sábado, 8 de julio de 2017

Extraña manera de complicarse la vida

Allí seguía la verruga, debajo de la comisura de los labios de la mujer. La verruga de la portera, que había crecido desde la última vez, presentaba un aspecto imponente. Volvía a recordarle a aquella compañera que cumplía los años el mismo día que él y que había muerto de cáncer una Navidad. Ella también tenía una verruga en la barbilla. Atendía las llamadas telefónicas, y era una mujer triste y servicial que guardaba siempre palabras cariñosas para los hijos de él. El hombre había llamado al portero automático, le habían abierto y se había dado de bruces con la portera, siempre vestida de negro, siempre atenta a no perder un detalle del visitante, con su moño recogido y sus modales antiguos. Fregaba el piso de la entrada del edificio y él, después de saludarla sin mirarle a los ojos para evitar sus preguntas, tuvo buen cuidado de caminar por las baldosas que no estaban mojadas. Acostumbrada a que no se apreciase su trabajo, agradeció el gesto del caballero. Le sonrió. El hombre prefirió no subir en el ascensor porque la casa que iba a visitar estaba en el primer piso.

A punto de alcanzar el rellano de la escalera oyó cómo se abría una puerta. Subió los últimos peldaños con el paso lento y delicado de una bailarina virgen, también como el delincuente que teme ser oído por los vecinos antes de cometer su fechoría, y llegó a la puerta, que tenía una imagen del Sagrado Corazón de Jesús encima de la mirilla. La puerta se estaba abriendo con extrema pereza, sin que la persona que la abría dejara ver su rostro. Sólo cuando estuvo dentro de la casa vio que a su izquierda le esperaba, escondida, la madame de siempre, vestida con una bata rosa y algo raída. Esta vez se había recogido su melena tintada de un rubio extravagante con unas horquillas.

Tanto el vestíbulo como el largo pasillo de la casa permanecían en penumbra. La  oscuridad quedaba matizada por dos filas de velas colocadas en el suelo. No había muebles; cómo decoración, si por tal podía ser considerada, sólo había dos posters de la actriz Ornella Mutti, pegados en la pared con chinchetas y que nadie se había tomado la molestia de quitar.

La madame le hizo pasar a un cuarto en el que nunca había estado. Era el único que estaba abierto. En la oscuridad de la habitación —pues la mujer no había considerado conveniente encender la luz—, el hombre cumplió con la formalidad de preguntarle por la chica de otras ocasiones.

—Jennifer estará ocupada en un servicio de una hora.
— No puedo esperar tanto tiempo. Quizá sea mejor que vuelva otro día.

El hombre hizo por salir del cuarto y ella lo retuvo cogiéndole de la muñeca, y le dijo:

—¿No quiere conocer a otras chicas? En la variedad está el gusto, ¿no cree? —La mujer desplegó una sonrisa más turbia que picarona, y el cliente se inquietó; quería marcharse—. Nos ha llegado una chica brasileña de la que sólo he recibido buenas palabras de los clientes. Un auténtico bombón, créame.

El hombre dudó.

—¿La tarifa sería la misma que con Jennifer?
—La misma, y ya sabe que no regateamos con los minutos, como sucede en otros sitios. Somos una casa seria, de las de toda la vida. Lo importante es que el cliente quede satisfecho. No dejamos de innovar.

El hombre sacó del bolsillo trasero del pantalón dos billetes para pagar el servicio. La madame cogió el dinero y se despidió con la sonrisa de un vendedor de seguros.

—¡Adriana, te reclaman! —oyó decir a la mujer mientras se paseaba por la largo pasillo con aires de falsa princesa, después de cerrar el sexto trato del día con un cliente. El negocio, que estuvo a punto de cerrar cuando todo se vino abajo, volvía a dar dinero. El teléfono no dejaba de sonar. Las tarifas habían aumentado, lo que había contribuido a elevar el nivel de la clientela. 

Transcurrió un largo minuto hasta que el hombre, sentado sobre el borde de la cama, con la mirada puesta en la puerta desconchada, oyó unos tacones agresivos y desganados que se iban aproximando. El suelo lloraba. La titular de ese taconeo violento abrió la puerta sin llamar y pasó a la habitación. Se acercó al hombre y se dieron dos besos en el aire. Vestida con un salto de cama negro, dejó una toalla encima de una silla, y con la mirada breve le pidió que se fuese desnudando. Aunque no era ni mucho menos la primera vez que visitaba una casa de citas, le resultaba siempre embarazoso desnudarse ante una desconocida. Con Jennifer hubiera sido diferente pero con esta joven silenciosa y de rictus serio, tan cicatera en sonrisas, que juzgaba cada uno de sus movimientos sin parpadear, el ir desprendiéndose de la ropa se le antojaba incómodo.

—¿Vamos al jacuzzi? Tenemos tiempo suficiente —dijo Andrea cuando él se había desnudado por completo.

Cuando la vio introducirse en el jacuzzi se dio cuenta de que llevaba tatuado un alacrán en la espalda. Era una mujer joven, que no había llegado a los treinta años, resultona de cara, piel trigueña, de caderas anchas y pechos raquíticos, culo prominente y unas manos pequeñas y cuidadas. Estaba lejos de ser atractiva y, a juzgar por su comportamiento, también de ser agradable. Pero era joven. La juventud era un bien preciado en estas casas, la sangre fresca con la que alimentar a la clientela.

Él le pidió que le frotara la espalda con una esponja y ella se lo hizo sin pronunciar una palabra.

—¿De dónde eres? —preguntó, incómodo con los silencios de la joven.
—De Brasil.
— ¿De qué parte de Brasil? ¿De Río?
—No, de un pueblo del estado de Bahía.

Ella comenzó a frotarle el pecho. Él le cogió la mano, le quitó la esponja y le hizo acariciarle el vello. Aproximó su cara para besarla pero la joven se apartó. Tuvo que conformarse con besarle el cuello. Sus labios y su lengua fueron ascendiendo hasta alcanzar una de las orejas de Andrea. La mujer tenía los ojos cerrados, rígida como una tabla de madera que se veía obligada a cumplir con una obligación penosa. El hombre penetraba su oreja con la lengua; comenzó a morderla y ella lo apartó de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó, contrariado.
—No me gusta que me muerdan las orejas, me siento incómoda —replicó ella—. ¿Vamos a la cama?

No esperó a oír la respuesta del cliente. Se levantó y él volvió a tener el alacrán a la altura de sus ojos. De niño siempre les había tenido miedo a las arañas y a los alacranes. Temía que le picaran y morir por ello. Una vez le picó una avispa, el brazo se le hinchó y desde entonces les tenía pánico a todos los insectos.

Ella se echó en la cama y le dio la espalda, como si se tratara de un matrimonio vencido por años de convivencia resignada. Él se apretó a su cuerpo para que notara su excitación. Besaba su cuello y le tocaba los pechos. Tenía ganas de que ella abandonara su inhibición y se prestara a jugar con él, como hacía Jennifer en las tardes que lo recibía a comienzos de cada mes. Quería excitarla, provocarla, tocándole los pezones hasta que estuviesen duros. Le había recogido la melena morena y rizada para lamerle el cuello. Con los ojos cerrados ella seguía sin decir palabra.

—¿Por qué sigues tan callada?
—No me gusta hablar en estos momentos.
—¿Y no lo harías por mí? A mí me gusta que me digan cosas para excitarme.
—¿Qué cosas? —preguntó ella, que se manejaba todavía con un español elemental, contaminado de expresiones portuguesas.
—Obscenidades, palabras sucias que muchas parejas se dicen para entrar en calor.
—Ya… pues entonces tendrás que buscarte a otra. No te voy a dar lo que me pides.
—A Jennifer tampoco le gustaba al principio pero al final sí que lo hacía y, últimamente, parecía que no le desagradaba.
—No insistas más. Si no te gusta, la próxima vez no preguntes por mí.

Al decir esto se había desembarazado del cliente y se había puesto en pie. Él seguía tendido en la cama, extraño como un gran insecto al que le habían perdonado la vida, queriendo pensar que ella volvería a su lado para acabar haciendo el amor.

—Todavía nos quedan quince minutos. Vuelve a la cama, por favor.

Ella vaciló pero al final dejó caer la toalla que se había puesto para cubrir sus pechos y regresó a su lado. El hombre fue besándole los pechos, haciendo círculos con la lengua en torno a sus pezones, sin atreverse a morderlos por temor a que se volviese a molestar. Ella lo miraba sin expresividad contando los minutos que quedaban para que llamaran a la puerta. Él fue descendiendo por el vientre hasta llegar a su sexo. Le abrió las piernas. Lo acarició sin prisas y comenzó a lamerlo. Por un instante ella perdió el control de la situación, volvió a cerrar los ojos y colocó su mano derecha sobre la cabeza del cliente. Quería que siguiera, que no la levantara. Imaginó que era otro hombre, que no estaba en esa habitación triste, pequeña y mal ventilada, que sus padres vivían aún, que trabajaba aún de peluquera en el barrio donde nació; intentó imaginar que su vida volvía a ser como antes de aquel día trágico.

—¿Te gusta cómo lo hago?

Ella asintió, tímidamente, con la cabeza.

La respuesta afirmativa de la mujer envalentonó al cliente que creyó haber vencido la frialdad de su compañera de cama. Dejó de comerle el sexo y, en un gesto inesperado para ella, empezó a acariciarle las mejillas. Se dejó hacer. No esperaba esa muestra de cariño. Volvió a imaginarse que ese hombre que la acariciaba, que había pasado de los cincuenta, con una pequeña cicatriz en el mentón, mal afeitado y probablemente casado, ese hombre era otro hombre, aquel que se había estrellado conduciendo un camión con ganado a la salida del pueblo de sus padres.

—Quiero besarte —insistió.
—Ya has visto que no me gusta que me besen los clientes —cortó de manera seca recuperando la frialdad de antes.
—Yo quiero besarte. Tengo derecho. He pagado por ello. Llevamos veinte minutos y aún no me has hecho ni una felación.
—Ni te la haré como sigas así.

Ella intentó levantarse de la cama dando por concluido el servicio pero él la retuvo. La agarró del cuello e intentó besarla entre forcejeos.

—Te he dicho que no. ¿No lo has entendido, cabrón?

La llamó “mala puta”.

Los dientes de ella se clavaron en el cuello del hombre. La madame, que a esas horas preparaba una cena frugal para sus pupilas, oyó el grito del cliente y salió corriendo para ver qué había ocurrido. El hombre, sollozando, se tapaba la herida con una mano. Salía sangre de ella. Viendo la escena, la madame se percató de que su intuición no le había fallado tampoco en esta ocasión; que cuando hace una semana esta joven brasileña callada y taciturna, recomendada por un cliente que tenía por serio, llamó a su casa buscando trabajo no se lo debería haber dado. No sabía nada de ella pero algo le decía que le traería problemas.

—¡Márchate con las otras; tú y yo hablaremos después! —La joven salió de la habitación como había entrado, hiriendo el suelo con un taconeo violento.
—¿Quiere que le traiga algo de alcohol y algodón para curarse la herida? —preguntó la madame al cliente, que seguía maldiciendo a la chica.
—Traiga algo para taparme la herida. Así no puedo llegar a mi casa. ¿Cómo le voy a explicar a mi mujer que me han mordido en el cuello?

El hombre permanecía cabizbajo, sentado en la cama, meneando la cabeza, sin encontrar una solución para el problema en que se había metido. Sudaba.

—¿Y ahora qué hago?

La madame regresó con alcohol, algodón y tiritas. Antes le había comunicado a la joven prostituta que abandonaría la casa al día siguiente. “No quiero volver a verte nunca más”. Chicas como ella, que no conocían el sentido del deber y del sacrificio, pelanduscas de tres al cuarto, echaban por tierra toda la buena fama de su negocio que con tanto sudor le había costado levantar desde los tiempos en que vivía su marido, responsable de haberla metido en este bendito oficio y que hoy descansaba en paz. Hombres como su marido ya no se estilaban.  

—¿Se encuentra mejor?
—No sé cómo puede tener a chicas como esta en su casa. Debería haber vuelto otro día, cuando Jennifer hubiese estado libre.

El hombre se fue vistiendo con su traje gris de oficinista. Casi lloraba. Se hizo el nudo de la corbata mirándose en un espejo en cuyo marco habían colocado una estampa de la Virgen de Cortes. Creyó ver que la Virgen se reía de él, de su situación embarazosa, pero no podía ser cierto: una Virgen no se alegra del mal ajeno. De la herida ya no salía sangre pero quedaba una huella profunda que se transformaría en un moratón. Inclinándose en su justa medida, la madame se deshizo en disculpas con él y se comprometió a no cobrarle el próximo servicio si seguía confiando en sus chicas.

Cansado de asistir al papel de humillada que la madame representaba con esfuerzo y no demasiado convencimiento, el hombre se despidió sin mirarle a los ojos. Pero antes ella echó un vistazo por la mirilla para confirmar que no había ningún vecino en el rellano de la escalera. Por suerte no vio a la portera, que había terminado su trabajo. Le dolía el cuello. En su casa nadie iba a entender lo que le había pasado. Se había subido el cuello de la camisa. En realidad hacía frío. No sabía dónde había dejado el coche. 

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