domingo, 31 de diciembre de 2017

Sólo he venido a bailar contigo

Jorge Andrade había fumado bastante esa mañana. Desde que su hermano mayor le había comunicado la enfermedad de su madre, llevaba varias noches sin conciliar el sueño. Fumaba porque estaba nervioso. El lunes conocerían los resultados de las pruebas. Eran sólo dos días pero a Jorge le parecían una eternidad. Y lo peor es que no se había atrevido aún a pedirle permiso a su jefe para acompañarla al hospital. Su hermano, de viaje por razones de trabajo, no podría estar con ella. O lo hacía él o su madre tendría que ir sola a la consulta. Mientras pensaba en el momento oportuno de abordar a su jefe para pedirle ese favor, Jorge apuraba otro pitillo en la despensa de la cocina, un pequeño cubículo en el que apenas podía removerse. Apoyado en una estantería en la que se guardaban algunos alimentos, el camarero observaba lo que sucedía en el jardín. Había abierto una pequeña ventana para que la habitación se ventilase. En realidad estaba ya prohibido fumar en todos los lugares públicos, pero Jorge, al igual que otros compañeros, ignoraba la prohibición en sus descansos. Casi todos ellos fumaban para desahogarse; era su manera de aliviar las tensiones del trabajo.

Enfrente de él había un jardín con una fuente de mármol rodeada de pinos. En uno de ellos permanecía recostada una mujer vestida de blanco y con su pelo negro recogido por un tocado. La novia también fumaba y le sonreía a un hombre. Jorge consideraba —como cualquiera que hubiera estado en su lugar en ese momento— que aquella mujer era muy hermosa, esa clase de mujer que está solo al alcance de unos pocos privilegiados que acostumbran a dilapidar lo que tienen entre manos. Ella seguía sonriéndole al hombre joven, bien parecido, vestido con un frac, que le daba la espalda a Jorge. La novia y el joven estaban a una distancia cercana, lo que permitía oír sus palabras. El camarero sentía curiosidad por lo que hablaban.

—Me dijiste que ibas a dejar de fumar —dijo el hombre, que había girado la cara lo suficiente para que Jorge viese unos ojos azules y una nariz aguileña.
—Hago tantas promesas, Manuel, que por una más que no cumpla… —contestó ella con una mueca irónica que revelaba el cinismo de un temperamento sin remedio.

Él había reclinado la cabeza para mirar el movimiento de su pie derecho, que aplastaba la colilla tirada al suelo. Ella seguía observándolo como quien está seguro de ganarle la partida a un contrincante que se sabe vencido de antemano.

—Me alegro de que hayas venido a la boda. No esperaba que lo hicieras después de lo que nos pasó.
—Los compañeros de la empresa me convencieron —replicó él—. No tuve que esforzarme mucho porque quería ser testigo de tu gran día.
—¿Mi gran día? —objetó la novia—. ¿Estás bromeando, Manuel?
—No todos los días una mujer se casa —agregó el hombre mientras encendía otro cigarrillo—. Te creía enamorada de tu marido.

Ella desvió la mirada.

—¿No ha venido Amelia?
—Hace un par de semanas que no hablo con ella. Lleva mal lo de su despido.
—Pero ¿seguís juntos? —se interesó la novia.
—No hemos roto pero hemos dejado de hablar. Es algo raro, difícil de explicar; es como si nuestra relación ya no diera más de sí pero ninguno quisiéramos dar el paso para romperla.
—No entiendo que alguien continúe con una relación que no le convence. ¿Tú quieres seguir con ella?
—No lo sé.

Jorge oía de fondo el ruido de los platos que salían para ser servidos, los gritos del jefe de la cocina, las prisas de los camareros. Su tiempo de descanso había acabado pero él, ganado por la curiosidad, demoraba la vuelta al trabajo. La conversación entre la novia y el joven había adquirido un tono de confidencia. Seguían solos en el jardín. Dentro, en el salón principal, los invitados disfrutaban de la fiesta.

Los novios habían elegido una alquería del siglo XIX para celebrar la boda. Situada cerca de la ciudad, a la que había que acceder a través de un camino de tierra rodeado de acequias, había sido comprada, en los años de la crisis, por un grupo de empresarios de la comarca. Dos años largos, no sin inesperadas interrupciones, llevaron los trabajos de rehabilitación del edificio, que había permanecido abandonado durante varias décadas. La inversión había sido rentable. Las buenas familias del contorno rivalizaban entre ellas por alquilar la alquería para celebrar lo que ellos denominaban “eventos”. En primavera y en verano era muy difícil arrendar el caserón por el elevado número de peticiones. El padre de la novia, un conocido industrial de la zona, tuvo que recurrir a sus influencias para que su hija pudiera casarse en este lugar. La boda civil, sin embargo, se había celebrado en el salón de plenos de un ayuntamiento. El novio era divorciado (su primer matrimonio apenas duró un año), lo que había impedido un enlace religioso, como así hubiesen deseado los padres de ella. Todos los invitados alababan la belleza del edificio y su entorno, varias hectáreas de naranjos, y destacaban el acierto de haber elegido esa alquería para la boda de Natalia, la hija única de Emigdio Ventura. Sin duda, decían, estaba a la altura de la categoría de la familia de la novia.   

Cuando el convite llegó a los postres, los padres de los novios se felicitaban por el acierto del menú y el buen servicio de los camareros. Los novios, en su estudiado papel de protagonistas de la ceremonia, se cogían de la mano e intercambiaban confidencias. Ella se reía ante lo que su futuro marido le susurraba al oído. Nadie reparaba en ellos pues los invitados, alcanzado este momento de la fiesta, se dejaban llevar por el tono desinhibido que se presume en toda velada en la que el alcohol corre  sin disimulo. Todos, desde los mayores hasta los más pequeños, participaban de esa alegría pasajera y convencional en homenaje a los recién casados. Los niños revoloteaban de mesa en mesa aprovechando que sus padres, muy afectados por la ingesta de toda suerte de licores, habían bajado la guardia.

Dos hombres observaban la escena sin participar en esa alegría impostada. Uno era Jorge, quien pasaba de mesa en mesa sirviendo los cafés. No veía la hora de que aquello acabase para volver a casa. Le dolían los pies y no dejaba de pensar en la consulta de su madre. Al llegar a la mesa principal, la novia lo recibió con una sonrisa. Extendió la mano para coger la taza del café, le dio un sorbo y se la pasó a su marido. Los dos se rieron de la ocurrencia delante del camarero que, sorprendido, optó por seguir sirviendo las tazas al resto de los comensales de la mesa. Jorge miraba a los novios, que aparentaban ser las personas más felices del mundo, y recordaba la conversación que había escuchado una hora antes en el jardín.

En la mesa más alejada a la de los novios, donde habían sido colocados los compañeros de trabajo de Natalia, Manuel Leal jugaba con un cigarrillo entre sus dedos mientras miraba a Natalia flirtear con su marido. No podía reprimir una sonrisa. Ningún compañero conocía la relación que Natalia y él habían mantenido a escondidas durante un año, con encuentros breves en hoteles ubicados en polígonos. Aquello no había sido amor sino más bien un divertimento entre dos adultos aburridos con nada más excitante que hacer, aunque había habido tardes, es justo admitirlo, en que Natalia y él se habían engañado con palabras hermosas y vagamente sentimentales que no habían superado el tamiz de la memoria ni el de la voluntad.

Manuel había dudado hasta el último momento en acudir a la boda, no porque temiese que se sospechara sobre su relación pasada con la novia sino porque ya había dejado de tener interés por ella. El deseo se había diluyendo a medida que la conquista se había hecho efectiva. Que ella, en la conversación mantenida en el jardín, le hubiera dicho que estaba dispuesta a dejar a su marido para irse con él, demostraba la frivolidad del carácter voluble de Natalia, a fin de cuentas una niña consentida a la que papá le había aceptado todos sus caprichos.

—¿Lo dices en serio?
—¿Acaso lo dudas? ¿Crees que estoy hablando en broma? —contestó ella—. Lo dejaría esta misma noche con solo escuchar un sí de tus labios.

Él hizo ademán de besarla, pero se detuvo ante el temor de que alguien lo estuviera viendo desde la casa.

—Sabes que lo nuestro no funcionaría; somos muy diferentes —se excusó Manuel—. Acabaríamos pronto cansados el uno del otro.
— Y entonces, ¿para qué has venido? —preguntó ella irritada, como si no entendiera nada, perdiendo por primera vez el control de la conversación.
—Sólo he venido a bailar contigo —añadió él—. Quiero hacerlo en el centro de la sala, delante de todos los invitados, delante de tu futuro marido. Será lo último que hagamos juntos. Bailar. Recuerda cuando lo hacíamos, desnudos y abrazados, en aquella habitación del hostal Bonavista.
—Sí; nos llegaron a llamar la atención por tener la música demasiado alta—sonrió por fin Natalia, que no estaba a acostumbrada a que la contradijeran. Siempre obtenía lo que se proponía.

En toda boda era el momento más esperado por los invitados: había llegado la hora de que sonase la marcha nupcial. Cuando sonó la música, los novios fueron los primeros en levantarse. Con todos en pie, Natalia y Alejandro levantaron sus copas y, antes de hacerlas chocar para hacer chinchín, uno de los compañeros de trabajo de Natalia, el más desenfadado y el que sin duda más había bebido, gritó el consabido “¡Viva los novios!”. “¡Viva!” contestaron, al unísono, los invitados. Y brindaron.

Siguiendo las instrucciones del maitre, cuya cara reflejaba la satisfacción porque todo había salido bien, Jorge y otro camarero retiraron la tarta situada frente a la mesa presidencial. Había que despejar el centro de la sala para que los novios bailasen. A diferencia de otras parejas que ensayaban unos pasos días antes de la ceremonia, Natalia y Alejandro iban a vivir su primera experiencia como pareja de baile. Él temía hacer el ridículo porque sabía que Natalia era una bailarina experta. Se dejaría llevar por ella, pensó, cuando sonasen los primeros compases de El lago de los cisnes. La seguridad de su mujer le tranquilizaba. Comenzó a mover los pies siguiendo los movimientos de Natalia. Era ella quien lo llevaba a él y no a la inversa. La gente aplaudía, gritaba, se reía. “¡Qué salero tienes, hija, la madre que te parió!”, vociferó un tío paterno de la novia. Ella se sentía la protagonista de aquella comedia (porque una comedia era lo que estaba representando), dichosa con los aplausos y los elogios que oía mientras que su compañero de baile, acomplejado, deseando que aquel trámite desagradable acabase cuanto antes, se arrastraba a cada paso que daba para no perder el compás.

La pareja se besó cuando acabó la música. Entonces varios matrimonios entrados en años salieron a bailar un pasodoble. La sala se había quedado medio vacía. Algunos comensales la habían abandonado para fumar en el jardín. Era noche avanzada; el tiempo era agradable en el comienzo de la primavera. Mientras tanto, algunos invitados, los de mayor edad, comenzaron a despedirse de la pareja de recién casados. Los jóvenes, en cambio, se resistían a abandonar la alquería. Seguían acudiendo a la barra para que los camareros, que no ocultaban su fastidio ni agotamiento, les sirvieran más bebida.

Manuel pensaba que había llegado el momento de cumplir su propósito. Si había aceptado asistir al convite era porque quería bailar con la novia delante de todos. Ella lo sabía, y desde que él le había revelado el motivo de su presencia, había esperado a que diese el paso. Lo vio venir, caminando con paso lento, desde su mesa. Él sonreía; ella lo veía aproximarse con seguridad y eso le complacía. Entretanto, su flamante marido estaba entretenido hablando con la suegra, con la que parecía llevarse bien pese al respeto que le inspiraba por la diferencia de clase.

—Señorita, ¿me concede este baile? —dijo él inclinando la cabeza y ofreciéndole la mano en tono muy burlón.
—Caballero, recuerde que ya no soy una señorita; desde hace unas horas soy una respetable señora —fue la respuesta, también burlona de ella, encantada de seguirle el juego.
—¿Te importa que salga a bailar, cariño? —le preguntó a Alejandro.
—Sabes que no, cielo, diviértete. Es tu gran noche —le respondió él, que reanudó la conversación con su suegra.

En ese momento cambió la música. En cuanto sonaron los primeros acordes de una guitarra, Natalia y Manuel se percataron de que se trataba de la banda sonora de la película Pulp Fiction. Era You never can tell, un viejo clásico de Chuck Berry. En la escena más recordada, Uma Thurman y John Travolta protagonizaban un memorable baile al ritmo de las guitarras y el piano. Mientras sus cuerpos se contorneaban, los protagonistas se tapaban la cara: ella con la palma de la mano y él con los dedos índice y corazón. Era la primera vez que Natalia y Francisco bailaban esa canción. En las tardes pasadas en hoteles de poca monta habían bailado toda clase de música, desde boleros mexicanos hasta salsa, pero nunca la banda sonora de una película. Cuando Pulp Fiction se entrenó, ella tenía sólo 18 años y él 23. La habían vuelto a ver en la televisión. Por eso no les costaba recordar los movimientos del baile. Quienes presenciaban la escena los miraban asombrados, con extrañeza por lo que estaban presenciando. Ignoraban que el baile de la novia y de ese hombre desconocido no era una originalidad de ambos sino una imitación de la escena más conocida de una película estadounidense de los años noventa. Pese a haber sido una improvisación, los dos creían que lo habían hecho bien. Casi podían pasar por profesionales. Al acabar la canción se abrazaron, se besaron en las mejillas y después se inclinaron para recibir los aplausos de los que quedaban en la sala. El marido se sorprendió de la destreza de los bailarines.  

—Parece como si hubierais bailado toda una vida —le dijo a Natalia cuando regresó a su lado.
—Yo también estoy sorprendida porque era la primera vez que lo hacíamos —añadió.
—¿Quién es ese invitado? —preguntó Alejandro—. No lo conozco. ¿Algún compañero del trabajo?
—Sí; es Manuel. Llegó de la central de Madrid hace unos tres años y trabaja en el departamento de contabilidad.
—Parece que os lleváis bien, ¿no?
—Tenemos una relación normal, de compañeros que se saludan y se preguntan por el fin de semana. He oído que ha pedido el traslado a la delegación de Palma—explicó Natalia.
—¿Quieres más champán, cariño? —dijo él cambiando el tema de conversación.
—Sí, pero sólo un poquito porque estoy ya piripi —rio—. Mañana tenemos que coger el avión para empezar nuestra luna de miel. ¿Te he dicho que estás muy guapo, Álex?
—Ardía en deseos de escucharlo de tus labios —bromeó él.
—Eres el hombre de mi vida, ¿lo sabías? —le siguió ella el juego.
—Y tú la mujer con la que quiero pasar el resto de mis días.
—¡Qué bonito ha sonado eso, amor! Soy muy feliz a tu lado. ¿Te he dicho que te quiero?
—Es la quinta vez esta noche —repuso él.
—¡Qué bien me llevas la cuenta, cariño ¡Mi chico listo! —y ella le besó en la frente.