domingo, 29 de noviembre de 2015

Adiós a todo eso

Ha helado en Madrid y la gente no sabe si protegerse del frío o del miedo.

Dicen los entendidos que volvemos a estar en guerra. Como no soy perito en batallas ni en desastres bélicos (sólo puedo hablar de los míos personales), no puedo afirmarlo ni negarlo con rotundidad. Lejos de mí enmendarle la plana a quienes así lo sostienen, de tanto politiquillo que se agarra a las circunstancias adversas para creerse De Gaulle y ganar unos centímetros de estatura política.

Estamos en guerra, repiten, circunspectos, ante las cámaras de televisión. Guerra, guerra, palabra de gatillo fácil. Palabra que atemoriza y confunde a los honrados ciudadanos que no tienen más remedio que subirse al metro para ir al trabajo. ¿Volaremos o no volaremos hoy? He ahí la cuestión. El alivio llega cuando te apeas del vagón y te abres paso, fuera de la estación, entre vendedores ambulantes y voluntarios de la paz que te entregan pasquines candorosos a favor de la fraternidad entre los pueblos.

No sé si estamos en guerra, decía. Pero sí sé que estamos en un tiempo de despedidas. Hagámonos a la idea de que algunas cosas ya no volverán. Convivimos con ellas en el último tramo del siglo XX y las disfrutamos —unos más que otros— hasta hace bien poco. Toca despedirse, con dignidad y sin aspavientos, de una forma de vida en la que la libertad, la intimidad y la seguridad nos daban forma. Digamos también adiós a la prosperidad que nos alcanzó tímidamente. Y demos la bienvenida a una nueva Edad Media cimentada en el fanatismo, la pobreza, la incultura y la violencia, en la que tendremos reservado el papel de distinguidos vasallos.

Siento deciros que no hay salida ni esperanza. No la esperéis de los mercachifles que se acercan a vosotros para venderos una pildorita de ilusión a cambio de un voto. El Occidente al que pertenecemos carece de sangre en sus venas: es un viejo gagá que ya no puede pagarse las medicinas. Su declive es evidente, inexorable. Sólo cabe dudar sobre el día de su caída, que estará forzada por la presión de los bárbaros internos —que llevan ya años instalados a la espera su oportunidad—, y de los que aporrean las puertas de una fortaleza en ruinas.

No hay nada nuevo bajo el sol de este noviembre que acaba entre sombríos presagios. Días de zozobra e inquietud fueron ya vividos por otros hombres y mujeres en el pasado, como aquellos romanos que, antes de que Alarico saqueara su ciudad, se habían quedado sin maestros a los que imitar y sin héroes que pudieran salvarlos. Estaban solos como nosotros. Solos frente a la barbarie. El Gran Miedo, esa criatura felina que el poder ha dejado suelta, será nuestra única compañía durante un largo tiempo. Tiene forma de mochila abandonada y no descansa. Ahora lo llaman guerra.   

martes, 17 de noviembre de 2015

El diario de Carne de Cañón

14 de noviembre

El niño se ha vuelto a poner enfermo. Vomita y dice que le duele mucho la tripa. Toñi ha tenido que llevarlo a urgencias. Allí han esperado cinco horas para ser atendidos. El pediatra les ha dicho que no es nada importante, que tal vez sea un virus.

Anoche mataron a mucha gente en París. Fueron los moros, quiénes si no.

Esta tarde, a la hora de la partida, en el bar de Ezequiel no se hablaba de otra cosa. Algún cliente nos ha confesado que le da reparo coger el metro por si esos salvajes vuelan el tren en el que viaja, como hicieron en Atocha. Yo pienso como Ezequiel: con esa gente no valen paños calientes. Mano dura, eso es lo que necesitan. Si ellos nos matan a diez, nosotros a cien de los suyos, y a ver quién ríe el último.

16 de noviembre

Toñi me ha dejado al chiquillo —que sigue vomitando y ahora tiene fiebre— porque la han llamado para limpiar en una casa de Aluche. Si no fuera por lo que ella saca fregando suelos, no sé de qué íbamos a vivir. Madre también nos ayuda, hace lo que puede comprándole ropa al niño. Al Ayuntamiento hemos ido a pedir ayuda, y después de rellenar todo el papeleo aún estamos esperando a que nos contesten. Si fuéramos moros o rumanos, todo estaría ya solucionado. Pero como somos españoles, ni caso.

En la tele siguen hablando de lo de París. Todo son discursos de políticos y gente llorando y depositando flores donde mataron a esa pobre gente. Esta película me la sé, ya la he visto muchas veces. Pero ¿por qué no hacen algo ya? En lugar de tanta palabrería, ¿por qué no empiezan a cerrar mezquitas y a prohibir el velo a todas esas mujeres gordas y sucias? ¿A qué esperan? ¿A qué nos maten como a perros sin dueño?

20 de noviembre

A Anselmo, el vecino del quinto, se lo encontraron muerto ayer. Me lo dijo Toñi al volver de la compra. Paqui, que vive en el cuarto, llamó a la policía porque olía mal. Fue jubilarse Anselmo y todo le empezó a ir mal. Su mujer murió de cáncer y a él le detectaron Alzheimer hace dos años. Últimamente ya no salía de casa. Una sobrina le llevaba comida una vez a la semana. Intentaron que entrara en una residencia pública pero no había plazas. Estaba en lista de espera.

El niño no mejora. Toñi tendrá que llevarlo de nuevo al pediatra pero no sabe para cuándo le darán cita en el centro de salud.      

26 de noviembre

Hoy hace diez años que murió padre. Mañana iré al cementerio a ponerle flores. Ahora nadie va a los cementerios, o muy poca gente. Se ha perdido el respeto hasta por los muertos. Padre imponía con su rostro serio, sobre todo cuando amenazaba con darnos una paliza a madre y a sus cinco hijos, pero en el fondo era un hombre justo. Y detallista. Nunca se olvidó de traernos, después de la misa de los domingos, una bandeja de milhojas. A mí me encantaba chuparme los dedos con la nata de los milhojas. Sólo dejó de traerlos cuando desapareció con aquella mujer joven, pero al final volvió. Madre nunca se lo perdonó.

Pese a que mis padres nunca se llevaron bien, echo de menos aquel tiempo en el que los hombres eran hombres y las mujeres sabían cuál era su papel. No había, además, extranjeros que te robasen el trabajo. Los únicos negros y chinos que veías eran esas figuritas que colocaban en las iglesias el día del Domund para que les echaras unas monedas. En la calle sólo hablábamos español y nos bastaba para entendernos. Como decía padre, había orden, había paz, había trabajo para todo el mundo. Por mucho que lo nieguen algunos, se vivía mejor que ahora, cuando tantos de nosotros estamos en el paro o, si tienes la suerte de trabajar, malvives con un empleo miserable.  

2 de diciembre

En la radio acaban de decir que ha habido una explosión en Preciados. La noticia era confusa. Le he dicho a Toñi que ni se le ocurra acercarse al centro con su amiga Amparo, como tenía previsto.

Parece que ha sido un atentado. Hablaban de varios muertos.

Me parece que el niño me ha pegado su virus. He vomitado tres veces desde que me levanté esta mañana. No me encuentro bien. Hoy me iré pronto a dormir. Un caldito caliente y a la cama.

Mañana será otro día. 

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Por fin hemos ganado la guerra

Había llegado el día. El Gobierno, reunido de urgencia, debía adoptar una decisión de enorme trascendencia para el destino de la nación. En la sala del Consejo de Ministros se percibía el ambiente de las grandes ocasiones. Presidía ese Gobierno un hombre joven y apuesto con el pelo prematuramente encanecido, reflejo indudable de la responsabilidad histórica que había caído sobre sus espaldas. Con él compartían mesa un grupo de hombres y mujeres audaces e idealistas. Se habían unido por una causa lo suficientemente justa para orillar sus legítimas discrepancias.

Cuando eran las diez de la mañana del segundo viernes de noviembre del presente año, la ministra de Cultura, una conocida feminista de origen extremeño, tomó la palabra para informar a sus compañeros sobre las conclusiones del informe encargado a los profesores Ángel Viñas y Julián Casanova, reputados historiadores y especialistas en la Edad Contemporánea.

El Ejecutivo escuchaba en silencio a la ministra, un silencio sólo roto por las frecuentes toses del titular de Asuntos Exteriores. Acaso tosía por ser el de mayor edad, aunque no alcanzaba aún los cincuenta años. El memorándum era tajante en sus recomendaciones, según advirtió la ministra que, al llegar a la parte decisiva del discurso, había adoptado un tono más solemne y grave. Se aconsejaba exhumar al tirano de la basílica en la que reposaba desde hacía al menos tres generaciones, y, además —y esto era lo más discutible—, proceder a su fusilamiento en un lugar público.

Esta sugerencia dividió al Gobierno en dos mitades: los que sonrieron en señal de aprobación y los que fruncieron el ceño porque pensaron que los profesores habían llegado demasiado lejos en sus conclusiones. El presidente, conocedor de las diferentes sensibilidades sobre tan delicado asunto, zanjó la cuestión poniéndose del lado de los primeros. Después se dirigió al ministro de Justicia, el único que llevaba corbata entre los varones presentes, para que reclamara a la Abogacía del Estado un informe sobre el eventual restablecimiento de la pena de muerte que, como es sabido, estaba prohibida por la Constitución en vigor. El ministro recogió el guante y se atrevió a decir algo así como “lo tendremos hecho en un periquete”, expresión coloquial que no casaba, ni en el fondo ni en la forma, con la seriedad del momento histórico.

Se levantó el Consejo de Ministros y se informó a la opinión pública de la esperada noticia. Gran parte de la población la recibió con alborozo. Sólo algunos nostálgicos presentaron alguna objeción en tertulias de bar, pero la cosa no fue a más en los barrios acomodados de las ciudades.

Los servicios jurídicos del Estado, apremiados por el ministro de Justicia —que, según se decía, aspiraba a ser vicepresidente—, evacuaron un informe favorable al restablecimiento temporal de la pena de muerte “siempre y cuando obedeciese a la ejecución de la persona referida sin extenderla de manera indiscriminada al conjunto de la ciudadanía”.

Con el mencionado informe, el Gobierno tenía vía libre, al decir de destacados analistas políticos, para hacer de su capa un sayo o, dicho de otra manera, para enviar cuando quisiera a un destacamento de voluntarios a desenterrar el cadáver del tirano con el fin de fusilarlo después. Así el dictador sufriría el escarnio merecido al igual que sus seguidores, quienes constituían, como quedó dicho antes, una minoría sin pulso ni futuro.

A las doce del mediodía, hora que había sido pactada con las televisiones públicas y privadas, un grupo de voluntarios entraron, armados de picos y palas, en el interior de la basílica en busca de la tumba del tirano. Se fueron a la del líder fascista pero pronto repararon en su error. Quedaron sorprendidos, eso sí, por la grandiosidad del lugar, lo cual no les impidió ponerse manos a la obra para destrozar la lápida con un brío y un ardor que sólo reúnen los mejores exponentes de pueblos íberos como el nuestro. Una vez destrozada la losa, comprobaron que no habían errado el tiro. Allí estaba el tirano, hecho una piltrafa, envuelto en su uniforme con estrellas de varias puntas, sus fajines y sus gafas de sol (Ray-Ban, por cierto).

El ministro del Interior había dado órdenes de que el esqueleto del tirano no fuese despedazado antes de tiempo. Debía llegar sano y salvo (es un decir) a la ejecución pública. La momia apenas pesaba veinte kilos ya que el dictador no se había caracterizado por su estatura física ni moral. El más joven de los voluntarios, un adolescente de apenas 16 años, un tanto esmirriado de cuerpo, alzó el amasijo de huesos sin problemas. Fue el encargado de arrojarlos a una camioneta. Lo hizo con violencia, contraviniendo las instrucciones precisas que le habían dado.

A esa hora, la plaza de la Paja de Madrid, lugar elegido para la ejecución, era un hervidero de gente. Encima de una tarima engalanada con la bandera tricolor, el Gabinete en pleno aguardaba la llegada de los voluntarios. En sus rostros se reflejaba una ostensible satisfacción pero también nerviosismo. La camioneta que transportaba la momia del tirano se abría paso con dificultad por la ciudad ya que la multitud quería aprovechar su oportunidad para insultarlo o darle el último adiós, que de todo había.

A las dos de la tarde la camioneta entró en la plaza. Estalló un gran aplauso. Familiares de represaliados del dictador se abrazaban. Había llegado el día tan esperado por ellos. Un pelotón formado por doce miembros, seis hombres y seis mujeres, en justa correspondencia a la paridad exigida, estaban listos para disparar a la momia, que había sido atada a un árbol. Entonces se oyó una voz enérgica, como en las películas:

—Apunten. ¡Fuego!

El tirano cayó desplomado como un muñeco de barraca de feria.

Por fin se había hecho justicia. Se había ganado una guerra largo tiempo dilatada. ¡Qué sonrisas tan sinceras y qué lágrimas tan auténticas las que este humilde cronista vio derramarse en las mejillas de todos los miembros del Gobierno! ¡Cómo gimoteaban! No había palabras para reflejar la emoción que les embargaba.

Concluido el espectáculo, y mientras unos chiquillos se divertían dándole patadas a la cabeza de lo que quedaba de la momia, ante el estupor de su única nieta, recién llegada de Marbella, el presidente decidió que era hora de celebrarlo con una buena comida. El Gobierno fue conducido al restaurante ‘El Cosaco’, sito en la misma plaza y regentado por un matrimonio de San Petersburgo. El establecimiento tenía una fama merecida entre los aficionados a la cocina rusa.

Abandonando por una vez la austeridad que se había impuesto para dar ejemplo al pueblo, el Ejecutivo se entregó, con verdadero frenesí, a los excesos culinarios. Platos y platos eran servidos sin que los comensales se diesen nunca por satisfechos, y las botellas de vino se descorchaban con igual alegría para que nadie quedase al margen de este festín.

Todo ello ocurrió un 20 de noviembre. El salón del restaurante donde el Gobierno celebraba su victoria estaba presidido por el retrato de otro tirano, el zar Nicolás II, que también acabó mal. Pero nadie reparó en su presencia porque los conocimientos históricos de los presentes eran más bien limitados.