sábado, 12 de noviembre de 2016

Una mujer distinguida

Marta era una mujer distinguida. No podía afirmarse que fuera guapa pero sí atractiva, con esa gracia pícara que enamora tontamente a algunos hombres. Sus hijos, un niño de nueve años y una delicada señorita de once, iban al psicólogo desde muy pequeños. Las familias pudientes tienen la suerte de poder enviar a sus hijos al terapeuta a la menor contrariedad. Era mucho el dinero que Marta y su marido Jacobo habían gastado en la consulta de un pariente lejano sin resultados aparentes, pero esto no parecía importarles.

Marta era diseñadora de interiores y se codeaba con la gente bien de la ciudad. Gente honrada pero también criminal. El origen de toda gran fortuna, lo creamos o no, es siempre un crimen, según escribió Balzac, el novelista francés. En los ratos libres que le dejaba su trabajo, Marta engañaba a su marido, que era de esa clase de personas que viven en los aeropuertos. Lo del engañar al marido o a la mujer sucede en las mejores familias. No culpemos a Marta por esta debilidad. La vida es aburrida. A ella le gustaba romper la rutina, de cuando en cuando, y vivir “emociones fuertes”, según le confesaba a su amiga Tania cada mes, cuando les tocaba hacer repaso de sus acomodadas existencias. Era, no obstante, una emoción controlada, protegida por una extensa red.  

Marta, que ya había cumplido los cuarenta, contactaba con hombres de su edad en Internet, aunque nunca hizo ascos a hacerlo con algún pipiolo, dada la debilidad que algunos jóvenes manifiestan por las mujeres maduras. El siguiente paso era hablar unas semanas, no demasiadas, por una red social. Después, si el hombre no se había atrevido a hacerlo, ella tomaba la iniciativa proponiéndole tomar café en un lugar discreto de la ciudad. Todos los hombres aceptaban después de haberla visto en foto. Se veían una tarde de un día laborable. Nada más tomar asiento y recibir el beso de él, Marta sabía si el candidato había superado el examen inicial, si volverían o no a encontrarse en un clima de más intimidad. Ella controlaba la situación gracias a la experiencia que iba acumulando. Por ese café de las afueras habían desfilado hombres de todas clases. Los había feos y guapos, gordos y delgados, inteligentes y obtusos, humildes y soberbios. A ella eso le complacía; halagaba su vanidad de mujer y le hacía sentirse más poderosa de lo que en realidad era, y lo era mucho. Procedía de una familia de militares que había recalado en una ciudad con mar —donde sucede esta historia—, después de vivir en medio país.

Marta hacía el amor con los hombres que había escogido, a quienes exigía el don de la conversación. Quería amantes pero también buenos interlocutores. Con ellos compartía su gusto por el cine (pero no le gustaban las películas tristes ni violentas), la opera y la gastronomía. Era muy aficionada a la repostería; podía pasarse tardes enteras preparando tartas para sus amistades y conocidos que nunca probaba porque no quería comprometer su delgadez. Los postres, junto con las mentiras y el diseño de cocinas, eran sus puntos fuertes. Luego ocurría lo inevitable. Se cansaba de esos amantes e inventaba cualquier pretexto para dejar de verlos. Y seguía buscando un nuevo pretendiente.

Yo fui uno de ellos. Enseguida nos entendimos porque los dos éramos unos farsantes. Ella sabía que yo le mentía y yo sabía que ella me engañaba. Era un juego de espejos delicioso y muy instructivo. Se inventaba sentimientos verosímiles sobre mí, que llegaron a hacerme dudar, lo admito, y yo le correspondía. En cierta medida estábamos hechos el uno para el otro, pero aquello no podía durar demasiado. Hoy, las relaciones duran poco, muy poco. La invité varias veces a mi piso de hombre soltero. Llegaba oliendo a perfume caro y creía engatusarme con su sonrisa estudiada. Las veces que estuvimos juntos lo pasamos bien. Ella solía gritar y me pedía que la insultase, cosa que nunca hice. Después se calmaba y me hablaba de sus hijos, que iban a un colegio religioso, de los que estaba enamorada, decía, y del viaje que su marido y ella planeaban a México para el verano. Nunca había pensado en divorciarse de él porque en el fondo lo seguía queriendo, me repetía. Yo la oía pero no la escuchaba. Aquellos encuentros estaban dominados por el encanto de la fisiología; de ahí que no les diera nunca demasiada importancia.

Una mañana me mandó un mensaje diciéndome que su padre había enfermado del corazón. Tal vez fuera cierto. Le respondí deseándole una pronta recuperación. No supe más de ella hasta ayer, viernes, al mediodía, cuando coincidimos en un restaurante del extrarradio. El azar quiso que el maître nos sentase en mesas contiguas. Marta había envejecido en los dos últimos años. Se había cortado el pelo pero su perfume caro era el mismo. Para algunas cosas era una muy conservadora, sin duda por herencia familiar. Estaba acompañada por un hombre que no era su marido y que sonreía más de la cuenta con la intención de agradarle, pero no lo lograba, lamentablemente. Pensé que era otro pretendiente, otro novio fugaz de los suyos. Cruzamos las miradas y no nos dijimos nada. Seguí leyendo el diario, que traía noticias previsibles y grotescas, a la espera de que la camarera, una joven de anchas caderas y  ademanes educados, me sirviera el postre. Al café me invitaron.