lunes, 1 de mayo de 2017

Mi padre es un 'loser'


¿Por qué todos los profesores de inglés son maricas? No hay ninguno que se salve. Miguel, Raúl, Jorge el de la academia y ahora Joan, todos lo que me han dado clase son maricas. A este último se le nota mucho la pluma. María, mi amiga de 4º de ESO, dice que lo vio agarrado de la cintura con un tío más joven. A mí, cuando me lo dijo, no me extrañó nada. Además no lo esconde. ¡Si lo viera la abuela Herminia! Ella, tan religiosa como es, siempre de misa los domingos, odia a los gays. Dice que son tan enfermos como el que tiene un cáncer, y que habría que mandarlos a un médico para curarlos. De hecho conoce el caso de un chico (me parece que sé quién es), hijo de unos amigos suyos, que se curó yendo a un psiquiatra. Ahora tiene novia y se va a casar, al parecer. En fin, son las historias de mi abuela, te las puedes creer o no, a veces te ríes con ellas y otras te aburres. A mí me parece que se le está yendo la cabeza desde que murió el abuelo.

Que Joan sea gay me da un poco igual. Que cada cual haga lo que quiera con su vida pero sin molestar a los demás. Eso lo he aprendido de mi padre. Mateo, el novio que tengo ahora, no piensa como yo. Mateo, con sólo quince años, opina como mi abuela. Si por él fuera, enviaría a todos los maricas a una isla. “Así no volverían a molestar”, me dice riéndose. Mateo es un poco sádico. Yo creo que le pesa mucho la educación que ha recibido de sus padres, que han sido demasiado estrictos con él y con sus siete hermanos. ¡Ni móvil le dejaban llevar hasta hace sólo un año!

Mateo va a mi clase. A él se le da mejor el inglés que a mí. De Joan se ríe por su acento:  “Se le nota que aprendió inglés sin salir de España”. Lo dice él, que todos los años lo envían sus padres a Inglaterra. A mí, como mucho, me pagan una academia cuando suspendo la asignatura. Nunca me ha gustado el inglés, esa es la verdad, se me resiste, no tengo la facilidad de Mateo para hablarlo.

Ayer Joan estaba explicando el significado de algunos adjetivos. Intentaba hacerse oír levantando la voz porque la mitad de la clase estaba hablando. En realidad nadie le atiende desde el día en que se echó a llorar delante de todos porque Alex, el más golfo de mis compañeros, le gritó: “¡Chúpame el nabo!”. Desde entonces aprovechamos cualquier ocasión para reírnos de él. Pues ayer, como decía, estaba explicando algunos adjetivos. Entonces nos aclaró la diferencia entre ser ganador (winner) y ser perdedor (loser).

—¿Nunca habéis escuchado eso que se dice en los Oscar de “And the winner is…”.
—¿Y qué son los Oscar? —pregunta Sergio, el más tonto del grupo.

Solo uno de los treinta compañeros sabía qué eran los Oscar. No era yo, claro. De camino a casa estuve dándole vueltas al significado de esas dos palabras, ganador y perdedor, y me acordé de Javier, el profesor de castellano. No sé por qué lo hice; tal vez porque siempre no está insistiendo en que debemos sacarnos la ESO si no queremos ser “carne de cañón”. “¿Qué es carne de cañón, profe?”, le preguntamos. “Carne de cañón es aquel al que todo el mundo pisa y del que todo el mundo se ríe. Yo no quiero que vosotros lo seáis”. Su respuesta nos dejó pensativos a Mateo y a mí. No estoy segura de que lo entendiéramos, pero si tuviera que pensar en alguien que es carne de cañón no tengo dudas de quién sería: mi tío Ramiro, que no levanta cabeza, el pobre, desde que lo echaron de la fábrica. Ahora vive de lo que le presta la abuela. Lo sé porque mi madre le regañó por teléfono por gastarse ese dinero en cervezas y máquinas tragaperras. 

Mi tío Ramiro debe de ser un loser. A mi casa viene a comer algún domingo. Mi padre habla poco en la comida, se siente incómodo con su presencia. Cuando cruzamos la mirada adivino la razón de esa incomodidad porque mi padre, como mi tío, también es un loser. Sé de lo que hablo y voy a explicarlo.

Hace un mes Mateo y yo nos saltamos las clases de la mañana. Nos fuimos a un parque donde a esas horas sólo hay viejos paseando a sus nietos. Buscamos un banco recogido para que no nos viera nadie. Somos novios desde Navidad, pero él es muy tímido y no ha pasado de darme besos en los labios. Otro ya me hubiera metido mano, otro como Álex. Quiso salir conmigo pero le contesté que no. “Que te vayan dando”, me dijo el muy gilipollas. Prefiero a Mateo aunque sea tímido. Es guapo y me trata bien. Aquel día le llevé su mano derecha a mis pechos. Cerré los ojos y, al abrirlos, mi mirada tropezó con alguien familiar. Era mi padre. En un primer momento temí que me hubiera visto allí con Mateo metiéndome mano, pero no podía haberme reconocido porque estaba cabizbajo, mirando el suelo, sentado en un banco a lo lejos, con su maletín de cuero entre las piernas, las manos cruzadas. Mi padre no se movía; parecía una estatua de piedra. Era como si no estuviera en este mundo. Llevaba puestas las gafas de sol, lo que me sorprendió porque el día había amanecido muy nublado. Todo era extraño, difícil de explicar. A esas horas debía de estar trabajando en su empresa, que está en la otra punta de la ciudad.

Le puse una excusa tonta a Mateo para que nos marchásemos. “¿Qué te pasa?”. “Nada, que no me gusta este sitio”, le dije. Tenía miedo de que mi padre levantara la cabeza y nos viese. Al cabo de dos semanas volví a convencer a mi novio para que nos saltásemos las clases y fuésemos al parque. “Pero ¿no me dijiste que este sitio no te gustaba?”. Quería ver si mi padre volvía a estar en el mismo banco de la otra vez. Allí estaba con su traje gris, su camisa blanca, su corbata granate para ir al trabajo y sus zapatos lustrados. Parecía que no se había movido de allí desde el día en que lo vi: la misma posición, la mirada clavada en el suelo, el maletín entre las piernas, apoyando ahora los codos sobre sus rodillas. Esta vez tampoco me reconoció. Ya no tuve dudas de que mi padre era un loser.

—Hija, ¿has acabado los deberes? Tu padre no tardará en llegar. La cena estará en cinco minutos.

Mi madre es una pesada. Se pasa la vida en la cocina, viendo la televisión (esos programas de cotilleos sobre famosillos) y tomando café con sus amigas divorciadas. Dejó de trabajar cuando me tuvo a mí y a mi hermano. Últimamente se le ha agriado el carácter. Será la menopausia… No sé cómo la aguanta mi padre.

—Ya voy, mamá, estoy acabando un trabajo del instituto.

Mentira. No estoy haciendo los deberes; estoy escribiendo el diario que mi profesor de castellano me pidió que hiciera al comprobar que redacto mejor que mis compañeros. Me ha dicho que me subirá la nota al final de curso. Aquí voy apuntando todo lo que me pasa, todo lo que pienso y siento, alguna que otra chorrada también. Al principio me costaba por la falta de costumbre, pero ahora escribo todos los días.

Ha sonado el timbre: debe de ser mi padre.

—Hija, ve a abrir, que estoy todavía con la cena.

Abro la puerta.

—Hola, papá, ¿qué tal el trabajo?
—Bien pero muy cansado, Lucía. Estamos a fin de mes. Los jefes aprietan, mucho papeleo, reuniones y más reuniones, y eso se nota.
—Bueno, pero pronto tendrás vacaciones para descansar con nosotros.
—¡Claro que sí! Estoy deseando tomarlas y que tu hermano y tú terminéis los exámenes con buenas notas. ¿Te gustaría volver a Benidorm como hace dos veranos?
—Me encantaría; hay mucho ambiente allí. ¿Recuerdas que hice dos buenas amigas que todavía conservo?
—Sí, ¿te refieres a esa chica de Valencia que su padre murió en un accidente de tráfico en Navidad?
—Sí, a Luisa, la pobre lo está pasando muy mal y su madre peor. Ha tenido que ir a un psicólogo. 
— Es normal que las dos estén afectadas. Perder a un padre debe de ser terrible a esas edades. He pensado que debíamos buscar un hotel más sencillo en Benidorm aunque esté lejos de la playa, sin tanta gente, para estar más tranquilos. Este año estaremos menos días porque tu abuela está delicada de salud.
—Yo veo bien a la abuela, papá, pero si tú lo dices será verdad.