martes, 6 de junio de 2017

Soria hermosa y olvidada

La plaza Mayor de Medinaceli está desierta al mediodía. El ayuntamiento permanece cerrado al igual que el museo arqueológico. El Palacio Ducal, de estilo renacentista, que ocupa una manzana y alberga un centro de arte contemporáneo, sí está abierto. Su fachada, como las de otros palacios que hemos visto durante el viaje, necesita una reforma urgente para la que no debe de haber dinero. Estamos en la terraza del único bar. De su interior nos llega una canción pegadiza. Es una extraña sensación la de tener una plaza medieval para ti solo. Al cabo de unos minutos aparece una pareja de turistas despistados. Son jubilados. Hacen las consabidas fotos y deciden entrar en el palacio que presenta riesgo de derrumbe. Allá ellos.

Volvemos a estar solos. Nadie diría que esta villa —a la que  se cita en el Poema de Mio Cid porque doña Jimena y sus dos hijas pasaron por ella camino de Valencia— tiene más de 700 habitantes. Sólo vemos algo de movimiento en los hoteles de la entrada al pueblo, a escasos metros de donde se levanta un arco romano del siglo I después de Cristo, en mejor estado de conservación que el Palacio Ducal de la plaza Mayor.

Medinaceli, tierra de frontera, ha sido la última parada por las hermosas y abandonadas tierras de Soria. Hace ya una semana que regresamos de recorrer sus carreteras y caminos, que degustamos la comida y bebimos el vino de sus pueblos en los que siempre fuimos tratados con hospitalidad. Ahora que la memoria se conserva fresca para recordar lo sentido y lo vivido, uno concluye que esta vez acertó al proponer viajar a esta provincia oriental de Castilla la Vieja. El viaje fue breve, de apenas tres días, pero fecundo. Soria te seduce por sus bellos paisajes y su patrimonio histórico y cultural: puede presumir de la grandeza de un pasado como pocas zonas del país. Soria guarda también algunas de las mejores páginas de nuestra literatura. Antonio Machado, a quien los sorianos le deben tanto, está presente a cada paso que el caminante da; junto al poeta sevillano emerge la obra de un Gerardo Diego, de un Dionisio Ridruejo, de un Bécquer, todos ellos vinculados a Soria. Pero ese pasado digno de tanta admiración y encomio contrasta con la estrechez del presente y la aridez de un futuro lóbrego. Esos pueblos desiertos, abandonados, sin rastro de niños ni de jóvenes, ayunos de trabajo y carentes de porvenir…

A la capital llegamos una tarde de de martes, procedentes de Calatayud. En esta ciudad aragonesa —la cuarta de la región por población— recorremos su casco histórico del que sobresale, por su majestuosidad, la portada-retablo de Santa María la Mayor, de corte renacentista, realzada con una torre mudéjar. En esta ciudad aún se conservan vestigios de un arte mudéjar que está repartido por todo Aragón, singularmente en la provincia de Teruel. Este casco histórico presenta ciertas señales de abandono y dejadez, como pueden verse en tantos pueblos del país. En la plaza Mayor de Calatayud nos fijamos en el antiguo ayuntamiento cuya última reforma fue inaugurada por los reyes eméritos, Don Juan Carlos y Doña Sofía. Gracián la menciona en El Criticón, plaza que se hizo popular gracias a una copla: “Si vas a Catalayud pregunta por la Dolores…”.

Comimos regular en el restaurante de un hotel de la Alameda.

Calatayud está a 97 kilómetros de Soria capital. La carretera que las conecta es la N-234. A Soria entramos por un puente romano. Por suerte no nos costó aparcar. El hotel que habíamos reservado está en la plaza Mayor. Fue una pena que un lugar tan hermoso estuviera ocupado parcialmente por las carpas de un banco. El hotel es modesto y coqueto. Es ese tipo de establecimiento que cuenta con un solo empleado por cada turno que desempeña toda clase de funciones: de recepcionista, limpiadora, camarera de piso, etc. A esto se la he llamado movilidad funcional, lo cual debe de ser una auténtica ganga para el dueño del hotel.

Después de dejar el equipaje nos lanzamos a la calle del Collado, la arteria principal del centro de la ciudad donde se encuentra gran parte de la vida comercial. Comienza en la plaza Mayor y te lleva hasta la Alameda de Cervantes. No serán más de quinientos metros. Al mediodía y por la tarde bulle de gente que se saluda a cada pocos pasos. Aquí da la impresión de que todo el mundo se conoce (Soria no llega a los 40.000 habitantes). Pasamos a la altura del Círculo Amistad Numancia, lo más parecido al casino de una capital de provincias, y saludamos a Gerardo Diego, que permanece sentado leyendo un libro. Más adelante, en la plaza Ramón Benito Aceña, donde cenaremos dos noches, hay una placa de mármol que recuerda el solar donde se levantó el edificio en el que vivieron los hermanos Bécquer, Gustavo y Valeriano. Esta plaza es una zona de tapas y de cañas. En Soria, como en toda Castilla, se come bien y a buen precio.  

Giramos en una de las esquinas del Collado y nos perdemos por la calle Aduana Vieja en la que destacan el palacio renacentista de los Castejones y la casa de los San Clemente. Este último resulta ser propiedad de la familia Marichalar, donde durmió el crápula de Alfonso XIII. Unas cadenas que cuelgan debajo del balcón lo testimonian. Enfrente está el instituto Antonio Machado, donde puede visitarse el aula en la que daba clase a comienzos del siglo XX. Hay expuestas, dentro de una vitrina de cristal, algunas actas de las calificaciones firmadas por el poeta. Una de ellas la componen siete u ocho alumnos, todos ellos aprobados, algunos con nota. La tarima, la mesa donde impartía sus lecciones de francés, los pupitres llamativamente pequeños, no más de una docena, se conservan tal como entonces. Hay retratos de Antonio Machado con su mujer Leonor. Se casó con ella cuando esta tenía sólo quince años. La muerte le llegó a los dieciocho. El poeta no se repuso nunca de la pérdida. La imagen de los dos recién casados te la encuentras en cada rincón de la ciudad. Ella sentada y él de pie, como se estilaba en la época. 

Al lado del instituto se levanta una joya románica, la iglesia de Santo Tomás. En la nave central descansan Amalio de Marichalar y Bruguera y Concepción Sáenz de Tejada y Fernández de Bobadilla, los consuegros de los reyes eméritos. En el crucero, separado por unas verjas de hierro, un grupo de clarisas cantan a espaldas de los feligreses. Algunas son jóvenes. Cuando nos vamos a marchar un hombre pequeño y simpático se nos acerca para preguntarnos si somos forasteros. Le contestamos afirmativamente. El hombre tiene ganas de hablar. Vuelve a preguntar: “¡¿Sois un poquito creyentes?”. También a esto le decimos que sí. Despejada la duda, nos entrega una estampa de la madre Clara de la Concepción. “Para que se la entregáis a vuestras madres”, nos dice. Esa monja, ya fallecida, es la responsable de una congregación de 57 clarisas que viven y oran en Soria. El hombre nos habla de un pariente suyo, Enrique Tierno Galván, agnóstico hasta que le llegó la hora de la muerte. Entonces decidió volver al seno de la Iglesia católica, según la versión piadosa del pariente. Habría que preguntarle al viejo profesor si el familiar está en lo cierto o ha forzado las costuras de la realidad. 

Va cayendo la tarde y la aprovechamos para ver un palacio renacentista, el palacio de Condes de Gómara, hoy reconvertido en Diputación. Siguiendo el consejo del pariente de Tierno Galván, nos acercamos a la iglesia de San Juan de Rabanera, también de estilo románico. Entro en la librería Santos Ochoa, que conozco de mi estancia en Logroño, donde también tiene un punto de venta, y compro la novela Juego y distracción de James Salter. Sabia elección, como comprobaré después. Me llevaría casi todos los libros pero no tengo espacio ni dinero.

Por la noche cenamos en el bar del hostal Apolonia. En la tele echan otro partido en el que gana el equipo de siempre, con un jugador portugués como bandera. 

A la mañana siguiente decidimos visitar Burgo de Osma. A mitad de trayecto nos detenemos en Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor, según reza la leyenda. Se cuenta que el caudillo árabe, el terror de los cristianos del siglo X, sufrió aquí su derrota definitiva y murió. Catalañazor es hoy una villa antiquísima, hecha con casas de adobe y madera, un lugar para recibir y vivir del turismo de fin de semana y vacaciones. Es obligado entrar en este pueblo por la belleza que atesora y la serenidad que transmite. Los únicos negocios que se ven son restaurantes y hoteles y casas rurales. El ayuntamiento está cerrado. Vemos una furgoneta de Correos circulando por sus calles estrechas.

Burgo de Osma es una localidad de apenas 5.000 habitantes. Es la tierra de personajes tan dispares como Dionisio Ridruejo y Jesús Gil y Gil. La arteria principal, donde se concentra la vida comercial, es la calle Mayor. Hacemos un alto en ella. El estilo arquitectónico barroco del ayuntamiento, del siglo XVII, emula, con sus dos torres, al hospital de San Agustín, situado enfrente. La calle Mayor desemboca en una plaza donde nos está reservado el monumento más sobresaliente del pueblo: la catedral, construido en distintos siglos, que combina el gótico clásico de la portada principal con el barroco de su torre.

En las afueras del pueblo hay un parque que sigue el curso del río Ucero. Caminamos por un sendero y nos encontramos a familias con niños, jubilados tomando el sol y a los inevitables ciclistas. El clima es ideal, benigno, de una primavera que reconforta. En sitios tan apacibles como este tiene sentido hablar de calidad de vida. Se respira el sosiego que nos está vedado en las ciudades desquiciadas de las que venimos y de las que huimos cuando podemos a la menor oportunidad.

De Burgo de Osma, otro pueblo que vive del turismo a juzgar por el número llamativo de hoteles, regresamos a tiempo a Soria para comer. Escogemos la taberna Capote. El menú nos convence: calidad a buen precio. Cuando llegamos a los postres no sabemos si volver al hotel o acercarnos a ver las ruinas de Numancia, a sólo siete kilómetros de la capital. ¡Qué excelente elección hicimos al tomar la carretera para dirigirnos a Numancia! Situada al lado del pueblo Garray, donde deben de veranear las familias pudientes de la capital, Numancia es un inmenso páramo que conserva las ruinas del pueblo celtibérico que le dio nombre y que pasó a la historia, como es sabido, por su larga resistencia a los ocupantes romanos. Cuando Numancia se había convertido en un problema aparentemente irresoluble para la soberbia y poderosa Roma, un problema de Estado, un cónsul, Publio Cornelio Escipión, hubo de tomar el mando para doblegar la férrea voluntad de los numantinos. Le precedía la fama de militar eficaz (y algo sanguinario), ganada a pulso en la III Guerra Púnica contra los cartagineses. Pero Numancia nunca se rindió; sus habitantes, antes que caer en manos extrañas, prefirieron quemar el poblado y suicidarse en masa.

La visita a las ruinas dura hora y media. El guía es un arqueólogo experto; nos gana con su elocuencia y simpatía. Entramos en dos reproducciones de casas de antes y después de la conquista de la ciudad, casas que, salvando pequeñas diferencias, podrían encontrarse en los pueblos del interior de la Península hace no más de sesenta años.

Con el recuerdo imperecedero de Numancia, de cuyo combate con los romanos podemos extraer lecciones para nuestro mundo actual, entre ellas las del coraje y la lealtad a una forma de vida, llegamos a Soria a media tarde. Todavía nos dará tiempo a visitar el claustro románico de San Juan del Duero. Para llegar debemos atravesar el puente romano que sirve de entrada a la ciudad. Hablar de Soria, hablar de la vieja Castilla, es hablar del Duero que desciende caudaloso en dirección a Burgos.

Oscurece en Soria y la temperatura cae con crueldad insospechada. El bullicio de las horas centrales de la tarde deja paso a la soledad y el silencio de la joven noche. La gente se recoge pronto en esta ciudad. Descubro una placa, al inicio del Collado, en memoria de Julián Marías, que pasó aquí muchos veranos con su familia. Acabamos cenando en la tasca de la noche anterior. En la televisión vuelven a echar otro partido de fútbol. Juega un equipo del nordeste peninsular. Doble alegría la que nos llevamos cuando sus jugadores son incapaces de meterle un gol a los italianos. Con esa moderada satisfacción regresamos al hotel. Por la noche combinamos la ternura de las sábanas con el placer de la lectura, pongamos por caso una de las primeras novelas de Miguel Sánchez-Ostiz, Tánger bar

Vivir es ir despidiéndose de todo y de todos. La mañana fría de un jueves decimos adiós a Soria la bella, la pequeña y coqueta Soria, la Soria del románico y de Machado. El día ha amanecido soleado pero frío. El sol está en plan rácano. La calle del Collado es atravesada por niños que, acompañados por sus madres, arrastran las mochilas para llegar al colegio. La mayoría de los comercios aún no han abierto. Cruzamos la plaza Mayor para acercarnos a la calle donde hemos aparcado el coche. Antes nos despedimos de la estatua de Leonor que tiene un aire a la última duquesa de Alba. Le mandamos recuerdos para su marido Antonio. En sus ojos vemos que nos desea un buen viaje.

Dejamos Soria en silencio, bajo un cielo sin la amenaza de nubes. Paramos a comer en Monreal del Campo, ya en la provincia de Teruel, en una pastelería donde habíamos desayunado en el viaje de ida. Un hombre de sonrisa franca, piernas arqueadas y ademanes toscos nos sirve el plato del día, un estofado de cordero que acompañamos con una ensalada de tomate con queso de cabra. Manjar exquisito y sencillo. Así nos vamos curando de la extrañeza de alejarnos de Soria.

Al entrar en la provincia de Castellón el clima se enrarece. El cielo se cubre de nubes que son como ovejas grises. La carretera registra un tráfico intenso a estas horas de la tarde. La gente vuelve del trabajo. Los dos estamos cansados y queremos llegar a casa cuanto antes.

En mi dormitorio, mientras emborrono este cuaderno, me cuesta sacudirme la nostalgia. Tengo aún la sensación de que estoy oyendo el discurrir de las aguas del Duero y que paseo, en amorosa compañía, por un paseo rodeado de sauces. Esa cercanía de esos sauces llorones me hacen sentir triste, esa tristeza tan machadiana, marcada por la certeza de que a todo le llega su final.