martes, 23 de agosto de 2016

El día en que mi padre conoció a Borges

Antes de morir, mi padre me confesó que había conocido a Borges. He de reconocer que su revelación me sorprendió pues él nunca mostró interés por la literatura. Si alguna vez lo vi leer fue diarios deportivos. En ellos, lo primero que buscaba era la crónica —siempre breve— del equipo de fútbol de su ciudad. Una vez leída, ojeaba los titulares de otras páginas hasta llegar a los crucigramas en los que se reveló un maestro. Cuando se jubiló dejó de comprar el diario cada lunes y si caía alguno en sus manos era cuando se acercaba, de tarde en tarde, a un bar de un conocido suyo, donde solía tomar un café.

Según el relato que me hizo en el hospital donde lo trataron de su enfermedad, el día en que conoció a Borges no tuvo nada de especial. Mi padre había salido de trabajar a primera hora de la tarde. Después comió en un restaurante italiano barato de la calle Uruguay y, antes de regresar a casa en un ómnibus, se dirigió a una estafeta postal de Corrientes. Cada primero de mes acudía a esta oficina para enviar una carta a su familia. Siempre tuvo una memoria prodigiosa, por lo que no le fue difícil recordar que aquel día Buenos Aires había estrenado el mes de octubre de 1954.

Al poco de salir de Correos, un hombre elegantemente vestido, que aparentaba unos cincuenta años, le paró en la calle. Su voz sonaba ceremoniosa; las palabras resbalaban de su boca con un tempo lento.

—Disculpe, joven, ¿sería tan amable de indicarme el título de ese libro? —preguntó Borges señalando con su mano derecha un ejemplar expuesto tras el escaparate de una librería que todavía hoy, muchos años después de aquel encuentro, sigue abierta bajo el nombre de Garibaldi.

Mi padre fijó la vista en un libro menudo, de tapas amarillas, que competía con otros ejemplares voluminosos.

—El título es Lagar, señor —contestó mi padre. Entonces se dio cuenta de que el caballero que había solicitado su ayuda tenía problemas de vista.

—Muchas gracias, ¿sería mucho pedirle que me leyese el resto de la portada del libro? —insistió Borges.

—Por supuesto que sí —respondió mi padre—. La autora es Gabriel Mistral. Debajo de su nombre dice Editorial del Pacífico, Santiago y un año, 1954.

Borges se quedó pensativo con una expresión de la que podía desprenderse que él, pese a sus problemas de vista, había adivinado de qué libro se trataba. Despejada la duda, volvió a dirigirse a mi padre.

—Usted no debe de ser argentino, a juzgar por su acento; ¿gallego tal vez?

—Sí; soy español —dijo mi padre—. Llegué a este país hace dos años.

—¿Español de dónde? —insistió Borges.

—Nací en Albacete, aunque supongo que nunca habrá oído hablar de ella.

—Por supuesto que sé a qué ciudad se refiere ­—dijo Borges—. De joven viajé por su país, y sé que Albacete pertenece a la Mancha, la tierra de Alonso Quijano.

Tras escuchar las palabras del escritor, mi padre no supo qué contestar. Alguna vez había oído hablar del tal Alonso Quijano, pero no quiso comprometerse con una respuesta equivocada y se limitó a sonreír.

—Le quedo agradecido por su ayuda. Ya se habrá dado cuenta de que ando mal de la vista. Me llamo Jorge Luis Borges —y  le tendió la mano.

—Ha sido un placer, señor —se despidió mi padre.

Borges se marchó andando a paso lento hacia una parada de taxi.

En sus dos años afincado en Buenos Aires, mi padre nunca había oído hablar de Borges. El escritor era ya un personaje conocido en la Argentina. Su obra destacaba entre las mejores del continente, fuesen sus ensayos; la poesía, con sus coqueteos iniciales con el ultraísmo, o su extraordinaria capacidad de fabulación, revelada en libros imprescindibles como Ficciones

Quiso el destino que, al cabo de un mes, mi padre conociese la identidad del hombre que había conocido en la calle Corrientes. Un sábado por la noche se había quedado solo en casa. Desde que su llegada a Buenos Aires vivía en el número 1850 de calle Moreno, en el piso de una prima argentina, casada con un comerciante de ultramarinos que tenía, como principal rasgo de su carácter, el desprecio hacia los “gallegos de mierda”. Mi padre, agotado tras una semana de trabajo en el Ministerio de Industria, había preferido quedarse en casa pese a que sus amigos porteños le habían propuesto ir a cenar a un restaurante que habían abierto en la calle Pasteur.

Después de cenar encendió la televisión para ver las noticias. Entonces, el presentador informó de que Borges —el hombre que había requerido su ayuda en Corrientes— había obtenido el Premio José Hernández por su libro La incierta vida del barón Lavigne, una colección de relatos que en España pasó desapercibida por razones que no alcanzo a comprender, pues está a la misma altura, en mi modesta opinión, que El Aleph o Historia universal de la infamia. Sólo se conoce una edición en castellano a finales de los años cincuenta; luego el libro fue descatalogado y era imposible de encontrar. 

Yo tuve la suerte de dar con la versión inglesa, en una excelente edición de Penguin con ilustraciones de pintor inglés Marcus Stiller. La compré en una librería de lance, en la plaza Mayor de Trujillo. Aún recuerdo lo que me costó —700 pesetas— y que me lo vendió un viejo tuerto del ojo derecho que había combatido en la División Azul. Me mostró una carta de recomendación del general Muñoz Grandes y cuando quiso enseñarme las heridas que la metralla del enemigo le hacía causado en su pierna derecha, me marché alegando que tenía obligaciones imponderables que cumplir, lo cual era cierto porque entonces era un hombre enamorado al que le esperaba una mujer para cenar, la que sería mi futura esposa.