viernes, 30 de septiembre de 2016

Queremos suicidios en directo

Un lindo muchacho aparece en el escenario contoneándose como un pavo real. Sonríe y se lleva los dedos a los labios en señal de agradecimiento a la audiencia que lo está viendo desde casa. Alto, guapo y muy delgado, este figurín de porcelana destaca por sus delicadas maneras. Viste unos vaqueros rotos y una camisa estampada y muy ceñida, lo suficientemente abierta para contemplar su pecho depilado. El joven presentador saluda a su público que, siguiendo las instrucciones del regidor, le aplaude con oficio. Algunos asistentes son veteranos en el programa. Casi todos son hombres y mujeres maduros, sin oficio conocido, que han venido a hacer de figurantes por diez euros, un bocadillo y un refresco. Lo peor son las esperas que han de soportar.

Pero por fin ha llegado la hora. El presentador se dirige a la cámara central y se estrena diciendo:

—Bienvenidos a una edición más de Queremos suicidios en directo, el programa más visto de la televisión española.

El público, convenientemente aleccionado, sigue aplaudiendo. De repente se apagan las luces. Un foco ilumina el rostro turbiamente maquillado de Jacobo, el nombre de la estrella televisiva.

—Si creéis que lo habéis visto todo, amigos y amigas, estáis equivocados. Esta noche os prometo algo nuevo, distinto —afirma Jacobo forzando el tono y de paso sonriendo para que todos vean su dentadura inmaculada.

—Esta noche nos proponemos batir nuestro récord de audiencia con una historia conmovedora, la historia de Jerónimo, un joven soltero y sin apenas estudios, y la de su familia —continúa el atildado presentador—. Después de localizarlos en Burgo de Osma, nos pusimos en contacto con ellos para traerlos al programa. Y he de deciros que no fue fácil, que al principio rechazaron nuestro ofrecimiento pero después, cuando conocieron el premio que podían ganar, accedieron a venir.

El público, que comienza a sudar por el calor de los focos, prorrumpe de nuevo en aplausos. De fondo se oye una voz bronca e imprevista diciendo “que salgan ya, queremos verlos”.

—No os impacientéis, amigos y amigas —grita el figurín de porcelana—. Todo a su debido tiempo. Veamos ahora un breve reportaje que nuestros compañeros han preparado sobre la vida de Jerónimo y su familia en Burgo de Osma.

El video resume la triste vida, sin salida aparente, de Jerónimo, un joven de 22 años que no logró pasar de los estudios primarios. Su única experiencia laboral ha sido barrer las calles de su pueblo durante seis meses. No se le conoce novia; lo que puede achacarse a que es poco agraciado, con una nariz que se asemeja a una gran patata y una boca caballuna que es herencia de su abuelo paterno.

Jerónimo tiene un hermano cinco años menor, un adolescente llamado Ismael, que se quedó tontuelo por un aire que le dio siendo niño. Es dependiente de sus padres, Casimira, una ama de casa que se ha desvivido por su hijo pequeño, y Prudencio, guardia civil retirado, un hombre autoritario de escasas luces y cortas palabras. Casimira y Prudencio se casaron tarde, sorprendiendo a sus familias, y tuvieron a sus dos hijos cuando ya habían perdido toda esperanza. Acaso fue un regalo de Dios.

Con el rímel de sus ojos a punto de correrse por el calor del estudio, Jacobo aprovecha para desabrocharse otro botón de la camisa. Sabe que ha llegado uno de los momentos estelares del programa.

—Después de haber visto este video, que nos ha mostrado la vida difícil de Jerónimo y su familia, todos, y yo el primero, queremos conocerlos en persona —afirma.

La banda sonora del programa suena de fondo, de manera atronadora. El público vuelve a batir las palmas. Las puertas del escenario se abren y aparece Jerónimo, cogido de la mano por sus padres. El hermano pequeño no ha podido viajar por una indisposición y ha quedado al cuidado de un tío.

El lindo presentador se acerca a Jerónimo y le estrecha la mano como si fueron viejos conocidos. Hace lo mismo con el padre y besa, más bien roza levemente la mejilla de la madre, como sólo saben hacer las personas finas y distinguidas, ese besar sin besar. 

Jacobo comienza a sobreactuar diciendo:

—¡Bienvenidos a Queremos suicidios en directo! Estamos muy contentos de teneros aquí. Sé que el viaje en autobús ha sido largo hasta Madrid.

Jerónimo, vestido con un traje negro que le queda pequeño, se encuentra incómodo ante la mirada de tanto extraño. Tras escuchar las palabras de la estrella, asiente pero no se atreve a hablar. El presentador mira a la cámara central.

—Jerónimo, como concursante que eres de nuestro programa, debo recordarte, en primer lugar, lo que tienes que hacer y cuál es el premio que tu familia se llevará si cumples la promesa que nos has hecho. ¿Sabes por qué estás aquí?

—Sí —responde tímidamente el concursante.

Jacobo fija la mirada en los padres, que permanecen agarrados de la mano.

—Queridos padres de Jerónimo, habéis venido para presenciar cómo vuestro hijo se suicida ante millones de telespectadores. Otros concursantes ya lo han hecho —añade el presentador para volver su mirada a Jerónimo—. Tú diste el paso. Sabemos que te costó tomar la decisión pero has prometido que la cumplirás, ¿verdad?

Jerónimo, nervioso, sin atreverse a mirar a los ojos de la estrella, responde:

—Lo haré por mis padres, para dejarles un dinero con el que puedan ir tirando uno o dos años.

El presentador, que presiente cercano el clímax del programa, insiste sonriendo:

—Así es, Jerónimo, pocos hijos hay tan generosos como tú, que has pensado en los problemas económicos de tus padres. Ellos recibirán 6.000 euros fijos después de tu muerte y otros 6.000 variables si esta cadena supera su récord de audiencia con tu suicidio.

Vuelve a oírse la letanía de nuevos aplausos, esta vez más tibios y breves.

—¿Has elegido cómo quieres acabar con tu vida, Jerónimo? —le pregunta el pimpollo. Sabes que el programa te da absoluta libertad para escoger el medio que quieras.

—Papá me ha ofrecido la pistola que conservaba de sus años de servicio —responde el concursante—. Creo que será más rápido que utilizar un cuchillo o tomar una pastilla.

El presentador se acerca a abrazarlo con tanta intensidad que se adivina lo forzado de la situación.

—Pues no esperemos más. Toda España te está viendo. Aquí tienes tus minutos de gloria.
Jerónimo saca una pistola negra, una pistola desafiante a la que el padre probablemente ha sacado brillo esta misma mañana; la extrae de una bolsa del mercadona.

—Estoy preparado, Jacobo —dice el concursante con entereza.

El presentador da saltitos por el plató levantando los brazos para animar al público que que comienza a gritar con alborozo.

Jerónimo abraza a su padre y luego a su madre, que oculta sus ojos, avergonzada, porque ha comenzado a llorar.

El concursante cierra los ojos, se mete el cañón de la pistola en la boca y aprieta el gatillo. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

La mano redentora de Madrid

Había un hombre a punto de ser abatido por las circunstancias. Este hombre lo había intentado todo para salir del atolladero: había llamado insistentemente a puertas que no se habían abierto; se había dejado entrevistar por unas migajas de pan negro; había prometido, a todo aquel que quería escucharle, que sería dócil, entregado, que sería un trabajador que no daría nunca problemas a cambio de fichar cada mañana junto a compañeros indeseables. Sólo quería eso: un escritorio y una modesta paga. Poca cosa, esa es la verdad.

Pero, por mucho que lo intentó, no lo consiguió.

El hombre, como antes quedó dicho, estaba a dos pasos de la desesperación. Él lo sabía pero lo disimulaba con talento ante sus conocidos, se engañaba, vaya si se engañaba, y seguía buscando en sus bolsillos, cada vez con menos convicción, alguna razón para la esperanza.

Cuando llegó ese momento en que ya nada empieza a importar, la hora en que comenzamos a estar muertos en vida, ese hombre vio una mano a su alcance y, como en el relato de García Márquez, se agarró a ella con obstinación. No era la mano de un hombre ni la de una mujer; no era la mano de un anciano, la de un niño o la de un guardia de tráfico con ganas de jubilarse. No era la mano de un ser humano; era, por el contrario, la mano redentora (perdón por el adjetivo pretencioso) de una ciudad, la mano de Madrid, que había acudido a rescatarlo. Ciudad y hombre se habían conocido hacía muchos años, durante juventud de él, y se debían favores por aquel hermoso tiempo compartido.

Mientras el hombre desayuna en un bar de un pueblo de Cuenca, un bar de cazadores y de labriegos, en el último domingo de agosto, camino de regreso a Valencia, el hombre recuerda esa mano que le salvó de cometer un desatino. Como esos viejos y raros amigos que responden a tu llamada al cabo de muchos años sin verlos, Madrid no le falló a este hombre. A él le gustaría comprarse una calle o una avenida —por ejemplo, la de general Ricardos, que tan bien conoce— para llevársela a su casa y por la noche, cuando todos duermen, caminar por ella y creerse que aún vive en la capital. Y, dejándose llevar por esa fantasía, recordaría las prisas de los titiriteros del metro, los huesos tristes de los inmigrantes, las muchachas en flor de Serrano, la pobreza homicida de los barrios obreros, los menús baratos y aceitosos de Aluche, servidos por camareros andinos; recordaría a dos adolescentes vírgenes lanzándose besitos en Chueca, el tedio de las tardes amarillas de domingo y, sobre todo, las palabras generosas de sus amigos Luis Eduardo, Pedro, Javier, José Julio e Imanol, a quienes ya echa de menos porque —se nos había olvidado consignar— el hombre del que hablamos es un sentimental incorregible, sin que se conozca hasta la fecha un doctor que haya encontrado la cura para su terrible enfermedad.

Ese hombre promete volver a Madrid, tantas veces como sea necesario, para volver a estrechar su mano redentora, para besarla en señal de agradecimiento. Pero tardará en hacerlo porque ahora le espera la tarea más difícil y arriesgada de las que ha emprendido: poner orden, de una vez por todas, en su desaseada vida.