domingo, 26 de marzo de 2017

La niña muerta

La niña ha muerto. Nadie lo sabe aún, pero la niña ha muerto. La muerte entró, sin avisar, en la sala de cuidados intensivos. La muerte le ha respetado los ojos, abiertos, como dos piedras preciosas de color verde. Los padres, agotados de tantas noches en vela, duermen en dos butacas incómodas, de cuero viejo, que el hospital pone a disposición de los acompañantes de los enfermos. Los padres ignoran que su criatura partió de este mundo y descansa ya en el valle de los niños muertos. Cuando despierten serán un hombre y una mujer sin consuelo posible. Pero aún no han despertado. El silencio de la habitación se rompe por los pasos acelerados de una enfermera que cruza el pasillo.

Es una noche cerrada de un día de otoño de un año cualquiera. La niña llevaba ingresada una semana. Existía la frágil esperanza de que volvería a superar otra crisis. En el colegio, antes de despedirse, la niña decía que le habían descubierto otro bultito en la cabeza, y añadía, riéndose, que pronto volvería para jugar con sus compañeros en el patio. La señorita, disimulando la emoción, daba la razón a Victoria y le aseguraba que estaría para el festival de Navidad, y así todos le darían gracias al Niño Jesús.

El padre ronca, y sus ronquidos tienen algo de cómico en una noche trágica. La enfermera entra para controlar la evolución de la pequeña paciente. Le toma el pulso. La niña no responde. La enfermera, nerviosa, comprende en ese momento que todo ha terminado. Nunca te acostumbras a la pérdida de un niño, se dice. Toda muerte es dolorosa pero no hay ninguna comparada con la de un niño. Nos deja sin respuesta. ¿Por qué? El rostro de la pequeña ha adquirido el blanco frío de una muñeca de cera. La enfermera llama al médico de guardia. Los dos le comunicarán la noticia a los padres. Desconcertados, en una especie de duermevela, Ángel y Susana no creen lo que están escuchando. No puede ser verdad. El doctor, midiendo inútilmente la crueldad involuntaria de sus palabras, les dice que Victoria ha muerto. El padre se retira a llorar a una esquina de la habitación y comienza golpear su cabeza contra un pilar. La madre grita horrorizada mientras la enfermera la coge de la cintura; grita como han gritado todas las mujeres de la historia cuando han perdido a un hijo. Un grito de desolación, irreparable, que llega hasta los tuétanos del alma.

Susana besa a su hija, mi amor, mi niña, cuándo vas a despertar, mi niña, por qué Dios mío, por qué te llevas a mi hija, qué te ha hecho ella, por qué no te llevas a mi marido o a mí, maldito seas, Dios, descansa, cielo, que luego despertarás y volverás a estar con mamá y con papá y con tu hermanito, no tengas miedo, que mamá está contigo, te quiero, mi vida, te quiero mucho.

El médico y la enfermera se marchan de la habitación. Dejan a los padres solos, con su dolor. Se abrazan sin palabras. Él la atrae con fuerza; a ella le fallan las piernas, cree desmayarse y él la tiene que sujetar para que no se caiga al suelo. Así están unos minutos, en silencio. Después el padre besa la frente fría de la niña y repite un millón de veces el hombre de la hija, Victoria, Victoria, mi niña, no nos dejes solos. Le coge las manitas y se las aprieta, y el padre llora y se siente ridículo y siente miedo de lo que está por venir, de ese futuro en el que no volverá a escuchar la risa de Victoria cuando veía los dibujos animados las mañanas de los sábados. El silencio de una habitación cerrada, una cama que no volverá a hacerse, las preguntas del hermano que la echará pronto de menos, a todo eso tiene miedo.

La madre se seca las lágrimas. El padre, que ha levantado a la niña de la cama, se la entrega a la mujer, que la coge en brazos y la mece como hacía cada noche para que la niña se durmiese. La madre la balancea y se sorprende cantándole la nana que su madre le cantaba cuando tenía la misma edad que Victoria. Susana acaricia el pelo rubio y ensortijado de su hija y se fija en el hombre que tiene enfrente, sentado en una butaca, prematuramente envejecido, con la cabeza agachada entre las piernas, y siente que no lo reconoce. En diez años de matrimonio nunca había pasado por esa situación de extrañeza. ¿Quién es el hombre que repite el hombre de mi hija?

—Dentro de una semana hubiera cumplido cinco años —dice él y ella la deja caer en su regazo y nota el frío de su cara y de su frente, y se ve rota por dentro, para esta vida y para las siguientes, destrozada sin redención posible, consciente de que deberá vivir entre escombros y recuerdos imposibles. Se ha convertido en una huérfana de su hija.

¿Dónde estaba Dios cuando murió la niña? ¿Dónde se hallaba el ángel de la guarda encargado de protegerla de la muerte? Los padres de Victoria creían en Dios pero ya no creen; creían en la Virgen y ya no creen en ella; creían en la misericordia de Cristo y dejaron de creer en Cristo. Los padres no comprenden nada. ¿Por qué os habéis llevado a mi hija?, se pregunta la madre. La pregunta se quedará sin respuesta para siempre. Mientras, el padre, ajeno a letanía amarga de la mujer, coge con suavidad la mano derecha de la niña, la acaricia y juega con los rizos rubios de María, y por un momento piensa que todo fue una pesadilla y que pronto la pequeña abrirá los ojos de un sueño pesado.

Llaman a la puerta y es el capellán del hospital. El cura es un hombre joven, bajo y regordete. Debido a su falta de experiencia, aún no sabe cómo actuar en estas circunstancias. Los consejos valen de bien poco cuando has de enfrentarte a una pareja que ha perdido a un hijo. Ignoras cómo reaccionarán.

Estos padres lo miran sin decirle nada. El sacerdote se ve en la obligación de decirles algo. El silencio le incomoda.

—Lamento mucho la muerte de vuestra hija, tan pequeña. Sabéis que podéis contar conmigo para lo que necesitéis.

El joven cura hace intención de acercarse a la niña para darle su bendición.

—¿A qué ha venido? ¿Acaso le hemos llamado? Aquí no tiene nada que hacer. ¡Márchese con su Dios y déjenos en paz! —dice la madre clavándole la mirada en la cruz que cuelga de su pecho.

El cura desanda sus pasos, balbucea unas palabras de despedida y cierra la puerta. Desaparece.

La mujer sigue sin reconocer al hombre que tiene sentada a su hija en las rodillas, pellizcándole los mofletes como hizo el día en que la ingresaron en el hospital. Aquella mañana la niña estaba animada y respondía con una carcajada a los pellizcos de su padre. Por la noche pidió una tortilla francesa para cenar y durmió como un ángel.