sábado, 26 de marzo de 2016

Los amigos de la infancia

Cuando el mundo arde un Martes Santo es delicioso reencontrar a un amigo de la infancia. Después de muchos años de silencio, me escribió unas palabras cariñosas en respuesta a uno de los relatos de este blog. Mi memoria —en realidad un caballo cansado de tanto galopar— se ha despertado tras leer su mensaje. Así llegan los primeros recuerdos de manera precipitada, amontonándose unos tras otros, con ese caos que trae la vida y que resulta inútil acotar con la partitura de la razón.

Vuelven a mí los felices años de la infancia y la preadolescencia, cuando era un alumno de un azul tímido, un chico silencioso y aplicado en las tareas del colegio. Vuelven a mí las clases de don Severiano Landete, el primer maestro que tuve en la EGB; las sesiones de gimnasia con el Luises, el acento valenciano de don Francisco el director, la perilla moderna y los vaqueros ceñidos del Rosendo —al que descubrí en Madrid muchos años después—, las gafas de concha del Topo y otros profesores que me enseñaron a ser una personita siguiendo el ejemplo de San Juan Bosco.

¡Cómo olvidar aquellos partidos caóticos de fútbol, verdaderas batallas campales, en las que rara vez marcaba un gol, de lo malo y chupón que era! Aquel frío de las mañanas manchegas, el autobús que me recogía en la calle de la Feria, los refrescos de don Absalón, los primeros paseos en una vespino, aquella caída en el suelo que me dejó inconsciente durante unos minutos… Todo eso pasó hace ya más de treinta años y, sin embargo, es más real que las imágenes de sangre y fuego que veo en la televisión.

Quiero ser otra vez un niño y regresar a la única patria que existe, la patria de una infancia en la que no había preguntas ni ambigüedades, en la que no se conjugaba el verbo morir y todo estaba por construir con el cemento de la ilusión. Todo era posible, sencillo y transparente. Quiero volver a mi niñez para ser de nuevo el escolar de flequillo rubio y pantalones cortos —aun en los días de enero— que no había conocido los límites de la vida ni el significado del remordimiento.

Me gustaría estar al lado de mis amigos José Javier Castillo, Luis León, Antonio Monsalve, Javier Henarejos, Miguel Ángel Cantó y de tantos otros a los que llevo en este corazón cansado. Jugaríamos otro partido de futbito en alguna de las canchas del colegio salesiano. Como entonces, nos haríamos zancadillas, rodaríamos por el suelo, gritaríamos, nos abrazaríamos para celebrar un gol y, cuando sonase la sirena, regresaríamos sudorosos al patio para formar fila. Pero ese colegio ya no existe; fue demolido por la decisión infame de un ayuntamiento chusma. Hoy, en el lugar donde se elevaba el edificio que nos acogió durante ochos años, hay un bancal donde sólo crece la mala hierba.

En ese colegio descubrimos el rock and roll. ¿Recordáis cuando versionábamos a los Stones y a Deep Purple en un sótano del teatro del colegio? Alguno conservaréis fotos de aquellos ensayos en las que yo me contorneaba como el bueno de Mick e interpretaba, moviendo mis morritos cerca del micrófono, temas como Honky Tonk Women, Jumpin´Jack Flash y Smoke on the water. Nunca llegamos a estrenarnos en un concierto pero ser el cantante de aquella banda de rock inédita —Psicosis Infernal se llamaba, qué cosas— es de las pocas serias que me han pasado en la vida. Luego me dio por el pop y el tecno, flojeé, me convertí en un nuevo romántico a lo Simon Le Bon, pacté con la realidad y me hice adulto. Así comenzó mi declive hasta llegar a lo que soy, es decir, un hombre que sólo se eleva por encima de sus días de plomo cada vez que tararea I can´t get no satisfaction.  

viernes, 11 de marzo de 2016

¿Jugamos a la pelota, chicas y chicos?

Antes de entrar en el aula, ya oye las risotadas, los gritos y los insultos que se gastan sus alumnos de bachillerato. El profesor se dirige a su mesa y se sienta sin que nadie parezca reparar en él. En la clase hay cuatro corrillos de jóvenes, cada uno dedicado a una forma de distracción. Al fondo, a la izquierda, los que están apostados junto a la ventana escuchan música con sus cascos. A la derecha, en la otra esquina, los más ruidosos han organizado una timba con bebidas. Cerca del profesor, los adolescentes de los grupos tres y cuatro permanecen absortos mirando las pantallas de sus móviles. Se mandan mensajes entre ellos. Sólo un alumno, sentado en primera fila, se mantiene al margen de lo que sucede.

—Buenos días, chicas y chicos, ¿qué tal fue el fin de de semana?

Nadie responde a su saludo, pero no se sorprende. El alumno silencioso va a abrir la boca pero se lo piensa mejor y se calla.

—¿Qué queréis hacer hoy? —insiste el profesor elevando el tono de su voz.

Dos alumnos del grupo de la timba levantan por fin la mirada de las cartas y balbucean palabras que el profesor no acaba de entender ni en la forma ni en el fondo.

—Profe, ¿no nos tendremos que sentar en nuestros sitios como en Filosofía?, pregunta un alumno que luce un grueso collar en el pecho y se cubre la cabeza con una gorra cruzada de la liga estadounidense de baloncesto.

—Por supuesto que no, chicas y chicos —el profesor intenta tranquilizarles—. En mi clase ya sabéis que todas las decisiones se deben votar.

—¡Eso, eso, democracia, democracia!, grita una chica con el rostro parcialmente tatuado.

El profesor sabe cómo ganárselos.

—Como es lunes y debéis de estar cansados, ¿qué os parece si salimos a patio y jugamos a la pelota?

—¿Y si nos queremos quedar aquí jugando a las cartas?, pregunta, desafiante, el alumno de la gorra.

—Bien, os podéis quedar en clase, no pasa nada, pero recordar lo bueno que es hacer ejercicio físico —dice el profesor.

—Vale, votamos ­—se oye una voz del fondo.

Votan. El resultado arroja diecinueve votos afirmativos, cinco abstenciones, dos nulos y uno en contra.

El alumno callado de la primera fila, que viste jersey granate de pico y pantalones grises de franela, se ajusta sus gafas de concha antes de armarse de valor para decir:

—Pero, profesor, hoy tocaba explicar el sintagma nominal. No es por nada, pero tenemos examen dentro de dos semanas y no hemos avanzado casi nada.

El alumno se encoge en su asiento, temeroso de la respuesta del profesor.

—No te preocupes, Cristian, ya avanzaremos en el temario. Además, lo importante es que seáis creativos, y qué mejor que jugar a la pelota para serlo. ¡Así que todos al patio! ¡A jugaaaaaaar!

El profesor, que participa de los avances de la pedagogía moderna, observa cómo dos alumnos se suben a la canasta de baloncesto para llevarse la red. En otro lado de la pista tres adolescentes la emprenden a golpes con un compañero.

—¡Eh, chicos, dejad en paz a Julio César! No seáis tan impulsivos.

Julio César sigue recibiendo patadas de sus compañeros que, sordos a la petición del profesor, le golpean con más saña.

Acabada la clase, el profesor dispone de una hora libre que quiere pasar en el departamento de lengua. A esa hora de la mañana no hay nadie y puede disfrutar de unos momentos de tranquilidad. Por el camino se cruza con la directora Milagros, que le mira con rostro serio. Él se inquieta porque la conoce.

—Alberto, ¿tienes un minuto?

—Sí, Milagros, ¿ocurre algo?

—Es sobre la queja de un alumno. Pasa al despacho, por favor.

Alberto se sienta delante de una enorme mesa donde se apilan montones de carpetas con expedientes de alumnos. En una de las paredes hay colgado un retrato del joven rey que espera, con la misma curiosidad que Tomás, a que Milagros tome la palabra.

—Quería hablar contigo ­—empieza a decirle con cierta incomodidad—; nos ha llegado la queja de unos padres de un alumno de tu tutoría. Teodoro se llama.

—Sí; es un buen chico. Se incorporó ya empezado el curso, venía de Guinea Ecuatorial, creo recordar.

—Ese mismo —le contesta la directora—. El caso es que el chico le dijo a sus padres que habías utilizado un lenguaje racista en la clase de lengua.

—¿Racista? Tú sabes que nunca se me ocurría hacer tal cosa. Soy muy respetuoso con todas las nacionalidades de mis alumnas y alumnos.

­—Lo sé, y por eso no le doy más importancia ­—aclara la directora, que se protege el cuello con un fular estampado muy coqueto—. Pero ellos dicen que empleaste la palabra ‘negrito’ en una clase sobre el Lazarillo.

Alberto vacila, no sabe qué decir, puede que lo dijese pero no está ahora seguro. Sigue pensando. La directora espera su respuesta.

—Ahora que lo dices, parece lógico que lo dijese. El Lazarillo tenía un hermano más negro que un tizón…

Las palabras de Alberto preceden a un largo silencio. Los dos se miran sin saber qué decir, a la espera de que el otro hable. Entretanto, el joven rey se divierte con la escena. Le guiña un ojo al profesor de lengua.

—Te agradecería que esto no se repitiera. No quiero tener problemas con el inspector. Ya sabes cómo son los de arriba, la importancia que le dan al lenguaje de los docentes. Y, además, como sabes, este instituto tiene suscrito un acuerdo en favor de la multiculturalidad. El último año nos premiaron por ello.

—Lo sé, Milagros, lo último que haría es dañar la imagen de este centro —afirma Alberto.

—Antes de que te marches, veo que en tus grupos hay aún un 5% de suspensos. Sabes que siempre respeto la autonomía de cada profesor, pero ¿no crees que es un porcentaje un poco elevado?

El profesor —que en este caso sí tiene preparada la respuesta— contesta sin dilación.

­—A todos ya les he hecho dos recuperaciones; la mayoría ha aprobado, puedes estar tranquila, que al final de curso no quedará nadie suspenso.

Ya fuera del despacho, el profesor ha perdido las ganas de ir al departamento de lengua. Parece otro hombre, está como transformado, descompuesto. Necesita tomar un café. Le disgusta la cantina cochambrosa del centro, pero no dispone de tiempo para salir a la calle. El café, como siempre, es malo, amargo, pero acaba bebiéndolo. A sus espaldas oye una voz estridente y familiar: es la de Jonathan, un alumno de su tutoría.

—¡Profe, profe, que Íker se ha roto una pierna al saltar la valla del centro!

­—¿Y por qué quería saltar la valla, Jonathan?

—Pues no lo sé, para marcharse a casa. ¡Esto es tan aburrido!

El profesor le muestra una sonrisa homicida a Jonathan.

—¿Por qué Íker y tú no os váis a la mierda y me dejáis de tocar las pelotas un solo día?

El adolescente, sorprendido por la respuesta, se echa a llorar y musita que se quejará al jefe de estudios. Parece traumatizado pero lo superará.

Manolo, el dueño del bar, le devuelve el cambio a Alberto, que cuenta las vueltas y no le cuadran.

—¿Has subido el precio?

—Desde el día 1. Ya sabes, con la crisis todo está por las nubes.­

Alberto se promete no volver a ese tugurio en lo que queda de curso. Al salir nota que tiene pegado un chicle en la suela de un zapato, que es lo que más odia en el mundo.