jueves, 31 de diciembre de 2015

Me he comprado un año

Hay días de este invierno raro y cálido en que echas la vista atrás y sólo encuentras un puñado de episodios dignos de recuerdo. Quizá sean seis, diez, no más de una docena. Tienes entonces la sensación de haber malgastado el tiempo que te confiaron al nacer. Pero, por suerte, no siempre llegas a esta conclusión desoladora. El humor de uno es voluble, va y viene como una veleta que apunta en distintas direcciones, zarandeada por el viento. Si una mañana el sol ha pensado en ti dedicándote alguno de sus primeros rayos, piensas que, al fin y al cabo, has hecho lo que has podido con las cartas que te tocaron en suerte.

Todo esto no pasa de ser un ejercicio de melancolía, bien lo sé, pero me resulta útil para alcanzar una certeza entre todas las dudas de las que me alimento. Esa certeza es que el tiempo corre cada vez más en esta partida que juego desde hace 47 años. Por eso ya no me puedo permitir el lujo de desaprovecharlo. Han sido demasiadas las veces en que he hecho lo que tocaba hacer pero no lo que me gustaba hacer. Quizá haya llegado el momento de ser menos cauto y responsable, de cambiar la cordura por la osadía, de decir, en suma, lo que uno piensa y no lo que le conviene escuchar a la gente. De jugar a la ruleta rusa para inyectar sangre fresca a las hojas del calendario. Lo triste sería darle cancha a la mediocridad, ese ir tirando que acaba siendo nuestra tumba, el sumidero por el que desaparecen tantas buenas intenciones.

Deseo que 2016 sea distinto; quiero un año para exprimir, abusar de él, amarlo y desearlo; un año que no me sea indiferente y que pueda recordar siempre con una sonrisa borde; un año, con cada uno de sus 365 días, que no me traiga respuestas sino preguntas porque sólo me encuentro a gusto explorando el territorio de la duda.

Ahora que medio país duda sobre qué regalar en Reyes, yo tengo claro lo que haré. El mejor regalo es el que uno se hace a sí mismo. Nunca te equivocas. Cuando llegan estas fechas, me reservo una tarde para comprarme un nuevo año. Sé que todo el mundo lo hace, aunque se lo calle. Esta Navidad será distinta a las anteriores, cuando iba de tienda en tienda en busca de la mejor oferta, a la caza de un año rebajado que me ofreciese la mejor relación calidad-precio. Luego, a los pocos días de usarlo, le descubría siempre alguna tara. O encogía a la primera lavada. O se le agotaban pronto las pilas.

Esta vez será diferente porque sólo pienso conformarme con un año de lujo. Nada de rebuscar en las estanterías de los chinos o del primark para encontrar una ganga. Ya he tenido bastante de eso. Iré a Serrano, donde me han dicho que acaban de abrir un establecimiento entre Cartier y Loewe que vende años made in Italy. Diseño de altura, toque selecto, firma de prestigio. Lo mejor de lo mejor. Valdrá un pastón, me imagino, pero lo bueno es siempre caro, según me recordaba mi abuela paterna, y qué razón tenía la buena mujer. Así que no puedo dejar escapar una oportunidad como esta. Si hay que pedir un crédito se pedirá. Si hay que sablear a la familia se sableará también. Pero todo sea por llevarme a casa el año que siempre deseé desde niño y nunca me atreví a pedir a los Reyes. Un año que pueda mirar a la cara sin avergonzarme cuando toque hacer el recuento definitivo. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

Lo que no te contaron del 20-D

Puedo decir que estuve allí, en el lugar del crimen. Acudí a los principales escenarios de la noche electoral del 20 de diciembre, a las sedes nacionales del PP y del PSOE y a la fiesta de Podemos, intentando contagiarme de la decepción o el entusiasmo de los militantes, pero, por mucho que lo intenté, por muchos esfuerzos que hice por empaparme de ese cambio histórico que todos anuncian, no lo logré. Será culpa mía, debido tal vez a mi falta de compromiso con este tiempo, a una mezcla de cinismo e indiferencia, a que me voy haciendo mayor, qué se yo.

Perdonadme.

Lo cierto es que me ilusioné cuando se acercaba el gran día. Como sabéis, he sido —sigo siendo— periodista, pero tengo escasas ocasiones para ejercer el oficio. Me ofrecí a algunos medios pero, al comprobar que ninguno quería contratarme, me monté una empresa, llevado por un espíritu de emprendedor que hace de la necesidad virtud. Allí donde hay una crisis (la falta de trabajo), hay una oportunidad, pensé. Y fundé Carabanchel News en homenaje al barrio donde resido.

La mía iba a ser una empresa de un solo trabajador. Como tantos autónomos siempre he aspirado a ser mi dueño, a no tener jefes, a explotarme las 24 horas del día. Carabanchel News iba a estrenarse en las elecciones generales en formato digital. Mi inversión en el proyecto sería moderada porque he aprendido a optimizar los recursos. Me bastaba con un transistor grundig, adquirido por 16 euros, con el que seguiría la evolución del escrutinio; una libreta moleskine que me regalaron y no había usado aún; dos bolígrafos bic y una tarjeta del Metro para desplazarme. El resto era cuestión de talento y suerte.

¿Cómo y por dónde empezar? Por el PSOE, evidentemente. Es el partido que más años ha gobernado España (21) y que no levanta cabeza desde que se marchó el inefable Zapatero, que Dios lo tenga en su gloria. Llegué a la estación de Argüelles a las nueve y media de la noche y bajé por Marqués de Urquijo en dirección a Ferraz. Me crucé sólo con tres personas. Siempre me ha gustado la calle Ferraz, corazón de un barrio que, aun siendo de familias acomodadas, carece de la agresividad clasista del barrio de Salamanca. 

En la puerta de la sede de los socialistas había una decena de periodistas. El interior del edificio estaba tomado por militantes siguiendo los resultados. A Pedro Sánchez, en esos momentos, las radios lo daban ya como presidente del Gobierno. Llegué a creérmelo. No intenté pasar porque no llevaba credencial. Me limité a mirar, a través de unos cristales, a unas estupendas reporteras de televisión que conectaban en directo para informar de que no había nada que informar, porque ningún dirigente daba la cara. En la fachada del edificio habían desplegado una imagen gigante del candidato, camisa blanca de nuestra desesperanza, que comenzaba a ser historia porque no hay nada que envejezca con más rapidez que un cartel electoral.

En la sede del PSOE no estaba la noticia, evidentemente. Por allí no iba a pasar, ni de lejos, el viento de la historia (disculpad que me haya puesto retórico), así que me fui a la sede del PP. Me bajé en Colón, que estaba cortada por la policía. Apenas un centenar de militantes se habían concentrado a las diez y cuarto frente a la sede de los conservadores, un edificio de siete alturas, con las luces encendidas en todos los despachos, pero que parecía deshabitado porque nadie se dejaba ver.

Como el mercado se adapta a cualquier circunstancia, de acuerdo con ese principio de que cualquier demanda ha de ser satisfecha, tres hombres intentaban vender banderas de España, adquiridas en bazares chinos esa misma tarde.

— Me dice, por favor, cuánto valen.
— La pequeña, cinco euros; la grande, diez.

Pongo cara de estupefacción.

— Tome una.

Rehúso comprar. Uno es patriota con moderación, hasta cierto punto. Cinco euros por una bandera de 30 por 20 centímetros, fabricada en Bangladesh, es siempre un mal negocio para el cliente. El hombre se quedó sin vendérmela y comenzó a tantear a un grupo de jóvenes muy chic, que vestían ropa con la marca El Ganso.

En las casi dos horas que permanecí en la calle Génova me aburrí mucho, como pocas veces desde que vivo en Madrid. El ambiente era frío. Desencanto y desánimo era lo que observé en las caras de los militantes. Ni siquiera las canciones de jazz que salían de unos altavoces caldeaban nuestros ánimos. Poco a poco el lugar se fue llenando de matrimonios respetables que llegaban con sus hijos; de más jovencitos pijos e incluso de tres hipsters que llevaban una pancarta que decía ‘Menos Podemos y más torreznos’. Algunos periodistas los entrevistaban para introducir una nota de color en sus crónicas en las que poco había que contar.

El viejo líder y su prole se resistían a salir al balcón. Un hombre calvo y gordo, que estaba a mi lado, se impacientaba. Yo seguía los escrutinios por la radio y pensaba que íbamos a tener un país ingobernable, el sueño de cualquier anarquista. La muchachada popular coreaba lemas o cánticos que siempre tenían a España como palabra central. El muy conocido Yo soy español, español, al que había que añadir ¡España unida jamás será vencida!; el imprescindible ¡Viva España!, grito al que debíamos responder con un enérgico ¡Vivaaaaa!, y un esporádico ¡Arriba España!, que tuvo un eco muy tímido. ¡España, España, España!

Creo que apelaban a España porque tenían los pies fríos, como yo, de tanto esperar. Con un hambre de lobo (no había cenado aún) y, perdida ya la esperanza de ser testigo de un día excepcional, esperaba con ansiedad a que el líder saliera a bendecirnos. Un detalle me hizo intuir que pronto aparecería. Una militante comenzó a repartir banderas azules del partido a todos los que estábamos en la primera fila, separados por una valla de los periodistas. Entre ellos estaba mi antiguo compañero y excelente fotógrafo Alberto di Lolli. En este caso, la bandera era gratis pero tampoco la cogí. ¡Qué hubieran pensado de mí si me hubieran visto en la tele agitando una banderita del PP después de todo lo que he dicho de ellos estos cuatro años!

A las doce de la medianoche los altavoces arrancaron con unos acordes rockeros de guitarra y apareció el viejo líder, acompañado de su esposa Viri, y detrás un grupo de conocidos. No hace falta que os diga quiénes eran. Tuvieron que apretarse para caber en el balcón. El viejo líder, que acaso vestía sin corbata para congratularse con los tres hipsters del partido, prometió gobernar y dialogar. Este hombre es rocoso y se niega a que lo den de nuevo por amortizado. Todos exhibían risas de cartón y saludaban al pueblo (lo de pueblo es un decir) que los fotografiaba con sus móviles. Aquella escena duró diez minutos. Luego vi las imágenes en televisión y parecía que éramos una multitud, decenas de miles de personas aclamando a Evita delante de la Casa Rosada. Y, sin embargo, éramos sólo unos trescientos, un tercio de ellos periodistas. Así nos engañan.

Me quedaba un último acto por cubrir, el de Podemos. Las radios habían destacado el ambientazo que se vivía, a esas horas de la noche, en la plaza que hay junto al Museo Reina Sofía. Llegué a Atocha a eso de las doce y media. Al salir del Metro ya se oían los vítores y los aplausos de la gente. La mitad de la plaza estaba llena; pude ver a unas 3.000 personas. Eran jóvenes en su mayoría y muy distintos, en su apariencia, a los que había visto en Génova. Estaban entusiasmados con el momento que la Historia les había regalado y se hacían autorretratos para recordar aquella noche.

Como quedó dicho que el mercado se adapta a cualquier circunstancia, un grupo de paquistaníes vendían cerveza. Aquí la gente sí compraba. Entre una bandera de España y una cerveza no hay ninguna duda en la elección. En este país siempre hemos tenido a los símbolos nacionales en cuarentena. El periodista y ex diputado socialista, Ferran Bono, era uno de los que bebía cerveza mientras paseaba entre la gente. La plaza empezaba a estar sucia por la cantidad de latas que había en el suelo.

Esa noche vi y escuché a dirigentes que decían representar el futuro pero que hablaban como en el pasado. Aquello se parecía a una asamblea universitaria de los años setenta. La iconografía era la de entonces: banderas republicanas, puños en alto, alcohol barato, fumeteo de hierbas… Me tocó escuchar las intervenciones de Carolina Bescansa e Iñaki Errejón. Son inteligentes y van a por todas. Con diferencia, son los más avispados del tablero político. Si les dejan y no cometen errores alcanzarán el poder. Pero no creo que sea bueno para mi país que una coalición de antiguos comunistas y filoseparatistas nos gobierne. Si ellos son el futuro, yo soy, indudablemente, el pasado. Si he de escoger, elijo la España que se marcha y no la que está por llegar.

El mesías se reveló cerca de la una de la madrugada. Su intervención pareció el sermón de la Montaña. Ayudándose por unos papeles, leyó un discurso muy lírico en el que recordó a un tío ejecutado por los franquistas, los jardines de Atocha, la sonrisa de los niños, a los funcionarios que cumplen con su deber, la justicia social, la decencia, a los comunistas La Pasionaria y José Díaz, a la anarquista Federica Montseny… Gente del pasado con responsabilidad en la carnicería del 36.

Estaba cansado. Me dolían los pies. Tenía frío en la tripa. Los jóvenes seguían aplaudiendo y fotografiando a todos/as sus amigos/as.

A mí me iban a cerrar el Metro. Por eso salí corriendo. Mientras me alejaba escuché la voz de Paco Ibáñez cantando A galopar, una canción de un pasado que creía superado y que amenaza con volver.  

lunes, 14 de diciembre de 2015

¿Aún te lo crees?

Ya han llegado los titiriteros al pueblo.

—¡Papá, papá!, ¿has visto a esos señores? Están repartiendo caramelos a los niños.

—Hijo, a esa gente no te acerques. Hazme caso y no te separes de mi lado.

Los vecinos han abierto las ventanas para ver pasar a los cómicos que arrastran sus maletas de madera y saludan, con sonrisas algo forzadas, a quienes les observan. Se dirigen a la plaza mayor del pueblo, donde está el teatro. Cuando llegan a la entrada principal ya les está esperando el propietario del edificio, un joven alto, rubio y de ojos azules, acompañado por una mujer delgadísima. El empresario saluda a los cuatro actores principales y, después, a los secundarios.

Hacía cuatro años que la compañía no se acercaba al pueblo. La obra que se representará, en función única, es la de siempre, aunque para despertar el interés del público se ha modificado el texto y se han contratado a nuevos actores, aunque el protagonista repite. Lo que no ha cambiado es el título: La fiesta de la democracia.

El patio de butacas registra una buena entrada. La prensa viene promocionando la obra con insistencia desde hace meses. La crítica ha destacado la actualización de los diálogos y la renovación del reparto como dos alicientes para verla. Y además la entrada es gratuita. Aun así quedan butacas vacías.

 —Damas y caballeros, la función va a comenzar.

Sale el protagonista al escenario. Es un hombre que parece sacado de un cuento de Clarín: un sesentón grandote, barbudo, tímido y de maneras educadas. Viste un traje gris marengo, tiene una mirada gris, respira un aliento gris, huele a gris. Se diría que todo en él es gris.

—Amigos y amigas, para mí es un honor volver a veros al cabo de cuatro años. Recordad que cuando nos vimos por última vez nuestro país estaba en la quiebra por culpa de quienes sabéis. Pero gracias a vuestro esfuerzo, gracias a vuestros sacrificios y a las medidas adoptadas por mi gobierno, podéis mirar el futuro con optimismo.

El protagonista sigue lo que le dice el apuntador porque, entre sus cualidades, no figura la de la imaginación.

—Amigos y amigas, la recuperación es un hecho. Basta con salir a las calles para comprobar que la gente ha vuelto a ser feliz. No pongáis en riesgo las sonrisas de vuestros hijos votando a jóvenes inexpertos. España necesita gente seria.

Los espectadores de las primeras filas prorrumpen en aplausos. Todos ellos han venido en autobús desde sus pueblos. El más joven tiene sesenta y cinco años. Valoran la seguridad por encima de todo. Entre ellos destacan dos señoras con el pelo cardado, recién pintadas las uñas de rojo sangre, que hacen ruido con sus alhajas al aplaudir y que corean el nombre del protagonista que se ha creído, por un momento, Rodolfo Valentino.

Le toca el turno a otro de los actores principales. Se estrena en esta plaza. Es moreno, alto, tiene buena planta. Pero se le ve inseguro.

—Compañeros y compañeras, no os fiéis de la propaganda de este gobierno, de las mentiras del presidente y de sus ministros. Debéis preguntaros si vivís mejor que hace cuatro años. ¿Vuestros hijos tienen mejores empleos? ¿Se han tenido que marchar de España por no encontrar trabajo? ¿Ha mejorado la calidad de la educación y la sanidad públicas? ¡Juzgad por vosotros mismos¡ ¡Sabéis que no!

El joven eleva la voz. Una espectadora, mientras le observa, se acaricia discretamente sin que nadie se percate.

—Por eso mi partido, el partido que universalizó la sanidad y la educación hace treinta años, el único que puede garantizar la igualdad entre los españoles, os pide el voto para construir un país más justo y solidario, para que nadie se quede tirado en camino.

En el teatro no hace ni frío ni calor después de escucharse su intervención. El silencio es roto por una mujer rubia y delgada que aplaude como una posesa ante la mirada atónita de los espectadores de su fila, recién llegados de Sevilla. La mujer (todo hay que decirlo) es la esposa del actor. Alguno de los sevillanos empieza a patalear, pero sus compañeros lo frenan. “Ya habrá momento en otra ocasión”, le dicen para tranquilizarlo.

El siguiente personaje en salir a escena es otro jovencito que, por sus trazas y maneras, se asemeja a un agente de Bolsa. Un ciudadano dinámico, atractivo, audaz, listo, moderno, pragmático, hábil en el uso de la palabra. Él se sabe futuro o pretende serlo.

—Hace un año muchos de vosotros no me conocíais. Hoy puedo llegar a ser presidente del Gobierno. El país ha cambiado y nosotros hemos sabido interpretar ese cambio. Sabemos lo que España necesita, necesita ilusión y regeneración, una nueva manera de hacer las cosas frente a los partidos viejos.

El broker deja de hablar para beber agua (se le nota cansado a estas alturas) y ajustarse el nudo de la corbata de pala estrecha. Su equipo de colaboradores lo está grabando. Gracias a las modernas tecnologías que dominan con maestría, la intervención del actor se estudiará en las escuelas de negocios de Ohio y Shanghái.

—El próximo domingo, el día que estáis llamados a las urnas, votad con ilusión. Sólo con vuestros votos podremos cambiar España. Necesitamos acabar con tantos años de gobiernos instalados en la corrupción y la ineficacia.

Las últimas palabras del actor despiertan el entusiasmo entre sus seguidores que, como él, son jóvenes urbanos, guapos, hablan varios idiomas y llevan coderas en sus americanas de diseño. Se han creído de verdad que el futuro les pertenece, que el porvenir está de su lado. Su líder sonriente les hace un ok con su dedo pulgar y vuelve a ajustarse el nudo de la corbata.

Queda por salir el cuarto de los actores principales. También es nuevo en la plaza. Pese a que ha comenzado a hacer frío porque la calefacción está apagada, él ha salido en mangas de camisa. Está muy delgado y se ha hecho popular por su coleta. En los ensayos previos al estreno, ha suavizado su gesto adusto y ha moderado sus palabras para agradar a más público. Las dos señoras del pelo cardado lo miran con recelo e intercambian comentarios despectivos sobre las pintas del muchacho.

—El 15-M lo mejor del pueblo se rebeló contra el pacto de unas élites que han estado gobernando a nuestras espaldas. Hemos llegado para devolverle el poder a la gente, para acabar con los privilegios y hacer de la política un lugar decente.

Se oyen los aplausos de sus seguidores. En su mayoría pertenecen a los que suelen pagar los platos rotos de la historia, a toda suerte de vencidos y humillados que aún no tienen apagada la vela de la esperanza.

—Si habéis venido hasta aquí, algunos pidiendo dinero prestado para el viaje, es porque pensáis que podemos cambiar las cosas, que otro país es posible, que la palabra democracia no tiene por qué ser una palabra vacía y hueca. Democracia, para nosotros, es trabajar para los que menos tienen y han sufrido las consecuencias de la crisis.

Al despedirse levanta el puño derecho, recuerdo de sus años en los que militó en organizaciones radicales. Las últimas palabras del actor han conmovido a su público, que lo vitorea y lanza consignas conocidas.

Los últimos minutos de la obra se los reparten Jordi, Anxo y Andoni. Se quejan de sus papeles de secundarios y amenazan con no volver a salir a escena, lo cual parece improbable a juzgar por la satisfactoria remuneración que perciben por cada representación.

La función ha acabado. Los actores se desmaquillan en sus camerinos. Los críticos ya han enviado sus crónicas a los periódicos. Las traían ya hechas de las redacciones.

Fuera, en la calle hay un grupo reducido de señores vestidos de negro, con el ceño fruncido, que hablan en voz baja entre ellos. Son los acreedores. Vienen a cobrar sus facturas. Hace años que el teatro no paga la luz, el agua, el teléfono, la calefacción… Ellos ya han advertido de que si no les pagan embargarán el edificio. Todos los actores conocen la amenaza pero se la callan. Lo importante es que los espectadores regresen hoy contentos a sus casas, comentan entre sí. Y que voten. Que voten muchos. Y mañana Dios proveerá.  No les agüemos la fiesta de la democracia.