miércoles, 2 de agosto de 2017

La escritura o la vida


El día en que comencé a trabajar en el bufete de don Evaristo, mi padre me había enseñado a hacerme el nudo de la corbata. Tanto él como mi madre querían que su hijo causara una buena impresión en el despacho. Este iba a ser mi primer empleo desde que me licencié en la universidad. La noche anterior había ensayado, delante de un espejo, distintas respuestas a las posibles preguntas que don Evaristo me pudiera hacer, pero fue innecesario porque nuestra primera conversación, como casi todas las que tendríamos en los años que pasé en su bufete, fue muy breve. Su secretaria, que era una mujer refinada, que siempre andaba sobre tacones finos y de la que se sospechaba que podía ser su amante, me abrió la puerta del despacho. “Don Evaristo, ha llegado el nuevo pasante”. Él, que consultaba unos papeles, levantó la mirada, se ajustó los lentes y, sin levantarse del asiento, me extendió la mano. Era una mano difícil de olvidar; una mano pequeña para la altura del hombre que estaba delante de mí, suave, muy blanda, casi gelatinosa. Me preguntó de dónde era, en qué universidad había estudiado y si venía dispuesto a trabajar duro. “Yo valoro más el trabajo que el talento”, me dijo con sequedad. Luego me dio un dossier con decenas de sentencias que debía leer y estudiar para elaborar informes sobre jurisprudencia. En aquel momento acabó la conversación. No volvería a hablar con él hasta que pasados unos meses, cuando un tío mío falleció en un pueblo apartado de la provincia, le pedí el día para asistir al entierro. Él aceptó pero me dejó claro que tendría que recuperar esas horas perdidas. “Venga usted un sábado por la mañana. Lucio le dejará las llaves”.

Lucio era el hombre de confianza de don Evaristo; lo había elegido para coordinar a los abogados que trabajábamos en el despacho. Éramos cuatro: dos hombres y dos mujeres. A mí, por ser el recién llegado, me dieron el trabajo que nadie quería hacer, elaborar informes, pero eso ya quedó dicho. Tuvieron que pasar algunos meses hasta que preparé mi primer juicio. Lo perdí pero la culpa no fue exclusivamente mía. En realidad hice lo que pude, pero el caso que cayó en mis manos carecía de defensa. Mi cliente había dejado de pagar las letras de su coche alegando que la llegada de un nuevo hijo —acontecimiento que ni su mujer ni él esperaban, dijo— les había trastocado el presupuesto familiar. Sabiendo que el juicio estaba perdido de antemano, solicité una moratoria en el pago, apelando a razones de humanidad que fueron desatendidas. El juez, a la vista de escuchado en el juicio y de la documentación aportada por las partes, dio la razón a los demandantes y acordó el embargo de la vivienda de mi cliente, un cuchitril sin ascensor, ubicado en un barrio del extrarradio de la ciudad.

Pese a que no había ninguna posibilidad de obtener una sentencia favorable, perder aquel juicio, el primero de mi carrera de letrado, me entristeció hasta dudar de mis capacidades. Para estas situaciones difíciles contaba siempre con el apoyo de Elvira, mi novia que luego se convertiría en mi mujer. Recuerdo la tarde en que quedamos en un café de la Plaza Mayor, después de mi primer día de trabajo. Ella estaba radiante y feliz por mí. Se sentía orgullosa de que yo, a fin de cuentas un hijo de una familia más modesta que la suya, hubiera metido la cabeza en uno de los bufetes más reconocidos de la ciudad. Esa tarde hasta la vi guapa, y en realidad no lo era siendo joven, ni después en la madurez, cuando su rostro ovalado se fue marchitando como el de una flor en una habitación sin luz. Entonces éramos felices y creíamos que casi todo era posible de alcanzar si nos lo proponíamos. Aquella tarde ella me dijo que renunciaría a su puesto de administrativa en una correduría de seguros si mi posición de abogado se consolidaba en el bufete de don Evaristo. Estaba dispuesta a prescindir de ese empleo, que tanto le había costado conseguir, para cuidar de mí y de los hijos que tendríamos. Esa promesa la cumplió, como cumpliría otras, poco después de que el dueño del bufete, en uno de nuestros breves encuentros, me dijera, con su estilo lacónico y áspero, que había superado mi periodo de pruebas y que me quedaría en el despacho. Fue una gran alegría para los dos porque lo esperábamos para decidir casarnos. Su padre nos ayudó en la compra del piso donde siempre vivimos y que permanece hoy cerrado, a la espera de comprador.

Esos primeros años de matrimonio fueron años de dicha. Ser feliz o tratar de serlo consiste en aceptar los límites y no sobrepasarlos. Elvira y yo vivíamos dentro de nuestras posibilidades, sin gastar nunca de más. Ella se ocupaba de la economía familiar sacándole el máximo partido al dinero que le traía a casa. Siempre fue hacendosa, y buena y generosa conmigo; estuvo a mi lado cuando mis padres murieron y fue mi sostén cuando a mi hermano, el único que tengo, acabó en un manicomio por una extraña enfermedad mental que arrastraba desde niño. Nunca tuve valor para ir a visitarlo en esas circunstancias pero ella, que fue siempre más fuerte que yo, lo veía una vez al mes y le entregaba un regalo que yo le había comprado para lavar mi mala conciencia.

Aquellos años de felicidad matrimonial se fueron quedando atrás cuando fuimos aceptando, dolorosamente, la idea de que no seríamos padres. Su mayor ilusión había sido la de quedarse embarazada, y yo fui incapaz de darle un hijo. Nunca me lo reprochó con palabras pero sí con sus silencios, cada vez más frecuentes, a medida que fuimos envejeciendo y nos fuimos convirtiendo en dos extraños bajo el mismo techo, hasta que aquella felicidad se transformó en una convivencia respetuosa pero seca de afecto, como un árbol que ha dejado de dar frutos y debe ser cortado.

Antes de aceptar el fracaso de no tener hijos, era ya un conocido abogado en los juzgados de la capital; no me faltaban pleitos para vivir con cierta holgura. Cuando don Evaristo se jubiló y su hijo heredó el despacho, pensé en establecerme por mi cuenta con los ahorros que tenía, pero al final no me atreví a dar el paso porque siempre me ha faltado el valor para tomar decisiones arriesgadas. De aquel grupo de compañeros con los que comencé a trabajar sólo quedaba yo. Bajo la nueva dirección del hijo, representante de una segunda generación llamada a hundir el negocio de la primera, el bufete fue perdiendo el prestigio adquirido por el padre. Debido a la falta de organización y de seriedad del nuevo dueño, muchos clientes nos dieron la espalda. Eso nos obligó a reducir gastos cambiando el despacho por otro más pequeño, que ya no estaba en el centro de la ciudad sino en la tercera planta de un antiguo bloque de viviendas protegidas de un barrio obrero.

El único beneficio de perder clientes es que tenía más tiempo libre para mí. Cuando llegaban las cinco de la tarde había acabado mis tareas. Con disimulo sacaba un libro de la cartera y comenzaba a leerlo como si se tratara de un manual de Lefebvre. Ningún compañero reparaba en ello, y yo, que he sido siempre muy diligente en el cumplimiento de las leyes, sentía un placer intenso porque estaba burlándole unas horas a mi empresa de toda la vida. Había tardes en que buscaba cualquier pretexto para alargar mi jornada laboral y ser el último en marcharme del despacho. Engañaba a la empresa, a mi jefe y a mis compañeros, pero también a mi esposa, a quien le ponía excusas para justificar que llegaría tarde a casa. “La cena se te va a enfriar”, me decía con su acostumbrada tristeza.

En los últimos años en el bufete, antes de que cerrara por la ausencia total de clientes, leí cientos de libros. Leí a los grandes y a los mediocres pues, como escribió alguien, no hay libro malo del que se pueda aprender algo. Cuando algún día me ponía exquisito escogía las novelas del siglo XIX. ¡Qué tardes tan deliciosas y qué horas tan placenteras leyendo a Balzac, Flaubert, Tolstói, Dostoyevski o el bueno de Dickens! Perdía la noción del tiempo creyéndome compañero de aquellos personajes nacidos de la imaginación de unos autores por los que cada día sentía más admiración. Leí también a los modernos pero era tal esfuerzo que debía hacer para seguir a Faulkner o a Joyce que no podía pasar de las veinte primeras páginas de sus libros. Confieso que he sido conservador en mi vida, también en la literatura.

Pensé que la lectura iba a ser mi único consuelo para los pequeños desastres de la vida pero lo que no sospechaba era que, por mucho deleite que esta me provocara, nunca sería igual que con la escritura. Leer me llevó a escribir. Un día, leyendo a un escritor de ciencia ficción (creo que su nombre era Ray Bradbury), tomé nota de uno de sus consejos: “Si escribes cien relatos, siempre habrá uno que será bueno.” ¿Podría yo escribir un relato que cautivase a los lectores? Si me había pasado media vida redactando demandas, recursos e informes jurídicos, si la palabra escrita había sido uno de los resortes de mi profesión, ¿por qué no intentar trasladar esa experiencia al terreno de la imaginación? Así lo hice y no me arrepiento de ello, pero pronto me di cuenta de que redactar un informe sobre jurisprudencia era muy distinto a escribir ficción. Poco a poco fui abandonando mis lecturas para dedicar ese tiempo a mis primeros relatos. Con la inexperiencia de todo principiante, con las dudas sobre la verdadera calidad de mis cuartillas, fui pergeñando unas historias que tenían mucho de mí pues si se las leía con detenimiento, deteniéndose en el significado de algunos detalles, era fácil encontrar pistas sobre mi biografía.

A Elvira le extrañó mi repentina afición por enhebrar historias que sólo podían interesarme a mí, dado que dudaba de mi talento narrativo. A fin de cuentas era un abogado de provincias que apenas había viajado por su país y que, a juicio de los que le trataban, era un hombre gris, de escasa conversación y que no destacaba ni en lo bueno ni en lo malo. Comprensiva como siempre era conmigo, se fue resignando a no hacer lo que más le gustaba, a ir juntos al cine los sábados por la tarde después de merendar en una cafetería modernista que la especulación urbanística —lo que se entiende hoy por progreso— acabó a golpe de piqueta. Los sábados pasé a dedicarlos a escribir, encerrado en una buhardilla donde acumulábamos los trastos. Mientras ella se iba apagando, yo rejuvenecía con esta pasión descubierta. Llegué a presentarme a un concurso literario de una caja de ahorros y logré el tercer premio, un triunfo notoriamente modesto que sólo obligaba a los organizadores a publicar el relato en el diario local, cosa que hicieron, para mi desgracia, pues apareció con tal cúmulo de erratas que el texto movía a chanzas entre mis conocidos. No había día en el bar que no se riesen del engendro. Jamás volví a enviar más trabajos a ningún concurso.

La enfermedad de Elvira me obligó a dejar de escribir durante un año, en que me dediqué a cuidar de ella. Peregrinamos por las consultas de varios médicos con la esperanza de que alguno de ellos contradijese el diagnóstico del primero. Pero todos nos dijeron lo mismo, que no había solución para Elvira. No nos resignamos; fuimos a Madrid en dos ocasiones, cuando ella apenas podía ya andar, a la consulta de un especialista muy reputado, de esos que salen en televisión, en busca de una solución milagrosa que no se dio. Ella murió el Día de Todos los Santos, por esas paradojas irónicas del destino. Ya hace once años que nadie me prepara un vaso de leche caliente con un poco de miel antes de dormir.

Aunque nuestro matrimonio había sido un fracaso en lo principal, en la búsqueda de una descendencia, la ausencia de Elvira, el no volver a escuchar su voz atiplada, ni sus pasos por la mañana después de despertar, el silencio que me había dejado por herencia, me quebró por dentro. Ella había sido el último lazo que me quedaba con el mundo y este se había roto. No quería saber más de un mundo en el que, como un espejo roto, no me reconocía. Era un extraño para mí y para los demás. Poco después de su muerte me jubilé. Dejé de tratar a la familia y rehuía a los conocidos que me seguían invitando a las partidas de brisca en el bar. 

Me agarré a la escritura para soportar la soledad. De ser un escritor en mis ratos libres pasé a estar sentado diez horas delante de las cartillas intentando escribir el relato que colmaría mi vanidad de narrador. Escribía y reescribía una frase, la leía en voz alta, la tachaba, me exasperaba por no encontrar la palabra adecuada, y así se me pasaban las horas, muchas horas. La escritura era mi vida, y mi vida era la escritura, y no tenía otra obsesión que hurgar en las palabras para extraer el líquido con que alimentar mi ambición de escritor novel. Acabé cientos de relatos y hasta una novela corta ambientada en una de las muchas guerras civiles de nuestros antepasados. La publiqué con mi dinero, y fue un fracaso: tan sólo se vendieron diecisiete ejemplares en la provincia, la mayoría entre conocidos que me consideraban una buena persona. Semejante traspiés, lejos de desanimarme, fue un acicate para seguir escribiendo.

Ahora dispongo de menos libertad para escribir. Desde que me trajeron a esta residencia —un lugar infecto, todo hay que decirlo—, tengo que cumplir, como el resto de los viejos, unos horarios irracionales de desayuno, comida y cena. ¡Parecemos europeos! Nos obligan a acostarnos a las nueve de la noche y nos tienen prohibido encender la luz, así que no puedo ni leer, ni mucho menos escribir. Como esto me parecía un atropello, saqué mi carácter leguleyo y protesté, en nombre de mis compañeros, pero la directora, una mujer altiva y seca como un trozo de mojama, se negó a atender mi petición alegando que las normas estaban para cumplirse, llevaban en vigor una década  y nos obligaban a todos. Menuda pájara.

Cada mes viene a verme mi único sobrino. Al poco de ingresarme en este tétrico lugar, le encargué que me comprara un libro y él fue incapaz de recordarlo. Viene a lo que viene. Me imagino que contará los días que me quedan de vida. Hablamos poco, por lo general de menudencias, de fútbol o de sus estudios, que le van mal, porque nunca ha sido de hincar los codos, o de su última novia, que es rubia y de pueblo. Sus visitas son breves. Siempre tiene algo que hacer. Como carece de imaginación, me pone la misma excusa para marcharse pronto. Pero antes me pide dinero; luego me da dos besos y no vuelvo a verlo en un mes. Nunca ha mostrado interés por ninguno de mis relatos, y eso me duele. Como a los chavales de su edad, la letra impresa le horroriza. En la residencia sólo una enfermera muy joven se acercó interesada a preguntarme por lo que escribía. Tal vez lo hizo porque ella y el resto de personal me ven desmejorado y decaído; era una forma tibia de consolarme, pero aun así le agradecí el gesto y le regalé mi novela fracasada. No me he atrevido a preguntarle si le ha gustado; ella no me ha vuelto a hablar del libro, así que creo que no lo ha leído.

Todos en la residencia están preocupados porque mi obsesión por escribir me ha llevado a comer muy poco, a abandonarme. También duermo mal. La semana pasada, en una de sus visitas rutinarias, el médico, alertado por lo que está ocurriendo, se acercó y me preguntó cómo me encontraba. Le dije que algo falto de fuerzas pero que a mí edad esto era normal. Luego me tomó el pulsó y me auscultó. Confundió mi nombre: “Don Francisco, debe usted volver a comer como antes. Si sigue así, perdiendo peso, tendremos que llevarlo al hospital.”

El doctor lleva razón. Me siento débil; me mareo con frecuencia, cuando no vomito lo poco que como. Las fuerzas me flaquean; mis piernas son como dos alambres encorvados que apenas pueden sostenerme; me tiemblan las manos y mis ojos, hundidos y sin brillo, anuncian la despedida.  Dicen que por las noches me despierto sobresaltado y comienzo a hablar y a balbucear palabras inconexas cuyo significado nadie entiende, y dan miedo. Mi compañero de habitación se ha llevado algún susto y ha pedido que le cambien.

Esto está llegando a su final, pero no me importa. Sé que me queda poco tiempo; no me engaño. Los días o las semanas que me restan de vida los quiero emplear en seguir escribiendo, obsesionado con la idea de ese relato que perseguí siempre y no alcancé a acabar, una historia como esta, la que tú, esmerado lector, has tenido entre tus manos, que espero te haya proporcionado el placer de espíritu que mereces y a mí me haya garantizado unas líneas a pie de página en la posteridad. Con eso me conformaría y daría por buenos tantos desvaríos y fracasos varios, tan característicos de la condición humana.

6 comentarios:

  1. Excelente relato Javier, un abrazo.

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  2. Hola Javi. Como todos los anteriores, he leido varias veces y disfrutado de tu relato. Que envidia me da el poder escribir asi.
    Te comento que tus escritos no son demasiado optimistas; si en realidad fueran -cosa que desconozco- reflejo de tu estado de animo, creo que puedes tener un problema de autoestima o incluso depresion.. en fin no me hagas mucho caso tampoco.

    Algunas veces escribes sobre tu vida. En esta ocasion supongo que es la historia de un conocido o un personaje ficticio?

    Un abrazo Carras

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  3. Muy bueno, Javier. Absorbente y agobiante hasta el final. Gracias por compartirlo! :)

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  4. Muchas gracias Javier. Eres un excelente escritor. Me encanta leer "La espuma de mis días", consigues trasladarme a ese universo que creas. Un beso

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  5. Hola Javier. Me alegro de leerte, siempre.

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