz en esto de enseñar y ahora, cuando la realidad ha pulverizado todos mis tópicos sobre la educación, constato lo difícil y arriesgado que es enseñar a los demás. Hay veces en que, al entrar en un aula, he sentido pavor porque no me sentía preparado para transmitir unos conocimientos que estaba lejos de dominar. Poco a poco los voy amarrando como a caballos salvajes que aún se me resisten. Para mi relativa tranquilidad, hoy me siento un poco más seguro que ayer.

Cuando los cincuenta ya asoman en el horizonte, creo que ha llegado el momento de hacer recuento de las personas que fueron mis maestros. En mi vida de estudiante he conocido a muchos profesores pero sólo tres tuvieron una influencia decisiva en mi carácter, tal vez en mi destino. Estas palabras aspiran a ser un testimonio de gratitud hacia ellos, tres hombres muy diferentes entre sí, en la personalidad y en los conocimientos, con quienes tuve la suerte de coincidir.

Al primero lo conocí en 1974. Fijaos si hace tiempo de aquello, que el general aún vivía. Mis padres acababan de matricularme en el colegio salesiano de mi ciudad. Habían dudado entre los escolapios y los salesianos. Al final se decidieron por estos últimos, pese a que el colegio se encontraba a las afueras, lejos de donde residía, en la antigua carretera de Madrid. Recuerdo mi primer día de clase como si hubiera sido ayer: a un niño pálido y rubio con los ojos muy abiertos, sin dar crédito a lo que estaba viendo en el recreo, en un campo de fútbol donde se jugaban tres partidos a la vez. Recuerdo a don Severiano Landete, entonces un joven de patillas generosas. Vestía suéter negro con cuello de cisne y pantalones beis de campana. En la puerta principal del colegio saludaba a los padres que habían traído a sus hijos, algunos de los cuales berreaban y pataleaban porque no querían quedarse allí.

Don Severiano nos acompañó de primero a cuarto de la EGB. Nos enseñó a comportarnos e intentó que aprendiéramos las nociones básicas de lengua, matemáticas, ciencias naturales y sociales. Había sido portero del equipo de fútbol de mi tierra. Era moreno y tenía carácter. Al cabo de los años coincidí con él en la Redacción de un diario local donde trabajé al poco de licenciarme. Era un colaborador pero no acierto a recordar si de deportes o de otra sección. Si la vida le ha respetado, hoy debe de estar disfrutando de una placentera vejez en compañía de sus nietos.

Mi segundo maestro fue catedrático de griego en el instituto Andrés de Vandelvira. Éste centro arrastraba entonces —hablo de 1982­— una fama de mil demonios. Se decía que era un nido de comunistas y que se traficaba con droga. La mala fama del Vandelvira se había extendido por la ciudad. Mis padres, conocedores de ella, dudaron en si dejarme cursar el Bachillerato en un sitio tan poco recomendable. Por fin se decidieron. Ellos no se arrepintieron; yo mucho menos.

Tuve un plantel de profesores muy preparados. Desde entonces he defendido la educación pública (ahora con mayor motivo, que vivo de ella). Ir a un instituto público era garantía de aprender si el alumno demostraba un mínimo interés. Entre los  profesores destacaba Jesús José Rodríguez. Todos los alumnos le llamábamos el Jejo. El primer día de clase, antes de dirigirnos la palabra,  escribió unos versos en el encerado que decían algo así: “Lo que no sabes por ti mismo no lo sabes.” Toda una invitación al conocimiento, a pensar por cuenta propia. Eran unos versos de Bertolt Brecht. Extrañaban en alguien que, además de ser catedrático de griego, era sacerdote, bien es verdad que perteneciente a la rama progresista.  

No aprendí mucho griego pese al entusiasmo que el Jejo ponía en sus clases. Estábamos en enero y abría las ventanas, ante nuestro desconcierto. Era un profesor de energía. Para aprobar sus exámenes me dedicaba a copiar discretamente. Él no se percataba porque andaba mal de la vista. A él le debo el amor a los libros, el sagrado veneno de la literatura. Hasta entonces había sido un lector discontinuo y nada entusiasmado. Al conocerlo me convertí en un letraherido, en un novio del papel y de la tinta impresa.  

Después de abandonar el instituto, el Jejo y yo nos hicimos amigos. Durante más de veinte años lo visité en su casa grande y espaciosa de la calle Albarderos. Hablábamos en el salón durante cuatro o cinco horas, con la única compañía de un televisor de los años sesenta (nunca encendido) y de las imágenes unos santos y vírgenes que colgaban de unos tapices. Mi amigo pasa sus últimos años en una residencia para sacerdotes jubilados. En verano fui a visitarlo. Vi a un hombre próximo a cumplir los noventa, una edad cruel para cualquiera. Nuestro encuentro fue breve. Le hablé de mi nueva vida, de mi lucha por la supervivencia. Me bendijo con una mirada. Nos abrazamos sin la certeza de volver a vernos.

El tercero de mis maestros fue profesor de la Universidad Complutense y me impartió la asignatura de Redacción Periodística. Vestía como un funcionario del Foreign Office: traje gris marengo con botones cruzados, camisa blanca y corbata de colores oscuros. Su cara recordaba a la de Fraga. Siempre venía con un maletín negro del que sacaba las fichas que iba leyendo para explicarnos, con una voz grave, su visión del periodismo y de la vida. Para aprobar su asignatura tuve que entrevista a Mario Onaindía, que me pareció un gran tipo, y al Poli Díaz el Potro de Vallecas, con quien compartí unos momentos inquietantes.

La persona de la que hablo se llama José Julio Perlado. Antes de profesor había sido corresponsal de ABC en Roma y París y había cubierto, entre otros acontecimientos, el mayo del 68. Nos hablaba del general De Gaulle. Alucinábamos. Fue y es un gran periodista que supo —como nos reconoció después— que al final uno ha de elegir entre el periodismo o la vida. Aquella verdad la aprendí años después con dolor. Quisieron las circunstancias caprichosas que volviéramos a coincidir en Madrid, él ya jubilado y yo a punto de despedirme del periodismo en un viaje a ninguna parte. Sus consejos atinados me ayudaron a resistir cuando no encontraba la salida. Luego conoció mi paso a la docencia. Hoy seguimos en contacto a la manera moderna, a través de correos electrónicos, sabe de este blog y quedamos de cuando en cuando en el Gijón. Umbral, cliente de este café, recuerda en La noche que llegué al café Gijón que Perlado le ayudó en sus comienzos de periodista, cuando acababa de llegar de Valladolid, dándole espacio en una de las revistas que mi antiguo profesor dirigía por aquel entonces, a principios de los sesenta.

Severiano, Jesús José y José Julio, tres maestros en mi vida. Yo, que no siempre soy agradecido, quise dejar testimonio de gratitud hacia ellos. Era una de mis cuentas pendientes. Y la he saldado. Ahora estoy en paz.    

lunes, 12 de octubre de 2015

Guapos y de derechas

Guapo, guapo, lo que se dice guapo, no soy. Todo lo más atractivo, resultón si se quiere, con cierto sex appeal. Creo haber engatusado a alguna mujer con mis ojitos azules pero, como no me recorto mis cejas pobladas, al estilo de Brézhnev (¿alguien se acuerda de quien hablo?), acabo siempre perdiendo mi encanto.

Escribo desde mi lado superficial, que es el que más me gusta. Tengo lectores superficiales (pocos) y profundos (menos todavía). Entre los primeros está mi prima Tatiana Díez de Rivera y Ortiz de Pinedo, que pertenece a la rama noble de la familia. Tatiana, que nunca ha trabajado en nada serio porque no lo necesita, se pasa la vida jugando al pádel, yendo a pilates y tomando gin-tonics en la Alameda con sus amigas del Liceo Francés, algo que sólo está al alcance de la gente instalada.

El otro día, después de salir del trabajo, y cuando los periódicos aún vomitaban tinta sobre ese episodio tan pesado que algunos han llamado problema catalán, me encontré a mi prima en el cruce de Xàtiva con Marqués de Sotelo. Como siempre, iba cargada con bolsas. Reconocí las de Loewe, Hermès y Bimba y Lola.

­— Hola, primo, ¿cómo te va? —me preguntó con su sonrisa de rica de toda la vida.
— Pues ya me ves, sobreviviendo, como casi todo el mundo.
— Ya me doy cuenta, primo. Debes rebajar esa tripita cervera que estás echando —se atrevió a decirme con descaro—. Te recomiendo que vayas a mi gym, a ver si recuperas la forma, que te veo muy fondón.

Mi prima Tatiana, pese a estudiar en colegios carísimos, nunca ha aprendido a tener tacto con la gente. No lo necesita, por lo que se ve. Mientras se metía con mis kilos de más y mi papada de ganso, me fijé en sus labios, que habían crecido de forma desmesurada desde la última que nos vimos, al principio del verano.

Ella siguió:

— El futuro, primo, es de la gente guapa. Desengáñate y no te fíes de nadie que te hable de la belleza interior. Ahora que va a haber elecciones, ya verás cómo los guapos son los que triunfan.
— ¿Y quiénes son los guapos? —le pregunté, ingenuo.
— Ciudadanos, ¿cómo puedes dudarlo? Son de derechas y guapos, como nosotros, bueno… como yo.

Le agradecí la sincera y amarga precisión. Hay matices que dañan como puñaladas. ¿De derechas? ¿Acaso lo he sido yo alguna vez? ¿Y qué es ser de derechas? ¿Y qué es ser de izquierdas? No me aclaro. Para ser sinceros, nunca he tenido muy claro lo que he sido en política. Soy un pelín bisexual en lo ideológico: le he dado a todo, incluso voté a los comunistas de Anguita el siglo pasado, en las elecciones de mi pueblo. Aquello fue uno de mis pecados de juventud y nunca me he arrepentido lo suficiente.

— Eres un cielo, prima —mentí, en realidad la detestaba por lo que me había dicho—. Pásame la dirección del gimnasio por SMS.
_ ¿Por SMS? ¿No tienes guasap?
_ No, mujer, hablas con un hombre chapado a la antigua.

Me miró con desprecio, perdonándome la vida como sólo saben perdonarla algunos ricos del Example, se despidió con cara de palo y se fue con sus bolsas.

La conversación con Tatiana me había dejado pensativo. Cansado de apostar por caballos perdedores, ¿por qué no hacerlo ahora, cuando los tiempos iban a cambiar, por uno ganador? Puede que ella tuviera razón y que el futuro fuera de los guapos. Ya lo dejó escrito mi admirado Boris Vian: que se mueran los feos.

A pesar de la dureza con la que me trató, Tatiana no me dejó indiferente y concluí que en España tenemos dos derechas para elegir: una fea y otra guapa. La fea, la poco agraciada, es la España bizca de Rajoy y la teñida de Aznar, el hombre del misterioso bigote. ¿Lleva o no lleva bigote el señor Aznar? He ahí la cuestión. Lo ignoramos. Y la guapa, la España atractiva y moderna, la que nos equipara con la Europa del capitalismo rubio y las finas maneras, es la del joven Rivera y las mujeres que le rodean. Confieso que he tenido fantasías animadas con la catalana Inés Arrimadas y la madrileña Begoña Villacís. Unas veces por separado y otras con las dos juntas. En una ocasión nos miraba el joven Rivera desde un extremo de la habitación. En fin, que con los años me estoy volviendo un poco depravado, como casi todos los hombres de mi edad.

Tatiana tiene razón. Como ya no creemos en las ideologías —siempre engañosas— nos agarramos al estilo. Al estilo que un hombre o una mujer exhibe para seducirnos. Los grandes políticos han sido seductores. Recordad a Adolfo Suárez, un político sin ninguna idea, que no había leído un libro en su vida y llegó a presidente. Por eso mi voto será para Ciudadanos, no tanto por su programa (que no me molestaré en leer porque sé que lo incumplirá) sino por la prestancia de sus líderes.

Si alguien tiene que gobernarnos los próximos cuatro años, que sea una cara bonita.  No volvamos a cometer el error de elegir a un señor reñido con el espejo, a un registrador de la propiedad sin el menor atractivo. Y si podemos escoger, yo me inclino por la bella Inés, la joven e inteligente Inés Arrimadas, nuestra Agustina de Aragón contra el separatismo catalán. Para defender la causa de España, se ha sacrificado echándose un novio independentista. Así se va haciendo país. Guapa, de derechas y, además, generosa. ¡Qué más puede pedir un españolazo como yo!    

jueves, 1 de octubre de 2015

Vivir en 'b'

Hay veces en que una buena película justifica pagar la asombrosa cantidad de 8,90 euros. Me ocurrió el pasado fin de semana en el único cine de Madrid que proyecta B. Cuesta entender la testimonial distribución de la cinta dirigida por David Ilundain. Podríamos pensar mal, deducir que en vísperas de unas elecciones generales al actual gobierno no le conviene que los espectadores recuerden las declaraciones de Luis Bárcenas ante el juez Pablo Ruz asunto central de la película, pero no lo hacemos porque somos de naturaleza ingenua, escasamente dada a la suspicacia.

Éramos unas treinta personas en la primera sesión de la tarde de un sábado. Todos de una edad superior a los cuarenta años, gente sensata con la que se puede compartir butaca porque sabes que no te la va a jugar mascando chicle, comiendo palomitas o consultando su teléfono móvil. Espectadores civilizados en un ambiente familiar, dadas las reducidas dimensiones de la sala.

Como el argumento de la película puede molestar a quienes han tenido el poder casi absoluto desde 2011, una partida de bandoleros a punto de ser desahuciados, B tiene todas las papeletas para pasar desapercibida. Habrá que esperar a la reacción del público. Si esta fuera positiva, lo que aún está por ver, quizá los empresarios de la cosa se arriesgarían a proyectarla en más salas.

Salí satisfecho después de haberla visto, aunque eché en falta que fuera más larga. Una hora y cuarto me supo a poco. B refleja la intervención de Luis Bárcenas ante el juez Ruz en la Audiencia Nacional. El guion copia las declaraciones literales del extesorero de los conservadores en una sala de la Audiencia Nacional. La película es teatro filmado (de hecho está basada en una obra de Jordi Casanova) y se sostiene en el diálogo entre Pedro Casablanc (Bárcenas) y Manolo Soto (Ruz). Casablanc, a quien descubrí en la serie Isabel, está inmenso, colosal, un regalo delicatessen para el espectador. Consigue que te creas al personaje, al principio firme y soberbio, después nervioso e impulsivo, a un Bárcenas inteligente, con un gran dominio de la palabra, astuto y atractivo. Si no fuera porque sabemos que tiene muchos millones en Suiza, hasta nos pondríamos de su parte en el pulso con el partido.

Hago memoria y no recuerdo haber visto una película titulada con una simple letra, B. Porque lo que Bárcenas cuenta, de sobra conocido, es la contabilidad irregular del partido gobernante, sus pagos en negro a dirigentes principales, su doble moral pidiendo sacrificios a los ciudadanos mientras ellos evitaban pagar impuestos. Hoy sabemos que el sistema del que forma parte ese partido tiene dos caras, como los discos de vinilo: la cara A, con una música que nos sabemos de memoria, el bello discurso de las libertades y de la separación de poderes, a lo que hay que sumar las apelaciones a la engañosa transparencia, y la cara B, la corrupción, el chantaje entre las mafias del poder político y económico, el saqueo del Estado por unas minorías. 

En los últimos años hemos ido perdiendo la inocencia a medida de que descubríamos, no sin dificultad, que el sistema vivía en b. Supuestamente vivían en negro el anterior jefe del Estado con sus escarceos cinegéticos y sentimentales; y también el actual timonel de los conservadores, que cobraba sobresueldos sin declarar si creemos a su extesorero. En la caja B del sistema también metían la mano los partidos políticos, que se financian de manera ilegal; la banca con sus cuentas falseadas, y las petroleras y eléctricas, siempre proclives a pactar los precios a costa de los consumidores. O, ahora, la Volkswagen trucando motores.

Es cierto que la cara B del sistema no puede competir en popularidad con la A, una canción de letra pegadiza para gente sencilla, pero a algunos nos parece que aquella nos revela mejor cómo funciona el cuarto oscuro de esta democracia. Nosotros, espectadores de un sainete interpretado por personajes que nunca son lo que parecen, también nos hemos contagiado del virus de la simulación. Nuestras vidas están hechas de horas en negro y días en b, de todo aquello que callamos y ocultamos. Esos silencios dicen más de nuestras intenciones que las palabras que malgastamos a diario. Vivimos en b como Bárcenas y el difunto rey campechano, pero a nuestro modo, con mentirijillas de andar por casa, con esos pequeños engaños para consolarnos, fingiendo ser la clase media que fuimos un día. Y sin cargo de conciencia, claro, porque somos hijos de un país que sobrevive de hacer chapuzas. ¿Con IVA o sin IVA?