martes, 23 de febrero de 2016

Quiero ser como tú, Michael Caine

En Madrid el invierno ha llegado tarde y de improviso, cuando ya nadie lo esperaba; apenas una semana de frio y lluvia en febrero para cubrir el expediente, para creernos aún la ficción de las estaciones, el invierno más corto y cálido que recuerdo en mi vida. 

No sé cómo te habrá ido a ti, Michael. Allí en Inglaterra, tu país, la climatología suele castigaros más que aquí, en el sur de Europa, donde el avance del paisaje desértico y el calor extremo nos acercan cada vez más a África. La verdad es que me pregunto por qué te hablo del clima cuando a ti te interesará bien poco lo que suceda en Madrid, pero esto de entablar una conversación refiriéndose al tiempo es un recurso socorrido cuando no hay confianza entre la gente, como es el caso.

En realidad lo que quería decirte es que hace una semana vi tu última película, La juventud. Escogí la noche de un lunes para ir al cine. Bajaba ilusionado por una Gran Vía desértica, tapado hasta las narices, con ese placer que proporciona el frío que corta la cara y te hace recordar los años de tu infancia en una ciudad del interior. Lunes por la noche, en un país llamado España. Imagínate los que éramos en la sala: apenas una docena de personas. Para mí era la sesión ideal, sin ningún pelmazo que te pudiese importunar hablando con su pareja o consultando fotos en su teléfono móvil. Era el rey de la fila 10, sentado en una esquina, como acostumbro.

La película era subtitulada. Me defiendo malamente con tu idioma, Michael. El inglés siempre fue una pesadilla para mí y para los de mi generación, pero aun así prefiero ver las películas en versión original. Compartirás mi opinión de que a los actores hay que escucharlos en sus lenguas maternas. En la película te sales, Michael. Eres capaz de conmover al espectador sin mover un músculo de la cara. ¡Qué aplomo tenéis los actores ingleses forjados en el teatro! No mascáis ni escupís las palabras como algunos actores de mi país, sino que sabéis vocalizar logrando una dicción perfecta que encandila a quien os escucha.

Ahora que ya vamos tomando confianza, Michael, ya te puedo decir que siempre he querido ser como tú. Desde que te vi en Alfie quise ser como tú. No eres guapo, la verdad, pero eres más que eso: eres único vistiendo un traje tweed mientras apuras un whisky y tus ojos revelan la indiferencia que sientes por este mundo. De joven quise ser como Montgomery Clift, imitar la oscuridad de su mirada azul y ser deseado por mujeres y hombres, pero ahora, cuando los años y las canas han atado en corto mi soberbia, prefiero parecerme a ti, tener tu elegancia, esa que se tiene o no se tiene desde que naces. Y tú naciste con ella, con el carisma que la naturaleza reparte a entre elegidos.

He conocido tus problemas con el alcohol; tu mujer te ayudó a superarlos. Eso te ha hecho humano. Desconfía, Michael, de la gente que sólo tiene virtudes y carece de vicios. Aléjate de ellos. Tal vez por tu adicción, porque has vivido la gloria de la cima y te has hundido en la fango de la sima, eres capaz de interpretar a personas como Fred Bullinger, el protagonista de La juventud, un compositor retirado que pasa unas vacaciones en compañía de su amigo Mick Boyte (Harvey Keytel) en un balneario de los Alpes suizos. Me recordabais a La montaña mágica. Dos octogenarios esperan su hora para abandonar el escenario, rodeados de jóvenes tentaciones que, en lugar de encenderles el deseo, algo ya muy improbable, les hacen ver lo viejos que son.

Me gustaría llevar la ancianidad como tú, Michael, con esa dignidad patricia que exhibes sin esforzarte. ¡Qué triste y sucio es despedirse de la vitalidad! Vas cargándote de años y sólo observas ruinas, cascotes de vidas, a tu alrededor. Llevas mal la decrepitud de tus seres queridos. Los ves consumirse entre pastillas y visitas semanales al médico, apagándose como cirios en una noche para la que no habrá amanecer.

La película pudo ser mejor de lo que fue. Díselo de mi parte a Paolo. Me quedo con La gran belleza o Il divo. Pero, aun así, mereció la pena vencer la pereza en una noche de un día de febrero ­—en el que cumplía 48 años— por ir a verte a ti, a Harvey y a Rachel. A la vuelta cogí frío y me constipé. Sigo de baja. Te escribo aún en la cama, tembloroso y sepultado por cien kilos de mantas. Dentro de poco me tomaré la pastilla. Yo también me estoy haciendo mayor. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Let's dance

Los mejores momentos de mi vida los pasé bailando. Fueron pocos. Debería haber bailado más; así hubiera sido más feliz o un poco menos desgraciado. Pero ya es tarde, se está haciendo tarde. Aquellas discotecas que frecuenté están cerradas en su mayoría, y aquellos compañeros de baile, algunos que fueron amigos, se perdieron o están muertos.

Como Txelu, el chico que llegó de Gallarta para conquistar la luna de Valencia, mi Virgilio cuando aterricé en un diario de la capital, más parecido a un nido de cobras que a una Redacción donde aprender el oficio, que a la fuerza fui aprendiendo. Txelu, metro noventa de humanidad, corazón generoso, leal como solo pueden ser algunos vascos, me acogió como a un hermano. Sabías que a él podías recurrir siempre porque nunca fallaba.

Txelu me enseñó lo poco que conozco de la noche valenciana. También a ligar. En eso era un maestro. En cualquier garito acababa ganándose a la chica sin beber un gramo de alcohol. Lo viví en el Carmen, en el Ensanche, en la Malvarrosa. Le daba igual el lugar, se adaptaba a todos los ambientes. Llevaba el duende en la sangre. Con él pasé noches inolvidables en la sala Quatre, en los bajos del teatro Rialto, a la que se accedía bajando unas escaleras muy estrechas. De haber habido un incendio hoy estaría recordando una tragedia. Aquella discoteca cerró. Después solíamos ir a Un Sur, cerca de Reino de Valencia, donde coincidíamos con gente como nosotros, deseosa de apurar las últimas horas de la noche escuchando funk made in USA.

Quatre, Un Sur y Fox Congo. A este último local acudía con mi amigo Agustín. Hoy creo que sigue abierto para recibir a las manadas de turistas que llegan a la ciudad y que lo tienen como paso obligado en el Carmen. Entonces no era así. Habías de tener cuidado con la cartera. Bailabas como podías, peleando por tu metro cuadrado de pista, sonreías, bebías, fumabas —hablo del siglo pasado—, reías, intentabas sacudirte la rutina antes de entrar. Hoy Agustín estará en otras batallas, me imagino que ya no pisará el Fox Congo, y yo, todo lo más, me conformo con ir de cuando en cuando a la terraza del Congo que, pese a parecerse en el nombre, no guarda ninguna semejanza con el primero, como sabrá cualquiera que los haya visitado.

Ahora que voy deshojando la margarita de mi memoria, pienso que debería haber dedicado más horas al baile y menos a la lectura. Más entusiasmo y menos cabeza, en suma. Pero ya es tarde. Mi problema, además, era que siempre bailaba para mí; era egoísta en la pista (y fuera de ella). Siendo adolescente, llegaba una chica y me pedía bailar y yo, estúpido de mí, solía decirle que no. Entonces era tímido. Sólo recuerdo haber aceptado dos proposiciones de baile: una en una discoteca de verano de La Manga del Mar Menor, y otra, ya de adulto, en un disco-pub de la plaza del Mercado de Logroño.

Me quedo con lo que ocurrió en La Manga. Era verano de 1983 ó 1984. Había acudido con unos amigos a bailar, como cada noche. La discoteca, al aire libre, estaba llena, así que debía de ser sábado por la noche. Chicos buscando chicas y chicas buscando chicos. Lo típico. Nada más entrar me dirigí a la pista central abriéndome paso entre la gente. Cambiaron la canción. Y entonces una chica que recordaba a Ana Torroja por su flequillo con mechas rubias se colocó frente a mí y me sonrió. Yo le pagué con mi media sonrisa. Aún la recuerdo con su camiseta blanca con la imagen de Penélope y una minifalda tejana. Calzaba unas sandalias romanas. Ella tomó la iniciativa y se acercó a mí para preguntarme al oído mi nombre, pero no supe qué me decía porque la música estaba muy fuerte. Volvió a preguntármelo.

— Javier, me llamo Javier.
— Yo, Elisa, ¿eres de Cartagena?
— No, no soy de la zona, ¿tú sí?
—Soy de La Unión, he venido con unas amigas a pasar la noche a La Manga. Lo hacemos todos los sábados.

Dejamos de hablar y seguimos bailando. Mantenía su sonrisa y movía la cabeza de un lado a otro sin perderme de vista. Se había convertido en mi pareja de baile y yo, que me movía de una manera torpe y desgarbada, no sabía qué hacer ni qué decirle. Cambiaron la canción y sonó la que esperaba. Fue como un guiño inesperado del disc-jockey. Me transformé. El chico mustio que había entrado en la pista era ahora un bailarín espasmódico que agitaba los brazos y movía las caderas. (Los adolescentes tienen esos cambios de humor, tan difíciles de interpretar.) A ella le gustó y se contagió de mi ritmo alocado.

— Veo que te gusta la canción —me dijo—. ¿De quién es?
— De David Bowie, ¿lo  conoces? —le pregunté.
—No, pero suena bien, es marchosa. A mí me gusta mucho Pedro Marín.

Había escuchado alguna canción de Pedro Marín. Cuando mejor me encontraba con ella, una amiga entró para arrancarla de la pista. El disc-jockey puso La dolce vita. Eso no evitó que me sintiese muy solo entre el sudor y las carcajadas de la gente. No sabía bien por qué pero echaba de menos a Elisa como compañera de baile. Antes de marcharme de la discoteca, la vi a ella y a sus amigas riéndose con un grupo de chicos. Le hice una señal pero no me vio, o no quiso verme.

En casa tuve bronca por llegar tarde.