sábado, 9 de abril de 2016

Me enganché a la telebasura y, creedme, me encanta

¿Por qué no admitir que has estado equivocado toda una vida? Rectificar es de sabios, ¿no dicen eso? Pues yo he rectificado, aunque no haya sido fácil. En la vida uno se agarra a un puñado de certezas engañosas y así va haciendo camino hacia no se sabe dónde. Mientras caminas no piensas. Lo terrible es pararse —que alguna circunstancia te obligue a detenerte— y que eso te haga replantearte las cosas. Hay que correr, correr y no preguntarse por el sentido del trayecto. Un día, no sabes muy bien por qué, todo se viene abajo. Te percatas de que aquellas verdades de tres al cuarto eran en realidad mentirijillas para ir tirando, todo con tal de no mirarte en un espejo y verte la cara de gilipollas que se te va quedando a medida que envejeces.

Yo nací para ser una promesa intelectual, lo confieso. Por eso ya desde niño rehuía jugar con mis amigos a la hora de la merienda, y dedicaba esas horas a estudiar. Tenía clara cuál era mi misión. Estudiante con muy buenas calificaciones, alumno aplicado que recibía los frecuentes elogios de sus profesores, era el orgullo de mis padres y del vecindario que me veía siempre con la cartera a cuestas, con cara de niño formal. En el instituto me reafirmé en mi condición futura de intelectual con pretensiones de hombre renacentista, y en la universidad resulté ser un lumbreras a la vista del bajo nivel de mis compañeros y profesores.

Me harté de visitar museos y bibliotecas; frecuenté toda clase de librerías, antiguas y modernas; me gasté el escaso presupuesto familiar en adquirir libros y discos que hoy no sé dónde meter en casa. Llevé una intensa vida cultural y bohemia. Estudié a los clásicos  y a los románticos, a los escritores de primera fila y a las medianías; lo devoraba todo, lector compulsivo como soy, porque no quería defraudar a quienes habían confiado en mí. El Séneca del siglo XX, llegaron a llamarme, y yo, que me encontraba más parecido con don José Ortega y Gasset, me creía tales bagatelas. Nadie está preparado para defenderse de la vanidad.

Pero ese sueño desapareció, como quedó dicho, cuando mi mundo cambió con el nuevo siglo. Me resistí a creerlo, me empeñé en seguir representando mi papel, pero de nada me valió. No hay forma de escapar de la realidad.

Dejé de caminar, me asaltaron las dudas y me cuestioné la vida llevada hasta entonces. Y me pregunté: ¿de qué te han servido tantas lecturas y horas de estudio? ¿A quién crees que le importa tu pasión por la literatura y el cine? ¿Por qué pierdes tu tiempo en enseñar los conocimientos de un mundo muerto? Déjalo y mírate, pobre diablo, carne de incertidumbre, fantoche sin un porvenir cierto, mírate y mira a quienes, sin leer un solo libro, prosperan y te saludan con cierta sorna desde el bar de la esquina cuando te ven pasar con tu cartera negra y el rostro taciturno.

Todo esto me lo decía un día de este invierno mentiroso, un día de esos tontos que uno tiene y que te llevan a replantearte todo. Por la noche, en lugar de lo acostumbrado —leer un ensayo sobre la nueva narrativa polaca—, me puse a jugar con el mando de la televisión. Antes tuve que limpiarlo, del polvo que había acumulado. Conecté con Gran Hermano VIP. Sabia decisión porque desde aquel día he encontrado una razón para mi existencia, y no exagero, un razón prosaica, es cierto, pero más consistente que mis mentiras engañosas del pasado. Ahora, cuando bajo a los bares o hago la compra en el mercado del barrio, me siento como uno más de la camada, hasta cierto punto querido y protegido, sin la zozobra que acompaña a cualquier lobo solitario.

Todas las noches de los martes, jueves y domingos me engancho a la cadena amiga para conocer las novedades de la casa de Guadalix de la Sierra. ¡Qué curiosidad la mía la de saber si Rappel y Carlos Lozano habían vuelto a insultarse! O si la pijita de Laura Matamoros ha vuelto a cantar el Cara al sol. Ahora debo confesar que extraño a Rappel, echo de menos sus pijamas infantiles y sus túnicas de mago Merlín. Cada una de esas noches espero escuchar las picardías de ese joven de mirada turbia y angelical, apodado el pequeño Nicolás, y aguardo impaciente a que Raquel Bollo y Rosa Benito, que acumulan la sabiduría de sus muchos años, exciten mi inteligencia con sus reflexiones entre estoicas y surrealistas.

Me han bastado dos meses viendo GH VIP para ser un hombre nuevo. Insensible a la más mínima manifestación cultural, sí, algo embrutecido también, pero feliz como no lo había sido nunca. (Como Saulo, yo también tuve que caerme del caballo para ver la luz).

Quiero terminar esta enmienda a la totalidad de mi anterior vida dejando patente mi admiración macho por Carlos Lozano, uno de los dos finalistas del concurso. Con él he salido del armario, y entiéndaseme bien cuando digo lo de salir del armario. Quiero decir que siempre quise ser como Carlos, es decir, un chulo, un faltón, un manipulador, un tipo con labia, seductor, mujeriego, lo que se dice un hombre, hombre. ¡Y con una novia peruana de veinte años! ¿Acaso se le puede pedir más a un maduro que está ya de retirada?

Carlos, colega, amor, jabato mío, si llaman a mi teléfono no dudes de que votaré por ti. Sólo te pido algo, y es que te acuerdes de mí cuando estés en el paraíso.