domingo, 25 de diciembre de 2016

El mostacho

Jerónimo Cienfuegos acostumbraba a llegar a la clínica diez minutos antes de la consulta con su psiquiatra. Nunca le habían gustado las prisas ni llegar con el tiempo justo a los sitios. Las prisas eran siempre malas consejeras, según le había aconsejado su abuelo materno. Tampoco le gustaba la lluvia, y hoy llovía, y mucho. Como no veía ni escuchaba los noticiarios, había salido a la calle sin paraguas. En la parada de autobús le habían caído las primeras gotas. En el trayecto había comenzado a diluviar. Al llegar a la clínica estaba empapado. Nada más abrir la puerta, la enfermera le miró con el rabillo del ojo antes de saludarle. Era una mujer distinta a la que había conocido en la cita anterior, cuando había acudido de urgencia debido a una de sus frecuentes crisis nerviosas.

Desde que un amigo le había recomendado a su psiquiatra el doctor Pisano, oriundo de Montevideo había tenido la oportunidad de conocer a seis recepcionistas, todas ellas elegidas de acuerdo con el mismo patrón: eran jóvenes, ninguna alcanzaba los treinta años; delgadas, ciertamente atractivas y con una simpatía reñida con la naturalidad.

Jerónimo dio las buenas tardes a la única persona que permanecía en la sala de espera. Era un hombre con apariencia de jubilado que no le devolvió el saludo. En una mesita de cristal se amontonaban revistas médicas que probablemente nadie había leído en meses, quizá en años.

El doctor Pisano siempre había sido puntual al llamar a sus pacientes. Por eso, a Jerónimo Cienfuegos le sorprendió el retraso en hacerle pasar a la consulta. Tuvo que esperar veinte minutos antes de que la recepcionista le informara de que el doctor estaba preparado para recibirle.

La consulta no había sufrido ningún cambio desde la primera vez que visitó la clínica. La decoración tenía un estilo minimalista. El mobiliario era escaso, moderno y frío, con un predominio de los blancos y los grises. En la mesa del doctor no había papeles, sólo un ordenador y la foto de una adolescente que podría ser su hija. Una reproducción del cuadro El gran masturbador, de Salvador Dalí, colgado a las espaldas del doctor Pisano, rompía la monotonía de la sala. No era extraño que en sus primeras visitas los pacientes, en lugar de atender las explicaciones del médico, fijaran la vista en la obra del pintor ampurdanés.

El psiquiatra era un hombre correcto, de maneras corteses y frías, a quien le gustaba mantener una prudente distancia para que nunca se confundiese lo profesional con lo personal.

—Veo que tenía cita para dentro de dos meses  —dijo después de consultar la ficha del paciente.
—Sí, doctor, pero no podía esperar tanto tiempo. Necesitaba verle ya porque estoy atravesando una de mis peores crisis.

El doctor volvió a mirar la pantalla del ordenador y, sin desviar la vista, le preguntó:

—¿No le ha hecho efecto el último tratamiento que le receté?

Jerónimo negó con la cabeza.

—¿Ni siquiera ha habido un mínimo progreso? —insistió el psiquiatra.
—Lamento decirle, doctor, que la idea de combinar las pastillas con la ingesta diaria de  rabo de toro no ha dado resultados.

El doctor Pisano se quedó pensativo tratando de buscar el comentario más pertinente para no herir la sensibilidad de un paciente para el que creía no tener ya solución.

—Desde que vino por primera vez a mi consulta lo hemos intentado todo: en un primer lugar, el tratamiento farmacológico, basado en inyecciones, pastillas y polvos; viendo que no daba el resultado esperado, recurrimos a las terapias alternativas, a pesar de que no eran de su agrado —dijo el médico.
—Comprenda que tratar de recuperar la virilidad con una muñeca hinchable de rasgos caribeños no era la mejor manera de ganarme a mi mujer —contestó Jerónimo.
—Me hago cargo de lo que pretende decirme —continuó el doctor—, pero recuerde que hemos ensayado todas las opciones posibles que existen en el campo de la medicina para corregir, o al menos mitigar, su pertinaz dolencia.

El adjetivo pertinaz le hizo recordar a Jerónimo tiempos en blanco y negro, con señores de rictus severo que acumulaban riquezas entre el miedo y la indiferencia de la gente.

—¿Y algo más que se pueda hacer, doctor? ¿O debemos resignarnos mi mujer y yo a no ser una pareja como las demás?
—Su caso es complejo —respondió el médico—. A un profundo complejo de Edipo se une masculinidad frágil y diríamos titubeante que ha derivado en una crisis de potencia sexual como nunca había observado en mi ya dilatada carrera profesional.

Mientras lo escuchaba, Jerónimo se fue encogiendo en el asiento.

—En estos supuestos tan extremos, en los que todos los tratamientos han fallado, sólo nos queda un as en la manga, y muy pocas veces funciona, para qué engañarle —añadió el psiquiatra.
—Dígame cuál.

Se hizo un silencio que a Jerónimo le pareció eterno.

—Déjese bigote —dijo finalmente el doctor Pisano.
—¿Dejarme bigote? No le entiendo. ¡Me ha tomado por un imbécil! —dijo Jerónimo perdiendo su habitual calma.
—Serénese, señor Ciencifuegos —trató de tranquilizarle el médico, incómodo con la situación—. Recientes estudios de la universidad de Birmingham han desvelado que varones con problemas de disfunción eréctil habían recuperado hasta un 70% de su potencial sexual al dejarse bigote.

Jerónimo no sabía cómo responder a lo que el psiquiatra le había dicho. No podía estar tomándole el pelo. Siempre había dado muestras de ser un profesional serio. Aunque la idea le parecía descabellada, no tenía muchas más opciones para elegir. O se dejaba bigote y veía si le funcionaba, o se resignaba a incumplir con el débito conyugal con su mujer en lo que quedaba de vida, y su mujer ya había dado suficientes pruebas de ser una santa.

—¿Y valdría cualquier bigote? —preguntó Jerónimo venciendo por fin su reparo inicial.
­—Ahí entra en juego la personalidad del paciente y su voluntad por superar su impotencia total o parcial. Hay enfermos que se han curado dejándose un bigote muy fino, a lo Errol Flynn, y otros que han necesitado imitar el más voluminoso de Emiliano Zapata.

El paciente parecía haber recuperado la ilusión.

—¿Cuándo comienzan a verse los primeros resultados?

El psiquiatra, que dio muestras de su impaciencia al mirar dos veces su reloj, continuó:

—Los primeros progresos los advertirá, de ir todo bien, al cabo de tres meses. En primer lugar recuperará la autoestima como hombre, lo que permitirá ir elevando, poco a poco, la potencia de su miembro viril.
—Deduzco que para que el tratamiento funcione no deberá afeitarme el bigote en muchos años —dijo Jerónimo.
—Mi consejo, según lo que he podido leer, es que el bigote y usted deben ser compañeros inseparables durante mucho tiempo. La alternativa ya sabe cuál es, y no creo que le guste. Vuelva dentro de seis meses y hablaremos de sus progresos. Ahora, si me disculpa, debo atender a otro paciente.

Su mujer no podía creer lo que le decía su marido.

—¿Eso es lo que te ha aconsejado el psiquiatra? ¿Qué te dejes bigote para resolver tu problema? ¡Donde se habrá visto! ¡Ese médico no tiene vergüenza!

Cuando la veía de tan mal humor —comprensible por las renuncias que se había visto obligada a aceptar en la convivencia con él—, Jerónimo optaba por no contradecirla y se achicaba. No era un hombre de carácter, ni mucho menos. Había vivido acomplejado por su nulo atractivo con las mujeres, justificado en parte por un físico que desagradaba a primera vista. Esa falta de encanto le impidió frecuentar al sexo femenino hasta bien entrada la madurez.

A Amalia, su mujer, la conoció en un viaje a Tierra Santa organizado por la parroquia del barrio. No es que le gustara mucho, pero entendió que necesitaba tener a su lado a una mujer hacendosa, con las ideas claras, autoritaria y que tomase las decisiones en  casa. Buscaba a alguien que fuese lo contrario a él. Además, si dejaba pasar ese tren, quizá ya no llegase otro, después de varios intentos fallidos con otras mujeres. Con ella había celebrado sus bodas de plata.

Jerónimo esperó a que llegase el fin de semana para dejarse crecer los primeros pelos encima de su labio superior. Imaginaba la reacción que tendrían sus compañeros al verlo con su bigote incipiente, ellos que siempre habían aprovechado cualquier pretexto para hacer mofa de él. Los bigotes ya no se llevaban; eran un vestigio de un pasado color sepia. Ahora, para ser moderno, había que dejarse una barba bien poblada y acudir a la barbería cada semana para recortársela. 

Antes de dejarse el bigote, Jerónimo se había ilustrado sobre la materia. Había recopilado información sobre la historia del bigote (moustache en francés) deteniéndose, uno por uno, en todos los personajes históricos que lo habían llevado. Lo que pretendía, con tanta documentación, era decantarse por el tipo de bigote que mejor le convendría a su cara con forma de luna. Y así probó con el bigote a lo Clark Gable pero lo descartó; como también rechazó los de José Luis López Vázquez, Cantinflas, Jorge Negrete y Alfredo Mayo. Todos estos bigotes habían lanzado a la fama a actores y músicos. Lo intentó también con escritores imitando el estilo del bigote afeminado de Proust o el viril de Joyce y Faulkner; probó también con los pintores, con Diego Rivera pero sobre todo con los de Salvador Dalí, con sus puntas afiladas como cuernos, desafiando al cielo. Hasta se fijó en mujeres como la anarquista Federica Montseny, pero ni ella ni el resto de los hombres le convencieron.

Le quedaba probar con los bigotes de los políticos y los militares. La historia había conocido el ascenso al poder de dictadores que habían hecho del bigote una seña de identidad. Tenía donde elegir: Franco, Stalin, Hitler, por citar los más conocidos. No sabía por cuál decantarse, después de pensárselo mucho. Puede que una mezcla de estilos —en suma una síntesis ideológica— fuese la decisión más acertada. Y así salió del cuarto de baño, con un bigote entre autoritario y totalitario, de carcelero del Gulag y Auschwitz, un bigote para causar pavor e imponer respeto. La primera persona que retrocedió alarmada al verle fue su mujer.

—Estás irreconocible, Jerónimo —le espetó—. No sé que van a pensar de ti en la empresa.

En la empresa, lógicamente, se habló mucho del bigote de Jerónimo. Sus compañeros se rieron en presencia suya y a sus espaldas.

—Vaya, vaya, que el señorito Jerónimo se nos ha dejado un mostacho —dijo, entre risotadas, Borja, el compañero más odioso y temido por todos, cuyo ascenso profesional se debía al parecer a su amistad íntima con el consejero delegado.

Lejos de achicarse por las bromas crueles de sus compañeros, Jerónimo se vino arriba. En el primer mes de tratamiento recuperó su autoestima como varón, tal como le había pronosticado el doctor Pisano, y poco después, ya era capaz de mantener una erección durante dos largos minutos, lo que no le ocurría desde sus tiempos de veinteañero. Claro está que él no pensaba en Amalia para demostrarse que había recuperado el vigor sexual sino en la empleada de la panadería que le había guiñado el ojo un domingo, después de salir de misa de doce, cuando fue a comprar una bandeja de pasteles.

Con la confianza recuperada en su pene, Jerónimo se aprestó a recuperar el tiempo perdido, y vaya sí lo hizo, saliendo de farra con los amigotes los fines de semana en los que siempre acababan en algún club de alterne de carretera. Reacio al principio, por convicciones religiosas, a frecuentar prostíbulos y otros lugares de mala fama, le cogió el gusto al sexo mercenario y, hasta donde se conoce, ninguna de las meretrices tuve quejas de él en la cama, si bien las meretrices suelen omitir las críticas a los clientes, sobre todo si pagan las tarifas más caras, como era el caso.

De su segunda juventud se aprovechó, aunque no demasiado, es justo precisarlo, su mujer, con la que había vuelto a hacer el amor al cabo de muchos años de abstinencia. Hubo un sábado noche en que fueron cuatro las veces. A Amalia, al estar desacostumbrada, le temblaban las piernas cuando, tras el último coito, fue enjugarse la boca. No daba crédito al cambio experimentado por su marido. Esa transformación trascendió los límites de la fisiología y se hizo ideológica. De ser un hombre moderado y de ideas reformistas, Jerónimo pasó a ser un extremista de derechas o de izquierdas, según los días. Soñaba con invadir Polonia o anexionarse Crimea. Deliraba por las noches, hasta el punto de que su mujer tenía que bajarle el brazo en alto, afectado también de una extraña y persistente erección.

Pero lo que había sido una alegría momentánea de Jerónimo y su mujer se transformó en una pesadilla a medida que pasaban las semanas. Él se había convertido en un obseso del sexo. Dilapidaba el salario en frecuentar a mujeres de mala vida; consumía porno en la empresa (lo que, entre otros motivos, le llevaría a ser despedido); y se masturbaba en los aseos públicos como un chimpancé adolescente de zoológico. Lo peor es que lo hacía con la puerta abierta.

Las cosas iban de mal en peor. Llegó a tirarle los tejos a un policía local (ya no reparaba en sexos), lo que le hubiese metido en un gran lío de no haber recurrido a un pariente conservador que tenía influencia en el ayuntamiento.

No pudiendo soportar más el oprobio al que su marido le sometía engañándole con cualquier pelandusca, Amalia se dijo a sí misma “hasta aquí hemos llegado” y se fue a vivir con su madre a Albacete. Aconsejada por un abogado de la familia, presentó la demanda de divorcio. Eso fue un duro golpe para él.

Jerónimo había destruido su vida en sólo un año. En este tiempo toda la ciudad era conocedora de sus correrías y excesos. Sin mujer y sin trabajo, debía enfrentarse ahora  a perder su casa por el impago de la hipoteca. Le prestaron dinero para pagar una consulta con el doctor Pisano, quien había hecho todo lo posible por evitarle, ya que a él también le habían llegado las habladurías del comportamiento de su paciente.

La enfermera había cambiado, como en ocasiones anteriores. Era delgada, joven, ciertamente atractiva y con una simpatía reñida con la naturalidad.

—Doctor, he destrozado mi vida al dejarme bigote. Me han echado del trabajo, mi mujer me ha abandonado, puedo perder mi casa. Necesito que me ayude.

El psiquiatra tenía delante de él a un hombre derrotado, al que sólo su cobardía le salvaba de suicidarse.

—Si el bigote ha sido la causa de su perdición, aféiteselo —le dijo el doctor, lacónico.

Al escuchar estas breves palabras, Jerónimo se pasó el dedo índice por su bigote canoso y reparó en que seguía ahí, después de un largo año. Podía habérselo rasurado pero no lo había hecho. Se había acostumbrado a él pese a todos los problemas que le había traído. Pero había llegado la hora de quitárselo.

Ya en la calle, se dirigió a la parada de autobús. Era un día de principios de verano. Apretaba el calor. Debajo de la marquesina dos jubilados comentaban la noticia del día: el presidente ruso había ordenado invadir Polonia. “Ese hombre sí que tiene pelotas”, le decía uno a otro entre risas. Al percatarse de lo que estaban hablando, sintió envidia del dictador que, a diferencia de él, no había necesitado dejarse bigote para demostrar su hombría. Los dictadores del siglo XXI llevaban el rostro rasurado, pensó. En el autobús, de regreso a casa, reparó en que no le quedaban cuchillas de afeitar. Entonces fue cuando notó una flacidez en la entrepierna.