sábado, 16 de julio de 2016

Alivio de domingo

Está amaneciendo. Acabo de llegar a casa y todo está como lo dejé. Me siento extraño cada vez que regreso; es como si nada de lo que hay aquí —la tristeza de los muebles, la ternura de mis libros, la televisión virgen, a la espera de ser penetrada— me perteneciera. Vivir en dos lugares es no vivir en ninguno, como esos emigrantes que huyen de sus países, golpeados por la pobreza y la miseria, y cuando llegan a sus destinos nunca son tratados como iguales, por mucho que lo intenten.

He dejado las maletas en el dormitorio, las abriré después, no hay prisa porque ahora quiero descansar en el sofá del salón. Es un sofá viejo pero confortable que me regalaron cuando compré esta casa. Apenas he dormido esta noche. Este calor y esta maldita zozobra me impiden conciliar el sueño. Cierro los ojos y encuentro el maravilloso silencio que buscaba. Cada vez llevo peor el ruido y a los ruidosos. Existe una conspiración incesante contra el silencio. Sin el silencio no hay reflexión ni conocimiento. Ellos lo saben; por eso, al combatirlo, nos impiden pensar. Los conspiradores lo tienen claro: “Hagámosles creer que son felices con sus cachivaches modernos”. Esos artilugios diabólicos son como la flor de loto que acabó con los compañeros de Ulises.

Y así se va perdiendo la guerra de la civilización.

Me he quedado dormido. Las persianas están bajadas. Apenas entra un hilo de luz. Todo está a oscuras. Miro el reloj y son las nueve de la mañana. Mi sueño ha sido más largo de lo previsto. Es temprano para ser domingo. Salvo el jubilado que acaba de abrir la puerta de su vivienda para pasear a su caniche, ningún otro vecino da señales de vida. Ni siquiera los niños del piso de arriba, siempre tan irritantes, se han levantado aún. En breve comenzarán a gritar y a corretear por el pasillo sin que sus padres les reprendan. A no muy tardar, Europa deberá hacer frente a una nueva generación de tiranuelos.

Creo que saldré a tomar el aire por este pueblo, donde vivo por temporadas. Quién me iba a decir que lo echaría de menos, con el escaso encanto que tenía al principio para mí. Pero los lugares son como las personas, que es cuestión de ir conociéndolas sin prisas hasta que un día, no sabes muy bien por qué, les tomas aprecio.

En el pueblo aún se respeta el descanso dominical. Todas las tiendas están cerradas. Voy paseando hacia el centro y sólo me encuentro a hombres y mujeres solitarios que pasean a sus perros. En la plaza donde se levanta la iglesia de Sant Jordi queda un quiosco en ruinas que se traspasa. Cualquier día me lo cierran. El propietario, embalsamado, me pregunta cómo me va. Hace tiempo que no me ve. No me extiendo en las explicaciones. Me llevo el diario y lo hojeo. Cada vez viene más fino y con noticias más inconsistentes. Me preguntó por qué sigo haciéndolo, por qué sigo comprando el periódico. Por romanticismo, quizá, el romanticismo de alguien que nunca ha sido romántico, o porque son ya casi treinta años haciéndolo y a mí, que me reconozco conservador, me cuesta saltarme las tradiciones.

Entro en la iglesia, donde han comenzado a celebrar la misa. Rezaré unos minutos por mis seres queridos y pediré, sin demasiada convicción, por el perdón de mis pecados. En la homilía, el cura recuerda la infinita misericordia de Nuestro Señor Jesucristo. Algunos feligreses dormitan. No me quedo a que todo acabe. Sant Jordi me lo sabrá disculpar. Siempre he sido un católico heterodoxo, muy a la mía, como también he sido un ciudadano poco ejemplar. Pero no me importa demasiado ni lo uno ni lo otro, esa es la verdad.

Para alcanzar un estado lo más cercano a la felicidad en un domingo como hoy, sólo hay que entrar en un café acogedor en el que el camarero te dé los buenos días y, con una sonrisa no excesivamente forzada, te pregunte:

—¿Qué desea el caballero?

El caballero desea un café con leche cargado de café y, de ser posible, un cruasán de elaboración artesana. Con este sencillo manjar ya puedo comenzar a leer el diario esquivando las calamidades del mundo, idénticas a las del siglo pasado, y buscar un resquicio de consuelo en las secciones de cultura y deportes. Emplearé algo más de una hora en esta gozosa empresa.

A las diez y media salgo a la plaza, que se ha ido llenando de paisanos. Parece que habrá boda. Aprieta el calor en este julio. Creo que me daré una vuelta por la parte vieja. Me han dicho que han reformado el mercado municipal. En esta zona de casas bajas no te ves molestado por los coches ni las motos. El caminante, sea forastero o vecino del pueblo, será recibido con un saludo por el dueño de un bar. Sin faena aparente, mata la mañana fumando cigarrillo tras cigarrillo en la puerta del establecimiento, con la vista puesta en el cielo por si se da la circunstancia de que llueva por la tarde, pero no parece que así será.

En estas horas de la mañana he dejado de sentirme un extraño en esta tierra. Vuelvo a reconocerme en ella. Mientras tanto, mis pasos recuperan el ritmo lento y familiar que nunca debió extraviarse en la gran ciudad, la calma añorada y el alivio de una tregua.