sábado, 30 de septiembre de 2017

Marcelo y el viejo profesor

¿Qué nos hace rebelarnos contra la ley severa el olvido y recordar a las personas que amamos y lloraremos después de muertas? ¿Por qué ellos se convierten en la excepción a la regla? ¿No sería más conveniente una memoria vacía de seres queridos y por tanto de dolor y sufrimiento? Mientras me hago estas preguntas la puerta metálica del antiguo seminario se abre lentamente, y detrás de ella aparecen ante mí las siluetas de dos ancianos que observan con curiosidad al hombre que ha llamado al timbre. No esperan a nadie a estas horas de la mañana. La ciudad está semivacía en un domingo de agosto. Los hay que duermen todavía y quienes se han marchado a la playa. Yo, que tengo algo de andarín incorregible, he madrugado para apropiarme de estas calles solitarias. Los ojos de los dos hombres siguen escrutándome desde lo alto de una escalera de piedra, mientras recorro los escasos metros que distan entre la puerta corredera y la entrada del edificio. Al acercarme me percato de que comparten las facciones; son hermanos. Su edad es parecida pues no deben llevarse más de dos o tres años. La vestimenta clásica, de tonos oscuros y grises, refuerza el parecido físico. Como otros curas jubilados, ellos viven en este lugar que fue reconvertido en residencia de ancianos al quedarse sin seminaristas hace muchos años.

—Buenos días ­—les saludo—. Venía a ver a don Jesús José.

Al principio no me contestan, hasta que el mayor de los dos rompe el silencio.

—Buenos días. ¿Se refiere a don Jesús José Rodríguez?
—Sí, al mismo. Soy un amigo suyo. Acostumbro a visitarlo cuando estoy de vacaciones.

El otro cura me saca de dudas.

—Ya no vive aquí. Hace un tiempo que su familia se lo llevó a una residencia.

El sacerdote evita darme más explicaciones pero su mirada me hace ver que Jesús José, cura como ellos, tuvo que ser trasladado a un geriátrico por razones de salud. Detrás aparece un joven negro de movimientos lentos, rígido con su alzacuellos, que permanece en silencio.

—¿Sabrían decirme dónde puedo encontrarlo?
—Se lo llevaron a la residencia Los Robles, a las afueras de la ciudad. De eso hace unos meses. Es la carretera que lleva a las Peñas; pero tenga cuidado porque está en obras —contesta el anciano de mayor edad.

Me despido y se dan la vuelta para entrar en el largo pasillo de un edificio que se asemeja a un laberinto siempre en silencio, un silencio que sólo queda roto a mediodía por el ruido que llega de la cocina. El joven negro me acompaña a la puerta y me desea un buen día. En la calle me cruzo con un par de jubilados que vienen de comprar el pan.

Dejo pasar parte de la mañana antes de acercarme a la residencia. Conozco el lugar porque hace cinco años lo visité acuciado por la enfermedad mental de un familiar. Fui a informarme de las condiciones para su ingreso pero al final no me hizo falta llevarlo porque murió. Sé qué carretera he de tomar pero tengo dudas sobre la ubicación de la residencia. Desde aquella vez no he vuelto a circular por ella. Tal como me había advertido uno de los curas, la carretera está en obras, lo que complica el trayecto y acrecienta mis dudas sobre cuál es la salida para llegar al geriátrico. Cuando llevo varios kilómetros circulando caigo en la cuenta de que mi sentido de la orientación me ha fallado. La residencia no estaba tan lejos de la ciudad. He debido de pasármela, así que doy media vuelta y regreso a la ciudad. Me cruzo con pocos coches. Conduzco con los ojos bien abiertos para no volver a perderme; voy mirando a mi izquierda y a mi derecha hasta que de lejos diviso un gran cartel que anuncia la residencia Los Robles. Ahora sí reconozco el edificio. Por fuera parece un hotelito para pacientes ricos que necesitan una cura de estrés. El aparcamiento está casi vacío. Miro el reloj, que marca las doce y media. Debería haber llamado para preguntar el horario de comidas. En estos sitios se come y se cena muy pronto.

En la puerta hay un hombre cabizbajo que habla solo, en un tono muy bajo, como si recitara una letanía incomprensible. Al notar mi presencia me mira con miedo, da un salto y se aparta a un lado. En la recepción me recibe un joven con una sonrisa estudiada y por tanto falsa. Me confirma que mi amigo, el viejo profesor, reside aquí. Quiere saber mi nombre y el motivo de la visita. Le digo, simplemente, que soy un amigo.

—Siga usted este pasillo y lo encontrará después de pasar el comedor —me explica.

En el pasillo hay futuros cadáveres vegetando en sillas de ruedas. La mayoría están solos. No sé si atribuirlo a que estamos en agosto, pero veo pocos familiares acompañando a estos ancianos. Me cruzo con dos jóvenes auxiliares que tienen palabras de cariño para uno de ellos. Encuentro sin dificultad la sala donde está el viejo profesor. Es una habitación rectangular. Hay catorce cuerpos repartidos en dos filas de siete. Salvo una mujer, que se ayuda con un andador, todos dormitan en sillas de ruedas. Las cabezas reposando sobre los pechos, las manos cruzadas sobre las piernas, las caras inexpresivas, la ausencia de conversación entre ellos, todo esto es lo que recorre mi vista antes de dar con la persona deseada. Mi amigo está al final de la fila de la derecha. Sentado sobre una silla de ruedas, es el único que lleva una sonda en la nariz para respirar. Lo vi por última vez hace dos años, cuando su cabeza ya emitía señales de deterioro y no quedaba apenas nada de su lucidez proverbial. Su cuerpo ha envejecido y de qué manera. Me apena verlo así. Si no fuese por sus gafas, que siguen siendo las mismas, su nariz aguileña y su camisa siempre con el cuello abrochado, sería difícil de reconocer. Está más delgado. Casi nada en este hombre recuerda a aquel porte vigoroso que entraba en clase con paso firme y decidido. Dejaba su cartera sobre la mesa y abría las ventanas aunque estuviéramos en enero. Se quitaba la txapela pues era vasco de Álava; después se frotaba las manos, sonreía y nos daba los buenos días. Y se ponía manos a la obra sin darnos un respiro. Nos intentaba enseñar todo lo que sabía de la lengua y la cultura griegas, que era mucho, deteniéndose en las historias de dioses y héroes que a mí me encantaban. Era diligente en su profesión, un hombre que amaba y creía en la enseñanza pública, a veces con un excesivo candor. Esa ingenuidad era un rasgo de identidad de un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra, de los pocos que vas encontrando por el mundo. Con frecuencia — he de admitirlo ahora, después de tantos años— copié en sus exámenes aprovechando que el profesor nunca sería capaz de cogerme en el renuncio porque veía ya muy poco (luego, cuando se jubiló, se operaría de cataratas).

Aún me acuerdo de nuestro primer día de clase con él cuando entró en el aula y sin mediar palabra escribió en la pizarra dos versos de Bertolt Brecht dirigidos a un obrero: “Lo que no sabes por ti / no lo sabes”. Te extrañaba que este catedrático de griego recurriese a un escritor marxista como tarjeta de presentación. Luego descubrimos que aquel Papa polaco, hoy inexplicablemente santo, no despertaba su simpatía aunque siempre lo respetó en sus comentarios, acaso obligado por la disciplina eclesiástica. Había días en que la actualidad se colaba en sus clases; era cuando se le humedecían los ojos después de conocer el desastre de Chernóbil. Otras veces nos leía a Jenofonte y se entusiasmaba contando la Expedición de los Diez Mil. En el cénit de esta retirada militar, cuando el ejército griego vio el mar Negro, lo que les acercaba a  su patria después de sortear toda clase de peligros, el viejo profesor levantaba la voz y extendía los brazos, en señal de euforia, como si él fuese uno más de la expedición. "¡Thalassa! ¡Thalassa! (¡El mar! ¡El mar!)", decía elevando su voz grave. 

Mi amigo creía en lo que decía; era uno de esos escasos ejemplos de coherencia porque las palabras se corresponden siempre con los hechos. Ese hombre ya no existía. En su lugar había delante de mí un anciano de 91 años (luego me recordó que había nacido el 12 de febrero de 1926), aquejado de un deterioro mental.

—Soy Marcelo, tu amigo y antiguo alumno, ¿no me reconoces?

Él contestaba moviendo la cabeza afirmativamente, pero yo no acababa de estar convencido de que supiese quién era yo. Nuestra relación de profesor y alumno dio paso, cuando acabé el bachillerato, a una amistad que fue fortaleciéndose con el paso del tiempo. Al llegar la Navidad o la Semana Santa nos veíamos en su piso de la calle Albarderos, habitado por el silencio de sus muchos libros. A las cinco de la tarde me recibía haciéndome pasar a un salón donde había una televisión adquirida en la Prehistoria que nunca encendió por la sencilla razón de que estaba estropeada y no había considerado oportuno mandar a repararla. En esto, como en otras tantas cosas, demostraba ser un hombre sabio. Su manera de comunicarse con el mundo éramos nosotros, sus alumnos, una emisora de radio progresista y el periódico local en el que escribía un artículo cada semana. Me sentaba un sillón de de escay verde mientras mi amigo calentaba el café. En la mesita central había dejado una mesa con pastas y un licor que compraba en la única tienda delicatessen de la ciudad. Después merendábamos. Yo cruzaba mi mirada con la suya y con la de su familia que nos observaba desde un retrato colgado en la pared. Durante veinte años se repitió este maravilloso ceremonial que precedía a una larga conversación en la que yo, en primer lugar, le hablaba de los tumbos que iba dando en mi vida y él siempre me animaba sin atreverse a darme un consejo porque sabía, creo que sabía, que cada uno ha de llevar su camino. Se nos hacía la noche hablando. Hubo tardes en que conversábamos casi en tinieblas porque ninguno de los dos necesitaba la luz eléctrica para mirarnos. Nos bastaba con escuchar nuestras voces. Pero todo esto acabó cuando, en unas vacaciones de Navidad, llamé a su casa y nadie me respondió. Lo volví a intentar pero con idéntico resultado. Me temí lo peor pero alguien (no recuerdo quién ahora) me dijo que podría haber terminado en una residencia para sacerdotes jubilados.

—¿Cuál es tu familia? —pregunta mientras observo cómo un auxiliar va sacando, de dos en dos, a los residentes para llevarlos al comedor.

Le recuerdo que mis padres aún viven, que tengo un hermano más joven y que soy tío de un niño de cuatro años.

—¿Cuál es tu familia? —vuelve a preguntarme al cabo de cinco minutos, y le respondo de la misma manera.

Por suerte, el viejo profesor no ha perdido la sonrisa generosa de cuando fue mi profesor, aunque no la muestre como antaño. Lo veo fatigado, con las fuerzas escasas para hablar, con dificultad para seguir la conversación. Sus ojos hundidos, los pómulos salientes, las manos sarmentosas y llenas de manchas, los pies pegados, sin vida, son partes de un cuerpo que se agota y se despide.

La sala se va vaciando. Sólo queda la mujer del andador arrastrando un cuerpo deforme y grueso. Intenta darse la vuelta y no puede. Trata, también sin éxito, de agacharse para recoger un papel en el suelo. Hago intención de levantarme para ayudarla pero el auxiliar, que tiene prisa por terminar su trabajo, lo hace por mí.

En un momento de lucidez, como suele sucederles a las personas que padecen esta enfermedad, el viejo profesor, mi amigo, se acuerda de mi nueva profesión. Y pregunta:

—¿Cómo está la enseñanza?
—Mucho peor de lo que tú la dejaste.
—¿De qué das clase?
—De Geografía e Historia —respondo. Le trato de explicar que el tipo de alumnos a los que él enseñó nada tienen que ver con los adolescentes de hoy, pero sospecho que ya no me escucha y que vuelve a su estado de ensimismamiento.

Es cerca de la una y media de la tarde, y pronto empezarán a servir la comida. Nos hemos quedado solos en la sala. Estamos en silencio. Le pido al auxiliar que nos haga una foto. Nos hace dos; una de ellas sale velada, así que conservaré la otra de recuerdo. Cuando estudiaba el bachillerato los adolescentes nos hacíamos fotos en ocasiones especiales, en un cumpleaños o en un viaje de estudios, no como ahora, en que se ha convertido en una costumbre aburrida y estúpida. Al auxiliar le hago señas de que yo me encargaré de llevar al profesor al comedor. Al entrar me sorprende lo grande y luminosa que es. Hay un centenar de sillas dispuestas en torno a mesas preparadas para cuatro comensales. Lo dejo junto a una de ellas que no resulta ser la suya. Tal vez por eso el hombre que está sentado a su lado lo mira con desagrado pero no dice nada. Aquí casi nadie habla. Una de las auxiliares me indica dónde debo colocarlo. Enseguida me percato de que allí estoy de más, así que me despido del viejo profesor, de mi amigo, con emoción contenida pues rara vez expreso mis sentimientos. Le aprieto su mano derecha con fuerza, y me sonríe mientras la misma auxiliar le coloca la servilleta sobre el pecho. Sus compañeros se alegran de verlo de nuevo. Son más jóvenes que él.

Saludo al recepcionista que me devuelve la sonrisa de pago. En la puerta tropiezo con el hombre que me había rehuido con cara de miedo. Esta vez no repara en mí. Me extraña verlo allí porque tendría que estar en comedor. Sigue balbuceando palabras inconexas y chasquea la lengua provocando un sonido desagradable.


En la calle hace un calor sofocante. El volante abrasa. De regreso a casa pienso en qué haré por la tarde. Tal vez vaya al cine a última hora, o salga a pasear por el centro. Lo decidiré después de la siesta, aunque me temo que hoy no podré porque el reencuentro con el viejo profesor, el verlo postrado en una silla de ruedas, con el entendimiento dañado de manera irreversible, me ha empujado a la tristeza, ese sentimiento unido a la idea cierta de que todos, por mal que nos pese, acabaremos siendo polvo suspendido en el aire. 

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