domingo, 10 de enero de 2016

Hacienda ha pensado en ti

El año no pudo acabar peor. Entre la envejecida propaganda electoral encontré una notificación de Hacienda en el buzón de mi casa. Ves la palabra Hacienda en un papel arrugado y sientes pavor. ¿Alguno de vosotros ha pasado por semejante trance? Lees y relees sin dar crédito a lo que tienes ante tus ojos. ¿Se habrán equivocado? No, no se han equivocado. Es tu nombre, son tus apellidos, la dirección aparece correcta, no hay margen de error. Subes tembloroso las escaleras del edificio, entras en casa y te desplomas en el sillón. Estás nervioso, la frente empapada de sudor, el corazón que te bombea con fuerza. Hacienda se ha acordado de ti, lo que no puede traer nada bueno.

Seguro que quienes lo habéis vivido entendéis la zozobra, la inquietud, los pinchazos en el estómago, los nervios que te asaltan cuando pasas por una situación similar. Tú, honrado ciudadano; tú, que crees estar al día en tus obligaciones tributarias, te encuentras en el punto de mira de la Hacienda Pública española. Papá Estado, el papá que maltrata a sus hijos, ha pensado en ti. “Tenemos que hablar, hijo”. “Sí, papá, pero no me pegues muy fuerte”. “Si lo hago por tu bien, cariño. Ven con papá, anda”.

En Correos sólo sobreviven dos empleadas que no advierten (o no quieren advertir) mi presencia. Me dirijo a una de ellas y la saludo, costumbre ya en desuso. Ni me mira. Masca chicle. Le entrego la notificación. Sin levantar la vista del escritorio me comunica que, como no la he recogido en plazo, la han devuelto. Trato de pedir una explicación, saber qué puedo hacer, si se puede recuperar el papel, averiguar de dónde viene, pero todo mi interés choca contra la indiferencia de una cartera peleada con su empresa y, probablemente, con el resto del mundo.

El honrado ciudadano sale de la estafeta postal sin una idea clara de lo que hacer. Piensa en varias alternativas. Puede escapar en barco a un país que no tenga firmado un convenio de extradición con España; hacerse anarquista y declararle la guerra al Estado o pasar por el aro y acudir como un corderito a Hacienda a pedir perdón por las faltas cometidas. Como carezco de madera de héroe me inclino por la tercera  opción, no sin antes consultarla entre familiares y allegados. Ellos saben que me crezco en la adversidad y que en situaciones así, rodeado de dificultades, obro con entereza.

Después de mucho preguntar descubro a qué oficina de Hacienda, de todas las que hay en el país, he de dirigirme para rendir cuentas. Un conocido me advierte de que no debo presentarme sin avisar porque ya no te atienden sin cita previa. Alegan que es para ahorrarte tiempo. El número de teléfono para solicitarla es de pago, como era de esperar.  ¿Hay algo que ya no sea de pago en este país? ¿El sol quizá? No estoy seguro.

Con mi cita apalabrada me presento en la delegación de Hacienda de un pequeño municipio valenciano. Como me he dejado barba de islamista, me cachean en la entrada como si les fuese la vida en ello. El guardia podría haberme confundido con un jugador del Madrid, de esos tan poco dados a rasurarse, pero lo descarta y piensa que puedo ser un riesgo para la seguridad pública. Con todo, sus intentos por encontrarme un explosivo pegado a la cintura no son tan ignominiosos como en un aeropuerto, lo cual se agradece. Paso el detector de metales y me pita. Es la prótesis que llevo implantada en el bajo vientre, pero no es el momento ni el lugar para quitármela.

Al final me dejan pasar, ¿y qué me encuentro? Seamos poco originales al describirlo, escribamos como un periodista de la nueva hornada: me encuentro un espectáculo … dantesco. Mientras espero a ser atendido, una mujer llora histérica sin que su hijo, abrazada a ella, pueda hacer nada por consolarla. Tiene que pagar más de 30.000 euros por el Impuesto de Sucesiones. “¿De dónde sacaré yo ese dinero? ¿De dónde?”, se pregunta con los ojos en blanco. “¡Con la ilusión que me hacía heredar la casa de mi hermano!”. En una esquina, un hombre se golpea la cabeza la cabeza contra la pared. Entre gritos desgarradores se lamenta de no haber ingresado el IVA de su negocio familiar durante un trimestre. Le han impuesto una multa de varios miles de euros. “¡Ahora que empezaban a entrar clientes en el negocio, ahora que estaba levantando la cabeza, zasca…!”, se lamenta. El guardia no interviene; parece acostumbrado a estas incidencias. Incluso si le observas la cara detectas cierto regodeo en él. Será que se siente parte del Estado. Un tercer contribuyente recibe atención de unos voluntarios de la Cruz Roja. Sufre un ataque de ansiedad. Yo ayudo en lo que puedo limpiándole las babas que le caen por las comisuras de los labios. A lo que se ve, Hacienda ha descubierto que pagó la reforma de la cocina en negro para ahorrarse un dinerillo. Una antigua novia, de las del colmillo retorcido, lo denunció, lo que prueba que no hay que entrar en confidencias con ninguna clase de novias, ni siquiera con las de mirada lánguida y conversación interesante.

Si existe el infierno ya lo había conocido. Vi a más gente llorando, sollozando, gritando de manera desconsolada. Tengo todavía grabados sus gemidos en la cabeza. Jamás podré olvidarlo y por eso escribo lo que pasó, para dejar este testimonio a las futuras generaciones. En ellas confío para evitar que sucesos como el que relato no se repitan por el bien y la tranquilidad de todos. 

Sigo.

Hubo en momento en que mi mirada se nubló y perdí la consciencia. Un viejecito, que resultó ser una persona entrañable, me dio un codazo para despertarme, y me aconsejó que estuviera atento para que no se me pasara el turno. Mi número sale por fin en la pantalla. Ante mis dudas, una funcionaria educada, de rostro impreciso, sólo acierta a decirme que me falta documentación de mi última Declaración de la Renta. “Su expediente sigue su curso. En unas semanas se le comunicará la liquidación provisional”. “Pero, oiga, debe de haber habido algún error”. Está acostumbrada a lo que le digo y me contesta con la elección bien aprendida, que ella no hace las leyes y que si no estoy de acuerdo puedo presentar una reclamación. “Tendrá que volver a hacer cola para cursar su queja en el registro”.  Me siento como el sobrino perdido de Kafka dando vueltas y vueltas sin encontrar la salida a este laberinto.

Sólo el viejecito entrañable se lo pasa bien en Hacienda, además del vigilante. “Como estoy jubilado y me aburro en casa —me explica—, me vengo aquí, que está la mar de entretenido. Mi mujer me lo agradece”. Se ríe enseñando sus dientecillos de conejo burlón.

Lejos de aquí, en la novena planta del Ministerio de Hacienda, un hombre menudo, de complexión enclenque y conocido por su vocecilla, se frota las manos al conocer que los ingresos del Estado —de un Estado timador y tironero— subirán este año. Ronronea algunas palabras a su secretaria, que marca un número de teléfono.

Le paso la llamada, señor ministro.
Gracias. (…) Cariño, tenemos que celebrar algo. Ya te contaré el motivo. El presidente se va a poner requete contento. ¿Qué tal si nos vemos en Lhardy a las dos?”

De la oficina de Hacienda sale un hombre nuevo. He cambiado de opinión y esta misma mañana reservaré un pasaje en barco para un país suramericano del que no diré el nombre para no facilitar pistas. Tengo pensado iniciar una nueva vida y no descarto pasar por el quirófano para cambiarme de cara. Me convertiré en un fugitivo, en un prófugo de la Justicia española, como El Dioni y Pepe el del Popular, aquellos dos delincuentes simpáticos que, después de lo llovido, resultaron ser modelos de conducta en un país en el que solo los de abajo pagan y los de arriba, en interesada connivencia con los que hacen las leyes, casi siempre se van de rositas.